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Crónica de la venta El Calabrero
por Pepe Ortega


Incluido en el libro conmemorativo de la
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas


                            

  No son de picadura venenosa. Sólo muerden, pero mis padres me enseñaron que cuando aparece una, hay que matarla. Cuando era pequeño, me contaban historias de haber encontrado culebras en la cama buscando el calor en invierno. “Cuentan que una mujer que amamantaba a su niño, se despertó una noche y en lugar de mamarle el niño, tenía agarrada al pecho  una culebra”.

  No se si es una fobia ancestral de la gente del campo o se trataba de prevenir a los niños, de un posible peligro.
                    
                           “si la víbora viera
                            y el sacre oyera
                            no habría hombre
                            que al campo saliera”.

  “El Bigotes” les tiene un odio muy especial. Cuando aparece una, el pelo se le eriza y culebra que aparece, culebra que mata. Las deja huir para que se confíen. Él corre a su lado ladrando escandalosamente y les muerde por la mitad y sacude la cabeza a uno y otro lado. Esto les produce una rotura de espinazo y ya no pueden seguir reptando. Les ladra y las vuelve a coger y soltar una y otra vez. A veces, es tan intensa y prolongada la sacudida, que se marea y se cae.

  Cuando la culebra ya está destrozada, sigue moviéndose, entonces hay que quitársela de la vista y enterrarla, o así estará horas y horas, hasta que deje de moverse.
  “El Bigotes” no tiene pedigrí ni curriculum. Es de mediana estatura, pelo color canela y morro negro carbón. De ahí su nombre de pila. Pero el lenguaje universal de su rabo, el de sus orejas y los diferentes tonos de sus ladridos, están llenos de matices.
  Mi madre suele comer con nosotros pero se levanta de la silla continuamente. Va y viene sin parar, quita y pone platos o comida y jamás deja de hacer cosas.

  Un día muy caluroso, estábamos terminando la comida y mi madre entró de la calle gritando.

─¡Una culebra! ¡Una culebra!

   Salimos todos corriendo a la calle. Mi hermano Alfonso y yo llegamos rápidos a su altura. Reptaba con rapidez en dirección a las ruinas de la bodega vieja, junto a los aljibes.  De pronto, se revolvió estirando su cuerpo hacia mi rostro. Fue un movimiento rápido que casi me llega a la cara, después siguió su carrera hasta meterse entre unos viejos sillares de piedra que todavía se conservaban y que habían servido de soporte de los antiguos conos de madera.

  “El Bigotes” ladraba y metía la nariz  entre los sillares. Olfateaba y cambiaba a otra hendidura, dando varias vueltas al conjunto de sillares. Nosotros armados de cañas y palos, pinchábamos entre las piedras para que saliera.
  Una de las veces que “bigotes” estaba olfateando con toda su nariz metida entre dos piedras, se retiró aullando. La culebra le había mordido y dos puntos de su negra nariz sangraban. Esto le enfureció más si cabe, mezclando ladridos con gruñidos lastimeros por el dolor. Por fin ante el acoso de los palos y las cañas, salió por un lado cerca de mi padre. La cogió de la cola, y la lanzó estrellándola contra la pared. Casi sin llegar al suelo la cogió “bigotes” y con el pelo plantado como el alambre, la fue sacudiendo y destrozando poco a poco…
  Volvimos a terminar la comida, mientras “bigotes” seguía ladrando. Al cabo de una hora, le quitamos los restos de la culebra y los enterramos, sin que él supiera donde, de lo contrario hubiera escarbado para seguir machacando la cola del reptil que baila y baila sin parar…

  Nunca pude tener un pájaro en cautividad. Teníamos jaulas para perdices pero mi padre jamás se ocupaba de estas cosas. Para el los animales son seres libres y viven al natural. Realmente él también era así y así contemplaba al resto de seres vivientes, excepto los de la casa.
  Una vez vigilé un nido de gorriones. Primero observaba los huevos, después vi los polluelos sin plumas, que al sentir mi presencia habrían de par en par su pico, esperando la comida que sus padres les traían incansablemente.
  En mis visitas diarias los vi crecer, hasta que temiendo que un día desaparecieran, me llevé la jaula de perdices al lugar y los metí en ella, incluyendo el nido. El espacio entre los alambres era suficientemente grande como para que sus padres siguieran alimentándoles, pero para evitar que escaparan les até una de sus patas con hilo a los alambres.
  Todos los días les llevaba trigo y un pequeño recipiente con agua limpia. Un día al acercarme a la jaula, se me heló la sangre al ver en el interior de la jaula, enrollada como una ensaimada, una culebra. Cuando reaccioné solo pude contemplar su veloz huida. Salí corriendo detrás de ella pero la perdí de vista.
  Volví a la jaula y se me saltaron las lágrimas. Los pajaritos estaban empapados de una especie de saliva y sus pequeños cuerpos estaban como estirados. Su longitud se había triplicado. La serpiente había intentado tragarlos pero el hilo atado a los alambres lo impidió. Con los ojos inundados, corté los hilos y los enterré. Me sentí triste e imbécil. Yo tenia la culpa. ¡Maldita culebra!
 
En otra ocasión mis hermanos consiguieron tener un jilguero en jaula adecuada, durante una semana.  Los días despejados colgaban la jaula en una alcayata de la pared de la bodega, para que disfrutara del esplendido sol de la mañana. La alcayata estaba a una altura de más de tres metros por seguridad. Pero los gatos de la venta eran verdaderos tigres acostumbrados a cazar, no solo ratas sino pájaros y hasta ardachos.
  Un día uno de los gatos fue sorprendido agarrado a la jaula y con una de sus garras introducida por entre los alambres, había matado a nuestro alegre jilguero.
  Ya nunca más lo intentamos, entre otras cosas porque mis padres lo prohibieron.
  “Si algún pájaro ha de morir que sea por las leyes de la naturaleza. Nadie tiene la culpa si se dejan cazar por un gato, o por un gavilán, o se mueren de frío”.

 

 La vida en el campo es una vida en soledad pero el individuo adquiere una profunda conciencia de si mismo. Tiene mucho tiempo para pensar en sus limitaciones y sus posibilidades. Él se hace las preguntas y él se las responde. Sueña, pero entre tanto con su esfuerzo transforma la realidad para su modesto beneficio. La vida le demuestra a cada paso, que si quiere algo, lo tiene que hacer él.  Sólo obtiene ayuda de los grandes aliados de la naturaleza que, su inteligencia, su férrea voluntad y una mezcla de amor y crueldad, los transforma en sus colaboradores. Ama a las plantas y los animales porque ellos le ayudan a conseguir lo que necesita. De ellos obtiene carne, leche, huevos, queso, lana, fuerza motriz, aceitunas aceite, trigo, arroz, harinas, frutas, hortalizas.
  A su vez, él trabaja como una bestia y les alimenta, les educa, les somete a sus leyes, les cultiva, les mima, les protege. “El ojo del amo, engorda al caballo”                        

“Cuando el español canta
o está jodido
o poco le falta”
 “Cuando el español canta
su mal espanta”.

  Los agricultores trabajan duro, pero cantan. En cuanto se juntan más de uno, charlan, se ríen y cantan. Cuando trabajan solos, le hablan al caballo,  al mulo o al ganado, y cantan. Muchas horas al día, muchas semanas trabajando y sudando, en medio de una aparente soledad. Pero ellos no se sienten solos. Están rodeados siempre de plantas y de perros, gatos, pájaros, caballos, mulos, cabras. Ovejas. A los animales les ponen nombres propios. Les hablan y cantan.

  “Vino la muerte a mi lao
le dije que te quería
y allí me dejó plantao”.

   Mi padre canta mientras trabaja. Se diría viéndole que todos los esfuerzos que hace, son leves para el. Nada es demasiado. Suda a diario pero canta. 

“Tengo el gusto tan colmao
que si me llega la muerte
aquí la espero sentao”.

  Maneja la azada, la hoz, el hacha o el arado, como se maneja un plumero quitando el polvo. Como se maneja una caña cogiendo almendras. Siempre puede hacer un esfuerzo mayor que el anterior.
  Nació  el 12 y es de la quinta del 33. Se fue a la guerra voluntario y allí terminó su master en sociología, filosofía y ciencias políticas.

─Pepe, lleva cuidado con la política que es muy puta, me dijo en los 70 cuando me vio participar en el ayuntamiento de Villena.

  Sabe como es la vida y como es la naturaleza humana. Está de vuelta de las cosas.
  Hoy, hay mucha gente que está de vuelta, después de no haber ido a ninguna parte
  Es un escéptico, al tiempo que entusiasta de los aconteceres del mundo, de ayer y de hoy. Con las lógicas precauciones que la dictadura impone, oye en las noches radio pirenaica, la BBC de Londres, radio Andorra y radio nacional. Comenta el acontecer del presente y lo contrasta con lo vivido ayer. La tercera republica y la guerra civil española son para el, lo que acaba de pasar, el inmediato pasado, sus recuerdos están frescos, los comenta y los razona.

─ Pepe, parece que te está dando la risica, ¿tienes frío?

  Son preguntas que se hacen sabiendo la respuesta.
 Asiento con la cabeza. La bufanda tapándome la boca, se humedece por mi respiración y se queda tiesa. Las manos me duelen.

─   Pepe ya es un hombre, con nueve años ha recogido todos los sarmientos de la venta.

  Los sarmientos que voy recogiendo detrás de dos podadores de viña tienen escarcha. El delantal de lona que protege mi ropa esta mojado y empieza a llegarme la humedad hasta la ropa interior. Llevo una vieja chaqueta de mi padre, cruzada a tope y atada con un vencejo. La chaqueta me llega a las rodillas y las mangas se recogen para sacar las manos.

─Ahora cuando lleguemos a la punta, nos liamos un cigarro y encendemos una hoguera.

  Cuando llegamos al final de la viña, los hombres encienden una hoguera enorme. Si no llevas cuidado las llamas te queman el pelo de las cejas. Cuando las manos están tan heladas no se deben acercar al calor del fuego porque duelen mucho. Lo mejor es meterlas en las axilas y soplarlas juntas.
 Los hombres lían su cigarro, y charlan…

─Aquí hace frío pero donde más frío he pasado en toda mi vida fue en el frente de Teruel, en invierno. Allí se te helaba el moco dentro de la nariz. En el invierno del 38  pasamos  más de 50 días sin cambiarnos la ropa. Nos hacíamos pequeñas chabolas con la nieve helada, les hacíamos un agujero al fondo y encendíamos fuego dentro.

  Recuerdo que a veces encontrábamos alguna gente a punto de morir. Cuando el frío empieza a vencer a las personas, se van doblando sobre si mismos hasta que se encogen en cuclillas sobre la nieve. Les cae el moco y se congela. Poco a poco les va apareciendo una falsa sonrisa. Los músculos de los pómulos se encogen y parece que sonríen. Es la siniestra sonrisa previa a la lenta congelación y la muerte.
 Los cogiamos de los brazos entre dos hombres y sus piernas seguían encogidas sobre el abdomen. Los llevábamos a una casa o almacén cubierto habilitado como enfermería y allí los médicos, trataban de salvarlos.
  Los médicos aconsejaban a las tropas, como actuar con un helado. Jamás acercarlos al fuego. El brutal cambio térmico puede romperles vasos sanguíneos que están helados o en avanzado proceso de congelación y morir con terribles dolores. Lo mejor era quitarles la ropa mojada, cubrirles con mantas, sobre todo los pies y frotarles las extremidades con alcohol, darles un trago de café o malta caliente, coñac si hay, y una vez recuperados ya se pueden acercar al fuego.
  “Si se encuentra a un helado, lejos de un lugar cubierto y se le da coñac puede experimentar una rápida mejoría, pero el efecto dura poco y si no hemos llegado a un lugar cálido, seguro que se nos muere en las manos”.
Mi padre al calor del fuego respondió:

─Una noche otro hombre y yo nos perdimos por el desorden que reinaba en el frente.      

  Deambulando por un camino que apenas se adivinaba por la gruesa capa de nieve, encontramos una paridera, abrimos la puerta y estaba completamente abarrotada. Nos colocamos junto a aquellas gentes y poco a poco empujando lentamente conseguimos penetrar unos metros hacia adentro. Estábamos absolutamente empotrados unos junto a otros con peligro de aplastamiento, sin embargo nadie protestó.
  Cuerpo contra cuerpo, fui entrando en calor. Estábamos tan apretados que cuando me inundó el calor que entre todos producíamos, me quedé dormido de pié, era tal la piña de cuerpos que era imposible caer al suelo.
  Allí les llamaban parideras de ganado. En realidad se trataba de una especie de pequeños corrales  donde guardaban el ganado de cabras y ovejas, sobre todo los chotos.
  Aprovechando un brusco cambio de nivel entre dos parcelas de terreno, habían hecho unas excavaciones en el talud de tierra de la parcela mas alta hasta conseguir un espacio de 30 o 40 metros cuadrados, con paredes de tierra a la que se le colocaba una puerta y unos palos con chapas de hojalata y gavillas de sarmientos en forma de techo.

─Una noche dormimos en una de ellas un grupo de diez soldados y un teniente.

  Con las primeras luces del amanecer  del día siguiente fuimos saliendo a hacer nuestras necesidades por el entorno. Había una espesa niebla. El ultimo en salir fue el teniente y al volver comentó “se esta despejando la niebla, recoger vuestras cosas que nos vamos”. De pronto, oímos ruido de motores, ¡”la aviación! ¡Que no salga nadie”!
  El teniente se abalanzó sobre la puerta pero no pudo impedir que saliera corriendo un muchacho de Jaén. Pasaron por encima de nosotros 15 bombarderos en formación de tres en tres.
  Probablemente, los observadores de los bombarderos sospecharon que éramos un puesto de mando, o algo así. La carrera del muchacho alertó a los ”pavas” B-52. Unos bombarderos gigantes con toneladas de bombas en su vientre. Al tiempo que pasaban fueron soltando algunas bombas que hicieron temblar el suelo y nos hicieron ver de cerca el rostro de la muerte. El repiqueteo de piedras y tierra sobre el frágil techo desfiguraba nuestro rostro.
Dos interminables minutos. Aplastados contra el suelo, la vida pende  del azar. Si acierta una, se acabó. Cuando terminaron de pasar las aeronaves salimos a buscar al muchacho. Lo encontramos despedazado cerca de uno de los enormes socavones  de las bombas.
  ¡Maldita suerte! Supimos que era él, por algún trozo de su faja roja y un tramo de la cadena de su reloj de bolsillo, que todavía colgaba de su roto chaleco.  Sólo pudimos hacer un hoyo profundo, arrastrar sus desperdigados restos, y enterrarlos….

  Las crónicas de guerra de mi padre eran más interesantes que muchas películas, que después conocí.  En ellas había personajes con nombre o apodo, historias de ciudades y hechos que vividos y contados por él nos dejaba boquiabiertos.  Teruel, Albarracín, Villalba baja,  Mora de Rubielos, Rubielos de Mora, Barracas, Segorbe. En estas ciudades le ocurrieron cosas que nos contaba con todo lujo de detalles, que  quedaron imborrables en mi memoria.
  Visité después, con cuarenta años, Albarracín y fue como volver a una ciudad ya conocida.

─¡No señor! Me dijo un vecino en un bar, ¡esto no es Albarracín!
─¡Esto se llama alberracin!

  En esa ciudad permaneció mi padre bastante tiempo sirviendo como ayudante de panadero y cocinero con un paisano llamado, Cristóbal “el cocinero”. Este hombre fue propietario, antes y después de la guerra, de un prestigioso restaurante en la calle “corredera” de Villena.

                                   

No conocí a “la chispa” era una perra que vivió parte de la guerra con mi padre en Albarracín. Es una “ratonera” de pelo negro con lunares blancos. Lista, inteligente y ágil como un rayo. De ahí su nombre. Cuando suenan las sirenas que avisan de la llegada de la aviación, ella es la primera en bajar las escaleras del horno, a toda velocidad, estrellándose muchas veces contra la tela metálica de la parte inferior de la puerta de la calle. Sabe el significado terrorífico de ese sonido, y conoce bien donde están los refugios bajo tierra.
  Cuando se descuelgan las bombas  desde  los aviones, comienza un terrorífico silbido que después de unos segundos acaba en un enorme estampido que hace vibrar la tierra. Ese silbido se mete en el cuerpo de los ocupantes de los refugios, como un lento cuchillo.
  La “chispa”, refugiada en el regazo de mi padre siente lo mismo y jadea con la lengua fuera, como aliviándose del terror, después de cada explosión. Los compañeros de mi padre se divierten provocándola, simulando robar alguna de sus pertenencias. Entonces ella se lanza contra el fingido ladrón y le muerde las botas como una leona. Con su corta estatura no puede llegar a morder más arriba de los leguis.
  Su pequeño tamaño, le permite entrar entre la coscoja y hacer salir a los conejos que los soldados cazan fácilmente en las horas de calma.
  Guadalajara, el cerro de los Ángeles, el Jarama, el cerro de los Ángeles, Belchite, Teruel, y muchos otros. Son lugares donde se produjeron encarnizadas batallas, de la guerra civil. El frente de batalla en Teruel, avanza y retrocede  durante varias semanas. Se conquista una posición pero varias veces, a las pocas semanas, se tiene que abandonar por la intensidad de los ataques.
  En retaguardia de los frentes, la logística o la intendencia y el abastecimiento de alimentos se ve obligada con frecuencia a abandonar a toda prisa su posición.
  La orden llega al mismo tiempo que los camiones.

  ─¡¡¡Retirada!!!

  Todos corren como locos a coger lo imprescindible.  
  En pocos minutos, personas, armas y enseres deben estar cargados y salen del lugar como alma que lleva el diablo. Si alguien se despista se puede quedar en tierra.

 ─ Chispa! ¡Chispa! ¡chispaaa! ¿Donde esta la chispa?

Los camiones arrancan y mi padre se agarra a la trasera de uno de los últimos camiones,
Chispa se ha despistado y se queda abandonada a su suerte….
Jamás  volvió a verla…

  Andrés Martinez Azoran, alias “bufanda”.
 Sólo le vi llorar cuando murió mi hermano Alfonso y después ante el cuerpo sin vida de mi madre.
  Por eso me sorprendió tanto verle los ojos húmedos, en la puerta de la pensión, “la salvadora”

─Hola padre. ¿Que te pasa?
─Me acaban de contar una cosa que... ¿Recuerdas que  te hablé de una perra que yo tenia y que perdí en la guerra?
─¡Claro que me acuerdo, la chispa!
─“Pues uno de Villena, de los que estuvo conmigo en Teruel, me ha contado que ha hecho un viaje con el Inserso y han estado en Segorbe y paseando por el centro de Segorbe vio un furgón rotulado con: Joaquín Cabrera. Segorbe.

  Esperó un rato hasta  que un muchacho joven llegó a coger el furgón. Entonces le preguntó.

─¿Tú eres el dueño del furgón?
─Si,  ¿porque lo pregunta?
─Verá es que conocí en la guerra a un tal Joaquín cabrera de Segorbe, pero claro, aquel tendría mi edad.
─Ese es mi padre.
─¿Pero vive todavía?
─Si, si, si usted quiere le llevo a verlo. Él vive conmigo.

  Joaquín Cabrera ya no recordaba su cara. Habían pasado cincuenta años.

─¿Tu eres Andrés bufanda el de Villena?
─No, yo soy Vicente. Andrés vive todavía y sigue en Villena.
─¡Vaya hombre!, ya no recordaba tu cara. Es que al nombrarme Villena pensé en Andrés, porque ¿recuerdas la perrica que tenia? Pues alguien me dijo, que había visto a la perra junto a los escombros de la casa donde hacían el pan. Un bombardeo destruyó la casa y la perrica al no encontrarnos, esperaba entre los escombros todas las noches. Enganché el carro y fui a recogerla. La perra tuvo crías y se murió de vieja en mi casa. Varias veces pensé que si alguna vez volvíamos a vernos le daría un cachorro a Andrés, pero la vida no nos ha dado ocasión.
─“Fíjate, que casualidad, que al cabo de cincuenta años he tenido noticias de que “la chispa”, no acabó mal, estuvo bien cuidada y tuvo cachorros…

  Cabizbajo, pensativo, un poco encorvado, Andrés “bufanda” tuerce por la esquina de la calle Luis García, hacia su casa. Perdió a “la chispa”. Después perdió a Dolores, su mujer, a su hijo mayor, Alfonso. Ha perdido parte del oído y la visión. Ha perdido el carro, la mula. Ha perdido el campo.

  Él y los de su generación, se ilusionaron con una España moderna, avanzada, culta y rica, y se encontraron después de una guerra, de la noche a la mañana, con una España pobre y rota en sus pueblos, en sus hombres y en sus almas. Él y los de su generación, cargaron sobre sus espaldas a esa España, y la trajeron hasta aquí. En silencio, con un esfuerzo descomunal, necesitaron pocos médicos, pocas escuelas, ningún instituto, ninguna universidad. Jamás cobraron el paro, ni obtuvieron subvención alguna.

  Poco a poco, con “el ocaso”, ellos se pagaron hasta el entierro.
  A la mayoría, les queda una mísera pensión. A sus mujeres, ni siquiera eso.
  Ahora vive solo con otra perra “la toska” su paso todavía es firme, pero el siglo veinte le va doblando la espalda…

  

                         


© Pepe Ortega


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