Ya he dicho por ahí (por ese escaso ahí en que me dejan) que Rómar ha saltado al libro en el momento en que la asamblea se ha callado. Pues sus poemas, meditados durante tiempo y sometidos a mil pruebas en estrados, en barras de bar, en líneas telefónicas, tienen ahora la urgencia propia de la inteligencia en momentos como éste. Y los poemas de Rómar rezuman inteligencia, también crueldad, también escepticismo, y cultura, y perversión… todo aquello que señalamos cuando quien quiera que sea pronuncia la palabra poesía.
¿Qué es duro, y difícil, y crudo, y extenuante? Sí. Y por eso mismo es vital, y tierno, y mordaz, y hermoso. Quien deambula por Madrid se ha tropezado con sus emboscadas de guerrillero cachondo, simétrico y a deshoras. Serán los vecinos quienes más se sorprendan ante semejante profundidad, ante tal capacidad de desnudarse frente al espejo del presente, ante tanta dignidad (eso que echamos en falta demasiado a menudo en esto de la poesía). Pues ahora que la asamblea se ha callado, Rómar toma la palabra en solitario para recordarnos la condición de simulacro de nuestra ideología y (casi) de nuestra sensibilidad. Y nos exige que dejemos las imágenes y percibamos los cuerpos, que demos la espalda al verso y nos busquemos la vida, la poética y la otra. Y ante avisos de semejante maestría, yo no soy capaz de ser cínico, ni de mantener la distancia.
© A.M.R.