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Radiografía de un mentiroso incompetente

por Javier Martínez Sáenz de Urturi


Accésit categoría Construcción

4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 

En numerosas ocasiones he oído eso de que la realidad supera a la ficción. Pues bien, ahí va resumida en ocho puntos la radiografía de un personaje con el que lamentablemente he tenido que trabajar:

1. Cabezón Recalcitrante: El apelativo de cabezón bien podría referirse a la terquedad de la persona, pero no. En este caso se refiere al descomunal volumen craneal del sujeto. Un volumen llamativo, grotesco, que hace pensar en alguna clase de patología hipertrófica. Ese gigantesco paralelepípedo amorfo que corona penosamente un cuerpo igualmente contrahecho. Y luego está el concepto “recalcitrante”. Este sí responde, obviamente, a su condición de criatura terca y obstinada. Un ser capaz de violar las más absolutas leyes de la razón con tal de intentar ganar una discusión. Por muy estúpidas e inverosímiles que sean ―que lo son, doy fe― sus reclamaciones económicas, por mucho que pruebes la fragilidad de sus argumentos o la inviabilidad de sus propuestas, por muy eficazmente que desenmascares la más irracional de sus mentiras, el Cabezón Recalcitrante seguirá empeñado, invariablemente, en conseguir alcanzar sus más absurdos objetivos fraudulentos.

2. Fisionomía inarmónica: Dada su hipertrofia craneal, difícilmente iba a poder la naturaleza dotar de una armonía de formas al despropósito que es su rostro. Tratando inútilmente de ocupar el espacio del abrupto lienzo extra grande que se desprende por la fachada frontal de su cabeza, nariz, boca y ojos se pierden en la inmensidad facial. Ciertamente, habría que ponderar por 1,7 los componentes de su cara si se quisiera conseguir algo parecido a una proporcionalidad geométrica.

3. Expulsión salivar constante: Como si de un aspersor se tratara, el espécimen objeto de estudio tiende a regar con constantes disparos salivares todo lo que se halla en su radio de acción. Se ha observado que esta tendencia incontrolable y asquerosa ―es realmente sorprendente el tamaño y la densidad de algunos de sus esputos accidentales― alcanza su momento de máximo apogeo cuando el sujeto se pone nervioso y se ve acorralado. Es entonces cuando sus babas realmente inundan el espacio. Y en este punto cabe señalar que, aunque sus disparos más mortíferos sean ocasionales ―pero llamativamente numerosos―, la acumulación de burbujeante baba blanca en las comisuras de los labios nunca lo abandonan.

4. Mentiroso compulsivo: A pesar de proceder con una torpeza sublime a sus intentos de engaño, se puede decir con toda seguridad que el chico es un mentiroso compulsivo. Parece recurrir casi maquinalmente a este recurso táctico para contestar cualquier pregunta de la que pueda obtener el más mínimo beneficio. La mentira es, indudablemente, el punto fuerte de su estrategia de combate, pero la utiliza con tal falta de ingenio, tal falta de cálculo y anticipación, que resulta casi bochornoso el descubrirle en público. El Cabezón Recalcitrante es capaz de obviar las más elementales leyes físicas ―como quien pretende convencerte de que ha metido tres litros de agua en estado líquido en una botella de capacidad para litro y medio, o que ha excavado un agujero con una profundidad de un metro cuando el estrato a excavar sólo dispone de 30 cm de espesor― para tratar de obtener algo de dinero extra. Las discusiones con este personaje son constantes y, finalmente, consigue convertirse en un ser odioso a despreciar. Realmente, tratar con él te hace pensar en la ingenuidad ―o incompetencia― de un individuo que parece proyectar sobre su contrario, en este caso, mi equipo y yo mismo, esa misma ingenuidad ―o incompetencia―. Valiente imbécil.

5. Gangosidad: Si es que para colmo el tío es gangoso. No solo hay que soportar sus mentiras, sino que su gangosidad procura a las mismas cierto carácter de incomprensibilidad, una suerte de neblina gutural que empaña la limpieza del sonido, despojándolo de la adecuada claridad oral y convirtiéndolo en poco más que en una difusa línea verbal transportadora de palabras manchadas.

6. Indecorosa camiseta de licra: La desafortunada elección de esta prenda de vestir es algo que se me antoja incomprensible. Una prenda excesivamente ajustada que parece pintada sobre su torso precario, dejando perfectamente definidas sus fláccidas tetillas y la patética protuberancia perezosa que es su tripita fofa y ridícula.

7. Pose homosexual: Efectivamente, su postura en estado estático evoca la imagen del más divino de los maricones ―que nadie se ofenda, sólo me gusta la fuerza sonora del concepto―. Parece sinceramente que este cabezón recalcitrante es un homosexual inconfeso. Como si en su interior anidara cierta tendencia sexual invertida que se niega a reconocer. Una homosexualidad latente que se manifiesta en ademanes sutiles y amaneramientos varios, en una pose que he observado con anterioridad en otros gays reconocidos: la forma de apoyarse en un solo pie ligeramente atrasado, la delicadeza con que su mano abierta se posa sobre su barriguita ociosa, la caída sutil de unos hombros relajados y amasados, la sonrisita perturbadora que sostiene en su informe cara de ladrillo, etc.

8. Reloj futurista: Este pobre hombre no solo es un mentiroso y un desgraciado, un timador ingenuo e incompetente, un estúpido gangoso engreído y probablemente homosexual ―lo que no sería un signo negativo si tuviera coraje para reconocerlo―, sino que además no tiene gusto. Primero la ridícula camiseta de licra y ahora esto: un reloj digital plateado de dimensiones superlativas que con extrañas formas oblicuas y sinuosas decora su muñeca para horror del observador.

 

Conocido el personaje, vamos con la anécdota…

Todo gira en torno a una arqueta de fecales. Un gran agujero de registro recién construido: oscuro, profundo, pero no tan maloliente como cabría esperar. Aquí estamos, el Cabezón Recalcitrante y yo acuclillados al borde del abismo, mirando con recelo el fondo de este elemento de saneamiento necesario que si bien acaba de ser conectado a la red de fecales general, inevitablemente arrastra el desagradable carácter escatológico que su propio nombre le procura. Toda una mañana de trabajo nos ha traído hasta aquí, y ahora no sé si empujarle al fondo de la arqueta o no. Porque, muy a mi pesar, lo cierto es que ha sido otra de esas mañanas en las que las ironías destructivas apenas disimuladas han dominado el diálogo, una de esas colaboraciones de trabajo insanas en las que la paciencia de uno es llevada hasta el límite de empezar a considerar razonables ciertas pulsiones psicopáticas.

En un momento dado, cuando el Cabezón empezaba tímidamente a insinuar lo que a fin de mes iba a convertirse en una reclamación de no sé cuántos mil euros por una ridiculez de trabajo no contemplado en el proyecto, le he comentado:

―Tu inteligencia supina se debe a que tienes un cromosoma de más, ¿verdad?

―¿Supina?

―Supina.

―Bueno, sí. No me puedo quejar.

―En la última certificación pretendías cobrar tres mil euros de medios auxiliares por la colocación de cinco carteles de señalización y unos cuantos pivotes.

―¿Y qué?

―Viendo vuestra precaria forma de trabajar, yo diría que son los medios los que piden auxilio.

―¿Qué?

Pero empecemos por el principio. A primera hora he llegado a la obra para descubrir al Cabezón Recalcitrante supervisando la ejecución de una solera armada mediante el dudoso sistema constructivo que él consideraba adecuadamente ergonómico. Con manifiesta economía de medios, los encofradores a sus órdenes vertían el hormigón sobre una superficie absolutamente vacía ―excepto por los residuos alimenticios de un merecido y copioso almuerzo, que poco a poco iban quedando cubiertos por el vertido― hasta alcanzar un espesor más o menos razonable, luego, irregulares retazos de mallazo electrosoldado eran lanzados casi al azar sobre la masa grisácea mientras dos operarios con sendas botas sumergían a pisotones las metálicas redes hasta una profundidad en la que quedaban oportunamente ocultas.

―¡¿Qué demonios se supone que estáis haciendo?! ―he preguntado a modo de saludo al Cabezón, que ya señalaba diligentemente y de puntillas dónde arrojar el siguiente retazo de armadura.

―Una solera de hormigón armado ―ha contestado impasible.

No he podido evitar advertir que llevaba puestas unas zapatillas deportivas rojas ultramodernas; un calzado escandalosamente llamativo que en un profesor de aeróbic apenas resaltaría pero que en este personaje de cuerpo fofo y subdesarrollado resulta de lo más irrisorio.

―Eres consciente ―he añadido― de que el solape entre mallazos ha de ser de cincuenta centímetros por lo menos, ¿verdad?

―Un artículo de la nueva normativa europea sugiere este método constructivo como fórmula viable para acotar tiempos e incrementar el rendimiento.

―¿Has estado ensayando previamente esta respuesta o efectivamente has sido capaz de elaborar de forma espontánea semejante excusa refleja?

―¿Qué?

Esto ha sido el comienzo del día. Aunque debo admitir que en un primer momento me ha sorprendido gratamente su mentira ―tan ingeniosa como inequívocamente falsa―, dada la torpeza habitual con la que suele acometer dicha práctica. A partir de aquí, todo ha ido a peor.

―Manda parar a la hormigonera ―he indicado al Cabezón, que ya mostraba su premeditada expresión de sorpresa e inocencia antes incluso de escuchar mi orden―. Ah, y esas zapatillitas que llevas no son calzado adecuado para la obra.

Esto último sí le ha molestado.

Fecales; adoro la fuerza del concepto. La precisión con que le pronunciación de la palabra nos remite directamente a la producción intestinal. Con esa misma precisión he tenido que ir desbaratando cada intento de engaño del Cabezón a lo largo de la mañana. Hoy es el día en que se ha conectado la red de fecales general con el nuevo recorrido subterráneo que hemos construido. Cinco grandes arquetas y ciento cincuenta metros de tubo de PVC. Nada del otro mundo, todo relativamente sencillo. Ahora, después de haber medido el recorrido de los tubos ―no hace falta decir que la disconformidad en lo referente al trazado real de las tuberías nos has llevado a una fuerte discusión que finalmente ha sido resuelta a mi favor cuando he señalado que las marcas en el asfalto delimitaban perfectamente las zanjas realizadas para albergar los tubos―, toca revisar cada arqueta para confirmar que se han ejecutado correctamente. Otra vez, la discusión está servida.

Acuclillados alrededor de la última arqueta, la tapa de fundición abierta, digo:

―En ese lado de ahí no habéis quitado el encofrado.

―¿Qué? ¿Dónde?

―Ahí ―señalo con el dedo―, todavía está puesta la madera del encofrado.

―Ah, pues yo no veo nada.

―Asómate un poco más.

Aquí es donde visualizo por primera vez ―esta mañana― cómo le lanzo al fondo de la arqueta y luego cierro la tapa. Se asoma y dice:

―Ah, sí, igual tienes razón. Habrá que quitarla.

―Sí, habrá que quitarla.

Juro que nada me resultaría más delicioso que escuchar sus desesperados gritos de auxilio ahogados por la profundidad del elemento, la tapa cerrada y los coches circulando por encima con absoluta normalidad.

―¿Y esas escaleras? ―digo―. ¡Pero si deben faltar por lo menos dos escalones abajo del todo!

―Es que el tipo del consorcio de aguas nos lo pidió así.

―No me cuentes milongas, por ahí no hay Dios que suba.

―Nos lo pidió así, lo juro.

Segunda visión de cómo lo empujo y se estampa contra el fondo. Ahora que sé que ni siquiera sería capaz de volver a subir por las escaleras para intentar abrir la tapa, la opción de lanzarle abajo me parece más tentadora todavía.

―En ese caso ―digo―, a pesar de ir en contra de los deseos de ese fiel trabajador del consorcio de aguas que prefiere saltar metro y medio para alcanzar el primer escalón con lo brazos estirados y emprender la escalada hacia el aire puro del exterior, vais a tener que colocar dos escalones más en la parte inferior.

―Si lo crees necesario…

―Para que una persona normal pueda subir y escapar del hedor fecal sin tener que batir el record de salto de altura.

En lugar de contestar, ha preferido desviar la cabeza y emitir un sonoro chist de desacuerdo.

―¿Hay algo que quieras decir? ―aquí la ira creciente va apoderándose del tono de mi voz.

―Eh, no no, nada.

―Porque si tienes algo que objetar, sólo tienes que decirlo.

―Sí, claro ―dice con un tono de desdén que no sé si es intencionado o no.

―No, en serio ―digo con la sonrisa más afectada que puedo forzar―. Y si no baja para abajo e intenta subir. Prueba que me equivoco.

―Tal vez luego.

Intento fallido, una pena.

―¡¿Qué es eso?! ―continúo descubriendo defectos―. ¡Pero si el fondo no está rematado!

―¿Eh?

―¡El puto fondo de la arqueta está sin rematar, toda la mierda se va a quedar acumulada en esos montículos de mortero!

―No, no. Así es mejor.

¡¿Cómo te atreves?!

―En serio, el del consorcio… eh, la normativa dice… ―se inclina hacia delante acercando el rostro al agujero, ligeramente apoyado sobre las puntillas de sus ridículas zapatillas, el brazo extendido para señalar con el dedo índice las profundidades de la arqueta mientras mantiene un complejo equilibrio en vaivén jugando con las cargas de su inmensa cabeza y su culo sobrealimentado―, la norma dice que la misma presión del agua irá moldeando el fondo de forma correcta, según el recorrido natural del agua.

Es en este preciso momento cuando algún vecino tira de la cadena del baño de su casa y una descarga de agua contaminada irrumpe, salpicando la pérfida mano del Cabezón Recalcitrante que sigue señalando el fondo, en la arqueta. Es en este momento cuando el Cabezón gira hacia mí su rostro deformado por el asco y me mira a los ojos; entonces sé lo que debo hacer.

 

                         


© Javier Martínez Sáenz de Urturi


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