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Asesinato en la construcción
por José Ramón Domínguez Bidagor


Incluido en el libro conmemorativo de la
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas


 El inspector Ramírez miró apesadumbrado el reloj con altímetro que Silvia,  su mujer, le había regalado por su cumpleaños. Se estiro por enésima vez en el asiento del copiloto, las molestias de los últimos meses en la espalda no remitían. Maldita edad —pensó— los cincuenta no perdonan, este año ni montaña ni esquí, ¡todo se va a ir a hacer puñetas!

 

—¡Cristina! —Gritó Ramírez. Conduce un poco más lento, que nos vas a matar. Mira, casi te pasas la desviación a Fuenlabrada.

 

 La noche era cerrada, llovía a mares, el agua se estrellaba con violencia contra la luna delantera y a duras penas el parabrisas conseguía evacuarla. La visibilidad era casi nula y  la iluminación de las calles del polígono industrial Cobo Calleja era escasa. Gracias a las indicaciones del navegador del coche, consiguieron llegar a las puertas de una  factoría alumbrada por un gran rótulo luminoso, en el que pese a la cortina de agua se leía “GLOBAL MORTARS LA CHISPA DE LA CONSTRUCCION”.

Cristina una joven y atractiva policía llevaba dos años en la unidad de investigación criminal a las órdenes de  Ramírez, un inspector experimentado y eficaz, un tipo cambiante, a veces brusco y a veces divertido e ingenioso.

 

Desde la central les habían avisado de la presencia de un cadáver en las oficinas de Global Mortars, una conocida multinacional suizo—alemana.. El muerto se llamaba Jordi Oleguet y según el informe, era el presidente del consejo de administración de la compañía. Aparcaron  en una zona señalizada para las visitas, junto a tres vehículos de la policía nacional y  una furgoneta del Samur. En el otro extremo del parking había varios turismos de lujo. Cristina cogió el paraguas y salió del coche mientras Ramírez, haciéndose el remolón, miraba con melancolía las esculturales piernas de su compañera. Después, recogió desganadamente su libreta de rayas azules y  salió del vehículo.

 

La tormenta arreciaba, así que atravesaron corriendo la calzada, subieron una escalinata y llegaron a un gran hall de suelo de mármol y altísimas  paredes blancas adornadas con fotos de grandes obras de infraestructuras. A la derecha del hall, rompiendo la estética de la sala, colgado del techo, había un gran cencerro de acero bruñido con su badajo y su lazo.

 

Ramírez se vio reflejado en el cencerro y sorprendido preguntó a Cristina— ¿Pero qué pinta esa campana? ¿Éstos  se dedican a la construcción o son los “del Caserío me fió”?—.Quizás jefe, como son suizos,—Contestó Cristina, ya sabe, hoy día todo el mundo quiere identificarse con sus orígenes, los símbolos son muy importantes.

 

—¿Y porqué no un queso de bola o una navaja victorinox? No me toques las narices con los orígenes y con los nacionalismos —gruñó Ramírez —Que ya sabes que en lo tocante a ese tema soy de los trogloditas políticamente incorrectos. A ver ¿qué tenemos, Miguel? —dijo dirigiéndose a un hombre alto, de unos treinta y cinco años, con un chaleco de la policía nacional.

 

— Un cadáver, varón, de unos sesenta años, aparentemente asesinado por arma blanca, está en el cuarto de baño de la sala del consejo, en la primera planta. Hemos dejado el cuerpo tal como estaba, esperando tu llegada y la del juez, los del Samur ya han emitido su informe. El inspector Villalba esta al mando

 

—Gracias Miguel, vamos a ver si  con un poco de suerte,  nos podemos ir hoy pronto, tengo a mi hija pequeña Maria enferma y llevo dos días sin pasar casi por casa.

 

Un rayo atronador sacudió los cristales de la puerta.

 

—Suba usted primero jefe—, dijo Cristina con sorna, que empiezo a estar harta de tener un par de ojos pegados al culo cada vez que subo una escalera.

 

En el primer piso se encontraron con dos policías que vigilaban la entrada a una sala. Dentro, y en torno a una gran mesa de madera, estaban sentadas cuatro personas, tres hombres y una mujer.

 

¡Qué mesa tan chula! ¿Será de roble?, pensó Ramírez, mientras sorteaba una amalgama de serrín y  vomitona que dificultaba la entrada al cuarto de baño. Dentro estaba Peláez, uno de los subinspectores de la unidad, fotografiando a un hombre tendido en el suelo, junto al inodoro y rodeado de un  charco de sangre.  La cara estaba ladeada y como consecuencia de la  caída, presentaba un fuerte traumatismo con heridas de sangre en la frente y en una de las cejas. Ramírez movió un poco el cuerpo y vio el arma homicida: un abrecartas de acero con empuñadura dorada, coronado por el escudo del Real Madrid, incrustado hasta el fondo en la espalda del cadáver. La expresión de la cara era de profundo estupor, ante una muerte que le había sorprendido mientras orinaba, tal como delataba la bragueta bajada y los pantalones mojados. Ramírez no pudo evitar una mirada de compasión, la muerte aunque constante en su vida, siempre le sobrecogía, nunca se acostumbraba.

 

—¿Se sabe quién ha sido?— Preguntó Cristina a Villalba, el inspector encargado de examinar la escena del crimen. Un hombre alto, moreno y de unos 45 años.

—No. Recibimos una llamada a las 22 horas y una persona muy nerviosa que se identificó como el guarda de seguridad, nos comunicó que había pasado algo horrible. Recogí a Peláez y nos vinimos para aquí. Cuando llegamos ya estaban los de la policía local, les había avisado la misma persona. En las instalaciones solo quedaba el consejo directivo, que se había reunido desde las 17h hasta las 21h. La hora de salida del personal es a las 18h 30m y a las 19 horas no quedaba nadie, puntualidad suiza. La última en salir fue la secretaria del fallecido que se marchó a las 20h.

—Y  los de la sala ¿quiénes son?— Preguntó Cristina.

—Son los directivos — contestó Villalba. Según han comentado, la reunión debería haber acabado a las 20 horas, pero se había prolongado, por lo que decidieron suspenderla para continuarla mientras cenaban juntos en un restaurante “El cerdo feliz” que está muy cerca de aquí, a unos 200 metros. He comprobado que la secretaria del muerto había hecho la reserva antes de marcharse.

—Siempre tan  meticuloso — Pensó Ramírez.

—Los cuatro directivos —continuó Villalba— al acabar la reunión recogieron sus carpetas y se fueron a sus despachos, todos ubicados en este piso. Después se reunieron en el rellano que hay al lado de la escalera, esperaron unos cinco minutos y viendo que el muerto no salía, uno de ellos, llamado Francisco Pascual y que se ha identificado como el director comercial de la firma, fue al despacho del fallecido que está al fondo del pasillo y al ver que no estaba, volvió hacia el rellano pensando que quizás estuviera en la sala de reuniones, entró, vio luz en el cuarto de baño contiguo a la misma y al acercarse se topó con el cadáver, salió gritando, el resto de los directivos corrieron hacia la sala. Una vez recuperados de la impresión, avisaron al guarda de seguridad que dio, jefe, como ya le dije, el aviso.

 

Ramírez apartó la vista de los ventanales por los que veía caer la lluvia y le  preguntó—¿Has hecho la ficha a los implicados?

—Aquí están mis notas con sus declaraciones —contestó Villalba — entregándole un pequeño cuaderno negro Moleskine.

—¿Tienes algún sospechoso?— preguntó Ramírez.

—Todos cuentan lo mismo, que ninguno vio ni oyó nada, que apenas habían pasado cinco o diez minutos desde que había terminado la reunión, cuando ya estaban todos en el pasillo y que todos son inocentes , lo de siempre.

—Oiga jefe,—reflexionó Villalba—, si tuviera que apuntar un sospechoso, yo no me fiaría del tipo moreno y delgado, está demasiado tranquilo y tiene una mirada dura, fría, que no me gusta nada. Por otro lado, quizás, dijo con el ceño fruncido, deberíamos descartar a la única mujer, una rubia cuarentona bastante resultona. El golpe con el abrecartas ha sido muy duro, hace falta mucha fuerza para clavarlo hasta la empuñadura, un poco más y le hinca el escudo, no estoy seguro de que ella haya podido hacerlo. Los otros dos están bastante asustados, no sé, jefe,  usted tiene mas feeling  y es más hábil  a la hora de analizar a los implicados, a mi todos estos estirados ecorbatados me parecen sospechosos.

 

Ramírez ojeó las notas que le había dado Villalba,  las acercó a la luz e intentó leerlas.

 

Que desastre— pensó — Cada día veo menos, no me va a quedar más remedio que usar las jodidas gafas de la farmacia.  Ramírez llevaba peleando tres años con su vista cansada, y  se había jurado no darse por vencido, mientras la longitud de sus brazos y un poco de imaginación, le permitieran ir  descifrando las cartas de los restaurantes y los informes de sus subordinados.

 

—Cada día escribes peor Villalba, no se te entiende nada y menos con esta luz de mierda — gruñó Ramírez pasando las notas a Cristina.

 Ésta le lanzó una sonrisa irónica y le dijo — jefe aquí  no es que haya poca luz, aquí lo que hay es mucha cabezonería, a ver si vamos aceptando la edad que tenemos.

—Otra vez la misma monserga, lee ya y deja de jorobarme— contestó Ramírez enfurruñado.

—Los sospechosos son cuatro directivos de la compañía Global Mortars. La mujer se llama Elena Parejo, directora de marketing, 42 años, casada, rubia de bote, vamos, teñida, esto jefe es de mi cosecha. Tres años en la empresa,  química y parece bastante resuelta.

—El más gordo es Emiliano Granizo,  director financiero, 41 años, economista, casado sin hijos, dos años y medio en la empresa. Está muy nervioso.      

El moreno delgado del que hablaba antes Villalba se llama Francisco Pascual,  49 años, director comercial, diez años de antigüedad,  separado, muy seguro de sí mismo.

—El último, el bajito calvo y rechoncho, se llama Fernando de la Vega, 54 años, casado, ingeniero de caminos, director técnico,  doce años en la compañía, está muy nervioso, parece bastante apesadumbrado. y  ha vomitado en la sala. Por el olor parece que ha comido cocido y aseguraría que maragato, la pota huele a berzas que tira de espaldas.

—Ya estás Villalba con tus toques gastronómicos —dijo Ramírez—. Anda Cristina, continúa y sáltate las especulaciones de este tragón.

—El muerto era Jorge o Jordi Oleguet, como usted prefiera jefe, ingeniero, 59 años, desde hacia año y medio gerente y consejero delegado de la empresa, parece que vivía entre Barcelona y Madrid. Se alojaba en el hotel Mirasierra en la calle Alfredo Marqueríe, le sonará porque es donde se concentra habitualmente el Real Madrid, y es que una está enterada aunque le traiga al fresco el fútbol.

—Hemos desplazado una unidad al hotel —interrumpió Villalba— para revisar sus pertenencias. También hemos llamado a su mujer. Nos ha costado localizarla porque estaba en Zurich. No parece haberla afectado mucho la tragedia;  iba a contactar con su hija, que vive en Basilea y vendrá lo más rápido posible. Global Mortars —continuó Villalba—  es una de las principales compañías de morteros especiales del mundo. Su capital es suizo—alemán, tienen la sede central en Zurich y son líderes en el mercado español. Eso es lo que me ha dicho el moreno, aunque debían estar bastante fastidiados con esto de la crisis, porque la máquina del café no te da palillos, raciona el azucar y en la del agua no hay vasos.

—Parece— interrumpió Cristina— que también están ligados a una de las principales constructoras del país, una de esas que últimamente salen tanto en la tele por lo mal que les va y la cantidad de Eres y despidos que hacen.

Sí —continuó Villalba—, la reunión, según me han comentado, era para analizar los resultados de la empresa y la evolución de las ventas,  que como consecuencia de la crisis estaban cayendo en picado. Y riéndose entre dientes le dijo: —me parece jefe, que aquí no va a encontrar usted muchos partidarios de Zapatero—.

Ramírez sabía que Villalba se despertaba todos los días con el programa de Jiménez Los Santos y aunque le jodiera, tenía que reconocer que para creer en Zapatero y sus recetas milagrosas, había que tener más moral que el Alcoyano.

—Con esto me vale  —cortó Ramírez bruscamente—, vamos a interrogarlos. Cristina búscame un despacho donde estemos cómodos y tranquilos. Por cierto, ¿quién está interrogando al guarda de seguridad?

—Miguel—, contestó Cristina, hace ya más de media hora que está recorriendo con él  todas las instalaciones.

 

Buenas noches caballeros— les interrumpió un hombre de mediana edad, grueso, de abundante cabellera y con gafas—, cada día se cometen los asesinatos a peor hora, no hay consideración con los sufridos funcionarios.

— ¿De dónde viene tan elegante, juez?— contestó Ramírez.

El juez Baltazar Berzón vestía un elegante traje oscuro, una colorida corbata de flores y una espléndida gabardina azul marino de Armani.

—Estaba en el Teatro Real a punto de comenzar a escuchar la ópera Rigoletto, cuando he recibido el aviso y por lo que veo es un simple caso de asesinato, nada de narcotráfico, ni de corrupción y encima qué me dicen del arma homicida, esto es una chapuza.

Ramírez le puso al corriente de los hechos, y acompañó al juez  a la escena del crimen  y éste una vez hubo realizado las diligencias oportunas, ordenó el traslado del cadáver.

—Quiero un informe mañana en mi despacho—, dijo mientras se ponía la gabardina. Esto Ramírez no le interesa a nadie, desengáñese la vida real es monótona y aburrida, no va a venir ni un vulgar reportero, ni siquiera una miserable cámara de televisión local, mi presencia aquí está de mas,  por lo que a ver si me da tiempo para llegar a la cena: He dejado plantados a mi mujer y a unos amigos. Teníamos previsto ir al Caripen  y no me quiero perder su magret de pato, es excepcional. Anímese Ramírez que le veo abatido, a ver si un día de estos compartimos mesa, mantel y una buena botella de vino.

—Jefe,  este sí que se lo monta bien— dijo Villalba mientras veía al juez Berzón desaparecer por la escalera. Nosotros somos unos tristes pringados, a estas horas de la noche ni siquiera hemos tomado un triste sándwich y el café de maquina agitado con el dedo es una bazofia.

—Como diría Sherlock, las facultades de deducción se agudizan con el estómago vacío, a trabajar — le contestó Ramírez sacudiéndose el desanimo.

—Por cierto jefe hemos registrado el despacho de Oleguet y quizás le merezca la pena echar un vistazo a esta nota. Ramírez la ojeó y guardó el papel en su bolsillo.

Cristina salió de uno de los despachos y le preguntó a Ramírez: ¿A quién hago pasar primero?

—Haz pasar al sospechoso de Villalba. En ese momento, Miguel el subinspector que había subido rápidamente la escalera, se acercó a Ramírez y le susurró algo al oído mientras recuperaba el resuello.

 

Francisco Pascual entró con paso firme y se sentó en una de las dos sillas que estaban detrás del escritorio, donde se había acomodado Ramírez.  Cristina estaba sentada junto a uno de los extremos de la mesa y dominaba lateralmente la escena.

 

—Ramírez hizo las presentaciones y le pidió a Pascual que explicara su versión de los hechos.

—Como Vds. sabrán, teníamos una reunión en la sala del consejo que se prolongó más de lo esperado, al final, se nos hizo tarde y Jorge, el
Sr. Oleguet, nos dijo que podíamos continuarla mientras cenábamos. Cada uno se fue a su despacho a recoger sus cosas y, en mi caso, aproveché para llamar a mi casa para decirle a mi hija que iba a llegar tarde. De allí me fui al despacho de Elena, que tenía la puerta abierta, la esperé y fuimos hacia el rellano que hay junto a las escaleras donde habíamos quedado, esperamos con los demás durante unos cinco minutos charlando sobre los temas tratados en la reunión. Como Jorge no venía, decidí ir a buscarlo y lo demás, ya lo saben Vds.

—¿Quién cree que ha podido ser el responsable?

—No lo sé, pero conforme hablen con el resto, irán descubriendo que Jorge no era muy popular, en mi caso, la animadversión era mutua. Frente a la Central tenía que justificar las caídas de las ventas y de los beneficios, de lo que hacía responsable primero a mí, después a la crisis y por último a Zapatero, por lo que no me extrañaría que estuviera pensando en despedirme. Ustedes saben que llevo diez años trabajando en la empresa y he conocido años buenos y alguno malo, pero es muy duro ver como todo lo construido en este tiempo, se va al garete por la imposibilidad que tienen ciertas personas de poder cambiar el rumbo del negocio. Se toman decisiones elementales de manual sin ninguna visión, se despide buena gente, colegas y amigos de hace mucho tiempo con un único criterio economicista y por último se racanea el gasto y se abandona a los clientes, ¿quién puede sentirse motivado en este entorno? El único mérito de Jorge, como en tantos otros casos de hombres de confianza, era ser amigo de la infancia del consejero delegado de Global Mortars en Zurich. No sabía nada de este negocio, ni del país, ni de su gente, pero el creía que sabía, que es lo peor y los suizo—alemanes al final podrán estar contentos de que no los arruine un desconocido.

—¿Algunos de los compañeros tenían motivos para asesinar al Sr. Oleguet?

—Estas reflexiones son sólo palabras y las palabras no matan, si tuviera que indicar alguien molesto, les diría que Jorge siempre estaba metiéndose con el director técnico Fernando de la Vega.  Es jomeinista convencido del Madrid y continuamente le estaba recordando el 2—6 del Barcelona. Le ridiculizaba siempre que podía. Si yo fuera él, ya le habría parado los pies hace mucho tiempo.

—En el caso de Elena, lo mejor es que les explique ella su relación con Jorge. No lleva mucho tiempo en la compañía y no encuentro motivos especiales para que pudiese cometer una cosa tan horrible.

—¿Ha reconocido usted el arma del crimen?

—No tengo ni idea de quien pueda ser, pero no deja de ser irónico que un culé tan convencido como Jorge sea asesinado con un objeto de la liturgia fetichista blanca. No lo había visto en mi vida, yo soy del Atleti aunque como buen atlético no me pregunten  porqué,

—Muchas gracias, le dijo Ramírez. Espere en la habitación con el resto de sus compañeros. Por favor compruebe sus datos y firme al pie de la página.

Salió del despacho y Ramírez miró a Cristina interrogándola con la mirada.

 

—Es posible, jefe, tiene carácter, tiene motivos. Estaba a punto de ser despedido y es el que se encontró el cadáver.

—Ya veremos…. Haz pasar a la mujer.  Ha dejado encima de la mesa un interrogante sobre su relación con el muerto.

 

Elena entró en el despacho, era una mujer muy atractiva, no una belleza, pero era del tipo de mujeres a las que la madurez les da una sensualidad especial. Se sentó en la silla, cruzó las piernas dejando a la vista dos bellísimas  y musculosas piernas. Ramírez no pudo evitar el mirarlas de soslayo recordando a Sharon Stone en  Instinto básico — Cristina miró a su jefe con una mirada mezcla de reproche y de celos.

 

Ramírez se retiró el pelo de la frente y se concentró en la cara de Elena,  pidiéndole que relatara los hechos. Elena le contó prácticamente lo mismo que Francisco Pascual..

—Según el señor Pascual usted y el muerto mantenían una relación especial. ¿Podría precisarla? Preguntó Ramírez con suavidad.

— No sé a qué se refiere — contestó con sorpresa Elena.

—Piénselo señorita, endureció la voz Ramírez, es mejor que me diga la verdad a que yo la descubra por otros testimonios.

Elena se movió inquieta en la silla, descruzó y volvió a cruzar las piernas para deleite de Ramírez, hizo una pausa y al final contestó.

—Puede que tenga razón, nunca segundas versiones han sido buenas. La realidad no es la que se imagina, no estaba liada con Jorge, es verdad que yo le gustaba, pero él a mí no, y a veces me hacía alguna insinuación. No es que yo sea una mojigata pero tenia 59 años, era aburrido y bastante torpe a la hora de ligar. Vamos que no era mi tipo. Llevo varios meses buscando trabajo discretamente, pero no por lo anterior si no porque la política de la empresa es recortar y recortar, no hay presupuesto para nada, estos tiempos en las multinacionales son malos para la creatividad y la innovación, no hay sitio para nuevas ideas, ni para gente joven, son malos tiempos para malos dirigentes y si no fíjese en la clase política que tenemos, si no fuera por la crisis, hacía tiempo que habría abandonado la compañía. Aquí no hay presupuesto para nada y Jorge era de los gerentes que sólo saben despedir y recortar . El marketing y yo sobramos.

—¿Es usted deportista? Preguntó Ramírez.

—Sí, ¿por qué lo dice? —contestó mosqueada Elena, ajustándose la falda con coquetería, Suelo ir al gimnasio dos veces por semana.

—Simple intuición. ¿Había visto anteriormente el arma homicida?

—No la verdad, sé que es un abrecartas extraño con el escudo del Real Madrid, pero hasta ahí llega mi afición al fútbol. Pregunte al resto de compañeros, ellos son todos aficionados, unos más que otros, pero casi todos del Real Madrid,  excepto Jorge que era un fanático del Barcelona. No sabe usted el suplicio que es aguantar las comidas de empresa con los hombres, cuando le dan al  monotema. De todas maneras, y sin que sea una acusación, a la única persona que veo capaz de comprarse una cosa así es a Fernando, su pasión es el fútbol y por encima de todas las cosas está su Real Madrid.

—Muchas gracias por su colaboración, por ahora es suficiente, espere junto al resto de sus colegas en la sala. Puede usted comprobar sus datos y firmar si está conforme con ellos.

 

Elena se levantó, leyó las notas de Cristina y firmó. Después salió con gran dignidad de la habitación.  Ramírez la observó con simpatía, le agradaba su fortaleza y su claridad de ideas, era una mujer muy interesante.

Jefe está usted cada vez peor, baje a la tierra y céntrese en los hechos.

—En ellos estaba centrado. Estoy ordenando la cadena de hechos y las consecuencias que se derivan de los mismos—¿qué piensas, tú que eres tan intuitiva?

—No se quede conmigo, que le conozco, contestó Cristina, —no es descartable, como usted ha señalado es deportista, lo que anula la observación de Villalba, tiene carácter, ¡quién sabe si es verdad la versión que nos ha contado!

 

El siguiente en entrar al despacho fue Fernando de la Vega. Estaba muy nervioso y según las notas de Villalba le habían tenido que dar un calmante.

—Ramírez le dejó acomodarse, esperó unos segundos y le preguntó:

—¿Tiene usted algo que decirnos sobre la tragedia que ha ocurrido? ¿Puede darnos alguna indicación, alguna pista, que nos permita aclarar lo que ha pasado?

Cristina se sorprendió del cambio de actitud de su jefe, parecía mimetizarse con el medio y ahora estaba adoptando la personalidad meliflua del interrogado.

—La verdad es que  no sé que decir, estoy terriblemente afectado por lo sucedido, nunca pensé que una cosa así  podría ocurrir aquí, en nuestras oficinas, no lo puedo entender.

—Estas cosas son muy desagradables y es duro tener que preguntar en esta situación, con el cadáver todavía caliente, pero no queda mas remedio,  tómese su tiempo y contésteme: ¿piensa usted en algún sospechoso?

Con voz trémula, Fernando contestó: — Primero tengo que decir que soy inocente, no soy capaz de hacer daño ni a una mosca. Es cierto que Jordi era muy difícil y que siempre me estaba chinchando con el Barcelona, que si el tiki—taka, que si Guardiola, que si Mesi es mejor que Ronaldo, que si el mundial lo ha ganado la cantera del Barsa,  pero yo en el fondo le apreciaba, no se lo tomaba en serio, sabía lo difícil que está la situación e intentaba ayudarle, convencerle de que nos arriesgáramos  e hiciéramos cosas nuevas, productos nuevos,  pero  simplemente  el no podía, tenía miedo a equivocarse, no conocía el  negocio, dudaba, no se fiaba de nadie, ni siquiera de Paco, es decir de Francisco, para todo había un comité y como consecuencia avanzábamos muy lentamente. Pero eso, como usted comprenderá, aunque reprobable no es motivo para un asesinato.

—Comparto su opinión — dijo Ramírez, pero piense, tómese su tiempo, alguien sí fue capaz. ¿Quién puede haber sido?

De la Vega se retorció las manos sudorosas y con voz apagada dijo, no sé si les puede servir pero quizás Emiliano el financiero pueda darles alguna pista, últimamente discutía mucho con Jordi, no sé que pasaba, pero los suizos estaban preocupados porque no cuadraban las cuentas y se hablaba de que podía haber incluso una auditoría.

—Gracias por su colaboración, una última pregunta: ¿había visto alguna vez el abrecartas que le causó la muerte al señor Oleguet?

— La verdad es que aquí no, pero lo había visto en la tienda del Real Madrid y había estado tentado de comprármelo, es una pieza de un gusto exquisito, de coleccionista, pero sabía que a Jordi no le gustaría, por lo que al final no me decidí.

—Una última pregunta: ¿ha comido hoy cocido, y para más señas, Maragato?

—Sí —contestó asombrado De la Vega. ¿Cómo lo ha sabido?, Suelo frecuentar un restaurante leonés del polígono.

—No tiene importancia, observar y razonar son dos constantes en mi vida, que no puedo dejar nunca de ejercitar, contestó Ramírez—. Puede marcharse. Por favor antes de salir no se olvide de firmar una vez que compruebe la veracidad de sus datos personales.

De La Vega abandonó la sala asombrado de la  capacidad de deducción del inspector encargado del caso.

—Jefe, se ha pasado— dijo Elena. Va usted demasiado sobrado, me está mosqueando, algo me oculta. Y otra cosa que me tiene que explicar es la manía de que comprueben sus datos y firmen que están conformes.

—Anda, no te enfades, que no hay que tomarse la vida tan en serio, lo de los datos a su tiempo, ya te lo aclararé, haz pasar al último, que empiezo a tener una idea clara de lo sucedido.

 

A los pocos minutos, entró un hombre grueso y sudoroso que tomó asiento con dificultad.

—Sr. Granizo, es usted el director financiero— comenzó Ramírez  y supongo que estará al tanto de datos que el resto de sus compañeros desconocen. Le ruego que sea lo más claro posible y me diga si hay alguna razón oculta que explique lo ocurrido.

—Los resultados económicos como usted se podrá imaginar no son los mejores, la realidad es que estamos perdiendo dinero y con las fórmulas tradicionales de recorte de gastos y despidos, no paramos la sangría. Los suizos se están poniendo nerviosos y la situación esta al borde del caos. Vamos como el país, de brote verde, en brote verde y en realidad de desastre en desastre.

— No será para tanto, repuso cortante Ramírez, —pero dígame, ha llegado a mis oídos que se estaba hablando de una auditoria, ¿Es cierto?

Emiliano Granizo se quedó petrificado, se ajustó las gafas y contestó— ¿Cómo se ha enterado? Esto es súper confidencial, no se si estoy autorizado a responderle.

Ramírez le miró fijamente y con tono duro, le dijo:

—Diga todo lo que usted sepa o me veré obligado a detenerle y trasladarle a la comisaría por ocultación de pruebas. Granizo se removió en el asiento, dudó, se desaflojó el nudo de la corbata y al final con voz cansada contestó.

—Está bien. Supongo que tarde o temprano ustedes lo averiguarán. Hay algún asunto escabroso en las cuentas personales del señor Oleguet, pero sobre todo hay un pequeño desfalco, falta dinero, unos 750.000 euros.

—Precise más. Le cortó tajante Ramírez.

—Bueno en realidad la tarjeta visa de la empresa, del señor Oleguet echaba humo, tiene 75.000 euros de gastos. Vamos, que la ha fundido en alguno de los locales nocturnos de Barcelona, y la justificación como usted se puede imaginar es como la del gran capitán, picos y palas, mas bien picos,

Cristina miró con disgusto a Granizo.

 Me vi obligado, prosiguió Granizo, a enviar un dossier a la dirección financiera del grupo y la verdad es que esperaba una auditoria interna esta misma semana.

Ramírez se quedó pensativo y le preguntó: ¿Esto lo sabe alguien más?

—Que yo sepa no, sólo lo habíamos comentado él y yo y aunque me había amenazado con represalias, si no tapaba lo de sus gastos, decidí seguir adelante y denunciarlo.

— ¿Y en lo relativo al dinero extraviado?

—Es un tema complejo y andan por medios varios cheques presuntamente falsificados, facturas cobradas en B, etc.….

—Ramírez cambió de tema ¿Había visto el arma del crimen anteriormente?

—No estoy seguro, dijo dubitativo Granizo, esta mañana cuando he estado en el despacho de Paco Pascual, he visto una bolsa del Real Madrid en uno de los laterales de su mesa y por el tamaño perfectamente podía contener el abrecartas.

Ramírez  le mostró el papel que le había dado Villalba, ¿le suenan estas cifras?

—Granizo volvió a colocarse las gafas y al ver el papel se quedó sorprendido, son cifras muy parecidas a las cantidades sustraídas.

—¿Le dicen algo las letras PP que están al lado de alguna de ellas?

—No tengo ni idea.

Gracias por su declaración ha sido de enorme utilidad. Compruebe sus datos y firme en señal de conformidad. Le ruego nos espere en la sala en breve me reuniré con todos ustedes.

Granizo abandonó la sala y Cristina rápidamente preguntó:

—Jefe ya tiene el motivo, ¿Pero se fía de su testimonio? No me gusta el personaje.

— La verdad es que nadie es trigo limpio y casi todos han levantado sospechas sobre los demás. Les vamos a dejar 10 minutos en la sala, para que se cuezan en su propia salsa y mientras nos tomamos un café que lo necesito.

Al cabo de un cuarto de hora los tres policías entraron en la sala, Cristina y Villalba  se sentaron junto a los cuatro directivos, Ramírez  permaneció de pie. Todos estaban expectantes. La vomitona había sido ya retirada aunque todavía quedaba el desagradable olor a berza, Ramírez se aclaró la garganta con un poco de agua y mirando a los presentes comenzó:

—De los testimonios de todos ustedes  se deduce que la situación de Global Mortars  era preocupante, siendo el ambiente general bastante conflictivo. En primer lugar, todos, unos mas que otros, tenían motivos para estar en desacuerdo con la manera de gestionar la empresa del fallecido, con el que apenas simpatizaban. Pero estas divergencias en ningún caso justificarían un asesinato. Segundo, el arma homicida es  insólita, un abrecartas del Real Madrid .Todos me han indicado que la única persona capaz de poseer un artilugio semejante era el Sr. De la Vega , madridista convencido. Éste puso cara de sorpresa y miró con rabia contenida al resto de sus compañeros. —Pero es demasiado obvio para, siendo tan notoria su afición,  asesinar al muerto con este objeto. Por otro lado El Sr. Granizo ha dejado una sospecha sobre el Sr. Pascual, al indicarnos que usted tenía una bolsa del Real Madrid en su escritorio.

—Puedo justificarlo—, dijo apresuradamente Pascual, —es un regalo para uno de nuestros clientes canarios, contenía una bufanda, se la entregué ayer y como soy tan descuidado  he dejado la bolsa en mi despacho—.

—Déjeme proseguir, le pidió Ramírez ya volveremos a este asunto. Tercero, todos ustedes pudieron cometer el asesinato, puesto que sus despachos están contiguos a la sala de juntas y separados entre sí por unos pocos metros. Todos estuvieron en ellos unos minutos, Según el informe del forense por la `posición y el ángulo de penetración del arma, el homicida casi seguro era diestro, por lo que podemos descartar a la Srta. Elena, ya que es la única zurda de todos los presentes, como pude observar cuando firmó en mi presencia—. Un suspiro de  alivio se escapó de los labios de la Srta. Elena y le lanzó una cálida mirada de agradecimiento a Ramírez.

—Esto me ha permitido ir reduciendo el número de sospechosos, pero la prueba definitiva es el papel que encontramos en la mesa del muerto y que curiosamente refleja tal como nos ha informado el Sr. Granizo, las cantidades de dinero que desde hacía tiempo se estaban desfalcando a la empresa. Supongo que usted,  Sr. Pascual, lo negará pero sabemos que viajaba con frecuencia con el Sr. Oleguet por motivos de negocio, y según el testimonio del guarda de seguridad, algunos días que habían salido tarde, les había visto alternar juntos en un club cercano al polígono. Pero lo más esclarecedor son  unas iniciales hechas con pluma que ponen PP junto a alguna de las cifras. Al principio no daba con la tecla, pero rápidamente me di cuenta de que varios de ustedes llamaban Paco al Sr. Pascual, luego blanco y en botella, es evidente que las iniciales se referían a  Paco Pascual.

Villalba viendo el sesgo que estaba tomando las deducciones de Ramírez se levantó rápidamente para  ponerse al lado de Pascual. Todo indica,  Sr. Pascual, que es usted el culpable—Prosiguió Ramirez.

 —Pascual se levantó bruscamente y dijo con voz alterada—Es cierto que he tomado alguna copa con el Sr. Oleguet  y puede que tenga algún problema para justificar mis gastos, pero yo no he sido, créanme no estoy tan desesperado, no he robado nada.

Villalba cogió fuertemente a Pascual del brazo, pero una mirada de Ramírez le hizo soltarlo.

—Puede usted prestarme su pluma Sr. Granizo. Gracias es muy bonita  y escribe bien, dijo mientras anotaba en el papel de las cifras dos letras “PP” casi idénticas a las originales, Granizo se movió inquieto.

Siento decirle al asesino que sólo se le ha escapado un pequeño detalle. El muerto como hemos podido comprobar no usaba pluma y tampoco ninguno de ustedes, salvo el Sr. Granizo, que para no verse implicado en el robo del dinero que llevaba perpetrando desde hacía dos años, organizó este asesinato ante la posibilidad de que la auditoria y las sospechas del Sr. Oleguet, le llevaran a la cárcel.

Granizo se levantó negándolo todo, pero Ramírez ordenó con un gesto a Villalba que lo detuviera. Granizo se vio acorralado e intentó escapar, pero Villalba se abalanzó sobre él y con la ayuda de Cristina le redujo fácilmente.

Una vez hechas las diligencias oportunas, Cristina recogió su paraguas y se dirigió hacia la salida con Ramírez

—Jefe ha  estado genial, la puesta en escena  ha sido formidable y lo de la pluma ha sido increíble Es usted el nuevo Sherlock Holmes del departamento, ¿como se le ha ocurrido?,

Durante el interrogatorio me puso en alerta su intención de a echar tierra sólo sobre Pascual, que era el sospechoso natural , tampoco era normal el haber tardado tanto en enterarse de los desfalcos,  pero sobre todo —dijo mientras se ajustaba el nudo de la corbata aprovechando el reflejo de la bruñida campana del Hall, lo que me permitió esclarecer el asunto, lo que me iluminó, lo que me abrió los ojos, fue, Ramírez hizo una pausa, lo que me susurró Miguel, antes de comenzar los interrogatorios,— jefe hay una cámara de televisión escondida que controla el pasillo de la primera planta,

—El Sr. Oleguet por lo visto, prosiguió Ramírez, era un paranoico de la seguridad y el control, por lo que había hecho instalar hacia sólo dos meses sin que lo supiera nadie un sofisticado sistema de vigilancia, con cámaras en todas las oficinas..

 Miguel revisó las cintas y pudo ver como al finalizar la reunión, salían todos los directivos de la sala, excepto el muerto, a continuación vio entrar al Sr. Granizo con un objeto punzante en la mano y salir casi inmediatamente, dirigiéndose apresuradamente a su despacho, sin el objeto punzante.

—Es usted un canalla y un vacilón jefe— Nos ha tomado a todos el pelo y yo que creía que era usted un genio de la investigación— le dijo Cristina mientras se reía y hacia un amago de darle con el paraguas en la cabeza.

—Como diría el juez Berzón, querida Cristina, la vida real, no tiene sorpresas, contestó mientras se terminaba de ajustar con coquetería el nudo de la corbata, es sólo sencilla y a veces vulgar rutina, dijo, mientras hacia sonar la campana.

Anda, le dijo sonriendo no te enfades, ¿me perdonas si te  invito a cenar?

  

                         


© José Ramón Domínguez Bidagor


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