í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

La sombra de eros o la plenitud oculta del ser

por Juan Jacobo Melo

 

C ontrario a lo que suponen algunos filósofos y moralistas no es la razón, la voluntad o la fe el músculo rector que gobierna la naturaleza humana; ni lo es tampoco la entelequia de una norma o ley que preestablece lo que es bueno y malo, justo e injusto, moral e inmoral. Aquello es sólo la envoltura, la cáscara o epidermis, el disfraz bajo el cual permanece oculto el hombre civilizado. Pues -a fondo- más allá de lo aparente y epidérmico subyace una fuerza irracional, primigenia, anterior a toda norma o precepto cuyo más hondo valor no se explica sino a partir de la raíz instintiva de nuestros impulsos vitales. Para el cristianismo -dicha fuerza- toma el aspecto del Leviatán: la Bestia a contener; para el psicoanálisis es la encarnación psíquica del inconsciente: el ello . En mi opinión no son sino los arrebatos vitales del espíritu. Una acumulación de fuerzas que permanece cautiva en los recintos secretos del ser; allí donde no tienen acceso los dictados de la moral, las leyes o la religión sino la soberanía del deseo unido al encanto de la voluptuosidad y los instintos. En suma, es el animal transgresor, hiperbiótico, vital que el hombre civilizado a todo trance aspira reprimir. Quizá por temor a enfrentarse con su propia naturaleza; quizá por ineptitud de adaptarse a su compás frenético. Pues, no hay en el hombre civilizado ese gusto por lo terrible, esa terapia del vértigo, esa gimnasia del abismo (cualidades inequívocas del animal transgresor). Además, su coeficiente de riesgo es muy limitado como para arrojarse a empresas inauditas, como para penetrar en el fondo de lo inexpugnable. No porque carezca de valor sino porque despierta en él un miedo patológico hacia su propia naturaleza, se horroriza de sí mismo. Por ello permanece atado a los grilletes de la razón; lo que lo hace prisionero de las normas, carcelero de sus impulsos. Extraña paradoja. Pues cuando el hombre vuelve sobre sus orígenes tórnase enérgico y vital; cuando acude al llamado de la razón decae hacia el dominio de lo irresoluto. Se vuelve un ser vacilante, una criatura ambivalente; péndulo que fluctúa entre la razón y sus instintos. De esta ambigüedad se desprenden los preceptos morales, las categorías y juicios de aprobación y censura, lo que debe y no debe hacerse. Así es como la razón parte a fundirse dentro de los parámetros de “lo normal” como hacedora de “lo bueno y “lo justo”, lo civilizado y permitido; en tanto que el universo de las pulsiones habrán de identificarse con lo “anómalo” e “inmoral”, lo bárbaro y proscrito. Dualismo esquizoide, forzada antítesis que el hombre ha inventado a objeto de escindir su propia naturaleza por medio de artificios morales. Escisión que ha dado pie al surgimiento de interpretaciones maniqueas donde nada se mueve sino dentro de “lo bueno” y “lo malo”. Con arreglo a esta exégesis la razón corre pareja con lo primero; mientras que los instintos encontrarán su expresión en lo segundo.

Razón y pulsión, civilización y barbarie, moralidad e inmoralidad, normalidad y anomalía, cordura y demencia. En los términos de esta burda dualidad se explica la historia de las represiones humanas o, cuando menos, la historia de las represiones del hombre civilizado. Pues, tras su advenimiento, aparecen junto a éste entidades coercitivas, castradoras de todo apetito vital (desde el Estado hasta la iglesia, pasando por la familia en su expresión monogámica). En ellas se ciernen todas las taras e inhibiciones del hombre civilizado y con ellas el forzado proceso de su domesticación. De aquí emergen sus ideas, sus complejos, sus taras y prejuicios, sus divinos fantoches (llámese dios o el diablo). Todo ello fruto de un malentendido original o -para ser más exactos- de una broma judeocristiana.

 

Esta predisposición hacia el juego dual nos ha precipitado a justificar nuestros temores, a encubrir nuestra naturaleza y solapar nuestros más profundos deseos y veleidades. Pues, el hombre -por antonomasia- es un animal libidinoso, endocrino, hormonal. Pero al orden de la fisiología se impone el de la apariencia y la norma; al orden de nuestras secreciones el de los preceptos. Por ello, el hombre civilizado repudia los instintos porque ve en ellos la imagen de su animalidad, el reflejo “obscuro” de sí mismo. ¿Pero acaso no es la animalidad el substrato biológico de todos sus impulsos vitales? ¿No es la inclinación hacia lo bárbaro y monstruoso lo que determina su naturaleza y la enaltece? El hombre será tanto más humano cuanto mayor sea su animalidad. No de otro modo se explica la fuerza telúrica de sus instintos, su ímpetu belicoso y transgresor como el gusto irreprimible por el placer (extensible no solo a la actividad sexual, cuanto a las efusiones del arte y la guerra). Pues, en todos los grandes cultores de estas disciplinas -desde el hombre de las cavernas hasta las tribus nómadas- pudo más el lado animal que el humano dar rienda a sus derroches creativos, a su sagacidad e ingenio. Véase en Gengis Khan, Alarico u Odoacro el disfrute hormonal por la guerra; como en los pintores rupestres y danzantes tribales su pasión desmedida por un arte voluptuoso e instintivo donde no estaban exentas ni la antropofagia ni la coprofilia. Los primeros prestan sus furores al servicio de la guerra como una actividad gratificante; los segundos consagran sus instintos al goce estético. Son espíritus transgresores, desbocados, animales voluptuosos poseídos por una sed de absoluto. Hogueras trepidantes que se alzan en medio de la noche, caminos abiertos en pos de lo inaudito. Quizá por ello, todo cuanto el hombre civilizado considera aberrante y monstruoso, todo lo que lo espanta y atemoriza nada es para el animal transgresor, sino un ritual orgásmico con la naturaleza y sus impulsos vitales.

 

Irónicamente, a esta especie de criaturas corresponden los espíritus más excelsos del “mundo civilizado”, enemigos del artificio y las convenciones cuya acción creadora -por instintiva y turbulenta- escapa a toda explicación racional, a todo esquema psicoanalítico (repárese en Artaud, Sade o Lautréamont como a sus mejores especímenes). Son los iluminados por la sombra de Eros. Fuego transfigurador que emerge desde los abismos del ser en el que subyacen los impulsos más desbocados de la naturaleza humana. Allí donde el espíritu se revela en su completa plenitud; donde la inocencia va unida a la crueldad; el dolor a la risa; la angustia al éxtasis. Ámbito y dimensión en el que no hay reglas ni estructuras, normas o preceptos, solo una fluencia incesante de impulsos en perpetuo devenir. Pues ante la sombra de Eros nada se explica sino a partir de lo estrepitoso y desbordante. Por ello su espíritu habita y se expresa en seres potencialmente creadores, virtuosos, poseídos por un ansia obsesiva unida a la clarividencia. Aquellos quienes tornan diáfano lo obscuro; noble lo abyecto. Los que tienen el coraje de hacer visible todo lo que un alma común considera aberrante y perverso. Su espiritualidad -por monstruosa que parezca- crea, alumbra, provoca, ilumina. Está más allá de dios y la nada, del bien y el mal como de todo maniqueísmo esclavizante que condena al hombre a ser un acto fallido. En fin, la sombra de Eros es fuerza inabatible que despoja al hombre de su máscara y proclama lo que quiere. No es la bestia a contener sino el espíritu que se desata a plenitud.

 

 

 

 

                   © Juan Jacobo Melo

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