índice del número


Raro

por José Manuel Moreno Pérez

 

Primer Premio categoría Internacional

4ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 

© Ilustración P.Díaz Del Castillo

 

            El tipo dice que es el Ángel de la Anunciación y que viene a darme la buena nueva de que estoy embarazado. Le miro. El tipo de largos ropajes, pelo rubio ensortijado y ausencia de paquete me sonríe y me muestra las dos enormes alas que tiene a la espalda. Si no fuera porque estoy en un vagón de Metro le ignoraría pero aquí no tengo más remedio que asentir y decirle que como ángel es convincente pero que como mensajero es una mierda. El tipo pregunta si no me llena de gozo la buena nueva. Le respondo que me hace mucha ilu pero que creo que se ha confundido. El ángel dice que eso no es posible puesto que es el Ángel de la Anunciación. Bien, vale, quizá sea el anunciador ese pero si no sabe distinguir una virgen de un cincuentón con barba tiene menos futuro en la Biblia que un esquimal en el Sahara. El tipo dice que entiende que me parezca raro haberme quedado preñado siendo virgen pero que tiene una explicación. Claro, claro, claro que la tiene, el alcohol o la droga adulterada, porque vamos a ver, primero, yo no soy virgen, y en segundo lugar, ¡no tengo útero! El rubiales lejos de achantarse me hace saber que los caminos del Señor son inescrutables. Bien, seguro que lo son, pero por muy inescrutables que sean necesitan terminar en un útero, y dicho esto le insto a que busque una dragqueen a la que darle la brasa. El rizos no me hace ni caso y continúa con lo de que en mi vientre llevo el fruto de no sé qué. Mientras me sujeto a la barra y miro por la ventanilla por si hubiera llegado a mi estación, le explico que el único fruto que tengo en mi vientre es una cicatriz como recuerdo de la cesárea con la que me extrajeron un apéndice sietemesino. El ángel muestra gesto de no entender pero al instante se recompone y sonríe con rictus bobalicón. Como veo que no me deja en paz le informo que para colmo yo soy ateo lo que hace todo esto aún más ridículo. Dicho comentario lejos de afectar al tipo alado le sirve para soltarme una perorata sobre los bienaventurados descreídos que terminan viendo la luz y adquiriendo un adosado en el reino de los cielos. Asiento apático mientras de soslayo observo al resto de los viajeros, ninguno de ellos parece sorprendido porque un tipo de metro ochenta disfrazado de ángel esté plantado en medio del vagón sin acordeón. Mal andamos. Y el convoy se detiene en mi estación.

            Una vez que las puertas se abren ni siquiera me despido del loco de rizos. Alcanzo las escaleras mecánicas y las asciendo resuelto en vez de esperar como siempre a que ellas me trasladen, no quiero arriesgarme a que el loco alado continúe tras de mí. No detengo el paso hasta la calle, e incluso ahí, acelero camino de las gigantescas oficinas donde vendo seguros. Pienso en la cantidad de enfermedades mentales que genera esta sociedad, cuánto loco suelto. Una sociedad frágil, con miembros frágiles, con todo un nuevo elenco de enfermedades chorras, de adicciones estúpidas, de fobias ridículas. La anorexia, poder comer y no querer comer, ¿cuántos anoréxicos habría tras la Guerra Civil? ¿Cuántos en Etiopía?

            Aquí podemos comer y no queremos, ¡qué gilipollez! O lo del móvil, adicción al móvil, tiene cojones, ser adicto al alcohol, a la droga, vale, ¿pero al teléfono? ¡Por favor! ¿Qué clase de sociedad ridícula es esta? ¿Cómo plantearle a un tipo que vivió la hambruna de la posguerra que vas al psiquiatra porque no te repones de la muerte de tu perrita Fufú? La única explicación es la creciente blandura, la debilidad, de una sociedad opulenta y rebosante que amamanta  seres fláccidos y enfermizos. Suspiro.

            Cuando doblo la esquina y veo el edificio de mi amada multinacional, un tipo de poblada barba negra y largo ropaje que dice llamarse San José se me adosa y comienza a caminar a mi lado, me cuenta que sabe lo de mi embarazo. Acelero el paso mientras le indico que no tengo previsto vender la exclusiva por menos de veinte mil euros y que debería dejar de mezclar vino de cartón con anticongelante. El barbado tipejo mantiene mi ritmo indicándome que comprende perfectamente lo de mi estado de buena esperanza y que no se siente ofendido por no ser el padre. Detengo el paso para explicarle que yo también comprendo perfectamente que su adicción a las tragaperras le haya llevado a ser un alcohólico sin techo, pero que yo sí me siento ofendido por no tener vagina y que no quiero volver a verlo hasta que no me traiga una. Sigo andando. El tipo queda un momento callado para tras una carrerita alcanzarme y asegurar vehementemente que él será el mejor de los padres para la criatura. Vuelvo a detenerme. Suspiro y le señalo que salvo que quiera darle sus apellidos a una ventosidad puede largarse porque eso es lo único que va a salir de mis entrañas, y que además, estoy valorando propuestas de paternidad de Brad Pitt y George Clooney. El peculiar compañero de paseo vuelve a quedar rezagado, pero al instante lo tengo a mi lado gesticulando, por lo visto, se siente extremadamente dichoso de que su mujer haya sido la elegida por el Creador para instalar su simiente. Esta vez no me detengo, veo cerca las cristaleras de las puertas de acceso a la torre de oficinas y las enfilo como único objetivo, sin embargo, antes de alcanzarlas le pregunto a mi acompañante si la simiente del Creador tiene forma de cereales de desayuno, porque es lo único que me he “instalado” está mañana, el tipo no responde, así que le sugiero que busque un céntrico banco en algún parque donde pasar los próximos cuarenta años. Y San José queda tras las puertas de mi centro de trabajo.

            Siento un gran alivio cuando saludo a los de seguridad y traspaso los tornos de entrada. Mientras espero que alguno de los seis ascensores se digne trasladarme a la duodécima planta pienso de nuevo en lo mal que está esta sociedad. Lo del estrés, lo de la competitividad, lo del nivel de exigencia, ¡mariconadas! Excusas para gente débil, para perdedores. Así que resulta que ésta es una sociedad feroz e inhumana donde prima el rendimiento y el resultado, donde vales lo que vendes, donde eres lo que tienes, donde sólo se te valora como consumidor y votante, bien, pobrecitos de nosotros, supongo que los años cuarenta eran un campo de rosas, la gente triscaba entre florecillas campestres tocando la lira y entonando bucólicas canciones mientras se alimentaban de las ambrosías surgidas por doquier, claro que sí, aquella no era una sociedad puta, no, era un cuento de hadas comparado con este infierno actual, uf, esto sí es jodido, cómo comparar la niñería de comer pan negro con la responsabilidad de tener que comprarle la última videoconsola a tu niño para que no se traumatice, cómo equiparar los estúpidos traumas porque la mitad de tu familia fuera fusilada con los daños irreparables que le causa a tu crío ver una teta en la televisión, ¡por favor! Cualquier nenaza hubiera sobrevivido a la posguerra pero hay que ser un superhombre para vivir en los tiempos actuales. Hay que joderse.

            Cuando las puertas metálicas del ascensor se abren y yo junto a otros encorbatados y señoritas de traje de chaqueta penetramos ordenadamente pienso en mí. Claro que sí. Yo no me quejo, no soy una maricona que le eche la culpa de mis problemas al estrés. La cagué con Yolanda, bien, primé mi trabajo ¿y? Lo asumo. No le presté la debida atención a mi matrimonio, ni a mis hijos, era importante conseguir el trabajo de director. Lo asumo. Había que echar horas, y los viajes, tenía que competir con solteros con una disposición de veinticuatro horas, la empresa no entendía las necesidades de Yolanda y ella no entendía las necesidades de la empresa, ni las mías. Era una guerra que no iba a perder, ella y los niños fueron las víctimas colaterales, gané el puesto y les perdí, pero no me quejo, no le echo la culpa al capitalismo, a la sociedad de consumo o al Euribor. No, yo apechugo, no me invento una mierda de fobia, no caigo en una adicción ridícula, no me transformo en un grotesco baboso que llora por las esquinas. Gano una pasta, dirijo todo un área departamental de una multinacional, tengo un chalé en la más lujosa zona residencial, y también tengo el desprecio de la única mujer que me ha enamorado y dos hijos a los que apenas veo. Yo mastico todo eso y me lo trago, y lo digiero, sin antiácidos, con dos cojones.

            La duodécima planta toma cuerpo y me encauzo por sus pasillos. Todos me saludan. Alcanzo el despacho de mayor tamaño, mi despacho. Me siento. Enciendo el ordenador y ojeo la prensa. Inma, mi secretaria, llama a la puerta, da los buenos días y me indica que los Reyes Magos desean verme. Cojonudo.

            No respondo inmediatamente pero termino asintiendo. Inma se retira y tres tipos de largos y coloridos ropajes tocados con coronas entran. Está el más anciano de pelo y barbas canas, el pelirrojo y el negro. Ahí están, frente a mí.

            El del pelo cano, Melchor o Gaspar no sé, dice que se han enterado de lo de mi preñez y que pues nada, que se han acercado. Me echo hacia atrás en el ergonómico sillón y replico que me alegra que hayan podido seguir la estrella fugaz con el nivel de polución existente. El más viejo parece no entender pero rápidamente añade que esta es una visita informal, que la oficial con la estrella y demás se realizará cuando dé a luz. Claro, claro, lo comprendo, les respondo, y añado que estoy buscando un pajar para lo de parir pero que los precios están disparados, y que por el momento lo único que he encontrado ha sido un locutorio repleto de sudacas y un cajero automático que necesita reforma. Los tres tipos muestran gesto de extrañeza para terminar replicando pausadamente que será un honor rendir pleitesía al rey de reyes. Asiento con la cabeza, y mientras enciendo un cigarrillo, les indico que lo mismo tienen que rendir pleitesía a una hernia de hiato porque es lo único que se va a ver en la ecografía. El trío vuelve a mostrar gesto bóvido para educadamente añadir que están a mi disposición como madre del Salvador. Doy una calada y les indico que me alegro que lo digan porque tengo dificultades con los de Greenpeace para lo de conseguir la mula y el buey, y luego está lo de los pastorcillos, es un oficio en desuso, será jodidísimo encontrar ese tipo de atrezo, quizá haya que importarlos, además, deseaba hacerles un par de sugerencias con respecto a lo de los regalos, que lo del oro está bien pero que lo del incienso y la mirra pues... que yo creo que es mejor abrir una lista de regalos en el Corte Inglés y quitarnos de líos. Los Reyes se miran entre ellos desconcertados, momento que aprovecho para levantarme e indicarles que voy un momento a mirar si la grúa se ha llevado los camellos, que tengan la amabilidad de esperarme, dicho lo cual abandono velozmente el despacho subrayándole a la sorprendida Inma que me ha venido la regla y voy a por compresas.

            Reconozco que estoy algo alterado cuando pulso el botón de llamada del ascensor. Como vendedor de seguros he tenido que tratar con todo tipo de tarados pero esto supera con creces lo soportable. Enciendo otro cigarrillo a pesar de estar prohibido. Es impresionante lo mal que está la gente, y lo peor de todo, es que todo el mundo se ha habituado a la locura, están inmunizados, nada les sorprende, esta es una sociedad tan demente que lo más absurdo te resulta posible. Bien, pues yo no lo veo así, yo creo que hay que trazar una línea entre lo sano y lo insano, entre los cuerdos y los locos, entre lo bueno y lo malo. No me sirve esta sociedad donde todo vale, donde la libertad es libertinaje, donde no hay normas ni moral, donde no hay una disciplina de conjunto ni individual, esto es un sindios. Tras la Guerra Civil todo el mundo sabía lo que era bueno y malo, estabas a un lado u a otro, esa era una sociedad sana, jodida, pero sana. Si eras republicano odiabas a los fascistas y si eras fascista odiabas a los rojos, eso tenía sentido, tú eras el bueno y ellos los malos, y ellos pensaban justo lo contrario lo que le daba cierta coherencia al entramado social, pero ahora, ahora todo es tolerancia, buen rollo, respeto, aunque a mí me suena a pasividad, a resignación, a complacencia. Doy una calada y entro en el habitáculo rectangular del ascensor. Yo tengo unas reglas, unas normas, yo soy así, me admito, no significa que me quiera pero me admito, no pretendo ser un santo, ni un superhéroe, sólo soy un hombre que se conoce. Mis hermanos dicen que soy mala persona por la impugnación de la herencia, mi sangre, aquellos con los que crecí y con los que compartí todo me escupen, desean mi muerte porque haya defendido lo mío, porque haya primado el dinero a la familia. Ellos buenos, yo malo, o quizá yo bueno y ellos malos. No entienden que yo haya trazado la línea, a un lado mis intereses, al otro los de los demás. Son necesarias las líneas, hay que ser consecuente, si eres un hijo de puta debes de ser un hijo de puta consecuente. Llego a la planta baja.

            Camino aceleradamente hacia la salida, la alcanzo, abro la boca y dejo que el aire húmedo de la mañana nublada llene mis pulmones. Voy a encender un cigarrillo cuando descubro que ya estoy fumando. Doy una calada y la paloma se me coloca en el hombro. Es el Espíritu Santo, ya estamos todos.

            Por un momento permanezco quieto, me sabe mal sacudirme al Espíritu Santo de encima, claro que yo no sé lo que es el Espíritu Santo, nunca entendí lo del misterio de la Trinidad, bueno, supongo que ni yo ni nadie. La cosa es que finalmente agito el hombro y la paloma echa a volar, no se va muy lejos, rápidamente se posa a mis pies y se queda mirándome. La escena resulta un tanto ridícula, el director de una empresa con miles de subordinados, y cuyo traje cuesta más que el producto interior bruto de la mayoría de los países africanos, pendiente de un pájaro. La cosa es que la paloma da un brinco y con un vuelo corto se vuelve a posar en mi hombro. Genial. Doy una calada y le explico a la rata voladora que si pretende mantener relaciones sexuales conmigo debe saber que juré no volver a practicar la zoofilia la Nochevieja que con diecisiete años me tiré a la gorda sebosa de la Ana. La paloma no se inmuta y continúa moviendo la cabeza como si tuviera Parkinson. Doy otra calada y le explico que comprendo que el hecho de que me llame Mariano ha podido confundirla, eso, los campos magnéticos, las antenas de telefonía y los matrimonios homosexuales, pero que, entendiendo que el Señor nuestro Dios quiera superarse a sí mismo marcándose nuevos retos, nuestro amor es imposible dado que sólo me apareo con bípedos sin pluma. Sorprendentemente el pájaro no dice nada, quizá porque es reservado o quizá porque no tiene cuerdas vocales, la cosa es que decido agitar el hombro y librarme de la paloma antes de que defeque sobre mi costoso traje, porque una cosa está clara, será el Espíritu Santo pero tiene ano así que...

            Una vez dentro del edificio, supero los tornos, saludo a los de seguridad, llamo el ascensor y quedo pensativo. Yo puedo con esto. No me va a tocar los cojones una paloma. Yo me he hecho a mí mismo, igual que mi padre se hizo a sí mismo, él vivió de pequeño la Guerra Civil, padeció la posguerra, siempre habló de ella, me enseñó lo que era, quizá no fuera necesario revivirla continuamente pero mi padre quería que la tuviera presente, que supiera lo que es la necesidad, el dolor, el erguirte sobre los cadáveres de los demás para sobrevivir. Sí, los demás son tus competidores, tus rivales, lo que no sumas te resta, como el cuco, o les expulsas del nido o te expulsan a ti, quizá ellos no lo harían pero buena gana de correr riesgos, o tú o ellos. Siempre dijo que era mejor que te envidiaran y odiaran a que te tuvieran lástima y amaran. Sí, papá era un tipo fuerte como yo, un depredador, un tipo hecho a sí mismo como yo, y un hijo de puta, un hijo de puta... como yo. El ascensor abre sus puertas.

            Dentro del ascensor coincido con un tipejo de gafas que me mira asustado quizá porque trabaja para mí o quizá porque le impresiona ver a la Virgen María. Le miro y le pregunto si duda que no podré con esta mierda. El tipejo se empequeñece y no responde. Le pregunto si es un puto paje de los Reyes Magos, o un pastorcillo, o el puto Pilatos. El gafotas recula hasta la esquina del ascensor y permanece petrificado. Le señalo con el dedo mientras le explico que no me van a tocar los cojones, ésta es mi vida, la vida que he elegido, a diferencia de la mayoría de los mierdas a los que le viene impuesta, yo la he modelado, no sólo la he escogido sino que la he parido. No voy a deprimirme, ni a pedir perdón, no voy a consentir que mi puto subconsciente tome el mando, y desde luego, lo que no voy a permitir es que mi jodida conciencia me quiera decir algo a estas alturas de la película, que si lo entiende. El tipo asiente acojonado.

            Me detengo en la planta donde está el cuerpo médico, este macroedificio tiene todo tipo de asistencias para sus macroempleados incluyendo un macroservicio médico por si te haces macropupa. Yo sólo necesito algo que me relaje, algo para las jaquecas, yo qué sé.

            Camino rápido hasta el consultorio, propulso la puerta y sorteo a uno que sale con la mano vendada. Me encaro con lo que parece una enfermera y le digo que necesito algo para la ansiedad. La mujer me sonríe, me indica que el doctor me atenderá en un momento, me invita a sentarme y a ojear revistas del siglo pasado. No le hago caso. Le explico que tengo un poquito de angustia y que si no tomo algo inmediatamente probablemente la confunda con María Magdalena y tengamos el típico rifirrafe suegra-cuñada. La moza parece reconocer mis galones y tras consultar con la doctora me invita a pasar.

            La médico me recibe y me pregunta el motivo de mi visita. Le comento que tengo cierto desasosiego, como una arritmia, y vómitos, ah y también sufro... sufro... bueno, sufro... unos pequeños episodios paranoides sin importancia. La tipa me reconoce y dice que aparentemente estoy bien, y me pregunta si últimamente tengo un mayor estrés o sufro alguna preocupación concreta. ¿Últimamente? Bueno... no sé, está lo de que mi padre se muriera sin decirme te quiero, lo de que mi madre se suicidara para no soportar sus maltratos, lo de que mi mujer me abandonara, lo de que mis hijos me odien, el temilla de que mis hermanos me deseen ver muerto, y el hecho de que mis subordinados me consideren un mal nacido al que habría que capar, pero últimamente... no, últimamente no he tenido una preocupación concreta. La doctora queda un segundo callada, después saca del cajón unos comprimidos y me los alarga indicándome que son unos antidepresivos que debo tomar tras las comidas, o durante las comidas, o yo qué sé, da igual, los cojo y me levanto mientras la de la bata blanca no sé qué me sugiere de una revisión más minuciosa. Vale, vale, no hay problema, esta tarde tengo hora con el urólogo por el tema de la próstata así que ya le diré que me haga una revisión “más minuciosa”, claro que si me encuentra el punto G lo mismo le pido en matrimonio y me reviso la próstata cada sábado después del fútbol. Hale, a seguir bien.

            Me tomo el comprimido antes de salir del consultorio. Alcanzo el ascensor. Me siento mejor. Inspiro. Expiro. Inspiro. Me gusta la medicina actual, una medicina desarrollada a la altura de una sociedad desarrollada. Una medicina competitiva, eficaz, profesional, sí, me gusta formar parte de esto, lo que soy me cura. Entro en el ascensor.

            Sonrío. Me siento fuerte. Camino por el pasillo erguido, con el paso calmado, busco las miradas esquivas, nadie sostiene la mirada al jefe. Bien, este es el modo, el miedo mejor que la compasión. Alcanzo el despacho.

            Apruebo un recorte de personal, entrevisto a un posible subdirector, reviso un futuro plan de viabilidad, tengo una videoconferencia con el gran jefe y almuerzo con un futuro cliente. Tras la comida, justo en el postre, mientras mi segundo adula y expone las excelencias de nuestra compañía, me veo reflejado en un gran espejo en lo alto de la pirámide alimenticia, el superpredador, papá estaría orgulloso, ya estoy preparado para sobrevivir a la próxima guerra civil. No toco el postre.

            Por la tarde de vuelta al trabajo, dos reuniones, tres entrevistas, otra videoconferencia. Vuelvo a ser el mismo. He superado el mal, lo he expulsado. Estoy curado, quizá nunca estuve enfermo porque la gente como yo no enferma.

            Hoy me marcho antes. Tengo cita con el urólogo.

            No me agrada que un tipo me meta un dedo en el culo, no importa el motivo. Un ser como yo no debería tener que vivir una situación así, no siendo quien soy, alguien diferente, y cuando digo diferente lógicamente quiero decir, mejor. He luchado por imponer mi genética superior, por ser el que da por culo a los demás, no para bajarme los pantalones y que un calvo cuarentón me sodomice con su índice, sin embargo aquí estoy, y no puedo por menos que reconocer cierta vulnerabilidad.

            Y es aquí, en este preciso instante, en esta ridícula postura, en este momento de humillante postración, cuando el especialista y su guante de látex me hacen ser consciente de que mi padre me enseñó a pelear contra los demás pero olvidó decirme como vencerme a mí mismo, olvidó enseñarme qué hacer cuando eres tu peor enemigo. Y dicha revelación me viene dada por el comentario del exultante médico sobre que mi próstata está perfecta pero que sin embargo estoy embarazado.

                         


© José Manuel Moreno Pérez


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