í n d i c e  d e l  n ú m e r o

Blanchot, Iniesta y la desmesura del Otro
por Jorge Fernández Gonzalo

 

 

El filósofo Maurice Blanchot nos ha legado, quizá como máxima realización de su obra, la inquietud de lo otro, de pensar lo exterior, de asistir a ese afuera resbaladizo, al exceso de la otredad que nos sobrepasa.

Quizá debamos, para entender esta desmesura del Otro a la que hacemos referencia, atender a las palabras de Andrés Iniesta, el jugador del Fútbol Club Barcelona, en unas declaraciones tras un partido contra el Valencia: “las dos partes fueron muy diferentes. Sobre todo la primera”. Les dejo dos segundos por si aún no han pillado el chiste. Bien. El caso es que, si queremos asimilar lo que significa lo Otro para Blanchot, hay que leer estas palabras como si nuestro futbolista entendiera perfectamente la filosofía del pensador francés. Es decir, Blanchot concibe que en una relación de diferencia pueda llegar a existir una parte más alejada de la otra, una parte mucho más diferente que su compañera, un Otro lejano e indescifrable en la región de una noche que no se alcanza a decir.

Blanchot habla para ello de una relación neutra, es decir, asimétrica, ajena a toda dependencia de unidad e incluso de presencia. Hay algunos ejemplos recurrentes en sus obras, como las referencias al olvido, a la muerte o a la obra literaria. Parémonos a considerar el lugar del olvido, la relación que tiene conmigo lo que denomino bajo el impetuoso nombre de olvido. ¿Qué correspondencia se establece? Hay una posesión, es cierto: digo mi olvido, tu olvido, el olvido de toda una generación. Sin embargo, ¿se posee algo realmente? Pareciera que, en la espesura de la consciencia, se hubiera encerrado una caja fuerte, como si existiera una puerta cerrada entre los laberínticos pasillos de la memoria y del Yo. Mi olvido me pertenece: insolente aserción, pues, ¿qué hay de pertenencia en lo que es no siendo, en lo que existe sólo cuando me falta? Por decirlo de otro modo, el olvido es siempre el testimonio de una ausencia, no es más que un signo que, desde la perspectiva del rechazo, oculta lo rechazado sin absolución ninguna. La única relación con mi olvido sería que no hay relación, que su existencia depende de mi incapacidad para dar con ello. Así, puede decirse que mi memoria me une con una ausencia, con el recuerdo como falta de algo, con lo pasado ya puesto sobre el tamiz de la carencia irresoluble. Por otro lado, no se convoca nada con el olvido. No hay relación, ni con algo presente, ni con algo ausente (el olvido es ya una ausencia en sí misma). Analicemos las partes que nos quedan: si mi memoria es una falta, la ausencia de un hecho que no poseo, que se ha desvanecido de toda forma presente, y el olvido es el desvanecimiento mismo de la memoria, entonces el olvido no se ofrece más que como la ausencia de una ausencia.

Algo similar nos deja la experiencia de la muerte. Es imposible morir, viene a decir Blanchot. No porque la gente no muera, sino porque la muerte anula la posibilidad de la experiencia. Entonces, nadie puede vivir su propia muerte, no existe relación alguna con mi muerte, sino tan sólo esa neutralidad, esa separación inconcebible que hace de mi experiencia del acabamiento una experiencia a la que ni el suicidio ni el deseo de morir me acercan. La interrogación sobre la muerte se ha desplazado, la pregunta por la muerte tiene que sucederse fuera de la palabra, en un no-lenguaje, porque el signo une y separa mi lenguaje de la muerte, mi pregunta y el suceso que no llega a acontecer nunca sino por ese lenguaje que lo pone en falta, que hace de la muerte, en cierto modo, el acorde de la literatura, la clave de la escritura literaria.

La literatura nos indica por esa separación radical que es ella misma la separación que constituye la muerte: la palabra es ya la muerte de la cosa, la muerte del autor, mi propia muerte en esa infinita espera que nos permite concebir la experiencia de la mortalidad. La literatura es para Blanchot su propia pregunta, el hueco de su existencia puesto en su mismo centro, y por esa inanidad de su ser inconcebible, la falta de centro hecha palabra. La obra, en cierto modo, rompe con la unidad por esa falta que la constituye, por esa pregunta que la retiene. La obra está entonces desobrada, luego mi acercamiento a la obra, como Orfeo incapaz de retener el rostro de Eurídice, me sobrepasa, sobrepasa mi lectura y el comentario, establece una relación en donde ya no hay relación, sino una falta que no alcanzamos a comprender. Lo que hace posible a la literatura, pues, es el hecho de que sea imposible leerla.

El olvido, la muerte y la literatura son formas de esa otredad que se nos escapa, de ese Otro inquietante, inconmensurable. Blanchot ha aprendido de Levinas que la otredad siempre supera a mi condición de sujeto, que mientras yo me creo Uno y me constituyo en esa separación frente a las cosas, el otro, el prójimo o cualquier forma de otredad, se aproxima a mí mediante la desmesura que no arraiga en la unidad, de manera grotesca o desmedida. El otro es más que yo por esa incapacidad de que el otro participe de mí, por lo que el otro desborda toda presencia, todo cierre. Se trataría de lo que Blanchot denomina como una relación de tercer género. ¿A qué se refiere con ello? El primero de los tipos de relación remite a la unidad, a la aclimatación de lo otro a lo mismo, y es la relación que impone la ciencia y el pensamiento racional:

El hombre quiere la unidad, y constata la separación. Con respecto a lo que es otro, ya se trate de otra cosa o de otra persona, esta relación debe trabajar para volverlo idéntico: la adecuación, la identificación, usando como medio la mediación, es decir, la lucha y el trabajo dentro de la historia, son los caminos por los que ella quiere no sólo reducirlo todo a lo mismo, sino también dar a lo mismo la plenitud del todo en que debe convertirse, al final. En este caso, la unidad pasa por el todo, así como la verdad es el movimiento del conjunto, afirmación del conjunto como única verdad (La conversación infinita: 83).

Habría un segundo tipo de relación entre el yo y el otro que representa la unión, el enlace dialéctico, en el cual

se sigue exigiendo la unidad, pero obtenida inmediatamente. Cuando, en la relación dialéctica, el Yo-sujeto, ya sea dividiéndose, ya sea dividiendo lo Otro, lo afirma como intermediario o se realiza en ello (de modo que pueda reducir lo Otro a la verdad del Sujeto), en esta nueva relación lo absolutamente Otro y el Yo se unen inmediatamente. Es una relación de coincidencia y de participación, a veces lograda por métodos de inmediación. El Yo y el Otro se pierden uno en otro. Hay éxtasis, fusión, fruición. Pero aquí el «Yo» deja de ser soberano. La soberanía está en lo Otro que es lo único absoluto (La conversación infinita: 83-84).

La relación de tercer género, sin embargo, es aquella que no se soporta sobre la unidad, que no tiene al Uno como horizonte, ni al ser, ni a la continuidad, sino que trata al otro como una otredad con respecto a sí misma, una exterioridad que me sobrepasa y que sobrepasa todo poder de asimilación. Se trata de una asimetría, de una polaridad que no se deja recoger por ningún pensamiento que augure la certeza de lo mismo. Campo no isomorfo, distorsión infinita, juego de perspectivas en donde cada elemento constituye un espejo deformante del otro, una otredad del otro que ninguno en la relación logra contener. Irrelación, desastre, discontinuidad, fragmento. Se ha roto con esa simpleza que nos obliga a determinar el mundo, a realizar el proyecto de la verdad, de la unión, de la certidumbre, del todo. Se han desgajado los signos de una escritura total, del texto completo, y el mundo no nos deja nada más que la distancia con todo aquello que nos acompaña en nuestro camino, la escritura de unos signos que no cabe en la partitura de ningún dios, en la interpretación de ningún libro, en la lectura de obra alguna.

La relación que plantea Blanchot con lo Otro es, por tanto, una relación de la desmesura, que no estaría determinada por lo Uno ni lo múltiple, sino por una ausencia de subjetividad y de mismidad que, en lugar de establecer el ser de la relación, nos entrega a su deriva, al devenir, al eterno retorno siempre cambiante y siempre como desgarro de la unidad. La relación con lo otro es, por tanto, asimétrica, sin reciprocidades ni continuidad dialéctica, sino franqueada por ese abismo de lo neutro, es decir, de la diferencia vista como lo diferente, como si la primera parte, señala Iniesta, fuera infinitamente más diferente que la segunda, en la medida en que una y otra parte no pueden ser comparadas, un tiempo y otro no entran en relación, no hay relato, no llegan a formar la unidad del encuentro, ni su expresión dialéctica, sino una falta de correspondencia que nos obliga a pensar el partido de fútbol como una relación que ha puesto de relieve la falta de relación entre sus componentes, la imposibilidad de pensar el todo de dicho encuentro desde la cordura de la unidad. Quién hubiera imaginado todo lo que se nos escapaba de estas sencillas palabras.

 

Bibliografía
Maurice Blanchot. La conversación infinita. Madrid: Arena Libros, 2008.

 

© Jorge Fernández Gonzalo nació en Madrid, en 1982. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense, realizó su tesis doctoral sobre la poesía del escritor Claudio Rodríguez. A su tarea investigadora hay que añadir una reconocida trayectoria como poeta. Es autor de los libros Amantes invisibles (2003), Mudo asombro (2004), Una hoja de almendro (2004), con el que obtuvo el Premio Hiperión de poesía; El libro blanco (2009) y Arquitecturas del instante (2010) en la colección Adonáis

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