í n d i c e  d e l  n ú m e r o


La práctica del relato(1)
por Ángel Pastor

  

Un relato me manda hacer Zapata, Ángel Zapata. Y yo, sin intención de blasfemar, diría con el mismísimo Lope que en mi vida me he visto en tal aprieto . Ahora bien, si atendemos sólo a la observancia de la verdad, repito, sólo a la observancia de la verdad, hay una diferencia del copón entre el conocido soneto de Lope y este texto que ahora, compañeros míos, tenéis entre las manos, porque está claro que el Fénix de los Ingenios mentía y no pasó por ningún trance al escribir los endecasílabos para Violante, ya que estaba sobradísimo, aquel gran embustero: eso sí, otro cantar bien distinto son mis apuros para escribir el cuento corto que me ocupa. Y es que la dificultad, en principio, no radica tanto en escribir un cuento corto como en escribir un texto corto. ¡Corto! ¡Huy, la Virgen! ¡Ángel mío! ¿Qué me pides? Si pudiera ahuyentar esta dispersión de la que adolezco; si pudiera evitar este picotear de aquí y de allá, este soslayar los temas con enjundia; si dejara de monear, ¡pobre arborícola!, saltando de rama en rama y de brote en brote; en fin -que ya me habéis entendido- si mi capacidad de síntesis existiese, escribir un cuento corto dejaría de ser algo tan difícil para mí. ¿Qué hacer, entonces, si se me pierde el grano entre tanta paja? ¿Cómo condensar en cuatro folios, ¡cuatro folios!, una historia que gire o verse sobre el conocido dicho de “trágame, tierra”? Trágame, tierra… Trágame, tierra… Trágame, tierra… “Tranquilízate”, me digo, “es posible que ya en la calle se te ocurra algo”. Por lo que, una vez finalizada la clase, me enciendo un piti y empiezo a dar vueltas al asunto. Mientras camino por Ventura Rodríguez, barajo, más bien busco, varias hipótesis argumentales, susceptibles de ser reducidas a cuatro de folios. Desecho historias apenas vislumbradas en mi cabeza: un enjambre de ideas fugaces, sin consistencia alguna, parece hervir en mi trastornada mollera. ¡No! Más que un enjambre de ideas es un avispero de inconexos pensamientos, que las avispas dan más por culo y no nos dan mieles a cambio. Y esto, a su vez, me lleva a pensar en lo mal que he empezado el curso, pues lo primero que hago, involuntariamente, eso sí, es contravenir la recomendación del profesor: <<Nada de escribir mentalmente. Hay que verterlo cuanto antes al papel>>. He de tener cuidado: esta actividad mental, tan frenética y al mismo tiempo tan infructífera y superficial, sumada la desconfianza que tengo hacia mí a la hora de condensar cualquier discurso, hace que aumente en mi persona el riesgo de parálisis. Si la inercia contemplativa de los hombres de subsuelo se apodera de mi espíritu, el viernes, cuando llegue mi turno de lectura, habré escrito cuatro o cinco textos, pero todos en mi perturbada sesera. Posibilidad ésta más que real. Pero he de seguir, he de seguir dando vueltas al asunto. Y sigo… Absorto… Por esto, cuando llego, siempre en la parra, a la calle Princesa , me sacan de mi pasajera catatonia las voces exóticas e iracundas de un mantero, al que por lo visto, en mi ensimismamiento, le he pisado un deuvedé, titulado Gran Torino. Tras disculparme convenientemente con este atípico representante del gremio del comercio, le abono la mercancía dañada, la cual, no obstante mi gusto cinematográfico, opto por llevarme, por si acaso el cedé no está tan deteriorado como el negrito, con otras palabras, asegura. Esto me lleva a meditar, sólo brevemente, sobre los espacios interpersonales en una ciudad como Madrid. Pero pronto abandono esta línea reflexiva, si bien involuntariamente, habida cuenta de que mi mente goza y sufre de autonomía: está en otro sitio, en otros sitios: ¡cuatro folios!... ¡Y para el viernes!... ¡Trágame, tierra!... Y la tierra me traga, en cierto sentido. Con Clint Eastwood en el bolsillo y aprensiones en el alma, comienzo a bajar las escaleras del metro, en Plaza de España. Y es entonces cuando me percato de algo. Ya que en tanto desciendo a las entrañas de Madrid, alimentando, para mi pesar, el monopolio carteliano de la Empresa Municipal de Transporte; mientras dejo tras de mí, sobre mí, más bien, la superficie espasmódica de la capital de España; o sea, al ser literalmente tragado por la tierra, llego a la conclusión, no sé si acertada, de cómo debo enfocar el asunto del relato que nos encargó el profesor del dichoso curso: para que un cuento corto, de cuatro folios, se quede en eso, en cuatro folios, no puede versar sobre el dicho de “trágame, tierra”, sino de este otro: “trágame, Tierra”. Es decir, “Tierra” con mayúscula. O tal vez con minúscula, “tierra”, pero en donde se hable de una engullición telúrica real. Nada de metaforismos. Si lo que yo intentara fuera describir una situación embarazosa, de la que se quisiera, por todos los medios, desaparecer; si yo hiciera de esta situación el centro de la trama; si yo dibujara un personaje en un aprieto, sufriendo el susodicho una transformación al final del texto, cumpliéndose así una de las condiciones internas del género-cuento; en fin, si yo emprendiese esta descomunal faena, tendría que escribir dicho cuento en tercera o en segunda persona, distanciándome así del personaje en cuestión, tarea, como la síntesis, igualmente tremebunda para mí. Infectado, como estoy, de prejuicios literarios, sólo la voz en primera persona me parece legítima en la ficción narrativa. Y como el mundo de los problemas con los demás es mi ámbito natural, escribir un cuento en primera persona en donde el personaje fuera acosado por la realidad de los otros, en donde el personaje quisiera volatilizarse, me llevaría inevitablemente a una identificación con el héroe de la historia, no acabando nunca de escribir chorradas, ya que la relación intrínseca entre los protagonistas de la trama me exigiría justificar continuamente la actitud desacorde del narrador de la historia. Por todo esto, ¡ay de mí!, intuyo que la solución para llegar a buen puerto en la tarea encomendada por el profesor pasa por escribir un cuento narrado en primera persona, en donde sólo la voz del narrador, libre de ligaduras también en la ficción, tenga cabida. Tal vez, a lo sumo, introducir algún personaje secundario, no sé, con poco peso en la historia, un personaje que no dé demasiados problemas al que narra la fábula, al narrador que termina siendo tragado literalmente por la Tierra, o por la tierra, ¡qué más da! Como sucede, por ejemplo, en Ser polvo , el cuento de Santiago Dabove, en donde un pobre diablo, a las puertas de un cementerio y tras caer de un caballo, termina convirtiéndose en polvo pensante. ¡No sé!... ¡El espacio se me acaba! Ya voy por el tercer folio. ¡Pateo! ¡Babeo! Grito frente al ordenador como un adolescente en el metro. ¡Ahhggg…! ¡Quieto! Ya lo tengo: contaré un descendimiento a las profundidades de la Tierra, sirviéndome, pongamos por caso, de un pozo, como hizo Lovecraft en El heredero. O tal vez algo tipo rollo catacumbas, como hiciera el bendito Poe en tantas y tantas ocasiones. ¡Alto! Se me ocurre algo… ¿Y si el protagonista del relato buscara una sima, a través de la cual descender a mundos ignotos? Además, este relato tendría una función casi terapéutica, ya que no hay nada más recomendable que, de vez en cuando, “tomar lecciones de abismos”, como recomendaba el propio Verne. ¡No! Nanay, la originalidad saldría menoscabada. Debo cambiar de enfoque. Rizaré el rizo. ¿Y si introdujera alguna variante a mi intención primera? ¿Mi intención primera? A mi intención primera o postrera, ¡ya ni sé! ¿Y si Tierra fuera un bicho viviente que terminara tragándose al protagonista? El narrador bien pudiera ser un hombre menguante bukowskiano, sí, para finalmente ser engullido por su propia perrita, una linda chihuahua, de nombre Tierra, metida a antropófaga circunstancial. ¡Demasiado absurdo, carajo! ¡Ah! ¡La falta de espacio, como una celda, me tortura! Lo de la perrita no funcionaría. Opto, por tanto, en vista de los resultados, por imaginar el proceso inverso: un científico loco crea bajo condiciones de laboratorio un adenoides gigante, de nombre, ya sabéis, Tierra, tal como hiciera Pynchon en sus páginas delirantes. El científico, encariñado con su creación, no mide las distancias y termina siendo absorbido por el seudópodo asesino, confundiéndose orgánicamente con sus jugos gástricos. Pero es una absorción gozosa. El creador es tragado por lo crea. ¡Orgiástico! Ufff. Ya no sé. Estoy desesperando. Tal vez debiera insuflar al relato de un aire mítico, mítico en el sentido literal del término. ¿Y si lo hiciera al mismo tiempo mítico y pornográfico, ya que hablamos de orgías? Ya sabemos del puterío que había en el Parnaso. Un cuento en el que me fundiera lascivamente con Gea, representación de la Tierra. ¡No! Mejor con su equivalente romana, con Tellus, con la diosa de las mil tetas. Sexo y antropofagia, mezcla insuperable. Pero en este caso habría una nueva dificultad a la hora de escribir el relato: ¿cómo dotar, para hacer el acto sexual creíble y excitable, a los personajes de simetría anatómica o corporal, ya que Tellus, si algo tiene, es una infinidad de voluptuosas zonas erógenas? Lo único que se me ocurre, agotado como estoy, es que el protagonista masculino de la historia sufriera, previamente al encuentro carnal, una metamorfosis a lo Gregorio Samsa, convirtiéndose en un miriápodo lascivo, con espíritu de sátiro, para seguir con el rollo mitológico. ¡Trágame, Tellus! ¡Muy rebuscado, hostias! Yo solo ya no puedo. Necesito ayuda. Y ya que hablamos del Parnaso, ¿dónde andáis, putas musas? ¿Chingando con el Apolo ese? ¡Venid a socorrerme, perras! Pero no, mejor no, que no quiero deberos nada. Además, ya, sin espacio como estoy, ¿de qué serviría? ¡Ufff! ¡Ahggg…! Sanseaaaaacabó. Ya está bien. Empecé a escribir a la tres de la madrugada, son las ocho de la mañana y sigo haciendo el tonto frente al ordenador. Faltan cuatro horas para el taller dichoso. En realidad, menos: tengo que descontar el tiempo necesario para pasar por un locutorio e imprimir mis cuatro folios, estos cuatro malogrados folios. Ay de mí. Las dudas me atormentan. Espero, al menos, que hoy Zapata las disipe todas, que oree mi espíritu afligido, que oriente mi mirada abarcadora. ¡Ah! ¿Habré escrito, finalmente, un relato? Quién sabe. Mirad si cuento algo. Y si es así, como dijo aquél, ya está hecho .

 

(1) Mira, Ángel, para currarte un cuento que sea del agrado del profesor tienes que escribir frases cortas, siempre en tercera persona; nunca te ciñas al tema que él proponga, escribe lo que te salga el pijo; comete muchas faltas de ortografía, eso humaniza el texto; de las comas, de los puntos y demás, olvídate, que para eso están los entendíos del idioma; así gozarás del beneplácito del profesor e incluso puede que termines ligando con alguna pibita de clase.>> Christian tenía razón. Y como no le hice caso, el eximio Zapata pareció enfadarse. Fue mi primera y última clase en un taller de narrativa.

 

©Ángel Pastor

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