EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

 

[número cuarenta y cinco edición OTOÑO 2009]

D I C I E M B R E

 

O T O Ñ O

Con el otoño sobrevienen también los recuerdos como andanadas de vientos, gentilezas que aparecen a finales de septiembre y sirven para sugerir el pasado como en realidad fue en su día. Los recuerdos aparecen enormes bajo la lupa del otoño aunque la formidable peripecia del pasado en realidad solo sea signo de futilidad y de equívoco. Luis García Montero nos recuerda que “como la vida es una costumbre de ilusiones fracasadas, hay noticias que solo cobran su verdadero valor en la infancia”. Aquella gran casa de ventanales verdes que hoy es y acaso entonces fuera la definición exacta de lo inhabitable; las calles anchas por las que transcurrían las protestas obreras ahora vacías y aturdidas bajo la insipidez de su discurso; aquella rotundidad de torreones, esta menudencia de  barbacanas; aquel amor primero, esa ráfaga de viento, al cabo esta gentileza de septiembre que nos revelan la medida justa pasado.

 

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


Barbaridades in situ

 

Adan y Eva Éxodo Incesto Capítulo 2
Si tu fueras la misma
T-Equilibro
Vias
A

Esperanza, Primavera, Viento y Lunes / Cáceres
por Juana Corsina González

 

ESPERANZA, PRIMAVERA, VIENTO Y LUNES



El lunes comenzará a secarse la semana,
si no la riega el rocío de los sueños.

Es día de pronombres;
tercera persona del plural
de verbos dolientes
que matan los mosquitos de primavera.
(También la primavera es lunes)
Debemos apartar el viento
que lleva al pasar,
las vidas atropelladas de infortunios.

Me duele el viento y el lunes y el cerrar los ojos
que obligan a dividir los resplandores,
partiendo en la oscuridad,
la luz del jueves,
del sábado,
del martes;
incluso, del miércoles de polvo y hambre.

No entiendo los lunes de miseria,
de guerra y dolor
de cruel injusticia;
en donde la esperanza se cae como lepra
y miran de reojo los buitres,
hacia ese rebaño de los lamentos.

Pero hasta el último domingo,
esperan la resurrección de las espigas
los que no tienen, un comienzo de semana.
Por eso, aunque me duela, deseo que sea lunes
y quiero que crezca la yerba
en todos los instintos,
y nazcan soles
en un simulacro de amanecer,

Hay un error enorme
(Tiene que haberlo)
Porque mientras a unos se les caen los lunes
a otros se les oxida la saliva en los cerebros;
muertos de poder que olvidan, cambiar
la hoja en el calendario de los sin nada.

Es lunes, es viento, es primavera
que más da, es… esperanza
y hay quien tan sólo tiene eso:

Esperanza,

primavera,

viento y … Lunes.

CÁCERES

Marfileña luz sobre tus alcores
donde sin yerro se abren abismales,
palacios y castillos medievales
que de excelencia son embajadores.
Albergues de cigüeñas y de azores
con torres, almenadas y triunfales
calles con vericuetos magistrales,
que acarician, silentes, los albores.
Cáceres, reconquista el sentimiento
y enorgullece a toda Extremadura,
con patrimonio de arte y crecimiento.
Historia secular, donde perdura
la esencia que le sirve de argumento:
"Europea ciudad de la cultura"

 

 

 

 

 

 

 

 

© Juana Corsina González Fraga. Nace en Ferrol (La Coruña) el 20 de Febrero de 1958. El primer poema que guarda manuscrito es del año 1974 .“Los locos” Donde descubre el placer de utilizar la poesía para expresarse. Y surgen así sus “Siempre sueños…” que la siguen acompañando por las vaguadas del pensamiento. Es una admiradora de todo aquello que encuentra escrito y una enamorada del aprendizaje que la lleva, a través de Internet, hasta los foros literarios. Y en “Poetas universales” foro literario recoge parte de su colección de versos.  Ha recibido numerosos premios en los certámenes que se realizan en Internet por sus Sonetos, poesía clásica y Verso Libre. Siendo a si mismo, directora y administradora del foro literario: “Poetas Universales”Es miembro de Poetas del mundo R.E-M-E.S.: Red Mundial de Escritores en Español. Poeta invitada en la presentación del libro de la Poeta Gallega: Carmen Patiño (La Coruña) en la Real Academia Gallega; donde recitó sus poemas. Poeta invitada para dar lectura a sus poemas en el IV aniversario del Foro “Aires Galegos” Recitales poéticos musicales organizado por la “Orden Tercera de San Francisco” en los actos culturales de Navidades , Semana Santa y otros, en la Ciudad de Ferrol.  Poeta invitada a los actos poéticos de "La Casa de la Cultura" del ayuntamiento de Ned donde comparte tertulias con destacados Poetas de la comarca Ferrolana. Partícipe de las antologías: “Dias de Sol” (Editorial Centro Poético)
“Poetas en libertad8” (Editorial Poesía eres tú). Un poemario editado “Vaguadas del pensamiento”. Un librillo poético con poesía clásica y sacra publicado por la Orden 3ª de San Francisco “Entre seráficos tambores” y varios inéditos en espera de publicación.

A


Cómo contemplar un poema sin olvidar a una mujer / [Arqui(Texturas)]
por Juan Pablo Mejía

 

Cómo contemplar un poema
sin olvidar a una mujer

 

El poema se extiende:

un
ángel
de fuego
cayó sobre
la superficie
de la tierra
[un campo de flores
fue durante
un segundo
su sepulcro]

Digamos que:
el ángel de fuego persiste
aún si su cuerpo se incendia al caer,
o si la tierra, cuya condición
no se explica, gira sobre sí misma
o se mantiene estática

pero del campo no se conoce sino que es de flores.

Y si escribo rosa
no digo sino un mítico conjuro de palabras
que al proyectarse sobre la esponja de mi mente
reproducen una imagen

Y si escribo lila,
no hablo sino de Pizarnik (1)
y su jardín sangrante de espadas.

En consecuencia,
algunas flores son tan bellas
como la experiencia moderna del amor.

Así, el amor es también la visión de dos cuerpos en armonía
o un concierto de flores y pájaros
que con el ritmo de su coito
configuran la dirección de los rayos del sol
hacia la síntesis de los cuerpos en un solo signo erótico.

Y quiero recordar, además,
que en poesía lo inconsciente es racional
porque obedece a un sistema interno que lo dota de sentido

en tanto que los mitos
tienen una estructura que se repite y actualiza en el tiempo
a través de los diferentes procesos históricos (2);

y decir que los ángeles existen bajo apariencia humana
y descienden sobre la tierra
envueltos en un halo de fuego, es un mito solamente.

Pero decir que el cuerpo de una mujer,
que guarda las ocultas formas de la naturaleza,
posee la voraz geometría de lo bello,
es una realidad inexpugnable.

 

 
(1) Esta lila se deshoja / desde sí misma cae / y oculta su antigua sombra. / He de morir de cosas así. (“Vértigo o contemplación de algo que termina”), de Extracción de la piedra de la locura, 1968.

(2) Cfr. Octavio Paz, Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, 1969.

 

 

 

[Arqui(TEXTURAS)]

w

Busco una estructura secuencial que limite las sensaciones
el fondo sin forma de los ritmos estelares de la luz
             la imagen fermentada de un río de sangre transparente
una matriz artificial de palabras
             la construcción de un drama evadido al azar
la fe como ejemplo de eficiencia interminable
los edificios del dolor disueltos tras la pérdida de la memoria

Todo ha comenzado con la subversión de los valores:
             reuniré la historia de las flores en un movimiento de canción
las manos habitables de mi amada son el ejercicio mágico del mundo
             su rostro es el sonido organizado de la belleza
             (su piel, el papel sobre el que esta noche escribo este poema)

El espacio es un vacío del que no estamos convencidos
las huellas interiores son el origen inevitable del amor
             el dominio del dolor una manifestación ejemplar del lenguaje
una ceremonia de luz blanda dispuesta a la variación musical del color
la persecución del viento anima las fuerzas del corazón
                                                            la frecuencia del corazón
                                                            la caricia líquida del corazón
pero el creador afina el orden de la historia
                                                            intensifica la vida
                                                                            corrobora la muerte
La fuerza de mi grito renovó la resistencia de la muerte
pero la luz que ubicamos fue un bálsamo de sinceridad
que nos sumió en el miedo más triste          en la pena más amarga
pero el creador dijo: quien crea en mí, cantará la victoria

Ahora podremos descansar
                       el octavo día ha regresado a los campos
                       la hierba fresca crece alrededor de nuestros pasos
                       lo verde hace de nosotros fruto amargo
                       flor de fango         espesa calentura de mendrugos.
El sol cubre los cuerpos que habitamos como un espejo a sus imágenes.
El octavo día ha llegado: ahora podemos disfrutar de su veneno

α

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Juan Pablo Mejía (Lima, 1982) Comunicador Social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Dirige la revista de creación “El Jinete de la Tortuga” y el sello “Paracaídas Editores”. Ha organizado concursos, encuentros literarios y recitales poéticos junto al Grupo Cultural “Nudo de Voces”, del cual forma parte. Poemas suyos aparecen publicados en diversas revistas y blogs de Literatura, así como en las muestras colectivas “Nudo” (2007), “Caja de Typos” (2007) y “Cuatro” (2009). Antologado en “Poesía Perú S. XXI: 60 Poetas Peruanos Contemporáneos” (2007). Pronto aparecerá “Balada de la piedra que canta”, su primer libro. Pueden leer otros textos suyos en http://.jpmejia.blogspot.com, su bitácora personal.

A


Un orgasmo que ganar
por Mariela Loza Nieto

 

Mi táctica es hablarte y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

Mario Benedetti

 

Podría intentar una sextina erótica,
de la lengua, cuando explora, arriesgar un soneto,
con las humedades incendiadas improvisarle carne a una loa,
auxiliarme en la hipérbole e hilvanar placeres de leyenda.

¿Quién sabe?
Quizá la resulta no fuera mala del todo,
con un poco de suerte, tampoco mera fantasía.

Podría intentar hacerlo tan escandaloso
que ruborizara a la mismísima Xochiquétzal,
enloquecerlo con onomatopeyas,
anástrofes dionisiacas y lubricidades,
pleonasmos ardientes,
un polisíndeton excitado,
anáforas delirantes,
y el ritmo, absolutamente desenfrenado,
digno de asfixiar puntos suspensivos y censuras:
pareados, cuartetos, sextillas…

Todo un alboroto.
Una apasionante algarabía.

Podría intentarlo…
El problema son sus ramificaciones más salvajes,
las ligaduras que están cerca de sucumbir:
hoy casi son una nostálgica elegía.

Tristes tendrían que ser las voces de su composición.
¿Cómo hacer gozosas rimas?

Si aun cuando a sus ancestros les debemos el placer,
se extingue el fuego entre reptiles.
Sólo versos fúnebres para la pasión enroscada de las anacondas,
y sus lenguas bífidas incitando al romance,
y la fragancia que las mantiene retorciéndose enardecidas.

Penosos vocablos narrarán el sentido bifurcado del lagarto gila,
lastimeros, el contoneo rítmico de dos salamandras,
de la noche en que copulan, de la tierra en que se abrazan.

Por el momento, no puede ser de otra manera…
Desconsoladas poesías tendrían que ser.

Sólo tristeza y muerte el capital está enraizando,
las humedades se secan, el glaciar se evapora,
la lluvia ácida todo lo quema y se une al NAPALM hambriento.

Y en las selvas la excitación de la ley de oferta y demanda somete,
y su expansión todo lo desertifica, todo lo arrasa.
Y la ley de la mayor ganancia en los mares mancilla.
Y todo lo enajena y todo lo corrompe.

Para la vida y el placer, naturalmente,
sólo harían falta secreciones y bamboleos,
pero hoy es tan incierto el arco iris del sexo y sus ramas salvajes,
que pronto no se podrá escribir, sino en tiempo pasado,
de caricias sobre el lomo, trompas y hocicos entrelazados,
miradas insinuantes, correteos…

No habrá más encendidas romanzas salvajes,
no coloridas plumas, no seductores vuelos.

Si así siguen las cosas, en pasado también se hablará
del aroma a hembra yaguar ungido en los árboles,
de su seductor tornear el cuerpo sobre la tierra,
del rugido penetrante y el seseo.

Ni sextina erótica,
ni soneto,
ni placeres de leyenda.

Si en este momento intentara un cantar a las delicias del deseo,
no podría ser una rapsodia amorosa,
ni novela de fuego: epitalamio sería.

Incluso de cualidades dulces,
construida con delicadas insinuaciones,
y aunque perfumara rimas y voluptuosidades,
y escribiera verso de pie quebrado a los cuerpos cavernosos.
Y aunque adornara letras y flujos y gemidos y vaivenes…
y de las contracciones de membrana hiciera metáforas puras….

Aun cuando con esmero cultivara un perfecto castellano;
y aprendiera reglas gramaticales,
recursos literarios,
ortografía.
Aun con palabras rimbombantes:
sería un epitalamio, triste como elegía.

Entonces, el problema: ocultar las verdaderas relaciones.

Y…
 
¿Con qué eufemismo suavizaría la relación carnal,
entre un macho proveedor y “SU” hembra-esclava doméstica-objeto sexual?
¿Y las relaciones de producción obrera-patrón?
¿De dominación trabajadora de la tierra-cacique?
¿Y las relaciones empleada doméstica-patrona?

¿Y las de un cuerpo que pare y cría fuerza de trabajo
 y aquel que lo golpea y humilla?

¿Con qué eufemismo?
¿Cómo se ocultan las relaciones:
acumulación del dolor-desacumulación originaria de capital?
¿Y las diferencias entre ser atacada por frivolidades de palacio,
o ultrajada por militares en la montaña?
¿Y la pornografía?
¿Y el canto de gesta que componen las presunciones fálicas de un General?
¿Y las ansias descontroladas de esa red internacional de pederastas que se llama “Clero”?
¿Y los trabajos de mujer que se cuentan en “horas-hombre”?
¿Y sus sudores que se malbaratan o niegan?

Si hiciera el intento…
si intentara poetizar al erotismo,
tendría que esmerarme:
cultivar palabras y silenciarlas,
aprender a disfrutar dolores de corazón versificado en cabo roto,
extirparle a las letras la sangre y carne y la humanidad y el sentido.

En este momento, no podría ser de otra manera:
con sílabas aumentar los senos, hasta convertirlos en ¿verso de arte mayor?
Utilizar un zeugma simple que redujera abultamientos de abdomen,
nuevos tropos literarios incrementando el volumen de las caderas,
una sinalefa para estrechar cinturas, y, a toda costa,
evitar figuras de diálogo y argumentación.

Hoy no puedo escribirlo.
Sería un garabato sobre relaciones carnales de un hombre y “SU mujer”,
o de los deseos reprimidos de una esposa, de la “señora de…”,
o del cuerpo de “puta” a quien sólo le respetan el apellido paterno.

¡No quiero!
¿Para qué escribir el epitalamio que cante a la “unión” y reproducción
del hombre que, para intercambiar en el mercado, sólo tiene su fuerza de trabajo…
 y la de “SU esposa” y la de “SUS hijos”?
¿Cómo ocultar la relación: monogamia-proceso de extracción de plusvalía?

¿Y el contrato matrimonial con el desasosiego?
¿Y las mujeres que para amarse refugian la piel en un escondrijo?
¿Y el hombre asesinado porque con otro hombre compartió el placer?
¿Y los desprecios y explotaciones que cuando se es mujer se multiplican?

Hoy no puedo escribirlo.
No quiero.
No habría forma para adornar un deleite que no puede ser sincero,
si se trata de olvidar que se revuelcan algunos sobre el lujo,
tragando sudor ajeno.

Hoy no.
Serían genitalidades en sí y no erotismo para sí.
Porque nunca es natural un apareamiento en cautiverio.
Ni en un bosque tropical al que exprimen la ganancia y sólo muerte dejan.
Ni en los satíricos hedores de la especulación.
Ni sometida a los arpones mordaces del monopolio.

En este momento, no podría ser de otra manera.
Terminaría negando la alfaguara del placer,
y la palabra de antiguas rocas que cuentan sensualidades humanas.

Y olvidando las opresiones que,
mientras se estancaba el paso trashumante,
desnaturalizaron al menstruo.

Tendría que esconder, entre renglones,
las propiedades privadas que nacieron sobre muslos y herramientas
cuando el ser humano se arraigo, como las semillas, en la tierra.

No quiero escribirlo hoy,
ahora que la mujer y sus cadencias tienen precio
y en el mercado se descontinuó el corazón al fémur de hombre.
Y está extinguiendo los amores,
y cuando penetra sólo deja marea negra,
y manantial intoxicado,
y sabanas destruidas,
y arrecifes derrumbados.
Y dolencias…
y exhumanos.

Hoy no puedo escribirlo:
tendría que amputarle la tibieza.

Hasta que se unan en cópula perenne el erotismo y la esperanza,
y aticen con sus placeres las horas-fuego.
Y les arrebatemos nuestro cuerpo:
desprivaticemos las caderas,
quitemos el “género” y el número al goce…
y lo androcéntrico a los besos.

Hoy no quiero,
primero tenemos que expropiarles la poesía,
abolir las horas-hombre, convertirlas en horas-ternura,
anular incrustaciones, colonialismos y celibatos,
sermones, virginidades, nacionalismos, reprimendas.

Primero tenemos que suprimir la perversión del plusvalor…
Desposeerles los medios para producir y reproducir satisfacciones,
y perder lo único, las cadenas:
extirpar este epitalamio coreado por capitalistas y patriarcas.

Si ahora sólo se riman amarguras y miserias y horrores.
Si todos los endecasílabos son sangrientos.
Hoy no me da la gana escribirlo…

A menos…
que tu vientre el pergamino sea,
y que nuestros placeres de carne y corazón y esperanza,
una barricada de amor inflamen.

A menos…
Que sobre tu cuerpo sea,
y que unidad táctica de humedades y de sueños sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Mariela Loza Nieto

A


Castañas (Flor fenicia)
por Ulises Varsovia

 

Conmovedor el útero hostil
clausurado a ciegas
bajo una ruda melena
de salvajes hebras,
blindado a lentas puntadas
de inefables dedos
en el fluir terrestre.

En su entraña la misma flor,
la misma flor fenicia
sumida en sus avatares,
transcurriendo sus viajes
con su fórmula secreta
repetida a obscuras.

Fúnebre marcha el clima
apretando el aire inmóvil,
acribillando la atmósfera
de frías espinas grises,
apenas perceptible su ardor
de húmedo patriarca generatriz.

Viejo patriarca de recias barbas,
en tu aliento de lúgubres fibras
la matriz conmovedora
su fruto a lentas punzada,
a imperceptibles sorbos
de zumos terrestres vertidos.

Los últimos ruidos del sol
remeciendo cáscaras y ungüentos,
enhebrando en tiernas enzimas
los misteriosos fluidos ciegos,
excitando la rural vagin
Ahora el milagro del pan
hecho de portentosa harina,
el milagro de la creación
desde rubicundas linfas,
desde dávidas terrestres
en el goce uteral enardecidas.

Conmovedora matriz
abierta como un nido
de hostil ramaje erizado,
desgarrado en tus costuras,
crispada en tu parto triunfal
en un grito vegetal pasmado,
húmedo y verde en tu dolor silvestre,

tres huevos tu misterio oval
de búsquedas y entrecruces,
de subterráneas dendritas
libando con sutiles lenguas
en el tráfico de las substancias.

En mis trémulos dedos
el color reverencial,
la forma bruñida ardiendo
su fuego telúrico inscrito,
radiante de salud silvestre.

Ahora a tu destino fenicio,
ahora al tránsito vegetal
con tu tesoro agrario
a apagarte en la luz cenicienta,
a consumirte en el aire y el tiempo,
a regresar al útero terrestre,
a morir y a continuar viviendo.

 

                              Ulises Varsovia
                              (De : Libro de Otoño. Inédito)

 

 

 

 

 

 

 

 

© Ulises Varsovia. Nací el 2 de julio de 1949 en Valparaíso, cuyo mar y sus tempestades marcaron definitivamente mi persona y mi poesía. Estudié varias asignaturas humanísticas, y trabajé en tres universidades, tanto en historia como en historia del arte, al mismo tiempo que escribía poesía. En 1985 salí a doctorarme a Alemania, y como mi mujer es suiza, pude trabajar y quedar-me en San Gall, ciudad en cuya universidad hago un par de lecciones. He publicado 28 títulos de poesía, cinco de ellos en Chile, y tres dedicados a  Valparaíso, el último: Hermanía: La Hermandad de la Orilla, en Apostrophes de Santiago (www.apos.cl). El libro más antiguo que he publicado es Jinetes Nocturnos, de 1974, pero tengo otros inéditos más antiguos. En 1972 publiqué un cuadernillo, Sueños de Amor, que circuló sólo entre amigos. Me han publicado más de 70 revistas de literatura de todo el mundo, en varios idiomas, y repetidas veces, y estoy en numerosas páginas web.  En agosto del pasado año salió a la luz en Sevilla, España, mi libro de poemas Anunciación. Ángeles y Espadas, publicado por la Asociación Cultural Myr-tos. Esta misma entidad acaba de publicar mi Antología Esencial y Otros Poe- mas (1974-2005), que incluye dos poemas de cada poemario publicado, es decir, 52 poemas "esenciales", y tres poemas de 12 libros inéditos, lo que hace un total de 88 poemas. Lo último mío aparecido es Vientos de Letras, también antológi-co, en colaboración con el poeta andaluz Alexis R. , editado por Myrtos. De los 28 poemarios publicados, sobresalen Jinetes Nocturnos, de 1974/75 , Tus náufragos, Chile, de 1993, Capitanía del Viento , de 1994 , El Transe- únte de Barcelona , de 1997, Madre Oceánica, Valparaíso, de 1999 , Mega-lítica, de 2000,  Ebriedad , de 2003, y la Antología Esencial. http://ulisesvarsovia.tripod.com www.ulisesvarsovia.ch

A


Tres poemas
por Pablo Miravet

 

Ciudad

ciudad, escucho tus cloacas,
           fisgo en tu vientre como un flâneur voluble
         

 

 

Certeza

me complazco y reposo en cavilaciones que semejan,
           caída la tarde,
                      nubes de plomo
         

 

 

Ellos

olor de mandarina
derramada
           en la piel de los dedos
vahos de pulpa rota
           engrudada

en los artefactos del sentido fundamental

 

 

 

 

 

 

 

 

© Pablo Miravet

A


La lluvia de abril
por Antonio Polo

 

Quiero ser como ese gesto democrático de abril,
renovarme en la ociosidad de las acequias.
Quiero que la lluvia llegue de improviso
como el amigo que falta hace tiempo,
y reponer el regocijo de la juventud, las batallas
inconclusas que traen de nuevo las riadas.
La lluvia tiene ese renovado gesto de amistad,
limpia las viejas incrustaciones del tiempo
cuando llega en mitad de la tarde, al principio
gris, llenando el aire de humedad y de recuerdos,
las viejas historias de la mili, aquella película de Bertolucci,
y la Luna mordiendo el borde de una charca.

La lluvia vuelve para llenarlo todo,
los terrones secos al borde del camino,
el cementerio con su tedio de polvos blancos,
el viejo misterio de los múltiplos de tres,
la aridez sexual de las garduñas.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Antonio Polo

A


Selección de poemas
por María José Mures

 

Cuando

Qué piensas cuando callas
cuando sin decir nada
pareces decir todo
qué tienes en los brazos
que si los aduncas
y me abrochas
rebosa mi tranquilidad.
Qué tienes en la mirada
que parece preguntar
¿por qué no ahora?

Inolvidable febrero

Así quedan mis días de trabajo o el trabajo en mis días,
en donde hay trabajo que no termina en un día
y donde hay días que no se terminan trabajando.
El trabajo que nos queda, los días que nos…
¡Oh! esos días, esos son los días de verdadero trabajo
o se hace trabajoso y trabajo cuando
todo lo poblado sin ti es desierto.

Inspirado

La vida no está donde tú quieres, está donde vas,
si no hay donde vas, no vayas
así es la vida.
No es lo que pretendes,
lo que se da no se pretende, la vida te la dieron
y lo que dan se puede perder, se pierde…
hay cosas que son así como los tornillos: cosas.
La vida está en ti por eso es tal,
y tú me la das.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© María José Mures. Nace en Fernán Núñez, Córdoba, el 4 de abril de 1970. Es diplomada en Educación Especial por la Universidad de Córdoba y habilitada en Educación Infantil por la UNED. Es Máster en logopedia en Rehabilitación de los trastornos del lenguaje y el habla por la Universitat Politècnica de Catalunya.
Fue directora adjunta de Revista de Feria de su localidad durante dos años y después formó parte del grupo de redacción. Sus versos aparecen en Revistas Literarias como Alhucema, Arique de Cuba, Caños Dorados, Pan de Trigo,  Baquiana, La pájara pinta, y otras de soporte digital. Tiene publicados tres libros: Antes del Amor, Zahorí y Cambalache, este último prologado por Aimée G. Bolaños. Está incluida en la Antología de poetas de Fernán Núñez, 2006. Ha sido colaboradora en la edición del libro de Romances y canciones de Amor II, 2006, de la Diputación Provincial de Ciudad Real. En ese mismo año el Ateneo de Almagro la nombra Socia de Honor. Fue merecedora del segundo Premio de Poesía en Alfafar, Valencia, con su poemario Zahira y en 2007 fue premiado su poemario Entre la espada y tú, amor en el V Concurso Nacional de Poesía “Caños Dorados”.

A


Selección de poemas
por Izara Batres

 

I


Homenaje a Eliot

Amé desde el principio una mirada translúcida,
y quise vivir circunstancialmente.
En la esfera de tu voz se extendía el sentido.
Lejos, el mundo ardía en llamas de feria.
Tu mano sobre la mesa,
el balcón de flores;
la luz que giraba en las avenidas,
como un homenaje del mundo a tu esencia.

Aún no he cambiado los cuadros de sitio.

Esto es lo último que tengo escrito.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Un televisor, bajo la intemperie del techo,
espera clemencia.
¿Esperaste alguna vez? ¿Te cansaste de esperar?
Yo me cansé de aprender y apagué los días.
Al fondo, el cuadro.
Me ha saludado, esta mañana, el cuadro,
igual que mi alma.
Me ha dicho que va a ser un día muy triste.
He pintado el trastero con tus luces
– cuando ya venían estas noches tan densas –,
con todos los grises que me enseñaste...
No, mi vida, no he podido cambiar los cuadros.
Esto es lo último que tengo escrito.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Yo sé que muchos quieren
que tu recuerdo no sea infinito.
Pero nadie...

Nadie ha cambiado

los cuadros de sitio.

El sol quema las calles.
La luna respira hielo en las azoteas.
La noche está hechizada.
Cuando te fuiste, hubo una catarsis.
Las estrellas danzaron desbocadas,
hasta hacerse trizas.
Se replegó la tierra.
Sin embargo, siguen riendo sus cascabeles,
escucho el murmullo.
A veces... A veces.

No he cambiado los cuadros, amor, tampoco las flores.

El sol ya no me perfuma

en sus sombras, cada mañana,

con gritos de risa inocente.

Muchos días, ellos vienen y cantan;
escucho el murmullo.
Justo ahí, bajo tus sueños de primavera en el balcón.

Cuánto entusiasmo te dejaste aquí...

Amé.
Amé, fuera del tiempo, tu perfil elegante...
Ah, pero ¿por qué chillan tanto los pájaros?
Una gaviota única se ha posado,
hace ya tiempo, sobre mi almohada.
Las hojas caen despacio.
Oigo el reloj.
Es tan lento ese reloj de pared...
A veces dicen que va al revés.
Pero es el mundo el que va al revés,
tú siempre lo sabías sin hablar...

Las nubes... Las nubes.
Hay una esfera de luz, jugando
con pinceladas de agua.
Te elevas en la burbuja ingrávida,
entre gotas de lluvia interminable.
Bajo las rosas de las avenidas,
en las aceras...

En la habitación, las mujeres vienen y van

hablando de Miguel Ángel.

Y esto es lo último que tengo escrito.

 

No sé si oigo pisadas, ¿oyes las pisadas, amor?

Han cambiado... todos los cuadros de sitio.
Alguien ha cambiado también las plantas.

En el balcón, más allá,
muchos caminan cruzándose.
Quería verte entre la multitud, esta mañana.
Se oía gritar de júbilo a los niños.
Nunca se cansan de correr.

Mientras en el crepúsculo se juntan, como el rayo,
todos los ángulos de la tierra,
el norte y el sur giran en paralelo.
Por qué no para ya esto...
Pero todo sigue girando, despacio.
Despacio.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

El poniente está bañando todas las ventanas.
Los cristales reflejan el vacío de la ciudad,
y otra noche me sobreviene con su bautismo de estrellas.
Y me ha hablado mi alma,
me ha dicho que esta noche va a ser muy triste.

Mañana me despertará el canto de las aves.
Pero no sé si quiero despertar mañana. ¿Tú lo sabes, amor?
¿No te dije que cambiaron todos los cuadros?
Creo que...
Creo que tampoco queda música.
Una nube de humo se acomodó en el salón,
y ahora no se ve aquel piano.
No quieren que vea la transparencia
en las partituras.
No quieren que vea más allá del mundo.
Pero hay millones de sinfonías.
Y tu retrato es inmenso.

Porque a pesar de ellos, a pesar de todo...

Amé desde el principio una mirada translúcida,
y quise vivir circunstancialmente.
Aunque el mundo se consumiese en llamas de feria.

Esto es lo último que tengo escrito.


 

II

 

Avenidas del tiempo

 

La luna está creciendo, con la nítida irrealidad
de un globo onírico.
Tiene un asombroso resplandor febril
que inunda la tierra.
Cuando cesa el rumor de su eco destrozado,
el mar se convierte en piedra.
Las calles,
las inmensas circunferencias que gravitan
cerca del núcleo,
vuelan en pedazos.

Y la ceniza de hielo baña la superficie;
su luz es blanca.
La muerte de una sonrisa exangüe.

Como en las mejores puestas de sol,
el aire tiene, entonces, una claridad distinta.
Lo que sentimos, lo que creemos;
todo lo que hemos visto, lo que hemos escrito
conforma una gigantesca burbuja de sentido.
Oscila, igual que el universo, en el inquietante juego
del azar,
junto al frío del invierno,
por los senderos malditos, elevados
como gotas suspendidas
en un instante de eternidad.

Y es, simplemente, como el primer día
y el primer destello,
naciendo, en su lujo impertinente,
del dolor y del fuego.
Ese crepitar del infinito que vienen a ser,
absurdamente,
las avenidas del tiempo.

 

 

 

 


III

 

Juega con tu tristeza, chiquillo.
Ovíllate en un claroscuro, fuera del mundo.
Coge el calor y la rabia,
la furia de tus cenizas,
y abre la herida.

Pinta con sangre en las paredes de los que no te verán,
para quitarte del rostro esa luna ahogada y vieja.

Haz pedazos los relojes, los olores, los recuerdos.
No volverán para arreglar lo que hicieron.
Pero tú no te marcharás jamás.


IV

 

Don Quijote

 

El mundo te hizo parecer un loco estupendo, Quijote.

Tú ya lo sabes.
En esa cabeza otoñal de molinos gastados,
y libros antiguos;
de sueños y ausencias,
tus ojos veían más allá del tiempo.

Allí donde los relojes se deshacen
hasta tocar el infinito del absurdo.
Allí donde mueren, entumecidas,
las raíces de una historia degenerada,
buscaste el sentido.
Buscaste un sentido.

Querías encontrar la belleza y plasmarla,
fijarla en un molde, y mantenerla.
Qué incorrección, pensabas,
creer que no era posible.

Y lo intuías,
el tiempo dibujaría al loco estupendo.
En tu mirada infinita creías saberlo,
como una voz mínima susurrando,
desde la verdad del ser:
“Es el mundo el que va al revés, Don Alonso Quijano.
No es usted”.


V

 

No sé desde dónde llamas.

No sé a qué químicas llamas tú químicas;
no sé a qué montañas llamas tú montañas.
Me gustaría abrir en canal esa forma operística tuya,
que tiene más agujas que tendones,
y plantearte algún que otro reto.

No sé si quisieras bailar conmigo a la luz de ese teléfono cósmico
que tanto nos ha perdido y nos ha excitado.

¿Podrías salvar el abismo que, en segundos, se abre entre nosotros y que se cierra cuando tu boca  roza mi boca a punto del calor?
No sé quién eres, pero tú desgranas mis días y te sientes con derecho a mover esos hilos internos.
Me clavas las uñas, me retuerces las entrañas, y ya no puedo llorar más por ese código que desconozco.
No sé dónde buscarte.
¿Qué interpretas por bucle del azar?
¿A qué extraño tiempo te remites cuando me susurras amor
y el rictus es el de un gato que juega con la madeja?

Me llevas hacia el humo,
te pierdes en la maraña de laberintos y disonancias
que tejiste para esconderte, para dejar de asomarte.
Dislocas las perspectivas, pero nadas sólo en la superficie.

¿Esperaré una vez más a que salgas de ahí? ¿A que salgas de aquí, de allí…?

Déjame en paz,
no sé desde dónde llamas,
y tu voz me duele.

 

Poemas incluidos en el libro “Avenidas del tiempo” (ed. Vitrubio 2009)

 

 

 

 

 

 

 

 

© Izara Batres nació en Madrid en 1982. Es escritora y periodista (licenciada en Ciencias de la Información-Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid).
Ha sido premiada por la Editorial Siruela (16 diciembre 2004) por su ensayo en el certamen “El mundo de Sofía”, y ha recibido el primer Premio del periódico El País, como ganadora del concurso de relatos de EP3 “Talentos” (30 noviembre 2007).
Ha resultado finalista del XIV Premio Internacional de poesía Luys Santamarina (fallado el 16 de abril del 2009) y del premio nacional de Poesía "Fundación Cultural Miguel Hernández" (fallado el 20 de marzo de 2009). Colabora con publicaciones culturales como El Ciervo o Letras Libres, y con otras revistas: Tiempo, Ecohabitar, etc. Ha trabajado como locutora de radio y en Televisión Española (Informativos Cultura), como redactora (beca de prácticas) en revistas de Grupo Zeta, y como editora, traductora, diseñadora y redactora en una editorial madrileña.

A


Poema umbilical
por Guillermo Borrás

 

 

Escribo sobre el vínculo matriz
y el plexo conector;
invalidados nada más nacer.

de la a a la z
escribo porque me toca, desde la incertidumbre,
siempre;
acaso tratando de reconectar.

no hay más enigmática adivinanza que seguir viviendo,
ni más simple complejidad.

entrecruzando soliloquios y discursos en abierto,
en riguroso directo intra-cefálico,
retransmisión a dos hemisferios

…por dónde iba…vínculo matriz- plexo conector

tomando un respiro sólo por el mero hecho de escribirlo
recuerdo el sueño de la extracción de mi propio maxilar inferior,
el cual reubico en su lugar tras observarlo; y los dientes caen a borbotones,
me comunico telepáticamente con un grano de arroz, en el mismo idioma, son dientes de leche, freudiano retorno a los días post-desconexión matriz

no es casualidad que en estos momentos me cruce con un trastornado mental que se hurga con el meñique su ombligo; cae en la desesperación al descubrir horrorizado que en el orificio sólo se hallan restos textiles adobados en sebo y sudor

efectivamente, no hay más;
plexo conector cerrado,
irrecuperable reconexión a la matriz.

diagnósticos aparte.

de la a a la z
me toca porque escribo
a conciencia extraviado en este poema umbilical
que no lleva a nada como todo los poemas;

hablan y dicen,
remueven para que hables y digas,
y el lector otorga en solemne silencio,
que por cierto es de los más bonitos.

haz la prueba,
inserta un dedo (mejor de la mano)
en tu orificio umbilical
y recuerda el universo.
nada místico,
sólo tocar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Guillermo Borrás, para conocidos, familiares y símiles también conocido como Rubén Gros Torrente. Nacido el 12 de Octubre de 1978 en el seno de una familia inmigrada a Barcelona desde tierras aragonesas. Tras fracasar en el sistema educativo convencional, dedica sus esfuerzos y motivación al estudio de la música (solfeo y batería) para hacer de ello su profesión. Actualmente, compagina este sustento con su tarea como responsable técnico e iluminador en una cia. de teatro., además de colaborar espontáneamente en programas de radio como guionista, locutor e impostando voces. Guillermo Borrás es el otro-yo (alter ego) literario que recorriendo lugares, mundos y gentes se maravilla y perturba ante lo que ve dando rienda suelta a la pura emoción poética que ello le provoca. Nos leemos.

A


Selección de poemas
por Rolando Reviagliatti

 

 

UN FRACASO DE MAIGRET

De muy atrás
(Saint-Fiacre, en el Allier, cuando niños)
el criminal Victor Ricou
el blando Ferdinand Fumal finado endurecido 
y el preciso Maigret

Disparo al rey del monopolio carnicero
con arma de ocupantes oficiales germanos
por un odio voluptuoso y quince millones en tersos billetes

Un titulado fracaso del inspector de la policía judicial.

 

MALDAD BAJO EL SOL

Cuerpos
trayecto al reposo

¿Un piscolabis, cariño?

Trayecto a la Ensenada (y Cueva) del Duende
o reposo.

 

MISTERIO EN EL CARIBE

Ojo — de vidrio— con el comandante Palgrave
y con quien ironice o se aventure a preguntar

Rubiedad a orillas de la noche
hipertensión, chantaje
en estas lejanías (Indias Occidentales)

Conjeturas: labor de aguja.


EL MISTERIO DE SANS SOUCI

Convocatoria para madres adulteradas
y adulterados alemanes
ronquidos en morse
y dos o tres o cuatro pensionistas
inexorablemente sospechosos

Quinta
columna

¿Que qué cosas, Déborah, no pueden
pasar a los años de Tuppence?...

 

DONDE QUEDA ESE PAÍS

Propenso a los bordes Tony se distrae             

la hache va la hache va
el tilde no se postra jamás: se endilga

España no es el país que dónde queda
para no ceñirnos a meridianos
ni a costas besadas por qué océanos
apago los fuegos ardientes de matarme silbando  
loco canchero no me detiene
este compás querendón que me apestilla
(conscripción de trópicos)
(yo que cuento lo que me contaron me distraigo también)
(fragmentos de herrumbrosas cadenas)
deliciosas criaturas engrampadas que se apiadan en las últimas horas
no anuncio resolución ni especifico basural
como afirma Hernández que se llama.

 

EL VUELO DEL TIGRE

Disípase la carraspera
infamante del recitador de Hualacato
que con diferidos ademanes desasordina
la alegoría según decreto y sumo cuidado.

 

TRAVESÍAS

En la República Argentina los náufragos retornan a sus consistencias
(recuerdos, oquedades)

En la República Argentina un túnel conduce al amanecer
y en la partida
a los soplos de certeza menudeando en las intersecciones
(y confines).

 

EL DOCTOR FISCHER DE GINEBRA

La nieve
¿y quién o qué le pone
el revólver en la mano al millonario?
¿quién o qué lo incita
a desmoronarse sobre la nieve
la pasta dental
el chocolate?...


OTRA VUELTA DE TUERCA

 

El relámpago de la perspicacia en la soledad
donde la incitación del instante
                                          adorado
                                                  agradecido
cunde con el niño  en el páramo aurífero
de su pecho de institutriz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. LIBROS PUBLICADOS (entre 1988 y 2009): Obras completas en verso hasta acá, De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):, Trompifai, Fundido encadenado, Picado contrapicado, Tomavistas, Propaga, Ardua, Pictórica, Desecho e izquierdo, Sopita, Leo y escribo, Del franelero popular, Ripio, Corona de calor (poesía); Las piezas de un teatro (dramaturgia); Historietas del amor, Muestra en prosa (cuentos y relatos); El Revagliastés (antología poética personal), Revagliatti – Antología Poética (con selección y prólogo de Eduardo Dalter). Casi todos cuentan con ediciones electrónicas disponibles gratuitamente en  bibliotecas digitales.

A


Selección de poemas
por José Cercas

 

 

Desde mi aurora diviso la vida

 

Mira que en los labios no hay relojes,
ya no quedo a la hora en punto
en tus ojos de artículos enamorados;
ni subo a los campanarios para ver la primavera,
ni tañen las campanas por los días venideros.
Mira que el tiempo no para,
ya no se dibuja en los vértices de tus labios
el hondo verbo que te anuncia mis presencia;
no intuyo tu piel enamorada,
y tu doliente tacto me aparece ya relegado
a los versos rotos de las estaciones.
Mira que no veo tu figura retenida
poblar de nubes mis besos serenos
ni a tu furia de agua dejar
un arco en el iris de mis ojos;
no trinan los pájaros en las ramas del aire,
ni en tu brazos se agitan victoriosas las azucenas.
Mira que ya presiento tu pasado;
desde tu crepúsculo diviso el alba,
desde mi aurora la vida.

 

 

Te vas

 

Refulgen, en tus ojos, los páramos del otoño,
las hojas se aferran a los árboles fríos
y las lágrimas penden como estalactitas
de los ojos tristes donde emergen los lamentos.
El tiempo no para;
las llagas mueren en sonoras cicatrices
y un beso huido mece los párpados del poniente.
Tú te deslizas en sombras por los colores de la noche
con las manos tristes que cautivan la tierra.
Te vas para siempre, ese es tu destino;
mi mirada cubre tu perfil marchito,
los caminos solos de la lluvia
y los lentos pasos del llanto.
Te vas sin testigos, sin ocasos, sin albas,
y te pierdes en la soledad serena de una noche en calma.

 

 

Yo por la tierra, tu por el mar

 

Me fui por la tierra;
el aire tocaba mi piel dolorida
y en el horizonte se gestaba el invierno.
Me fui por la tierra;
tú te fuiste por el mar;
las aguas azules trepaban hacia tus ojos
y rompían en los acantilados de tus pupilas.
Tú te fuiste por el mar;
yo por la tierra danzando entre las cerros
entre las rocas abiertas y los valles del espanto
y tú por el mar en calma
donde rompían en voces las olas;
yo en la tierra, tú en el mar así para siempre;
Ni me tocan tus olas, ni te alcanzan mis cosechas.
Tú por el mar, yo por la tierra;
así se separaron tus manos de las mías
tan secas y tan húmedas al mismo tiempo;
así brotaron de mí los frutos y los jazmines
y los peces solitarios nadaron fríos sin tus besos,
porque yo me fui por la tierra de la espera
y tú por el triste mar de la ausencia.

 

Poemas de libro “Los versos de la ausencia” Ed. Vitrubio 2009
José Cercas

 

 

 

 

 

 

 

© José Cercas. Me llamo José Cercas Domínguez, nací en Santa Ana provincia de Cáceres en 1.959 Soy educador social. Empiezo a escribir a finales de los años 70, A principio de los años 80, colaboro asiduamente con la revista “Vivencias” y “Generación”. En 1.981 sale a la luz mi primer libro, en colaboración con los poetas “Miguel Gámez Quintana, Ricardo Timiraos y Antoana. Participo en la revista “vientos del pueblo”  y colaboro en el viaje a Orihuela en el 40 aniversario de la muerte de Miguel Hernández. En los años 80 obtengo varios premios literarios participo en infinidades de recitales poéticos de los que se hacen eco algunos periódicos de la época, tales como “El país” y “Diario 16”. En 1.988 colaboro activamente en el desarrollo de la feria del libro de Requena. (Valencia).  En 1.989 inauguro junto a Pablo Motos la feria del libro de Requena. Llevo un programa literario en Radio Requena, de que es director Pablo Motos. En el año 2006 sale a la luz mi libro “el tiempo que me habita” publicado por la editorial alfasur, con gran éxito de crítica. Fue presentado dicho libro en la biblioteca “Delgado Valhondo” de Mérida, Feria del libro de Cáceres, Casa de las provincias de Sevilla, Ateneo de Badajoz, Feria del libro de Requena, casa de cultura de Bicorp en Valencia, Ateneo de Mairena del Aljarafe en Sevilla. En el año 2009 sale a la luz mi libro “los versos de la ausencia y la derrota” que publica la editorial Vitruvio. Presento dicho libro en Feria del libro de Cáceres, Feria del libro de Badajoz, Feria del libro de Mérida., Casa de Cultura de Santa Ana, Feria del libro de Requena (Valencia), Gran Café Victoria, Coordino el libro “los poetas del mundo con Cáceres 2016”, Publico en una antología de poetas hispanoamericanos, Publico varios poemas en el libro disco del grupo Alfeizar de música folklórica., Esta a la espera de publicación mi próximo libro “Terra lírica”y un ensayo en prosa sobre la vida de un héroe anónimo. Desde el año 2006 valoran y premian mi trabajo literario algunos foros poéticos de Internet. Escribo en varias revistas y me distinguen como poeta extremeño del siglo XXI la revista el ancla de Badajoz.

A


Literatura metalinguística
por Jorge Castillo Fan

 

 

"La arquitectura está más allá de los hechos utilitarios. La arquitectura es un hecho plástico. (...) La arquitectura es el juego sabio, correcto, magnífico de los volúmenes bajo la luz. (...) Su significado y su tarea no es sólo reflejar la construcción y absorber una función, si por función se entiende la de la utilidad pura y simple, la del confort y la elegancia práctica. La arquitectura es arte en su sentido más elevado, es orden matemático, es teoría pura, armonía completa gracias a la exacta proporción de todas las relaciones: ésta es la "función" de la arquitectura"

Le Corbusier (Vers une Architecture, 1923).


Danza De/lirio

alma del fuego : el canto
fuego del canto : el alma
canto del alma : el fuego
fuego del alma : el canto
canto del fuego : el alma
alma del canto : el fuego

(de Lámpara de Fiebre)


Pájaro-Viento

A Michael Diogar


Un pájaro es un pájaro en el viento
El viento es el viento entre los pájaros
Un pájaro es el viento que se empluma
El viento es un pájaro de aire
El viento es el viento y es el pájaro                                                                                                                                                     El pájaro es el pájaro y el viento
Y además un pájaro de viento
Y además pájaro – viento.

Osmosis

Tú: Yo
Tuyo tu Yo
(Tú -Yo)
Soy tuyo
Soy tu Yo.


De Alto Voltaje (inédito)

 

Jorge  Castillo Fan: Arquitectura Metalinguística
La Poesía, en tanto Arquitectura Metalinguística, cobra su más alta expresión en la medida que su estructura y morfología correspondan meridianamente a los movimientos trascendentes del espíritu humano. Vértigo estral e inteligencia creadora en simbiosis permanente. Mario Vargas Llosa, siendo consumado y laureado narrador, ha sostenido que la Poesía es la forma más intensa de la Literatura. De una insipiración y laboriosidad singular, Jorge Castillo Fan, Arquitecto Metalinguístico, nos sorprende  y deslumbra con las construcciones vivas y sofisticadas de su Arte Poética
.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Jorge Castillo Fan.- Piura, Perú, 1967. Miembro del Movimiento Internacional de Metapoesía.  Es una de las voces más relevantes de la actual Poesía escrita en Lengua Hispana. Ha publicado Insurrección del Silencio (Sindicato de Petroperú, Talara, 1994), Eco del Fuego (Artetéreo Ediciones, Piura, 1995), Revólver del Amor (revista La Tortuga Ecuestre, Lima, 1996), Canción Triste de Cualquier Hombre (Ángeles del Abismo Editores, Talara, 1998; Editorial Delirio, Lima, 2003;Editorial Zignos, Lima, 2006), Lámpara de Fiebre (Editorial Delirio, Lima, 2003;Editorial Zignos, Lima, 2006) y Yo Soy Aquel Espejo (Editorial Delirio, Lima, 2003; Editorial Zignos, Lima, 2006). Poemas suyos han sido difundidos por diferentes canales de Arte, Literatura y Comunicación Social de América y Europa, así como en las antologías Homenaje al Centenario de César Vallejo, Poetas de la Región Grau (revista Intihuatana, Sullana, 1992), El Verdor del Algarrobo, Muestra de Ocho Poetas Piuranos (revista La Tortuga Ecuestre, Lima, 1997), Karminka, Antología de la Poesía Piurana, de Julio Aponte (Juan Gutemberg Editores, Lima, 2000), Literatura de Piura, de Harold Alva (Fondo Editorial Cultura Peruana, Colección PERÚ LEE, Lima, 2006), Poética Piurana de las Postrimerías: Sus Pulsaciones Seculares y Sus Rasgos Divergentes, de Ricardo Musse (Municipalidad Provincial de Piura, Piura, 2009), Antología de Poesía Hispanoamericana, de Blanca Orozco de Mateos (México: www.palabravirtual.com)

A


El hombre del martillo
por Antonio Polo

 

 

En el edificio de la Bolsa hay una urna llena de lágrimas.
La atmósfera es el de una jauría en cuyo palacio se despedazan los libertos.
A golpe de martillo un hombre anuncia que hay cometas repartiendo dividendos,  plusvalías en la capa más alta de la atmósfera. Afuera se dan cita
personajes con levita, lacayos de librea que alguna vez engañaron a la Luna.
Nadie ha visto jamás una lágrima en el rostro de los déspotas, ninguno
ante el pellejo del beduino percibirá la estocada de la sed. Todos pretenden
conceder al mijo la transubstanciación del oro, hacer que los cometas
se detengan cuando alcen sus cuellos al cielo las garduñas.

En el frontispicio donde se forjan los milagros hay una ventana de cinabrio.
Desde ella un chamán interpreta sueños, la cuenta de resultados
de las Corporaciones, el envite anticipado de la naturaleza. Mi sueño
es el sueño de los indolentes, mis quimeras un estampido de limos y caña brava,
mis manos un cuenco de pétalos sobre el Ganges. Al Ganges lo cubre
una capa de arcilla negra como el fracaso cubre la piel de los parias.
Los parias no saben que las nubes son enjambres de pavesas tras la deflagración del mercado, y que la lluvia es la suma perdida de los decimales del Dow Jones.

En la guarida del Minotauro los niños cosen balones de cuero. Dedos frágiles señalan el camino a Ariadna mientras doncellas de doce años dejan de serlo
entre los norays del puerto. A la entrada hay hombres ansiosos que enarbolan 
una resma de albaranes, y es que la burocracia aduanera es una enfermedad transitiva tan virulenta como las tasas o la gangrena arancelaria.

En el frontispicio de la Bolsa hay un suicida que sostiene un libro de poemas,
un hombre que ha descubierto un soneto capaz de acabar con sus deudas.
 Antes del atardecer, el tipo del martillo se verá en la tesitura de animarlo
a que salte al vacio o recite con honor el último terceto. El insolvente suicida destapa la urna y deposita una lágrima como última dádiva. Al fin y al cabo,
un poema es un leonino contrato consigo mismo, la más honrada
de todas las carteras de inversiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. III Concurso de Relatos Cortos de Viaje 2008.

A


A


Selección de poemas
por Amelia de Querol Orozco

 

APENAS (SONETO BLANCO)



Apenas un atisbo del retoño
que llora cuando besa el tallo porque,
soñando ser el fruto y la promesa
de flor que dure poco más de un día,

apenas tanta vida no le colma
si pierde el beso, al punto, cuando acaba
en fruta yerta o míseros despojos
al pie del mismo tallo en que amanece.


Apenas en tus manos un instante
la flor arrebatada de su cuna
no sabe de su suerte y su futuro;


apenas, si la abrazas un momento
la pierdes en el último suspiro,
y así pasó, sin darnos cuenta apenas.

 


LOS PERFILES DEL AIRE

 

Cae la tarde.
Caen sus velos lamiendo las aristas
del espacio infinito que la acoge,
como lágrimas del día
que se aquieta y se adormece...


Cae la tarde,
-¡reo es de muerte!-.
Ante la sentencia cruel,
escrita en los lomos de la noche,
se acalla la luz
pero, antes, rinde su última danza
y besa, en un agónico suspiro,
los perfiles del aire.


AULLIDOS DE MANADA

 

Hay un lobo agazapado
en las sombras que proyecto.


Expectantes latidos,
un fugaz destello en su sonrisa,
un segundo en el que callan los astros...
¡y lo descubro!
Toda la sangre de mil eternidades
-jirones de tiempo-
se atropella y precipita;
mana por la herida abierta
-las fauces obedecen a su instinto-
una savia de sueños y futuros
cubriendo cicatrices.
¡Obscenas cicatrices
de otros tiempos y otras fauces!


Consumiéndose a golpes
el corazón bombea
-late, late, late-
mientras corren aullidos de manada.
Se han zanjado las noches en penumbra
entre los velos negros del destino
y una infección , una locura,
corre ya por mi sangre, infectada de lobo
y de aullidos.
He caído en el embrujo
del atractivo oculto de su aliento
y aullo, aullo…


... aullo.

 

 

 

 

 

 

 

©  Amelia de Querol Orozco nació en Ferrol allá por los años sesenta.  Aprendió a leer con un poemario en las manos y ha bebido de las fuentes de la poesía toda su vida. Aunque lectora compulsiva, empezó a escribir de forma constante con ya bastantes años sobre las espaldas: poesías, cuentos y relatos breves, en la intimidad, y artículos de opinión, cara al público. Durante más de dos años, todos los jueves, sus crónicas y opiniones fueron publicadas en el Diario de Ferrol y, de forma puntual, en La Voz de Galicia. En Internet empezó a desarrollar una frenética actividad literaria, colaborando en  diversas páginas de contenido social y político donde ha ido dejando sus artículos, así como en múltiples foros de literatura, en los que ha recibido distintos galardones por sus obras. Actualmente mantiene activos varios blogs literarios. Paralelamente ha colaborado como tertuliana, con cierta periodicidad, en  radio Intereconomía, en dos programas, “A Fondo” y “En el país de la maravillas”. Ha participado en varios recitales de poesía, en colaboración con otros poetas.

Accidente en la biblioteca perdida
por Rafael Guerrero Ríos

 

Todos los días, a las diez de la noche, Juan olvidaba su trabajo de contable y se dedicaba a escribir cuentos. Aquel día la historia trataba sobre un joven oficinista llamado Pedro Pérez. La fértil imaginación de Juan escribió que el protagonista había decidido cambiar su formal vida de administrativo, por otra mucho más bohemia y aventurera como poeta vagabundo.  Desde aquel día, y escandalizando a todo el barrio que le había visto crecer y hacerse un hombre, Pedro Pérez se dedicó a escribir estrofas y venderlas por la calle al mejor postor, o a recitarlas a cualquiera que quisiera escuchar.

Juan no tenía talento. Su narrativa era mediocre. Aun así, suplía todas las limitaciones con esfuerzo y entusiasmo. Pedro Pérez era un genio incomprendido que ocupaba una buhardilla destartalada del centro de Madrid.

Aquella noche Juan escribió moldeando la personalidad del personaje fatal y trágico que ensoñaba. Pedro Pérez vivía sus días entonando lamentos rimados, y pasaba las noches en estrafalarias aventuras quijotescas.

Un techo y cuatro paredes, una bombilla luciérnaga, una mesa un escritor y un poeta, y la buhardilla estaba en ruinas. Las palabras brotaban desde un lugar lejano y mágico, transitando hasta el folio en un viaje imposible de explicar, pero real como la negra tinta que caligrafiaba sobre el papel.

Ya eran las tres de la madrugada. El camión de la basura paró debajo, en la calle. A lo lejos pudo oírse el sonido de una ambulancia surcando la autovía a toda velocidad. Sonidos lejanos y cercanos. Sonidos conocidos o desconocidos. Sonidos de rutina o de muerte. Dos conceptos que nos envuelven en un complejo tapiz de vivencias con diferentes texturas. Mañana volvería a despertarse, con sueño como siempre. Volvería a despertarse molesto ante la evidencia de que no existía otro remedio a su forma de vida. Volvería a comprobar que los cuentos de la realidad no se habían escrito en hojas de papel, sino en el profundo surco que el tiempo rasga en el pozo de nuestra alma. Y la amargura va haciendo sedimento y convirtiendo el corazón en piedra poco a poco, como una deyección geológica formada de rutina y de muerte.

Juan miraba la bombilla, incandescente, viva. Aquella luz era un pedazo de la mañana fuera de lugar;  un trozo de día perdido en mitad de la noche. Repartidas por la mesa estaban las cuartillas, como trozos de ilusión desordenada.

Apagó la luz y se acostó en la cama.

Cuando alguien divaga entre las sabanas es muy difícil dormir. Y es normal divagar si te acuestas tarde, en la madrugada, con la mente saturada de palabras y fantasías y de historias incompletas. La noche siempre ha sido una traidora vestida de negro, otra cara más siniestra del significado de las cosas. Hace mucho tiempo el ser humano temía a la noche, y era natural, porque la noche era peligrosa. En la oscuridad aparecían cazadores hambrientos y carnívoros que aniquilaban. Hace mucho tiempo el ser humano vivía cada atardecer con el miedo de sobrevivir una noche mas al ataque de los depredadores, y este miedo era real y aterrador.

Juan siempre ha seguido la inercia de lo que es razonable hacer. Desde muy niño su planteamiento era simplemente hacer lo que los demás le habían dicho que se debía hacer. Estudiar. Ayudar a su familia. Trabajar en el campo…. La primera vez que hizo algo fuera de lo común fue cuando decidió emigrar desde su pueblo a la ciudad. Emigrar a la ciudad para trabajar de oficinista. Como tantos otros. Y lo hizo.

Aquí estaba ahora. No había sido suficiente. Habían pasado los años. Las ilusiones se habían convertido en un conjunto extenso de rutinas bien acopladas. Rutinas perfectamente engranadas una tras otra. Rutinas funcionales, ideales para la productividad de un país. Juan estaba aquí. Imposible el vacío. Un hueco lleno de él mismo.

El reloj del Salón marcó las cinco de la madrugada.  Cerró los ojos. Necesitaba dormir. Mañana debía volver a trabajar como siempre. Allí en la oficina. Los vacíos no dan de comer tostadas y filetes. Los huecos llenos de uno mismo se llaman personas, y arrastran sus cobardías para hacer un mundo mejor.

En la noche hay que dormir. Y dormir es como volar por el espacio durante horas para luego despertar y no recordar casi nada. ¿Existe algo mas gratificante y reparador que dormir y hacer lo que te de la gana para luego justificarlo diciendo que “es sólo un sueño”? Verdaderamente soñar es visualizar la libertad. Dormir es conectarse con el universo. Dormir es flotar y liberarte de tu propia máscara.

Todos los seres humanos dormimos por lo menos una tercera parte de nuestras vidas. Todos huimos ocho horas a un lugar que apenas percibimos. Casi todos a la vez, en las horas nocturnas, cuando cae la noche, todos huimos a un mundo donde nos relajamos de manera inconsciente.

Porque necesitamos descansar, y lo sabemos, allí vamos, y allí aplicamos la palabra sueño sin complejos. Soñar, perderse en el vacío, no ser tú, no ser nadie definido.

Sin darnos cuenta, un silencioso baile de palabras, de predicados vagos imposibles de clasificar, de proposiciones indomables por la razón, de semánticas ambiguas que se agazapan tras las palabras; soñar , estar dormido, tener un sueño, vivir una pesadilla, estar despierto, estar a punto de despertarse, estar medio dormido, profundamente dormido, muy despierto….La incertidumbre se apodera de cualquier concepto razonable.

Y dormir es un aspecto muy importante, aunque uno puede soñar despierto, porque el sueño se escapa de la cama para esconderse tras un anhelo, y no deja de ser tan importante, más aún, doblemente importante, porque su existencia bebe de dos fuentes inagotables de la vida como son la inconsciencia y el movimiento.

Nuestro amigo Juan duerme, sus ojos cerrados.

Llegó la mañana de otro nuevo día, como siempre demasiado temprano.
El metro estaba lleno cuando paró en el andén. Entró y se sentó. Tenía sueño, mucho sueño. Trató de aprovechar el desplazamiento para descansar. Todavía le quedaban 12 estaciones hasta su trabajo.

- ¿Querría comprarme una poesía?

Alzó la vista. Por un momento creyó estar mirándose en un espejo grotesco.

- Una limosna por mis poesías……

 

El vagabundo se desplazó por el pasillo. No había duda. Era Pedro Pérez.  El vivo retrato de Juan vendiendo poesías.

Las vías del metro chirriaron. Las luces parpadearon en la oscuridad y se hizo la luz de un nuevo andén. Nuestro Juan bajó la vista apesadumbrado. La ficción se materializaba. El vagabundo se dio media vuelta y le miró antes de bajarse; su sonrisa era burlona.

Juan se bajó dos o tres estaciones después. Llamó a la oficina y dijo encontrase indispuesto. Después se fue a su casa de vuelta.

Entonces empezó a intuirlo.

Una vez leyó que en algún lugar del universo existía una inmensa biblioteca donde se encontraban todos los libros que se podían imaginar. Allí, en las infinitas galerías en que se dividía la biblioteca, a través de los pasillos que se prolongaban rectos hasta perderse por el horizonte, con libros ordenados según todos los criterios de ordenación existentes, sobre las inmensas estanterías hechas del material con que se hacen los cielos, entre el espacio negro y estrellado se podían encontrar todos los libros. Libros que existían y libros ni tan siquiera concebidos. Libros escritos en todas las lenguas habladas, y en todas aquellas que se dejaron de hablar mucho antes de que naciera el primer hombre. Libros de todos los temas, de ciencias milenarias, de materias olvidadas. En aquella biblioteca estaba toda la sabiduría, y los dioses acostumbraban visitarla para poder aprender entre las duras tapas de libros eternos como el nacimiento del universo. Y en estos tomos de la magnífica biblioteca está escrito el principio y el final de todo. Se descubre la cara del dios supremo. Se hallan las palabras primordiales que este pronunció para crear el universo.

Es la biblioteca perdida. Allí se encuentran nuestras vidas escritas.

Y del verbo nacieron sus destinos. A lo mejor fue el azar, o quizás un accidente, es posible que se tratara de una treta irónica de algún diablo burlón.

Pero Juan estaba seguro. No necesitaba creer en ello. Como si fuera un manantial, el instinto brotaba la verdad a borbotones.

Pedro Pérez había saltado desde el otro lado del espejo. Sus caminos habían chocado, confrontado. El misterio había cruzado oscuros umbrales, desde donde se agazapan los enigmas, para brincar hasta las aceras. Pedro Pérez quería ser Juan, venía a reclamar un tributo por las fechorías existenciales de su creador.

 

Rondarían las nueve la noche cuando Juan encontró al farsante en la puerta del Sol. La luz de las farolas se reflectaba entre la niebla. Hacía frío. El poeta entró en un bar y se bebió una copa. Juan lo observaba desde la acera, a través de las cristaleras del escaparate, mientras apretaba el mango del cuchillo con fuerza en su bolsillo.

Plaza de España, San Bernardo, siguió hacia Glorieta de Bilbao, de allí hacia Bravo Murillo. Juan empezó a almacenar sombríos augurios en su cabeza. Aquel mendigo debía morir.

El poeta paró frente al portal. Las llaves tintinearon entre sus manos. La puerta se abrió y pasó. Juan se acercó hasta donde Pedro Pérez había entrado.

Sí. Era su propia casa. Entonces tuvo miedo.

El ascensor se paró en seco frente a su piso. La puerta estaba entornada. Dentro reinaba la oscuridad. El farsante había pasado al interior y no se había molestado en volver a cerrar; le esperaba.

Juan cerró la puerta sigilosamente tras él. Nadie escaparía de allí. Se detuvo y escuchó conteniendo la respiración. Pasaron los minutos. Cada segundo retumbaba en su corazón con fuerza. Nada se oía. El sudor empezó a deslizarse por su frente. Sacó las manos de los bolsillos de la gabardina. El filo del puñal acariciaba su muslo. Un leve murmullo se oyó en el cuarto de baño, al final del pasillo. Juan se abalanzó con furia hacia el interior. Las nubes se asomaban a través del ventanuco. Notó algo a sus espaldas y se giró. Allí estaba, contempló de nuevo aquella sórdida sonrisa y observó los ojos saltones del vagabundo. Se abalanzó sobre él sin concesiones; una puñalada, dos puñaladas, tres puñaladas. El cuchillo se había doblado. Juan estaba destrozando el espejo.

Allí estaba Pedro Pérez, al otro lado del espejo roto, riendo a carcajadas frente a él, mientras Juan caía de rodillas y lloraba; como si fuera una imagen grotesca de su propia persona, un reflejo mentiroso y maligno.

Al día siguiente se levantó temprano y salió a la calle. Las nubes grises y pesadas lloraban una suave melodía de lluvia sobre las aceras. Se metió en un bar y pidió una copa. Debía cambiar sus tristes poesías por alguna moneda caritativa.

 

 

 

 

 

© Rafael Guerrero Ríos

A


Un viaje poco común
por Carlos Montuenga

 

             Cuando subí aquella mañana al tren en el que voy cada día a mi trabajo, apenas apuntaba el amanecer deslucido de un día frío y lluvioso. La estación, sumergida en la claridad lechosa del alumbrado eléctrico, parecía  una gran burbuja de luz flotando en la oscuridad, y los andenes empezaban a animarse con el trasiego de gentes que arrastraban sus maletas de un lado para otro o entretenían la espera apurando bebidas de las máquinas.
          Dentro del vagón no se oía otra cosa que la vibración monótona del tren. Muchos pasajeros dormían recostados en sus asientos; otros, ojeaban este o aquel diario de la mañana con cierto desgaire, y alguno, de expresión melancólica, parecía abismado en no se sabe qué profundas reflexiones.
          El tren avanzaba veloz, dejando atrás una sucesión de barriadas simétricas y oscuros bosquecillos situados en las afueras, al norte de la ciudad. Me estiré en mi asiento, sintiendo las piernas entumecidas. A mí izquierda, un viejo dormía con la cabeza apoyada contra la ventanilla. Iba embutido en una gabardina gastada que le venía un poco grande y arrugaba de vez en cuando la nariz, como si le molestara el roce de algún insecto invisible. Me pregunté qué haría una persona de su edad metido en aquel tren a hora tan temprana. Desde luego, podían existir muchas razones verosímiles, pero yo estaba demasiado embotado para pensar en ellas. Me recosté en el respaldo y traté de imaginarme tumbado junto al mar en algún paraíso remoto.
            De repente, empecé a percibir que ocurría algo anómalo. Al principio, tuve la impresión de que, por algún motivo que no alcanzaba a entender, aquel tren no se movía ya como lo hace cualquier tren. El incesante golpeteo de las ruedas sobre los raíles, se había transformado en una especie de zumbido melodioso, como el de una gran peonza que girase con mucha suavidad. Me asaltó una idea absurda: era como si el tren, cansado de rodar por las vías, hubiera decidido empezar a deslizarse a través de algún medio tan etéreo, que no oponía resistencia alguna a su avance. Además, observé con sorpresa que la cruda iluminación del vagón, se iba diluyendo en una tenue transparencia matizada de delicadas tonalidades, como las que produce el sol al atravesar una superficie de agua en calma. Aquello duró apenas unos segundos y luego, de golpe, todo pareció volver a la normalidad. Al mirar a mi alrededor, buscando alguna explicación para el extraño suceso , me dí cuenta de que una joven sentada en el asiento de enfrente me observaba con gesto divertido. Era raro que no me hubiera fijado en ella hasta ese preciso momento. Tenía unos ojos grandes, muy expresivos, y la palidez de su rostro contrastaba con el color negro azabache de una melenita, que le caía con gracia sobre los hombros.
          -Lo ha notado ¿verdad? -me preguntó en un tono apenas audible.
          -¿Se refiere a ciertos… cambios?
          -Me refiero, a que los trenes no siempre van a donde creemos.
           El comentario resultaba bastante insolente y ni siquiera me tomé la molestia de responder. Sin embargo, estaba de acuerdo en que aquel tren no era de fiar. Una voz en mi interior, decía a voces que lo más prudente era bajarme de él en cuanto fuera posible y buscar otro medio para llegar hasta la Compañía de seguros en la que trabajo. Por lo demás, todo aquello resultaba muy inoportuno. Precisamente aquel lunes, tenía que asistir a una importante reunión convocada a las nueve y cuarto; quedaría en muy mal lugar si llegaba tarde. Tras reflexionar durante unos instantes, me incorporé con brusquedad decidido a bajarme en la siguiente estación. La chica debió adivinar mis intenciones y dijo:
        -Por favor, no se precipite. Dudo mucho de que, por ahora, vaya a tener oportunidad de bajar del tren. Además, supongo que desconoce la región en donde estamos.
           Eché un vistazo por la ventanilla. No, desde luego jamás había pasado antes por aquel lugar. Pero esa no era razón para quedarme allí sentado, como un estúpido.
          Estaba ya cogiendo mi cartera del portaequipajes, cuando, por el pasillo del vagón, apareció un tipo de aspecto distinguido: alto, muy delgado, con gafas redondas y bigotito canoso. Vestía traje oscuro y llevaba una especie de insignia plateada prendida en la solapa. Al llegar junto a nosotros, se detuvo y dijo con amabilidad:
          -Buenos días, ¿me permiten sus billetes por favor?
          Le tendí mi billete, mientras la chica extraía el suyo de un bolsito de colores que llevaba colgado en el hombro. El viejo que estaba sentado junto a mí, abrió los ojos y, después de desperezarse sin el menor comedimiento, saludó al recién llegado como si ya se conocieran.
          -¿Va usted hasta el final del trayecto? -me preguntó el tipo alto, mientras examinaba con atención mi billete.
         -¡Cualquiera sabe a dónde voy! Llevo más de dos años cogiendo el tren cada mañana, para ir a mi trabajo, y nunca me había ocurrido algo tan absurdo -respondí de mal humor.
         -¿Puedo preguntarle qué es lo que le ha ocurrido? -dijo él, mirándome con cierta severidad por encima de sus lentes.
         -He debido equivocarme de tren y, lo más ridículo, es que no reconozco la zona que estamos atravesando. Si usted tuviera la amabilidad de…
         -¿Y eso le parece ridículo? En todo caso, lo ridículo sería que después de subir al tren que usted coge cada mañana, se diera cuenta de que está pasando por un paraje desconocido, ¿no cree?
          -Sí, desde luego, pero…
          -Eso sí que resultaría, no ya ridículo, sino más bien inaceptable.
          -¿Inaceptable? -pregunté sorprendido.
          -Desde luego, señor mío; inaceptable, se mire por dónde se mire -dijo él, mientras se acomodaba junto a la chica, que se vio obligada a apretarse contra la ventanilla para dejarle sitio-. Como todo el mundo sabe, siempre que se pueda describir con exactitud el estado inicial de un punto cualquiera del espacio, será posible predecir los cambios que ese punto va a experimentar en el transcurso del tiempo ¡eso lo aprenden los niños en el colegio! Por lo tanto, si el tren sale de un lugar determinado y se va moviendo a lo largo de su trayectoria, deberá encontrarse, en cada momento, en una cierta región del espacio y no en cualquier otra.
         -¡Pues vaya un descubrimiento! -exclamó el viejo, que no había perdido palabra de  aquella disertación tan grotesca-. ¿Qué pasaría si el maquinista decidiera cambiar de vía?
          -¿Y desde cuando los maquinistas toman ese tipo de decisiones? Puedo asegurarle que eso no ha ocurrido nunca -respondió el otro sin perder la compostura-. Después, se quedo pensativo y tras ajustarse las gafas, añadió entre dientes:
          -Al menos, no en este tren.
          -Oiga, todo eso está muy bien -dije yo, empezando ya a perder la paciencia-, pero ninguno de ustedes termina de aclararme dónde estoy, y lo único seguro es que voy a llegar tarde a una reunión muy importante que tengo esta mañana.
           La chica me miró con dulzura, pero permaneció en silencio.
           -No debería usted angustiarse por eso, joven. Siempre podrá encontrar una buena excusa -dijo entonces el viejo, al tiempo que jugaba con una moneda que había sacado de su gabardina-; por ejemplo, podría decir que esta mañana se ha despertado con fiebre y no se encontraba en condiciones de ir al trabajo.
          -No es cuestión de inventar excusas. Ya he dicho que se trata de una reunión importante.
          -Bueno, no se enfade conmigo, yo sólo pretendía ayudarle. Pero estoy seguro de que eso no es tan grave como a usted le parece. A medida que uno se hace viejo va comprendiendo que la mayoría de las veces, las cosas que nos preocupan carecen de la menor importancia.
          -¿Usted cree? -respondí con acritud.
          -Pues claro que lo creo. Yo llevo mucho tiempo viajando en este tren y, a decir verdad, nunca he sabido con seguridad por qué estoy en él. Antes, eso solía producirme un vago malestar, pero he terminado por acostumbrarme a no pensar en ello. Después de todo, aquí me encuentro bien atendido y todos son amables conmigo. Le aseguro que eso es lo único importante.
          -Completamente de acuerdo -intervino el tipo alto, cruzando las manos en actitud monacal.
         -¿Pero nunca ha sentido el impulso de bajarse del tren? -dijo la chica, dirigiéndose al viejo.
          -No me acuerdo señorita. Es posible que lo haya sentido cuando era más joven.
          -Nada más natural que haber sentido ese tipo de cosas alguna vez -dijo el  alto, encogiéndose de hombros-. Pero para eso tenemos el sentido común, ¿no les parece? para no cometer insensateces ¿Qué sería de nosotros si nos dejáramos arrastrar por esos impulsos? Descuidaríamos nuestras obligaciones, la gente se sentiría insegura, terminaría por reinar el mayor desorden… y hablando de obligaciones, no tengo más remedio que dejarlos. Hace unos días, dio a luz una señora que viaja en el vagón de cola y he de organizarlo todo para oficiar el bautizo.
         -¿Me dejará que le ayude? -preguntó el viejo, incorporándose en su asiento.
         -No veo inconveniente, pero debemos apresurarnos. ¡Ah! y recuérdeme que comprobemos si  han arreglado ya el termostato de la pila bautismal. Hay que hacer las cosas bien, cuando menos se espera aparecen los auditores y empiezan los problemas.
         -Pero dígame…¿usted es cura? -pregunté al alto, sin salir de mi asombro.
         -¡Cura! ¡Vaya ocurrencia! Me refiero a un bautizo seglar, naturalmente -y tras lanzarme una mirada furibunda, agarró a su improvisado ayudante por un brazo y se alejó con él. El viejo, que según creí ver entonces calzaba unos diminutos patines, describió un elegante giro alrededor del otro y luego, soltándose de él, comenzó a deslizarse pasillo arriba con  asombrosa agilidad, mientras exclamaba:
          -¡A prepararlo todo! ¡No hay tiempo que perder!
           Al verlo pasar, algunos pasajeros se levantaron de sus asientos y salieron precipitadamente al pasillo. En seguida, se les unieron otros más, y al final todo el mundo empezó a correr detrás del viejo, en medio de una gran confusión.
          -¡A prepararlo todo! ¡A prepararlo todo! -gritaban como energúmenos. 
          -¿Qué ocurre?, ¿por qué se va la gente? -preguntó a mi espalda una señora de mediana edad, levantando la vista de unos calcetines viejos que estaba zurciendo.
          -No lo sé señora -le respondió uno muy gordo que avanzaba a duras penas por el pasillo dando traspiés-. Pero seguro que tienen una buena razón. ¡No se quede ahí! ¡Debemos ir con los demás!
         Por un momento, estuve tentado de unirme a la desbandada. Pero la joven seguía sentada frente a mí, y se había quedado dormida a pesar del alboroto. Su cabello estaba un poco enredado y refulgía como una gema bajo la cruda luz del vagón. No, no podía dejarla sola, eso habría sido demasiado descortés. Además, me dolía terriblemente la cabeza; cada vez estaba más convencido de que los viajeros de aquel tren se habían vuelto locos. Me recosté contra la ventanilla, sintiendo que me dominaba el desánimo. Fuera, se extendía la soledad de un extenso páramo salpicado por matorrales oscuros. Era inexplicable, pero estaba ya anocheciendo y allá en la distancia, la línea del horizonte se confundía con el cielo, enrojecido por las últimas luces del crepúsculo. Poco a poco, las sombras lo fueron invadiendo todo y, antes de que me diera cuenta, la oscuridad se hizo tan absoluta que, a pesar de mis esfuerzos, no conseguía ver nada más que las luces del vagón reflejadas en el cristal de la ventanilla.
              Llevaba un buen rato pensando en aquella extraña aventura, cuando sentí una sacudida, como si estuviéramos entrando en un túnel. Ella se había despertado y me miraba arqueando las cejas, como a la espera de una explicación.
          -Confieso que estoy un poco sorprendida  -dijo al fin.
          -¿Sorprendida de qué?
          -Pues…de que siga usted aquí, en el tren.
          -¿Ah sí? ¿Y qué otra cosa puedo hacer? Este maldito tren no ha parado una sola vez desde que subí a él por la mañana.
        -Ya lo sé, pero esa no es la cuestión -respondió ella, mientras sacaba un espejito de su bolso y empezaba a empolvarse la nariz.
         -¿Y se puede saber cuál es entonces la cuestión?
          La chica permaneció unos segundos en silencio y luego, tras ordenarse un poco el cabello, dijo con un punto de malicia:
          -Eso sólo lo podrá averiguar por sí mismo.
          Aquello ya era demasiado. Salí al pasillo hecho una furia y empecé a dar golpes por todas partes. Entonces, el tren hizo un brusco viraje que me lanzó violentamente contra las ventanillas. Saltaron cristales en mil pedazos y sentí que salía despedido al exterior, engullido por la oscuridad, cayendo y cayendo por un abismo sin fin…

 

            Al abrir los ojos, me encontré frente a un hombre inclinado sobre mí, que me observaba con cara de pocos amigos. Era alto, delgado con un bigote canoso. Vestía un uniforme gris muy ajado y su aspecto no podía ser más vulgar.
          -¿Qué ocurre? -balbucí, sin entender nada- ¿Dónde está la chica?
           -Oiga, no sé de quien me habla, pero tiene que bajarse enseguida. Hace rato que el tren ha llegado al final de la línea. Se ha quedado usted dormido. Vamos, haga el favor de levantarse del asiento y salir.
          -¿Pero qué tren es éste?
          -Pues cuál va a ser, hombre, el tren de cercanías que cubre el distrito noroeste.
           Me froté los ojos y miré a mi alrededor. Sí, no cabía duda, aquél era mi tren, el que tomo a diario para ir al trabajo. Me subí el cuello de la gabardina y salí a un andén estrecho, sumido en la penumbra. La mañana estaba metida en agua. Aspiré con placer aquel aire frío que, poco a poco, me iba devolviendo a la realidad. De camino a la salida, se cruzó conmigo una mujer alta que sorteaba los charcos, oculta bajo un  paraguas blanco. Apenas pude entrever su rostro, pero la imaginé rubia, con una melena deslumbrante, a lo Marlene Dietrich. En el vestíbulo, algunas personas hacían cola para sacar sus billetes y dos operarios, vestidos con mono azul, hurgaban con sus herramientas en las tripas de un cajero automático. Crucé la plaza situada frente a la estación y me metí por el parque, mientras un reloj lejano daba las diez; las diez…llevarían ya más de media hora reunidos. En fin, era inútil lamentarse. Había dejado de llover y algún rayo de sol se aventuraba a través de las nubes. En la alameda del parque, entre el alborotar de un ejército de gorriones, podía oír el rumor distante del tráfico. Seguí caminando sin parar y pensé en buscar un lugar tranquilo donde tomar unos tragos. Desde luego, estaba fuera de toda duda que me los había ganado…

 

 

 

 

 

©Carlos Montuenga

A


Bendito y bello
por María Rosa Lohmann

 

De repente, se fue la luz. Segundo apagón en una semana. Mónica acababa de salir del dentista y con la boca anestesiada, maldijo el terrorismo tercermundista. Maldijo también a su dentista porque, habiendo tantos edificios modernos y con grupo electrógeno, él todavía seguía atendiendo en el mismo consultorio del cuarto piso, además sin ascensor, de ese vejestorio llamado “Edificio Señorial” en pleno centro de Miraflores.

Te hubieras quedado en Nueva York, hijita, disfrutando de las bondades de la sociedad de consumo mientras protestabas contra esos gringos capitalistas, alumbrada por los neones de Broadway. Así cualquiera protesta. Total, fuiste tú la que decidió abandonar derecho en los últimos ciclos de la carrera para seguir a tu amor,  el economista de moda, a su puestazo en uno de los bancos más grandes del mundo. A todos les dijiste aquella vez que ya habías aprendido lo esencial para defenderte en la vida: cómo ganar una discusión. En fin, allá seguiste cursos de historia y otras linduras culturales que no dan plata, pero eran los días en que no necesitabas ganarte un solo dólar. Hasta que a tu maridito le cortaron el contrato y acá estás, despertando de tu sueño americano en medio de la dura realidad limeña.

Afuera, las luces y bocinas de los autos intentaban avanzar en medio de esa ceguera urbana. Y adentro, en el corredor negro, sólo una penumbra esperanzadora se colaba por la rendija de una de las puertas. Se acercó y asomándose lo justo, pidió pasar.

—¿Qué desea, señorita? —preguntó alguien detrás del escritorio.
—Mil perdones, señor. Lo que pasa es que acabo de salir del dentista y se ha cortado la luz —explicó Mónica con una timidez que no era suya—. Si no le molesta, ¿podría quedarme acá un ratito?

El hombre se puso sus lentes y prendió otra vela. A pesar de la poca iluminación, era fácil reconocer en ella ese perfil de pituquita inofensiva. Por su lado, ella observaba lo austero del lugar: un escritorio del año de la pera, los estantes destartalados y papeles, muchos papeles. Ningún adorno, imagen religiosa, cuadro o foto familiar. Nada. El entorno combinaba perfecto con ese look algo desaliñado de intelectual consecuente con sus  ideas. Como debe ser.

—Pase nomás, señorita.

Mordiéndose la lengua aún insensible por la anestesia, ella le agradeció la única silla disponible y sonrió cortésmente. El hombre —cincuentón y canoso pero todavía con buena melena— volvió a sumergirse en sus papeles, ignorando su presencia.

Los minutos pasaban en medio de un denso silencio hasta que en un instante fugaz, ella reconoció esa cara. Entonces, su cortesía inicial se transformó en sorpresa:

—¡Usted es el profesor Nepomuceno Bendezú Belleza, “bendito y bello”! ¡Claro que es usted! Está igualito sólo que más... —e interrumpió su desatino con una carcajada.

Él se sonrojó. Comprendió que esta mujer había sido alumna suya en aquel colegio de monjas. Hacía veinte años clavados, a principios de los setenta, cuando el gobierno militar impuso la docencia mixta obligatoria. Y él, además de ser uno de los primeros varones que quebró el tradicional magisterio femenino de aquel colegio, fue asignado por el Ministerio de Educación para dictar el curso de Instrucción Revolucionaria, una nueva asignatura creada “con el propósito de conocer la realidad nacional”. O sea que tanto él como el curso fueron una novedad entre aquellas niñas criadas para muñecas.

También se ponía como un tomate cada vez que en clase empezaban con la cantaleta “bendito y bello”. Ay, qué risa. Y ustedes se pintaban las uñas o se pasaban de carpeta en carpeta el último número de “Susy, secretos del corazón”, mientras él hablaba entusiasmado sobre el  marxismo, Fidel Castro y la URSS. Ahora, arrinconado en ese escritorio, estaba lejos de ser aquel admirador del fin de la oligarquía, de los latifundios y del principio de... ¿la oscuridad?

—De hecho, usted no puede haberse olvidado de mí porque yo sí participaba bastante en su clase;  a cada rato le rebatía sus teorías —le dijo muy orgullosa y añadió—: me sentaba al fondo y aunque no era de las chanconas, ingresé a la universidad con buen puesto, participé en las marchas y hasta simpatizaba con la izquierda. En medio de todo, sus enseñanzas no cayeron en saco roto. Seguro que no me cree.

Efectivamente, Nepomuceno Bendezú Belleza no le creía.

Ella continuó:

—¿Sigue enseñando? ¿En colegio particular o estatal? ¿Está afiliado al SUTEP? Ay, porque ese sindicato es...
—Mis responsabilidades actuales son mayores —le interrumpió.
—Entonces, cuénteme sobre sus nuevas responsabilidades. Vamos al “Haití” —le ofreció Mónica—: le convido un cafecito.
—Estoy ocupado, señorita —replicó él, rechazando la invitación.

¡Imagínate si hubieran salido un rato! Así, en la próxima reunión de exalumnas, en lugar de representar como muchas, la feliz continuidad de cualquier episodio de “Susy, secretos del corazón”

—¿Qué haces-te casaste-cuántos hijos tienes?—, podrías contar algo insólito, como  haberte tomado un café con “bendito y bello”. Hubiera sido muy gracioso.

Pero a los padres de familia de entonces, no les hizo ninguna gracia saber que ese profesor medio comunista estuviese metiendo ideas raras a sus niñas. Se quejaron a las monjas, pero ni caso les hicieron porque ellas también andaban fascinadas con esas peroratas sobre la Teología de la Liberación, las reformas y las estatizaciones. Ahora, el mundo ha cambiado de rumbo: se han tumbado el muro de Berlín y aquellas inquietudes han perdido fuerza. ¿Tú que opinas, Mónica?

—Opino que la justicia debe estar enfocada en que todos puedan tener su casa decente, al menos un carro –no una carcocha, claro– y ciertas comodidades. Los gringos son magníficos socialistas porque el bienestar alcanza para todos. En cambio acá, la famosa revolución militar ha sido una traición para el progreso.
—Lo que usted dice es absurdo —comentó tajante, subiéndose los anteojos y sin despegar la vista de unos papeles mecanografiados.
—¡Cómo va a ser absurdo! Fíjese en los “grandes logros” de su revolución —replicó ella, señalando con ironía las velas.

El apagón iba para largo. Lo único que estaba claro era que él no tenía el menor interés en seguir discutiendo. Ella sí:

—¿Por qué no pone un afiche del Che? Usted lo admiraba. Además, alegraría sus paredes. Yo le puedo conseguir uno bien bonito.

Iba a preguntarle también por qué revisaba tanto papel, pero la anestesia  ya estaba cediendo y el dolor de la muela curada podría ser insoportable. Era absolutamente necesario un calmante aunque tuviera que ir a tientas.

—Le invito una cocacola —y enseguida corrigió su error—. Ay, qué burra: ustedes los comunistas no toman bebidas yanquis; mejor  le traigo una incakola, de auténtico sabor nacional.

Sin esperar respuesta, bajó a comprar las dos bebidas. En eso, una explosión hizo retumbar las paredes; sonaron disparos y gritos dispersos. Murmurando unos cuantos putacarajos, siguió bajando por los peldaños tenebrosos recordando esa virtud llamada prudencia, que por cierto, ella nunca tuvo. Faltándole medio piso para la portería, irrumpieron cuatro tipos. Ladrones, pensó, y abrazó su cartera. Estaba realmente asustada.

—¡Dinos de una vez dónde está el camarada Bello,  pedazo de mierda!
—En serio, jefe: nosotros no tenemos nada que ver con los terrucos.

Respiró hondo para ganar aplomo. Dicen que respirar hondo también es bueno para aliviar el dolor. Al pasar por la portería los saludó amablemente como si fuesen sus vecinos neoyorquinos, pero ellos se perdieron en el corredor oscuro sin devolver el saludo. Entonces, aprovechó para salir rapidito, dejando atrás un grito “¡Te jodiste, Bello: lo que te espera es bien feo!”. Chistoso el jefecito.

Ya te has dado cuenta que los que se han metido al edificio son unos tombos jalando la lengua a dos arrepentidos. Para variar, se pelaron, porque además de equivocarse de piso, buscan a la persona equivocada: un simple izquierdoso setentero como él, jamás pasaría a la acción. Ni hablar.
En cambio, los que sí estaban en plena acción eran los quioscos: los apagones siempre han sido su mina de oro porque como la gente se pone más ansiosa de lo normal, empieza a picotear galleta, chocolatito... tal vez un cigarrito y gratis, la radio prendida para que los clientes sepan dónde han volado las torres. Es un fenómeno super interesante. Estos quiosqueros se las saben todas: “Cuatro por diez soles, mamita; llévese cuatro gaseosas porque las noticias dicen que esto va a demorar”.
Por eso, no te quejes de tu muela y pon atención a los peligros de la calle.

Oye, ¿y si de verdad el profe fuese terruco? Qué miedo.

Cruzando la avenida bloqueada por conductores desesperados, estaba la antigua farmacia “La Moderna”, todo un símbolo de resistencia frente a los vaivenes de una ciudad tan novelera como es Lima. Estaban atendiendo a través de una ventanilla, por precaución, una maravilla poder comprar sin receta. “Sí, en sobrecitos está perfecto, gracias”. Sin la censura del alumbrado, la farmacia parecía moderna y las parejas clandestinas podían pasear tranquilamente sus romances.  Las tinieblas permitían lo prohibido.

Al volver al edificio, tomaste el calmante rogando que el dolor pasase rápido.

Ahora, mucha cautela y ojo con lo que haces, pues en situaciones como ésta, todo se vuelve confuso. Bien locas tus ocurrencias: mientras guardabas las gaseosas en tu cartera, dos en cada bolsillo qué linda tu cartera, seguro que no es de acá—, te imaginabas estar actuando en esa serie de suspenso llamada algo así como “Manos a la obra”. La escena sería en los claustros de tu colegio, lúgubres y misteriosos como los interiores de este edificio y, justamente por eso, cómplices perfectos de varias travesuras adolescentes. Como cuando mezclaron unos polvos con los líquidos del laboratorio y se reventaron los tubos de ensayo en plena clase de química, ay qué risa, la cachetona que enseñaba ese curso se quedó lívida. ¿Te atreverías a hacerlo de nuevo?

Qué nervios: ahora tocaba el infinito negro de la subida. No se oía ni un susurro y como tampoco se veía nada, cualquiera podría tropezarse con los tipos de antes sin mayor aviso. 

Sonó un portazo. Se estremeció, pero igual que antes, respiró hondo para ganar aplomo y decidió que si se los encontraba, actuaría normal: nuevamente los saludaría como si fuesen los vecinos neoyorquinos y les regalaría las gaseosas. Parece mentira cómo la gente se conforma con tan poca cosa.

Animada por su brillante idea, empezó a subir con sigilo. Ningún ruido delator hasta que en el rellano del segundo piso, empezaron a oírse pasos. Eran los tacos de una sesentona chismosa: “¿Puedes creer, hija?, dicen que arriba vive un terrorista”. Y la limeñísima respuesta de alarma: “¡ay, no puede ser: qué espanto!”

Llegó sin novedad. Pero si esos fulanos no estaban en la escalera, ¿estarían metidos en algún departamento o al acecho en los corredores? ¿Se habrían ido con su trofeo? Llegó a la puerta: la rendija era suficiente señal de que se podía pasar. Sin embargo, la oscuridad era total y podían estar todos adentro. Y si  lo estaban, ¡cómo les  iba a preguntar por “el profe”! 

Entonces entró despacio:

—Buenas noches, ¿alguien se sirve gaseosita? Cortesía de la administración del edificio.
—Ah, es usted —dijo él, saliendo aliviado de su precario escondite detrás del escritorio.

Mientras prendía las velas, Mónica le explicó que era una broma eso de la administración del edificio.  Las llamas oscilaban, apenas alumbraban, pero claramente podía verse la angustia en su cara.

—¿Se siente mal, profe? —preguntó con ojos firmes, fingiendo no saber los motivos.
—Sssí... digo, nnno: sólo fue un malestar  pasajero —titubeó.
—Le caerá bien la gaseosa — dijo ella sacando las bebidas.

Cada uno tomó sus correspondientes inkakolas. Qué alivio, el calmante estaba haciendo efecto.
Las velas se iban consumiendo en silencio. Te costaba aguantar las ganas de contarle que unos tombos lo estaban buscando, ¿o se habrán ido ya? Entonces, tuviste la genialidad de soltarle, cual frase célebre, que el terrorismo era un veneno que debía ser curado dándole de su propia medicina. Sabia hipótesis la tuya.

Te miró con desprecio. Hubieras jalado su curso, Mónica. Mejor quédate callada y mejor todavía, vete de una vez: aprovecha que ya sabes caminar a oscuras. Así que recogiste los envases vacíos y te despediste con un beso. Él, nuevamente se sonrojó, te dio las gracias por la bebida  y por fin, sonrió. En realidad, hizo una mueca de amargura desvanecida en un bostezo. Se moría de sueño, el pobre.

Los medios difundieron la noticia: “Durante el apagón reciente, efectivos del Cuerpo de Inteligencia Policial capturaron a dos presuntos miembros de la facción “Cultura de Sangre”, liderada por Nepomuceno Bendezú alias “camarada Bello”.Pese a negar su condición de sediciosos, los sujetos ofrecieron colaborar con las autoridades indicando que Bendezú se ocultaba en el edificio denominado “Señorial” sito en una conocida arteria miraflorina; lamentablemente, debido a la falta de fluido eléctrico, los efectivos de inteligencia no pudieron culminar su objetivo. Fueron los propios vecinos quienes han encontrado esta madrugada un cadáver que, según fuentes fidedignas, se trata del citado camarada. Aunque no hay pruebas concluyentes, el occiso, de contextura mediana y cabello cano, estaría vinculado a la subversión a juzgar por los documentos hallados en el lugar de los hechos, junto a una nota con la frase “Bello, traidor”.Las investigaciones de rigor esclarecerán las causas del deceso, ya que, si bien no hay signos de violencia física, no se descarta la ingesta de alguna sustancia venenosa. Asimismo, la nota que dice “Bello, traidor” haría sospechar de algún ajuste de cuentas pero es posible que sólo haya sido escrita con el objeto de entorpecer las pesquisas. Por su parte, el Cuerpo de Inteligencia Policial se atribuye el éxito de la operación, señalando que se trata de un certero golpe al terrorismo que flagela nuestro país”.

En las esquelas de El Comercio, dos conocidos colegios y una tal AMASDESCOM, “Asociación Magisterial al Servicio del Desarrollo Social Comunitario” participaban con profundo dolor el inesperado fallecimiento de su dilecto e ilustre amigo, el doctor Nepomuceno Bendezú Belleza, elogiando sus virtudes como educador y humanista.

Y tú, Mónica, qué malcriada, sigues pasándote la lengua por la muela que te han curado, ¿ya ves?, se te ha caído el empaste. Otro tipo inútil tu dentista. Ahora qué vas a hacer si ya estás con el cinturón puesto, lista para volar a Nueva York y allá los dentistas te cobran carísimo. Pero nadie traiciona el progreso.

Aprovecha el despegue para darle un vistazo al colchón de nubes que cubre Lima, donde puedes hacer esas cosas que jamás te las permitiría un racional primer mundo, donde todo funciona y donde todo se resuelve en un toque.

A todo esto, ¿contarás algún día lo que pasó aquella noche?

Si prefieres, entérate de las noticias: justo ahí viene la fly hostess ofreciendo periódicos. De paso, fíjate si “bendito y bello” aparece en primera plana.

 

 

 

 

 

 

© María Rosa Lohmann

A


Las tres cuerdas de la lira
por Eduardo Protto

Quién me diera una musa de fuego
que os transporte al cielo más brillante de la imaginación...

William Shakespeare



Falto de inspiración, Hilarión Litter recogió las hojas desparramadas por el piso y las arrojó, una por una, en el cesto de la basura. Salió a la calle malhumorado, dispuesto a caminar un rato, con la íntima esperanza de no tropezar con algún conocido, ya que no estaba con ganas de hablar con nadie. A dos años de publicado su último libro se sentía vacío de imaginación, y se decía a si mismo que era tiempo de que su cabeza concibiera algún texto digno de ese nombre. Se detuvo en un cafetín de la calle Defensa, pidió una copa de Pineral y la bebió despacio, como si en cada sorbo analizara la composición química del oscuro brebaje. Pasada la media hora pagó y sin pensarlo enfiló hacia la plaza. Anduvo por andar y de a ratos se detenía a curiosear en los negocios de antigüedades. Al caer la tarde, retomó el camino de su casa. Encendió la radio, se preparó un café y se encerró en el estudio...


“Arrastraba el cansancio de muchos días de marcha. Había dejado atrás la tierra de los griegos, adentrándose en las vastedades de Tracia. Al concluir la jornada, cuando aparecían los arreboles del atardecer juntaba algunos arbustos secos y encendía una fogata que, atizada por el viento, hurgaba con sus llamas la oscuridad que descendía sobre esa parte del mundo. Pasado el tiempo, por alguna razón desconocida, evocaba esos fuegos.


Por efecto de la distancia, la seguridad de Delfos era apenas una remembranza, y el mármol de de sus templos y la providencia de Apolo no eran más que una visión esfumada. Empujado por un ansia irrefrenable había partido en busca de las tres hermanas que portaban el nombre de las cuerdas de la lira y que moraban más allá de los dominios de los odrisios. Los amigos se mofaron al despedirlo. Recordaba que en la última libación no faltó quien le dijera que no eran tres sino nueve, o quizá siete las dulces mujeres que encendían sus ansias. No les hizo demasiado caso ni a los burlones ni al charlatán. ¿Qué le importaban a él todas esas nimiedades?


Sin humanas poblaciones a la vista, el silencio del paisaje era apenas alterado por el sonido del viento, el graznido de las aves o el nocturno aullido de las fieras. Su marcha se tornó más lenta cuando le escaseó la comida y finalmente el agua. La frágil humanidad que pacientemente había tejido durante su vida, se desgarraba en medio de tan hostil naturaleza, tal como lo hacían sus ropas al ser rasguñadas por las matas de espinillos. Era un animal exhausto y solo el soplo de su quimera lo mandaba continuar. A esas alturas, amenazada su cordura por la fiebre que lo abrasaba, halló alivio en el sueño. Bajo un cielo nublado, se precipitó en abismal delirio. Despertó al alba y se creyó mejorado. Poco o nada recordaba de las hondas pesadillas que le sobrevinieron.

Comió las pasas de uva que aún le quedaban y prosiguió la marcha en dirección nordeste. Al llegar al río supo que estaba cerca y que ya nada podría detenerlo. Astroso, cubierto su rostro por una barba mugrosa, dispuso de un largo rato junto al cauce de agua para recuperar su aspecto humano.En la penúltima noche, el hondo sueño lo abandonó. Sobresaltado, vagó en una indecible región que se extendía entre el desmayo y la vigilia. Comprendía lo espantoso de su situación. Aterido por el frío, acechado por los lobos, solo el crepitar del fuego le recordaba que aún estaba vivo.Por la mañana bebió toda el agua que pudo y se encaminó hacia la mancha amarronada, que a lo lejos, ofendía con su ondulación la recta traza del horizonte. En efecto, coronado por pequeñas nubes, se veía el renombrado contorno de los Ródope. El fin del inclemente periplo estaba al alcance de los ojos.Sabía por Mimnermo y por Aecio que las encontraría (o lo encontrarían) en algún sitio impreciso, en las escarpadas laderas del más alto de aquellos montes. Seca su boca, dolorido el estómago por el hambre, al ponerse el sol se tumbó al pie de la cuesta. Debía reunir las pocas fuerzas que le quedaban para acometer el último tramo, acaso el más difícil.Aletargado el pensamiento por densos vapores oníricos, tuvo extrañas ensoñaciones en las cuales se le entremezcló el tiempo. Entreveía a las hermosas jóvenes, ya danzando, como en el óleo de Baldasarri Peruzzi, ya manifestándose con lastimosos lamentos en el funeral de Patroclo, ya riendo junto a Apolo, ornadas sus cabezas con blancas plumas.Acurrucado junto a las cenizas de un fuego extinguido, aterido por el frío, se despertó cuando el disco del sol se insinuaba en los confines de la tierra. Llamaron su atención algunos trozos de amarillentos papiros, con ilegibles signos, clavados en algunos árboles. Los huesos blanquecinos roídos por las fieras lo alarmaron. Sin hesitar trepó con ahínco, y en la frenética escalada se le estragó el cuerpo. Cuando el atardecer se le vino encima, no había avanzado demasiado. Sabía que estaba al borde del desfallecimiento. Una quietud inmensa se extendía en derredor de aquel hombre alucinado. Intentó gritar y apenas logró que brotara de su garganta un agudo quejido. Cuando volvió en sí, Nete le humedecía la frente con un breve y suave paño de lino, impregnado de nieve y aromático aceite. Era bella como una flor y le susurró palabras incomprensibles. Le dio de beber ambrosía y la pesadez inefable una vez más lo tumbó. Abrió los ojos cuando el sol estaba alto. Nete le sonreía. Advirtió que Mese e Hípate, sus hermanas, jugaban y cantaban un poco más allá, a la sombra de unos robles. Cuando se sintió mejor, lo llevó a caminar, tomado de su mano, por estrechos senderos que viboreaban entre olivares añosos. Al caer el sol, fatigados, ambos se tendían en alegre intimidad sobre la fresca hierba. El hombre, con la lucidez que ilumina cuando la niebla del placer se disipa, conjeturó que debía volver a su tierra sin dilación. Algo en su fuero íntimo le decía que poco tiempo duraría el favor de la coqueta y que grande sería el pesar cuando el hastío arribara. La despedida fue penosa y el regreso a Delfos trabajoso. Quienes lo vieron llegar se sorprendieron de su desmejorada condición física y del raro brillo de su mirada. Poco o nada dijo de su experiencia en tan lejanos dominios. Se alejó de la sociedad de los hombres y escribió incansablemente. Murió un par de años más tarde y como es de rigor, sin tardanza sobrevino el olvido. Su nombre se ha perdido y de su obra han sobrevivido tan solo unas inspiradas estrofas y algunos fragmentos del relato de aquel viaje.”


El sol de noviembre hacía sentir su calorcito a media mañana. Como todos los martes y viernes, Eugenia introdujo la llave en la puerta de la casa de Litter. Al abrir la pesada madera, la envolvió esa suave penumbra que se esparcía por la amplia sala, atiborrada de muebles. A través de la puerta cerrada del estudio, se escurría la música de uno de esos tangos retobados que se oyen en las orillas del Río de la Plata. Sin hacer demasiado barullo para no molestar, limpió las dependencias y luego se encerró en la cocina. Preparó la comida. A eso de la una se sirvió un aperitivo y lo clavó entre pecho y espalda. Cuando golpeó la puerta del estudio para avisarle al patrón que el almuerzo estaba listo, no tuvo respuesta.

Al abrir lo encontró inclinado sobre el escritorio con la cabeza apoyada sobre unas hojas en blanco. La luz encendida de la lámpara arrojaba una luz amarillenta sobre la escena. Se alarmó pensando en lo peor. Trató de despertarlo. Hilarión, restregándose los ojos enfocó la figura de Eugenia, quien con voz ronca le recriminaba que pasara las noches en vela borroneando cuartillas y estropeando lo poco que le quedaba de salud. La mujer le acomodó el escritorio, apagó la radio y le trajo un plato de sopa que ingirió con desgano. Por la tarde, el hombre salió a dar una vuelta. El bullicio de Buenos Aires remontaba el aire, se condensaba y caía. Como uno más en la vasta colmena, caminó sin rumbo fijo y si alguien se hubiera molestado en mirarle, habría advertido la mueca triste que se delineaba en su rostro. Avanzaba sin reparar en nada, como los sonámbulos, a sabiendas que tanto ese como otro, eran recorridos inútiles. Al fin y al cabo, cualquier infeliz del montón podía dar fe que andando por la rumorosa Avenida de Mayo, jamás persona alguna, medianamente sensata, podría llegar a las lejanas llanuras de Tracia.

 

 

 

 

 

 

 

© Eduardo Protto. Argentina

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