¿Metus Nostrum? Mediterráneo: una muerte en prolepsis
por Jorge Freire
Esta semana, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) advirtió de la posible desaparición de cuarenta especies en el Mar Mediterráneo para los próximos años. Sería deseable que noticias de este estilo fuesen tenidas en cuenta en su justa medida, en lugar de, como ocurre habitualmente, dejarse arrastrar por la histeria, entibando un movimiento catastrofista que, por supuesto, gravita sobre evidentes razones para la preocupación. La costa mediterránea, asediada por noventa millones de habitantes, recibe innumerables materiales inorgánicos y otros tantos orgánicos que incluyen, en muchos casos, moléculas sintéticas y metales pesados. Debido a ello, hace dos días la Comisión Europea propuso una medida relativa a los plásticos. ¿Quién dudaría del sobejano peligro al que se enfrenta?
Se nos hace evidente que vivimos tiempos críticos. En realidad, desde la Biblia o la Eneida , la gran krisis pindonguea por la Historia. En los últimos años, entre Efecto 2000, 11-S, el Colisionador de Hidrones o el vertido de BP, hemos asistido a un momento epilogal tras otro. Agradan, por discordantes, voces razonablemente descreídas como la Ian McEwan , que, durante la promoción de su última novela, aprovechó para guasearse de las fantasías apocalípticas –pero seculares- por las que fácilmente tiramos la casa por la ventana y que, reconozcámoslo, no son sino proyecciones de nuestras zozobras personales y nuestro miedo a la muerte ( tuneando un verso de Cernuda, cabría decir: Bien sé yo que esta imagen/ fija siempre en la mente/ no eres tú sino sombra/ del miedo que en mí existe ), derivadas de un soberbio ombliguismo, claro, y de cierto Vorlust por ser protagonistas de la catástrofe.
El Mediterráneo se sumió en el sueño de los justos durante casi medio millón de años años y despertó de su letargo (como descubrimos hace no mucho, llenándose en tan sólo dos años) del mismo modo que los Profundos creen que hará Chtulu. ¿Cabe esperar que, en este caso, el Mare Nostrum vaya a experimentar una resurrección similar? Mircea Eliade nos diría que no nos sorprendiésemos ante esta creencia, tras cuya novedosa fachenda se soterra el inmemorial paso del Pralaya al Manvatara. Debo reconocer mi pasmo ante quienes confían en la vuelta a algún tipo de estado preternatural, siendo tan (im) posible recuperar el Mediterráneo acrisolado y celestial como lo sería volver a los bosques, florestas y humedales desaparecidos hace un milenio o dos. Asimismo, convendría abandonar la cancamusa del asesinato por dos motivos: en primer lugar, no existe una alternativa (hay consenso en que, ni la calcinación, ni el agavillamiento a cielo abierto ni el enterramiento, parecen más convenientes que el arrojamiento al mar); en segundo, porque no está herido de muerte -y aquí brota la cerrazón con que entendemos, muchas veces, que el Mediterráneo es sólo su litoral (sus grandes fondos no acucian del mismo modo la mano del hombre).
Recientemente, la Agencia de Protección del Medio Ambiente estadounidense promovió una campaña en la que recomendaba no comer carne de tiburón, pez espada o caballa (y limitaba el consumo de gambas o salmón, entre otros) a niños y mujeres en edad fértil por las altas cantidades en mercurio contenidas en estos peces. En nuestro país, un estudio de la UV de este año enunció que el 64% de los bebés nacen con niveles demasiado altos de mercurio. ¿Son desmedidas estas precauciones cuando los datos nos demuestran que, por cada cien toneladas procedentes de la acción humana, el Mediterráneo recibe, quo primum tempore , quinientas de forma natural? Sin embargo, la inquietud aumenta por la falta de información fiable: la fundación Oceana atribuye la creciente inquietud a la falta de transparencia del gobierno, afirmando que oculta los datos relativos al mercurio desde hace cuatro años. Sin información ni análisis sólo hay un frangollo de doxas . Presenciamos una gigantomachia peri tes ousias , una altisonante palabrería en torno a nada que, caso de servir de algo, provocará congoja y desazón.
En definitiva, no cabe negar que la relación entre la contaminación antropogénica y el mediterráneo se parece al idilio entre Selene y Endimión, ella despierta y el siempre traspuesto. Pero, simplemente, ni Endimión está muerto ni en este caso va a despertar. El tratamiento de un asunto tan esencial debería ser más riguroso, evitando, sine ira et studio , tanto el reconcomio histérico como la cachaza escéptica.