índice del número


Las cuentas del consistorio

por Antonio Polo González

 

Incluido en el libro conmemorativo de la
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

            LÁZARO ESPUELAS entró a trabajar en la redacción del periódico la noche en que estalló el escándalo de la Bolsa. Aquel mismo día por la tarde Edmundo Anglada, el redactor jefe,  le dijo que tenía que suplir a Marceliano: “con lo que tenemos encima y el muy imbécil coge el sarampión”. En el periódico pronto se dieron cuenta que Espuelas era capaz de corregir el diario en menos de dos horas, anuncios incluidos, por eso hubo una conmoción entre sus compañeros cuando el director, tan solo una semana después de su llegada le comunicó el traslado: “Ahora trabajas en Nacional. Primero como plumilla,  luego ya veremos. Quién sabe si con el tiempo no acabarás calentando la silla de Anglada”. Entonces él ni se inmutó. Garabateó uno de sus habituales signos en los márgenes de la galerada y preguntó a un reportero que cuál era su mesa. Aquel día llegó a trabajar dieciocho horas seguidas.

            —Otro día como el de hoy, y a ese, alguien le acabará rompiendo las piernas   —comentó un corrector del sindicato.

            Su primo, Luisito Valdomar, fue quien le proporcionó el trabajo de corrector en Salamanca. Esa mañana su madre dio un suspiro de alivio al enterarse: “Anda y apáñate hijo mío”. Lázaro estuvo tres días preparando la maleta. Sólo tenía un traje, uno negro que había heredado de su padre.  Lo colgó en una percha y estuvo buscándole defectos toda la mañana. Por fin decidió llevarlo a la tintorería y presentarse correctamente vestido al lunes siguiente. No tuvo tantos miramientos con la corbata. Guardó la única que había en casa, una verde con rayas transversales de color blanco que ya estaba anudada.

            Prácticamente había terminado los preparativos del viaje cuando se dio cuenta de que se marchaba sin referencias. Eso fue el domingo por la mañana. Antes del mediodía fue a la Iglesia para que el padre Pelayo le procurase unas líneas de presentación. En realidad lo que pretendía era endulzar el piélago de su estampa para cuando tuviera que presentarse  ante el director del periódico. El padre Pelayo era un ser que aunque nunca llegaría a disputar hornacinas a santos ni a beatos, al menos tenía la virtud de perseverancia, y como se rumoreaba también por la comarca, además le olían las manos a pan de higo. Y Lázaro que ya sabía de las fragancias celestiales del párroco de Béjar, se sintió satisfecho cuando le entregó un pliego de su puño y letra, misiva tan solícita y minuciosa que más que una carta de presentación aquel documento, una vez pasado por las manos del cura, a lo que en realidad se parecía era a una oblea prensada de higos dulcísimos.

            Con esa presencia de ánimo, Lázaro Espuelas puso rumbo a la capital. Una vez en el tren se sorprendió al contemplar cómo la gente hacía corrillos para hablar de un desfalco. Hablaban del Desfalco ¾con mayúsculas¾, de la falta de ética, de la decimonónica costumbre española de la sisa, de la falta de rigor y de la injusticia. Un militar que venía de África contaba que la Guerra de Marruecos no la ganaron los moros sino que la perdieron entre los funcionarios del Ministerio de Hacienda y los generales que se peleaban las medallas en el casino de Tetuán. Nadie estaba de acuerdo con el empréstito que había lanzado el Gobierno un par de años antes con el objeto de sufragar, al menos, en una pequeña parte el oneroso gasto que supone un estado permanente de guerra, y esto se dejaba oír en el vagón de primera clase, aunque la charla no lograse penetrar en el autista universo de Espuelas. Sin embargo, la situación era ciertamente preocupante. Hasta su madre que limpiaba las oficinas municipales estaba inquieta por la ola de corrupción que azotaba la vida política, así como de las consecuencias que aquella tendría en la menguada economía familiar. “Deja ya esos jeroglíficos y búscate un trabajo que nos vamos a comer los mocos”.

            Un día sentados a la mesa, Lázaro se fijó en ella y lo único que encontró enfrente fue a una mujer vestida de negro que lloraba sin consuelo. “O te casas o te vas a la Legión, pero yo no paso más hambre”. La realidad es que el Ayuntamiento llevaba en quiebra casi dos años y le adeudaban la paga de tres meses. Por no haber, no había ni luz en las calles; los socavones podían llegar a tragarse un carromato entero, solo el rico del pueblo vecino se atrevía a pasar con su flamante Hispanosuiza, todo por darle en las narices al alcalde aunque luego le costara un riñón arreglar las ballestas del coche. Una mañana el pregonero, lejos de anunciar fiestas y jolgorios, comunicó que el Consistorio prescindía del servicio de limpieza y del cuerpo de enterradores. “Vete a casa de tu tío —le dijo entonces su madre— y dile que te mate dos gallinas para terminar el  mes”.

            Espuelas pronto pasó a ganar dos pesetas a la semana, “un sueldazo” le comentó Valdomar. Aunque con eso no tenía ni para pagarse tres comidas calientes, tampoco era plan de empezar con mal pie, por tanto calló aquel día ante su primo. Por el contrario el trabajo sí que era caliente. Era tan intenso que en el periódico no se paraba ni un minuto, y no era un eufemismo. De vez en cuando —muy a menudo a su entender— tenían que tirar la página poco antes del cierre. Entonces todo eran carreras y faltas de ortografía. Los reporteros volvían a eso de las diez dando gritos con nuevas noticias de algún suceso, y Anglada que ya tenía muchas tablas los paraba en seco a dos metros de su mesa. “El que me cuele una noticia sin contrastar lo mando a talleres  un mes”.

            El departamento de corrección estaba prácticamente en una sala que no tenía puertas, entre la redacción y las escaleras que daban a los talleres. Lázaro podía aguantar sin inmutarse tanto el ajetreo constante de la redacción como el ruido ensordecedor de la Santa Fe, la impresionante rotativa que cuando estaba en funcionamiento parecía que iban a soltarse los pernos y que todo el edificio se vendría abajo en cualquier momento. Lázaro apenas se relacionaba con los compañeros de la redacción, y a Valdomar solo lo trataba para lo imprescindible. Únicamente se permitía, y cuando era inevitable, a los corrillos que giraban en torno al jefe de correctores cuyas conversaciones versaban siempre sobre los mismos temas: ascensos y  mujeres,  descensos y  mujeres, el Desfalco y las mujeres. Todo el mundo hablaba de mujeres en aquel periódico.

            —Yo en tres años me quedo con la fábrica de harinas del alcalde —le dijo un día muy orgulloso. Verás cómo me las llevo de calle.

            —Pues vas a hacer un pan como unas tortas porque el gorgojo se ha comido hasta los cimientos.

            —Tú siempre serás un muerto de hambre, Lázaro. Que ya lo decía mi padre. ¡Ese chaval es tonto o maricón!

            Y Marceliano que ya conocía la aversión entre ambos, acaba siempre separándolos.

            Lázaro Espuelas no tardó en ganarse la confianza de sus colegas, y poco tiempo después ya le pasaban los trabajos más difíciles. Marceliano solía hacerse un lío cuando corregía los porqués: “que son los que llevan determinante” le explicaba Lázaro. Un día  llegó a casa y recibió la oferta de una revista que requería sus servicios para la sección de Economía. Cuatro pesetas a la semana por tres horas de trabajo. Lo consultó con su jefe y  aquel le dijo que hiciera lo que le diera la gana. “Ese  lo que tiene es una envidia que  le va a perforar el estómago” —comentó Macario.

            En la redacción se empezaba a hablar de Espuelas de forma habitual. Hasta los más antiguos del periódico iban con pies de plomo cuando le pasaban los artículos. Un tipo que vivía con cierto desahogo, le había propuesto incluso pagarle dos pesetas al mes para que le corrigiera sin que se enterase Anglada, “nada, y si tú algún día quieres aliviarle el aro a una negra vienes y me lo dices, chaval”.

            No habían pasado más de tres meses cuando recibió el cablegrama de su madre: “vuelve a casa stop tío enfermo stop te traes el traje negro stop”. A media tarde le dijo a Marceliano que le cerrase la edición y le echara un ojo al artículo de su padrino. Tomó el tren de la noche pero no tuvo tiempo de ir a la tintorería. Durante el trayecto se preguntaba qué cara iban a poner en el pueblo cuando lo vieran aparecer con sombrero gris y aquel desgastado traje. Todavía recordaba a las muchachas que perdían a algún familiar como a figuras que les hubiera caído la noche de repente. Mucho tardó en recobrarse del impacto que le causó Angélica Tamayo en el velatorio de su padre.  Aquel día en casa del finado se rezaron más de diez rosarios antes de que pasaran el anís a la habitación de los hombres. A Lázaro lo dejaron entrar con su tío a ver al muerto. La penumbra que reinaba en la estancia le impidió distinguir un fuliginoso bulto que parecía tener vida propia. Solo pasados unos minutos supo que aquella balumba jadeante eran las plañideras contratadas para el velatorio.  Entre ellas lloraba desconsolada Angélica Tamayo. Cuando su tío la reconoció en el aquelarre de aquellas arpías, pegó un zapatazo en el suelo y dijo:

            —¡Me sacan a esta pollita inmediatamente de aquí! Prefiero verla retozando en la era que meando pilas con estas brujas —sentenció.

La estación era un apeadero de tercera categoría regido por un paso a nivel con barreras. Sebastián, el factor que lo gobernaba,  llevaba treinta años en el puesto; sólo había visto llegar gente a esas horas cuando la muerte estaba al acecho. “A mí  me da que de aquí a ocho días se va a llenar el cementerio” —susurró al verlo.

Al llegar a la plaza vio la bandera del Ayuntamiento a media asta, como si fuera una premonición. El pueblo entero estaba a oscuras y había un rumor como de jauría que envolvía las calles. A lo lejos vio a su madre en la mecedora del jardín. No tuvo que entrar en casa para saber que no había llegado a tiempo.

              —Ya sabes cómo era —sentenció su madre. Se comió en pepitoria la última gallina del corral  y le mandó los huesos al alcalde.

            —Pero ¿dónde están todos? —preguntó sorprendido Lázaro.

            —En la fábrica de harinas. Van a pegarle fuego con el alcalde dentro —dijo.  El resto ha ido a la capital a sacarle las tripas al sobrino del cura.

A la mañana siguiente, muy temprano,  Lázaro se acercó a la oficina de Correos y mandó un cablegrama al periódico: “tío muerto stop cinco días luto stop me avisan a Valdomar stop”. A eso de las diez partió el cortejo fúnebre hacia el cementerio. Detrás del féretro iba el cura, a unos metros de distancia, Lázaro que lucía sombrero gris y terno negro gastado y anodino sin que a nadie pareciera importarle, y mucho más lejos, como si fueran ajenas a la comitiva, su madre caminaba del brazo de la sin par Angélica Tamayo.  Nada más doblar la calle encontraron una multitud que se amontonaba a las puertas del Banco. Prácticamente, hasta que no llegaron a su altura nadie se dio cuenta de que pasaba el entierro.  Los gritos fueron dejando paso, primero a un leve rumor que iba apagándose lentamente, luego se hizo un silencio total. Tan  solo una voz, cuando la comitiva ya había superado la plaza,  se levantó  indignada: “¡Valdomar,  cabrón!

El día transcurrió como había amanecido, gris y agitado. La partida que había acudido a la capital a pedir cuentas a Valdomar lo encontró en la misma estación con un billete para Lisboa. Lo agarraron y lo metieron en un vagón de tercera rumbo al pueblo. La pareja de la Guardia Civil aguardaba en el apeadero desde primeras horas de la mañana, y allí se quedaron hasta que oyeron repiques de campanas a eso de las tres. Los que lo traían se apearon en el pueblo siguiente y lo condujeron en carromato. Al  llegar al pueblo se dirigieron directamente al Banco. El médico lo atendía en el Negociado de Préstamos.

            —Si la calle llega a ser más ancha, te dejan tieso en la acera —dijo el médico al ver las heridas.

            —¿Dónde está el dinero del Seguro Agrario? —le preguntó el Presidente de la Cofradía  agarrándolo por las solapas.

            —Dale un respiro Mariano, —comentó el médico— que como te lo cargues nos quedamos sin dinero.

Mientras tanto Lázaro decidió volver del cementerio dando un rodeo. Angélica le seguía en silencio.  A lo largo del trayecto se volvió varias veces para esperarla pero ella procuraba disimular con las ramas de algún árbol o con los tréboles de celofán de su vestido. Llevaban media hora andando cuando Lázaro decidió por fin detenerse en un recodo del camino.

            —¿Qué buscas? —Le preguntó Lázaro.

            Angélica, a quien se la tenía por tonta en todo el pueblo, se puso hacer números. Extendió la mano y contó con los dedos ayudándose con el pulgar derecho. “Tengo ocho mil pesetas  y treinta y dos gallinas” —añadió con una sonrisa maliciosa. A Lázaro le sobrevino un estado parecido al de aquella noche en el funeral, pero he aquí que Angélica se desabrochó la blusa mientras le susurraba al oído que, además, había recibido de su padre una herencia que le aseguraba cuarenta mil pesetas al año. En el pueblo se rumoreaba que Angélica jamás gastó un céntimo en lencería  y como era previsible no llevaba sujetador. La blusa se abrió por completo y finalmente sus pechos quedaron al descubierto. Lázaro trastabilló hasta empotrarse contra sus senos.

            —Al  alcalde  lo  van  al  colgar  de  un  silo de harina —dijo sin  quitarle  los  ojos  de  encima—. Pero  va  dar  igual  —añadió. El dinero lo tengo yo.

            Lázaro no daba crédito a lo que oía.

            —A mi padre le gustaba una puta, la Pedales creo que la llaman. A tu primo le gustan todas y el Alcalde quería ponerme un piso en la capital. Todo el dinero del pueblo que ha caído en sus manos se lo han fundido entre los tres. Bueno, todo no. Mi padre se quedaba con parte de las inversiones que debían entregar a una oscura sociedad de Sevilla. Cuando se murió me pusieron la casa patas arriba. Nunca lo encontraron  —concluyó.
           
            Angélica se despojó por completo de la blusa y le repitió: “Si te apetece —volvió a añadir— tengo ocho mil pesetas y treinta y dos gallinas”. No tuvo que contestar nada. Sebastián fue la última persona que los vio en el pueblo. Contaría más tarde que Angélica iba de la mano de Lázaro Espuelas, y que su madre los acompañaba cuando llegaron a la estación.

            Mientras tanto al Banco fueron llegando más cofrades de la Hermandad. Unos por otros no dejaban de atizar a Valdomar mientras el médico era incapaz de  mantenerlo consciente.

            —¿Dónde está el dinero del Seguro Agrario? —le demandaban con insistencia.

            —¡El alcalde! —balbuceó en una de las pocas ocasiones que dejaron de pegarle.

            —¡El alcalde! ¡El alcalde! —gritaba la comitiva a las puertas del Banco.

El alcalde llegaba custodiado por los ganaderos de la Vega. Vestía  chaqueta de pana negra, como todos los alcaldes de la zona.  Con aquella chaqueta había asistido a muchos plenos municipales, a innumerables intercambios comerciales en las ferias de ganado, a reuniones con el Gobernador Civil, y a muchas citas en el burdel de la capital. Cuando salía en comisión de servicio para esos menesteres solía hacerse acompañar por Vladimiro Tamayo, al que compró primero el molino, luego una de las parcelas de las tierras altas de la Vega, más tarde un silo de grano en desuso, luego un tractor... Ambos tomaban el autobús muy temprano e informaban al cabo de la Guardia Civil que estarían ausentes un par de días. Volvían siempre al amanecer con el dinero de la Diputación oculto en los fajines de entre los que sobresalían también las petacas de picadura. Una mañana el alcalde regresó solo y sin fajín. Vladimiro se quedó tieso encima de La Pedales y el alcalde tuvo que pagar los gastos de traslado del finado con el dinero de la Diputación para arreglar el campanario. Aquel fue el último día que vio a Valdomar hasta la mañana de autos.

            —¿Y el dinero señor alcalde?  —preguntó Mariano agarrándole por las solapas.

            —Valdomar dice que lo tienes tú. —añadió el médico. En el Banco confirman que las cuentas del Consistorio están vacías y que ordenaste el traslado del dinero a la capital.

            —Valdomar lo tiene —gritaba el Alcalde. Lo tiene él —insistía.

            —¡Putañero! ¡Mamonazo! Os lo habréis gastado con la Pedales —rebatía Valdomar.

            —¡Niñato! ¿Por qué me fiaría yo de un tipo tan engominado? ¿Qué coño sabrás tú de inversiones?

            —¡Has sido tú!

            —¡Ha sido él!
                       
            —¡Ha sido él!

            —¡Has sido tú!

                        


© Antonio Polo González


50 ariadna