Selección de poemas
por Jesús Sánchez Cárdenas
MUJER EN EL ESPEJO
Claridad, te tomé por las aristas
precisamente cuando más lograba apartarme
de esos laberintos escurridizos
de la noche.
Claridad,
me acogiste al final de los pasillos,
en el último cuarto, justo cuando
ya no pensaba llegar de ningún modo. Y vi
tu blanco rostro, y lo toqué con manos
centelleantes. Rostro confundido
con el rostro humano, que aplacaba,
como casi siempre, dormido
en vigilia amorosa, antiguas fieras
que jamás conseguimos dominar.
Claridad, yo te nombro
para brindar por ti,
para que tu transparencia
de levedad me envuelva,
y seas para siempre la aureola
de toda destrucción, de toda ausencia.
Besé, al fin, el cristal
frágilmente como si acariciara
los labios de una mujer en la niebla.
HABLÉ CON ELLA ( Tarde épica de invierno )
Dile que no vi luz sin sus faroles.
Enaltece sus labios
porque si viviera sin ellos
la nada se sucede a lo largo de la tarde.
Dile que la anaranjada calidez
de su voz sólo escucho.
Roza el silencio quieto de sus manos.
Di que es azahar fresco cuando ríe
que su presencia sólo importa
la certidumbre de la muerte,
mi cruz sino vivo con ella.
Dile que el corazón ondea con la lluvia
y ya van varios días
que no veo la luz ni leo las noticias
-una desgracia más la mía-.
Es un poco tarde para airear
los atuendos de mi melancolía;
sólo queda poner la estufa de la noche
y creer ciegamente en la fe de la carne
en ese eternizar el fuego.
Dile, al fin, que para quererla
con una vida no me alcanza.
UN SUEÑO ROTO
I
Ha entregado su cuerpo, al fin, al pánico,
a ese oscuro reborde del sentir,
a esa penumbra, a la izquierda del mundo.
Remendamos las mismas heridas
una y otra vez con hilo de luna
y las cicatrices vengadas por el sol;
ambos lo atestiguamos.
Dejamos que el viento nos desate,
y que su brújula nos enloquezca
hasta mandarnos lejos,
lejos ya de la materia humana,
muy lejos de cualquier posible forma,
para que sordos, el aire
sordo mantengan la cruel inocencia.
II
Todo lo que al final nos domestica
ha sido una cuerda floja
sin ciudad ni paredes,
sólo el alma su brújula insaciable.
Como gladiadores
el público nos lanza al ruedo sus miserias
para que tropecemos y nos traguemos el anzuelo
y los leones que personifican la vida
nos devore sin piedad.
SOLITARIOS, VÍRGENES Y DESENTRENADOS
Aislamiento del cuerpo, qué soledad del alma,
qué capricho en los ojos, qué temblor en la sangre.
Nadie escucha su pena, ni su cálido aliento.
Sus bocas, para el aire, embriagado del amor,
sus frentes establecen el dominio del mimo
de algún cielo distante, de un dios insensible,
ajeno a la costumbre de estar vivos,
ajeno a la memoria de los ilusos.
Cómo van solas con tanta pena,
ramas ciegas, que busca en la noche,
la luz rosada de unos labios.
Alto vuelo de angustia, alta torre de marfil
levantan estos hombres hacia un cielo imposible
donde no habite nadie, ni siquiera el olvido.
NO HAY PUERTA DE SALIDA
Pensó en que más temprano le atraparía el tiempo,
en que estaría cuando quisiera en sus manos .
Esa era una certeza ineludible.
Se le vino a la mente los momentos,
esos mismos momentos desechados;
aquellos que iba tachando.
Fue como si cayese de pronto un rayo
mientras pensaba quién sería
el impostor
que modelara en barro un Dios pequeño
-con fuerza tan exigua-
a su imagen y semejanza,
quién el inventor de la soga de la horca,
la desolación en la noche,
la gran jaula sin rejas de mi tiempo,
el clavo y el cristal echo trizas.
Sin embargo, no halló respuestas.
Poco después no quiso saber nada más,
pues el tiempo, sin duda, le atrapaba.
MORRIÑA DE INVIERNO
Vino un amanecer de niebla y frío
convirtiéndose a sí misma en sueño.
Sobre la cama su rastro infinito.
Entonces, el silencio se apoderó de todo.
EL ÁRTICO
Contemplaba esta luz hiriente,
al Sur del Sur, es asumida
por las estribaciones; tan suficiente esta blancura
tan abrasadora
que hasta el pensamiento se armiña.
Le avista a la carne el misterio
y no hay imagen que lo iguale.
Se formó mucho antes del hacha y el fuego,
ingenuamente,
como las nubes, las paralelas o los hijos.
Cada arista fue tallada por el artesano;
sus quiebras y fisuras imperfectas
por el orgulloso hombre.
Se pulió la hendidura tanto de la aurora
para devenir en el cuarzo del día.
AGUA ESTANCADA
Miro pasar las hojas que el otoño se lleva
más allá de los puentes.
Lo que no debió pasar es ahora el destino
del que nada revela,
del que todo queda oscuro, su ambigüedad.
En nuestros tiempos esperar
resulta tarea impropia,
detenerse ante
la sombra de la acacia, el gozo fugitivo
de sentir y de sentirme
con esta algarabía.
Pero sé que este momento está de paso,
después la soledad del que dispone
su mesa para nadie, del que cuenta
a otros su viudez en la tabla
de esta inerme corriente.
Miro ahora cómo crece la humedad,
todo el olor y el color se corrompe a su paso.
Es molesta la certeza de que no hay
castillos infranqueables ni muros
que detengan este vapor de agua.
Aquí el agua permanece quieta,
ese murmullo débil, cotidiano,
que sin pudor se ofrece
en toda su plenitud, porque si no fluye no existe.
|