Francisco Sales
por Daniel Buzón
Son probaturas de fórmulas de establecer algo no sé si más sólido, pero sí más resistente. Francisco Sales fue un amigo mío, que conocí en una especie de grupo de poetas desequilibrados. Desequilibrados no porque hubieran perdido la cordura, sino porque no acertaban a darse alguna clase de poética más o menos eficaz para producir poesía. Y se daban de voces (de voces, sí) entre las tendencias de los demonios: novísimos, imparables, poesía de la experiencia, etc. Como desde hace 15 años hay menos referentes que nunca (¿qué poeta contemporáneo puede nombrar usted, contemporáneo suyo, de ahora, no García Lorca, hágame el favor?), todos se leían en alto en la casa de cada quien. Hablo de los noventa. A mí me daba igual todo. Francisco Sales era compañero de clase de mi hermana, y conocía a un tropel de chicas (tropel suena a tropa que suena a ejército que suena a marcial e infalible: chicas infalibles, ciertas, tangibles y fatales era lo que yo necesitaba), a las cuales por aquel entonces intentaba evitar, como última técnica persuasoria. Sus poesías no me llamaban ni mucho ni poco. Una decía:
Cuajados minutos de cavidades donde tú
quieres estar, salida de ti misma,
dejada atrás de ti misma,
blanda en tu inexistencia,
áspera en tu realidad.
Que no sé a qué tendencia tiraba, pero que me entretuvo el desgano durante dos semanas, mientras se dignaba presentarme a alguna de aquellas a quienes pudo estar dedicado. Francisco Sales tenía un rostro como a nadie le apetece ya describir. Ni a mí tampoco. Las descripciones ahora son parcas: simpático, buena gente, un capullo, alto, bajo, gordete, pelo rubio y basta. En el tiempo en que cierta humanidad popular todavía le daba valor a la prosopopeya, un valor narrativo, de contacto personal, Francisco Sales hacía honor a su rancio apellido (creo) palenciano. Enjuto está bien, alto no, rubio para nada. Nariz de argucia y mala baba. Boca de un labio befo arriba y otro raso abajo, que nunca pude entender, y menos como objeto del apetito de ellas. Ojos grandes, pero inseguros, y luego afirmados por una mirada de alfiler alacranado que no quisieras provocar. Yo sabía o sospechaba o me inventaba que había estado con mi hermana, y como de los dos recibía por separado desaires y aguantaba faltas de respeto considerables, insistía en desempeñar el papel de protector de mi hermana, para ponerla debajo de mí, aunque sólo fuera por un juego de actitudes, lo cual ya me colocaba en situación de sentir el honor levemente maculado por Francisco Sales. Y esto último implicaba que tenía que limpiarlo. Como no iba tampoco a romperle la cara así, directamente, sólo por desempeñar mejor mi papel de hermano protector, todo cosa mía, tenía el propósito de vengar lo que hubiera que vengar robándole a alguna de sus novias o amigas. Así que sólo tenía que esperar.
No va a ser esto tampoco una relación de ligues. Es lo que menos importa. Importa que no hubo ligues, ni pude vengarme. La semblanza de Francisco Sales es, en todo caso, lo que importa. En las reuniones de poetillas vergonzantes, de JB, y vídeos y música, con las chavalas que ya sí iban acudiendo, este hombre de 22 nos dijo que había visto la poesía. Visto. Claro, hay muchas ocurrencias de fórmulas por las que la poesía se encarna. La musiquilla de Tillotson. Yo qué sé. Cualquier asociación de ideas metafórica que hace de la poesía una cosa hecha, palpable. Cuando la cosa es ya no metafórica sino identitaria, la hemos fastidiado. De hecho todo proviene de una metáfora. El hijo es metáfora del padre. El gesto es metáfora de la voluntad. El pensamiento es metáfora de algo que no tocaremos nunca, porque el tacto también es metáfora. Así que negar que la poesía pueda tener identidad de algo que puede verse, y pueda ser por sí misma algo visible, y no por una hoja de papel, sino en la calle o en tu lavabo, no tiene todas las acreditaciones racionales que parece. Más vale estar expectante.
Por lo tanto, aunque la mayor parte de los asistentes se lo miraron con arrobo imbécil, una admiración que pretendía reproducir en la narración de Sales realidad de un modo meta-metafórico, si él se lo pedía, lo cual podía arruinarlo todo, yo vi que hablaba en un sentido muy propio. Le miré a través del JB que me aguaba la mente. Me di cuenta de que su visión había sido en algún lugar de la calle, tal como se cultivaba la calle por los hombres leídos antes de internet, como una trasposición de todos los escritos posibles. Cada rugosidad, cada soledad de portales o de aceras, cada angustia era mucho más aceptada por el conformismo de una sociedad que se aburría y disfrutaba más, y por lo tanto comprendía instintivamente que una calle puede ayudar a pensar y a sentir. Que la realidad es legible. Sales había cultivado mucho la calle a solas. Cosas típicas. Yo menos, pero sabía de lo que hablaba. Debía de ser que aquellos otros disimulaban muy bien o ya eran los que son ahora: destrozos de nada, fragmentos de jajajaja i XD social. Pero yo no podía ni disimular ni fingir. Una palmada en la cara que al mismo tiempo es tu percepción de la dureza lisa de la pared, sin que esto necesite que conozcas sus componentes, un desplazamiento sensual que no tiene límites, y ahí la poesía, no como una desviación del habla narrativa de la calle o de una novela. Ni como un pensamiento alternativo al racional, sino como otra sensación independiente más, autónoma. Sales siguió hablando para mí, ya no para ellos, que le oían sólo. Porque empezó a hablarles de fealdad, no de belleza. Esto, claro, no iba con los cánones. Por eso sé que sólo le escuchaba yo: les habló de granulosidad, de traición y de podredumbre. La poesía, en sí, como cosa vista (no sé cómo, nunca explicó el momento preciso), era teratológica. No era nada agradable.
Se sentó, y se puso a beber. Estaba terminando Filología Románica. No sé si se licenció, pero empezó Biología, y no supe ya mucho más de él directamente. Se trasladó a Bilbao, y por alguna amiga me he enterado de que no ha vuelto a hablar de literatura, por no hablar de poesía, tal como él mismo reconoce.
Yo no he escrito nunca. No me atrevo con la primera línea. Leo y sé sobre la escena poética del momento (2011) lo que haya que saber. Pero no me atrevo a producir ni un verso. Las calles, a pesar de las miradas, las piso igual que él las pisaba (ahora ya no, estoy seguro). Tengo la curiosidad a diario y a diario me arrepiento.
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