
Mi primera reacción tras leer el libro fue, lo reconozco, de perplejidad. Pensé que Álvarez ha llevado su aristocratismo demasiado lejos, que si sólo tiene ya a Shakespeare para soportar el mundo, junto con unos cuantos paisajes que son más pasado que lugares, y unas copas, pensé, en fin, que quizás haría mejor en resignarse al silencio y cerrar con llave la torre que ha ido alzando a su alrededor año tras año. Por supuesto, José María Álvarez es muy dueño de hacer con su vida y su escritura lo que le plazca. Tan sólo hablo de una primera impresión tras leer un libro de un poeta al que considero uno de los más grandes y al que he sentido durante mucho tiempo cercano, muy cercano; lectura tras la cual sentí como esa cercanía, que me lleva a releer casi obsesivamente Museo de cera como antídoto, se quebraba. Lo siento, cuando hablo de los poemas de Álvarez no puedo ser imparcial, ni siquiera lo intento. Son, desde que encontré un ejemplar de la edición de La Gaya Ciencia en una librería de lance, parte de mi intimidad, una de las más profundas y vitales.
Volví a leer el libro.
Ahí está. No me había equivocado en mi apreciación, pero había sido incapaz de percibir el fulgor de su escritura, un fulgor demoniaco y elegante, un susurro que niega la revolución por caduca y torticera, que dice que la rebeldía está en el espejo, que un poema es, ni más ni menos, un instante en el que no cabe la imbecilidad.
Volví a leer el libro no para salvarlo, sino para salvarme.
© A.M.R.