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Desastre

por Fernando Ramos

 

Segundo Premio categoría Construcción

4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

El hombre ha evolucionado mucho desde que pisa la tierra:

ha perdido pelo y alguna uña de los pies.

 

Antonio salía del centro comercial con una sensación contradictoria: por un lado contento con su flamante nuevo juego de palos de golf, incluida la bolsa trípode tope de gama, y por otro lado preocupado por tener que explicar tal desembolso en casa.

Antonio había empezado con las clases de golf con la esperanza de jugar algún día con todos los amigos, colegas o familiares que habían salido jugadores de golf a su alrededor como champiñones en el bosque. Todo el mundo le hablaba maravillas de la práctica del golf: lo divertido, relajante, social, incluso “cool” que podría llegar a ser.

Después de la tercera clase decidió comprarse un hierro seis para practicar las lecciones por su cuenta. Con esa intención recorrió los veinte kilómetros de autopista hasta el centro comercial, conduciendo su todoterreno veintiséis centímetros más largo que su plaza de garaje, y caminó los doscientos metros hasta la tienda de deportes que le llenaba cada mes el buzón de casa con ofertas de equipamiento para todos los deportes que existen en el planeta.

Enseguida le atendió una rubia embutida en un minivestido, en el que se deformaban las letras del nombre de la sección. La rubia siempre sonriente le vendió a Antonio un juego completo de palos, bolas de entrenamiento, bolas de competición, los zapatos de Tiger, dos polos, dos bermudas, dos toallas, un paraguas, fundas para las maderas y por supuesto la bolsa trípode donde guardaría todo. La rubia sin parar de sonreír le regaló a Antonio varios accesorios que colocó en el bolsillo especial de la nueva bolsa trípode, mientras explicaba su utilidad.

Otra vez en el aparcamiento del centro comercial caminó los doscientos metros y colocó la compra en el maletero del exagerado todoterreno, acomodando el triciclo, la bicicleta, los cincuenta metros de cuerda de escalada, la cuna parque, la maleta de la moto, los patines de los niños, la lámpara del cuarto de baño y la paellera para doce comensales. Todos estos artículos se habían ido acumulando en el maletero del todoterreno durante cada una de las actividades programadas de los últimos fines de semana y Antonio sabía que ya formaban parte del vehículo como los asientos o el volante.

Antonio se imaginó estrenando sus palos de golf, impecable, incluso reluciente, en el hoyo dos del campo que quedaba a ciento veinte kilómetros de casa, pero eso sí, casi todos de autovía. Entonces se dio cuenta que para completar su equipación, faltaba el guante de cuero blanco impar que había visto a todos los grandes en la tele. Se bajó del coche, caminó los doscientos metros hasta la tienda, pensando a partes iguales en la sonrisa de la rubia vendedora y en una explicación para su mujer. A los veinte minutos le atendió Néstor José Méndez Restrepo según decía su placa identificativa, disculpándose porque los guantes talla L estaban agotados, y los XL también, pero los talla M que ahorita estaban agotados, vendrían la semana que viene.

Recorrió los doscientos metros hasta donde empezaba la marcha su enorme todoterreno, que alguien había encontrado con las llaves puestas y la puerta abierta. Para intentar detener la marcha del motor 4x4 de más de doscientos caballos, arrojó lo primero que encontró, y se arrepintió en el momento que veía volar su pantalla táctil con ocho gigas, gps, teclado predictivo y bluetooth. A pesar del despliegue tecnológico, fue inútil para detener el todoterreno, que aceleraba haciendo chirriar las ruedas, sin preocuparse demasiado de que Antonio todavía no le había terminado el rodaje.

Antonio recogió del suelo alguna de las piezas de su móvil smartphone y se fue a buscar una cabina. Llamaría a su mujer, Arancha seguro que entendería lo ocurrido, a lo mejor omitiría algún detalle sobre el vestido de la vendedora rubia, pero le contaría todo lo demás. De nuevo recorrería los doscientos metros de aparcamiento, pero ya no por los pasos de cebra, sino que trazó en su mente una línea recta que le unía con la puerta principal del centro comercial y se propuso a recorrerla.

Cuando llevaba recorridos casi los doscientos metros, no vio que por su derecha se aproximaba, en dirección contraria a la que marcaba la flecha blanca del aparcamiento, un mini descapotable amarillo, sobre el cual, como bandera ondeaba una larguísima melena rubia. El golpe permitió a Antonio terminar los doscientos metros, pero el cambio brusco de velocidad lo acusó el traje impecable de raya diplomática, que perdió una manga y como si quisiera quejarse de los malos modos sufridos, presentó una raja desde la entrepierna hasta el calcetín. El calcetín apareció después de que el zapato italiano avanzara más que Antonio y llegara hasta una rejilla del aire acondicionado y quizá algo más, porque se perdió de vista.

Antonio se incorporó para comprobar que la vendedora rubia y la conductora eran la misma persona pero esta última sin sonrisa. La que no tenía sonrisa, se bajó del coche, mezclando sus gritos con los de Paulina Rubio, que aún seguía cantando por los altavoces del mini amarillo a todo volumen. Entre todos los que acercaron para ayudar a Antonio, también debían estar el que se llevó la cartera y el que se llevó el reloj.

Mareado, cojeando del pie descalzo y sin tener claro cómo se había resuelto el tema del atropello: si era el culpable y si pagaría el retrovisor amarillo a juego con la carrocería, volvió a oír chirriar las ruedas de invierno de su todoterreno y giró la cabeza justo para ver como se empotraba contra el escaparate de la tienda de electrodomésticos, que había al lado de la de deportes. También pudo ver a los que recogían del escaparate abierto televisores, ordenadores y maquinas de café expreso.

Enseguida se dio cuenta que ahora si le entraría el todoterreno en la plaza de garaje, incluso le sobraría sitio para la moto, como a él siempre le hubiera gustado. Llegó al todoterreno y abrió el maletero, comprobó que seguían sus compras, aunque ahora ordenadas de otra forma.

Se dispuso a colocar en el orden anterior todas sus pertenencias. Sacó la paellera y el drive de cabeza extra grande de titanio, que habían quedado encima de la cuna parque abierta. A su espalda se escucharon insultos de lo que parecía una pelea, se dio la vuelta con el tiempo justo para ver como se le abalanzaban dos hombres.

En el rápido análisis que hizo, tuvo en cuenta el aspecto fiero, el descomunal tamaño y que los insultos claramente se los dirigían a él. También incluyó la pistola que empuñaban de la que lo primero que destacaba era un inquietante agujero negro. Al de la derecha le paró con la paellera en la cabeza y al de la izquierda le propinó un golpe en el costado con el palo de golf, en el que aplicó todas las clases que había recibido.

No tuvo mucho tiempo de disfrutar de su perfecto swing, porque todo se volvió blanco cegador mientras escuchaba una campana en el interior de su cabeza.

***

Con un ojo entreabierto, porque el otro no podía abrirlo, pudo ver la imagen borrosa de unos zapatos negros cerca de su cara, desde los que se levantaba una persona en perspectiva. Tenía la boca seca, por lo que le pareció oportuno pedir algo de beber al propietario de los zapatos. Otra vez el blanco cegador y la campana dentro de su cabeza.

***

Cuando se despertó, no reconocía donde estaba, desde luego no era el centro comercial, la luz era artificial y olía a medicinas. Ese olor le era inconfundible, estaba tumbado boca arriba en la cama de un hospital. A la izquierda de su cama había una percha con dos bolsas de lo que parecía suero y antibióticos, a la derecha dos policías de espaldas, armados como para defender el palacio real.

Notaba la cara inflamada por lo que mientras recuperaba la consciencia, supuso que era un buen momento para comprobar si existían daños físicos. El balance: le faltaba dos incisivos y un colmillo de la mandíbula superior y le quedaban algunas muelas en la inferior, respiraba con dificultad porque se le clavaba alguna costilla, la pierna izquierda paralizada y con una venda adornada con dos círculos rojos, lo que se imaginó la entrada y salida de la bala.

Los policías de espaldas observaban la televisión donde aparecían imágenes panorámicas de un centro comercial y superpuesta sobre la esquina superior de la pantalla la fotografía de Antonio unos años más joven. Luego aparecieron los alrededores del hospital general con un primer plano de una señora obesa de avanzada edad, acariciando un perro minúsculo, sobre un letrero de “Vecina de Antonio”. Finalmente apareció en pantalla una señora diminuta con el subtítulo de “Madre de Antonio”.

Cuando los policías subieron el volumen se pudo escuchar la explicación del incidente basada en que su hijo era el más desastre de todos los hermanos, que no llamaba, que siempre andaba en sus cosas y que ni siquiera era capaz de avisarla y así poder salir adecentada por la tele. Y por supuesto también se escuchó la pregunta de en qué cadena saldría.

Los sonidos de la televisión se interrumpieron por un timbre ensordecedor, que todos los de la habitación tardaron en comprender que era el teléfono fijo del hospital. Uno de los miembros de la pareja de rambos, dijo tres veces sí antes de pasarle el auricular a Antonio. Como el cable del aparato alcanzaba menos que un palmo desde la pared, Antonio tuvo que incorporarse lo suficiente para que las costillas le recordasen los últimos acontecimientos.

Sin poder respirar por las punzadas del costado, mucho menos pudo articular palabra, pero no fue necesario porque desde el otro lado su jefe en un monologo, le explicó que llevaba media hora esperando, que el proyecto era un desastre y que se dejara de gilipolleces e hiciera el favor de presentarse de inmediato. La respuesta que dio Antonio fue algo parecido al sonido de una hormiga que derrapa al pasarse de frenada, pero su jefe no pudo oírla porque ya había colgado antes de terminar su propia frase.

Volvió a sonar el teléfono, volvió a decir si tres veces el armario disfrazado de policía y Antonio volvió a adoptar la postura del ecce homo para poder contestar. Arancha, su mujer, le felicitó porque ese día tenía un hueco después de pilates y spinning y antes de gap. Le dijo que aprovecharía ese hueco y se acercaría a verle, pero que le habían estado toda la mañana llamando al móvil y que le había fastidiado la clase de arte. Que por favor recogiera él a las niñas que la cuidadora estaba solicitando papeles por cuarta vez esa semana. Que Anita tenía caballos y que Inés tenía piano. La respuesta de Antonio fue un suspiro que se escuchó menos que el ruido de la maquinaría de su cerebro al imaginarse  cómo se podrían meter en su nuevo todoterreno más compacto un piano de cola y un brioso corcel.

Antonio se tumbó de nuevo en la cama, cerró los ojos y se le apareció su viejo profesor con el mismo gesto que Colón el descubridor pero apuntándole a él. El maestro repitió el vaticinio que le hizo a los diez años cuando Antonio no había entregado los ejercicios de lengua de la semana pasada: su vida sería un completo desastre. Desde entonces siempre le resonaban en la cabeza las palabras del profesor cuando le sucedía algo bueno. Antonio inspiró profundo y dibujó en su cara lo que sería una sonrisa si hubiesen quedado más dientes.    

 

 

                         


© Fernando Ramos


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