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Despedida

por Renato Alama Madrid

 

a Po

 

Despedida es una de las pocas palabras que se han construido con nueve grafonemas. ¿Cuántos de nosotros conocemos palabras edificadas cuidadosamente con nueve criaturas llamadas grafonemas? Esas injustificables criaturitas conocidas ordinariamente como letras que se dispersan en el pensamiento absurdo del común. Se sabe que es una palabra estrecha si se le ve de cerca. Su origen, Grecia, Roma, la India, quien sabe… Sus grafonemas están todas juntitas, pues no se quieren separar, es algo como de costumbre o religión; acercarse un poco más al texto ayudaría para identificarlas mejor.

A las grafonemas se les ve siempre unidas, salvo una que otra desinteresada en la sociabilidad… Y ahí vienen por la despedida.

En realidad no hay preámbulos para despedirse, sin embargo, con la experiencia cosechada en despedidas, las grafonemas conocen ya el camino para llegar hasta aquí. Son como elefantes mágicos que conocen todas las rutas de sus antepasados. Todas las grafonemas se van juntando, sintiéndose identificadas por la misma causa. Vienen de todas las regiones conocidas; del este, del norte y del sur, y hay quienes dicen que vienen de lugares aún no explorados. Una tras otra se van juntando más y más grafonemas. Acuden al llamado de trompetas informes alborotándolo todo en la mente, y al poco rato, sin darse cuenta uno, se ha llenado la hoja bond en blanco y el vacío se pierde en lo que los comunes llaman: Una Carta de Despedida, la cual está arquitectificada de un sólo tirón o deshilache prósico.

Deshilachar la carta es tejerla al revés. Vas jalando los momentos tejidos anteriormente, y puedes irte caminando por Arce, pasar por la Alianza Francesa, detenerte un momento a ver el letrero de si esta abierto, y sí, hasta puedes entrar, hablarle a la señora de información, hablar un poco del lugar, preguntándole por la agenda cultural, y llevarte unas tarjetitas de información o esas postales gratuitas que dejan en los Centro Culturales. Luego puedes seguir recto, tomar la Plaza del Estudiante, seguir por el Prado hasta llegar a la Iglesia de San Francisco; todavía hay tiempo si aún no estas cansada. Puedes subir por esa calle empinada que  lleva al mercado de las brujas  — esa  que  nunca  le vimos  el nombre—  aún  es  temprano, deben ser las cuatro menos quarto, eso debe decir el reloj de la señora que atiende en el kiosco a media cuadra más allá, lo has visto al pasar —quizá no lo recuerdas— pasamos agarrados de la mano por ahí. A unos pasos más allá están pasando un video de Charlie Brown —es increíble encontrar a Charlie Brown en la calle, pensamos— . Luego puedes regresar caminando por la acera del frente hasta Sopocachi, hasta la plaza Avaroa, y sentarte en una de las bancas en el centro de la plaza, para no repetir el mismo recorrido de ida hasta allí.

Las luces de la Plaza Avaroa ya deben estar encendidas en este momento. La gente debe estar pasando tranquila después del trabajo. Entonces, sin haber dado vuelta atrás todavía en todo el camino de regreso, ya cómoda en esta banca, recién mirarás atrás y verás una ruta detrás de ti, una ruta de colores fosforescentes, hasta se me ocurre que pudiste haberte tomado un café en el Ángel Colonial en el camino de regreso, y haber visto una película con el permiso del chico que atendía —pues no sé si sigue trabajando ahí— pero no te gusta el café, lo acabo de recordar; es muy amargo. Pudiste haberte quedado igual y ver la película. El living del hospedaje siempre está libre… En este momento hasta podrías haber sentido una ausencia también.

La película puede haber sido una repetida de aquellas que deseas ver siempre que puedes, como Across the Universe, Más Allá de los Sueños ó El Tigre bajo la Nieve de Begnini. Te sentarías en el sillón frente al televisor, y te concentrarías en la película, pero aún así, hubieras percibido que en este lugar hay una ausencia… Tu mate de coca aún está caliente —subiste a prepararte uno a la cocina del segundo piso, antes de salir a llamar por teléfono a tus padres. La cocina está cerca al cuarto donde nos quedamos, la viste al pasar— un mate sin azúcar, como te gusta. La puerta de la recepción está cerrada, el sillón aceptablemente cómodo, el volumen del televisor en un punto para envolver en la trama, sin embargo, esta ausencia se vuelve lentamente en una presencia.

Hay diferentes clasificaciones de presencias y tú lo sabes, tú los ves. Los puedes ver en esa ausencia vacía que nadie más a tu alrededor puede ver, ni siquiera yo. Pero esta es una nueva presencia, una que no puedes ver, una presencia inclasificada. Una presencia por ausencia…

Plaza Avaroa a estas horas debe estar fría, el aire de la Paz es seco, lastima los telones de la nariz, el tabique se lastima también, y mañana es Sábado 25 de Noviembre,  se te hace tarde y tienes que alistar tus cosas. Subes la medina, te siguen las grafonemas entusiastas, no te has dado cuenta aún, te han encontrado por Arce y te han venido siguiendo hasta aquí...

Se tiene un deshilache prósico hasta ahora y si se sigue, las letras seguirán brotando como maleza en retoños de palabras injustificadas. Se puede ir de un lado a otro del papel bond hasta aceptar insatisfactoriamente que esta se ha convertido en una prisión. Las grafonemas, estas serecillas insectosas que revuelan invisiblemente, se han quedado atrapadas en esta deforme dimensión rectangular. Entonces, hay que tomar delicadamente otra bond vacía. Este proceso debe ser delicado, con el fin de no alertar a las demás grafonemas que vienen en camino. Luego se puede seguir deshilachando, con mucho cuidado. Esto puede tomar un tiempo prudente, hay que ser pacientes. Tejer hacia atrás exige cierta destreza adquirida, no todos los días nos podemos despedir de alguien. Así que despedirse es deshilachar lentamente con mucha paciencia y contemplación, entre otros detalles. Y aquí esta el secreto, en este deshilachar lento y cuidadoso; hay quienes sin costumbre o experiencia desatan todo en lugar de deshilachar. Jalar suavemente ese hilo que a unido los momentos que se llaman "Inolvidables”, mantienen intactos esos momentos inolvidablemente frágiles, y aquí debo hacer una pausa. "Inolvidables", en esta palabra no hay que confiar mucho, no tengo nada en contra de esta palabra, lo que pasa, es que la experiencia te enseña una lección cada vez. Es algo personal. Creer en los momentos inolvidables es una cuestión más o menos matemática, como si le pusieras un cero a tu ecuación multiplicándola por la raíz cuadrada de menos 2 sobre 100. La relatividad no ayudaría en este caso. Esto se vuelve algo más complicado aún. Ahora es una cuestión de Física y hay varios tipos de Física, y como resultado, no sabes que poner al lado del signo igual.

 

 

                         


© Renato Alama Madrid. Escritor limeño radicado en Bolivia.


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