índice del número


La Reforma

por Juan de Molina

 

Primer Premio categoría Construcción

4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

 

Porfirio Mendizábal no podía creerse lo que le estaba ocurriendo. Hacía ya años que controlaba su vida. Estaba instalado en una cómoda bonanza sentimental y económica. Sus tres hijos estudiaban y su mujer hacía horas extras para ayudar en la educación de éstos, y ahora estaba ahí, ahogado en polvo y pensando en el divorcio.

Todo comenzó con una sugerencia, una frase al albur lanzada al viento en la languidez de la tarde. ¿Por qué no cambiamos el cuarto de baño? —le había dicho ella como de pasada, solazándose en la terraza del balneario frente a las brillantes cumbres de Sierra Nevada.

Era el modo de ser de Quintiliana Cortés y el tipo de cosas que a Porfirio le desagradaban en ella. Él la había invitado por sorpresa a pasar un fin de semana en Lanjarón. Ella se lo merecía por sus desvelos. Habían hecho el amor durante la siesta y habían juntado las tumbonas en la amplia explanada que miraba a la sierra. El sol de la incipiente primavera doraba sus cuerpos, el cielo estaba azul y, en medio del dulce sopor, él le buscó la mano desmayada y se la apretó con ternura, sólo faltaba que la liviana, cálida brisa que bajaba de los cerros los envolviera en las notas de una sonata, pero ella rompió el hechizo, y la música seráfica que habría de acompañar el enamorado estrujar de los dedos, se tornó en bronco chirriar de enmohecidos goznes cuando ella respondió al entregado apretón con su prosaica pregunta.

—¡Por Dios, Quinti! ¿Te has vuelto loca?— fue la respuesta de él, que había soltado la mano de su esposa con un respingo y se había girado hasta mirarla con el asombro con que un padre mira a su adolescente hija embarazada.

Pero Porfirio Mendizábal sabía que la suerte ya estaba echada, no en vano conocía a su esposa desde que tenían quince años, y sabía de sobra de su persistencia cuando se le metía una idea entre ceja y ceja. En estas ocasiones, él gustaba de enojarla recordándole la ascendencia gitana de los Cortés, y trataba de enredarla en un galimatías surrealista  argumentándole que su tozudez, su erre que erre provenía del errar de sus ancestros por los caminos de Dios, y que este errar era un error que a nada conducía, pero su Quinti era mucha Quinti —él lo sabía por experiencia, ay—, y ella hacía oídos sordos a sus requiebros lingüísticos y tiraba del árbol genealógico de su alto linaje, y ahí era que ella le lanzaba a la cara, con una mezcla de desdén impostado y socarronería, que si era tesonera se lo debía a sus antepasados, sí, pero no a aquellos que, de trotamundos, devinieron en chatarreros y cantaores, sino a la estirpe que se remontaba hasta Hernán Cortés, que con un grupo de desarrapados diezmó a los mexicas y conquistó para la corona española vastos territorios nunca antes explorados.

De modo que Porfirio Mendizábal ya supo desde ese instante que sus reducidas vacaciones de Semana Santa se habían chafado irremediablemente, máxime cuando ella respondió al estupor de él con un cándido:

—Pero, Porfi, cariño, si es sólo una reforma de nada.

Esa era Quintiliana Cortés, la hermosa joven que había sido su novia durante cinco años y la mujer madura y atractiva que ahora lo abocaba a la exasperante duda de la separación y con la que había compartido matrimonio los últimos veinticinco años. La misma que adivinaba tras la sábana empolvada que cubría el aparador en su marco de plata, morena, de mirada vivaz, labios sensuales y perenne sonrisa; la madre responsable de sus venerados hijos y la esposa abnegada y hacendosa que encontraba tiempo para las tareas del hogar y el trabajo remunerado en el taller de costura de Anselmo Díaz.

¿Cómo había consentido?, se preguntaba angustiado viendo faenar a los albañiles, absorbidos éstos en su tarea e ignorándolo, como si él no estuviera, golpeando las paredes con pasión febril, con cierto regusto depredador, haciendo un ruido de mil demonios que no le permitía concentrarse en la lectura. El plan era sencillo: él sólo tenía que abrirle la puerta a la cuadrilla a las ocho de la mañana, y de nuevo a las tres de la tarde, cuando se reincorporaran al trabajo después del almuerzo. ¿Cabía mayor simplicidad? De cuando en cuando, una mirada para supervisar, eso era todo. Parecía fácil. Quinti tenía esa cualidad: sabía vender un producto. Por eso fue que Anselmo Díaz, su jefe, le había propuesto alternar el taller de confección con la tienda cara al público, aunque eso supusiera ampliar su horario laboral, a cambio aportaría más ingresos a la economía familiar. Así le había vendido ella la idea, y él no tuvo más opción que consensuarla. Eran sus hijos quienes se estaban beneficiando de esta laboriosidad.

Con dos años de diferencia entre ellos —la Cortés era precisa hasta en los embarazos—, sus tres hijos estaban cursando sus respectivas carreras: Guillermo, el mayor, alto y vivaz, sería pronto arquitecto, le seguía Andrés, callado y noble y tan cariñoso, tan dotado para los números y ya en tercer año de matemáticas, y, por fin, la desordenada y arisca Susana, la más lectora de los tres, la más consentida y la estudiante de Filología más guapa de su clase. Aún recordaba el día que la concibieron. Ven aquí —le había dicho Quintiliana, sacándolo de la cocina en la sobremesa y arrastrándolo hasta el dormitorio con la mirada radiante—, que está la luna propicia y me siento fértil, esta vez será una niña. Y él no se había resistido, a pesar de que pensaba que no era una buena idea seguir ampliando la familia. ¿Acaso podía ignorar ese ofrecimiento tan espontáneo en una mujer que nunca daba el primer paso, que nunca lo buscaba para la dulce batalla del amor? Lo mejor de todo era que ella había acertado, con esa capacidad innata de anticipación que le caracterizaba y que conformaba una de las virtudes de su personalidad. ¿Por qué pensaba en esas cosas en ese momento, rodeado de polvo, ruido y sudor y acuciado por el sofocante calor? ¿Por qué divagaba sobre la capacidad intelectual de su esposa? ¿Qué intrincados vericuetos, qué tortuosas conexiones acontecían en su cerebro para que, precisamente ahora, recordara que Quinti no era excesivamente inteligente pero sí muy lista y sagaz y que esta sagacidad suplía con creces su pobre educación académica y sus escasa afición por los libros? Porque, en honor a  la verdad, él tampoco era un dechado de facultades: era aficionado a pergeñar algunos escritos de ficción y a pintar  bodegones y paisajes; había necesitado nueve años para terminar la licenciatura en Filosofía y Letras, pero, a cambio, ahora ostentaba como un pavo real el dudoso mérito de ser el director del Instituto de Bachillerato del pueblo; había hecho algunos contactos con políticos de provincias y acuñado un racimo de citas de pensadores y literatos ilustres que le bastaban y sobraban para andar por la vida con desenvoltura. Y no olvidemos sus ingresos, que, sin ser desorbitados le permitían formar parte de la clase media, ésa que mantenía al país con su trabajo y sus impuestos (y cuando pensaba esto, miraba a los operarios que estaban destrozando su casa y que, a buen seguro, no pagaban nada al fisco y, para mayor escarnio, seguro que la Administración les concedería becas para que sus hijos accedieran a la Universidad). De repente, una bocanada de aire tórrido se coló por la ventana del salón y le provocó un ahogo. ¿Cómo había consentido?, volvió a preguntarse.

—Haremos la reforma en el verano —había decidido Quintiliana—, y, a continuación, pasó a enumerarle las ventajas de hacerlo en esa fecha, y que, básicamente, se resumían en que él estaría de vacaciones y, por tanto, sin nada que hacer. Lo que no se habló nunca fue del calor y el polvo, porque ese verano era —¡bien lo sabía él!— de los más calurosos del último siglo, ¡vaya si lo era! Y allí estaba ahora, sentado en el salón, en el sofá cubierto con una sábana, el balcón abierto para poder respirar, el aire acondicionado sin funcionar por el maldito polvo, para que el polvo no se acumulara, y la máquina de hacer ingletes con el ruido infernal, con el arranque subrepticio, sin avisar, a contrapelo de sus nervios, y aquel sudor que le bajaba de la frente y le corría por el surco de la espalda, y la jornada interminable, mañana y tarde, y todo recayendo sobre sus hombros desolados, porque sus hijos decidieron quedarse en la ciudad hasta que acabase la reforma, y Quintiliana volvía del trabajo al final de la tarde, cuando ya el estruendo había cesado, el polvo se había asentado y el aire acondicionado convertía el hogar en una estancia habitable.

Fue al segundo día del inicio de las obras que comenzó a inquietarse, cuando tomó conciencia de lo que se le venía encima, cuando el primer golpe de calor le arrebató su proverbial flema y dio paso a una suerte de enervamiento que confundía su entendimiento y convocaba a sus fantasmas dormidos.

La idea de comenzar la novela ese verano se había venido al traste. Inútil decir que como argumento ante Quintiliana para posponer la reforma carecía de peso. Ella daba a su labor de creación literaria el mismo valor que freír un huevo. Al menos, se consoló al principio, podría aprovechar para poner al día parte de la lectura atrasada, pero que si quieres: la machota y el cincel, la máquina de los ingletes y el derribo de los azulejos cayendo con estrépito sobre las baldosas del suelo, le impedían concentrarse. De nada le servía que abandonase a Borges y tomara a Rilke, apenas conseguía avanzar más de un párrafo en la prosa enjundiosa del bonaerense ni dos estrofas seguidas del vate de Praga, así que optó por quedarse allí sentado observando cómo los albañiles colonizaban su hogar y lo recluían en un rincón, y entonces acudieron en tropel los fantasmas, y le dio miedo comprobar lo tortuosa que resulta en ocasiones la mente humana. ¿Por qué, de repente, sólo veía imágenes, recuerdos desagradables en los que Quintiliana era protagonista de su desazón? Recordó el lienzo de gran tamaño que él había decidido utilizar para pintar una panorámica del pueblo con sus montañas al fondo, el esfuerzo denodado por plasmar cada pequeño detalle, cada ventana de cada edificio, cada árbol de cada plazoleta, una ingente tarea que lo traía de cabeza por su falta de pericia y que apenas le permitía avanzar, que consumía sus jornadas sin apenas ver los logros, hasta el día en que discutieron —ni siquiera ahora podía recordar la razón— y ella blandió el cuchillo de cortar verduras y se abalanzó sobre la tela rasgándola de arriba abajo; recordó, sí, la enorme cicatriz del cuadro y su temblor inesperado, el miedo que lo paralizó sólo de pensar en lo que podía haberle hecho en aquel instante de cólera, y sonrió pensando en el padre Damián, el dominico que impartía la clase de filosofía en la universidad y que le había imbuido el valor de la templanza, de la serenidad estoica ante el dolor y la adversidad, y vio el enorme costurón que lucía la frente de su profesor, y lo imaginó con los ojos muy abiertos, valiente y, acaso loco, esperando impasible la embestida del coche que había invadido su carril y lo barrería de la carretera por mor de la Ley de la Impenetrabilidad, ésa que constata la imposibilidad física de que dos cuerpos ocupen a la vez el mismo espacio.

Había conseguido dominarse en una situación que él denominaba de alto riesgo, pero necesitaba afirmarse, demostrar que aún tenía algo que decir en la paramera sin futuro en que se había convertido su matrimonio por aquellas fechas, y esta afirmación se materializó acto seguido, cuando Porfirio Mendizábal bajó hasta el trastero y volvió al cabo con dos cuadros que guardaban para la casa de campo, también pintados por él. De modo que es eso lo que quieres, ¿verdad?, pues ya ves que yo también sé hacerlo —le había dicho con un deje de temblor en la voz, y a continuación tomó el mismo cuchillo de cortar verduras que momentos antes blandiera Quintiliana y rajó sendos cuadros de atardeceres anaranjados, que ya nunca colgarían de las paredes de la futura cabaña con la que soñaban. Gracias a Zenón y Epicteto y al ejemplo del dominico, había logrado salir airoso de aquel trance, lo que no fue óbice para que durante algunas noches después del dramático incidente de la cocina, él tuviese pesadillas en las que veía a Quintiliana blandir el enorme cuchillo y abalanzarse como el rayo sobre el cónyuge yacente que dormía en el tálamo ajeno al acero. Siempre se despertaba —era lo bueno de los sueños— antes que la afilada hoja hiciera su trabajo, sudando, sin aliento, acaso como ahora estaba, empapado en sudor y deseando que llegara la noche para poder encender el aire acondicionado y darse una ducha reparadora en casa de su madre, una ducha que arrastrara hasta el desagüe la pátina de desencanto y acritud que había ido acumulando cada día desde que comenzaba la jornada de los albañiles, el calvario cotidiano de la maldita reforma. ¿Qué tenía de malo la vieja bañera? No acababa de entenderlo. ¿A cuento de qué el cambio si todo funcionaba? De pronto oyó un estrépito de cristales rotos.

—¡La cagaste, Troncoso! —escuchó de boca del oficial, que se dirigía a su sorprendido ayudante entre evidentes muestras de hilaridad. Tuvo una premonición y corrió hasta el dormitorio. El aludido Troncoso había traspasado el tabique con el cincel, y la pared horadada lo contemplaba ahora desde su ojo de cíclope, observaba su cara atónita cuando se agachó hasta el suelo y recogió el marco desvencijado de la orla de su licenciatura. Miró el rostro de sus profesores y compañeros de promoción y alzó la vista hasta el agujero de la pared, y se prometió a sí mismo que, mientras él viviera, jamás volvería a entrar en su casa un albañil. Luego se sentó en el escabel de delante de la cama y posó la orla quebrantada en su regazo, desprendió con cuidado los cristales rotos y sopló con fuerza para que cayeran el resto de pequeñas esquirlas que quedaban sobre la lámina y posó los trémulos dedos sobre el rostro de sus antiguas compañeras. Todas parecían sonreírle desde la distancia de su juventud, y en todas creyó adivinar, como en un coro de tragedia griega, la infame pregunta: “¿Qué has hecho de tu vida?”, parecía oírles gritar, y no pudo evitar la avalancha de imágenes que lo corroían desde que empezó la obra: el calor sofocante, el polvo que todo lo invadía, el pollo asado del almuerzo, el éxodo nocturno hasta la casa de su madre, con la muda limpia y el albornoz en la mochila, la novela que seguía esperando su comienzo, los lienzos en blanco sobre el ropero que ya nunca pintaría… Sólo le quedaba el recurso pobre de la bebida, ahogar en alcohol el miedo a la verdad, el terror que le venía invadiendo en los últimos días de pensar en el divorcio como una idea recurrente, beber sin consideración (pensó en los claustros mensuales, cuando se sentaba a presidir las reuniones y alternaba la elocuencia con el balbuceo, la voz estentórea y desinhibida con la torpeza de la lengua pegada al paladar, los profesores intercambiando risitas burlonas y miradas cómplices que a él no le hacían mella ¿o quizá sí?), beber hasta caer rodado, entregado al placer dionisíaco que sublimaba su desesperación. El tal Troncoso, el autor del desaguisado, se había ofrecido para llevar la orla al cristalero, pero él les pidió que siguieran trabajando, que no se preocuparan, sólo necesitaba un momento de sosiego, un paréntesis en el que poder abandonarse a la ensoñación, recorrer con la yema de los dedos el rostro de Carmela Santisteban, sus rizados cabellos y su boca asimétrica tan voluptuosa, la melena bermeja y el rostro cuajado de pecas de Ariadna Gómez con su luz tan viva en la mirada. ¿Qué habría sido de ellas? Sin duda alguna eran las dos chicas con las que más había intimado y que más le atraían de sus tiempos en la Facultad. Suspiró imaginando su posible vida con alguna de las dos, la ración de felicidad a la que creía tener derecho y que, acaso, alguna de ellas pudiera haberle brindado…pero ahí fue que la cordura comenzó a ganar terreno y vio a Quintiliana en todo su esplendor, sus momentos más íntimos, la calidez de los abrazos, los hijos creciendo al amparo del proyecto común, las malas noches compartidas, todo el camino recorrido hasta llegar donde estaban, instalados en esa bonanza sentimental y económica que no había que desdeñar. Al fin y al cabo, él bien lo sabía, la vida no era otra cosa que fugaces destellos de pequeñas dichas en medio de los escollos de los días. De modo que aguantó el tirón con estoicismo y la obra terminó sin que su matrimonio zozobrara.

Esa noche, cuando ya el siniestro rastro de los albañiles se había diluido por fin y la casa relucía, en el silencio del dormitorio, en la cama tan tibia, a punto de traspasar la frontera de la vigilia, ella le dijo:

—¿Lo ves, Porfi?, al final no ha sido para tanto, y mira lo bien que ha quedado el cuarto de baño.

—¿Sabes, Quintiliana? —le contestó él sin utilizar el diminutivo y respirando hondo para infundirse valor—, he llegado a odiarte.
Miró al frente y vio reverberar la orla con la luz fosforescente del despertador y creyó ver que Carmela Santisteban y Ariadna Gómez le sonreían a través de la velada penumbra del dormitorio.

Pero sus palabras, tan duras, que habían sonado en la noche como hielo que se quiebra, resultaron ser mano de santo, porque, desde aquel día, el hogar de los Mendizábal Cortés se convirtió en una balsa de aceite, en un remanso de paz en el que Porfirio se acunaba abandonándose al deleite de los agasajos, hasta la mañana de un domingo en que ambos desayunaban en el cocina con el pijama puesto y él se levantó a servirse más café y, subrepticiamente, las losas del suelo crujieron como si estuviesen despegadas, y ella no pudo evitar mirarlo a la cara con pavor, y él la miró a su vez.

 

                         


© Juan de Molina


50 ariadna