Esta dichosa ansiedad doméstica
Elena Román
III Premio Blas de Otero Villa de Bilbao
Madrid, Devenir, 2011
por Álvaro Muñoz Robledano
El halcón maltés transcurre íntegramente en tres interiores: la oficina de Spade, su casa y la habitación de hotel en que se hospeda el hombre gordo. Hay algunas escenas más, es cierto, pero apenas suponen leves apoyos para la extraordinaria estructura de la película. Las noticias del exterior llegan hasta los personajes como el rumor de una amenaza, como el oleaje de la bahía o los recuerdos de tan diverso nombre. El protagonismo de los objetos ordinarios (vasos, cerillas, teléfonos, pañuelos...) potenciales armas para un duelo en el que las más temibles son las palabras, de las sombras en las que parece estar oculto el otro lado del mar, de la distancia excesiva que hay siempre hasta la puerta, crea un espacio distinto, en el que impera la extrañeza, la consciencia de no poseeer lo que utilizamos, ni siquiera la memoria que pueda despertar en nosotros, ni siquiera el deseo o la lujuria cuyo roce provoca. Pues si el lenguaje es la materia de la que están hechos los sueños, también es la que conforma el presente. Y Elena Román vive en una casa acotada por los límites de un lenguaje, el suyo, sin límites.
© A.M.R.
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