El ensueño vence al sueño,
y, a la eternidad, el beso.
Hoy, musa de carne y hueso,
he vuelto a sentirme dueño
de nuestro mundo pequeño,
inefable, tuyo y mío,
donde el corazón, vacío,
se llena con el sustrato
de tu retrato, inmediato
a nuestro libre albedrío.