|
Quien se enfrenta al reto de una novela no puede olvidar que se enfrenta, ante todo, a una narración. Y que la narración es, ante todo, el lenguaje con que se trama. El esforzado lector de estas notas sabe que soy pesimista con respecto a la novela que nos venden hoy en día, y que echo de menos las novelas realmente escritas, cuyo lugar ha sido ocupado por ¿historias? torpemente hilvanadas, que ignoran (no ellas, sino quien las perpetra) cuanto de cierto hay en las palabras si se escriben para crear, y cuanta creación cabe en la realidad que contemplamos. También en la realidad de las novelas. César Romero ha recogido dos hechos perfectamente codificados, la memoria de la guerra y la llegada del extranjero, y ha modelado un fascinante juego de espejos en el que voces diversas pugnan por reconocerse en lo que relatan, en los recovecos de lo que recuerdan o de lo que escucharon de otros. El espejo muestra un pueblo de Sevilla en el que conviven tiempos distintos: el pasado ominoso y silente de los años del franquismo, cuando víctimas y verdugos de cualquier condición se vieron condenados a convivir y a reconocerse en cada encuentro, y el presente en que ese pasado sobrevive aún, a pesar de lo que algún que otro iluminado, fantásticas caricaturas con las que me he reído de buena gana, pretenda obviar, cuando lo único cierto es su ignorancia. Ian Tracy, el hispanista inglés que repite conscientemente los pasos de otros ilustres antecesores, no encuentra un tiempo detenido, sino un tiempo que se arrastra sobre sí mismo, y unas historias que no reclaman su estudio sino su pervivencia, que reclaman las palabras en que están y que les han sido hurtadas. Hay algo en la escritura de César romero que no es estilo, que va más allá de la noción habitual de estilo y de la verosimilitud. Algo mucho mayor que la eficacia o la observación. Lo vi (y di cuenta de ello) en sus relatos, y vuelvo a verlo en esta novela. Quizás la sensación de que páginas como éstas son realmente necesarias, que el empeño puesto en ellas atañe más a la vida de quien las escribe que al mero oficio. Y que el resultado, Campo de minas, se convierte para el lector en algo más que un lapso de tiempo o una confrontación con lo escrito. Ese algo más se llama, ahora sí, novela. Y soy pesimista respecto a su actualidad, pero hay ocasiones, como la que nos ocupa, en que mi pesimismo retrocede y vuelvo a buscar libros como el que acabo de leer.
|
© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |