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Atacama
por Gloria Viviana Echeverría


Accésit categoría Internacional

4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 

15 de diciembre de 1536


Qué suerte tuve de que me enseñara a escribir, que ni mi padre sabe, ni siquiera Don Diego de Almagro sabe. Ya sé que fue porque a usted le enseñaron las monjas, al no gustarle bordar ni tocar el piano, ¡pero fuimos tan pocas en Murcia las niñas que tuvimos acceso a la lectura! Quizás usted supiera que algún día iba a ser la única forma de comunicarnos. Y aunque  lo haga lentamente, y que no sepa si esta carta llegará, ni si lograremos pasar este Despoblado de Atacama, donde ya nos falta todo, tengo la esperanza de que haya recibido las que le envié en secreto.

No entendí la decisión de mi padre de apartarme de ustedes y traerme a este viaje tan peligroso. Quizá los culpó de la muerte de mi madre, o fue  por la inquina que siempre les tuvo, por haberse opuesto al amor que tuvo por ella. Será algo para que usted me explique, si vuelvo de este viaje de tormentos. No lo habrá querido hacer antes porque yo era muy pequeña, y con mi padre no puedo hablar de cosas de familia. Las evita.

 

20 de diciembre 1536

Todos están quietos. Es cerca del mediodía, y la gente transpira debajo de los tamarugos, el único árbol que se encuentra acá. El cielo está cristalino, dicen los indios que jamás llueve. Solo caminamos cuando baja el sol y el frío es un cuchillo. Sería imposible hacerlo de día en este desierto.

Antes de partir de Cuzco, a pesar de mi llanto, mi padre mismo cortó mi cabello y me hizo usar ropa de varón. Nos hizo jurar que no divulgaríamos que yo era una niña, a mí y a María Congo, la negra que a partir de ese momento duerme en nuestra tienda, y se encarga de cortar mi pelo,  atender mis necesidades y las de mi padre.

¡Me pregunté tantas veces si no había forma de que usted me mandara a buscar! ¡La extraño tanto! Para reemplazar a mi muñeca Juana, yo usaba un atadito de ropa vieja,  pero debía cuidar de que mi padre no me viera. Ya la muñeca dejó de interesarme, prefiero andar a caballo. Los únicos niños que hay son los que nacieron este año de las yanaconas, y algunas ya están preñadas otra vez. Yo voy de acá para allá, trato de no hacerme notar demasiado. Estoy muy delgada, y como soy pequeña, mis catorce años no se notan, paso muy bien por un muchachito.

Tengo entendido que el Capitán Diego de Almagro siempre se opuso a que mi padre me trajera a esta expedición que se presentaba tan fácil, conquistar Chile, que según los incas, estaba lleno de oro, fundar ciudades, volver con gloria a España, Pero no solo mi padre era su lugarteniente, sino también su amigo, y lo convenció.

Yo estaba bien al salir de Cuzco, pero enfermé gravemente al cruzar las montañas. Lo hicimos en pleno invierno. No sé cuánto tiempo pasó, cada tanto me despertaba con un sopor que hacía zumbar mi cabeza, y sentía los paños tibios, aromáticos a planta verde, en mi frente. Sólo María cambiaba mi ropa, empapada de sudor a pesar del frío. Veía entre sueños al Padre Antonio, que cada tanto me administraba la extremaunción.
Luego me enteré de que fue mejor que no viera lo que habíamos pasado: perdimos a ciento cincuenta de los nuestros, y cientos de yanaconas y negros  que murieron de frío porque andan descalzos. Muchos soldados lo pasaron mal: al sacarse las botas, caían de ellas los dedos congelados. Una noche se murieron setenta caballos y una cantidad de servidores. Solamente andando podían mantener el calor, y cuando se detuvieron, exhaustos, los ganó el hielo, y quedaron jalonando la montaña estatuas transparentes.         

Terminé de despertar, escuálida, cuando llegamos al valle a esperar refuerzos. Le volví a pedir a mi padre, llorando, que me enviara con usted, pero fue inútil, y ya era tarde. La enfermedad me había quitado las fuerzas, pero no el odio hacia él.

Yo escucho todo, abuela, pasó desapercibida entre los soldados, estoy aquí y allá, oigo los planes, voy entendiendo. Mi padre me enseñó a andar a caballo, para que pudiera huir en caso de necesidad, eso y escribir es lo que único que me gusta de esta vida.

Recuerdo con terror la estadía en el valle. A pesar de la bondad de su clima, y de que había alimento y agua,  no nos quedaban muchos indios porteadores. Casi todos habían muerto de frío en el cruce de las montañas. Otros huyeron, llevándose caballos, llamas y pertrechos, el día en que cruzamos un río durante un día entero sin salir del agua, donde perdimos también muchos animales ahogados. Atraparon a algunos fugitivos, ayudados por los perros, y luego les dieron fuego, por orden de Almagro, como castigo ejemplar, pero creo que yo también huiría, porque estos indios comen mucha mala ventura, les dan por cama el suelo, los negros veladores no los dejan mover de noche por miedo a que huyan y les zurran con palos por nada. Si alguno se queja de estar cansado o enfermo, no es creído ni tiene otra cura que golpes,  y pierden vigor y aliento, y dejan los cuerpos sin ánimas en las cadenas. No sé porqué el Padre Antonio Solís permite semejantes pecados.

Entonces hubo que salir a cazar indios en las aldeas, para que llevaran los bastimentos, porque no eran suficientes los que nos quedaban, para cargar todo. Los cazaban como a animales y los llevaban encadenados por el cuello.

Fue crudo el cambio que tuve que soportar, abuela. No solo los niños lloran. Al principio me asombraba ver llorar a los hombres. Ahora me acostumbré, porque hubo muchos heridos desde que salimos. Me acostumbré a la sangre, a las flechas que aparecían en la carne desgarrada, a los huesos que asomaban rotos por la piel. María y otras dos negras ayudaban en esos casos, vendando, poniendo emplastos. Nuestros hombres son muy valientes, los veía apretar los dientes sin un grito cuando les acomodaban los huesos. Pero más lloran las mujeres. Las indias gritan distinto y angustioso cuando muere su marido o un hijo, y eso es peor que el llanto, me resuena de noche en la cabeza aunque no las oiga.

Cada enfrentamiento con los indios es igual de sangriento. Aunque haya sido victorioso, como en Reynogüelén donde los mapuches se asustaron tanto de ver a los nuestros con caballos, armaduras, espadas. Pero fue de las primeras. Repuestos del asombro, ya no nos temen.

 

3 de enero de 1537

Cierro los ojos para imaginarme que estamos hablando, que te estoy contando mi viaje en barco hasta Cuzco, a caballo hasta Chile, el cruce por la nieve, la estadía en el valle amenazado por los mapuches, y este regreso de desilusión para los hombres, de esperanza para mí.

 De no faltarme nada, fue faltarme todo. Hoy estaría contenta solamente con un poco más de agua, con un poco menos de calor.

Me imagino contándote de cuando nos topamos con los mapuche del sur. Fue cuando Almagro y su ejército se dieron cuenta de que el sueño de los indios mansos para servidumbre también había sido errado: estos mapuches son tan indómitos que prefieren morir y matar a sus hijos antes de perder la libertad. Nos emboscaban, enviaban pequeñas partidas, nuestros hombres salían a perseguirlos, y ellos caían sobre el campamento casi desprotegido. Tenían informantes entre nuestros yanaconas.

 

6 de enero de 1537

Dicen los soldados que Diego de Almagro se siente envejecer. Se convenció de la falta de oro en Chile, y llegó una partida de Cuzco dándole la noticia de que recibiría la Gobernación de Nueva Toledo. Entonces decidió volver. Eso me llena de esperanzas. Los capitanes no querían pasar las penurias de la cordillera de nuevo, entonces la única vía posible era este Despoblado de Atacama donde el cielo calcinante y cristalino no nos permite marchar sino unas pocas horas. Se nos terminaron los víveres y el agua que traíamos, porque no hay indios para cargar las pocas fanegas de maíz.

Todo es muy difícil para mí, pero lo peor es ver cómo los soldados, locos de sed y hambre, atan a las indias paridas a la montura de sus caballos para tomar la leche de sus pechos, dejando a los hijos calcinarse en el desierto, solos, alimento de los buitres. 

Llorando, apelé a mi padre para que lo evitara. Me explicó con paciencia que Almagro, además de perdonarle las deudas a los soldados, debía permitirles algunas licencias. No les había podido pagar sus salarios, porque las partidas de Cuzco no llegaron, y todavía falta un trecho del camino. Las promesas de que volverían cargados con oro no habían podido cumplirse. Él no podía hacer nada.

 

15 de enero de 1536

Nunca vimos lluvia en este desierto. El suelo es duro, crestas de piedra, los hombres han forrado las patas de los caballos, de las llamas y de los perros, que andan con botas, algunas de metal, otras de cuero. Dos veces hemos encontrado aguadas. Entonces nos detuvimos, cargamos los odres y todo lo que pudiera contener líquido, pero el agua es salada. Ayer, torbellinos de tierra avanzaban en columnas y se perdían en las nubes.

Siempre salimos muy temprano, antes del amanecer, para evitar el calor que nos paraliza durante el resto del día.

 

25 de enero de 1537

Vi cuando Álvaro de Sevilla, el más andrajoso de todos los soldados andrajosos, levantó a una yanacona por la fuerza, arrancando a su guagua de sus brazos, para subirla a su caballo. Tuvo la misericordia de no tirarlo como hacían los otros: se lo arrojó a una india de más edad que venía cargando pertrechos. Con los pocos indios que nos quedan, no podía la pobre mujer cargar al niño. Ellas llevan las vituallas de sus maridos. El destino del chico hubiera sido morir de hambre y de calor.

Llorando, le pedí a María Congo que rescatara al niño abandonado. Mi padre me vio tan triste, que accedió a que María lo trajera a nuestra tienda.  Hay una  india, Urpi,  a la que ya no llevan los hombres a sus tiendas porque dicen que contagia el mal de ultramar. Caminaba sola con su hijo. Eso la salvó de estar atada a una montura. La yanacona enferma amamanta al niño cuando llora, y yo lo tengo mucho en mis brazos, aunque me tenga que quedar adentro, en este calor de asadura. Mi padre no quiere que me vean con él, dice que parezco una mujer.

 Escuché que María y Urpi se reían hablando de la enfermedad. Me parece que no es cierta.

Cuando puedo pasar disimulada, y Álvaro de Sevilla se aleja, hago que María se acerque a su caballo y le muestre a la madre su hijo. Le llevamos algo del caldo que hacen en el campamento. No sonríe. No puede mover los brazos. Llora en silencio. Quisiera desatarla, abuela, pero ¿adónde iría la desdichada? Si están mejor las indias de servicio. Por lo menos las alimentan un poco más que a los porteadores, que solo comen maíz seco.
Si usted vuelve a verme, creo que no me reconocerá. Tengo la piel cobriza, los labios hinchados y resecos, estoy delgadísima y mis ropas son jirones, como las de todos los de aquí, desde el Adelantado Almagro hasta el último de los yanaconas.

Pantanos, ríos desbordados, temblores de la tierra y montañas que echan humo. Del oro, de las ciudades, de los sirvientes, de todo lo que ansiaban Almagro, mi padre y los soldados, nada.

 Nuestra comida, un caldo, casi todo agua salada con alguna salamanqueja, o vizcacha, que puedan traer los indios. No he llegado a beber orina, como casi todos los demás. Mi padre reserva un poco de agua para mí. En la misa que el padre Antonio celebró hace unos días, habló del execrable pecado del canibalismo. No sé si los indios, parados atrás de nosotros, entendieron algo de su sermón. Se dicen algunas cosas.

Llegó una partida de hombres de Cuzco, y confirman que solo son dos o más días de camino que nos faltan. Nos enteramos de que la situación en Cuzco es peligrosa, los incas están asediándola. Nos enteramos de que los mismos incas habían hecho correr el rumor de que había oro en Chile, para que salieran expedicionarios, y dejaran Cuzco desabastecida. Eso le faltaba a mi padre para terminar de sumirlo en la melancolía que traía.

 

30 de enero

Hoy mi padre me vio llorando porque la madre de Llaki desapareció. No la vimos atada al caballo a la mañana. La noche de caminata fue muy fría. Quizás Álvaro la haya arrojado del caballo. En estos últimos días, sin darnos cuenta, mi padre y yo comenzamos a hablar. No es malo, pero parece creer que de verdad soy varón. Veo en sus ojos orgullo cuando llego a caballo. Me cuenta de combates, mientras acuno a Llaki, que me mira callado desde el fondo negro de sus ojos negros hasta que se duerme, y yo pierdo el hilo de luchas y soldados, mirando la paz de su carita marrón. Cuando me vio llorando, se acercó a mí y me abrazó, cosa que no había hecho nunca, y yo me sentí bien allí dentro de la cueva cálida y raída de su ropa, y lloré más, como no había llorado, por el niño huérfano, por la india muerta, por mí, tan sola. Entonces él habló. Me pidió perdón por haberme sacado de Murcia, y me juró que me enviaría de vuelta con ustedes, en el primer barco seguro que saliera. Que Cuzco no era un lugar seguro para una niña, dijo. Y que podría llevar conmigo a María y a Urpi para alimentar al niño.

Si le llega esta carta antes que yo, abuela, sepa que ya estamos más cerca. Estoy triste de dejar a mi padre, porque está solo y me necesita, pero tengo la esperanza de que vuelva a España alguna vez y seamos una familia.

 

 

                         


© Gloria Viviana Echeverría


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