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El escenario

por Álvaro Múñoz Robledano

 

Incluido en el libro conmemorativo de la
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

Algo que no fue un ruido lo despertó; ni un temblor ni un golpe, ni la necesidad de salir de un sueño que no soñaba. Lo primero que sintió fue el calor desmedido que despedía su mujer a unos pocos centímetros de él.  A su alrededor, por lo tanto, estaba el dormitorio, en completa oscuridad. No jadeaba ni sentía el pulso acelerado. Había despertado, simplemente, en un momento de la noche, y no quería dormir más. Se sentó en la cama y tendió los pies hacia el lugar exacto en que había dejado las zapatillas. Luego, sólo tuvo que caminar con pasos muy cortos, recordando donde estaban los pocos muebles del cuarto. Al salir al pasillo pudo encender una luz, por fin, y certificar que estaba en su casa y no en algún remedo extravagante que el sueño le hubiera procurado. Por un momento pensó en ducharse, afeitarse y vestirse. No se soportaba con el ridículo pantalón de pijama con el que dormía, pero lo había invadido la extraña urgencia de llegar a su despacho, de esquivar el silencio y las persianas bajadas, una manía de su mujer, para contemplar el momento de la noche en que se encontraba. Atravesó el corredor, la puerta de la cocina, la del cuarto de Julia, la del salón, la del comedor, todas cerradas, todas ocultando los relojes que le pudieran indicar la hora. Su despacho quedaba al final del corredor, casi a la entrada de la casa, al otro extremo de los demás. Sobre la mesa, sus objetos personales minuciosamente dispuestos en una esquina teniendo en cuenta la prioridad de cada uno en caso de tener que cogerlos con urgencia: La cartera y el billetero en primer lugar; luego el reloj, el cortaplumas y un estuche de cerillas, la agenda y los bolígrafos, el pañuelo, el tabaco  y el encendedor. Subió la persiana y se sentó. Ya había suficiente luz como para distinguir el color de un hilo, y ni siquiera se vislumbraba algo de bruma que le permitiera burlar por unas horas al calor. Eran las seis y veinte. Dentro de poco sonarían los despertadores en su cuarto, en el de su hija, en el de la muchacha de servicio. Se sintió cansado; los minutos de sueño que había perdido se le antojaron imprescindibles. Sin pensarlo, cogió un cigarrillo y lo encendió. El sabor era demasiado acre, demasiado tostado, el humo llegaba demasiado dentro en sus pulmones. Miró la brasa como la mira un niño que fuma por primera vez, intentando comprender el asco y el deseo simultáneos. Él nunca fumaba tan temprano, nunca en ayunas y nunca dentro de la casa. Abrió un cajón y sacó de él un sobre que metió en el maletín que todas las noches dejaba bajo la mesa, fuera de su vista. Su mujer apareció en el umbral. No había manera de que no le gustara; ni siquiera dejaba de parecerle atractiva recién levantada, con el rostro abotargado y los movimientos aún torpes y grasientos. Incluso su olor le excitaba, como le excitaban su  incipiente tripa y la leve flaccidez de sus pechos de más de cuarenta años. Más que mirarlo, miraba el cigarrillo, pero se abstuvo de hacer comentario alguno.  Bostezaba y se frotaba las caderas, intentando tal vez suplir con esos gestos la inexpresividad que sabía en su rostro.

—La chica aún no se ha levantado. Te prepararé algo de desayunar.

—Sólo café, por favor. Hoy tengo que desayunar con Muñoz y llevarle al aeropuerto. Por fin se va.

—Por fin. Pero no es una buena noticia que se marche. Esta vez no.

Él se encogió de hombros y miró por la ventana. Amanecía deprisa. La ciudad ya despedía sombras sobre ella misma. Quiso averiguar el estruendo con el que todos se despertaban, aunque ningún ruido atravesaba el cristal de aquel piso situado a una altura extravagante.

 

 

Muñoz lo esperaba en el jardín del hotel, un engendro cuajado de setos mal recortados y palmeras por el que se accedía a la playa desde el edificio. A esa hora, el trasiego de bañistas hacia la arena le hizo sentirse ridículo con su traje y su maletín. Steiner fumaba un cigarro largo y fino; ante él, en la mesa, una taza de café y una copa de algún licor transparente ya mediada. Lo saludó desde lejos, con grandes aspavientos que delataban su nerviosismo.

—Buenos días, Dieter. Ya sé que se está mejor dentro, con el aire acondicionado, pero hoy tengo que subirme a un avión, y eso ya es demasiado espacio cerrado para mí.

Había ensayado la frase durante horas, sin duda. Muñoz no hablaba francés, el idioma en que ambos se entendían, con tanta soltura. Era gordo sin paliativos, y estaba claro que se gordura venía del exceso y la dejadez, pues estaba toda en una barriga ni siquiera uniforme, sino trazada por abultamientos irregulares en el hígado y bajo el esófago. Demasiado dado a las bromas que sólo él entendía, hablaba como un personaje de las películas de terror baratas que tanto le gustaban, según los que tenían trato con él.

—Siéntese, por favor. Aún tenemos tiempo y no me pienso perder los extraordinarios desayunos de esta choza.

Llamó al camarero y pidió para él pescado ahumado, una tortilla de setas, salchichas, tomates, tostadas, zumo, café, y otra copa de licor. Dieter se conformó con el café y las tostadas. Había compartido mesa con  Muñoz en bastantes ocasiones, y aún no había aprendido a disimular el rechazo que le provocaba su compulsiva forma de comer. De hecho, tras unas cuantas frases de compromiso acerca del calor y del tráfico en la ciudad, Muñoz cayó en el más absoluto silencio en cuanto le fue presentada  la bandeja en la que competían todos los alimentos pedidos. Ni siquiera levantó la vista hasta que rebañó el plato con la última tostada, apuró el tercer vaso de zumo y se sirvió una taza de café más. Ni siquiera habló hasta haber encendido otro cigarro y trasegado media copa de un trago. La primera vez que Muñoz visitó la planta, alguien de la central que daba instrucciones a Dieter lo describió como “un infarto que camina”.

— He venido para tomar una decisión, amigo Dieter. Por eso he estado una semana aquí, dando vueltas sin sentido y repasando albaranes y estadillos hasta la saciedad. Esta planta es vital para la compañía; en ninguna otra podemos obtener una producción de semejante calidad sin apenas procesos de depuración. Mi conclusión es que ha de permanecer abierta mientras sea posible. Hay que embarcar todo el material  que podamos y esperar acontecimientos.

—Pero la situación se deteriora por momentos. Ya no peligra sólo la producción. Como le he dicho varias veces, es una cuestión de integridad física, sobre todo la mía y la de mi familia. Las calles no son seguras para la gente como nosotros.

—Lo sé, Dieter, lo sé. Desde la central hemos mantenido contactos con gente de Exteriores, que a su vez nos han facilitado encuentros con algunos amigos. La verdad es que a nadie le interesa mucho este rincón, salvo a nosotros. Pero han enviado observadores, usted ya me entiende, que, como favor, nos mantienen al tanto de los hechos. Nuestros amigos consideran que la oposición está preparada para entrar en las ciudades, sobre todo después de sus éxitos en el interior. Sin embargo, opinan que el sector más moderado está en situación de hacerse con el poder frente a los comunistas. Si eso sucediera, podríamos negociar la continuidad de la empresa por el bien del país. Y en el caso de que esos desgraciados se volvieran a las montañas con el rabo entre las piernas, la Junta sabría agradecernos el no haber escapado con el capital y las patentes a  cualquier otro agujero.

—Me condena, Muñoz. Nos condena, a mí y a mi familia.

Muñoz alzó el brazo y pidió con un gesto otra copa. Ni siquiera se molestó en preguntarle si le acompañaba bebiendo. Su indiferencia iba más allá del escalafón. Aunque sentados en la misma mesa, recorrían tiempos distintos en paisajes distintos. Muñoz siguió hablando como si lo hiciera desde su asiento en el avión.

—En este momento, cualquier indicio de abandono sería considerado como un gesto de hostilidad por las autoridades. Tiene usted que seguir, amigo Dieter. Por supuesto, nada puedo hacer si presenta su renuncia. Pero no pierda la cabeza, se lo pido por favor   —recalcó dramáticamente la última frase, casi parodiándola— Si la situación se deteriora en extremo, tenga por seguro que no nos olvidaremos de usted. De todos modos, no creo que esos cabrones rojos sean capaces de dar más de dos tiros sin echar a correr.

Muñoz se levantó e indicó con la cabeza la dirección del edificio. Mientras esperaban en recepción la factura y el equipaje, Dieter se preguntó cuántos de aquellos camareros, botones y limpiadoras, hablarían francés.

 

Nada tenía que hacer allí, en la planta, que no pudiera haber resuelto desde las oficinas en la ciudad. Había despachado al ingeniero, empeñado en discutir acerca del mantenimiento de la maquinaria en tales condiciones de sobreproducción, con la promesa de estudiar la cuestión, cargada de reproches y malos modos. Prefirió alejarse del fragor de las tolvas y las cintas transportadoras hacia los depósitos de agua, demasiado cerca de la verja exterior, lo que les había obligado en los últimos meses a reforzar la guardia armada en aquel sector.; cuatro tipos locales, entumecidos por la indolencia de un trabajo fácil del que obtenían un sueldo mediano, paseaban alrededor de los tanques oteando el horizonte, al acecho de la señal que les haría arrojar las carabinas y echar a correr. La central, tan preocupada por las relaciones públicas en aquel país sin público de ningún tipo, había considerado siempre de mal gusto disponer de empleados extranjeros en según qué puestos.

Desde allí sólo podía adivinar la ciudad por la perturbación que su calor provocaba en el aire ya tórrido. De ella le separaban veinte kilómetros de terreno pedregoso tachonado de arbustos resecos, cactos que le recordaban a las chumberas y troncos polvorientos que a veces caían sobre la carretera que sólo recorrían los transportes de la compañía. Hacia el interior, el paisaje se simplificaba: una extensa meseta caliza, y cuarteada, a la que bastaba mirar para sentirse envenenado. Demasiado al Sur, lejos de cualquier interés, de cualquier deseo, la tierra permitía llanuras de vegetación, algunas pobres manchas de bosque, un río de caudal más o menos estable. Había ido allí con su familia una vez, al principio de su estancia, pero la sensación de pánico había crecido a medida que atravesaban el país hasta tal punto que, a la hora de regresar a la ciudad, tuvo que esconderse a llorar y patear una pared para acabar con el temblor que le impedía sacar del bolsillo las llaves del coche.

Los guardias que se cruzaban con él adoptaban la erguida postura de un figurante en una ópera de cuarta fila. Fingían sus armas, como fingían todos que una verja los separaba del desierto; como fingían mantener las instalaciones, cargar los contenedores, cobrar sus sueldos. Sentía el ardor del suelo a través de las suelas de los zapatos. Encendió un cigarrillo que quedó casi de inmediato empapado por el sudor que rebasaba la barrera de sus labios. En cualquier momento se agrietaría el cartón dibujado que habían alzado por horizonte.

 

 

Cuando el país alcanzó la independencia, aquel pequeño teatro, en el que raramente habían actuado artistas de primera categoría, dejó de tener sentido. Las clases altas marcharon a la metrópoli, aunque nada les impidiera continuar la vida que habían llevado; más que el miedo a unos dirigentes que ellos mismos habían criado, los había expulsado el asco a compartir su status con sus antiguos sirvientes. Prefirieron cultivar la nostalgia durante otoños que muchos de ellos no habían vivido nunca. El edificio permaneció cerrado hasta que un empresario, llegado con los especialistas y financieros que conformaban la nueva elite, lo compró y lo transformó en un bar con el que esperaba sacudir la asfixiante vida nocturna de la ciudad. Logró ser el local de referencia durante algunos años; el aumento de las grandes fortunas, la apertura de hoteles y  el crecimiento de un centro de negocios en la ciudad nueva, lo habían arrinconado en el callejón que ocupaba, pero continuaba siendo el lugar favorito de estudiantes, de algunos artistas locales y de quienes pensaban que ciertos alcoholes otorgan  una manera de ser.

Las mesas ocupaban el escenario del teatro, separado del patio de butacas por una verja metálica. En el centro del patio, los sillones se amontonaban formando una mole de varios metros de altura. Unos cuantos palcos habían sido habilitados como reservados; la mayor parte mostraban, abigarrados, los muebles de atrezzo y los percheros con el vestuario que decenas de compañías habían olvidado durante décadas. Los camerinos, los cuartos de los técnicos y los pasillos internos habían sido habilitados como salas y zonas de paso para los bebedores. En los primeros años, cuando aún tenía sentido mantener una orquesta de balie, ésta ocupaba la platea, oculta a los clientes, y la pervertida acústica del local procuraba sorprendentes efectos, realmente absurdos la mayor parte de las veces.

Dieter se encontró casualmente con Martina, como tantas veces en los últimos dos años, a razón de tres por semana, en citas que al principio transcurrían entre el miedo y la excitación y que ahora habían pasado a ser una costumbre benéfica, cuya culpabilidad había dejado de sentir más allá de los inconvenientes prácticos que acarrearía ser descubierto compartiendo mesa o cama con ella. Estaba casada y, como él, nunca había sentido el impulso de abandonar a su familia para emprender una relación que desde el primer día había quedado constreñida a unos pocos bares del casco antiguo y un hotel en el que ninguna de sus amistades pondría el pie a no ser que tuviera también que esconderse. En alguna ocasión ella le había sorprendido citándole directamente en la cochambrosa habitación, donde le esperaba con un camisón de seda, una botella de Veuve—Cliquot y dos copas de cristal de roca.  Pero juegos como ése no habían nunca pretendido más que jugar. No habían nunca merecido un comentario entre ellos ni un recuerdo a solas. Ni siquiera cuando él se presentó en el pequeño negocio que Martina sostenía con su marido buscando un recambio que no necesitaba y cuyas características no supo, torpemente, explicar.

Ella le esperaba en la barra, fingiendo que consultaba una agenda y bebiendo un refresco, evitando parecer una mujer a la que se podía abordar previo pago o iniciando una farsa de invitaciones y charla demencial. Para los habitantes del país, una mujer sola en un bar se acusaba a sí misma, y el hecho de que sólo algunas extranjeras se permitieran tal atrevimiento, no ayudaba a la imagen que de los residentes tenía aquella chusma que en los informes constaba como “ciudadanía”. Se besaron levemente y ella se azoró mientras devolvía al bolso el pandemonio de objetos que había derramado sobre la barra. El camarero  llegó hasta ellos con rapidez. No había mucha gente al fin y al cabo; demasiado pronto para un miércoles.

—Tomaremos dos vodkas dobles, con hielo, con mucho hielo, en aquella mesa.

Señaló una mesa varada en un ensanche de un pasillo cuyo final, a pesar de la asiduidad con la que acudía, no había visto nunca. Cuando el camarero llegó con las bebidas, encargó otras dos, preguntándose por qué la pantomima de decidir él las bebidas, la mesa, los plazos, los besos. Tenía sentido en las anticuadas novelas que leía de vez en cuando; tenía sentido si Martina fuese un personaje envejecido por el paso de las páginas. Rio leve y forzadamente, como otro de sus carcamales impresos.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Nada, novelerías.

—¿Cómo ésta?

—Sí, exactamente como ésta.

Martina aprovechó la penumbra de la zona que ocupaban para beberse de un trago su copa. Ya había tenido más que suficiente con el zumo sostenido en la mano durante demasiados minutos. En cierta ocasión le dijo a Dieter que lo más agradable de su relación era poder beber abiertamente junto al hombre que la abrazaba, sin tener que escabullirse al cuarto de baño a liquidar la petaca del bolso o, como hiciera más de una vez en casa de algunos conocidos, probar un trago de la colonia del anfitrión. Durante unas cuantas horas no tenía que preocuparse por el caramelo de menta o fingir otro dolor de estómago. Dieter no se sintió humillado ante aquella confesión (ella estaba, por supuesto, bastante borracha). Por el contrario, le eximía de cualquier deuda, de cualquier compromiso. Él nunca le dijo por qué se sentía bien a su lado; las razones, que esperaba sólo fueran evidentes para él, tampoco resultaban honrosas.

—Has tenido un día tan malo como yo, por lo que veo.

—No ha sido especialmente grave, salvo que me han condenado a quedarme aquí hasta el final de este embrollo.

—¿Y vas a hacerlo?

—No lo sé. Pero tendré que decidirme pronto. Si me quedo, dentro de poco seré una leyenda en el sector, el hombre que dirigió la factoría en medio de una revolución. Me aseguraría un futuro de puestos difíciles excepcionalmente bien pagados, y un trato que nunca he soñado recibir.

—Pero tienes miedo.

—No estoy solo.

Si hubiera hecho cualquier gesto, si hubiera cogido su mano, si hubiera sostenido su mirada durante un par de segundos, pero a aquellas alturas no iba a empezar el cuento romántico que no habían desarrollado. Los amantes, le dijo una vez Martina, sólo tienen sentido si los culpables son otros. Ella le habló de la pintada que habían encontrado en la fachada del negocio esa mañana. Alguien había escrito “cerdos” con pintura roja.

—Es el mote que nos dan a los residentes, a los amos de sus amos.

—Pero no tiene sentido. Alex y yo vivimos aquí desde la colonia, fuimos de los pocos que nos quedamos. Vivimos en sus barrios y les vendemos y les compramos a ellos. Por favor, es tan sólo una tienda de repuestos.

—Pero son ellos, y tú estás aquí conmigo. Son cobardes. Algún niñato que no se atreverá a más presumirá de esa pintada como mérito de guerra.

—Intento no beber, de verdad. Cada día procuro un trago menos que el anterior. Si llegan a la ciudad, no será fácil.

No había lástima en su voz, tampoco en la mente de Dieter. Lo que Martina exponía era un hecho objetivo, un hecho en el que no había dejado un resquicio para él. Puso sobre la mesa su maletín, lo abrió y extrajo un sobre.

—Escucha, guárdate esto y tenlo siempre a mano. Son cinco mil dólares. Llegado el caso, dile a Alex que los has ahorrado durante años. Os podrán sacar del país y aún os quedará para una temporada mientras os procuráis algo.

—Pero no puedo cogerlo, ¿cómo lo vas a explicar?

—No te preocupes, nadie sabe que existen. Son tan sólo un fondo para sobornos que no llegó a destino. No hay ningún asiento en los libros ni nunca le dije nada a mi mujer.

Encargó la tercera ronda. Ella empezaba a sentirse bien, lo notaba en la serosidad de sus ojos, en la amplitud y la cadencia de sus movimientos, en su respiración. Había guardado el sobre en el bolso y había apurado la copa sin decir nada. Dieter sintió el alcohol como un golpe en el paladar, un golpe acre y metálico.

—Espérame, ahora mismo vengo.

Tenía que ir hasta el guardarropa, una de las pocas dependencias del teatro que había conservado su uso original. Atravesó el escenario y el corredor de acceso a los palcos; escuchaba sus pisadas por encima de la música. En todo el trayecto apenas se cruzó con un par de bebedores. Compró un paquete de cigarrillos, lo abrió y encendió uno allí mismo. La puerta acristalada del local mostraba la calle púrpura, recorrida por gentes que miraban fijamente hacia el interior sin odio ni envidia, quizás con nostalgia de algo que aún no había sucedido. No se iba a marchar, sería otra de sus citas, que terminaría en el hotel, apresuradamente, con el aspecto con el que ella terminaba siempre y que Dieter evitaba mirar una vez había eyaculado hasta que el maquillaje y la ropa lo ocultaban. No quería más que fumar ese cigarrillo a solas y olvidar el dinero, comprender que nunca lo había tenido, que nunca había pretendido acercarse al aeropuerto y reservar tres plazas en todos los vuelos posibles.

Fue un único golpe de voz en la calle, que colgó de los balcones entreabiertos durante apenas un segundo, pero que logró que los transeúntes se detuvieran. Un lapso de silencio y de nuevo la voz, grave, oscura, llamando a todos, limpia, ocupando la calle sin ayuda de megáfono o altavoz. La mujer del guardarropa asomó medio cuerpo a través de la puerta entreabierta y quedó en esa postura, en medio de un movimiento que podría reanudar sin verse comprometida. Fuera quien fuera el que hablaba, no estaba a la vista de Dieter, no  lanzaba ninguna arenga, ni impartía órdenes, sino que dirigía breves imprecaciones en el dialecto de aquel barrio, que Dieter no llegaba a comprender; tan sólo alguna frase suelta, “¿qué respeto?”, “¿qué amor?”, más temible cuanto más ininteligible. Luego el sonido de dos coches, uno por cada extremo del callejón, cuya aparición provocó las primeras carreras hacia los portales. Escuchó la palabra “policía” dicha por alguno de los congregados, pero no vio luces de emergencias, ni oyó sirenas u orden alguna de disolución, tan sólo el chirrido de los frenos, el golpe sordo de las puertas al abrirse y dos disparos. La mujer del guardarropa volvió al interior y se escondió en su chiscón; los clientes que contemplaban la escena a través del cristal retrocedieron y se agacharon. Él, desde el rincón que ocupaba, pudo ver a los hombres armados. No disparaban al aire, sino al frente. Ni siquiera apuntaban, la masa de cuerpos buscando refugio tras coches aparcados y en el umbral de portales cerrados garantizaba el acierto. Un disparo destrozó la puerta. El zumbido de la bala, el leve golpe al incrustarse en la pared, fue más real que el estruendo de los cristales al estallar. Algunos de los perseguidos entraron huyendo de los disparos, tras ellos, los hombres armados, vestidos con ropas civiles, aunque lo bastante monótonas y cuidadas como para reconocer en ellas el sueldo de los policías, el alto sueldo por el que, sin duda, resistirían cualquier ataque de la subversión. Dieter había retrocedido de espaldas, paso a paso, sin ser consciente de ello, por un pasillo de servicio; ahora observaba la escena desde la penumbra que procuraban las cajas de bebida apiladas contra la pared. En el vestíbulo habían aparecido navajas y barras de hierro.  No parecía que quienes se atacaban reconocieran el bando del otro. Apareció un hombre al que conocía, un danés director de una naviera, con su traje manchado, quizás de sangre, disparando una pistola automática y gritando “hijos de puta” con cada disparo. Salió a la calle y desapareció de su vista. La matanza había recorrido los pasillos hacia el escenario, y ahora él se había quedado al otro lado, como el nadador que salta la ola y la ve romper desde el mar. 

 

 

Había llamado a su casa desde una cabina. Se había encontrado en medio de un tumulto y había tenido que refugiarse en el sótano de un bar. Estaba bien, pero tardaría en llegar; no pensaba salir hasta que la calle se calmara y pudiera recuperar su coche.

Su mujer lo esperaba en la terraza. Saltó a su cuello, lo besó, recorrió su torso con la mano buscando alguna herida y le preguntó quince veces si se encontraba bien. No, no le había dicho nada a la niña. Dieter pidió a la muchacha un vaso de vodka con hielo. En la mesa estaba la gran copa de vino en la que quedaba un fondo de jerez dulce.

—Aún podemos irnos.

—La niña y tú. Mañana os conseguiré billetes. Supongo que antes de un mes tendré que salir de aquí, pero habré estado hasta el último momento, que es lo que quieren.

—Déjalo, por favor.

—No sabríamos donde ir. Venga, cálmate, no pasará nada. La compañía me cubrirá, y estando solo, será más fácil.

Encendió un cigarrillo y se apoyó en la barandilla. El silencio, a esa extravagante altura, era total. Las luces del tráfico y de otros edificios, las de siempre.

 

 

                         


© Álvaro Muñoz Robledano


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