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"COSTANTE" no quiere siesta
(4ª Parte)

por Juan Carlos Rodríguez Suarez

 

Incluido en el libro conmemorativo de la
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

Recordará apreciado lector, si conoce a “Costante”, que en nuestro anterior encuentro “El argentino”, estaba a punto de volver a la aldea. Si no es así o si no conoce a “Costante” pero quiere entender lo siguiente, repase o busque nuestros encuentros anteriores.

 

       Si usted lo recuerda…
    

I

 

La España que se encontró “el argentino” cuando regresó en esta ocasión, no era tan diferente a la actual como ustedes podrían suponer.

Un cambio notable para él, eso sí, que había dejado atrás las prósperas Provincias Unidas del Río de la “Argenta”. Recaló allí después de un buen periplo que por circunstancias que no vienen al caso inició por los manglares de la Península del Yucatán, allí donde la Serpiente Emplumada entregó a Cortés la llaves de la Puerta del Paraíso.

Pero ya se empezó a situar, cuando al poner pie en tierra escrutó, con las mismas dificultades que ustedes van a apreciar, un cartel que había en el puerto de Gijón: “haberiadas las istalaciones —Obras de ravilitacion— ojo — bejilantes jitanos”.  

Cartel que, comparado con algunos rótulos que a veces aparecen en los actuales medios de comunicación, nos muestra de forma rotunda que en los últimos años la evolución no ha sido tan grande.

No hace falta que me extienda mucho para que se hagan una idea, de que la llegada del personaje a la aldea fue todo un acontecimiento. Era, la visita del emigrante triunfador con los bolsillos llenos de dinero…, supuestamente (?).

El argentino llegaba borrachito de tango y con aureola de triunfador. Se presentaba con ropas de aparente calidad. Y hortera como un Santo Cristo “tuneao” de lagarterana. Zapatos de chúpame la punta con ribetes de cuero rojizo. Tacón cubano. Pantalón gris amplio de vestir con tirantes. Camisa de ¡manga corta con corbata!. Fino bigotillo y pelo engominado. Presumía de acentillo de La Pampa que si quisiera podría ocultar. Y se perfumaba. Se perfumaba mucho con perfumes que él decía “ultramarinos” pues se  gustaba cuando repetía aquello de que “a uno le reciben según se presenta...”.  Olvidando a menudo la segunda parte: y le despiden según se comporta”.

Siempre había sido babosón y mujeriego. Cortejador de nada con clase. Aunque, en una aldea asturiana perdida en medio de los montes y en los años cuarenta, nadie sabía lo que significaba la palabra “clase”. Así que en toda la comarca resultaba muy pintón.   

Era “echao pa´lante”, cuando el camino era de bajada, pero no apretaba el riñón cuesta arriba. Y hablaba y hablaba como si sus palabras trascendieran. Daba lecciones de todo lo que sabía y de lo que no sabía porque la gente se quedaba embobada con su acento meloso. Y eso, cuando hablaba que era a menudo; pero cuando escuchaba, peor. Iba de psicólogo barato. De esos, a los que se les nota al charlar que están analizando al interlocutor, en vez de analizar de forma inteligente, mirando al tendido.   

Y entre hombres… Entre hombres, era cobarde. Y eso que se molestaba en arrear navaja al cinto para darse aires. No miraba a los ojos y no resultaba fiable, como casi todos los que aspiran a lo que nunca conseguirán, aunque éste venía con etiqueta de despierto hombre de negocios porque decían que había montado algún restaurante al otro lado del charco. Pero en sus centros, él sabía que su triunfo y su apariencia eran sobre los débiles, sabía que se quedaba en nada entre los fuertes, sabía que realmente no había conseguido lo que buscaba, sabía que no era lo mismo predicar que dar trigo, sabía que nunca figuraría tanto como él pretendió, sabía que se iba esfumando el tiempo de presumir de gloria y había aprendido muy bien, en su tierra de adopción que el único sitio donde un argentino nunca miente es en el tango.

 

“Con el peso de la vida, apretao entre los labios
la mirada turbia y fría y algo lento al andar
miraba cada esquina del pueblo, lleno ya de recuerdos
y como volcando veneno, triste solía pensar:

viejas calle de mi pueblo, donde di mi primer paso
vuelvo aquí, doblao el espinazo, tras tanto trabajar
con una herida en el alma, con mi sueño hecho pedazos.
¡Andando por medio mundo, ya conocí bien la verdad!

 

Cuando llegó, muy cansado de un interminable viaje, y tras saludar y tirarse el rollito con alguno de los que se encontró en las cercanías de la aldea, fue directamente a casa de su familia. La casa que había sido suya hasta que decidió emigrar y que por aquellas costumbres de la comarca, seguiría siéndolo durante toda la vida para ir de visita, pues allí seguían viviendo sus padres y una piara de hermanos, entre los que estaba el primogénito que vivía en ella con su mujer y sus hijos.

Dejó el equipaje, besó y abrazó a todos los miembros de la casa que iban llegando al caserío tras las diferentes labores del día y bebió abundante vino mientras comía algo de cecina y pan, recostado chulescamente y con aires, en un viejo banco que había a la entrada.

Fue a la hora de la cena, cuando ya todos los miembros de la familia estaban reunidos en la sala entre viejísimas paredes de piedra con suelos y techos de madera y a la luz de las lámparas de un petróleo raro, cuando su madre le entró:

—Nenu, ahora que ya has visto que todos estamos bien, tengo que decirte que aquí en el  pueblo las cosas no van tan bien. —El argentino que estaba con la vista clavada en la escudilla en la que se zampaba el potaje de berzas, se dio cuenta por la gravedad del tono que lo que le iban a contar no era algún inconveniente común.

—Y, ¿eso?— dijo levantando la vista y arrugando la frente mientras el resto, padre, hermanos y sobrinos, hacían el silencio de cuando la hostia está en lo alto.

La madre, hizo un silencio y tragó saliva. Era evidente que tenía miedo. Miedo de una enfermedad no podía ser porque todos estaban aparentemente bien. ¿Qué podía originar un silencio tan largo en una mujer que ya había visto de todo? Una mujer que incluso había enterrado a algún hijo.

—Pues no, no van bien.

Otro silencio. Ya nadie se atrevía a preguntar. Se limitaban a esperar a que la abuela tuviera fuerzas para arrancarse. La llamas de las lámparas verticales como un ciprés. Ni el aire se movía. Y fuera, en el camino, más silencio. Ni un ladrido, ni un mugido. Silencio.

Por fin:

—Pues no van bien porque los guardias nos quieren joder.
—¿Y eso? — repitió.
—Pues, hubo un problema entre ellos y la familia de “Costante”.

El argentino no tenía ni idea de por dónde iban los tiros. Pero en algunas ocasiones, hay que seguir un poco la corriente; y como todos estaban francamente acojonaditos, tampoco quería desdramatizar dándoselas de que con él no iba el asunto, porque, ¡no sé si les dije!, el único sitio donde un argentino nunca miente es en el tango, y él puso mucha atención la primera vez que oyó

 

Aprendí que en esta vida, hay que llorar si otros lloran,
y si la murga se ríe uno se debe reír.
¡No pensar ni equivocado!, para qué si igual se vive.
Y además corres el riesgo que te bauticen gil.

 

Así que se quedó mirando fijamente a su madre con cara de estar rebuscando en la mente algo que le diera una pista. Nada. No había nada porque la familia de “Costante” no era precisamente de las que se caracterizaba por estar pringada con asuntillos políticos. ¡A no ser que fuera por alguna denuncia injustificada por algún “mal querer”! Pero tampoco le cuadraba. “Costante” era un tipo querido, respetado y “de ley”. Y… temido fuera de “la ley”. ¿Quién iba a hacer una denuncia falsa?. Así que se quedó con su cara pensativa esperando que su madre continuara.          

—Parece que la cosa viene de lejos. Primeramente parecía que el caso era que había un guardia que se había fijado en la chavalina…

El argentino interrumpió súbitamente:

—¡Pero si es una cría!

La madre, paró un instante con cara de “no me interrumpas” y siguió:

—… pero la cosa es más complicada. La cría ya no es tan cría y bueno…, si la cosa fuera por ahí…, todos conocemos a “Costante”. Puede que primeramente no le gustara el asunto, pero luego si el muchacho fuera por derecho, pues ¡qué le vamos a hacer!, es ley de vida y…, en fin, pasaría lo que tuviera que pasar como ha sido toda la vida del Señor. Al fin y al cabo,  …“del viejo el consejo y de la moza, …, el conejo”.

Las llamas de las lámparas de petróleo seguían tiesas como espadas apuntando al techo. Las moscas, habían tomado tierra, todas. Allí no hablaba ni Dios. Tomó algo de aire y siguió:

—El caso es que parece que “Costante” y ese guardia, al que le dicen Silva, se conocen de hace mucho tiempo.., de cuando eran jóvenes, y tienen alguna cuenta pendiente.

El argentino casi se cae del banco. ¿tener una cuenta pendiente con “Costante”? ¡Imposible!. “Constante” no dejaba cuentas pendientes. Pero no porque fuera un tipo especial, sino porque allí nadie dejaba cuentas pendientes. Ningún hombre de la comarca, debía nada. Y no les hablo de dinero, que por supuesto, sino de que no se debía NADA. Si se debía se saldaba rápido y si a uno le debían se zanjaba rápido. No con amenazas ni chantajes, sino porque esto era así. Volvió a retorcerse los sesos y no entendía nada. La vieja a lo suyo:

—Bueno, parece que la cuenta la tenía el guardia en la cabeza, como puedes suponer, porque “Costante” es el de siempre. ¡Pero como la vida es lo que es…!  Cuentan que “Costante” tuvo algo con la madre del guardia, pero ¿quién sabe?, y claro, ¡sacarle eso a “Costante”!, … imposible. Además eso ¿qué justifica?. ¿quién de joven no petardeó “tou lo qui pudu”?.

Bebió algo de agua, y:

—El caso es que el mundo que es tan grande, no lo es lo bastante para que Dios repartiera a cada uno “en un lao” , y tuvo que mandar aquí a este cabrón vestido de guardia. Y, …, en resumidas cuentas, este cabrón calculó mal y pensó que “Costante” iba a pagar por la cuenta que él tenía en su cabeza metida y, claro, el que debe paga, pero hacer pagar al que no debe…, “esu ye más cumplicau”.

A estas alturas, el argentino ya había dejado de comer buscando con ansia el desenlace. El resto, cavizbajos, aguardaban. Las lenguas de fuego de las lámparas seguían tiesas como los legionarios cuando llevan al Santo Cristo y las moscas…, ¡no había cojones a volar!.

Finalmente la vieja zanjó en dos tiempos. Primero citó:

—Nenu …—tragó saliva—,  “Costante” tuvu qui reventale lus morrus a un guardia con´l cayau porqui sinon pasa la nueiti n´l destacamento. Luego echose al monte. Peru lo gordu ye qui outru guardia pegoi al fiu pa qui cantara. Así qui a “Costante”, junto con alguno más, nun les quedou más remedio qui mandalu más allá del purgatoriu.    

Y, recibiendo, estoqueó.
       
         —“El dinero y los cojones, …, pa las ocasiones”.

Al argentino, de pronto se le pasó la tontería, los aires de grandeza, el fondo de bandoneón, la fanfarronería y hasta el hambre. De repente se dio cuenta de que realmente había vuelto, pero ¿a dónde?. Hasta entonces, los asuntos que se tejían eran del pueblo. Ahora en cambio, la Guardia Civil por medio. Y hasta entonces no había muertos en los asuntos, pero ahora sí. Y además, el  que se fue al cielo, iba con tricornio.

En cuanto a emociones, para el primer día de una visita de quien viste con tacón cubano y tira de perfume ultramarino dándoselas de saberlo todo sobre el tango de la vida,…,  no estaba mal.
  

 

II

Como en las mentes canallas caben pensamientos canallas, aquella noche casi no durmió dándole vueltas al asunto. Y eso que estaba bien cansado. Pero el morbo le podía.

Al día siguiente le faltó tiempo para maquearse tras desayunar. Se cambió de pantalones y camisa, se peinó bien relamido y se echó perfume ultramarino. Bien de perfume, que eso siempre es importante.

La ocasión la pintaban calva. Telvina, su chica de la juventud, la mujer del pueblo con la que tuvo algún devaneo, aquella flor que tuvo sus primeras sensaciones con las manos del argentino estaba sola. Sola y necesitada de apoyo, de comprensión,…, y quién sabe de qué más, sobre todo visto desde su cerebro de canalla cobarde.

Y además, Telvina tenía una hija que todo el mundo le había dicho que era guapísima y que ya no era tan niña.

Y allí se plantó. En la misma casa de “Costante”, haciéndose el dolido, dando lecciones e “interesándose” por los acontecimientos destilando ese “sobrao” e insoportable aire de sabedor—conciliador adinerado, que los más avisados ya habrán paladeado alguna vez  en el único sitio donde un argentino nunca miente. 

 

Yo, que aprendí todo lo bueno y  aprendí todo lo malo.
Sé del beso que se compra, sé del beso que se da.
Del amigo que es amigo siempre y cuando le convenga.
Y sé que con mucha plata uno vale mucho más.

Hoy ya no creo uno ni en mi mismo. Todo es truco, todo falso
y aquel que está mas alto, es igual que los demás.
No extrañe pues, tanto, que alguna noche, borracho
me viera pasar del brazo, con quien no debo pasar.

 

Lo de: “Hola queridos, ya me he enterado de todo, cómo estáis, …, etc, etc”; directamente lo pasamos por alto. Conoció a la chavalita, eso sí. La verdad es que era guapísima, y pasó un ratillo. Bebió algo de vino que le pusieron y se dejaba caer. Al rato apareció, el hijo de “Costante”, ya era un mocete, y compartieron algo. Poco, aún así. Los chicos escuchaban esquivos, la madre le contaba al argentino, escueto y sin detalles, lo que había pasado y el argentino, babosón, intentaba alargar las conversaciones. Imposible. Imposible alargar una conversación en aquella casa sin ser de la absoluta confianza de “Costante”. Y miserable. Miserable porque lo es la condición humana y lo que allí pasaba era un reflejo, uno más de lo que se esconde bajo la piel de las personas, o de algunas personas. 

El neto del asunto es que al despedirse, en una visita en la que no se sintió especialmente cómodo, espetó a Telvina aquello de: “bueno, ya sabes, …, para lo que necesites”.

Para lo que necesites. Para lo que necesites. ¡Menudo cabrón borrachito de tango!
 

…¡qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón.

 

En los siguientes días, también se ocupó de conocer a los guardias. O más bien hacerse notar. Exhibirse dándoles a entender que él era diferente a los paletillos. Hombre de mundo y muy ultramarino.

Conoció a Silva y a Martínez para alimentar un poquitín el morbo. Y, …, bueno, sin prisa pero sin pausa, charlaban por los senderos cuando se encontraban. Algo que sucedía a menudo, porque ninguno escabullía el encuentro y porque a ambas partes les venía bien.

Al argentino porque iba trabando relación con los guardias, que le contaban alguna historieta. Y les digo historietas porque la historia de verdad, la historia de cómo Lucas Manjón entró en el cielo, tricornio en ristre, esa ni se mentaba, claro. Era lo que el argentino quería pero no había manera, …, de momento. Y a los guardias les venía bien porque le sonsacaban alguna cosa que los del pueblo no soltaban, porque de vez en cuando les invitaba a algo de vino, porque les contaba cosas de otros países, …, y, …, en fin; lo que pasa cuando se juntan dos partes y ninguna tiene nada que hacer. El argentino porque estaba de vacaciones, y quizás replanteándose su vida; y los guardias porque estaban trabajando “como suele trabajar la chaqueta del guardia”.

Claro que, esta situación no se podía mantener mucho tiempo. El pueblo era un polvorín y el argentino amigo de todos. Raro.

Equilibrio inestable. Tiempo. Caída segura.

Habiendo tiempo siempre aparece una fuerza que desestabiliza. Y, como las fuerzas que mueven el mundo son exactamente las mismas que lo movían cuando Adán y Eva mareaban la manzana,…, pues se van imaginando.

Por un lado los guardias apretaban para ir buscando algún vericueto que les llevara a “Costante”. Al fondo, “Costante” escrutando las maniobras. Y por otro lado estaba el argentino que apretaba y apretaba. Con los guardias era cada vez más simpático y espléndido. Y con los vecinos del pueblo también. De forma muy especial con la familia de “Costante”.

Y es que del “bueno, ya sabes, …, para lo que necesites” había ido pasando a varias visitas diarias, a ofrecerse para ayudar al chaval de “Costante” en las labores de la casa, a ofrecerse para llevar a “Costante” ropa o lo que fuera menester, a hacer el ridículo con la nena hasta límites vergonzosos y a ponerse muy, pero que muy “servicial” con Telvina.

Procuraba que estuviera en casa,…, sola. Procuraba que estuviera en la huerta,…, sola. Procuraba que se fuera con el ganado,…, sola. Procuraba verla más con luna que con sol. Y, procuraba y procuraba.

 

 

III

Era la media noche de una noche cualquiera. Sin luna. El argentino cenaba con su familia. Pote de berzas, lacón, vino. Ninguna conversación reseñable en la cena de un día que no había tenido nada reseñable. Los perros a la entrada se removieron. No ladraron. Venía alguien. Alguien de confianza. El gozne de la puerta se quejó un poco porque quejarse de mucho no le había servido nunca de nada. La puerta que daba acceso a la sala donde cenaban se abrió un poco. Se vieron unos dedos finos y blancos, de jovencita. Al fin la puerta se abrió algo más. Se vio un delantal y apareció la hija de “Costante”. Tan guapa, tan inocente, como siempre. En la penumbra, …, un ángel.

 

—Hola.

Los comensales respondieron. Primero se dirigió a todos y luego buscó con la mirada al argentino.

—Perdonar. Dice mi madre, que los sacos de las castañas no los pusiste donde te dijo y no puede subir al desván para coger la ceba de los chotos al amanecer. Y, mi hermano se fue a la Fiesta Del Valle, y entre ella y yo no podemos moverlos. Era para ver si puedes ayudarnos. Pero sin prisa, cuando acabes de cenar tranquilamente.  

Dicho y hecho. El argentino paró lo justo para que no diera la impresión de que quería salir corriendo.

—Claro mujer. Dile a tu madre que en cuanto acabe me acerco.

Acabó la cena. Dijo, dándoselas de parsimonioso, que se iba a acercar para ver qué podía hacer y pasó antes por el cuarto donde dormía para atusarse. ¡joder, a cualquier casa le llamamos atusarse!  Se dio su agüita, se puso calcetines, gayumbos, pantalones, camisa, …, todo limpio, se repeinó todo bien relamidito y “p´alante”.

Ah! Y se echó perfume. Perfume ultramarino debuten. Bien de perfume, que eso siempre atrae. Eso, eso. ¡y en el bigotillo!

Pues ala, allá vamos. Y se acercó a los medios a ver si el toro buscaba las tablas o si tenía bravura.

Tocó la puerta de la casa de Telvina, y como nadie contestó, entreabrió y luego fue pasando. Al fondo oyó a Telvina.

—Pasa, pasa. Estoy colocando esto. Pasa.

Se acercó a la sala donde generalmente cenaban. Y allí estaba Telvina, colocando unas hogazas de pan en un viejo arcón.

—¿Se puede?.

Ante todo había que parecer caballero y respetuoso.

—¡claro, hombre! Perdona si te molesté, pero ¡como me habías ayudado tu…!

Telvina estaba bien guapa, con el pelo recogido. Con cara de cansada pero bien guapa. Algo despeinada, algo sudorosa. Vamos, algo así como lo que están ustedes pensando en plan Jessica Lange en “El cartero …”. ¿A que mola?

—¡Por Dios. Pa´eso estamos los vecinos, ¿no?.

Babosón como él sólo, el. Taimada, ella. Y, cautelosos, midiendo los terrenos, ambos.

El argentino, se sentó en un banquillo, mientras ella seguía por la sala con sus quehaceres.

—Hace algo de aire fuera, ¿no?
        —Algo…, pero se está bien.
        — ¿Tomas un cacharrín? ¿vino? Tengo algo de orujo nuevo que hizo mi padre.
        —Mejor el orujo.

Dieron algo de tiempo. El argentino repasó la sala. Todo más bien oscuro con la escasa luz de las lámparas del petróleo raro. Las paredes de piedra oscurísima. La mesa en el centro. Los bancos alrededor. Algunas cestas de castañas y nabos en un rincón. Dos cortinas entornadas con dos catres detrás en los que se quedaban los jornaleros o visitas de fuera en algunas temporadas. Y en los catres se adivinaban o asomaban algunas ropas tiradas y viejas, algunas botas que se veían bajo las cortinas, unas palanganas, dos pañuelos, alguna piel para taparse la espalda si al subir al monte  llovía, …

—¿Y la guaja?
—Dijo que iba a casa de “Ludivina” a jugar a las cartas. Volverá tarde.
        
         ¡Joder, esto no va mal!, pensó.

—¿Cómo cambian los tiempos, verdad?  ¡Ya tienes hijos mozos! Todavía recuerdo, …, bueno…, nada, …, no recuerdo nada, ¿para qué?. Bebe algo tú también ¿no?
        —No yo no bebo nunca, pero ahora termino, te dejo que coloques los sacos y charlamos más tranquilamente.
        —¿Qué mal debes estar pasándolo con todo esto?
        —La vida viene como viene y hay que hacer frente.
        —¡Si yo pudiera hacer algo!
        —No sé, no creo que puedas hacer nada.
        —y a este hombre, ¿cómo se le ocurrió hacer eso? ¡pegar a un guardia y, …, bueno, luego todo lo demás.

Telvina no contestó. Seguía con sus quehaceres.

—Y ahora vosotros solos,…, él por ahí comoquiera,…, ¡qué desastre!
      
Telvina no decía nada y él entraba casi en un monólogo.

—Pero, …, de alguna forma esto tendrá que ir terminando. Los guardias tienen las de ganar. No tienen prisa, no tienen miedo, su vida es la misma que antes, son muchos, pueden venir más, … Y vosotros, y el pueblo…, fíjate,…, estáis destrozados.

 

 

Telvina paró el reloj del tiempo mirando al suelo. Se limpió las manos de harina en el mandil. Le clavó los ojos.

 

        —Los guardias saben que más peligroso, es un terco que un valiente. Parece mentira que ellos ya lo hayan aprendido y a ti ya se te haya olvidado. Y, …, efectivamente, no tienen miedo porque han descubierto que en este pueblo hay un atajo hacia el cielo.  Así que lo que tienen es pánico. ¡Qué jodios, no quieren morir! Y, …,  ¿desastre? ¿qué desastre? ¿dónde está el desastre? Lo que es un desastre es estar toda la vida sometido. Lo que hizo “Costante” es lo que haría cualquier hombre que se considere tal. ¿O no?

         ¡Glup! Pequeño ajuste de los ejes de coordenadas de la tierna Telvina para situar mejor los puntos. Un silencio y,…., había que recomponer la figura tras el puntazo. El objetivo era el objetivo. No había sido un buen paso pero aún se podía enmendar la vía si se pedía algo más de cuerda. ¡Cuerda!
    
                —No me has entendido, ¡por Dios!.  Quiero decir que todo se complica a veces de forma innecesaria. ¡yo que sé! Yo te veo aquí tan sola, con los niños, …

        Y se fue poniendo golosón. Se levantó, se acercó a Telvina por detrás, …

        —Si yo pudiera hacer algo

        Intentó rodearla con los brazos. Ella le esquivó, pero no le rechazó ni se espantó.

        —¡Siéntate hombre! ¡Tranquilo!

        El argentino se sentó. Ella se acercó a coger una palangana llena de ropa. Entreabrió un poco la cortina, cogió la palangana no sin esfuerzo…

        —Ahora vuelvo. Voy a dejar esto en el corredor.

        Y el argentino se quedó sólo en la sala. Tranquilo. La cosa no iba mal. No iba bien pero tampoco contaba que iba a ser cosa fácil. Apuró algo el orujo. Echó un ojo a la ventana. Esperó. Esperaba.

        Pasó algo más de tiempo del que pensaba, así que repasó otra vez la sala. Las vigas del techo. Algún agujero en las tablas del suelo. Unos aperos de labranza en un rincón y, …, una sensación.

        Una sensación rara. Un “no sé”. Un olor. Un algo que no cuadra con el cantar. Con ese cantar donde el argentino no miente, pues aunque

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor…

        No es menos cierto que

Toda carta tiene contra y toda contra se da.

       
              Repasó otra vez la sala. Ropas amontonadas tras las cortinas. Jabones encima de los catres. Unos choricillos sobre un viejo arcón. Las botas que asomaban bajo las cortinas y, …, un desasosiego, …, un qué se yo.

      “Es más peligroso un terco que un valiente”, resonó la sentencia de Telvina en sus centros.

       Miró otra vez las cortinas. Aquellas botas. Eran viejas, embarradas, muy zurradas. Sólo se veía la parte de delante, hasta los cordones. El resto tras la entreabierta cortina. Miró mejor. Había poca luz. Los pulsos se subieron algo. Por el contorno de la cortina…, se veía…, no se veía bien…, se veía un borde de unos pantalones, …, no puede ser, …, no veo bien, …, si…, es una pantorrilla, …, hasta la rodilla, …, la situación de las botas y las perneras de los pantalones parece que ajustan, …, no puede ser, …

      En ese momento entró Telvina. Llevaba la palangana vacía en las manos. El argentino ni se movió. Telvina se acercó a la cortina. La abrió muy poco más pero lo que había tras la cortina ahora tampoco se veía muy bien desde donde estaba el argentino ella se interponía en la visual. Cogió algo más de ropa que iba echando a la palangana. Se dio la vuelta para volver a llevar la ropa a donde había llevado la anterior con gesto de “ya termino” y como si no pasara nada. La cortina se quedó algo más abierta. Ella se fue hasta la puerta. La vista del argentino la acompañó hasta la puerta recorriendo aquellos atrayentes contornos y…, cuando desapareció tras la puerta, la vista del argentino quedó clavada en la puerta.

     Los ojos del argentino no volvieron con tanta alegría a recorrer la sala. Aguantaron mirando a la puerta como si estuviera embobado. Muy lento fueron volviendo hacia la cortina. Luego fueron hacía las botas. Luego a los pantalones y luego —ahora se veía  más— fueron subiendo.

 

IV

     Había pasado tiempo. Pero...

     Pantalones oscuros amplios. Camisa remangada hasta el codo. Muy delgado. Frente despejada. Alguna cana más. Mirada gacha y segadora de distancia corta. Barba de tres días. Bien surcados los carrillos en el afilado rostro bahamontes. Cuello venoso. Tendones en los antebrazos de mulo, más secos que los Monegros. Dedos color tierra. Uñas negras. Nervudo hasta en las pestañas. Mueca de asco y desprecio en una media sonrisa de hiena. Almizcle en el ambiente. Diente de oro que brilla. Desesperación. Mente en blanco. Naves quemadas. Cero pasado. El futuro no existe. Destellos de “piantao” en la vista.

       Y sentado al borde de la cama con cara de “sin prisa”.

       Inconfundible.

     ¡Vaya escenita para uno que iba con el bigotillo “perfumao” a ver si esa noche mojaba!

     Pensó en “cómo salgo de esta”, porque lo de “coño, Costante, …, cuánto tiempo…” y como si no hubiera pasado nada, no parecía que fuera a colar.

     Vamos, no tenía pinta aquello, de que “Costante” fuera a aguantar un primer vacile. Ni por el humor que le producía la que estaba cayendo fuera, por un lado. Ni; por el hecho de que un pringao ultramarino contara con follar allí en su casa, a su mujer, sólo por aquello de que “con mucha plata uno vale más”, por otro.      

     Se miraron largo.

     Al rato. Three words, only.

—Hueles a bujarrón.

 El argentino no contestó. Ora miraba a “Costante”. Ora al suelo.

Por fin, lo intentó. Hizo ademán de levantarse:

—Bueno, …, me voy a ir.

“Costante”, primero le segó con la vista. Después le dijo que no, parsimonioso, con la cabeza.

Y, muy despacito con el aplomo y la gravedad del que sabe que no habrá respuesta negativa:

—Tú me vas ha hacer un favor.

El argentino no levantó la vista del suelo.

—¿verdad?

 

———— o O o ————

 

 

     Cuando el argentino se fue para su casa, ya bien entrada la madrugada, pensaba por los oscuros senderos aquello de “esto no me puede pasar a mí”. Aquella mirada, …, aquel olor…, Acababa de hablar con un loco. Un “piantao”. Le pasaba por la cabeza, algo parecido a lo que le está pasando a alguno de ustedes ahora. ¿verdad?.

     ¡“Esto no me puede pasar a mí”, “esto no me puede pasar a mi”!. Pues,…, ¡claro que les puede pasar!

     ¿O es que...?  Ah, coño! ¿qué se había hecho usted  a la idea de que esta vez iba a conocer toda la vida de “Costante”? 

     Todo a su tiempo, apreciado lector. No olvide que, tras estar seguro de uno mismo, el siguiente pilar fundamental de cualquier sujeto ha de ser, mantener la calma. ¡Ya se lo dijo “Costante”!, recuerde. No es lo mismo estar quieto que no hacer nada.

     De momento, si hasta ahora le gustó “Costante”, no piense que más adelante no le va a seguir gustando.

     Y, a mi, …, bueno, a mi,..., pues…, no me crucifique..., aún. Léame tal como soy. Incluso,…,  si me lo permite, no me cambie los acentos y…   

 

“Quereme asi, piantao, piantao, piantao...
trepate a esa ternura de loco que hay en mi,
ponete esa peluca de alondras, y ¡volá!
¡Volá conmigo ya!, ¡Vení, sentí, volá!”

“Que soy otro estilo de amigo.
Una especie de amante discreto.
Dejame que te pierda el respeto,
Y, ..., ¿tú?,...,

¿Querés probar?”

 

                         


© Juan Carlos Rodríguez Suárez


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