í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

 

La Islandia nuestra
por Julio Pino Miyar

 

   

Hay un hermoso y sencillo poema de Jorge Luis Borges, cuya lectura debería ser oral porque lo mejor es que el título nos sorprenda al final. En síntesis dice más o menos así: Qué no daría el poeta por la dicha de estar con ella en Islandia. Y en aquel preciso instante comprobaba que estaba junto a ella en Islandia. El poema se llama “Nostalgia del presente”.

Existe para algunos lo que se denomina “la fascinación nórdica”, que es como la gran aventura marina del noruego, o el idioma que el poeta soñó hablar en el reino de Nortumbria, en los largos siglos de la medievalidad. Dicen que cuando las almas se desprenden de los cuerpos emigran hacia el norte, al país de los hiperbóreos. Es Islandia siempre en la memoria.

En Islandia hay casi doscientos volcanes, miles de fuentes de aguas termales, enormes lagos y casi todo el país está cubierto por un enorme glaciar. La mayor parte de las carreteras no están asfaltadas y son muy comunes allí los accidentes. Paradójicamente, las temperaturas en la isla boreal, si tomamos en cuenta su extrema latitud, no son tan bajas. El promedio anual es de quince grados Celsius. El parlamento de Thingvellir es el más viejo de Europa. La República de Islandia, en la tradición germana, es la más antigua República de Occidente.

Pero, Islandia es sobre todo la tierra de la más alta poesía: La poesía escáldica. En esa isla, un pueblo se propuso la tarea imposible de inventariar la metáfora, y lo logró. Por los islandeses sabemos para siempre cuál es el alimento del cisne rojo y que el agua de la espada es la tentación más terrible del guerrero: “el pino del lobo de la tapia del fragor”. Así como el mar es el legendario camino de la ballena.

Mas, yo he llegado hoy, no de una extraordinaria isla si no de un singular istmo, luego de visitarlo por dos semanas me resulta grato acotar esto: Las grandes masas continentales pueden, sin lugar a dudas, poseer apoteósicos paisajes como fiel imagen de la monumentalidad de su territorio. Esto ocurre en los Estados Unidos. Lo que sucede es que hay que cubrir enormes distancias para llegar a cada uno de esos impresionantes paisajes y así pasar hacia el siguiente hecho significativo, siempre distante en la naturaleza. A partir de esta apreciación, me percaté de que las islas de un modo muy diferente, son como un breve compendio de aquello que los continentes necesitan de toda la aparatosa extensión de su territorio para poder mostrar. Una isla es como un breve resumen, un texto corto repleto de variaciones. Mientras que un continente es como una gran novela llena de pasajes de gran monotonía hasta llegar al momento en el cual te sorprenden sus mejores páginas. Una isla, en cambio, es como un asombro perenne. Y en mi reciente viaje a Nicaragua descubrí que ella, sin ser una isla, era sin embargo un istmo que portaba un vasto y asombroso compendio americano.

Un istmo acabado de nacer, pues muy pocos billones de años nos separan de su accidentado nacimiento en el seno del magma original. Emergido, merced a un cataclismo, de oscuras cavernas geológicas y del taller del mismo Hefastio. Un istmo en plena formación tectónica. Istmo montañoso y volcánico salpicado de lagos, como su homóloga, la isla glaciar y teutónica. Y ese istmo se me aparece, al igual que las islas, como un texto breve cargado de grandes variaciones, y que, asediado por las dos más grandes masas de agua del planeta (los océanos, Atlántico y Pacífico), emerge sobre ellas triunfante.

Porque los istmos son islas que han quedado dramáticamente apresadas entre las inmensas tierras de dos continentes. Conservan de las islas su virtud de síntesis, lo que le facilita al viajero poder contemplar en media jornada, lo que le tomaría días enteros llegar a contemplar en Norteamérica o en África. Y tienen de los continentes la virtud de poseer rasgos generales de su monumentalidad, de una manera que, obviamente, no puede darse en las islas. Y a diferencia de éstas, las cuales solo poseen caminos interiores ajenos al resto del mundo, encerrados en su solitaria totalidad, los istmos son, esencialmente, un sendero para llegar a otra parte. Una vía para la historia natural de un continente. Y es en medio de ese camino que un día nos sorprende la historia humana...

La patria nicaragüense es, entre otras cosas, un lugar de paso donde uno de sus destinos mayores es prestarle abrigo al caminante. No sé dónde escuché que Rubén Darío había nacido en una carreta que iba de paso por el istmo. Indudablemente que fue una historia apócrifa, aunque no carente de sentido metafórico. Jamás el idioma español ha resonado tan alto como en la poesía de Darío; como cascabeles de plata puestos a repicar en un domingo pagano. Pero, quien ha estado en la ciudad de León comprende de súbito, que esa nación es la patria primada de Darío. No le habría sido dado nacer al poeta en ninguna otra parte. No sé por qué digo esto, mas siento intensamente que es así.

Nicaragua es para nosotros los latinoamericanos, nuestra Islandia. Una de las más altas expresiones de la metáfora. La Islandia caliente, y casi tan telúrica como la otra. Una Islandia conquistada, empobrecida y mil veces mancillada. La Nicaragua olvidada del indio chorotega.

Hoy, la Catedral neoclásica de León guarda orgullosamente los huesos de su poeta nacional, como ayer, el niño asustadizo e hipersensible que fuera Darío, escuchaba allí, en las más oscuras noches, consejas de fantasmas y aparecidos. Porque la ciudad de León es como un reservorio vivo de leyendas. Hoy, León, con luz eléctrica y calles, unas pedregosas y otras asfaltadas, por donde transitan por igual automóviles y carromatos, refleja mucho esos aires coloniales de una relativa medievalidad americana que todavía sobrevive frente a los desmanes de una modernidad digital. León, al igual que la pequeña ciudad de Granada, tiende a procrear en sus ambientes esas necesarias cuotas de humanidad que la megalópolis traiciona. Ya que esos aires universales de provincia solo podemos sentirlos en esos lugares donde el espíritu del hombre no ha sido tan maltratado. Un lugar donde la dolorosa miseria y el profundo desamparo coinciden de un modo acaso inexplicable, con la amable solicitud de las gentes y la belleza impactante de la mujer nativa.

Una de las tantas cosas que me llamaron la atención en mi viaje, es la imprecisión con que las personas me respondían cuando les preguntaba sobre la estación del año en que estábamos. Nadie duda en Norteamérica, que ahorita es invierno. En Nicaragua, sin embargo, aunque se encuentra un poco al norte del ecuador celeste y es por esto, un clima eminentemente meridional, las estaciones parecen ser refractarias a cualquier definición humana. Meses de lluvia y meses de viento. Climas de altura... Managua, por ejemplo, es demasiado caliente. Una ciudad que invita a beber pinolillo a cualquier hora, fresca infusión confeccionada con chocolate y maíz. En 1972 un terremoto desbastó la ciudad. Por eso 1972, es el antes y el después de todos los nicaragüenses. El paso de una era a otra, que para los habitantes del istmo no ha comenzado aún. No ha existido dinero en treinta años para reconstruir lo dañado por el gran sismo. No obstante, recientemente hubo un presidente que se enriqueció enormemente en el poder a costa del erario público.

En Reikiavik, la capital más septentrional del mundo, en el año de 1984, Mijaíl Gorbachov y su homólogo Ronald Reagan, discutieron de una manera definitiva el fin de la Guerra Fría. En la Islandia nuestra, ni siquiera sus problemas fundamentales son decididos por sus líderes nativos. Son decididos en los glamorosos salones y compartimentados vestíbulos del Fondo Monetario Internacional y otros lugares del lejano y ajeno norte...

¿Qué más pudiera decir de Nicaragua? Me maravilló el Mar Dulce que bordea las orillas de la neoclásica Granada. El gran lago milenario donde habita una fauna única que guarda en sus entrañas mitológicas la utopía comunista; el sueño legendario de Solentiname. Quizás no haya otro lugar en el mundo donde se respire tan de cerca la poesía, salvo en las islas boreales. En la Edda Menor del islandés Snorrí Sturluson y en el poema mayor del nicaragüense, Joaquín Pasos.

De todas formas me marché de Nicaragua con un poco de tristeza. Irónicamente, según los geólogos, dentro de posiblemente algo menos de tres billones de años, el istmo volverá a hundirse irremediable en lo profundo de las cavernas geológicas de donde salió. Pero, mientras ese impostergable día llega, será bueno merecer en la patria primada de Rubén Darío, los únicos oficios para mí permitidos: la amistad y la poesía.

Remedando el poema de Borges:

 

“Qué no daría el poeta por la dicha de estar en/ Islandia/ y de compartir (contigo) el ahora como se comparten la música/ y el sabor de las frutas. En ese preciso momento/ el poeta estaba junto a ella en (Nicaragua).”

 

A mi amiga Carol Bendaña,
por su cumplida invitación 

 

 

 

© Julio Pino Miyar.

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