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Un burladero en el cielo

por Manuel Grandes

 

Incluido en el libro conmemorativo de la
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

Estaban apoyados contra el peto de la azotea apurando unos  botellines de cerveza mientras esperaban la inminente llamada de Juana, la cocinera, avisándoles de que la cena  estaba ya lista.

—Hacía tiempo que no lo pasábamos tan bien, ¿Eh Manuel?

—Pues sí. La verdad es que si. Y mucho tiempo que no toreábamos juntos. Y has toreado bien. Pero que muy bien. Don Julio no te quitaba ojo, yo estaba a su lado en el burladero y mientras te estirabas con la izquierda repetía en voz baja “Bien, Manué, bien…”.  Y cuando has terminado se ha dirigido  a Don Leandro y en voz alta, para que yo le oyera ha dicho “¡Leandro este el día menos pensado pone Las Ventas boca abajo!“

El que así hablaba era Rafael. Rafael Hernández.  Era el hermano mayor de Manuel  y al igual que este, proyecto de matador de toros. O sea, un maletilla. A ellos les gustaba definirse como novilleros, pero lo cierto y verdad es que al día de la fecha en que esta conversación tenía lugar, 14 de Julio del año 1936, ninguno de los dos había toreado más allá de unas cuantas becerras…

—El que ha estado bien de verdad has sido tú. Primero con el capote a la chota “colorá” que salió la primera. ¡Que verónicas! , chico. Aunque donde has brillado para variar ha sido cuando has dibujado esos pares de banderillas que simulabas ponerle a la chota. El maestro Lalanda,  que estaba cerca ha preguntado por tu nombre y cuando Don Julio le ha respondido, comentaba “¡Buen banderillero este Rafael! ¡Buen banderillero! “.

Manuel y Rafael tenían muchas cosas en común  .Habían crecido juntos, habían jugado juntos, habían ido juntos al colegio de San José (Maristas de Fuencarral para los del barrio) habían vivido juntos sus primeras aventuras amorosas...

Siempre juntos.

Rafael tenía veinte años  y estudiaba medicina y Manuel un año menos y trabajaba en la empresa familiar de su padre, fontanero, vidriero y colocador de pizarra.

Cuando el padre, Don Manuel, años atrás, comentó su deseo de que algún hijo s le ayudase con el negocio, Manuel, conocedor de la gran ilusión de su hermano Rafael por ser médico, no dudó un instante y con un convincente “Nada me haría mas feliz  Papá” dio por zanjada la cuestión ante la sonrisa de complicidad y agradecimiento que su hermano mayor le dedicó.

Eran uña y carne y donde más evidente se rebelaba esa unión era ante el toro. Nunca antes ni después un torero se alegró tanto del éxito de un compañero. La afición les venía de su abuelo Moisés , riojano , oriundo de la sierra de Cameros (concretamente de un pueblo llamado Soto de Cameros) y a quién la  pasión por los toros casi le cuesta el matrimonio por su devoción por Don Juan Belmonte a quién seguía temporada tras temporada actuase donde actuase pese a las amenazas de la abuela Visa , mujer de armas tomar , de echarle de casa si no volvía inmediatamente a ésta…La respuesta de Moisés fue irse a hacer las Américas con “su” torero y hacer allí un juramento. Una tarde que Belmonte toreó en la capital mexicana, el abuelo poniéndose de pie  e identificándose ante el tendido,  juro solemnemente  que algún día alguien de su sangre pondría esa plaza patas “pa” arriba.

—Así que ya sabéis. A  aplicaros—les decía cada vez que iban juntos a una tienta

Fue  pues, su abuelo, quien a base de llevarles a la antigua plaza de la fuente del Berro  primero y después a partir del 29 a la monumental de las Ventas, consiguió que el veneno de la fiesta se fuera introduciendo en las venas de sus nietos poco a poco. Lo demás fue sencillo. Los contactos de Don Moisés con viejos y buenos amigos, “gente del toro”, procuraron las primeras oportunidades de demostrar la valía de los nietos. Los dos tenían maneras y valor.

Y afición. Mucha afición.

— ¡A cenar! ¡A cenar! Vamos, que se enfría la cena

La voz de  Juana  interrumpió la charla de ambos. Mejor dicho la pospuso porque al comentar Rafael que Don Leandro le había regalado una caja de Chester del bueno, Manuel  le propuso volver a  la azotea después de cenar para disfrutar de unos pitillos de “categoría” sin la censura de su madre que pensaba que ese  hábito del tabaco no iba con sus hijos…

Y disfrutando estaban de sus cigarrillos cuando Manuel dijo:

—Oye Rafa, que estoy pensando que si llegamos a ser gente en esto del toro tendríamos que ponernos un nombre artístico…No vamos a ser los Hernández.

—La verdad es que suena mas a vendedores de alfombra que dinastía taurina, ¿Has pensado algún nombre de guerra?

—Pues si. Llevo tiempo dándole vueltas y hoy al volver de la capea y llegar a nuestra calle se me ha encendido la bombilla. ¡Malasaña!. El nombre de nuestra calle. No me digas que no suena bien Manuel Hernández MALASAÑA. ¿Que te parece?

—Suena bien —dijo Rafael— la verdad es que suena muy bien.  Malasaña, repitió, Malasaña…. Suena a torero de raza, a valiente. Te pega, hermanito, te pega.

Mira me has dado una idea. ¿Que te parecería como nombre artístico para mi el de nuestro barrio? —MARAVILLAS— ¿No suena bien? Rafael Hernández MARAVILLAS.

—Bien no. Suena cojonudo — dijo  Manuel entusiasmado. Ya veo los titulares, “Maravillas pone boca abajo la Maestranza”. Hagamos una cosa Rafa, guardemos el secreto hasta que debutemos con picadores ¿vale? Será nuestro secreto.

—Hecho. Por cierto, el sábado no podré ir contigo a Salamanca. El catedrático de Anatomía Patológica me ha citado para que le lea mi examen final. Dice que tengo una caligrafía imposible y que o se lo leo o que me catea  y a Septiembre.

— ¿Ese no es el socialista que te animaba a que te presentaras a delegado de curso?

—El mismo. Es buena gente.

—Y una mierda. Menudo cabrón. Es el que denunció a los  camaradas que protestaban por  la detención del jefe.

— ¿De quién hablas hermanito, del hijito del dictador, del señorito?

—No hables así de José Antonio, que te mando a la mierda…

 

Eso. Exclusivamente eso era lo que les separaba. Lo único capaz de hacer que esa piña que formaban ambos saltase por los aires. La política. “La dichosa política” como decía su madre, enfrentaba, como en tantas otras familias españolas, a padres con hijos o como en el caso que nos ocupa a hermanos con hermanos.

La política.

 

Y la guerra. Y dos hermanos que toman distintos caminos. Rafael asaltando el cuartel de la Montaña, foco del levantamiento en Madrid y Manuel en Salamanca donde había ido a torear y donde decide enrolarse en una de las banderas de Falange que en unos días se encuentran en el Alto de los Leones amenazando ya la capital.

Aun en la guerra y militando en bandos distintos los dos hermanos no pueden ni quieren dejar de pensar el uno en el otro y desean,  cerrando los ojos y recordando tiempos mas felices,  que cuando esta  tragedia que está segando lo mejor de España, termine, se puedan volver a reunir y entre otros sueños que quedaron por cumplir, alternar en una plaza de toros y poder juntos conseguir esos triunfos por los que tanto pelearon.

 

No será así. Cuando Manuel entra en Madrid con la graduación de alférez y llega a la casa familiar en la calle de Manuela Malasaña, presiente que no todo van a ser buenas noticias…

Su padre alertado por los vecinos corre al encuentro de su hijo y tras de darse un gran abrazo comienzan las preguntas,

— ¿Cómo estáis todos? ¿Y mamá, y el abuelo? ¿Qué se sabe de Rafa? Pregunta Manuel con el pesimismo  que  todos tenemos cuando el corazón nos dice que algo va mal.

—Verás hijo, mamá esta bien, estará a punto de llegar. Lleva bordando banderas de España y Falange desde ayer como una loca. El abuelo Moisés murió. Murió como decía él de desesperación porque “no entendía nada “.  Y nadie fue capaz de conseguir que explicase a que se refería cuando decía eso. Se cerraba en banda y simplemente respondía “nada quiere decir eso, nada. Y punto”. Cada vez que tu hermano partía al frente, o recibíamos noticias tuyas a través de la quinta columna, lo único que hacía era rezar padrenuestros encadenados y por supuesto en voz baja.

— ¿Cuando murió?

—Al iniciarse la batalla del Ebro el abuelo supo que sus dos nietos estaban combatiendo en el mismo frente y la idea de que uno fuese capaz de causar la muerte del otro  hizo que su corazón se plantase y dijera “Hasta aquí hemos llegado” . Y en tres días murió. El día antes de su muerte estuvimos hablando largo y tendido. Tuvimos tiempo de lamentarnos juntos y arrepentirnos al tiempo de tantos enfados y  tantos desencuentros que pudimos evitar a lo largo de nuestra vida. Os quería mucho.  Me hizo jurar que os repetiría una vez mas su “eterno” consejo, “Dile a los chicos que nunca olviden que la familia es lo primero. Que desconfíen de la política, que les separó y que los toros que tanto les unió, algún día los volverá a reunir…” En fin esas fueron sus palabras y  como se las transmití a Rafa así te las transmito a ti también. Misión cumplida.

— ¿Rafael?

—Tu  hermano, creo que ha salido de España. Peleó hasta el final  y hasta que el Partido le dio la orden de partir. Gracias a él salvamos la vida en un par de ocasiones. Ya te contaré. Cuando hayas descansado te daré una carta que dejó para ti. ¡Mira! Ahí está tu madre.

 

Al día siguiente el alférez Manuel Hernández  tras comer y encender un cigarro, mientras su madre le servía una copa de coñac guardada para el día en que su hijo volviera y repetía su letanía “se me fue un niño y me vuelve un hombre”, recibió de manos de su padre una carta dirigida a él con la letra inconfundible de su hermano.

 

Madrid 12 de febrero de 1939

 

Querido Manuel: cuando recibas esta carta habréis entrado en Madrid. No tardaréis mucho. La resistencia de la república se desmoronó hace tiempo y os pusimos nuestra derrota en bandeja. Esta guerra la habéis ganado y la victoria es vuestra. Pero me he jurado que no te hablaría de política. Manuel, me voy de España. El Partido me sugiere que en otras partes de Europa mi trabajo será más útil para la causa. Atrás dejo tres años de lucha, de sangre y muerte, de heroísmo y cobardía, cientos de camaradas muertos y hasta una mujer y puede que un hijo que se encuentran ahora buscando también la salida de la gran ratonera en que habéis  convertido este país. ¿Te acuerdas de Lola? Si hombre, haz memoria de tiempos mas alegres.

Lola  era aquella compañera de medicina que vino a vernos torear en la tienta de lo de Aleas en Colmenar  Viejo.”La Venus morena” como la bautizó el abuelo. Ahora te acuerdas  ¿verdad? Pues Lola y yo coincidimos en un permiso. Yo fui al clínico a ver un compañero herido y ella estaba allí con su padre, el amigo de don Inda, que fiel a su norma estaba ingresado con su cólico nefrítico bianual.

El caso es que la encontré guapísima y me empeñé en acompañarle a su casa. De camino nos paramos en una tasca y nos tomamos unos vinos .Yo, nunca te lo había confesado hermanito, siempre había estado enamorado de ella pero nunca me había atrevido a decírselo. Aquella  noche, no sé si animado por las copas o porque la guerra nos enseña que la línea que separa la vida de la muerte es muy delgada y no hay que perder el tiempo, el caso es que le propuse a Lola que nos casásemos .Para mi sorpresa ella  me confesó que yo siempre le había gustado y acepto mi proposición. Los dos días siguientes no salimos de su casa. Cuando ya teníamos prevista la fecha recibí órdenes imperativas de incorporarme a mi unidad. Se preparaba lo del Ebro. Después de la batalla volví a Madrid y nos vimos. Me comentó que creía que estaba embarazada.  Yo le dije que me alegraba pero que todos nuestros esfuerzos debían centrarse en evitar la derrota. Cuando al cabo de unos días reflexioné me di cuenta de que me había equivocado. Intenté ponerme en contacto con ella pero se había marchado de Madrid con su padre. La amistad de este con Prieto le había facilitado una salida sin riesgo de España.

Así no sé ahora mismo si soy o no padre y de serlo no se donde están ni mi hijo ni su madre.

Me imagino que papá te habrá comentado el “recado” del abuelo. Pues a eso voy Manuel. La familia ahora te toca a ti. La mía ahora es el Partido. Te mentiría si dijera que no os quiero pero para mí ahora la prioridad es continuar la lucha allí donde sea necesario.

En cuanto a lo de los toros, en fin, a veces al abuelo se le iba un poco la cabeza… No me extiendo más. Tengo abajo un coche esperando con dos pobres periodistas franceses comunistas que como les cojan tus camaradas les van a dar “las del pulpo”

 

Un abrazo fortísimo y toda la suerte del mundo, Manuel.

Salud.

Rafael.

 

Cuando termino de leer la carta una inmensa sensación de tristeza se apoderó de Manuel. ¿En que les había convertido la guerra? ¿Cómo habían podido cambiar tanto? ¡Que razón tenía el abuelo cuando renegaba de la política!

Vinieron unos meses en los que Manuel, ya licenciado, volvió a trabajar con su padre al tiempo que recuperaba de la mano de Don Leandro algunos contactos con el mundo del “toro” aunque la cosa estaba muy complicada, habían pocas reses y pocas tientas y festejos. La verdad es que no se adaptaba a la vida de civil y lo único que hacía era beber y fumar más de la cuenta. Además la deriva política no le convencía “Hemos ganado la guerra pero hemos perdido la revolución” se repetía a menudo. Por eso cuando una mañana  una muchedumbre en la calle Alcalá gritaba ¡A RUSIA!  ¡A RUSIA! Y al leer una pancarta de VOLUNTARIOS ESPAÑOLES CONTRA EL COMUNISMO  Manuel vio el ¿cielo? abierto.

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—¡Vaya tunda nos han dado hoy los putos “ruskys”—dijo el “guripa” Minteguiaga!

—Otra igual y no lo contamos ¿verdad mi teniente? Ratificó el artillero Molina.

—Pues la verdad es que si. O nuestros amigos de la “raza superior” nos echan una mano o nos van a caer por todos los lados—dijo Manuel Hernández teniente de la 250 División más conocida como la “Blau”

La  isba  desprendía un olor a humanidad, tabaco reconcentrado y vodka (o lo que fuera). Allí se encontraba el pelotón que mandaba Manuel pendientes todos de si llegaban  órdenes de retirada o de resistir costase lo que costase en la posición, en Possad.

—Anda Burdalla, calienta la sopa o lo que haya que hay gazuza, comentó Manuel.

—Vale pero que el guripa  Brioso , que es tan perfecto me eche una mano

—Al cuello te la voy a echar por gracioso— contestó Perfecto Brioso quien con 17 años daba unas muestras de coraje dignas de todo un veterano…

Pese a los intentos de todos por disimular, aquella isba olía a derrota, a miedo.  Y también a heroísmo, a coraje, a valentía. En definitiva,  a todo  lo que es capaz de sentir un ser humano llevado al límite.

Sonó la puerta y entró un enlace con  un mensaje del cuartel general.

Manuel, tras leerlo detenidamente, dirigiéndose a sus hombres  dijo:

—Lo dicho, nos felicitan por el valor demostrado hoy pero nos piden que aguantemos hasta que podamos evacuar a  los heridos.

Un silencio elocuente se apoderó de la estancia y el que más y el que menos empezó a contar las horas que quedaban para el fin.

 “Aquí termina tu carrera hacia ningún sitio —se decía a si mismo Manuel — Como diría tu padre, de esta no te salva ni la Paz ni la Caridad. ¡Pobres chicos! Míralos cómo se han batido el cobre para nada…”

— ¿Os imagináis la de cosas que ya no podremos hacer? Yo que soñaba con pasear por la Gran Vía, del brazo de mi novia y fumando una caja de “KINAWAS”.—dijo Jesús Minteguiaga Ambrona tirador de  1ª.

— ¿Fumando que? Preguntó Molina

— Cigarros “King Edward”, aclaró solícito Molina. Es que el artista los llama así.

— Yo ya no podré conocer a mi hijo— dijo Buralla  que se alistó cuando su vecina Atanasia (alias la mujer bigote) le dijo que iba  a ser papá.

—Yo nunca tomaré la alternativa ni torearé en  México —musitó para si el teniente Hernández al tiempo que de un trago se vació un litro de vodka que había reservado para una ocasión especial.

—Cuidado mi teniente, a ver si le va a caer mal dijo preocupado Brioso.

—Tranquilo “Briosín” no pasa nada — respondió este mientras se apoyaba en el ventanuco desde donde se veía la luna acariciar  un manto de nieve interminable.

La ventisca había cesado  y poco a poco una idea iba tomando cuerpo en el alterado cerebro de Manuel. Lo haría. Se lo debía a su abuelo y a si mismo.

Sólo le quedaba aquella noche de vida. Al día siguiente estaría muerto  con toda seguridad…

Ni corto ni perezoso cogió su capote—manta que colgaba de la puerta y enrollándolo  sobre su guerrera como si de un capote de paseo se tratara hizo un gesto de saludo con su mano derecha a su tropa que asistía  atónita al espectáculo y tras pronunciar el clásico “Va por ustedes” abrió la puerta y se dirigió con paso firme hacia el centro de la llanura que les separaba de las filas enemigas.

— ¡Pero dónde va! ¡Se ha vuelto loco! ¡Vuelva teniente por Dios, le van a matar!

De hecho Brioso y Buralla salieron tras él pero el teniente encañonándoles con su “Lúger” les obligó a retroceder al tiempo que les decía “¡Ahora vais a ver torear!”

 

Las piernas se le hundían en la nieve.  “Así no hay quien toree” pensaba Manuel cuando divisó un camión de transporte que había hundido sus ruedas en la nieve.

“Ahí va  a ser” y a  la caja del camión se encaramó de un salto.

El resto de compañeros divisionarios asistían perplejos a la escena pero cuando Manuel quitándose el gorro cuartelero se lo brindó antes de arrojarlo por encima de su hombro, como si de una montera se tratase, todos, repito, todos sin excepción rompieron a aplaudir como si en la misma plaza de toros se encontrasen.

El “maestro” empezó a dibujar con su capote unas verónicas de escándalo .Lo que al principio eran murmullos de aprobación por parte del “respetable” pasaron a ser OLES en toda regla.

Manuel se imaginaba al toro ciñéndoselo a su capote y cada vez  se sentía más a gusto. Mientras toreaba repetía en voz baja “Va por ti abuelo” “Va por ti Rafa”

El centinela ruso no entendía nada, Aquel loco subido a un camión dando mantazos ante el jolgorio de sus compañeros era algo que no había visto jamás.

Miró a su derecha y a su izquierda y tanto su compañero centinela situado veinte metros a su  derecha como el que estaba a la izquierda enarcando las cejas y encogiéndose de hombros le hacían saber que ellos tampoco entendían nada.

Por la cabeza  de Vasily que así se llamaba nuestro “camarada centinela” pasaron varias ideas. La primera echarse el fusil a la cara e intentar abatir la presa. El problema es que el loco que movía el capote, estaba justo al límite de la distancia que su rifle podía alcanzar. Por otro lado ¿quién le garantizaba que ese loco no estuviera intentando pasar una seña? .Los españoles que tenían enfrente no eran como los alemanes, ¿No sería que a lo mejor lo que querían era parlamentar?

Ante la duda hizo lo que se espera de cualquier soldado “bienmandado”: Ponerlo en conocimiento de la superioridad.

Rafael apuraba su último trago del día con su camarada Pellicer, juntos desde que ambos  abandonasen España y siguiendo las instrucciones del Partido recalaran en Rusia donde tenían que trabajar en preparar la red de oposición interna al General Franco. Allí les sorprendió el inicio de la  ofensiva alemana y por sugerencia del NKVD (la temible checa soviética) habían sido destacados en el sector en el que operaba la División Azul  con un objetivo claro: Desmoralizar al enemigo, poco acostumbrado a inviernos como los rusos, con proclamas en las que se premiase la deserción al bando soviético. La empresa no era  fácil (de toda la división Azul sólo desertaron 70)  y la mecánica era la siguiente: Rafael diariamente preparaba una serie de bulos acerca del imparable avance soviético aderezado con noticias de estallidos de focos de rebelión en España donde el derrocamiento de Franco era cuestión de días…Pellicer, que había  sido locutor de Unión Radio donde presentaba el parte de noticias,  era el encargado de leerlas con su voz de “speaker”. Además Rafa ostentaba el mando del batallón que se encontraba frente a la posición de su hermano, merced a su grado de capitán del Ejército Rojo.

—Los tenemos bien jodidos Rafa, De mañana no pasa que se rindan. Te lo digo yo.

—¿Tu crees? Yo no lo veo tan claro, Mira Pellicer, serán unos fascistas de “mierda” pero los “tienen bien puestos”.

En ese momento alguien aporreó la  puerta .Era Vasily.

—¡Correr, correr! ¡Tu tener que ver esto! Spaniska  loco, spaniska loco…

La cara de Vasily denotaba que el tema iba en serio y tanto Rafa como Pellicer salieron corriendo detrás del centinela.

Cuando Rafa vio al  loco que toreaba se quedó petrificado. Seis años sin verle, sin ver a su hermano y sin embargo lo reconoció al instante. ¡Era él! ¡Manuel estaba en Rusia toreando de salón subido a la caja de un camión!

—No entiendo nada…—Rafael se sorprendió repitiendo la frase preferida de su abuelo Moisés.

—Ese hijo de puta se está choteando de nosotros. ¡No lo aguanto! ¡Voy a darle matarile! ¿Me oyes Rafa? ¿Me oyes?

Rafa no oía nada, Rafa admiraba ensimismado a su hermano, mientras por dentro  algo había empezado a romperse en su interior.

Al oír a Pellicer montar el rifle, Rafa se volvió hacia  su camarada.

— ¿Pero que  estás haciendo?  ¡Baja ahora mismo ese rifle Pellicer!

— ¿Cómo? Estás tonto Rafael. A ese hijo puta me lo llevo yo por delante como me llamo Ramón Pellicer.

— ¡Te he dicho que bajes el rifle Ramón! ¡Es una orden!

— ¡Y una mierda ¡

Todo fue muy rápido. Según apretaba el gatillo Pellicer, Rafa le dio un golpe en el cañón del rifle desviando la trayectoria  de la bala.

—¿Pero tu estás gilipollas, Rafa?  ¡Es un puto fascista de mierda!

—Te equivocas Ramón. Ese puto fascista es mi hermano— dijo Rafa al tiempo que le clavaba su bayoneta en el abdomen de abajo a arriba— . Y esta noche no va a morir.

Ramón, verdugo unos segundos antes y ahora víctima, intentó decir algo mientras se agarraba las tripas con las manos, pero no pudo. Rafa, por su parte  mientras dejaba caer el cuerpo, ya sin vida  de su camarada,  sentía  que su vida había vuelto a dar un giro inesperado. Decisivo.

Ahora lo que le preocupaba era decirle a su hermano que estaba allí  y que  dejase de hacer locuras, sin llamar la atención. Algo le vino de repente a la memoria, una clave que sólo ellos dos conocían y  que se fraguó en un verano tiempo atrás.

Saliendo del abrigo de los árboles y con las manos aun manchadas de la sangre de Pellicer hizo un altavoz uniéndolas al tiempo que gritaba

— ¡¡¡MALASAÑA VUELVE A ESPAÑA!!! ¡¡¡MALASAÑA VUELVE A ESPAÑA!!!

Le había oído. Había dejado de torear y advirtió aliviado como unos soldados le cubrían con sus guerreras mientras le alejaban de allí. Mientras sacaba de las tripas aun calientes de Ramón, la bayoneta todavía pudo oír la voz de su hermano que gritaba “¿Rafael? ¿Rafael? ¿Eres tu Rafael? ¡¡¡¡¡¡¡¡¡RAFAEL!!!!!!!!!!

Rafa se giró a Vasily que había asistido pálido a la escena y en un perfecto ruso le dijo que Pellicer estaba conchavado con el enemigo. Que efectivamente lo que el “spaniska “ loco estaba haciendo era pasarle un mensaje a Pellicer. Que él lo sabía porque en la guerra de España ya se había utilizado esa técnica y que así había descubierto que Pellicer era un traidor . Que Ramón al verse descubierto había intentado disparar para que no le descubrieran y por eso le había matado. Que bajara de una vez el cañón del naranjero con el que le apuntaba y que hablando de todo un poco, continuó Rafa,  sabía que Vasily , había distraído algunas provisiones y cartones de tabaco destinados a los oficiales — en ese  punto el cañón apuntaba ya al suelo y un repentino sudor recorría la cara del guardián—y que no quería que su “hermano camarada  Vasily” acabase en Siberia…

Cuando le dio la espalda oyó como la pala que el ruso llevaba en el macuto había

empezado a cavar la última morada de Ramón Pellicer, locutor que fue de Unión Radio.

Por su parte, Manuel era evacuado con claros síntomas de congelación y una expresión en la cara propia de haberse fumado toda la grifa del tercio de la Legión extranjera Los alemanes quisieron someterle a un Consejo de Guerra El general Muñoz—Grandes al mando de la división no creyó nunca lo que le contaron acerca de la inmejorable faena que el teniente Hernández había ejecutado. Enajenación mental transitoria sentenció el  coronel Tenía una hoja de servicio intachable propia de un valiente. Y añadió“¡Ni consejo de guerra, ni hostias!”, ante la circunspecta cara del coronel instructor alemán que, sin saber español,  lo entendió a la primera…   Además, el era aficionado a los toros…

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Desde que llegó a México no dormía bien. Si estaba allí era porque desde dos años atrás no se había arrugado ante ningún  morlaco y tarde tras tarde su leyenda se había ido agigantando. La alternativa  la tomó en Madrid, en Las Ventas, de manos de Marcial Lalanda el mismo que ponderó las banderillas que pusiera su hermano Rafael en aquella última tarde en que los dos hermanos torearon juntos.

El brindis de su primero fue para Muñoz Grandes  a quien había invitado especialmente por haberle “perdonado” ese Consejo de Guerra el día, mejor dicho la noche, de su faena en la estepa…El segundo se lo brindó al único divisionario que salió con vida de allí “Briosín” hecho un tío con todo el bigote y que escapó como pudo de aquella posición maldita de Possad tras haber visto caer a todos sus compañeros…

Pero de verdad, para quien toreó esa y todas las demás tardes desde entonces  fue para sus inseparables compañeros de fatiga, su abuelo y su hermano.

Su toreo era casi temerario, se arrimaba a cada toro con el ardor y las ganas de un novillero que está ante su gran oportunidad. Don Leandro, apoderado y amigo le repetía cada tarde después de torear “¡No es necesario arrimarse tanto Manuel! La temporada es muy larga ¡No te arrimes tanto! “.

Malasaña, por fin ese era su nombre, se había convertido en un fenómeno de masas en una España sobrada de tíos que se la habían jugado  en los dos bandos y falta de pan, de eso poco. La gente llenaba las plazas por verle torear y desde el principio los matadores más veteranos del escalafón le respetaron por su valor sin cuento y su gran compañerismo. Como decían los mas veteranos, “Malasaña es un tío”.

Lo que nadie sabía, sólo su padre lo intuía, es que a Malasaña la vida le daba igual. No tenía ilusiones, la única era “bordar” el toreo la tarde siguiente para después recluido en la habitación del hotel, repasar mentalmente las faenas con su abuelo y Rafa… Lo demás le daba igual. Había visto la muerte tan de cerca tantas veces que le había perdido el respeto. Había visto morir a los mejores enterrados en el barro  mientras otros, detrás de sus magníficas mesas de despacho disponían de las vidas de los demás sin mancharse una brizna de sus brillantes botas. Se había  convertido en el amigo de los perdedores, fueran del signo que fueran y por eso nunca se le veía en fiestas sociales y cada vez que le querían dar un homenaje respondía lo mismo: Que estaba agradecidísimo  pero que, por favor, lo que se fueran a gastar lo donasen para el orfanato que para huérfanos de caídos en la guerra (de ambos bandos) regentaba el padre Bidagor (capellán de la División Azul y que le había dado la extremaunción cuando lo evacuaron de Possad).

La colaboración con el padre Bidagor era la única motivación que tenía. El poder dar una oportunidad a quien la guerra les había privado de todo le causaba una gran alegría. Se convirtió en el mecenas de una legión de perdedores, niños y adolescentes que “ignoraban” quien era su benefactor. Y entrecomillo ignoraban porque el “pater” que era un auténtico santo sólo tenía un defecto: No sabía callar. Y era tanto el orgullo que sentía por lo que  Malasaña hacía por esos “perdedores”, que en cuanto tenía ocasión pregonaba a los cuatro vientos las bondades de su benefactor.

Aparte de sus obras benéficas y del toro, Manuel se dedicó al cuidado de sus padres y  especialmente intentó dar con el paradero de Lola, la antigua amiga de Rafa que pudo ser su mujer y de su ¿sobrino? si es que este llegó a existir… Sabía por la carta de su hermano que había salido de España pero ¿hacia donde? En su barrio nadie decía saber nada, pero todo el mundo veía la nobleza de intenciones de Manuel. Seguramente por esto,  Manuel recibió una nota en la que le decían que Lola se encontraba en México con su padre y su hijo, un niño llamado Rafael.

Siempre había querido torear en la monumental de México, se lo debía al abuelo, pero con la noticia de tener un sobrino, un hijo de su hermano, su interés se multiplicó y tras comunicárselo a Don Leandro éste le respondió “Tranquilo, este otoño haremos las Américas”.

No dormía bien desde que llegó a México. Pero nada bien…

Le habían advertido en España que tuviese cuidado con la prensa en general, dado que a la numerosa colonia de exiliados españoles no les iba a hacer mucha gracia que un divisionario, afín al régimen (pese a todo) fuera a torear por aquellas tierras.  Para su sorpresa, nadie había cuestionado su calidad, las críticas habían sido excelentes, sus dos primeras corridas en Guanajuato y Aguascalientes se habían saldado con dos clamorosos éxitos. Y ni una sola referencia a sus ideas ni a su pasado…

Luego estaba lo de Don Leandro. Estaba raro, raro, raro… Hasta el punto de que Manuel le preguntó “por todo el cañón” si es que estaba enfermo  o si había algún problema en el que le pudiera ayudar.

La respuesta, previsible por otro lado, del interfecto no dejó lugar a dudas: “Nunca me he encontrado tan bien. Son imaginación tuyas. Deja de pensar en mí y a torear. Recuerda la promesa de tu abuelo. Hay que poner la monumental boca abajo.”

Pero estaba raro.

Luego estaban los nervios por encontrar a Lola, la madre de su sobrino, que parecía habérsela tragado la tierra. Y luego… Luego estaba su  obsesión particular: Rafael.

¿Dónde estaría? Sabía que estaba vivo porque periódicamente a su padre le llegaban noticias a través de conocidos, a veces una postal con nombre falso, pero en los últimos meses parecía que se lo hubiera tragado la tierra. ¿Le habría pasado algo? Quizá el “Partido” le hubiese encargado alguna tarea… o le habrían “depurado”.

Aquella noche no fue una excepción. Era la víspera de su actuación en México, en la Monumental y se despertó bañado en sudor. La eterna pesadilla había vuelto una noche mas.

“Toreaba sobre la nieve vestido de luces, el toro le apretaba y perdía pie, cayendo. De repente, su hermano Rafael, vestido también de torero le hacía el quite al tiempo que le gritaba “¡Vete de aquí Manuel! ¡Vete de aquí! El toro empitonaba a Rafael, enganchándole por la taleguilla  y zarandeándole como un pelele. Manuel se quería levantar para ayudar a su hermano pero no podía. Se hundía en la nieve mientras impotente veía como el toro se llevaba prendido a su hermano de los pitones, alejándose  mientras Manuel gritaba frenéticamente el nombre de su hermano. “

Miró el reloj. Las cinco de la madrugada. Toreaba en trece horas. No era el mejor día para empezar a pasear todos los “fantasmas familiares”. Optó por lo práctico.

Pastillazo al canto. No  se durmió. O eso creyó  él porque al cabo de lo que pensó que había sido un rato .la luz del sol le despertó. Eran las nueve. . Y en esas sonó el teléfono.

Don Leandro le dijo que se fuera vistiendo, que le había ordenado ya el desayuno y que tenían que hablar. Urgentemente, matizó.

“Vaya, pensó Manuel, el zorro sale de la madriguera. Por fin va  a dar la cara “

Contrariamente a lo que Manuel esperaba, Don Leandro entró con una media sonrisa y paradójicamente un discurso absolutamente catastrofista;

—¡Lo que nos faltaba Manuel! Esta tarde debutamos en la Monumental y Curro Gómez  se coge “otra gastroenteritis”.  ¡Ya me entiendes!— mientras hablaba hacía gestos con la mano que evidenciaba el etílico origen del virus/ vino que asolaba el intestino de Curro.

—Pero ¿estará para torear esta tarde? No es la primera vez que le pasa y luego cumple como el mejor.

—El problema no ese. El problema es que ha amanecido en Guadalajara y no llega a tiempo ni en broma.

—¡Joder!. Es mi peón de confianza ¿Y que hacemos?

En el rostro de Don Leandro se dibujó una sonrisa.

—No te preocupes, Manuel. He contratado un mejicano. Me han hablado bien de él.  Tú que tienes buena cabeza para los nombres igual te suena. ¿Como era? Espera esta aquí fuera, ahora entra y te lo presento. ¿A ver, machote, como me dijiste que te llamabas? — dijo el apoderado al tiempo que entreabría la puerta.

—¡Creo que no va a hacer falta decirle mi nombre al maestro…!

—¿RAFA? … ¿RAFAEL? ¿Eres tú? —dijo Manuel mientras se abalanzaba hacia la puerta.

Aquello no fue un abrazo. Aquello fue un choque de trenes. De dos trenes que llevaban años esperándose, buscándose, que habían estado separados por una trinchera,  y que diez años después se volvían a encontrar.  Reían, lloraban, se abrazaban, se miraban, pero no podían articular palabra salvo el nombre del hermano reencontrado. Don Leandro sentado en una butaca (las piernas no le aguantaban) y secándose las lágrimas con un pañuelo era el único testigo de la escena.

—Bueno “maestro” vamos a intentar calmarnos no sea que algún vecino se asuste—dijo Rafa— asumiendo su papel de hermano mayor.

—¡Como sabía yo que algo se cocía ¡ ¡ Así estaba  usted de raro Don Leandro!

—¡A ver! ¡Cómo querías que estuviera! Cuando debutaste en Guanajuato, en el hotel recibí una nota convocándome a una reunión del máximo interés.

Ya sabes como soy. Quede citado en una cantina que no es que ofreciera muchas garantías, pero en fin… Y allí estaba  el “pollo” —señaló a Rafael—  hecho un  marqués y con una sonrisa de oreja a oreja esperándome. Lo demás fue fácil… relativamente, porque sabiendo lo que sientes por tu hermano me fue muy difícil encontrar un argumento para no darte la noticia de entrada. Pero Rafa me lo había hecho jurar y además por la memoria de mi amigo, tu abuelo Moisés. Y  ahora me bajo al bar a beberme una botella de tequila, de reposadito, que vosotros tenéis que recuperar diez años en tres horas. A la una comida  y esta tarde ¡ A poner la monumental patas “pa” arriba”. Y dejad de llorar que vais a desfiguraros la cara y aquí gustan los toreros guapos.

Durante  toda la mañana y teniendo por mudos y únicos testigos de su conversación a dos cajetillas de tabaco, una cafetera grande con sus tazas y una botella de coñac (del bueno), los dos hermanos “pusieron al día sus agendas” que diría un moderno.

La conversación no tuvo orden ni nada que se le pareciese. De un tema pasaban  a otro. Las palabras les atropellaban y daba la sensación de que pretendían comprimir diez años de vida y de muerte en cinco minutos.

Manuel le explicó su estancia en Rusia con la División Azul, las penalidades sufridas, la muerte de los mejores  hombres que había conocido jamás. Idealistas, muchos de ellos desencantados, que buscaban la última oportunidad de cambiar un mundo que, en el fondo, después de la mayor guerra  que jamás se conoció, volvería a ser el mismo.

—Imagínate Rafa, que yo mismo una noche con una “castaña como un piano”…

—…Te subiste a un camión medio hundido en la nieve y te liaste a dar verónicas con un capote de campaña…

—¡¡¡¡ Fuiste tu!!! . ¡¡¡Tú gritaste MALASAÑA!!! ¡Lo sabía, Rafa, lo sabía!

¡Sabía que aquella era tu voz! Sonó un disparo y luego… Luego tu voz…

¡Me salvaste la vida!

—No fue para tanto hermano. La sorpresa me la lleve yo también al verte allí en medio de la estepa a 20º bajo cero y toreando como los mismísimos ángeles. Tú también, sin saberlo, salvaste mi vida aquella noche…

Lo que Rafa no le contó a Manuel, fue que en aquel momento en que la vida de su hermano estaba en manos de la puntería de su “hermano camarada” Pellicer, no dudó. No dudó y en una fracción de segundo supo en que lado debía estar, en que lado había estado siempre, y al lado de quién quería siempre estar.

—Aquella noche lo vi claro Manuel. Empecé a darme cuenta de que mi sitio no estaba allí. Que mi vida ya no me pertenecía, que le pertenecía al Partido. Que ya no tenía libertad para decidir, que otros lo hacían por mí. Y me rebelé.

Gracias a ti hermano, inicié mi “Reconquista” particular. La reconquista de mi libertad.

No fue fácil. Tenía miedo y una oportunidad, y no podía desaprovecharla.

Por eso cuando  en el 45 entramos en Berlín, supe que había llegado el momento. ¿Te acuerdas de aquellos periodistas franceses que ayudé a salir de Madrid al final de la guerra?

—Sí. Me lo contaste en la carta que dejaste.

—Pues gracias a ellos pude escapar. Verás una noche en Berlín en un tugurio de mala muerte, coincidí con ellos y nos pusimos a beber recordando viejos tiempos. Cuando ya íbamos “cargaditos” les confesé mi deseo de dejar todo aquello y rehacer mi vida en libertad. Ellos al principio se mostraron extrañados hasta que el más mayor dijo: No te preocupes Rafa. Tú nos salvaste la vida y ahora te vamos a sacar de aquí.

Y al día siguiente, en un garaje medio derruido de Berlín, ardió un uniforme de Coronel del “glorioso” ejército rojo y el Coronel Rafael Hernández desapareció para no volver jamás. Y al padrecito Stalin que le vayan dando…A él y a todos los que desde los despachos juegan con la vida de los demás…

Lo demás fue sencillo. De Berlín a París y desde allí, para Méjico a abrazar a mi Lola y a tu sobrino, Manuel.

—¿Como están ellos? ¿Cuándo los conoceré?

—Están muy bien. Locos por ver torear a su tío el famoso Malasaña y ver si le  moja la oreja a Arruza , el ídolo local. Fíjate que  el bueno de tu sobrino llegó el otro día llorando a casa y con la nariz mas hinchada que un zeppelín y cuando le pregunté que había pasado me dijo que un niño de los mayores le había dicho que al “gachupín ese tan valiente”, Arruza le iba a enseñar lo que era el toreo. Tu sobrino ni corto ni perezoso le dijo que a lo más que podía aspirar su torero mejicano era a que Malasaña no le cobrara las clases que le iba a dar de toreo. El resto te lo puedes imaginar. Tu sobrino la nariz y el otro con un ojo a la “funerala” para unos cuantos días. Lo mejor fue el comentario de Lola cuando Rafita nos lo contaba. Le dijo:

“Al próximo que te diga algo así de tu familia no le cierres un ojo, hijo.

Le cierras los dos. ¿Entendido? .Los dos.”

Desde que supo que te iba  a ver torear no pega ojo el chaval.

—¿Vendrán esta tarde?

—Por descontado que vendrán. Y mi suegro. Y todos los exiliados españoles que conozco. A romperse las manos aplaudiendo a un español.

—Aunque sea falangista…

—Como si fuera requeté. Antes que nada, español.

—Pues a mi sobrino le dedico la muerte del primero. Pensaba dedicárselo al abuelo. ¿Te acuerdas Rafa del juramento que hizo cuando vino a ver a Belmonte?

—Claro. Cómo olvidarlo. “Algún día unos de mi sangre pondrán la monumental  patas arriba”.

—Hoy va a ser. Hoy la liamos. ¿Cuando volviste al toro?

—Verás. No fue fácil. Al  O si. Al llegar a Méjico lo primero fue encontrar a mi familia. Una vez juntos, con la ayuda de mi suegro encontré un trabajo como auxiliar en un hospital. Sueldo digno… y poco mas. No era feliz, pero no me podía quejar. Me parecía injusto .Con lo que había aguantado Lola, sacando prácticamente sola a mi hijo adelante mientras yo hacía la “revolución mundial” sin preocuparme por ellos. No sé, ya te digo me parecía egoísta por mi parte decir que no era feliz. Y un día Lola se me acercó después de cenar y me soltó a bocajarro “¿Rafa, nunca te han entrado ganas de volver a torear? “

Llevaba años esperándolo y no me había dado cuenta. El toro. Eso me faltaba. Era lo que realmente me había  gustado y donde veía una posibilidad de ganarme la vida y divertirme.

Con la ayuda de algún empresario bienintencionado y “tragando” con corridas imposibles que nadie quería torear fui saliendo adelante.

El año que viene quiero tomar la alternativa y por fin ser matador.

¡Ah! Ni que decir tiene que me anuncio como Rafael Hernández “Maravillas”.

La mañana se les había pasado en un suspiro, cuando entro el apoderado  pasándose como casi siempre un pañuelo por la frente.

—Bueno, bueno, la que se ha liado. Entre la prensa de aquí y alguno de los que te siguen desde España, han empezado a discutir  acerca de quien es el mas grande y se han liado a trompadas entre dos de ellos. Esta tarde la plaza va a echar humo.

—Me voy  Manuel. Nos vemos en la plaza a las ¿cinco?

—Perfecto. No sabes la ilusión que me hace volver a torear contigo. ¿No quieres quedarte a comer?

—No me esperan Lola y Rafita. Además, maestro, le interesa descansar. Cada uno en su sitio. —Rafa ensayó una sonrisa.— Dame un abrazo, Manuel.

Cuando Rafa salió, Manuel  se quedó pensativo unos segundos y  preguntó a don Leandro

—¿Quién preside esta tarde?

—El gobernador Galíndez. Buen aficionado y buena persona.

—¿Nos haría un favor? Se me ha ocurrido una idea…

—Miedo me das Manuel, miedo me das, conozco esa expresión desde hace tiempo y me dice que algo gordo tramas.

—Tranquilo Leandro— por primera vez en su vida, sin darse cuenta, le había tuteado— hoy se va a hacer realidad un sueño de mi abuelo. ¿Estás conmigo?

—De sobra sabes que si y… Gracias por tutearme. Ya era hora.

 

Necesitaría un capítulo entero para narrar lo que sintieron todos y cada uno de las personas que asistieron a la corrida de aquella tarde en la Monumental mejicana, ya fueran aficionados o sobre todo, protagonistas.

Para no aburrir al “respetable”, diré que el que tuvo la suerte de acudir aquella tarde a los toros, asistió a un espectáculo inolvidable. Es frecuente en las tertulias de aficionados escuchar frecuentemente expresiones tales como “Yo estuve la tarde que…” “El día que  Mengano cortó tres orejas, yo estuve…” otras tristes cómo “Yo vi como murió Zutanu. Estaba en la plaza…”.

Pues bien, aquella tarde dos matadores, Malasaña y Arruza lo dieron todo.

El mejicano, que durante tiempo fue considerado como la única alternativa posible a Manolete, demostró su carácter, su valentía y su poderío desde que el primer toro saltó al ruedo. Malasaña, por su parte, estaba como traspuesto. Una indefinible sonrisa iluminaba su cara  y únicamente atendía a los consejos que su hermano, Maravillas, le iba dando.

Para los entendidos resumiré su actuación en tres palabras: Bordó el toreo.

Más no se puede decir.

La colonia de exiliados españoles se “rompieron “las manos aplaudiendo y hasta los “arruzistas” tuvieron que rendirse ante el arrojo y la maestría del “gachupín”.

Para entender lo que allí sucedió basta con decir que cuando Manuel  paseaba las orejas de su segundo toro, al llegar al tendido del  8 donde estaban, Lola, Rafita y D. Sócrates, el suegro de Rafael, a este se le escapó un sonoro ¡Viva España! Al que tras unos segundos de duda respondió todo el tendido con un sonoro ¡Viva!

Pero la “traca” final llegó, cuando tras la muerte del sexto y cuando los “capitalistas” iban a izar a hombros a los dos matadores se oyó por la megafonía de la plaza el siguiente aviso:

—“Distinguido público: La presidencia de esta corrida tiene el gusto de comunicar al respetable que el diestro Manuel Hernández “Malasaña” tiene el placer de regalar el toro sobrero a la afición mejicana  (sonora ovación), toro que estoqueará el subalterno Rafael Hernández “Maravillas” tomando así la alternativa como matador de toros”

Otra gran ovación cerró el discurso del locutor. Mientras la gente se volvía a acomodar en sus localidades en ele callejón, dos hermanos hablaban como diez años atrás:

—Te has vuelto loco, Manuel. No puedo. No estoy preparado.  Además  estoy “atacado”. No va a salir bien y la final me cargaré tu tarde de gloria.

—De eso nada hermano. Siempre fuiste el mejor. Me he estado fijando toda la tarde y estas suelto delante del toro. Piensa en tu hijo, en tu Lola y sobre todo en uno que desde el cielo está disfrutando como un enano. Vamos Rafael, hoy es el día y esta, la hora.

Superando los nervios de los lances de recibo, se “destapó” en el tercio de quites en el que quedó por encima de su hermano y del mismísimo Arruza.

En banderillas ofreció un par a sus compañeros y destacó el par al quiebro que “por los adentros” colocó Rafael.

Llegó el momento de lacedemonia de la alternativa y entrega de “trastos” al nuevo matador. Cuando Manuel (por gentileza de Arruza)  le entregó los trastos a Rafael, le dijo:

—Remata la faena, Rafa. Por la familia, y sobre todo por ti.

¡Suerte y al toro!

Rafael sólo pudo balbucir un “gracias” muy bajito, tal era la responsabilidad que le atenazaba. Mientras se dirigía atravesando la plaza a brindar la muerte del toro a su mujer y a su hijo, su vida iba pasando por su cabeza como una película. Sus padres, su infancia con Manuel siempre compañero de juegos, su abuelo (¡Cómo lo estaría pasando si pudiese verlos!), la guerra, Rusia, el exilio, Lola y… Y rafita que ahí estaba aplaudiendo a rabiar a su padre mientras todos los tendidos de Sol Y Sombra mayoritariamente poblados por españoles, se ponían de pie para animar al nuevo matador.

Manuel, mientras asistí al espectáculo orgulloso y al mismo tiempo nervioso por  el ansia de que a Rafa le salieran bien las cosas. Cuando le había propuesto a don Leandro su plan para que Rafa debutara esa tarde, este le había expresado sus reservas— esta poco “placeado” Manuel, mira que, puede ser contraproducente — le había dicho. Pero él sabía que la vida se lo debía a Rafa. Que era un “tío” integro, un tío capaz de sacrificar todo por sus ideas y capaz también de mandar todo al “carajo” al descubrir que como a tantos otros le habían manipulado.  Y de volver a empezar de cero.

Y de habérsela jugado por él. Así de claro.

Rafa empezó con dudas “Cesterito”, que así se llamaba el toro, le buscaba los tobillos arreando unos “tornillazos” de “no te menees”.

Se sobrepuso y empezó a someterlo con la derecha. Los “olés” se adueñaron de la plaza. Lo más grande vino con la izquierda, “la de los millones”. Dos tandas de naturales como mandan los cánones pusieron la plaza boca abajo. El triunfo estaba al caer. Rafa se estaba emborrachando de toro cuando un tropiezo con una banderilla caída le hizo perder pie dejándole a merced del toro. Este lo  prendió por la taleguilla y lo lanzó por los aires…

Era la pesadilla. Esta vez hecha realidad. Mientras Manuel iba corriendo a  hacer el quite a su hermano, la imagen tantas veces soñada de su hermano prendido entre los pitones del toro se le repetía una y otra vez.

— ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!— gritaba mientras se acercaba y veía a su hermano a merced del toro.

“Cesterito” zarandeaba entre sus pitones una y otra vez  al torero.

La violencia de sus movimientos hacía presagiar lo peor. Rafael, como un pelele, estaba agarrado  con sus dos manos a un pitón del toro y en la plaza un intenso olor a muerte se extendía.

Manuel  llegaba al toro cuando este consiguió soltar a Rafa de sus pitones  quien inconsciente por el golpe no se movía.  “Cesterito” se disponía a lanzar  otra cornada, quizás la última, cuando un capote desvió la atención del toro.

Aquello fue un milagro. Mientras Manuel se hacía cargo de distraer al toro, Rafael, ya repuesto reclamaba su muleta y su estoque para rematar la faena y estoquear al morlaco.

La emoción se había apoderado de la plaza. No se movía ni un alma. De repente, los aplausos se fueron adueñando de los tendidos hasta convertirse en la mayor ovación que muchos recordaban. La vida había triunfado una vez más. Pero no sólo el hecho biológico de que Rafa siguiera vivo. Había triunfado la de Rafita que podría disfrutar de un padre figura del toreo, la de Lola que disfrutaría del hombre al que amaba durante el resto de sus días, la de Manuel que acompañando a su hermano con las dos orejas de “Cesterito” en sus manos, sentía que a veces la vida devuelve lo que quita…

Cuando consiguieron entrar en el coche de la cuadrilla los dos hermanos se miraron a  los ojos y casi al unísono, empezaron a llorar. Era un llanto manso, imparable, sereno. Un llanto por todo lo que habían vivido, por el tiempo separado, por los que habían quedado en el camino…

Cuando se serenaron tomó Rafa la palabra:

—Gracias por salvarme la vida. Sin el capote que le echaste hubiera acabado conmigo.

— ¿Cómo?

—Sí hombre el capote que le tiraste a la cara…

—No fui yo, Rafa. Yo llegue luego. Sería Arruza…

—El fue el que me dijo que creía que habías sido tú.

— ¡Que mas da! Lo importante es que entraste siendo banderillero en la plaza y sales “figura” y de de los grandes, de ella…Y además ¿sabes que, Rafa?

— ¿Qué?

— Hemos hecho que se cumpliera la promesa del abuelo…

 

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La mañana siguiente, un hombre se entretenía poniendo flores en la sacramental de San Isidro, seguramente el cementerio más bonito de Madrid.

La mañana había “salido” luminosa y fresca. Bastante fresca, la verdad.

El hombre que colocaba las flores no podía dejar de canturrear un pasodoble ante la reprobadora mirada de dos o tres viejas, que vestidas de negro lavaban las tumbas de los suyos. El hombre no era otro que Don Manuel el padre de los matadores , que después de oír por boca de Don Leandro la hazaña de sus hijos y luego por boca de sus propios hijos lo que había ocurrido en la Monumental , había organizado una fiesta en su casa para vecinos y amigos que había durado “hasta las tantas”.

Luego , tras proclamar solemnemente que era el día más feliz de su vida, y sin dormir ,  se había dirigido al cementerio , sólo ,  a “contarle” a su padre , mejor dicho a la tumba de su padre lo que había sucedido en la Monumental la tarde anterior. Desde que Manuel tomó la alternativa, iba con frecuencia y allí se sentaba a leerle titulares de prensa, reseñas de corridas o hasta crónicas completas del maestro Cañabate., ante la mirada extrañada de las viudas y abuelas que pensaban que le faltaba un tornillo.

Aquel día cuando dejó de canturrear el “Francisco Alegre” le contó lo acaecido la tarde anterior y cerró con un sonoro”¡Promesa cumplida!” que terminó de poner en fuga a las “abuelillas”.

 

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Cuando Moisés llegó al Cielo  hizo dos preguntas nada mas llegar:

— ¿Porqué estoy aquí? No creo merecerlo, honestamente, no he hecho nada especial…

—Por eso estás aquí Moisés, porque habiendo hecho el bien durante toda tu vida, nunca le diste importancia, Siempre que pudiste ayudar lo hiciste sin esperar nada a cambio. A lo mejor, por eso estás aquí Moisés…

—Una última cosa. Verá, es que yo tengo dos nietos que o mucho me equivoco  o van a ser toreros. ¿Ha visto alguna vez una corrida?

—Desde aquí se ve casi todo. Y antes de que lo preguntes te diré que me gustan las corridas de toros.

—Bueno, pues es que me gustaría saber si el día que toreen juntos, si es que llegan a hacerlo, habría algún modo de ver la corrida.

—Claro que si Moisés. Para ti, ese día, te pondremos un burladero para que lo veas de cerca

— ¿Haréis eso por mí? ¿Un burladero en el cielo?

—Y con un capote, Moisés.   Por si quieres hacer un quite…

                         


© Manuel Grandes


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