Los huidos
David Eloy Rodríguez

Col. Planeta clandestino, 56
Ed. 4 de agosto, 2008

por Alberto García-Teresa

Los huidos consiste en un breve poemario con estructura muy marcada y una gran unidad de tono y estética, que viene a continuar y asentar la poética del autor.
El hilo de unión continúa siendo esa perspectiva de la esperanza resistente, esa propuesta de la solución de los conflictos por el abrazo, compasivo pero reclamando justicia, tan característica de David Eloy Rodríguez.

De esta manera, los poemas desbordan ternura y desolación, rabia sopesada. Los huidos es la salida, la evasión, de un mundo cruel (un entorno que no describe, que no enumera, sino que se asume, que es comunicado al lector mediante una apelación radicalmente emocional). Es una huída “para encontrarnos”, para poder conjugar la resistencia.

Pero, sin embargo, el poeta, desconcertado, se pregunta: “¿Qué protege, anida, salva?”. De este modo, no hay solución válida por ese camino, a pesar del sueño, de que pretende marchar “confiando en la fuga”. Aún así, es necesario recapacitar y no perder la orientación.

Por tanto, ese desasosiego ante y desde el dolor y la imposibilidad de la huída que, como un grito, es inevitable establece una chispeante tensión. David Eloy Rodríguez la resuelve expresando la intención de huir de la muerte lanzándose a la vida, experimentándola de manera sencilla, honesta, respetuosa y humana.

Así, el poeta percibe (y siente la necesidad de concebir) la vida como un precipicio (“deberíamos situarnos siempre / a ambos lados del precipicio / e imaginarnos en el barranco”, “como equilibristas”, “cada corazón en el filo”). De este modo, se plantea la vida como riesgo, como aventura, como incógnita. Al mismo tiempo, se apuesta por exprimir la vida, por intensificar sus experiencias, por buscar su autenticidad.

En ese sentido, esa mirada limpia, ética, conlleva también un enfoque epistemológico, puesto que “sólo la ternura se aproxima a la verdad” según el escritor. El humanismo no complaciente, por tanto, se presenta como un mecanismo político, como un método de intervención en la realidad.
Estructuralmente, la obra se divide en tres bloques. El primero contiene piezas que prosiguen en la línea condensada de otros trabajos de David Eloy Rodríguez, en las que destaca la intensidad, la fuerza dramática y la contundente atmósfera de los versos.

La segunda parte agrupa, por el contrario, poemas extensos, organizados en torno a la sustitución de una voz (por ejemplo, “Miguel Mihura prepara el discurso de ingreso en la Academia en 1972“ o “Raymond Chandler escribe The Blue Dalia para la Paramount en 1945 (apuntes en el margen de un guión)”). Sin embargo, Rodríguez introduce su propio discurso en ellos, su filosofía vitalista, de manera coherente aunque incluya matizaciones (como el sorprendente pesimismo de “el mundo me falló como acostumbra” o “por mucho que cruce puentes estoy siempre en la misma orilla”). Representa, posiblemente, ésta la gran novedad dentro de su trayectoria poética, pues también permite al autor desarrollar elementos y puntualizaciones al planteamiento que vertebra y traspasa toda su producción. En cualquier caso, su estilo, sus imágenes (esos clásicos “funambulistas”, esos temblores tan característicos), y su inconfundible tono permanecen.

Como contraste, para cerrar el volumen, la tercera parte de Los huidos se encuentra en el cruce de los caminos del poema en prosa y del microrrelato, y es la que más puede recordar las prácticas poéticas más características y singulares del autor.

Así, el libro nos ayuda a asentar la visión del mundo y del ser humano que está insertado en él que David Eloy Rodríguez, con su particular e intenso cincel, continúa ofreciéndonos. Porque, si una imagen debiera representar su obra, sin duda podría ser unas manos tendidas y abiertas.

 

Alberto García-Teresa

 

 

 

© Alberto García-Teresa

v e r s i ó n   p a r a  i m p r i m i r