índice del número

 

Parasomnia
por Javier Puche


Segundo Premio categoría Internacional
ex aequo
4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 

 

1

Una mañana, tras un sueño intranquilo, me desperté desnudo y con los pies pintados de azul. Víctima de la confusión, descubrí asimismo que mi pijama de franela, cuya suavidad me envolvía horas antes, estaba cuidadosamente doblado en mitad del suelo. El pánico me sacudió como una descarga eléctrica. Acto seguido, marqué tembloroso el número de la policía.

—Al habla el agente Parker. ¿En qué puedo servirle?

—Me ha ocurrido algo insólito, agente. Alguien ha entrado esta noche en mi habitación, me ha quitado furtivamente el pijama y me ha pintado los pies de color azul. Todo ello sin que yo me despertara. Como usted comprenderá, tengo miedo. Terror, para ser exactos.

Por toda respuesta, el agente Parker colgó el teléfono. Supuse que me habría confundido con un perturbado o un bromista. Llamé otra vez, pero fue en vano. Nadie contestó. Parecía obvio que las fuerzas del orden no iban a prestarme ayuda en aquel trance. Desafortunadamente, tampoco tenía novia ni amigo alguno a quien recurrir (estaba recién llegado a la ciudad, bastante inhóspita por cierto). Aún sin vestirme, comprobé con cautela que no había ningún extraño agazapado bajo la cama, ni oculto en el interior del armario, ni acechando tras la cortina. Suspiré de alivio al constatar que tampoco merodeaban intrusos por el salón, la cocina o el jardín. Fue entonces cuando decidí tomar un baño para desprenderme de la pintura azul que cubría mis pies hasta el tobillo. Ardua labor, pues tuve que frotar mucho rato la esponja antes de conseguir que aquellos ficticios calcetines fueran diluyéndose despacio en el agua. Mientras me afanaba en borrarlos del todo, un escuadrón de preguntas atónitas comenzó a desfilar por mi cabeza. Confieso que fui incapaz de responder cabalmente a ninguna de ellas.

Aturdido, dediqué el resto de la jornada a blindarme contra futuras intrusiones nocturnas. No estaba dispuesto a permitir que nadie profanase otra vez mi intimidad. Así pues, lo primero que hice fue cambiar la cerradura de casa y adquirir un perro guardián de aspecto temible (jamás he visto una mirada tan malévola). También me pareció oportuno instalar un sofisticado sistema de alarma antirrobo que incorporaba cámaras digitales en todas las habitaciones, y cuyo precio vertiginoso succionó de golpe la mitad de mi fortuna, obtenida sin esfuerzo por vía paterna.

Al caer la noche y cobijarme de nuevo entre las sábanas, sentí una paz inexpugnable. Ahora ocupaba el lugar más seguro del planeta. Ni siquiera el útero materno podía ofrecerme tanta protección. Arrullado por pensamientos de esta índole, me fui deslizando inadvertidamente hacia el sueño.

Once horas más tarde recobré la vigilia. Esta vez, nadie me había despojado del pijama. Y mis pies estaban intactos (ambas extremidades agitaron sus torpes dedos en señal de gratitud). Ufano, me puse las zapatillas y fui a la cocina para celebrarlo con un desayuno exuberante. Pero al abrir la nevera mi júbilo se transformó súbitamente en pavor, pues dentro sólo encontré libros. Nada de hortalizas o productos lácteos como esperaba, sino infinidad de libros colocados con primor en los refrigerados anaqueles. El vértigo no me impidió identificar algunos títulos: Vidas paralelas, Los elixires del diablo, A través del espejo, Sueño del aposento rojo, Macbeth, El hombre doble. Conocía bien aquellos volúmenes. Todos formaban parte de mi biblioteca personal. Lentamente cerré la nevera e hice un esfuerzo por no romper en llanto. Tras la ventana, el perro guardián devoraba enfurecido a un ruiseñor. ¿Cómo demonios había logrado colarse el intruso, siendo mi vivienda prácticamente un búnker? Otra vez inspeccioné la casa de arriba abajo. No había nadie. Recordé entonces las silenciosas cámaras de vigilancia. En ellas se agazapaba la solución del enigma. Sin demora, procedí a examinar las grabaciones ávidamente. Necesitaba conocer cuanto antes el rostro de mi singular visitante nocturno. Con el mando a distancia, aceleré las imágenes grabadas hasta alcanzar el momento clave: la sigilosa figura en la cocina. Al principio, no pude distinguir sus facciones (la pantalla del monitor era minúscula), pero me pareció entrever que el intruso llevaba puesto mi albornoz. También mi inequívoco gorro de dormir. Un terremoto de indignación me zarandeó con violencia. ¿De qué extraña broma estaba siendo víctima? Mientras aquella pregunta calcinaba mis entrañas, el intruso iba sacando los alimentos del frigorífico para depositarlos cuidadosamente en el interior de la lavadora. Al completar la operación, quedó meditabundo unos instantes y luego se puso a bailar claqué con suma destreza. El curso algo errático de las cabriolas lo fue aproximando progresivamente a la cámara hasta que sus rasgos faciales se hicieron del todo visibles. No sin espanto, comprendí de golpe la verdad. Aquel rostro era el mío. En otras palabras: yo era el intruso. Consternado, detuve la grabación y regresé a la cama.

Lo primero que hice al levantarme, quince horas después, fue buscar en el diccionario la definición de sonámbulo. Tuve que frotarme bien los ojos, hinchados de tanto dormir, para captar con nitidez lo que leía: “Persona que mientras duerme se levanta y ejecuta de modo automático ciertos actos coordinados que no recordará al despertarse”. Aquellas palabras me afligieron. En efecto, no recordaba mis tejemanejes nocturnos. Pero tenía constancia audiovisual de haberlos perpetrado. Ultrajantes pruebas documentales. Reconozco que tardé en asumir mi flamante condición de psicozombi. ¿Acaso alguien podría aceptar sin resistencia que es sonámbulo, que en su interior habita un alter ego clandestino e incontrolable? ¿Y si a nuestro particular Mr. Hyde le diera una noche por lanzarse en picado desde el balcón? ¿O por prender fuego a las sábanas, y quemar también la alfombra? ¿Y si nuestra íntima criatura considerase oportuno ingerir un litro de amoniaco? ¿O clavarse en la pupila un alfiler? Imposible expresar por escrito la desgarradora sensación de vulnerabilidad que me asediaba cuando devolví el diccionario a la estantería. La misma estantería, por cierto, donde faltaban los libros que mi ambulante versión nocturna había cambiado absurdamente de lugar. Hice un esfuerzo y regresé a la cocina para instaurar el orden. Allí me esperaba otra sorpresa. Adherida al frigorífico, una nota decía (y transcribo literalmente): dentro ayer siempre tú nadie. Reconocí mi letra sin dificultad, pese al trazo levemente ajeno. Resignado, abrí la puerta y fui sacando los libros. Estaban muy fríos.

Atravesé la jornada sumido en densas cavilaciones. Hasta que una certeza me alcanzó: el sonámbulo intentaba decirme algo. Tal vez algo de importancia. Todas sus acciones (pintarme los pies de azul, meter en la nevera los libros, redactar aquella nota) constituían un mensaje cifrado. Una esforzada tentativa de comunicación. Lástima que yo no comprendiera en absoluto el idioma del inconsciente. Demasiado críptico para mí. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Sin pensar demasiado, vislumbré dos opciones:

A) Dialogar de algún modo con la bestezuela, pese a las dificultades idiomáticas.

B) Acudir raudo al psicólogo (había uno de cierto prestigio cruzando la calle).

Me incliné por la opción A. Dialogar. O intentarlo al menos. ¿Pero cómo debía proceder exactamente? Quizá por imitación. Dejándole una nota al sonámbulo. Mejor aún, varias notas estratégicamente diseminadas por la casa, todas con un bolígrafo disponible justo al lado para facilitar su respuesta. Y eso hice antes de acostarme. Dejar notas por doquier. Una en cada habitación (¿Qué quieres? ¿Puedo ayudarte? ¿Por qué metiste los libros en la nevera? ¿Eres hostil?...). Pero todo fue en vano. A la mañana siguiente, las notas no estaban. El sonámbulo las había hecho desaparecer, poniendo en su lugar fotos familiares diversas. Por si fuera poco, dentro del microondas (que abrí para hacerme una tila) yacían los restos calcinados de mi perro guardián.

—Opción B —dije con un hilo de voz trémula.

  

2

El psicólogo tenía barba de náufrago. Una barba ininteligible, donde a buen seguro habitaban infinidad de moluscos. Y su opresiva consulta parecía el interior de un galeón sumergido. Con sutileza me señaló el diván, que ocupé dócilmente. No era cómodo. El techo estaba devorado por la humedad (una famélica mancha con forma de ballena). Allí tumbado expuse mi caso sin omitir detalle, tragándome el pudor. Cuando terminé, sobrevino un silencio oceánico. La expectación me consumía y tuve que incorporarme. Reparé entonces en la pecera junto a la pared. Dos caballitos de mar me observaban fijamente, levitando en el agua.

—Padece usted una parasomnia feroz —dijo al fin el psicólogo—. Por fortuna, soy especialista en trastornos del sueño. ¿Es alérgico a la benzodiazepina?

—No que yo sepa —respondí.

—En tal caso, ingiera esta cápsula. Es un potente somnífero. Le dejará postrado en cuestión de segundos. Por razones clínicas, necesito que el sonámbulo comparezca. Usted ya no me sirve. Debo examinarlo a él.  

Aquel tipo infundía respeto, así que me tragué la cápsula sin rechistar. Mis párpados se cerraron automáticamente, vencidos por un cansancio atroz. Recuerdo que mientras descendía hacia la inconsciencia soñé con grutas submarinas y peces abisales. También con esqueletos que buceaban despacio junto a mí. Pero pronto cesó toda actividad onírica. Tal era la densidad de aquel sueño inducido.

Cuando desperté, bien entrada la noche, llevaba puesta la barba del psicólogo, que era postiza. Algo había salido mal. Desastrosamente mal. Lo diré sin rodeos: el psicólogo flotaba cabeza abajo en la pecera, ahogado. Aparte del correspondiente vértigo ante mi nueva condición de homicida, sentí un repentino ardor de estómago, acaso relacionado con la ausencia de los caballitos de mar.

Descarté llamar a la policía por dos motivos: porque no estaba dispuesto a tolerar que las fuerzas del orden me ignorasen otra vez, y también porque padezco cierta fobia a las instituciones penitenciarias. En consecuencia, no tuve otro remedio que ocultar el cadáver. Un tapiz que afeaba la consulta me sirvió para envolverlo. Luego procedí a borrar meticulosamente todo rastro del crimen. Cuando abandoné el lugar de los hechos, no había un alma en la calle. Ni siquiera un gato. Tampoco pasaban coches que fugazmente desmintieran la oscuridad nocturna. Así pues, nadie me vio arrastrar el cadáver hasta mi jardín, donde lo enterré junto al ficus, sin quitarme en ningún momento la barba postiza, que ya empezaba a picarme por el sudor.

Antes de acostarme, tuve un ataque de pánico. Luego dormí veinte horas seguidas. Al despertar, la culpabilidad me asfixiaba. Y no sólo por el inconsciente crimen, sino por haber alimentado al sonámbulo con tanta cantidad de sueño. Tras darme una ducha y desayunar dificultosamente (en mi gaznate había un nudo), detecté de reojo cierta anomalía. El televisor del salón estaba encendido, emitiendo sin volumen un documental sobre delfines. Me acerqué con intención de apagarlo. Pero me detuve en seco al descubrir la pavorosa figura sentada en el sofá. Aquella figura inmóvil tenía los ojos cerrados y restos de tierra en la boca. Se trataba del psicólogo. O mejor dicho, de su exhumado cadáver sin barba.

No malgasté un segundo en lamentarme. Con eficacia de autómata, introduje al psicólogo en un baúl, que cerré bajo siete llaves. Acto seguido, lo arrastré trabajosamente hasta la parte trasera de mi monovolumen. Tras echar gasolina, conduje doscientos kilómetros rumbo al mar, pisando a fondo el acelerador. Arrojé el baúl desde un acantilado desierto. Las aguas lo engulleron con avidez, como si llevaran siglos esperando aquel instante.

Ya en casa, me propuse evitar por todos los medios que el sonámbulo perpetrara nuevas fechorías. De manera que visité a mi vecino Wilson (la única persona del barrio con quien intercambiaba saludos) para requerirle un insólito favor: que esa noche, cuando me entrara sueño, tuviera la amabilidad de atarme firmemente a la cama. Wilson, afable septuagenario nihilista, aceptó de buen grado sin pedir demasiadas explicaciones.

En torno a las doce emprendimos la operación. Mientras Wilson me ataba con mano muy temblorosa (Parkinson, deduje), lo anoté mentalmente en mi lista de posibles amigos. Antes de irse, dejándome inhabilitado de pies a cabeza, pactamos que a la mañana siguiente regresaría temprano para liberarme.

—Procuraré estar sobre las nueve. Espero que no me falle la memoria —dijo Wilson repentinamente afligido, cerrando tras de sí la puerta de mi habitación.

Admito que sus últimas palabras me inquietaron. ¿Tendría Wilson demencia senil? Apenas conocía a aquel hombre. ¿Y si nunca regresaba? Presa de la agitación, tardé lo indecible en conciliar el sueño.

Al despertar, veinticinco horas después, estaba inexplicablemente libre de toda atadura. Tal vez Wilson me había desatado con extrema suavidad, sin que yo lo advirtiese. Aunque mi instinto descartaba esa hipótesis. “Mal asunto”, dictaminé con voz neolítica. Luego salí del cuarto atemorizado. Y no sin motivo, porque en el salón me aguardaba una imagen horripilante. Rígidamente sentados frente al televisor, que emitía sin volumen un documental sobre tortugas, se hallaban los cadáveres de Wilson y del psicólogo, este último con síntomas de incipiente descomposición.

Al borde del infarto, tuve que apoyarme contra la pared. Si el sonámbulo quería guerra, la tendría. Lo primero que hice, con el corazón en un puño, fue ocultar provisionalmente los cadáveres en el desván. A continuación, procuré inducirme un insomnio perpetuo mediante la ingesta tenaz de estimulantes (café, coca-cola, anfetaminas). Pero el sueño no me abandonaba. Al contrario, iba aumentando con ímpetu exponencial (de dormir treinta horas, pasé a dormir sesenta). Paralelamente, el tiempo de la vigilia comenzó a estrecharse como un embudo, lo cual otorgaba más poder a mi enemigo interior, que fue intensificando sus diabluras. Diabluras cuya narración está bien lejos de concluir. Aunque cada vez me cuesta más trabajo redactar estas páginas, todo sea dicho. Porque el sueño se interpone de mala manera (he dormido cinco días seguidos entre esta frase y la anterior, ciento veinte horas demenciales). Debo darme prisa o no alcanzaré el final. En efecto, los párpados se cierran otra vez. Se atraen como imanes de signo contrario. La vigilia me rechaza vilmente. Maldita sea.

Dentro ayer siempre tú nadie. Dentro ayer siempre tú nadie. Dentro ayer siempre tú nadie. Dentro ayer siempre tú nadie.

 

 

                         


© Javier Puche


50 ariadna