Nocturno
por Alberto Bellido Esteban
Conduzco a más de ciento veinte kilómetros por hora por la autopista, dejando atrás los carteles azules que señalan las salidas hacia lugares de nombre familiar que esta noche parecen estar a miles de kilómetros de distancia. En la radio suena el sencillo estribillo de una canción que no pasará a la historia de la música. Lo tarareo sin darme cuenta mientras acompaño el ritmo pegadizo de la música golpeando con mis manos en el volante. Si alguien pudiera verme ahora pensaría que conduzco hacia un destino en el que me espera algo no muy distinto a la felicidad, pero se trataría de una impresión equivocada.
Cada cierto tiempo tengo que adelantar algún camión. Hago la maniobra con el cuidado de un conductor inexperto; observo repetidamente el espejo retrovisor izquierdo, calculando la distancia de los coches que circulan detrás, y sólo cuando estoy completamente seguro, aviso con el intermitente y cambio de carril, pisando ligeramente el pedal del acelerador hasta conseguir la velocidad necesaria para completar el adelantamiento. Durante algunos segundos circulo paralelo con las grandes ruedas y el depósito de gasolina del camión, y en ese instante siento que soy una pequeña hormiga indefensa enfrentada a la fragilidad de su minúscula existencia; soy consciente de que un descuido suyo o mío tendría consecuencias terribles, y percibo el vértigo de la velocidad y la aplastante superioridad de ese gigante que nos convertiría en una décima de segundo a mi coche y a mi en un amasijo de hierros, piel desgarrada, huesos fracturados, sangre, aceite de motor y gasolina. Piso un poco más a fondo el acelerador para ahuyentar estos pensamientos y dejo atrás el peligro.
En cualquier caso, no hay demasiada circulación a esta hora de la madrugada y en esta autopista, así que no resulta nada complicado conducir, adelantar camiones, escuchar música sin prestarla atención y viajar concentrado únicamente en mis pensamientos.
Hace algún tiempo, cuando trabajaba de representante para una firma de cosmética masculina , eran muchas las noches en las que me veía obligado a viajar como hago ahora, conduciendo cientos de kilómetros en solitario mientras combatía el sueño y la sensación de no estar en ningún lugar concreto, de no pertenecer realmente a ningún sitio. Incluso llegaba a reconfortarme esa sensación de libertad que produce una carretera sin coches, bien asfaltada, recta y aparentemente infinita como la pista de despegue de un aeropuerto. Entonces era seis o siete años más joven que ahora y sentía que el silencio y la oscuridad aplastante del mundo que me envolvía formaban una especie de escudo protector frente a los problemas y la insoportable falta de objetivos de mi vida cotidiana. Pensaba en mujeres bonitas, lugares que me gustaría visitar, y sobre todo hacía proyectos (sin demasiada relación con la realidad) para un futuro en el que no se vislumbraban sombras ni emboscadas. Era, en definitiva, un tipo más feliz de lo que soy ahora, alguien que ignoraba, como no podía ser de ningún otro modo, las cosas que acabarían sucediéndole, tal como se debe ser cuando se tienen veinticinco años y se desconoce absolutamente todo de la vida (lo que no significa que hoy tenga un conocimiento más sustancial del que tenía entonces).
Aquella época de viajes nocturnos y noches en habitaciones de hoteles de carretera que siempre parecían la misma se acabó. Fueron apenas catorce meses, hasta que una reestructuración de plantilla debido a un notable descenso en las ventas de lociones para después del afeitado, cremas hidratantes, y toda clase de tratamientos antienvejecimiento (cuyo efecto nunca noté), me dejó sin trabajo y con la nostalgia anticipada de todos los lugares a los que ya no iría.
Así que el motivo de mi viaje de hoy es muy distinto. No sé si realmente se trata de un regreso o de una huida, aunque seguramente tenga algo de ambas cosas, o bien, y esto es lo verdaderamente complicado de este asunto, no se trate de ninguna de las dos cosas en absoluto. Lo que sí es indudablemente cierto es que regreso a León, la ciudad en la que nací, la ciudad en la que pasé los años de mi infancia y adolescencia, que en términos generales, y sin entrar demasiado a fondo en el asunto, podría calificar de felices, con mis padres, hasta que cumplí dieciocho años y dejé amigos, familia y novia para estudiar la carrera de Derecho en Madrid (un viejo anhelo de mi padre con el que nunca estuve de acuerdo pero al que no me supe oponer) y comenzar una nueva vida. Regreso esta noche después de más de diez años porque en todo este tiempo no encontré una sola excusa para volver, porque no quise, o no pude, enfrentarme a mi padre una vez que abandoné mis estudios antes de los exámenes finales del primer curso, ni a mi novia, que dejó de serlo tan pronto como la sustituí por una compañera de la facultad de ojos verdes y abundante pelo rojizo de la que he olvidado el nombre pero no la sensación física de su peso y el roce de su piel desnuda sobre la mía. Si volví a ver a mis padres en estos años, fue porque me visitaron algunas veces en Madrid, sobre todo por la resistencia de mi madre a darme por perdido, aunque comprendiera, con la profunda amargura que solo una madre puede sentir, que yo ya había roto el cascarón y ya no podía hacer nada para recuperarme. Estoy convencido de que ella nunca pudo desprenderse de la fantasía de mi regreso, que mi imagen con una maleta en la mano y la tímida sonrisa de arrepentimiento del hijo pródigo que duda si debe o no debe franquear la puerta de su casa empañó de lágrimas más de una vez su vista fatigada mientras hacía ganchillo junto a la ventana del salón para aprovechar la luz del sol del mediodía. Y ahora, mientras pienso en esto, se me hace un nudo en la garganta al pensar que lo peor de los sueños no es que no se cumplan nunca, sino que se cumplan cuando ya es demasiado tarde. El motivo de mi regreso es que mi madre está muerta desde esta mañana, así que me dirijo al tanatorio donde velan su cuerpo los rostros envejecidos de un pasado que dejó de existir para mí hace demasiados años, y mañana asistiré al entierro en el pequeño cementerio de su pueblo, donde también están enterrados mis abuelos, donde algún día también enterraran a mi padre, y donde sinceramente espero no regresar una vez que esto pase, ni vivo, ni por supuesto muerto.
Este viaje es un regreso, pero también es una huida. Una huida imposible por otra parte, un estúpido intento de dejar atrás la desilusión y la sensación de fracaso, los sueños truncados, la estúpida esencia frágil e inconstante con la que estamos hechos, el vertiginoso descenso en picado de la vida que no parece tener fin, ni siquiera con un soberano y estrepitoso golpe final contra la dura acera de la realidad. En definitiva, una huida de todas las circunstancias adversas de nuestra vida que se aferran a nosotros como nuestra sombra.
Ahora a mi derecha aparecen las luces de un pueblo, minúsculos y lejanos puntos luminosos que brillan en algún rincón de las montañas que me rodean, más oscuras que la noche misma, y esas luces de repente me devuelven un poco de la confianza que me ha ido abandonando desde que salí de Madrid hace apenas una hora y media. Lamento profundamente la muerte de mi madre, ese ser dulce y lleno de amor por mí cuyas manos, que siempre desprendían un agradable olor a puchero, me colocaban la bufanda alrededor del cuello para que no me resfriara al salir hacia el colegio en las gélidas mañanas de invierno, que me advertía de los peligros de pisar charcos y jugar sobre las placas de hielo o hacer guerras de bolas de nieve, que me amonestaba serenamente, sin la ira incontenible de mi padre, cuando llamaban del instituto para avisar que no había ido a clase, o cuando con trece o catorce años regresaba a casa con el inconfundible caminar errático y la risa tonta de las primeras borracheras. Me duele pensar que no la volveré a ver nunca más, que su presencia ha desaparecido para siempre de mi vida, que no escucharé su inconfundible acento leonés por teléfono, que ya no tendré la obligación de llamarla por lo menos una vez cada semana para demostrarle que no me olvidaba de ella y que, por el momento, no me habían sucedido ninguna de las atrocidades a las que ella me creía destinado en la gran ciudad . Nunca como ahora, con mi madre muerta y su rígido cadáver esperándome, ahora sí, sin prisas y sin anhelos, rodeada de flores y coronas y lamentos (espero que sinceros), me he sentido tan solo en el mundo. Pero aunque todo esto es cierto, también lo es que no he podido llorar. Desde que me comunicaron la noticia hace unas horas, las lágrimas me han negado su balsámico consuelo, y aunque me esfuerce por sentir mi tristeza en toda su hiriente intensidad, no lo consigo. Me oprime la dureza de mi corazón, y me pregunto si no tendría razón mi padre, que una vez me dijo que el motivo por el que me resistía a visitarles en León era que no me importaban, que nunca me habían importado y les había dejado a un lado tan pronto como había dejado de necesitar su dinero y su protección, idea que siempre he rechazado, aunque ahora me doy cuenta de que pudiera tener su parte de razón, o la razón absoluta.
Y sin embargo, sin saber por qué motivo, al descubrir las luces de ese pueblo lejanísimo en las montañas, que ya ha quedado atrás, he empezado a sentirme algo mejor. Levanto ligeramente el pie del acelerador, liberado de la apremiante necesidad por llegar disminuyo la velocidad hasta que la aguja del cuentakilómetros se detiene en el número cien, como si de pronto deseara quedar suspendido en este lugar intermedio de mi viaje, quedarme siempre aquí, sin la obligación de regresar ni el ansia de huir, dejando simplemente que el tiempo pase y deje cada cosa en su sitio.
Algunos kilómetros más adelante me detengo en una gasolinera para comprar algo en la tienda. No he cenado antes de salir a la carretera, y aunque no tengo demasiado apetito sé que no podré enfrentarme a los acontecimientos que me esperan con el estómago vacío. Compro un sandwich de jamón y queso envuelto en un envase de plástico, una botella de agua mineral, café solo y sin azúcar en un vaso de cartón para conservar el calor y una chocolatina. No es un menú excesivo ni demasiado sano, pero es todo lo que me apetece tomar de lo que veo. Además, por esta vez puedo dejar aparcada mi obsesión por mantenerme en buena forma, tan típica en los treintañeros que vemos aproximarse a gran velocidad el tren de mercancías de los cuarenta años. Salgo de la tienda para comerme el sandwich en la explanada iluminada por la potente luz blanca de la gasolinera en la que he dejado aparcado mi coche. Observo la carretera, por donde no pasa ningún vehículo en estos momentos. Sopla una ligera brisa de aire frío que baja de las montañas, pero no resulta desagradable, al contrario, me hace bien, me ayuda a despejarme y me permite oler la densa fragancia de la vegetación que está aquí mismo, respirando en la oscuridad a pocos metros de mí. Sólo en este momento me acuerdo de mi teléfono móvil, que apagué nada más llegar a casa del trabajo, después de escuchar el mensaje que mi padre me había dejado grabado en el contestador avisándome de que mi madre acababa de morir (su voz fría, cortante como una navaja), a pesar de que el jefe me obliga a tenerlo encendido siempre, porque según él un buen agente inmobiliario no descansa nunca y los clientes pueden decidirse en cualquier momento y nuestro deber es estar ahí para aprovechar la oportunidad y bla, bla, bla, y me parece un milagro haber pasado todo este tiempo desconectado del mundo y de mis absurdas obligaciones. Lo saco de uno de los bolsillos de mi abrigo y lo enciendo. El silencio es tan claro y perfecto alrededor que la sintonía que suena en mi teléfono móvil al encenderse parece una blasfemia gritada delante del altar mayor de una iglesia. Este sonido me irrita profundamente, tanto que durante unos segundos me planteo si debo dejarlo apagado y olvidarme para siempre de él y así evitar que salgan a la superficie esas cosas que he dejado atrás y que desearía que no pudieran alcanzarme nunca más. Al fin y al cabo, como ha quedado demostrado esta mañana, siempre estará el teléfono fijo de casa para las malas noticias. Pienso seriamente que eso es lo que me gustaría hacer: apagarlo y arrojarlo a la papelera más cercana. Pero no lo hago.
Tengo tres mensajes grabados en mi buzón de voz. Marco el número y espero pacientemente a ver de qué se trata.
El primer mensaje de los tres es del propietario de la agencia inmobiliaria en la que tristemente, pesadamente, agónicamente -da igual como quiera expresarlo- trabajo. Por el tono de voz parece muy enfadado, pero sé por experiencia que él siempre es así, incluso cuando se trata del tema más intrascendente.
- Escúchame, Morales. Tienes que llamar al matrimonio de Ávila a los que les has enseñado la casa de Pirámides esta mañana. Acaban de llamar y les he dicho que ya habías salido, pero que enseguida te ponías en contacto con ellos. Tenemos que apretar ahora si no queremos que se nos escapen. Llámame antes y te comento cómo veo la operación.
Clic. Su manera de disparar cada una de las palabras me recuerda el tableteo de una ametralladora. Supongo que debería preocuparme, pero no lo hago. Por primera vez en mucho tiempo, no estoy cagado de miedo por lo que pueda pasar en el trabajo, y la perspectiva de que me despidan (y todos los desastres sucesivos a los que tendría que enfrentarme: el pago de las facturas, el alquiler del piso, alimentarme, mis múltiples caprichos,...) ya no parece tan mala. De hecho, puede que esto sea lo que llevo pidiendo a gritos desde hace tiempo y no me he atrevido a reconocer. ¿Desde qué lugar oculto hasta ahora surge de repente este valor repentino? No puede ser la muerte de mi madre. Miro alrededor, a este lugar vacío y mudo, y no encuentro ninguna respuesta.
Con renovado entusiasmo me enfrento al segundo mensaje, en el que no encontraré tanta "amabilidad" como en el primero. Es el jefe de nuevo. Su tono de voz ahora es gélido:
- ¿Dónde coño te metes? ¿Por qué cojones tienes el móvil apagado? Morales, no sé a que coño juegas, pero yo que tú empezaría a preocuparme. Más te vale tener una buena excusa, porque te juro que mañana estás en la puta calle, ¿me entiendes?
No sé si la muerte de mi madre le parecerá o no una buena excusa. Tampoco quiero saberlo.
Paso al mensaje número tres con cierta curiosidad por saber hasta qué extremos puede llegar la furia de mi jefe. Pero para mi sorpresa, la voz que escucho no es la suya, sino la de Gloria. Cierro los ojos al escuchar esa afinada melodía dulce y juvenil que reconozco al instante, intento respirar más despacio y profundamente para que el aire que me envuelve limpie todas las impurezas que se esconden en mi interior.
- Hola Roberto, te llamaba para hablar contigo y saber qué tal estas -sus palabras parecen viajar desde un lugar muy lejano y hermoso, un sitio en el que me gustaría estar si no hubiera olvidado la manera de llegar a él-. Bueno, ya veo que no te puedo localizar. Hablamos entonces en otro momento. Un beso.
Eso es todo. Cuando cuelga, no puedo evitar sentirme el ser más desdichado sobre la tierra, y no sólo porque acabe de perder a mi madre, y que probablemente mañana también haya perdido mi trabajo aunque finja que no me importa, ni tampoco porque acabe de escuchar la voz de Gloria y me haya recordado su ausencia . No se trata de un hecho aislado, sino de la suma de todos los hechos. Regreso al interior de mi coche y antes de arrancar me bebo el café, que aún está caliente y tiene el insípido sabor acartonado de las bebidas que uno bebe sin compañía a partir de cierta hora de la noche. Enciendo el motor y doy marcha atrás para tomar la salida del área de servicio e incorporarme de nuevo a la carretera vacía. Enciendo la radio y sintonizo una emisora de música clásica. Presto atención, convencido de que las palabras del locutor, que está hablando en estos momentos, son exactamente las que necesito escuchar ahora:
- Se trata de una música inolvidable, que no envejece nunca -dice lentamente con su áspera voz nocturna, sabiendo que a esta hora debe de procurar que nada sobresalte a sus oyentes, un ejército de insomnes que únicamente aguardan el sueño reparador que les libere por unas pocas horas de sus preocupaciones-. Una música llena de belleza y melancolía que nos acompaña toda la vida, aunque no la escuchemos tan a menudo como otras piezas, porque sólo podemos hacerlo en momentos especiales como esta noche... Como un recuerdo especial al que no acudimos demasiado frecuentemente para no desgastarlo...
Y mientras acelero a fondo y mi coche gana velocidad pienso en todos los sueños que han quedado atrás, en la absurda ironía de esta vida que siempre nos sitúa ante problemas y obligaciones que nos alejan inevitablemente de las cosas que realmente nos harían felices. Y ahora, con los faros del coche recortando a machetazos la oscuridad de esta noche enmarañada y tupida como una selva, algo se quiebra dentro de mí y por fin puedo llorar, mis ojos se llenan de lágrimas calientes que resbalan por mis mejillas y mojan el cuello de mi camisa Aunque me gustaría pensar que estoy llorando por mi madre, sé que no es verdad. Ella está muerta, y eso es algo que ya no tiene remedio. En realidad estoy llorando por lo que iba a ser mi vida y ya no lo será. Da igual a donde vaya o de qué huya. Aunque me esfuerce, hay un millón de cosas que no puedo cambiar, y esta muerte es solo una de ellas, tan definitiva como cualquier otra. |