EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

 

[número cuarenta y siete edición PRIMAVERA 2010]

J U N I O

 

P R I M A V E R A

 

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


La muerte tiene los días contados
por Mario Meléndez

 

 

La muerte pidió que la cremaran
y esparcieran sus cenizas
sobre todos los vivos

 

TRES KILOS PESÓ LA MUERTE

 

Cuando nació la muerte

nadie quiso tomarla en brazos
era tan fea como las gordas de Botero

No durará mucho

dijo la madre al salir del parto
tan resignada y ausente
como una piedra en medio del temporal

Pero la muerte traía en los ojos
una luz endiablada
un dulce escalofrío de eternidad

Se equivocaron los médicos
y la matrona
y aquél que pasó la noche
llamando a la funeraria

Ahora es un bebé robusto
comentan las enfermeras
y a veces hasta Dios le cambia de pañales

 

LA MUERTE EN EL CALVARIO

Evangelios apócrifos*

Acuérdate de mí cuando estés en tu reino
le dijo la muerte a Jesús
y al instante quitaré la lanza de tu costado
y esos clavos que desangran tus manos desaparecerán
y esa corona de espinas se hará polvo
y esas viejas que sollozan a contraluz
esos curiosos que nunca faltan
esos turistas japoneses con sus cámaras infernales
esos tipos que te daban de latigazos
el centurión con cara de gay que no deja de mirarte
la toalla de Pilatos, el fantasma de Barrabás
todos se irán al más allá sin boleto de vuelta
Si me llevas contigo, si te animas
te prometo otra noche con María Magdalena
que el beso de Judas lo recibirá tu padre
que Pedro te negará mil veces en el purgatorio
que haré un pastel con 34 velas
pedirás un deseo y soplarás con tanta fuerza
que arrasarás los jardines de Roma
te doy mi palabra que eso ocurrirá si te decides
Y Cristo vio a la muerte colgada junto a él
con el rostro perdido en la noche infinita
entonces pidió a su madre que le cerrara los ojos

 

*Escritos surgidos en los primeros siglos del cristianismo en torno a la figura de Jesús de Nazaret y que no fueron aceptados por la ortodoxia católica por no anunciar la buena nueva. Llamados también evangelios falsos o extra canónicos.

 

LA MUERTE LLORÓ A LOS PIES DE JESÚS

Evangelios apócrifos 2

Como era de suponer
la muerte lloró a los pies de Jesús
Fue un momento emotivo, sin duda
ver la muerte despojarse de su túnica
dejar su guadaña en custodia
y caminar desnuda hacia la cruz
hablando en arameo
Qué festín para esos paparazzi
qué regalo del cielo esas imágenes
multiplicadas en Sky o CNN
La muerte no paraba de llorar
estaba inconsolable aquel día
como cuando le dijeron que Moisés
ya no vería la tierra prometida
o cuando le avisaron que Picasso
no pintaría su retrato
o más aún, la vez que Ulises
regresó donde su amada
como esas telenovelas venezolanas
lloraba a mares de ceniza, de sangre
de colillas acumuladas
en los bolsillos de Dios
Qué pena con la pobre muerte
ahí desnuda en el Calvario
llorando a los pies de Jesús
su hijo crucificado

 

EL DÍA D

Evangelios apócrifos 6

1
Primeros informes
(Martes, 1.52 hrs.)

Dios andaba en bicicleta
cuando la muerte lo fue a buscar
Ha fallecido tu hijo, le reveló
lo acabo de oír en la radio

 

2
Instituto Médico Legal
(3.15 hrs.)

Llegaron a la morgue
a reconocer el cadáver
El cuerpo de Cristo mostraba
signos visibles de tortura
latigazos, patadas, contusiones
una herida con arma blanca
dos agujeros en las muñecas
cien piquetes en la frente
fracturas de toda índole
y su camisa bañada de sangre

 

3
Reporte del forense
(3.30 hrs.)

Murió de un lanzazo en el costado
luego de desvariar durante horas
llamando a un tal Dios
(no se consigna el apellido)
y prometiendo la vida eterna
a quien se lo pidiera

 

4
Al tercer día
(Viernes, 20.05 hrs.)

Y quién resucitó, entonces
preguntó la muerte, sorprendida
Y Dios no supo qué decir

 

LA MUERTE ROBÓ LOS ZAPATOS DE DIOS

 

La muerte robó los zapatos de Dios
Le quedaban grandes y los usaba de todas formas
los lustraba ceremoniosamente antes de salir
y había dejado escrito en su diario de vida
Quiero morir con los zapatos puestos
Ni siquiera se los quitaba cuando dormía
Cuando se daba un baño de tina
esos zapatos burbujeaban como si hablaran
como si Dios enviara recados del otro mundo
entonces la muerte los acercaba a su oído
y las cosas que escuchaba la hacían llorar

 

 

LA MUERTE SOÑÓ CON CHUANG TSE*

 

La muerte soñó con Chuang Tse
y se olvidó quién era en el sueño
vagaba por el inconsciente con las rodillas rotas
y a veces se arrojaba al vacío para no llorar

Chuang Tse soñó con la muerte
y vio a lo lejos los campos de exterminio
los esqueletos que vagaban por las alambradas
las cenizas amontonadas en los jardines de Auschwitz

Ambos soñaron con la misma mariposa
y dejaron de tener pesadillas
pero la pobre mariposa ya no regresó del sueño
había quedado atrapada en el ombligo de Dios

*Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Chuang Tzu (Chuang Tse).

 

LA MUERTE HABLÓ CON BENEDETTI

17 de mayo de 2009

La muerte habló con Benedetti
Ya es hora, le dijo, no te hagas el tonto
sabes muy bien como es la cosa
no me hagas perder el tiempo
y empieza a caminar hacia esa puerta
lentamente, donde mis ojos te vean
Olvida tus zapatos, tu voz, tu dentadura
y déjate llevar, disfruta de este viaje
ponte cómodo, verás que tengo razón
y te acostumbras a tu nueva identidad de muerto
donde no podrás escribir, es verdad
no podrás contarle a los amigos
que tu sombra crece hasta el infinito
que la noche se colgó de una estrella
y su cuerpo sigue tibio en la morgue de los sueños
Pero sabrás de antemano, eso sí
por qué la vida se cortó las venas este domingo

 

LA MUERTE QUISO SER RIMBAUD

La muerte quiso ser Rimbaud
y sentó a la belleza en una silla eléctrica
Me falta práctica
comentó a un medio local
pero esperen a que reciba la enciclopedia de oro
Poetas del más allá
con Whitman a la cabeza
y ese loco de Artaud que ahogaba a las palabras
en agua bendita
Verán como en semanas manejaré la pluma
me llamarán la nueva Rimbaud
la vedette que todos esperaban
Mientras tanto
llevaré a la belleza de compras
le diré que todo fue un mal entendido
Ojalá y no me haga la cruz por igualada

 

ACLARACIONES POST-MORTEM

Nunca pensé que moriría
primero que mi sombra
ahora entiendo
que se hacía la enferma
para que yo no la dejara

 

©Mario Meléndez
©Laberinto ediciones
Derechos reservados
Ciudad de México, Febrero de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

© Mario Meléndez (Linares, Chile, 1971). Estudió Periodismo y Comunicación Social. Entre sus libros figuran: “Autocultura y juicio” (con prólogo del Premio Nacional de Literatura, Roque Esteban Scarpa), “Poesía desdoblada”, “Apuntes para una leyenda”, “Vuelo subterráneo”, “El circo de papel” y “La muerte tiene los días contados”. En 1993 obtiene el Premio Municipal de Literatura en el Bicentenario de Linares. Sus poemas aparecen en diversas revistas de literatura hispanoamericana y en antologías nacionales y extranjeras. Ha sido invitado a numerosos encuentros literarios entre los que destacan el Primer y Segundo Encuentro de Escritores Latinoamericanos, organizado por la Sociedad de Escritores de Chile (Sech), Santiago, 2001 y 2002, y el Primer Encuentro Internacional de Amnistía y Solidaridad con el Pueblo, Roma, Italia, 2003, donde es nombrado miembro de honor de la Academia de la Cultura Europea. A comienzos del 2005, es publicado en las prestigiosas revistas “Other Voices Poetry” y “Literati Magazine”. Durante el mismo año obtiene el premio "Harvest International" al mejor poema en español otorgado por la University of California Polytechnic, en Estados Unidos. Parte de su obra se encuentra traducida al italiano, inglés, francés, portugués, holandés, alemán, rumano, búlgaro, persa y catalán. Actualmente vive en Ciudad de México, donde realiza talleres literarios y diversos proyectos culturales

A


El miedo de los supervivientes / Extraños Conocidos /Bossa Nova por Ángel Cabeza

El miedo de los supervivientes

Dicen que la muerte es terrible:
el lado oscuro del toque,
el silencio de las horas,
los amantes que jamás se verán.
Dicen.
Creer en eso es un enorme engaño.
La muerte siempre me pareció tan viva
en su lado oscuro y tan presente
dentro de las películas americanas que
nada tiene de temible.
Soledad de quien ama.
Vivir es que es el miedo,
el miedo de los supervivientes.

 

Extraños conocidos

Tras cuarenta años
volcar para el lado derecho de la cama
y ver una otra persona
que no aquella conocida.
Caminar hacia el espejo
y reconocer un otro rostro.
Y no hay más nada a hacer
que no sonreír.
Todos serán siempre otros
siendo los mismos.
Y eso tal vez sea lo más interesante
– tolerar extraños conocidos.

 

Bossa Nova

Nada es tan lindo cuánto el dolor ajeno.
El hombre que sufre, dejado por la mujer,
es señal de fuerza, de romanticismo.
Pero nadie menciona el tema de la mujer
que jamás dejó el hombre,
que lo cuidó como a su hijo,
que soportó intemperies por un amor de princesa
y padeció sola al final de la historia.
Esa es la verdadera virgem de los ojos santos.
Pero nadie toca en el asunto de la mujer
que jamás dejó el hombre,
aquella que, tímida en el rincón,
vio el urgir de su vida
limitada a los desencantos.
Nadie toca en el asunto de la mujer.
Nadie.
Todas las virgens se hacen impuras a los
ojos ciegos de los santos de arcilla.

Selección de poemas incluidos en el libro “Avenidas del tiempo” ed. Vitrubio 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

© Angel Cabeza es poeta y cronista, autor de los libros A Beleza do Feio, Vidro de Guardados, crónicas y poemas. Estudió Letras y nació en Brasil, Río de Enero, en 31 de Enero de 1980. Publica artículos, poemas, entrevistas y crónicas en webs, revistas electrónicas, periódicos, y en su blog personal, ww.angelcabezza.blogspot.com.
Hizo el preámbulo del libro de crónicas Novas Histórias da Velha Lapa,
del cineasta, maestro y compositor de Daniela Mercury, Dudu Fagundes
y forma parte de la 10ª antologia Panel Brasileño de Nuevos Talentos por la CBJE. Posee textos en las revistas Bula, Famigerado, Verso Destierro, Casa da Cultura, Projeto Identidade, Simplicíssimo, Capitu (entrevista), Po&siarte (entevista), MeioTom, Revista Cultural Novitas, Telescópio Negro, Portal Literal, Jornal Ganesha, Jornal Prisma, Jornal Objetiva em Foco, Jornal de Poesia, entre otros.
www.angelcesar@bol.com.br
www.angelcabezza.blogspot.com

A


Selección de poemas
por Ulises Varsovia

 

 

Un amor

Un amor más poderoso que la muerte,
un amor de las raíces hasta el cielo.
No llegar jamás a él, no conmover
su santo reposo con llantos y besos.

No tocar siquiera el ala de sus sueños:
quizás no volaron nunca, no florecieron.
Se quedaron esperando como una novia.
Nadie los quiso, nadie preguntó por ellos.

Sagrado como la muerte tu patrimonio.
Devuélveme los besos: soy el tiempo.
Pero no temas: jamás existimos.
Tú eres la que no fue, y yo el que ha muerto.

Hija de tanta inclemencia, cómo pudiste,
cómo no vino a romperte la vida el invierno.
Te veo bajo la lluvia, y tus hijos tiemblan.
Nadie ampara en la ciudad el dolor de tus huesos.

Un amor más poderoso que la muerte,
un amor de las raíces ascendiendo.
No la toquéis: viene cansada.
Duerme la pobre un dolor de tan lejos…

 

Cerradura

Abrir la cerradura
con una sola mano a tientas,
con un ojo fantasma
que deje la sombra en la sombra,
que no recupere los besos heridos.

Detrás, detrás de los años,
muy lejos mover las cenizas,
llamar con un susurro temeroso,
girar trepidando la llave enmohecida.

En el misterio de los calendarios
la paz de los muertos florece.
En el misterio los días, el tiempo imparcial
una flor destruida levanta y opone.

Al anhelo interrumpido
de los deseos difuntos,
a la vigilia tenaz del varón ardiente,
el héroe roto regresa y solloza.

(A la luz criminal de la ira
han caido los besos obscuros,
la piel hambrienta con cólera y llanto).

Una llama azul y roja se eleva con furia.
Detrás, muy lejos, en cenizas
el ardiente varón espera todavía.

 

Oficio terrible

Toda la noche busqué las palabras
para este poema,
recorrí el alfabeto uniendo, mezclando,
atento como un tigre a la escala de sonidos.

Pero emerjo esta mañana de un océano obscuro,
ciego en mi regreso del gran manantial.
Y me pregunto si no será mentira,
si mi acecho en la espesura no erró los horarios,
o mi instinto no sabe las claves del bosque.

Ay, es oficio terrible mi discipulado,
la soledad tiene voces que aún no conozco.
Y cómo perseverar si mi unidad se quiebra,
si llevo tantos caminos que no se encuentran.

Sé que es amor, sé que es amor la corona de espinas,
lo que doliendo acontece y perdura.
Acojo su harina, sus granos dispersos
de cuya substancia sabremos licores.

Pero emerjo esta mañana vacío,
ciego y hambriento, y pregunto,
pregunto si no será mentira,
si no será inútil mi perseverancia.

Y sin embargo me busco,
regreso al silencio y penetro
buscando sin fin la unidad de mi canto.

 

Avatares

Son muchos los seres que llevo conmigo
a través de imperceptibles avatares,
muchos que aman, odian o duermen,
o crepitan pidiendo su libertad,
como si mi vida fuera una cárcel cuyo amo
no escuchara pasar el tiempo.

Oh Señor, mi unidad se extravía
entre tanto clamor de habitantes rebeldes que llevo.
Les escucho exigir el mandato
de mis decisiones, y tiemblo,
tiemblo en la hora crucial de los actos.

¡Qué terrible llevar sobre mí tantas vidas
de seres que se fueron sucediendo!
No murieron de olvido, desprecio o desuso:
a cada acción acuden con todas sus fuerzas,
y llevan el sello mis actos de muchas edades.

Y en su recinto secreto, en la noche,
donde no me pertenezco ya,
oh Señor, ¡qué antiguas imágenes vuelven!,
¡qué voces siento sonar en mi abismo!

Seres míos que llevo irrevocablemente,
edades cortadas a pique por los sucesos,
venid a mí de golpe en una sola hora,
venid con vuestras míseras miserias y rencores,
venid a la unidad desde las viejas celdas,
y como arroyos dispersos o errantes por la noche
caed en este río para tocar la aurora.

 

Indefinible

Algo quiere definirse en mi interior,
algo busca asilo en mi memoria
como un ave enferma.

Apenas reconozco su color perdido,
sus ojos que me miran
para reconocerme.

Del subconsciente a la fría cociencia
hay aún largos paseos por las playas solas,
un dato de pronto arrebatado al sueño,
despertando en su rota extension, sobresaltado,
viejas fotografías con cólera interrogadas.

Si un niño grita de espanto
en medio de la noche multitudinaria…
Si aúlla, si aúlla el viento
a través de las cicatrices de la arquitectura…

Si llueve en la gran ciudad,
si llora el agua en el mundo
inconsolablemente,
y no hay nadie, nadie que hable,
nadie que aparte el terror de la noche
apenas, apenas hablando…

(Entonces un sueño atroz lo arrebató del mundo,
e imprimió en su región más obscura
imágenes febriles de incontenible existencia).

He aquí los testimonios
con que ahora acusa y comparece.
Un hilo invisible me penetra
hasta lo más profundo de los huesos.
lo siento entrar en mí, llamar, buscarme,
crecer, abrir su vida en mi existencia,
perteneciéndose pertenecerse.

Pero dime quién fue, quién ha sido,
no cierres tus ojos por donde
debo mirar el antiguo escenario.

(Entonces un sueño atroz lo arrebató del mundo,
y una voz amada y temida
le ordenó silencio,
le cerró los ojos para siempre).

Alguien en mí se va y regresa,
me busca, me encuentra y huye,
alguien me llama y se esconde.

Del subconsciente a la fría conciencia
hay imágenes febriles en acecho.

 

Áspera sed

Dame fuerzas, Señor,
para olvidar que existo,
como existo en la tierra, destruido,
todo lleno de una gran pasion,
y todo deshabitado.

Del cruel exilio en que yazgo
estiro las trémulas manos,
y toco los frutos sexuales terrestres
apenas con tacto asustado y enfermo,
iracundo mi férreo poder tumultuoso.

Áspera sed delirante,
rumor de un torrente
que gime en su loco transcurso,
oh ciego galope de potros salvajes
cruzando como una tempestad                                                                                       sobre mi vida,
¡dejad, dejad dormir mi lacerado deseo!

Dejadme en el sueño inmortal de las piedras
yacer sin conciencia ni tiempo,
dejadme volver a la tierra
donde me aguardan sus claros idiomas.

Pero aquí, Señor, tiempo y conciencia,
dame fuerzas para no morir
ni seguir viviendo mientras exista.
Dame fuerzas para olvidar que existe.

 

Rastro de tinta

Creo que el tiempo sostiene mi vida
sin mucha pasión, cansadamente.
En su interior apenas existo.
Una hoja suelta soy que se gasta
sin volver a la tierra a regenerarse.

Siento caer la lluvia ancestral,
y qué inútil su lenta amistad,
qué amargo su antiguo sabor que regresa.

En verdad, si juntara mis días enmohecidos,
y soplara el viento sin misericordia,
nadie sabría jamás que existí,
nadie escrutaría en mis viejos cuadernos.

Y aún lo que amé
de incendiaria conducta dotado,
¿oiría en el viento cruzar mis canciones,
mi lúgubre amor allí aprisionado?

Creo que apenas un rastro de tinta
de mí quedará cuando el tiempo me niegue.
Un rastro de tinta temblando en el tiempo.

 

Un amor más poderoso que la muerte
Selección (1979-1980. Inédito)

 

 

 

 

 

 

 

 

© Ulises Varsovia

A


Decepción
por Vanessa Navarro

 

Este silencio que flota entre nosotros
no se rompe con palabras; no las hay
tan poderosas o sinceras.
Antes las hubo, brillantes como gemas,
danzando en la mañana o en la noche,
arropadas por suspiros.
Se perdieron en la bruma,
la palabra en la palabra,
olvidado su sentido.
Frases vacías sustituyen a los versos.

No hay rencor entre nosotros
y la rosa no recuerda nuestra casa
-un año atrás me enviabas flores-.
El gris se ha apoderado
del anochecer y del alba.
Las sábanas están frías y las velas, apagadas.
Ropa sucia se amontona en una silla.
La mesa de la cocina está tan desordenada…
El suelo, cubierto de migas
y el perro ladra pidiendo comida.

Después de tanta quietud, ¿qué clase de ruido?
Un patético chillido que no puede detenerse,
quizás tos, un golpe, o llanto fingido
-el auténtico murió para dar vida al silencio-;
un portazo o un silbido.
“No he empezado esta disputa
sin un marcado objetivo”.
Y negamos la evidencia, la disfrazamos
de mala racha o rutina, ocultamos el miedo
a hacerla real.

Estuve una vez a tu lado
y olvidada la pasión me aferré a tus palabras.
¡Qué bellas surgían en torrentes de tus labios!
Se mezclaban con las mías,
se besaban, se bebían.
Ansiaban siempre un nuevo flujo
de sonidos y de vida,
a estrellarse en la otra boca
en oleadas fluían.

Vacíos mis labios ahora y mi lengua, adormecida.
El corazón que una vez latió
de calor, odio y ternura
se transforma en tumba fría.
El asesino es difuso, no restan ni las heridas.

Despertaremos un día
y, al fin, uno de los dos
hará estallar el silencio
con una palabra: adiós

 

 

 

 

 

 

 

 

© Vanessa Navarro

A


Dominó
por David Fernández Rivera

 

No sé si puedo
o debo comprenderlo,
pero esos recuerdos que tus ojos
describen
sobre el estigma de una lágrima de cal,
quizás no sean el mayor y fiel reflejo
de una tarde a las orillas
de una imprecisa vitrina de malla.

Es más,
me atrevería a decir
que esta noche
has dormido sobre una jauría de pistones,
y alguno de ellos,
todavía desprendía el escuálido tintineo
de la caña mojada.

Puede ser que me meta donde no me llaman,
pero esta mañana quise desnucar
el precio de tus sábanas,
y antes de llegar a ellas,
el habitáculo me respondía que habías llorado por ella.
Es curioso que los cadáveres
de aquellos llantos,
gravasen un apresto de adioses sobre la almohada.

Amigo mío,
no puede dejar de resultarme tan curioso
como aquel instante
en el que me dibujaste con la cruz de tus cabellos
un “te quiero”.
Estaba firmado con el sello inquietante
de sus manos.

No pretendo ruborizarte,
sin embargo,
considero que me compete recordar
que no es la primera vez
que lloras bajo el esparto de un cilindro
de caña.
Aunque lo peor no es que lo hagas,
sino que la condensación del lago
conozca la cresta de la gravedad
para doblar una boca
imantada con las iniciales de goma y oxígeno.
Quizás no lo sepas,
pero estas se desprenden
sobre el triángulo de tu propio reflejo.

Hermano,
necesitas respirar,
no confundirlo
con amueblar tus pulmones
con una celosía de neumáticos.

Es cierto,
tienes la “suerte” de haber nacido muy lejos
de la contaminación lumínica,
también de aquellas hileras de adoquines
sobre las que camisas
y el dominó.

Es por ello
por lo que comprendo mejor que nadie tu sufrimiento,
y por lo que ya no me sobresalto,
aunque sí me apeno,
cuando me remites todos estos orgasmos
cincelados en caballos suicidios.

Este juego no es trivial,
como tampoco lo es que respires
a través del fuego que desprenden las llantas
de todas estas caravanas
cosidas entre peñascos
acero.

Sin embargo,
y como te decía,
no sé si puedo o debo comprenderlo
pero, con todos mis respetos,
tú sabes mejor que nadie
que al regazo de tu mujer,
todos los listones de besos
se engarzan en el anillo
de la despedida.

No dudo,
y creo que tú tampoco,
sobre la verdad
de la dulce arista de sus ojos,
ni siquiera de todas
y cada una de sus promesas.
Son todas tan ciertas
como las heridas que discurren por la tibias de tus manos
con cada uno de sus recuerdos.

 

Ella no lo sabe,
y sus semillas de amor verdadero,
germinan en los tangos de tu costado
como sangrantes esculturas
de escarcha e hinchazón.

Ella no lo sabe,
pero sin quererlo,
colecciones misivas con otros perfiles mujer.

¿La quieres?

Por favor,
voltea el látigo de tus muñecas
y recuerda el contraluz
de aquella argolla de sotanas
que ensombreció con tu sangre
lo que nunca hiciste por ti:

un dominó... 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© David Fernández Rivera. Vigo, España (1986), poeta, ensayista, actor, director y dramaturgo. Inicia su carrera con una gran precocidad al mostrar y escribir algunos de sus primeros espectáculos con apenas quince años de edad. Estos primeros montajes fueron recogidos en poemarios como “Caminando entre brumas” (“Premio “TH” al mejor poemario del año”) o “El Silencio de las Hadas”. En esta primera etapa, Rivera reflexiona sobre todo sobre el código comunicativo de la lírica contemporánea, intentando retomar la figura del trovador como modo de manifestación por excelencia de su trabajo, no en vano, en más de una ocasión llegó a definirse como un cantautor que ha decidido elegir el recitado como modo de expresión básica. Posteriormente editaría poemarios como “Canciones de mi ausencia”, “Sentimiento y luz”, “Corceles”, “Entre la sombra y el grito” o “Alambradas”, de próxima publicación. En ellos se muestra con total clarividencia el paso de una reflexión sobre el código poético a una profundización principal en aspectos propios del conocimiento, el lenguaje y demás temas sociales. Escribe junto al poeta valenciano Ángel Padilla el “Manifiesto del retorno y la liberación”. Como actor debutaría profesionalmente de manos de Roberto Cordovani a finales del 2007, coprotagonizando “Isadora Duncan”. Posteriormente trabajaría nuevamente con “Arte Livre”, como actor de reparto en “Evita, Eva Perón”. Ya en el 2008 se haría cargo de la dirección de “Lidia/Cuando el toro es una mujer”, coprotagonizando el espectáculo con Patricia Clark sobre un texto de Ángel Padilla. Es por entonces cuando funda su propia compañía, y se presentaría como autor, director y  actor del espectáculo “Alambradas”, no sin antes haber dirigido y actuado en versiones anteriores de “La Guadaña entre las flores”, todas ellas dentro de la creación independiente. Ya en 2009 coprotagonizaría una nueva versión de “Isadora Duncan” junto a Roberto Cordovani. Asimismo podríamos reseñar su trabajos en radio como colaborador y director en programas de “Radio Ecca”, Radio Voz”,  “Cadena 100” (“Emisión cultural “Ecca”) e “Interpop”, o su trabajo como colaborador en revistas nacionales e internacionales, trabajando también como iluminador y dramaturgo para diferentes productoras españolas.

A


Hay que tener cuidado
por Sergio Manganelli

 

Hay que tener cuidado
de no tropezar con un domingo,
sobre todo a las siete de la tarde.

Que ese día no te rocen
las hebras de la telaraña,
o la espina flamante
de un antiguo dolor.

No bebas
ni la copa turbia,
ni el café espeso
de la pena arbitraria.

Ni se te ocurra
desempolvar ayeres.

O almorzar pesadillas.

Es terrible el domingo,
con su santificada soledad
y ese desamparo de séptimo día.

Parece que Dios
tiene cerrado su shopping de milagros.

Nunca tropieces con esa jornada feroz,
sobre todo en sus tardes homicidas,
cuando tus ojos se vuelven pozos
que pueden ahogarte para siempre.

Jamás le des la espalda
a la tristeza un domingo,
mucho menos si tras la puerta
viene cayendo el sol.

Te matan sin pudor.

Son días despiadados.

Nunca tropieces con un domingo
               mucho menos a la siete de la tarde.

                              Yo sé lo que te digo.
                                             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Sergio Manganelli  nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina,el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente  en San Antonio de Padua, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en una importante cantidad de diarios argentinos, de México, Colombia y España. Asimismo en revistas culturales y literarias de Argentina, Brasil,  España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Colombia, Venezuela, Chile, Cuba, Nicaragua, etc... Obtuvo entre 1991 y 1999 una treintena de premios y menciones en su país. Se encuentra trabajando en la edición de “Sangre de Toro” -poemas y banderillas-, que se editará inicialmente en Buenos Aires y posteriormente en España.  

A


Tenía los dedos vacíos…
por Pavel Juárez

 

Tenía los dedos vacíos de tanto buscar,
la boca seca de tantos sueños perdidos.
Estabas tan linda. Iluminada. Infinita.

Recuerdo la línea delgada de tu cuello,
tus manos de fuentes infinitas.
Vuela la noche  y mis ojos van derramándose en los tuyos.

Parecías de mentira,
como sacada de los cuentos de fantasía,
de esos que mi madre me contaba todos los días.

Te recuerdo como si fuera ayer, sentada en la cocina
cortando atardeceres con tu sonrisa,
cantando historias, yo escondido en una esquina.

Si tan solo estuviera un poco cerca
iría a buscarte. No importa si te encuentro o no,
no importa si no dices nada o si yo digo algo.

Ya inventare el pretexto.
Ya darás un paso en falso.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Pável Juárez. Revista Casa del tiempo, año 23, época IV, Universidad Autónoma Metropolitana, México. Revista Solar, año 4, numero 16, Gobierno del Estado de Chihuahua, México. Revista Molino de Letras, numero 56, año 10. Universidad de Texcoco, México. Revista literaria de construcción  libre G.O.R.K.I., numero 5, México. I Premio Sepe Tiarajú de poesía ibero-americana, Ocas das Letras, Brasil  (mención honorífica). Integrante del Catalogo de Artistas y Creadores de Chihuahua.. Integrante Sociedad Hispanoamericana de Escritores y Artistas Plásticos.

A


Pronóstico/Cuarto de aseo
Por C. A. Campos

 

Pronóstico
 
 
Llueve cuando la luna y el sol
no se ponen de acuerdo,
cuando el mar quiere intimidar
a la tierra, al reino animal
 
llueve mucho y el asfalto ni fu ni fa,
a prueba de agua ni le va ni le viene:
lo opuesto del paraguas,
de los zapatos que no pueden
con los pies, con la estatura
 
llueve y los árboles, diplomáticos de por sí,
no se cubren, regatean con el viento,
con el dióxido de carbono
y el último escape de gas
 
llueve a cántaros y el papel
se va echando a perder,
el rímel de los espejuelos, de la caligrafía,
del graffiti que parece
que ha vuelto a estar de moda
 
llueve y el planeta,
con su traje de baño y su atmósfera,
no ve la hora en que pueda
ponerse a secar, a tomar el sol
 
llueve mucho, muchas naranjas
a la vez se están exprimiendo
 
 

Cuarto de aseo


Cuánta mierda debe hacerse
por y para el cuerpo.
cepillarse, bañarse y afeitarse.
luego peinarse, perfumarse,
cortarse el pelo y las uñas.
qué tarea.
luego limpiarse allá y aquí:
los ojos, la nariz, los oídos,
el culo y el sexo.
cuánta agua, cuánto tener
que cambiarse de ropa.
pues la verdad es que
uno no quiere quedar mal,
volver a pasar otra vergüenza.
cuánto se hiede, hedimos:
es una tiranía, el aseo,
que empeora con la edad,
con la feúra;
un fruto que madurando
se nos va y pudriendo:
el cuerpo, los sentidos.
cuánta asquerosidad,
cuánto jabón.

 

 

 

 

 

 

 

 

© C. A. Campos. Rep. Dominicana

A


Confesarás tus pecados
por Gustavo Marcelo Galliano

                                                              
No pude controlarme más. Esa noche tenebrosa discutimos acaloradamente, más de la cuenta, y lo confesé sin tapujos ni reparos. Sabía muy bien que la ofendería, se sentiría humillada, bastardeada. Que no lograría superarlo ni perdonarme jamás.

Pero estaba realmente harto. Hastiado. Ya no toleraba sus celos infundados, sus persecuciones dialécticas. Sus falaces acusaciones plagadas de malicia. Que revisara en cada madrugada mi agenda, mi teléfono, mis bolsillos, mis recuerdos, hasta mis sueños por soñar. Siempre tratando de capturarme “in fraganti”.

Exploté como un volcán incontenible y colocando mi rostro muy cerca del suyo, se lo confesé gritando. Gritando a rienda suelta. Gritando desde lo profundo del alma. Mi esposa irrumpió en llanto, en convulsiones, en reproches entrecortados. Su histriónica histeria se desplegó en chillidos, chirridos, gemidos, pataleos. Se babeaba furiosa cual hiena desorientada, mientras balbuceaba frases como: “Mi madre siempre me previno… que eras un degenerado… un desgraciado  infiel… un pervertido”.

Me serví un trago,  respiré profundo y me senté en el sillón. Sinceramente gozaba contemplando su desquicio. Su andar de fantasma errática. Frenética. Despeinada. Gocé de mi vodka doble, tridestilado, con zumo de naranja y observé el ir y venir por la sala de sus pasos incoherentes, inconexos.

Poco a poco fue recobrando la calma, y se dirigió hacia nuestro cuarto; preparó sus maletas y se marcho en silencio, regalándome un estruendoso portazo, que tronó de maravillas. Se llevo nuestro auto.

Suspiré aún más profundo, feliz, relajado. Me serví otro trago. Resultaba un enorme alivio haber confesado mi pecado, aquella culpa que me corroía en silencio. Y aquél fue el momento apropiado.

La síntesis del éxtasis en el preciso génesis.

Era imposible continuar callando.  Ya no podía seguir ocultando, que allá, por el sexto grado, portando mis once años, me enamoré de mi maestra. Imposible continuar callando. Aún la recuerdo, era magníficamente bella.

 

 

 

 

 

© Gustavo Marcelo GALLIANO (<ggalliano2010@yahoo.com.ar>)Premiado escritor, poeta, docente universitario (Rosario, Argentina). Corresponsal Especial de Cañ@santa (Canadá) y Columnista Literario del portal  RMC (USA). Integra numerosas antologías y revistas. En 2009 presentó su primer libro: La Cita.-

A


C3
por Carmen de Urioste

 

Era su segundo curso en el Centro Atómico cuando el mismísimo director, el profesor Amancio Suárez, solicitó a Marcelo ‘Gordo’ Scarlatti su colaboración para que el cine club de los sábados siguiera funcionando “en beneficio de los estudiantes y del personal del centro”.  Palabras que el Gordo repetiría y repetiría hasta el aburrimiento y que asimismo corearían sus compañeros, claro que con tono bien distinto. El anuncio le fue hecho en el demodé despacho del director, cuyos ventanales enfrentaban los Andes, una mañana de marzo.

—Mire Scarlatti—comenzó Suárez—como usted sabe Rogelio Salvatierra, al que ustedes llamaban Colón, se graduó el curso pasado y en consecuencia la posición de coordinador del cine club de los sábados, que él manejó durante los últimos dos años de manera excepcional, ha quedado vacante.  El profesor Viñas me ha dicho que usted es un conocedor del tema y …

Después de la “y” el Gordo dejó de escuchar y, con los ojos fijos en la Cordillera y un poco más acá en el campo de margaritas enmarcado por la ventana, se deslizó por una especie de ensoñación o de atontamiento que le llevó a imaginarse las caras de Menéndez, de Soler, del ‘Negro’ Peláez, en fin de todos sus compañeros, caras de envidia, de pura envidia, tal vez de asombro, no, de envidia mejor, por ser él el elegido. Coordinador del cine club, su sueño de todo el año anterior. La espera no había sido en balde, aunque en el duermevela de muchas noches no siempre había estado seguro de poder conseguir el puesto. Pero dudas aparte, ahora podría poner en marcha sus apócrifos planes: proyectar películas italianas neorrealistas, sus preferidas.  La primera ya hacía tiempo que la había elegido cuando la clase de Rawinovich se volvía plomiza, Bellissima con Anna Magnani, por supuesto en versión original. Pero muchas otras estaban en su imaginaria lista, imaginaria hasta el día de hoy pues el director seguía moviendo la boca y el Gordo repasando los títulos: La strada, Roma ora 11, Ladri di biciclette, pero también Summer of ‘42, una de sus películas americanas predilectas, la cual había visto 4 veces, sin olvidar Viskningar och rop del genial Bergman. El Gordo pensaba poner una cinta de Fassbinder una semana y en la próxima alguna de Torre Nilsen, por ejemplo, y así condensar lo nacional con lo foráneo. De esta manera pensaba vengarse el aburridísimo año de westerns que tuvo que soportar, ya que para ‘Colón’ las películas del oeste—incluyendo los spaghetti westerns de Leone—eran las únicas que parecían haber sido rodadas.  Mientras pensaba todo esto, trataba de disimular su íntimo regocijo por el destierro definitivo de las películas de vaqueros: los tiros, las cantinas, los buenos y los malos, las siluetas indias en los cerros, el barro, los caballos y los calzoncillos largos. The end. Finito. Veía un futuro glorioso para el Centro Atómico a través del cine club, probablemente la física pasaría a un segundo plano o a un discreto telón de fondo, toda vez que las expectativas del centro fueran otras: el cine y por extensión la cultura, no sólo la argentina sino la universal.

Cuando el Gordo Scarlatti llegó al final de su particular película, Suárez se explayaba sobre las películas del oeste:

—…ya sabe que a los estudiantes les gustan las películas de esparcimiento, tipo western o comedia americana, por lo que espero que usted siga en la misma línea que Salvatierra. Los comentarios sobre sus selecciones para el cine club siempre fueron óptimos y nada más recordar la masiva asistencia a las proyecciones el año pasado da muestra de ello. Además…, tengo que reconocer que soy un espectador complacido de los westerns americanos, me entretienen mucho, ¿a usted no, Scarlatti?
—No, quiero decir sí, por supuesto Prof. Suárez, son muy ... ¿cómo diría? … triviales, en el buen sentido de la palabra. Claro que yo también pienso proyectar otro tipo de películas.  No sé, ahora mismo no tengo nada pensado pues todo esto me ha tomado por sorpresa, pero estoy seguro que no le defraudaré.

Al decir esto, el Gordo empezó a sudar al tiempo que intentaba encontrar alguna película del oeste que fuera lo suficientemente buena para que él pudiera programarla para satisfacción del director aunque sin menoscabo de su fama de entendido cinéfilo. Por fin, un título le vino a la cabeza, A Man Called Horse, y esta vez sí, mirando fijamente a los ojos de Suárez, preguntó:

—¿Qué le parece Un hombre llamado Caballo con Richard Harris? ¿La ha visto? Es la historia de una aristócrata inglés que es capturado por una tribu sioux…
—Pues…  No se hable más Scarlatti … En nombre del caballo me parece una película excelente.  Confío plenamente en usted.

A la hora de la cena el Gordo anunció su flamante nombramiento, C3 o Coordinador del Cine Club, a sus boquiabiertos compañeros mientras devoraba un rebosante plato de arroz con arbejas y dos milanesas con ensalada.  Su nueva responsabilidad le había abierto el apetito más de lo acostumbrado.

—Che Gordo, boludo nomás, C3, pero qué calladito te lo tenías. ¿Vas a abandonar la física por el séptimo arte?
—Che Gordo, a mí me gustaría que pusieras películas de la Loren o de Brigitte Bardot. Cuanto más tengan para agarrarse, mejor es la película. Este verano en Córdoba vi una que no me importaría volver a ver, la Loren con unos limones…
—Marcelo, favorcito, ¿podrías proyectar alguna película de Robles Godoy? Si quieres (querés) te paso información y algunos títulos…
—Dejen al Gordo cenar tranquilo, tiene que concentrarse en sus nuevas responsabilidades. Ahora es un factótum de Suárez, piedra angular del conocimiento de las masas.  ¡Gordo, te debés a tu público! ¡Gordo, sos carne de cultura…!

Esa noche el Gordo durmió mal, no era época de exámenes, no había sido rechazado una vez más por Emilia Schubart en sus intentos para invitarla a bailar, esquiar, comer, pasear o, en último recurso, estudiar…, no, su ansiedad provenía de su nuevo cargo: C3. Marcelo era consciente de que tenía que sorprender a sus colegas en la primera función, debía elegir una película que dejara huella en el Centro, que fuera recordado por ella, no podía dejar que las chanzas de sus amigos fueran in crescendo si erraba con la película programada. En pocas palabras, el Gordo estaba abrumado por la responsabilidad.  En el letargo de la indecisión y la duda, con decenas de títulos pasando por su memoria, al Gordo se le mezclaba la imagen de Suárez con la de James Stewart en The Man Who Shot Liberty Valance. Él mismo era el bondadoso Doniphon, haciendo gala de esa discreta puntería que hizo caer a Valance pero que no le dio ningún reconocimiento delante del pueblo ni le sirvió para que su adorada Hallie accediera a casarse con él.  Cuando el Gordo despertó no estaba en Shinbone, AZ, sino en Bariloche, AR, y ya más calmado empezó a pensar por qué traducirían el título de esa película como Un tiro en la noche si una versión literal del mismo hubiera sido más acertada.  La cama chirrió un poco cuando el Gordo se dio la vuelta hacia la ventana, ¿por qué doblarían las películas? ¿proyectaría él solamente versiones originales o caería en el populismo de programar versiones comerciales dobladas en Puerto Rico? Ya podía escuchar a sus compañeros hablándole con el acento de los americanos doblados en la isla. Otro crujido de la cama cuando el Gordo se volvió hacia el armario, no, definitivamente únicamente versiones originales.

Por la mañana, tras la noche de acción, el Gordo consultó un calendario. Según Suárez, el cine club debía inaugurarse el sábado 3 de abril: tenía por lo tanto 20 días, pero había que encargar la película a Bs. As, 15 días, era necesario hacer pruebas del equipo, 13 días, debía imprimir anuncios del estreno, 11 días, y principalmente tenía que elegir un título, una semana, una semana para descartar una por una todas las películas que se le confundían en el pensamiento y elegir una, la mejor.

Durante esa semana de su ascenso al estrellato, Marcelo continuó con una rutina más o menos normal: fue a las clases, estudió en la biblioteca, aguantó las bromas de sus amigos, escuchó propuestas de títulos de estudiantes que nunca anteriormente le habían dirigido la palabra, recibió notas con sugerencias por debajo de la puerta de su dormitorio, se masturbó en el baño con regularidad pensando en Emilia y en su cambio de táctica hacia ella, ya que ahora, siendo él C3, ella sería la que tendría que acercarse y chuparle las medias. Pero principalmente el Gordo calló.  Nadie pudo sacarle el título de la película que inauguraría el Cine Club aunque durante las cenas todos intentaron sonsacarle.  Menéndez observó que el Gordo había ido al pueblo varias veces y que había vuelto con paquetes… dejando en el aire espacio para a la confidencia.  Marcelo pareció no escucharle y masticó más de lo habitual el bocado de pastel de carne.  El Negro preguntó directamente: Che ¿para qué querés un piano en la sala? El Gordo puso la misma cara de chanta que tenía en el carnet del Centro y la mantuvo a lo largo de un interminable minuto.  Durante las cenas, Ana Urrietazabala sistemáticamente lanzaba títulos para ver si el Gordo pestañeaba con alguno de ellos y de tal manera poder lanzar una hipótesis.  Nada.  El Gordo permanecía mudo y morfaba, quizás sí, un poco más de lo normal para hacer frente a tan inusual acoso cinéfilo, pero acostumbrado desde hacía años a los interrogatorios de carácter marcadamente sexual sobre el desarrollo de su relación con Emilia.

Finalmente, el sábado 27 de marzo apareció la primera noticia de la película en el tablón de anuncios en la puerta del comedor.  Todos los estudiantes que bajaron a desayunar en el turno de las 8 y 30 pudieron verlo:


Sábado 3 de abril a las 20 horas
Inauguración de la III Temporada del CCCA
Proyección de
Le chien andalou
un film de Luis Buñuel et Salvador Dalí
Coordinador: Marcelo Scarlatti

Ese primer sábado de abril el Gordo estuvo desaparecido. Siendo él muy detallista, había preparado una puesta en escena que intensificaba el suspense de las dos últimas semanas a lo largo de todo el día 3.  Le buscaron, pero nadie pudo encontrarle en el Centro y sus alrededores, a pesar de que el Negro y Bustamante se esforzaron a fondo.  En realidad Marcelo pasó la jornada en una cafetería de la Avenida Mitre, repasando una y otra vez la partitura de los tangos “Recuerdo” y “Tango argentino” e inmerso en escuchar una y otra vez un cassette con las melodías wagnerianas de Tristán e Isolda. Finalmente a las 18 volvió al Centro Atómico.  Entró en los dormitorios por la puerta de atrás, la del jardín, se duchó con agua templada, se afeitó con esmero, peinándose asimismo el pelo hacia atrás, se enfundó en el frac de las entregas de premios recién recogido de la tintorería, se colocó derecha la pajarita enfrente del espejo y finalmente se aplicó perfume en la nuca .  Con esa impecable guisa a las 19 y 57 abrió la puerta del salón de actos del Centro y recorrió con gran parsimonia el pasillo central del mismo, repartiendo algunos saludos y acompañado en determinados momentos por los silbidos de los asistentes al cine club, que acostumbrados a ver al Gordo en vaqueros, les resultaba chocante la facha de dandy que había adoptado para la ocasión.

—Distinguido público, profesores y colegas.  Hoy iniciamos la tercera temporada del CCCA con un clásico del cine mudo, Le chien andalou también conocido como El perro andaluz (risas). He elegido esta película del joven Luis Buñuel ya que en ella muchos de ustedes se verán reflejados (risas) pues trata, aunque dentro de un estilo puramente surrealista, de la vida de los estudiantes en la española Residencia de Estudiantes (más risas y algunas abiertas carcajadas).

El Gordo no podía comprender la procedencia de la hilaridad del público y las manos le comenzaron a sudar. “Debo resumir”—pensó.

—La duración de la película es de 19 minutos —prosiguió—tras de los cuales disfrutaremos de suficiente tiempo para el debate (risas y murmullos), el intercambio de ideas y algunas selectas preguntas.
—¿No creés que será demasiado tiempo?—gritó un espontáneo desde las últimas filas, pregunta que produjo una explosión de carcajadas y comentarios.

La voz del Gordo empezó a temblar inapreciablemente.  Sin embargo, sobreponiéndose a esta inesperada interrupción, con expresión  inalterable, retornó a su presentación aunque, eso sí, con el nerviosismo metió las manos en los bolsillos, cosa que se había propuesto no hacer puesto que mientras se acicalaba había apreciado que el frac le quedaba un poco estrecho.

—Durante este tiempo tendré ocasión de compartir con ustedes algunos detalles del rodaje de la película así como de los actores y del director.  Sin más, Le chien andalou.

La pronunciación del título fue perfecta y Marcelo sacó fuerzas de su conocimiento del francés para recobrar su aplomo y dirigirse al piano.  Mientras abría la tapa y se frotaba las manos, la pantalla se tornaba negra y el Gordo comenzó a interpretar los primeros compases de “Tango argentino”.  Inmediatamente después de la presentación de la película en la pantalla, el Gordo alzó la voz para leer con su mejor acento parisino las letras que aparecían en la pantalla.

—«Il était une fois»—y a continuación—érase una vez—esta vez con un marcado acento mendocino.
La sala estalló en carcajadas contenidas pero el Gordo continuó su interpretación tanguera en tanto que en la pantalla Luis Buñuel afilaba la navaja, miraba la luna y cortaba el ojo de Simone Mareuil.
—«Hui ans après». Ocho años después—indicó a continuación el Gordo, su voz esta vez más chillona y al mismo tiempo temblequeante, dejando entreoír un leve matiz de sollozo reprimido.

Y esta vez sí.  Esta vez las risotadas se extendieron por toda la sala acompañadas de sonoros silbidos que impidieron escuchar la música de Tristán e Isolda que el Gordo había empezado a interpretar aporreando con fuerza el piano, en un intento de acallar la asonada.  Algunos estudiantes se levantaron de las sillas y gritaron frases ininteligibles al tiempo que el Gordo contempló por encima de la partitura al Prof. Suárez en la segunda fila enjuagándose los ojos con un pañuelo mientras intercambiaba algunas frases con su vecina de asiento, Emilia.

Pese a la algarabía el público volvió a tomar asiento y la proyección continuó con normalidad. La normalidad de las risas constantes, de los abucheos, de los silbidos, de las proyecciones de pequeños artefactos contra la pantalla, del coreo de ‘Gordo, Gordo’ como si se estuviera en una cancha de futbol, de los murmullos constantes como telón de fondo, de los comentarios procaces en voz alta de algunas escenas de la película, de los insultos directos al Gordo, del pataleo contra la tarima del salón, del lanzamiento de cáscara de pipas hacia las filas de delante, del encendido y apagado de mecheros durante la proyección … Una normalidad que continuaría de esta manera durante todo el período en que Marcelo Scarlatti fue C3  y que nunca antes se había manifestado en las proyecciones de westerns.

 

 

 

 

 

© Carmen de Urioste. Letras Femeninas, editor. Arizona State University. SILC-Spanish Program. Box 870202. Tempe, AZ 85287-0202

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La fuerza de la vida
por Johari Gautier Carmona

 

Con un gesto suave y delicado de la mano, con un semblante de mujer experta y predispuesta, Nuria palpa, tantea y masajea su vientre abombado para conectar y escuchar al niño que crece dentro de ella. Ella lo siente, lo escucha, percibe sus golpes como un juego constante de su hijo, una necesidad de comunicar con ella y mostrar que está ahí. Sí, ahí. Dentro de ella, nutriéndose de lo mismo que ella, compartiéndolo todo, absolutamente todo. Ella lo siente por dentro. Él es ella y ella es él. Unidos por la sangre, por la placenta, por mucho más que eso y también por un amor creciente e infinito. Ella lo escucha y, aunque no le ve, aunque se siente cansada, habla con él y trata de adivinar su estado de ánimo. Ahora quiere moverse, agitarse, girar en busca de una postura cómoda, apaciguarse, detenerse, dormirse y de repente arrancar con un redoblado esfuerzo, con una energía inesperada, como si estuviera en un jardín o un patio adonde se reúnen otros niños y en el que puede hacer todo lo que quiere. Cuando ella se sienta en ese sofá solitario del salón para descansar es cuando él se pone súbitamente en acción y se menea, aprovechando de la tranquilidad y la estabilidad de ese vientre inmóvil y protegido. Sin embargo, cuando ella se levanta, cuando ella es la que se mueve y se agita, él se amilana, se encoge, se duerme y disfruta del vaivén de su cadera, del balanceo de su vientre tan confortable.

Sentada en la sombra de ese piso de la calle Providencia, en una zona levemente ventilada, ella  habla en voz alta con él, le canta y tararea unas canciones reposantes y alegres, muchas veces la misma pero con leves variaciones,  porque sabe que él la escucha y que ese sonido grave le calma. Sabe que esto es música, una música celestial o cavernosa, una música profunda y sentimental que les une más que cualquier cosa porque no se trata de reproducir una melodía sino de compartir las vibraciones, sentir la calidez y ese nexo universal que les une. Ella respira hondamente para sintonizar el ritmo de su corazón con el de su hijo. Ésa es otra música que les conecta y que les acerca por medio de ondas indescifrables, profundas emociones del universo, propios de ese mundo interior que ella cultiva, y se encandila al percibir ese halito de vida salido de la nada, nacido del fruto de un amor que ella prolonga en su mente, en sus sueños de mujer generosa y exquisita. Ella recuerda cómo fue concebido ese hijo ahora tan anhelado. Su gran esperanza. Su última ilusión. Allí, en ese lugar tranquilo, recuerda cómo, en esos momentos de pasión, el amor invadía cada uno de sus miembros, cada uno de sus poros y se extendía por todo el piso como un vago resplandor, un perfume indescriptible, y seguía cobijándoles e infundiéndoles unas ganas irreprimibles de conocerse y de quererse más y más. Ese niño que espera ahora, que crece con ella dentro de ese cuerpo hermoso y dadivoso, es el resultado de un amor inmenso, un amor ardoroso que la sobrecogió en la flor de su juventud y de su inocencia. Ella se pregunta cómo pudo ignorar su estado de embarazo hasta el tercer mes, cómo pudo ser tan desprevenida y despistada frente a ese regalo de Dios, a ese obsequio del cielo, pero luego se rinde a la evidencia de su duro destino. Ese destino cruel que la acecha, que la aturde reciamente, es la causa de su despiste.

El suicidio de ese novio tan querido, ese atractivo hombre que la enamoró mientras conducía su bus número treinta y nueve con tanto orgullo por la calle Providencia, que la  sedujo con sus guiños y sus comentarios de galán, fue el detonante de esa tremenda depresión que nubló sus sentidos y la sumergió en un mundo oscuro de desaliento y desesperanza. Fue ese suceso inesperado lo que la sacudió en pleno idilio amoroso, que la arrancó de sus sueños de mujer inexperimentada en el amor, para hacerle dudar de todo, de sus planes, de sus ganas de vivir, de su amor por ese novio encantador. Él, sin duda, la amaba, la quería con toda su alma, pero no supo afrontar sus problemas profesionales y antes de compartir su padecimiento con ella, ella que siempre estuvo pendiente de él, prefirió desistir y olvidarse del odio, del rencor, del malestar, de la desidia, de la frustración y también de los que le querían y se preocupaban por él. Se olvidó de todo y de ella sobretodo. Eso es lo que más le duele.

En su orgullo de mujer apasionada y entregada, esa desaparición le sigue doliendo y le seguirá doliendo toda la vida. Por mucho que se esfuerce y que trate de aliviar el dolor, de relativizar y pensar en el amor de otras personas como su madre, el recuerdo de ese primer amor sigue intacto en ella, indeleble y vivo, radiante y ardiente, como si fuera el primer día de su relación, ese día que salieron juntos por las calles del barrio de Gracia y se besaron desenfrenadamente en la casa del muchacho. Sin duda, ella habría hecho todo lo posible para ayudarle, habría movilizado todas sus fuerzas de mujer ilusionada, si él le hubiese dicho algo o hecho una señal, algo más que esa sonrisa seductora o unas palabras agradables, pero él no quiso nunca pedir ayuda. No. Su orgullo era demasiado grande. Por eso, la imagen de su novio inanimado en la bañera, el padre del hijo que crece en su barriga, inerte y desangrándose lentamente por esas muñecas abiertas, le sigue punzando el corazón con la misma agudeza, la misma dureza que los primeros meses. El dolor es enorme, inimaginable, y en muchísimas ocasiones pensó que su vida había de parar también, de la misma forma que la de su novio, porque no podía aguantar la soledad de su piso, la soledad de su alma y de su corazón. El abandono había sido brutal e inesperado.

Eso fue lo que pensó antes de darse cuenta de su embarazo, de que una nueva vida, una luz de esperanza, iba desarrollándose dentro de ella, poco a poco, con templanza y determinación. Entonces, comprendió que su novio no había muerto del todo, que su cuerpo fino y joven albergaba el fruto de ese amor pasional e incomprendido, y lo mantenía activo con esa persistencia y voluntad que caracteriza a la vida. Una parte de su novio estaba dentro de ella, fusionándose con sus células, mezclándose y nutriéndose de la fertilidad de su barriga, impregnándose, embebiéndose de sus vibraciones, de sus emociones y eso la chocó enormemente. La trastornó durante largos días, noches enteras de insomnio, hasta que el cambio fue notándose poco a poco, lentamente como el efecto pulidor de las olas sobre las rocas. Dentro de su cuerpo adolorido, dentro de su mente acongojada y deprimida, el consuelo y la confianza que infunden la vida fueron ganando posiciones, progresando e imponiéndose sobre los pensamientos destructivos y los tormentos que la habían acechado. 

La fuerza de la vida la invadió. La abrazó en plena turbación y con ella descubrió, pausadamente, las maravillas de su cuerpo y la mística naturaleza que la rodea. Ese mundo increíblemente complejo y cambiante que la observa, que la escucha y respira como ella. Su madre, siempre inquieta y pendiente de sus necesidades, preocupada por la forma en la que el novio desapareció de este mundo y temerosa de que esto influenciara de la misma forma a su hija, fue la primera en percibir el cambio. Evidentemente, no fue inmediato pero percibió una semblanza de serenidad en sus movimientos y en sus facciones, un rastro de luz y de esperanza en su mirada, un vago perfume de vida y un halo de seguridad alrededor de su silueta. El niño ya estaba creciendo dentro de ella y los cambios se efectuaban con el mismo misterio que cuando una hoja verde brota de una planta seca. El amor seguía floreciendo dentro de ella.

Ahora, sola y sentada en el sofá de su piso de Gracia, Nuria ya no es la misma. No. Ya no es la amante apasionada que descubrió la vida a través de los ojos de su novio Rubén. Ahora es una mujer valiente y joven, decepcionada por una muerte inesperada pero salvada por una vida que la conquista por dentro, que la transforma y la subyuga. La savia de la esperanza, el fuego de la vida, se apoderan de ella y con ocho meses nota que su cuerpo entero se ha convertido en la extensión del universo, en el centro de una galaxia que fecunda planetas y estrellas. Sus senos crecidos y repletos de leche, dolorosos en algunos momentos pero listos para apaciguar los gritos de la criatura que saldrá de su cuerpo son un indicio externo de esa preparación. Sus caderas anchas y generosas, su barriga abultada que ella acaricia con una placidez inocultable, su piel tersa y un olfato agudizado, son otros indicios que exhiben una actividad constante de sus hormonas y de un organismo dispuesto a afrontar los grandes retos del universo. Ella respira, conecta con ese niño que llamará Rubén, como su novio desvanecido. Piensa y confía en que será una madre perfecta. Lo intentará por lo menos, porque ella considera que lo que importa son las intenciones. Al percibir esas leves cosquillas, ese hormigueo sedante en su vientre voluminoso, como un sueño a un paso de convertirse en realidad, se siente más fuerte que antes, más madura y más serena, sin embargo, ella no puede evitar de preguntarse: ¿Qué habría sido de su novio si hubiese sabido que ella estaba embarazada? ¿Habría vuelto a luchar por la vida, a creer en su destino? ¿Habría sentido la misma fuerza que crece en ella con ese calor y ese coraje perseverante e incansable?

 

 

 

 

 

© Johari Gautier Carmona

A


El coleccionista de relojes
por María Aixa Sanz

 


A Biel le gustan los relojes. Cuando era un crío entraba sigilosamente y se acuclillaba junto a una banqueta en un ángulo muerto, para no estorbar, en el taller donde un relojero elaboraba los relojes más fascinantes del mundo. El taller del maestro relojero estaba a dos calles de la casa de Biel. Mientras la madre de Biel se despistaba durante dos minutos y volvía en sí, él ya corría como un desposeído por las calles en dirección al taller. Biel se hizo grande y con sus primeros sueldos se compró un reloj de muñeca. Un lujo de reloj que no estaba a su alcance, para ello estuvo ahorrando durante meses hasta conseguir todo el dinero. Aprendió con ello el esfuerzo de lo que vale conseguir un tesoro, lo aprendió como durante su infancia en el taller del relojero había aprendido como con mucha paciencia, disciplina, destreza y silencio se pueden convertir piezas sueltas en una filigrana. A Biel le fueron bien las cosas y con los años sin darse cuenta se convirtió en un  gran coleccionista de relojes y de historias, pues cada reloj guardaba con él una historia, un recuerdo de cómo, por qué, para qué o en qué circunstancia lo había adquirido. Biel encanecía y sus relojes al unísono marcaban el tiempo de su vida, todas las penas y las alegrías, todos los amores y los desamores, todas las ilusiones y  las desilusiones. Un día a Biel uno de sus amigos le preguntó:
-¿Si por alguna razón tuvieras que quedarte con solo uno de todos tus relojes, cuánto tiempo tardarías en decidirte?
-Un segundo -le respondió Biel.
-¿Uno? ¿Con uno tendrías bastante?
-Sí. Sé de sobras el reloj que elegiría.
-¡Vaya! -respondió el amigo de Biel, asombrado y en parte decepcionado, pensaba que su amigo, el coleccionista de relojes tenía tanto apego a su colección, que la pregunta formulada le causaría un gran dilema -¿Me puedes mostrar el reloj afortunado? -preguntó el amigo con un poco de inquina por el aplomo de Biel.
-Éste -y Biel le mostró un sencillo reloj de arena.
-¡Oh! -exclamó el amigo de Biel ante la sorpresa.
-¿No te lo esperabas? -le preguntó Biel con ironía.
-No, sinceramente no.
-¿Esperabas algo más sofisticado?
-Pues sí, has dado en el clavo. No lo esperaba en absoluto.
-¿Acaso éste no te lo parece?
- ... -el amigo de Biel no supo que contestarle. Estaba perplejo.
-Amigo mío, no vas a encontrar mayor sofisticación que el tiempo atrapado en los finos granos de arena. A tu edad deberías saberlo ya -una sonrisa se dibujó en el rostro de Biel, apretó el brazo de su amigo y le dio dos palmadas en la espalda y le miró de hito a hito. La cara de su amigo era puro desconcierto.
-¿Por qué? -musitó el amigo de Biel, no sin sentir cierta vergüenza.
-Porque es el único que es infinito.

 

 

 

 

 

© María Aixa Sanz. (España, 1973) Escritora valenciana. Tiene publicadas las novelas “El pasado es un regalo” (2000), “La escena” (2001), “Antes del último suspiro” (2006) y “Fragmentos de Carlota G.” (2008). En mayo del 2008 publica el ensayo “El peligro de releer”, recopilatorio de los artículos literarios, con los que colabora en diversas revistas de España y Latinoamérica. Ganadora de varios premios de narrativa breve, relato y cuento en distintos idiomas. http://mariaaixasanz.blogspot.com/

A


Ocaso
por   Elena Ortiz Muñiz

 

El atardecer empieza a morir. Al abrir la puerta, advierte las sombras que han comenzado a cubrirlo todo. Avanza con pasos lentos que arrastra al andar, observa su figura encorvada proyectada en la pared. Prende la luz y su imagen desaparece. ¡Qué triste! ¡Qué callada vida la suya! Y pensar que en su juventud fue un hombre de éxito, de empresas, de triunfos. Todos querían estar con él. Gente que salía de todas partes pidiendo favores, suplicando por un empleo, una recomendación, una ayuda.

Ayuda...como la que necesitaba él ahora. Y sin embargo, cuando por azares del destino se encontraba en la calle con alguno de esos jóvenes, ahora hombres maduros a quienes había ayudado, a veces sin conocerlos del todo, algunos volteaban el rostro y continuaban su camino disimuladamente. Otros lo saludaban brevemente, con cortesía...y lástima. Si supieran que lo único que necesitaba era platicar con alguien de cualquier cosa, de lo que fuera.

Y qué decir de cuando debía  hacer los pagos de cada mes, después de cobrar su pensión. Eso lo desgastaba considerablemente. Tenía que hacerse el tonto y no percibir ese tono imperativo y degradante que acostumbra la gente a adoptar cuando se trata de atender a una persona de la tercera edad, como él. Al principio, se enfurecía y peleaba reclamado una atención eficiente y digna. Ahora, ya ni gastaba fuerzas en exigir. Callaba y observaba fijamente pensando:

-¿Cuántos años puede tener esta muchachita? Si supiera todos los títulos que tengo,  los libros que me he leído, las experiencias que he acumulado a lo largo de tantos años, me hablaría con más respeto. Pobrecita ignorante ¿Cuántos estudios puede tener para sentir tanta soberbia y superioridad?-

Terminaba agradeciendo parcamente por el "servicio" prestado y continuaba su camino reclamando entre dientes, siendo señalado como un viejito gruñón cuando todo su pecado era tener el alma apesadumbrada.
 
Cada día iba a la cama rogando al cielo para ya no despertar. Pero despertaba. ¡Y cómo dolía hacerlo! A veces tardaba mucho tiempo en ponerse de pie porque no sabía para qué  dejar la cama. ¿Qué objeto tendría el hacerlo?. Pero igual, la terminaba abandonando.

Entonces comenzaba el suplicio. Prepararse la avena para el desayuno, que por cierto siempre quedaba desabrida, para luego asear la casa tan eficientemente como su artritis y el dolor de espalda se lo permitiera. Luego se sentaba frente al televisor, su única compañía.

Buscaba hasta encontrar la película del medio día, que siempre era un film antiguo, de sus tiempos. Y se ponía a recordar hablando para si mismo:

-Yo estuve enamorado de esta actriz, soñaba con ella, no me perdía ninguna de sus películas... -Se entristece un poco-... ¡Ah! Esta escena. Cuánto nos reímos mi hermano Pablo y yo cuando la vimos en el cinema... -Y ríe recordando-... Esa casa...esa casa se parece a la que tenían mis papás, en una  así crecí yo. También tenía una fuente al centro del patio y ¡metíamos en el agua los pies con todo y zapatos para no tener que limpiarlos!...-le emociona la evocación-... ¡Qué tundas nos daba mi madre! Mi mamacita...tan buena. ¡Cuánto sufrió la pobrecita!...Termina lamentando el paso de los años.

Luego seguían los noticiarios y las reflexiones de cómo ha cambiado el mundo, de lo diferentes que son las cosas ahora, de cómo es posible que haya tanta violencia, tanta pobreza...Hasta que se quedaba dormido murmurando frente al televisor que hablaba y hablaba mientras él seguía peleando consigo mismo, con sus años, con su suerte, con las decisiones de su vida, con sus enfermedades, con su soledad...

Al despertar, iba por su bastón y salía a caminar. Llegaba hasta la plaza y se sentaba en una banca, siempre la misma banca, siempre el mismo panorama frente a sus ojos, las mismas palomas buscando migas de pan, los mismos niños...Y volvían los pensamientos a su cabeza...En una plaza así nos encontrábamos mi chatita y yo. Tenía que esconderme de Manuel, su hermano, que invariablemente la estaba cuidando, ya después aprendí que con unas monedas era suficiente para que se hiciera de la vista gorda y nos dejara platicar a solas... ¡Qué tiempos!...ahora todo es tan distinto...las parejas casi hacen el acto sexual en la vía publica, las mujeres ya no dejan nada a la imaginación, los padres no saben en dónde ni con quién están sus hijos. Y los jóvenes...ellos ya no conviven, todo el día en la computadora dizque "chateando", sin hablar unos con otros, sin tener comunicación real. No. Los tiempos han cambiado mucho.

Entonces era momento de levantarse y caminar hasta la fonda. La comida era sabrosa y barata. Hacían una sopa muy parecida a la de su difunta chata, aunque jamás con ese sazón que solo ella tenía. Lo único que le disgustaba era que la dueña creía, como la mayor parte de la gente, que por ser viejo era también sordo e idiota y le gritaba cada palabra acercándosele al oído y repitiéndole todo dos o tres veces.

Después de comer, la caminata hasta su casa. Llegaba, casi siempre cuando la noche empezaba a amenazar con cubrirlo todo, con sus sueños tristes y sus pesadillas. Con esas siluetas que lo asustaban como cuando era niño. Encendía la luz para que desaparecieran los espectros y se sentaba a cenar el pan recién comprado acompañado de leche.

A veces, una que otra lágrima caía de sus ojos. Miraba el teléfono que casi nunca sonaba, parecía más un adorno que un aparato de comunicación, pero la manera más eficaz de saber de su hijo de vez en vez, cuando se acordaba de llamarlo para cerciorarse de que siguiera vivo. Él casi nunca le telefoneaba al muchacho pues tenía la sensación de que a la mujer, su nuera, no le hacía gracia que lo hiciera. Prefería aguantarse las ganas y esperar, aunque la espera significara semanas, o hasta meses.

Luego, una ducha rápida, muy rápida. No se detenía a observar su cuerpo. No le gustaba ver sus brazos y piernas flácidas y arrugadas, ni su vientre abultado colgar como pellejo sin vida. Desde que su chata murió, no volvió a mirarse al espejo ¿para qué? ni siquiera para peinarse pues ya ni pelo tenía.

Luego se metía a la cama, con la luz de la lámpara en la mesa de noche encendida para que no le pillaran las tinieblas y se le vinieran encima. Miraba el lado vacío junto a él, la casa silenciosa, se imaginaba cómo se veía acostado ahí. Solo. Con vida, pero sin ella. Muriendo día a día sin lograr fallecer del todo. Cerraba los ojos y oraba...oraba con fuerza y fe. Pedía por su esposa amada, por la felicidad del hijo que nunca llamaba...pedía piedad y suplicaba que le permitieran descansar. Casi siempre acababa llorando. Hasta que se quedaba dormido, con las lágrimas frescas en su rostro y la almohada húmeda de tanto llanto. Su cama olía a orines rancios, el olor de la vejez. La señal de que el cuerpo ya no funciona tan bien. Las gafas en el buró, junto a la dentadura artificial, en la pared los diplomas, premios y reconocimientos que a lo largo de su vida conquistó, bajo la cama el bacín por si llegara a hacer falta, en el vidrio de los cuadros el reflejo de su figura cansada y desvalida durmiendo como un niño mientras la luz, que siempre se queda encendida, le ilumina el rostro plagado de arrugas y hace menos sombría su desolada senectud.

Al día siguiente amanece,  y todo vuelve a empezar, con pequeñas variaciones, pero casi siempre igual. Lo único que le alegra es que ese día más, para él, es un día menos. La llegada del ocaso. Y arrastra los pies a la cocina para preparar su avena desabrida...

 

 

 

 

 

© ELENA ORTIZ MUÑIZ. Mexicana/Española. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, egresada de la Universidad Franco Mexicana. Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES),  de la Unión de Escritores Hispanoamericanos y de Escritores Latinoamericanos.  Escribe en los portales El rincón del poeta.net, Publica tu obra (UNAM), Arte comunicarte y el Rincón de los Escritores donde ha obtenido más de 12 menciones por mejor texto del mes y el reconocimiento por mejor monólogo del año 2009. Participó en las Antologías Mejores textos del 2008 y en 2009 editada por el Rincón de los Escritores, en la Antología Iwith 2008 editada por Bubok, en el libro Palabras Aligeras publicado por la editorial Hipaláge en España, 2010. Autora del libro “Fe, corazón y Alegría publicado por Bubok. Ha publicado en diversos medios electrónicos y en papel en Canadá, España, Argentina, Uruguay y México. Colaboradora de Proyecto Sherezade de la Universidad de Manitoba en Canadá, Revista Gibralfaro de la Universidad de Málaga en España,  Revista Arena y Cal, España y El canto del Ahuehuete, México. Recibió accésit y mención de honor en el I Concurso de Relatos convocado por la revista literaria Katharsis , finalista del II Concurso de microrrelatos para abogados de septiembre y diciembre 2009 convocado por la página Abogados.es, finalista en el Primer Certamen de Cartas de amor convocado por la Biblioteca de Arucas en España, autor seleccionado en el Premio Algazara de Microrrelatos convocado por la Editorial Hipaláge. Actualmente, se desempeña como subdirectora de la revista literaria “Molino de Letras” www.molinodeletras.net

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