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Historia de una gota de sudor

por Johari Gautier Carmona

 

 

En lo alto de su frente ancha y granosa apareció una gota de sudor, brillante y pequeña, que, con las circunstancias, fue creciendo paulatinamente hasta alcanzar el tamaño de una enorme gota de agua, digna de los aguaceros de primavera que caen sobre la ciudad en plena noche como una manta gruesa y pesada. Era una gota pegajosa y brillante, elástica y resistente,  que parecía alimentarse de la crispación del momento y reflejaba un sol blanco y primaveral.

Petrificado y visiblemente amedrentado, Jorge Zorrillo Jiménez encaraba al hombre al que había provocado con un notable temblor en las manos y una expresión de patente culpabilidad. Ya no ostentaba esa sonrisita descarada y altiva que paseaba el día anterior por las mismas calles del Congrés con ese caminar de chulo intocable, tan seguro y arrogante. Ya no removía ese palito de dientes dentro de su boca apestosa con ese gesto tan repetitivo y vulgar que recordaban a un delincuente peligroso de las típicas películas americanas. Su indumentaria de cuero negro se había convertido súbitamente en un patético envoltorio oscuro, inflexible y pegadizo, que le asimilaban a un embutido seco y deslucido en la estantería de un mercado. Evidentemente, ya no era el mismo de antes: era como una morcilla ridículamente hinchada a punto de reventar del susto o de cualquier cosa que su interlocutor le pudiera decir.

Sus ojos buscaron alocadamente una vía de escape, oscilaron con desesperación de un lado a otro del panorama en busca de una salida, pero no hallaron nada. Entonces, Jorge Zorrillo notó que esa gotita de sudor, fría y brillante, enganchada en lo alto de su enorme frente, iniciaba una caída lenta y horriblemente molesta siguiendo las líneas de su semblante tenso. Era una caída leve, casi invisible, pero él percibió su progresión como si de un terremoto se tratara porque en ella se veía expuesta toda su vergüenza, su impotencia, su cobardía, su sumisión y su imprudencia. El hombre ya no exhibía ese expansivo orgullo de matón, ya no alzaba la mirada con petulancia, y parecía un niño intimidado ante un inevitable castigo, pillado in fraganti y cabizbajo. Lejos estaban esos días en que se paseaba y actuaba a sus anchas por los barrios del Guinardó y del Congrés, abusando de su autoridad, exhibiendo su reputación de delincuente y traficante insubordinado, jactándose de ser el mejor y revendiendo todo tipo de productos ilícitos, frescamente importados de Marruecos y de los países del este, sin pagar una tasa al señor que controlaba históricamente esas zonas con un paternalismo y una obstinación inquebrantables.

Ante la figura de Don Juan Del Carajillo y dos de sus guardaespaldas, ante la severidad de ese criminal distinguido, de sus sorprendentes aires de caballero elegante y el misterio de sus ojos inquisidores, Jorge Zorrillo no se atrevía a borrar, con un restregón, esa gota de sudor creciente y tan humillante. El temor era demasiado grande, demasiado imponente, y la vista de esa silueta intocable, de ese capo amenazador, había paralizado cada uno de sus miembros. Sus pies estaban pegados al suelo, temblaban con exageración, y Don Juan Del Carajillo aprovechó esa situación para formular un comentario que resonó durante horas en la cabeza del truhán: «Me han comentado que te lo pasas en grande por aquí». Eso fue todo lo que dijo el señor mayor, siempre manteniendo un tono cortés e invariable que consolidaba su imagen de mafioso, pero eso bastó para avivar los temblores de Jorge que, viéndose en una situación sin arreglo, un aprieto como nunca había visto en su vida, trató de defenderse con unas palabras que no lograron brotar de su boca seca. Además, la tensión generada por el esfuerzo alentó notablemente el movimiento de la gota de sudor que empezó a recorrer la frente en dirección de su sien izquierda. Esta vez el desplazamiento de la gota era visible y Don Juan Del Carajillo sonrió al ver reflejado el sol en la frente de Jorge como un puntito ardoroso y rutilante: «¿Ya no sonríes, muchacho? ——preguntó el gran delincuente mirando a sus acólitos con un aire divertido——. Venga, cuéntame qué es lo que pasa por aquí». Pero no hubo respuesta. Jorge Zorrillo sabía que ninguna explicación podía justificar la falta de información de las últimas semanas, ni tampoco las tasas impagadas, los acuerdos concluidos con bandas rivales, la reventa de droga de mala calidad o los coches robados al hombre que ahora le interrogaba. Entonces, Don Juan Del Carajillo propuso un trato que le pareció un regalo envenenado: «Vamos hacer algo: si esa gotita de sudor que se pasea por tu frente alcanza tu barbilla, te salvas, pero si sigue cualquier otro camino: estás muerto».

Ese punto brillante, ese diamante líquido que adornaba su ancha frente, representaba su única salvación y había de ser controlado sin rechinar, sin perder un segundo, sin implorar un perdón. Era evidente que Don Juan Del Carajillo no lo indultaría nunca sin un reto denigrante. Sus aires lo convalidaban: era un personaje firme e intransigente, duro y resuelto. Por eso, viendo que le quedaba una salida para escapar de una muerte humillante y risible, Jorge asintió, tragó su saliva, rezó mentalmente una oración que le enseñó su madre cuando todavía era jovencito y se dedicó de pleno a encauzar el camino de esa maldita gota que había crecido durante esos ínfimos segundos y había acelerado su progresión. A partir de ahí, empezó un extraño y cruel espectáculo en el que Jorge Zorrillo esbozaba las muecas las más sórdidas, las más absurdas, con la minucia y la entrega de un hombre que sabía lo que se estaba jugando. Su vida era el único premio. Si salía vivo de esta situación grotesca no cabía duda de que se iría volando a Madrid o a cualquier otro sitio donde la figura de Don Juan Del Carajillo no representara una amenaza para él.

Estiró primero la frente hacia arriba para detener a esa gotita y viendo que ya estaba fuera de alcance, frunció el entrecejo en reiteradas ocasiones como si el hombre padeciera un grave problema de visión o una crisis epiléptica. Estas primeras tentativas tuvieron como mayor efecto  intensificar el brío de la gotita y ralentizar su progresión. Y a continuación, después de parpadear un poco y de respirar hondamente para mantener su concentración intacta, Jorge percibió que la gotita, esa sinvergüenza e incontrolable gotita, se acercaba a su ojo izquierdo con el consecuente riesgo de desviarse por completo y secarse entre su nariz y sus labios protuberantes. Por eso, se empeñó en abrir los ojos con un patente nerviosismo, alzando las cejas como si quisiera sacarlos de su órbita. Don Juan del Carajillo no pudo evitar una repentina carcajada, similar a una tos repentina, porque nunca había visto a un hombre empeñarse con tantas fuerzas en controlar algo que no tenía control, y luego se contuvo para observar nuevamente los esfuerzos de Jorge que celebraba una primera victoria. Sí, con ese movimiento frenético de los ojos y de las cejas, el delincuente había logrado guiar la gota de sudor hacia su sien izquierda. El hombre consideró por algún motivo, quizás la presión del instante o la mirada turbante de Don Juan Del Carajillo, que, desde ese punto, sería más fácil dirigir la gotita luego hacia su alargada y peluda barbilla porque la caída no se vería interrumpida por ningún obstáculo importante. Así es cómo lo percibió en ese momento Jorge y, justo después de esa pequeña victoria, de ese ridículo triunfo, tuvo la sensación de poder librarse de esta situación estrambótica, de poder dominarla. Pensó que era el Rey del mambo y se asombró por su capacidad de superación y de supervivencia. Su padre, otro delincuente de primera categoría que había robado coches y motos durante más de veinte años a trabajadores de Correos en pleno reparto, fue el que le inculcó esos valores de persistencia y de concentración, de sacrificio por el noble oficio de maleante, como si se tratara de clases de filosofía o de matemáticas, hasta que, finalmente, murió atropellado por un cartero enfurecido y decidido a acabar con él por todos los medios. Definitivamente, él no acabaría así. De eso estaba seguro porque, desde muy joven, se empecinó en superar las metas fijadas por su padre, en mostrar su astucia y edificar un negocio basado en la reventa y el estraperlo de todo tipo. Cualquiera que dudara de sus planteamientos y de sus aspiraciones, siempre podía comprobar con su novia, Elena Royo Izquierdo, testigo privilegiado de todas sus supercherías y gran conocedora de la realidad de su vida confinada en los barrios del Congrés y del Guinardó, de sus timos y sus peleas incesantes con los vendedores de cupones de la ONCE a quienes robaba su mercancía para luego falsificarla o especular.

¡Pero basta! Jorge Zorrillo no podía pensar ahora en su padre, en los viejos sueños de gloria y en otras nimiedades. No era el momento adecuado. Esa gotita de sudor, ese puntito de vida que le quedaba a la altura de la sien izquierda, volvió a ser la protagonista principal de sus pensamientos. ¡Maldita asquerosa! Es increíble cómo todo puede cambiar en un solo segundo. Esa gotita, que antes representaba todo lo peor, la ridiculez y la humillación, se convirtió de repente en la única fuente de confianza. En su única esperanza. Jorge rezó afanosamente para que ella le escuchara, siguiera sus instrucciones, salmodiando unas palabras que Don Juan Del Carajillo no entendió pero adivinó. «Es interesante cómo la gente la más traidora acude a Dios cuando se encuentran ante la muerte», fue lo que pronunció el gran capo mirando a sus guardaespaldas con una tranquilidad aleccionadora. Ellos asintieron inmediatamente, con algo de miedo, quizás porque el hombre les estaba advirtiendo de lo que les podía pasar si le traicionaban, y, luego, se fijaron plenamente en cómo Jorge trataba de guiar esa partícula de sudor con unas reiteradas inclinaciones de la cabeza hacia el lado derecho. Parecía que estuviera haciendo estiramientos del cuello o un ejercicio de calentamiento con la particularidad de fijarse en un solo lado y de tener esos ojos abiertos como platillos volantes. La imagen era grotesca, por no decir bufona, pero el delincuente puesto a prueba no podía pensar en esto ahora. La gota estaba a la altura de su oreja, la tenía bien controlada, y después de esas maniobras de ágil malabarista, con sus cabeceos de diestro futbolista, la gota emprendió lentamente el camino de la mejilla dejando detrás de ella un rastro luminoso y brillante como suelen hacerlo los caracoles en el campo.

«Lo está logrando», expresó Don Juan Del Carajillo con una sonrisa admirativa, abiertamente estupefacto, y Jorge Zorrillo hizo lo posible para mantener su concentración. Tenía esa gota bajo control, esa gotita imprevisible, viscosa y brillante, pero ahora, más que ese fruto indeseado de sus nervios, lo que le preocupaba era un chorro de sudor que perlaba en lo alto de su frente como un muro líquido que amenazaba con caer en cualquier momento. Ahí fue cuando Jorge empezó a estirar la cabeza con bruscas sacudidas, como un pavo real, mientras abría los ojos exageradamente para mantener la concentración. Se asemejaba a un loco evadido de un manicomio, con la cara descompuesta por el esfuerzo y la degradación, pero lo más increíble de todo era que la gota parecía escucharle, respondía mansamente a sus instrucciones incomprensibles y se deslizaba con languidez por su cara granosa, imponiéndose sobre los desperfectos de su afeitado precipitado, hasta llegar al límite de su barbilla peluda. Sólo faltaban dos deditos para que tocara el anhelado objetivo. Gran parte del trabajo estaba hecho.

«Lo va a lograr», pronunció uno de los acólitos de Don Juan Del Carajillo y éste último hizo un signo brusco de la mano para exigir el silencio. Evidentemente, el espectáculo le estaba gustando. Parecía estar deleitándose con los logros de ese superviviente nato, de ese camaleón aguerrido. Sí, ese hombre que se había atrevido a mancillar su reputación, que había osado anteponer su nombre al suyo, estaba ahora jugándosela con una gota de sudor y estaba, sobretodo, ganándose el respeto de Don Juan Del Carajillo en persona que vibraba con sus extrañezas, sus gorgoritos, sus muecas, sus parpadeos y sus estiramientos dignos de una avestruz. Y siguiendo las consignas de Don Juan Del Carajillo, el guardespalda se concentró inmediatamente en ese puntito brillante para observar cómo Jorge se las ingeniaba para salvarse la vida y no se retuvo a la hora de apostar por su éxito: «Este hombre es un fenómeno. Apuesto un cubata a que lo logra».

Y realmente lo habría logrado Jorge, si no hubiese sido por ese granito que surcaba su cara, rojizo y puntiagudo, algo infectado, que obligó la gotita brillante a despegarse sutilmente del resto de la cara y ese golpecito de aire, leve y repentino, que la hizo volar como un avión de papel soltado desde un quinto piso. La gotita calló al suelo con un movimiento de cámara lenta mientras los presentes miraban su vuelo con sorpresa. La expresión de Jorge fue la más significativa porque sus ojos desorbitados y enrojecidos dejaban entrever la fatalidad del instante y la miseria de su destino. Esa gotita engañosa, incontrolable y frívola, se posó sobre el pavimento como si fuera una pluma fina y ligera, con esa delicadeza propia de los anuncios televisivos y, entonces, todos, absolutamente todos, se quedaron observándola boquiabiertos durante unos interminables segundos. Don Juan Del Carajillo y sus acólitos se escrutaron, intercambiaron unas muecas de asombro, algún gesto de incomprensión, y luego se fijaron en Jorge que seguía mirando la gota con unos ojos enormes y los puños apretados. Evidentemente, el hombre necesitaba evacuar su frustración, expresar su cólera, clamar altisonante que esa gotita viscosa de la cual había estado pendiente era una miserable y asquerosa gota,  una gota de mierda, que ahora se permitía burlarle y dejarle plantado ante esos criminales. «Maldita gota», dijo por fin Jorge Zorrillo antes de levantar la cabeza y encarar de nuevo al Jefe Don Juan Del Carajillo en busca de un gesto de clemencia o de una expresión de simpatía. Pero no encontró nada. Fue cuando ese muro de sudor que se había levantado en lo alto de su frente se derrumbó de repente y empapó toda su cara. El gran jefe de la zona se llevó una mano a su bigotito fino, similar al de Jorge Negrete, para alisarlo o quizás reflexionar. Luego se giró hacia los acólitos y, antes de retirarse con ese paso tan delicado de siempre, pronunció unas palabras que siguen resonando en la calle Garcilaso y en el paseo Maragall: «Ya saben… Acaben con él».

                         


© Johari Gautier Carmona (1979) es un escritor y periodista franco—español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Barcelona, ciudad central dentro de su creación literaria, tras una estancia de varios años en Inglaterra. Publicó en 2009 su primera novela, “El Rey del mambo” (Ediciones Irreverentes), y en 2010 vio la luz su libro “Cuentos históricos del pueblo africano” (Editorial Almuzara). Colabora asiduamente en distintos medios de comunicación y ha sido galardonado con varios premios literarios, como el de “Relatos de viaje 2007”, organizado por vagamundos.net y Ediciones del Viento.


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