EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

 

[número cuarenta edición verano 2008]

S E P T I E M B R E

 

V E R A N O

Si este invierno la nieve puso un mantel callado sobre todo, como en un poema de Pessoa, este verano nos va dejando la sombra del adobe, de cuyo muro cuelgan las jaulas de perdices, como en un poema de Umar Abbas. El estío es la única estación cuya memoria es tan dócil como el queso, capaz de desvanecer la rotundidad inicial que percibimos en junio para diluirla poco a poco nada más asomar septiembre. Nada más beber la pócima de sus días comenzamos a vivir a manos llenas como si sobrase la luz a todas horas sin el sobresalto de la duda. Entonces las fachadas se encalarán con un toque de añil para postularse al mediodía, Córdoba que luce como una perla alrededor de un puente en el río, los poetas que no hacen ruido, la noche de San Juan en una playa encendida, la rotundidad de agosto en Tindouff. Después con el sosiego de septiembre se va difuminando la evidencia. Las aves se abandonan en sus jaulas sobre el muro, las paredes con vocaciones de ocres y limonitas se preparan a recibir con tibieza las tardes presurosas, pero Córdoba continuará luciendo como una perla alrededor del puente, y seguirán siendo verdad los versos de Pessoa y las perdices de Umar Abass.

 

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


La vieja del parque
por Raúl Ortega

Las iglesias cerradas son peores que los cementerios
mientras adentro el yeso de los santos se aburre en su eterno confort
el frío rellena la boca del racimo de esqueletos que adorna los portales

Vaya invento del hombre para creerse invulnerable

Yo soy la novia del banco donde nos despedimos hace trescientos años
el polvo del pellejo que el amor alimenta

Cuando los amantes se me sientan enfrente
y la magia del amor los vuelve uno
yo río y me divierto
y no me duele la pedrada en el ojo
que me tiran los niños que me bautizaron como la bruja del parque donde está la iglesia del pueblo

Pero cuando el navajazo indetenible de la discordia los raja a la mitad
yo doy un salto y me los trago
para evitar las despedidas

Dios (ese pretexto aborrecible de no querer morir)
me mira con la envidia de saber por qué soy inmortal.


Del libro “La memoria de queso”

 

 

 

 

 

 

 

© Raúl Ortega. Poeta cubano. Reside en México DF. El poema seleccionado “La vieja del parque” pertenece a su nuevo libro de poema: “La memoria de queso”.


El sueño de Dakhla (Poemas de Umar Abass)
por Manuel Moya

 

A MI AMIGO SCHILAB

 

Como todos los días, el viejo Schilab´

cuelga sobre el muro la jaula de perdices

y nada le importa que desde hace tantos años,

cuando aquellos días de furia que lo quemaron todo,

murieran sus perdices,

pues él las sigue escuchando

y no admite que nadie le hable de su ausencia.

El día para él transcurre al lado de su jaula,

trajinando con las hebras del tamat

que en sus manos diestras más bien parecen

hilos de seda. Nada inmuta

al viejo Shilab´, que sigue obnubilado

el parlar de unas perdices que se pasan el día

refiriendo historias de los lejanos países

que vuelan en la noche.

 

A veces llegan mercaderes

que se llevan las ásperas harinas del molino,

los frutos de las huertas y, con un poco de suerte,

las cestas de mi amigo Shilab´,

que él mismo cuelga bajo el clavo

donde pende todavía la jaula perdicera.

Él de eso vive. De eso y de escuchar

durante horas a sus pájaros,

aguardando que llegue la noche

y que al descolgar la jaula,

descubra con alivio que han volado.

 

 

AL VIEJO FIRDAUSI

 

Eres a la vez estancia y refugio
Y Â LAL AL DIN RUMI

 

No pregunta.

                      Cuando cansados

llegamos a su puerta, en silencio nos acoge.

De qui é n huyamos

ni qu é infortunio nos traiga ante su casa,

no le importa,

y aunque todo en nosotros le desvela,

callado permanece. Sabe

del desierto y de las rutas estivales,

mas descree de los hombres y sus f á bulas.

Nunca pregunta. Con timidez

se ñ ala hacia las dunas,

en ellas, dice, se halla la respuesta,

pero las dunas, que lo han visto todo,

que todo lo arrastran, que todo lo devoran,

son presas f á ciles del viento.

 

 

LA CASA PROPIA

 

El cielo es un dragón que sobre sí mismo duerme
CHAMI

 

Alguna vez al hombre (pero no a todos los hombres)

le llega la esperanza de una casa propia.

All í , piensa, podr é tender mi ropa,

ver c ó mo pasa el invierno en la tarde que avanza.

Imaginar las sombras, la quietud de la tarde,

el lento desgastarse de la luz entre unos labios.

Unas botas sin nadie, un perro que duerme,

el hombre que escucha desde lejos su nombre de tinieblas,

oh, sue ñ o de Dakhla, con p á jaros dormidos y una torre.

Alguna vez el hombre (pero no todos los hombres)

siente esa verdad, ese escalofr í o,

como el camello que sobre s í mismo duerme

y entonces elige, sin querer elige, entre el s í y el no,

entre ser humo o ser piedra.

 

 

LO VAC Í O

 

Porque lo vac í o est á en todo.

En el fuego y en el mar, en la nube

y en el ni ñ o que llora sucio a ú n de su placenta.

Recorre los cuerpos y se ba ñ a

all á donde la piel limita con la piel.

En la noche crece como un dolor antiguo.

Lo asusta el tigre en el basti ó n del sue ñ o.

Es una rosa, el chico que mira las palmeras

con el norte nubl á ndole los ojos,

es la escama de un pez luna,

el sitio que dejas en los sue ñ os

y el que muestras aliviado ante el azogue.

No importa que juegues con cartas imantadas

o te muestre el oro inmaculado del crep ú sculo,

o un temblor de puro alfanje pula las puertas de tu casa.

Aqu í lo tienes, puntual como la rosa en primavera

o el sol ante el shuluq (1).

 

(1) N. A. - Viento del desierto.

 

MI CASA

 

En mi casa espero la vuelta del sol, el viento

que hinche las s á banas,

las bruscas nubes de la primavera.

Me entrega la casa su seco mendrugo y la inquietud

de quien en ella ha visto anochecer

en una cadencia que no es nueva.

Ajena a la memoria, me tiende sus paredes (¿porque en ella

est á lo que yo busco, lo que en vano busqu é

en remotas aduanas? No lo s é .).

Yo la oigo, como se oye al ni ñ o que llora en la memoria,

como se oye un r í o bajo la densa arena.

Y digo “mi casa”, pero debiera decir que soy suyo,

la parte de mi casa que baja a por tabaco, a por naranjas

la parte que ma ñ ana, ma ñ ana mismo,

se sube a un avi ó n y ya no vuelve.

Yo hice esta casa. Ella me ha hecho. No estamos en paz.

 

 

 

LA NOCHE DE ADINE (TINDOUF)

 

I

 

Que sea la luz lo que te nutra,

               y llueva,

llueva entre la luz hasta anegarlo todo.

 

En tu pecho vibren las palomas,

al aire abras tu mano y a é l vengan los cielos

violetas que so ñ aste, el abatido tigre,

el fuego con su voz y sus pavesas,

el latido azul, la noche transparente,

su dios rendido y la palabra exacta.

 

 

 

II

 

Nada sabe Adine del sol sobre los bosques,

y a veces sue ñ a con p á jaros azules

que, dormidos, se posan en la nieve.

Nada sabe Adine sobre la p ó lvora,

del hombre en cuyo dedo

descansa el florecer de los jardines y la noche.

Nada sabe Adine del tigre que escupe carbonilla

en el despavorido arroyo de sus pechos.

 

Nada sabe Adine y ha pintado en la palma de su mano

una alada y temblorosa barquichuela.

 

 

 

Umar Abass nació en Ad Dakhla (Sahara Occidental) en 1942. En 1960 se traslada a París, ciudad en la que permanecerá diez años. A mediados de 1970 se incorpora al Frente Polisario y es detenido en su ciudad natal por las fuerzas coloniales españolas. Tras un corto periodo carcelario es expulsado del país, y se instala en Damasco, ciudad que abandona en 1975 para incorporarse como combatiente a la lucha de su pueblo. En 1976 participó en la proclamación de Bir Lehlú y tres años más tarde fue herido en combate. Desde 1987 reside entre Madrid, Tindouf y Kirsehir, ligado a organizaciones humanitarias pro-saharauis e impartiendo clases universitarias. Ha publicado el libro de viajes: Por el camino de Luhr (Ed. Izmir, 1996), fruto de su viaje a pie por la región norte de Irán y traducido a poetas sufíes como Rumi, Sadi y Feridu-d-Din a nuestro idioma. Su poesía (siempre en soporte castellano) escrita entre 1977 y 1998 fue recogida por ĹHarmattan (París, 1999), bajo el título de Tregua / Trêve. El sueño de Dakhla, acoge su poesía en castellano desde 1999 hasta 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Manuel Moya. [… de “El Libro de Ahab”] Escritor, traductor y crítico literario, nació en Fuenteheridos ( Huelva ) en 1960 . Se define como un viajero incansable que en la actualidad reside en su pueblo natal y desde donde dinamiza la vida cultural de la comarca serrana, llevando adelante proyectos como la Asociación Literaria Huebra o la revista electrónica de literatura: Hwebra .
Obra poética: Tardes extranjeras . (Huelva : Diputación Provincial, 1993); Memoria del desierto : La noche extranjera. (Torredonjimeno, 1994, 2º ed. Dip. Almería, 1998); Las horas expropiadas . (Talavera de la Reina, 1995); Las islas sumergidas . (Béjar : Sornabique, 1997); Salario . (Rute : Ánfora Nova, 1998). Premio "Mariano Roldan"; Habitación con islas: (antología, 1984-1998) . (Huelva : La Voz de Huelva, 1999) (Reeditado en el 2005 por la Consejería de Educación y Cultura de Castilla y León); Lección de Sombras . (Sevilla : Renacimiento, 2001); Pese al combate . (Las Palmas : Ayuntamiento, 2001). Premio de poesía "Ciudad de Las Palmas"; Taller de máscaras . (Soria : Diputación Provincial, 2002); Años de servicio : antología 1978-2005 . (Aracena : Asociación Literaria Huebra, 2006); Interior con islas . (Valencia : Pre-Textos, 2006); Jerruje . (Málaga : Rafael Inglada, 2006)

Bajo el pseudónimo de Violeta C. Rangel también son suyos los libros: La posesión del humo . (Madrid : Hiperión, 1997); Para nada , edición bilingüe castellano/portugués, traducción de Augusto Oliveira Mendes, (Ayamonte, Huelva : Asociación Cultural Crecida, 1999); Four roses. (Granada : Cuadernos del Vigía, 2002); Cosecha roja . (Tenerife : Baile del sol, 2007)

Obra en prosa: Regreso al tigre . (Sevilla : Ediciones AR, 2000), compuesto por piezas generalmente muy breves e intensas, constituye su primer volumen de relatos; La Mano en el Fuego . (Palma de Mallorca : Calima, 2006) ; La sombra del caimán y otros cuentos . (Huelva : Onuba, 2006)

 


Tres poemas desde Nueva York
por C. A. Campos

Ignífero

El sol, —que por razones que no se conocen
no quiere que uno dé con ciertas mentiras o verdades—,
aun en su consuetudinaria caída afanándose por cegarme,
por paro dar a mi mántica diletante, amateur.

El sol, —que no cree del todo en la noche, su embrujo—,
su pueril advertencia recordándome por enésima vez,
señalando, como si tuviese índice, su destello, rótulo,
su Ver ha de costarme no ver.

 

Campo visual

Puesto a pensar, sentir,
a resucitar el tiempo o acabarle de matar,
a amar sin esperanza y reincidir y reincidir,
o absurdos o ridiculeces así, de esa índole,
a desear, pasar hambre, o llegado el caso
a pencar, a un encogimiento de hombros
que tiene que ver más con lenguaje
que con realidad, más con luz onírica
que la luz del día,
puesto, ya que nadie lo hace por tu persona,
a buscarme, preocuparme,
mas no en público,
a preguntarle a C. A. Campos
por su paradero, su propia desaparición

 

Asueto

No fuera de la realidad
sino dentro de la mía,
poniendo en tela de juicio
materias provistas
de provecho y beneficio
sin lanzar improperios
ni llamar la atención,
dejando que a sus anchas
jueguen o improvisen
sentimiento y pensamiento,
esperanza y voluntad,
que en un área por lo menos
vayan haciendo camino,
vayan dejándome atrás

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© C. A. Campos, 2008. L_tmartin@hotmail.com Nueva York,
EE UU


Si muere la Utopía
por Pedro Sevylla de Juana

Hoy que la esperanza es breve y vive en desencanto diluida, ¿quién ofrecerá un futuro codiciado si muere la Utopía? Quién descubrirá la poesía, vedija entre las zarzas, velero de papel a la deriva. Quién pondrá imaginación en las pintadas -ingenio de las frases- que derribe barreras y murallas.

Por qué razón edificante la policía hostigará a los jóvenes, qué relato heroico reservará la madurez a los hijos y a los nietos, quién defenderá al pueblo de la acción de los políticos, quién inventará el orden al revés a cada instante, quién hablará de la persona, qué será de la palabra compañero, quién osará trazar camino propio, quién se opondrá a los intereses de los más interesados, qué será de la pluralidad de vías, ¿quién estará de nuestro lado, si muere la Utopía?

Quién reducirá las insalvables diferencias que separan halcones de palomas, quién amará al hombre por su esencia quebradiza, quién buscará la paz, el perdón, la valentía; el amor, la libertad, la convivencia, si muere la Utopía.

Quién impedirá que a nuestra arcilla vacíen en moldes inhumanos los que hacen herramientas de las vidas. Quién acogerá las excepciones, quién será de lo diverso garantía. Quién nos librará de la ortodoxia, quién nos sacará de la estadística, ¿quién sobrevivirá al sistema, si muere la Utopía?

Poema del libro “La deriva del hombre” Devenir Poesía Madrid-2006

 

 

 

 

 

 

 

 

© Pedro Sevylla de Juana. Hijo y nieto de agricultores, nací en Valdepero, provincia de Palencia, el día 16 de marzo de 1946. Terminado el bachillerato superior en el colegio de La Salle de la capital palentina, me hice publicitario, ya en Madrid, en la Escuela Oficial de Publicidad. Cursé en ICADE los estudios de Dirección de Márketing, que pude compaginar con los de sicología, fotografía y diseño gráfico. Aficionado a la lectura, y deseoso de fijar al papel mis hallazgos y contrariedades, escribo desde muy temprano. Me rendí a la poesía sin condiciones, y la prosa poética fue el resquicio por donde entraron los relatos breves. Ellos y las sorprendentes facilidades del procesador de textos, me llevaron, ya asentado en la madurez, a la novela. Tras dejar mi pueblo y Palencia residí en Valladolid, Barcelona y Madrid; pasando temporadas en Ginebra, Estoril, Tánger, París y Amsterdan. En el presente, un presente que ya va para diez años, paso la mayor parte del tiempo en El Escorial, dedicado por entero a mis tres aficiones más arraigadas: vivir, leer y escribir. Frutos de esa ocupación son diez novelas, dos libros de relatos y cuatro poemarios. Premios: 2005: Finalista del premio de novela Ateneo-Ciudad de Valladolid. 2001: Paradores de Turismo de Relatos. 2000: Internacional de Novela "Vargas Llosa". 1999: Ciudad de Toledo de Novela. 1997: Relatos de la Mar


Sigue la línea
por Teresa Iturriaga


Ojo, si en este momento se escapan del cielo
unos puntos rojos suspensivos,
es para abrir un dique entre tu mente y la mía.

Al paso de la cabalgata, fluye la Maga...
Cuando eso sucede,
no están permitidas las aceras ,
las armas se encarecen ,
caducan las licencias,
baten palmas sin permiso los calderos,
quedan pendientes los pagos,
y un trazado no rectilíneo, nada uniforme, gratuito,
abre la veda para cazar más allá de tus cortijos.

Mientras la Maga pasa entre colmenas,
por real decreto,
enmudecen las tertulias, partidas
donde se juegan a cartas tu destino.
De puntillas y descalza,
la Maga atraviesa ocho puentes colgantes
para llegar hasta ti,
salta de uno en uno los caparazones de tortuga,
los pisa y los hunde en las tierras de tu ser.

Pero te aviso:
entre punto y punto,
con tus neuronas más olvidadas,
ella va a ir tejiéndose una falda
y, como Clara por su casa, entrará su vendaval
por la ranura de tus ojos,
más aún, no parará
hasta que en tu almohada explote
el cielo estrellado de un cuadro indio.

(Déjala, déjala,
ella es así de loca.)

¿Un consejo?:
Maga no hay más que una.
Si te roza una tela roja… síguela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Teresa Iturriaga. Palma de Mallorca 1961. Desde 1985 reside en Gran Canaria y es Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Su investigación académica se centra en la traducción de la literatura, la publicidad turística y el periodismo de viajes. Ha colaborado en seminarios y proyectos de investigación europeos de la ULPGC, el CSIC y el Instituto Cervantes. En 2005 participa en el Congreso sobre los falsos estereotipos sobre el mundo hispánico en Europa, organizado por el Instituto Cervantes de París. Fuera del ámbito académico, ha publicado en prensa, revistas literarias y portales digitales como “Biblioteca Digital Letras Canarias”, “Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes”, “Aula Intercultural”, “La Casa que Grita”, “Baúl de Aire”, “Palabras Flotantes”, “Sendebar”, “La Tapa”, “Agenda Bohemia”, “Comunicando” o “Mugak”. Es autora y traductora de numerosas obras recogidas en obras colectivas y está muy vinculada al trabajo de cooperación entre Canarias y los países africanos. En 2004 trabaja como directora, coordinadora y autora de una serie de entrevistas de interés etnográfico, reportajes y artículos compilados en el libro Mi playa de las Canteras. Desde 2005 hasta 2007 colabora como traductora en las webs www.laveudafrica.com y www.africainfomarket.org. En 2005 traduce el libro Modou Modou, un ensayo sobre el drama de la inmigración africana, del senegalés Seydi Ababacar Mbaye. En 2005 aparece su relato “Hurto blanco” en Orillas Ajenas, publicación de narrativa canaria. En 2006, “Namoe” en Hilvanes y, en 2007, “El violín y el oboe” en Fricciones. Ese mismo año publica el relato “Tu nombre es Véronique” en el libro Que suenen las olas, una colección de relatos ilustrados y escritos por mujeres de Canarias y Marruecos, de la que fue directora, coordinadora y traductora de los textos árabes. En marzo de 2008 presenta dicha colección en el Instituto Cervantes de Rabat, donde se plantea la próxima edición en árabe de los textos españoles. En junio de 2008 gana el III Certamen Internacional de Poesía “El verso digital” 2008, con el poemario titulado Sobre el andén (publicado en versión digital junto a los 9 poemarios finalistas en la Antología del III Certamen de Poesía “El verso digital”), premio convocado por el editor literario digital Publicatuslibros.com con el patrocinio de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en Jaén. Publicatuslibros.com le edita Juego astral en versión digital, un libro que reúne ocho relatos breves de género fantástico. En julio de 2008 obtiene el primer premio (ex aequo) del III Certamen de Poesía “Encuentros por la Paz” de San Pablo de Buceite, con el poema titulado Dos segundos de compasión. Premio convocado por la Delegación de Cultura de la Junta Municipal de Distrito de San Pablo de Buceite (Cádiz); dirigido por la poeta Paloma Fernández Gomá e incluido en el evento cultural VI Talleres por la Paz de San Pablo de Buceite. En la actualidad, trabaja en la traducción del poemario À mi-chemin, escrito en francés por la marfileña Véronique Tadjo.



Memoria
por Josu Gómez Barrutia

Memoria rota
Memoria teñida por el azul negruzco de la noche maldita
Memoria rota en el corazón y en la sombra,
Puñal enrojecido de ansiada gota.

Memoria rota la de la mano que coge a la otra
Memoria , Memoria ….la de las suaves simientes de la marmota

Que duerme tranquila mientras el cielo explota de colores rojos y negros
Negros y Rojos
Como el de mi alma rota….
Rota por un cuchillo, sangrando por una hoja
Ahogando mí silencio en gritos y mis llantos en amapolas
Rojas, rojas, rojas como mi sangre
Silencio de la marmota.

Memoria soy de la noche rota
De la cuchillada maldita que me rajo la boca
Ahogando mi lágrima en llanto y mi sangre en la ropa

Memoria soy del silencio de la marmota
Que me rompe el alma y me deja sola.

Poema Dedicado a las víctimas de cualquier guerra.

 

II


Sal, agua y mar
Todo eres a la vez sin dudar
Roca, marejada, tempestad
Todo eres entre el verde mar

Viento, marejada, tempestad
Que me desgranan como roca
En tu mar
En tu batir de alas blancas
Como la nácar
Como la sal

Como hiel de mariposas
Como algodones rosas
Que hacen que sienta en ti

Sal, agua, Tempestad y Rosa.

 

III

Descarnada es tu boca
Roja
Erótica de pasión dormida
que se teje entre mordiscos, besos y alaridos

Descarnada es tu pasión
Sincera
Compañera infatigable del verso pecar

Descarnada es tu libertad
Pura
Como una mirada, como un beso
Como el verso amar

 

IV

Suena el rumor de la tormenta
Suena con la fuerza de los vientos
Con la intensidad del rayo

Suena, suena, suena alto rompiendo el silencio de la noche
Con la luna mirando

Suena, Suena el batir de las mariposas
Incesante como rayos

Suenan, Suenan alto y claro
Marchitos los llantos
De la Naturaleza que herida muere graznando
Con la fuerza del viento, la tempestad y el rayo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Josu Gómez Barrutia. Eibar- Guipúzcoa 1978 . Reside actualmente en Tocina – Sevilla (España). Diplomado en Alta Dirección de Instituciones Sociales por el Instituto Internacional San Telmo de Sevilla y Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla. Articulista de la publicación Cuadernos para el Dialogo y de los periódicos sevillanos Sevilla Metropolitana, La Comarca, La Cornisa del Aljarafe. Colaborador de la revista Cambio16. Colaborador habitual de El Correo de Andalucía ,El Diario de Cádiz , Motril Digital entre otros. Libros publicados: La Fuerza de la Palabra. Ensayo. Editorial Bubok. Año 2008. Libros colaboraciones: Prologo del libro Epístolas de la Memoria. Ensayo. Editado por el Excmo. Ayuntamiento de Tocina (Sevilla)



La ciudad invisible
por Juan Antonio Barros Jódar

No era la primera vez que la ciudad había desaparecido de los mapas de los geógrafos y aun de la faz de la tierra. Al menos, así lo afirmaban las consejas que él había escuchado de los ancianos en anteriores viajes y leído en los anales de su historia.

Llegó en su automóvil como otras veces. El aire limpio y frío penetraba por la ventanilla de la portezuela. Los árboles se agitaban al paso del vehículo. Casi se diría que hacían un saludo con sus largas ramas inclinadas. Le extrañó divisar la sierra tan pronto, antes de haber adivinado siquiera aquella querida silueta de la ciudad recortada sobre un fondo de montañas en las que azuleaba la nieve. Pensó que en cualquier momento aparecería ante su vista. Mas no fue así.

Detuvo el coche en el arcén con un violento frenazo. Entonces comprendió. Ahora recordaba que no había dejado atrás ninguna señal, ningún anuncio de la proximidad de la urbe. También recordó que alguna vez temió que aquello pudiera ocurrir. Pero en tales ocasiones había percibido enseguida la apretada multitud de luciérnagas bajo las estrellas, o el perfil velado por la bruma de la esbelta torre de la catedral. Y entonces todo cobraba de nuevo su sentido. Esta vez, sin embargo, no sucedió nada de eso.

Se apeó del auto. Algo semejante a una neblina lechosa flotaba como un velo misterioso y se extendía hasta las estribaciones mismas de la sierra. En dirección opuesta, el remoto volcán cuyo nombre evocaba pretéritas civilizaciones y olvidados concilios. Hacia el oeste, la vega profunda, multicolor. No había duda. Aquello era la ciudad que un día cautivara su ánima, o mejor, lo había sido hasta entonces. Ya sólo restaba el vacío, un espacio yermo, fantasmal, que ahora se le antojaba increíblemente reducido.

Las historias lo referían con meridiana claridad. Primero el cielo mostraría funestas epifanías. Luego llegaría el vendaval y los tornados arrastrarían casas, bestias y árboles arrancados por la raíz. Luego sobreven¬dría la oscuridad. Al fin, cuando se despejaran las tinieblas, no quedaría una sola piedra que recordara la existencia de la ciudad. Transcurridos años, siglos tal vez, otros hombres construirían una ciudad idéntica a la original, que de nuevo sería arrasada algún día por el vendaval. Y así hasta el fin de los tiempos.

El hombre se llamaba Celedonio Flores. En realidad, nunca se había tomado en serio la leyenda, y no podía creer que se hubiera cumplido. Pero allí estaba aquel erial, aquel miasma siniestro que hablaba de podredumbre, de aniquilación.

Comenzó a caminar sin rumbo ni propósito. Pero pronto aprendió a reconocer las cosas por el espacio que una vez ocuparan. Con una nostalgia infinita, se propuso reconstruir idealmente cada elemento como si se tratara de un puzzle. Supo que se encontraba ante la catedral con la misma certeza que si estuviera admirando la grandiosa portada principal. Miró a lo alto. Allí debía erguirse la torre inconclusa. Atravesó imaginariamente el crucero y se detuvo como siempre ante la puerta del Perdón, hoy abierta en las felices infidelidades de la memoria. La inicial del apellido del artífice perduraba en la hornacina entre una abigarrada fauna apócrifa. Del otro lado, la bellísima lonja, el antiguo mercado de sedas, la casa del cabildo, la alhóndiga.

Volvió de nuevo en dirección al soberbio templo renacentista. Recorrió sin premura la plaza principal, testigo de tantos momentos gozosos para la ciudad, mas también de los horrendos procesos inquisitoriales; de las efímeras arquitecturas festivas, mas también de los férreos jaulones que contenían la cabeza de algún criminal ajusticiado a modo de severísima advertencia.

Hizo un alto en aquel fantasmagórico deambular por los laberintos de su alma, y se sentó luego sobre el suelo, justo donde en mejor ocasión se levantara una hermosa fuente. Allí la había visto por vez primera. Hacía muchos años ya. Ella se había quedado parada ante él como una estatua, con sonrisa desafiante y una frescura de lluvia primaveral en la mirada. Casi podía ver de nuevo el intenso follaje de los árboles, los puestos de flores, los alegres toldos de los cafés, el olor de los tejeringos y el zumbido de los abejorros en la plenitud de la tarde.

Miró al suelo, pero sólo encontró la neblina lechosa. Y sus propios miembros entumecidos. Se incorporó. Comenzó un camino que reconstruía itinerarios más antiguos del brazo de aquella extraña compañera. Llegó hasta los muros de la vieja fortaleza. Desde ese punto se dominaba toda la ciudad. Muchas veces habían jugado en aquel mirador a reconocer por el tejado alguna casa importante o alguna iglesia. En cierta ocasión ella señaló una casucha sucia y destartalada y los ojos se le llenaron de lágrimas. Él no consiguió nunca hacerla hablar sobre aquello.

Desde allí mismo, ella señaló otro día una casa espaciosa, rodeada de altas tapias encaladas y rematada por un airoso torreón en cuyo tejado giraba una veleta que representaba un jinete moro con lanza y adarga. Y el monasterio del Paular, asentado al decir de los cronistas medievales sobre un delicioso paraje engalanado por plácidas huertas y amenos vergeles llamado Ayn al-Dama, y coronado por un extraño montecillo que algunos identificaban como túmulo céltico. Y el soberbio hospital de los Reyes, que albergó en su época a los enfermos del mal gálico, a bubosos y aun a inocentes. Y el monte paradisíaco en el que fueron hallados los famosos libros de plomo y las reliquias de los mártires.

Celedonio miró una vez más desde la cima de aquella colina, ahora yerma y cubierta por funestos jirones de niebla. De pronto sintió la necesidad de gritar como entonces un nombre, pero comprobó con estupor que no podía recordarlo: sólo sus ojos, su cabello condenando a la sombra al círculo de la luna, su risa. Y también sus lágrimas al señalar aquella casucha perdida en el barrio alto. Sólo eso. Pero su nombre, no.

Descendió hasta el cauce del río con paso pesaroso. Ella le había mostrado allí un paseo que ascendía entre sauces y avellanos hasta un remanso encantador. La armonía del agua en la fuentecilla que daba nombre al paraje reconfortaba el ánima del fatigado caminante. Los ruiseñores cantaban ocultos en el bosque frondoso, mientras los gorriones se lanzaban en alocado vuelo hasta lo más hondo del barranco.

En aquel lugar indescriptible, ella le enseñó los secretos del lenguaje de las aves, arte que había aprendido de Paco el Bárbaro cuando éste ya ostentaba un alarmante tono verdoso en la piel y los estigmas de los condenados a morir de amor. La muchacha, sentada sobre una peña, hacía bocina con las manos y comenzaba a remedar el trino de los pájaros con tal propiedad que podía pasar muy bien por uno de ellos. Después, sobre aquella misma roca que semejaba un altar de sacrificios, se entregó a él confundida entre un luminoso reguero de yedras y madreselvas. Celedonio Flores sintió entonces una fuerza descomunal gravitando sobre sus miembros, la misma fuerza que hacía girar las esferas celestes, pensó, la misma fuerza que ocasionaba las mareas y los seísmos, la misma fuerza que un día había de arrasar y reducir al polvo hasta la última piedra de la ciudad. Se supo en ese instante materia primigenia, magma sin forma, lava burbujeante a punto de hacer eclosión. No pudo resistir y cayó desvanecido.

Cuando despertó, ella no estaba. El sol se ocultaba en el horizonte y había refrescado. Un ruiseñor daba saltitos a su lado. Se alejó un poco e inició un canto que a él le sonó familiar. Por un momento pensó que tenía los ojos de ella. Se acercó despacio e hizo intento de atraparlo, pero el pájaro voló a una rama. A la mañana siguiente, ella dijo no recordar nada de lo sucedido. Ese mismo día, Celedonio debía partir.

Regresó dos años más tarde. No albergaba la menor esperanza de reencontrar a la joven. Sin embargo, ella aguardaba en el vestíbulo del hotel. Lucía el vestido rosa de organdí y la pamela que él le había regalado la tarde de la despedida. Él no salía de su asombro. La muchacha dijo simplemente que lo sabía desde siempre y que eso bastaba.

Fue ella la primera en mencionar la profecía de la destrucción de la ciudad. Celedonio recordaba que lo hizo entonces como si hubiera sido testigo de su cabal cumplimiento a lo largo de los tiempos. Unas gotitas de sudor perlaron su frente. En sus ojos aparecía un brillo inquietante que él no sabía interpretar. No sólo era miedo lo que adivinaba en su mirada intensa y febril. Descubría en el fondo lejanísimo de sus pupilas algo maligno, destructivo. Llegó incluso a considerarla formando parte de esa fuerza perversa que un día podía arrancar de cuajo los cimientos de una civilización.

En realidad, él no creyó nunca en la veracidad de la profecía. No dejaba de ser una leyenda sugestiva en una ciudad legendaria. Como otras muchas que narraban los ancianos en las tardes del estío a los chiquillos ávidos de aventura. Había escuchado muchas historias de tesoros enterrados que provocaban sucesos sobrena¬turales, de lindas princesas cautivas y padres celosos, de filtros y encantamientos, de ejércitos del más allá que custodia¬ban la alcazaba durante la noche y se esfumaban al alba con un susurro de fatigados sudarios.

Celedonio despertó entumecido por el frío. Había dormido varias horas. Lo supo por la posición de la luna en el cielo. El sueño le había sorprendido cerca de la antigua chancillería. De pronto se sentía aliviado. Era como si un bálsamo mirífico hubiera curado las sangrantes heridas de la nostalgia. Pensó que aquella ciudad estaba tal vez destinada a perdurar eternamente en su memoria. Pensó que la profecía era inexacta, pues en su corazón seguían existiendo en su justo orden y proporción cada calle, cada templo, cada paseo, cada tapia, cada monumento, cada casa, cada torreón, cada esquina, cada piedra. Y también cada viejo, cada niño, cada muchacha y aun cada fantasma de aquella ciudad hoy fantasmal.

Desbordado por esa certeza reconfortante, tomó su decisión. Caminó con paso resuelto, sin mirar atrás. No tardó en alcanzar los arrabales por los que llegara el día anterior. Vio a lo lejos el automóvil. Su corazón latía con ritmo alocado. Ahora sabía con absoluta certeza que la profecía se había cumplido precisamente para no cumplirse nunca jamás.
Subió al coche. Empezaba a clarear tras las cumbres de la sierra. No quiso volver el rostro. Allí no quedaba nada suyo. Ya no. Ahora sabía bien que había un horizonte más amplio, más perdurable. Puso en marcha el motor y pisó el acelerador a fondo. El vehículo describió un giro limpio en semicírculo. Tomó luego la misma carretera por la que había llegado el día anterior y se alejó. Si Celedonio Flores hubiera mirado atrás, habría podido ver cómo aquella neblina lechosa comenzaba a evaporarse delicadamente al roce de los tibios rayos del amanecer.

 

 

 

 

 

© Juan Antonio Barros Jódar


Vecinos per versos
por Gustavo Marcelo Galliano

 

El documento de identidad no es falaz. En él se puede aún leer claramente, a pesar del sepia creciente de sus hojas: Nicéfora Aquilina BEDETODO.

Pero ella se había encargado minuciosamente de que casi nadie se enterase. Decía llamarse Nissette, por sus abuelos franceses, tan lumínicos como ilustrados. Según su historia, según su histeria. Y gustaba que le llamaran Niza. Fino y delicado, tan dulce y recatado. Como la vida deseada, allá de joven, en aquellas horas de carne trémula y Corín Tellado.

Desde pequeña fue educada para cuidarse de los males de este mundo, de los vicios y sus vecinos, de la lujuria y su embrujo, de los hombres y los nombres, de las voces y los roces, de la noche y el derroche, de la mirada y la sonrisa, del qué dirán y pensarían. Y fue un enorme esfuerzo, una tarea delicada, un trabajo dedicado el mantenerse pura y recta. Es que a veces por las noches, envuelta en sus frazadas, la carne le reclamaba por las ansias reprimidas. Pero su madre le había dicho que la piel es traicionera. Que si es propia es gran pecado, más aún si es ajena.

Y los rezos, y el silencio y los ojos aprisionados, rogando una oscuridad que oscurezca hasta el llanto. Y ese manto se hizo eterno con el paso de los días, y la tersura fue ave que presurosa volando le adormeció el almanaque a cambio de sus arrugas.

Fue entonces que decidió que merecía compañía. No importa si él era bello, dulce o considerado. Su madre le había explicado que los hombres eran calcados. Que se guiaban por el deseo y no piensan demasiado. Por ello debía encontrarse a alguien mayor que ella, a más años menos llama, a menos llama menos fuego, a menos fuego más calma, y a más calma más consuelo. En lo posible honesto, o al menos parecerlo. Eso decía su madre, si lo decía ella, pues debía de ser cierto.

También que fuere propietario. Un inmueble o un negocio, respaldo de futuros años. Y ella hallar trabajo, en lo posible a diario, para estar más tranquila y no deber soportarlo. “La tempestad del tiempo termina apagando la posibilidad efímera que una brasa subsista y reavive un incendio”. Eso decía su madre... por ello, debía de ser cierto.

Y así ella fue que lo hizo y se casó con Hortensio. Trabajador y callado, conservador y sumiso, pero ante todo: converso. Tan dócil y manejable como una mascota vieja, con respetable apellido y un respaldo financiero. Distancia durante el día. A la noche solo calma. Sin velos ni más desvelos. Tranquilidad en la cama.

Pero sus problemas eran otros. Eran sus nuevos vecinos. Siempre fueron los vecinos. Hoy, los de la casa de enfrente, con sus cuatro malditos críos. Todo el día que entran y salen, y su puerta que hace ruido. Que la mayor es muy aguda y la menor estridente, que el del medio es travieso y con vozarrón agobiante, y… de padres permisivos… ¡Hay si los viera mi madre!, pensaba desconsolada. Si hasta por las noches percibe unas extraña vibraciones, casi imperceptibles salvo para su agudeza, colándose por la ventana, ¿será que acaso respiran con demasiada resonancia? Malditos nuevos vecinos, siempre vienen a destrozar la calma.

¿Y los escandalosos de al lado?, lujuriosos, pervertidos. Seguramente promiscuos que jadeantes se babean. Los gemidos por las tardes se vuelven insoportables, y por las noches terrible, pareciera no se cansan. ¿Acaso es que los jóvenes siempre gozan... y no descansan?... Y a escasos cincuenta metros, “¡Dios me salve!” un colegio mixto, bulliciosa secundaria. Adolescentes que adoran comportarse como simios. Mujercitas convertidas en hembras de la jauría. Los gritos de esos imberbes que se esparcen por el aire. Sus grotescas risotadas... sus corridas resonantes... sus burdos ecos machacando las veredas, produciendo desniveles cual riscos en la pendiente. Delincuentes en potencia que los nervios le han crispado. Viciosos, maleducados.

Y para colmo de sus males, han derribado en la esquina el viejo restaurante italiano y construirán a lo breve un moderno edificio. Que de seguro será enorme, como una muralla china obstruyendo luz y el aire. Si hasta casi puede sentir el ahogo. El sofocarse de pronto. Y serán demasiadas nuevas voces, demasiadas nuevas risas, demasiados nuevos llantos. Todo ese gran gentío respirando, conversando, contaminando, dentro de esas cajitas que llaman apartamentos. Infinidad de ventanas. E infinitos pensamientos. Demasiada luz de noche, “¡qué derroche!”, demasiada sombra de día ,“¿serán justos mis reproches?”. Y de seguro que ahora estacionaran sus coches robándonos el espacio que nos perteneciera por años, a los antiguos, los de este lado. Se hurtan nuestros derechos, pisotean nuestro pasado. Niza suele añorar: “¡Hay si mi madre viviera!”.

No termina de comprender como nadie se da cuenta. El porqué no se procede contra la turba infame, como pueden tolerar tanto desorden, tanta fanfarria. Tanta insulsa algarabía, tanta alegría por nada. No termina de entender porqué parecen felices. Ser feliz es perder tiempo, aunque el tiempo ahora no valga nada. Derrocharlo es pecado, sufrirlo es nuestro cargo.

Niza siempre está atenta. Aún al llegar el descanso; ha optado por jubilarse, no volverá al trabajo. Ahora tiene todo su tiempo para estar sola en la casa. Para cuidar de lo suyo. Para hacer suyo el cuidado. Y apostada cual vigía, parapetada y encubierta, controla a los invasores desde la trinchera de su cortinado.

Conoce todos sus horarios, los pasos y los descansos, hasta distingue los dejos de suspiros extraviados, el retumbar de tacones, el tintinear de sus llaves. Nadie podría engañarla, ella perdura atenta. Cuidándose de los perversos. Protegiéndose de los extraños. De sus vecinos. Se repite una y otra vez: “nadie debe sorprenderme”. Por ello el despuntar del alba ya la encuentra en su ventana, controlando movimientos, a los niños o los extraños. De ella nadie escapa.

Acaso sin comprender que se ha abarrotado de gula y de avaricia, de lujuria y pecado, de codicia y desidia, de maldad y de tristeza, de pensamientos extraños, de odio a los humanos. Y que el peor de sus defectos, que por años ha acrecentado, es que ante todo ha olvidado, que vida hay una sola, que soñar es algo preciado. Que la vida es mucho más simple y bella siendo cauto, y no un mal pensado. Que al buscar dobles sentidos, su soledad ha duplicado.

Mientras tanto, su esposo pasea, pasea y pasea al perro, desde hace mucho, mucho, mucho tiempo.

Si hasta ha comenzado a pensar que se ha convertido en un anciano muy, muy pero muy extraño.

 

 

 

 

 

 

© Gustavo Marcelo Galliano. Nacido en la localidad de Gödeken (Santa Fe) y residente en la ciudad de Rosario (Santa Fe, Argentina). Escritor, Poeta, Docente e Investigador Universitario. Ha incursionado en el campo de las letras hace solo unos años obteniendo numerosos premios y reconocimientos. Ha sido seleccionado para participar en numerosas Antologías Literarias Internacionales y sus escritos se han publicado en prestigiosas revistas literarias nacionales e internacionales, tales como la Revista Nueva Época - Cultura de VerazcruZ (México), El País Literario (España), Revista Sinalefa (New York - USA), Revista Diez Dedos (Tuluá, Colombia), La Zorra y el Cuervo (Washington - USA), Amalgama (Cádiz, ESPAÑA), Cañasanta (Toronto, CANADÁ), La Buhardilla (Rosario, ARGENTINA), Espacio Latino (Montevideo, URUGUAY), LinterNet.Bg (BULGARIA) y muchas más, recibiendo muy buenas críticas, que elogian su particular estilo de escritura, que realza el romanticismo, las emociones y los valores, plagándolos de metáforas. Ha obtenido importantes premios literarios internacionales, tanto en género Poesía, como en Narrativa y Cuento Breve


La perla de Córdoba
por Carlos Montuenga

 

¿Estaré condenado a vagar sin fin por este mundo extraño? Hasta ahora todos mis esfuerzos por encontrar una ruta de regreso han resultado vanos. Peor aun, creo que cada nuevo intento me aleja cada vez más de los míos.

Al menos, puedo asegurar que el lugar al que he venido a parar esta vez no tiene nada de inhóspito. Es una fértil llanura que se extiende hasta donde alcanza la visita, salpicada por cuadros de tierra roja y manchas verdes de vides y hortalizas. El agua borbotea en los canales que riegan las huertas y discurre entre árboles frutales y grandes palmeras. Aquí y allá se perfilan los contornos de pequeñas casas blancas junto a las que se levantan establos y graneros de adobe.

Llevo en un tiempo viviendo con Ahmed y su mujer Ummara. Me encontraron entre los juncos del río cuando apenas era capaz de moverme, aturdido aún por las secuelas del tránsito. No dudaron en llevarme a su casa y gracias a sus cuidados pude restablecerme en poco tiempo. Hablan una lengua extraña que al principio me desconcertó; es muy diferente a todas las que conozco y sólo después de no pocos esfuerzos he conseguido empezar a entenderla. Ahmed, es un hombre fornido, tiene el rostro marcado por varias cicatrices y cojea de una pierna. Según he podido entender, antes de dedicarse a las faenas del campo llevaba una vida mucho más agitada, como oficial al mando de una sección de arqueros. Me ha contado algunas historias sobre las guerras que han sacudido esta tierra. Fue herido en el transcurso de una gran batalla y se vio forzado a dejar la milicia y buscar otro modo de ganarse la vida. Entonces, con algunos recursos de que disponía decidió establecerse con su mujer en una pequeña hacienda que explota con la ayuda de varios criados. Tiene viñas, en las que crecen grandes uvas rojas, olivos, limoneros y almendros. A veces, viaja a las ciudades vecinas buscando los mejores mercados para dar salida a sus cosechas.

Ayer tras terminar el almuerzo, me palmeó el hombro y dijo:

-Muchacho, creo que ya estás completamente restablecido. Debo ir a Córdoba para cerrar la venta de una partida de uvas y tal vez quieras acompañarme. No te veo aún en condiciones para trabajar en el campo y dudo que aquí puedas serme de mucha ayuda. Además, me parece que estás impaciente por levantar el vuelo. Eres decidido y tienes una inteligencia despierta; estoy seguro de que en una gran ciudad como Córdoba no te faltarán ocasiones para hacer fortuna.

-Ahmed, estoy en deuda con vosotros y siento dejaros, pero yo también creo que no debo permanecer aquí más tiempo -respondí.

-Cada hombre ha de encontrar su propio camino -dijo él-. Hace ya mucho tiempo, yo decidí cual era el mío. Nací en Granada de padres cristianos y fui bautizado con el nombre de Joan. Mi padre tenía muchas bocas que alimentar; sólo a duras penas conseguía sacarnos adelante con su trabajo de alfarero. Con quince años me escapé de casa y decidí abrazar la fe del Profeta. Como tantos otros, lo hice por conveniencia; en aquel entonces yo era sólo un muchacho que soñaba con salir de la miseria y llegar a lo más alto. Pero cuando me hice hombre, ví con claridad que el dios de los musulmanes es el único verdadero.

-Lo mío es la acción -continuó Ahmed- y no estoy versado en cuestiones religiosas; aun así creo que ciertas verdades son evidentes. Ningún hombre de bien puede dudar de que Allah, en su misericordia infinita, nos ha mostrado a los mortales el verdadero camino al hablar por boca de hombres santos como el profeta Muhammad. Sólo aquellos que observan los preceptos del Corán pueden ser dignos de convertirse en instrumentos del Altísimo; por eso, los reinos cristianos están condenados a permanecer sumidos en la ignorancia y acabarán doblegándose ante nuestra fuerza.

-Pero alguna vez me has dicho que los cristianos han obtenido grandes victorias sobre vuestros ejércitos -dije yo.

-Es cierto -respondió Ahmed-. Mi abuelo me contó que siendo él un niño, Toledo fue conquistado por el rey Alfonso VI. Entonces, los musulmanes se vieron obligados a pagarle tributo y muchos debieron pensar que estas tierras jamás volverían a conocer un esplendor comparable al del califato omeya, cuando Córdoba rivalizaba en lujo y grandeza con Bizancio o Bagdad. Es triste reconocerlo, pero tras iluminar al mundo, el pueblo de los creyentes fue languideciendo bajo el reinado de reyezuelos que sólo destacaban por su codicia. Sin embargo, la torpeza de algunos hombres no basta para cambiar lo que está escrito.

-¿Lo que está escrito? ¿qué quieres decir? -pregunté .
Ahmed se rascó la barba y quedó pensativo.

-Es voluntad de Allah que llevemos la verdad revelada hasta el último rincón de la Tierra -dijo al cabo-. Cuando al-Andalus estaba en peligro de sucumbir ante el empuje de los cristianos, nuestros hermanos de al Magrib atravesaron el estrecho e irrumpieron en nuestras ciudades como un huracán purificador, decididos a terminar con los indignos. Derrotaron a Alfonso y sembraron el desconcierto entre los príncipes cristianos, que a partir de entonces fueron incapaces de volver a recuperar la iniciativa. Muchos años después, un califa almohade se convirtió en señor de al-Andalus e hizo retroceder todavía más a los infieles. Su sucesor, Abu Yusuf Yaqub, es nuestro actual soberano, un hombre santo que hace poco más de dos años asestó en Alarcos el golpe definitivo a esos necios castellanos. Yo estuve allí y aún resuenan en mis oídos los gritos de los hombres y el relinchar enloquecido de los caballos.

Acababa de amanecer sobre la llanura y los caballeros cristianos se habían lanzado contra nuestra vanguardia, abatiendo a cientos de arqueros situados en primera línea. La confusión era terrible y apenas conseguíamos ver nada entre las nubes de polvo que nos envolvían. Recuerdo que sangraba por varias heridas, pero apenas sentía dolor; en aquel momento, sólo pensaba en mantener agrupados a mis hombres para evitar que perecieran bajo los cascos de los caballos. Nuestro señor Abu Yusuf ¡las bendiciones de Allah se derramen sobre él! había previsto la carga de los cristianos y ordenó que nuestras unidades de infantería abrieran las filas centrales y se reagruparan a ambos lados; entonces, la masa de los atacantes se precipitó como un torrente a través de la brecha y su tremendo impulso les forzó a dividirse en grupos desorganizados. Antes de que pudieran reagruparse, lanzamos contra ellos una lluvia de flechas; muchos jinetes fueron abatidos y otros cayeron de sus monturas, quedando aturdidos en el suelo a merced de nuestros hombres. Una segunda oleada de caballería cristiana cargó contra los Hintata, una fuerza de élite almohade que había pasado a situarse en vanguardia. Pero una vez más, nuestras filas se abrieron y el empuje de los atacantes volvió a perderse en el vacío. Los caballeros cristianos iban protegidos por pesadas cotas de malla que dificultaban sus movimientos, y quedaron trabados en combates cuerpo a cuerpo, incapaces de progresar en su avance. Aquél páramo se había convertido en un mar de cadáveres y ninguno de los dos bandos parecía dispuesto a ceder un solo palmo de terreno. Pudimos ver entonces como nuestra caballería, que hasta entonces había permanecido en los flancos sin intervenir en el combate, realizaba un rápido movimiento envolvente para caer sobre retaguardia enemiga; el pánico cundió entre los cristianos, que huyeron en el más absoluto desorden, y nos lanzamos en su persecución mientras miles de gargantas se fundían en un clamor de victoria.

Tras ese descalabro, los cristianos quedaron más desunidos que nunca. Ahora ya sólo es cuestión de tiempo… no me cabe la menor duda de que nuestros ejércitos terminarán por reconquistar todos los territorios perdidos, para luego proseguir su avance al otro lado de los Pirineos. ¡Créeme muchacho, nada puede detenernos!

Ahmed conoce a mucha gente en Córdoba. Al poco de llegar, me pidió que lo acompañara a casa de un buen amigo suyo, un tal Hafid, que trabaja desde hace años en el taller de un viejo maestro joyero muy apreciado en la ciudad. Hafid, un hombrecillo afable de voz aflautada y manos regordetas, es el oficial más antiguo del taller y dirige el trabajo de varios artesanos. Conoce a la perfección técnicas que pocos orfebres dominan y tiene una extraordinaria habilidad para combinar los metales preciosos con las gemas más diversas: lapislázuli, granates, marcasitas o rubíes. Desde hace muchos años, cuenta con la confianza del dueño para dirigir la fabricación de los encargos más importantes, casi siempre caprichos de grandes personajes que buscan distinguirse con muestras de su poderío económico. Por las manos expertas de Hafid pasan innumerables objetos de gran belleza, como brazaletes, ajorcas para los tobillos o empuñaduras de espadas.

Hasta hace poco, había en el taller un mozo que se ocupaba de las tareas más comunes, como encender y alimentar el horno de fundición y limpiar crisoles que emplean los artesanos para preparar sus aleaciones. Parece ser que era bastante gandul y descuidado, lo que creaba continuos retrasos en el trabajo. Terminaron por echarle y necesitaban con urgencia que alguien lo sustituyera. Al enterarme, no vacilé un momento: me ofrecí para realizar esas labores, pensando que así podría observar de cerca el trabajo del taller y llegar a conocer las técnicas que emplean. Hafid consintió en tomarme un tiempo a prueba; me dijo que a cambio podía compartir la comida de los operarios y dormir sobre un jergón de paja, en una pieza contigua, llena de grandes tinajas y herramientas de trabajo, que se utiliza como almacén.

El viejo orfebre que regenta el taller es un anciano alto y huesudo, de mirada ausente. Vive en una casa separada del taller por un jardín interior flanqueado por naranjos, donde mirtos y rosales rodean un estanque en el que flotan grandes nenúfares. Allí, en la quietud que sólo turba el murmullo del agua, pasa mucho tiempo absorto en sus pensamientos o enfrascado en la lectura. Hafid me ha contado que el viejo posee una gran biblioteca con obras muy antiguas, tratados de un arte milenario que muy pocos son capaces de descifrar. Si he entendido bien, en algunos de esos libros se encontrarían las claves para aislar un misterioso principio que constituye la quintaesencia de la materia. Ese principio, que se designa según asegura Hafid, con nombres tan extravagantes como agua de plata, tierra de estrella o piedra de los filósofos, permitiría obrar todo tipo de prodigios, desde transformar plomo en oro hasta curar enfermedades e incluso otorgar la inmortalidad a quien se somete a su poder ilimitado. En fin, no me cabe duda de que se trata sólo de fantasías, pero para estas gentes tan aficionadas a lo maravilloso, la frontera entre realidad y ficción parece ser muy tenue…

Ayer a mediodía, se presentó en el taller una mujer deslumbrante acompañada por varias esclavas. Los operarios no dejaban de mirar a la dama con disimulo y hablaban por lo bajo entre ellos. Hafid les hizo callar dando unas palmadas y en seguida todos volvieron a afanarse en su trabajo. Yo estaba casi oculto tras el horno, cargando en un barril los residuos de la última fundición, y tuve ocasión de observar con detenimiento a la recién llegada. No recuerdo haber visto nunca a una mujer tan bella; sus ademanes eran distinguidos como los de una princesa y al moverse, su cuerpo parecía un junco mecido por la brisa. Comprobé con sorpresa que no llevaba el rostro cubierto por velo alguno; en su lugar, un tocado de seda rojo bordado con filigranas de oro y ceñido a la frente con una gran esmeralda, coronaba su larga cabellera negra, que caía ondulante entre los hombros hasta alcanzar la cintura.

Hafid se adelantó con paso inseguro para recibir a la dama y tras inclinarse tanto como le permitía su voluminosa barriga, le rogó que pasara al interior del taller. Después de mostrarle varias piezas de gran valor, sacó de un cofre una hermosa diadema de oro y rubíes que la visitante examinó con interés. Luego oí que ella preguntaba por el maestro y Hafid, tras una nueva reverencia, la acompañó al jardín para llevarla en presencia del anciano.

Al cabo de un rato, cuando la dama salía camino de la calle, miró hacia el horno y se detuvo. Tras dudar un instante, se acercó a donde yo estaba, y clavó en mí sus grandes ojos color de miel con tal fuerza, que me vi obligado a bajar la mirada.

-¿Eres extranjero? –preguntó.

-Así es señora. Mi nombre es Lem -balbucí.

-¿De dónde vienes Lem? ¿acaso eres uno de esos eslavos llegados de Oriente? -añadió ella.

-Señora, procedo de un lugar muy lejano… ni siquiera sé como se nombra en vuestra lengua.

-Un buen amigo mío lo encontró medio muerto cerca de su casa y cuidó de él hasta que se recuperó -terció Hafid, mientras se atusaba la barba con gesto nervioso.

La dama quedó pensativa, mientras hacía girar una de las sortijas que adornaban sus bellas manos; luego dirigiéndose a Hafid dijo en tono autoritario: -Ocúpate de que este joven me traiga mañana las joyas que he adquirido.

Y sin esperar respuesta, salió del taller rodeada por sus esclavas.

Hafid me miró con malicia y dijo:

-Vaya, parece que has despertado el interés de la señora.

-¿Quién es? -dije yo, todavía aturdido por el encuentro.

-¿Qué quién es? -respondió Hafid levantando los brazos- pues nada menos que Sehr-es-Krimm, una mujer verdaderamente extraordinaria. Según se dice, desciende de los príncipes omeyas que reinaron en al-Andalus hace ya muchos años. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuando está entre nosotros, pero se diría que su hermosura no se marchita con el paso del tiempo. Algunos aseguran que tiene poderes mágicos y su fama ha llegado hasta los reinos cristianos; allí es conocida como la perla de Córdoba.

Sehr-es-Krimm me recibió en una sala de su palacio, recostada entre almohadones de seda. Varias lámparas suspendidas por cadenas de plata iluminaban suavemente el lecho con sus llamas ondulantes, dejando en penumbra el resto de la estancia. A través de dos ventanas gemelas adornadas con esbeltas columnitas, llegaba el murmullo de un surtidor.

Sonrió al verme y me indicó que me sentara a su lado.

-Me alegro de que estés aquí Lem -dijo con su voz cálida-. Supongo que habrás oído decir muchas cosas sobre mí. La gente de esta ciudad siempre está pendiente de lo que hago y nadie ignora que mi casa es frecuentada por filósofos y poetas venidos de todas partes. En su época de mayor esplendor, Cordoba fue un modelo de tolerancia donde convivían creencias y doctrinas muy diversas, pero los tiempos han cambiado y ahora muchos no ven con buenos que cualquiera exprese libremente sus opiniones. Y sobre todo, les parece intolerable que una mujer se meta en asuntos reservados a los hombres. Pero en realidad, nada de eso me inquieta. Lo importante es actuar con cautela y tener siempre presente que algunos conocimientos jamás deben ser divulgados… no quiero imaginar lo que podría ocurrir si los utilizara alguien sin escrúpulos, alguien como nuestro califa Abu Yusuf Yaqub, un tirano que ha amenazado con el destierro a Ibn Rushd.

-¿Quién es Ibn Rushd? –pregunté.

-¿Es posible que no hayas oído hablar de él? los cristianos le llaman Averroes -respondió ella-. Es un sabio eminente, cuyo único delito consiste en defender el pensamiento de Aristóteles frente a quienes afirman que la filosofía está en contradicción con las enseñanzas del Islam.

La dama hizo una pausa y volvió a mirarme como lo había hecho en el taller. Yo, a costa de realizar un gran esfuerzo, conseguí sostener su mirada, pero empecé a sentir por todo el cuerpo un hormigueo que no presagiaba nada bueno.

-Sin duda querrás conocer el verdadero motivo por el qué te he hecho venir -prosiguió ella-.Necesito serte franca Lem. No puedo dejar de pensar en tí. Son muchos los hombres a quienes he conocido y acaso haya llegado a sentir verdadero amor por alguno. Pero al verte, me invadieron sensaciones que nunca había experimentado. No sé como explicarlo, es como si al mirarte penetrara en un mundo extraño en el que nada parece imposible.

Se aproximó a mí y me acarició el rostro con sus manos delicadas. Sentí que me sumergía en una fragancia de jazmines.

-Lem, rodéame con tus brazos…-susurró.
La abracé sin pararme a pensar en lo que hacía y rocé sus labios con los míos.

Entonces ocurrió algo que debía haber previsto: me sentí sacudido por un violento temblor y mi cuerpo comenzó a lanzar destellos que iluminaron la estancia, creando mil reflejos fugaces en las filigranas del techo.

Cuando recuperé mi apariencia habitual, vi a Sehr-es-Krimm de pié frente a las ventanas, con la mirada perdida en el vacío. La luz de la luna creaba un halo blanquecino en torno a su esbelta figura.

-Verdad es que no basta tener ojos para ver. Sólo quien ha alcanzado la sabiduría puede rasgar el velo de las apariencias -murmuró con voz solemne, como quien recita una lección aprendida de memoria.

La situación no me hacía ni pizca de gracia. Aquella mujer era muy capaz de crearme serias complicaciones ¿qué iba a hacer con ella?


 

 

 

 

© Carlos Montuenga


El vendedor de sandías
por Paolo Barsanti


Traducción del italiano por Antonio Polo.
Madrid. Julio 2008

Me encontraba de vacaciones en una tierra maravillosa, rica en contrastes y contradicciones. Del esplendor de las lujosas mansiones a la profunda miseria de las barriadas de barracas, de la fantástica y lozana vegetación de la zona norte a la árida desolación de llanura del sur. Después de algunos días de relax, transcurridos entre la playa y el restaurante de mi hotel, decidí, imprudentemente, ver el resto de aquel fascinante mundo, y es que no consigo quedarme en el mismo sitio por mucho tiempo. Esta manía es algo que arrastro desde hace muchos años, creo que desde que cumplí el servicio militar.

Alquilé un coche para recorrer las calles y avenidas del lugar guiándome por un mapa de carreteras que resultaba bastante aproximado. Hacia la noche, llegué a una pequeña aldea situada a la orilla del mar, poblada por una decena de casas y un embarcadero con varias barcas atracadas. El sitio era muy bonito, las casas modestas pero bien cuidadas, estaban pintadas con colores llamativos que iban desde un azul cobalto, al amarillo vivo hasta llegar al rojo intenso. Las viviendas eran todas muy parecidas y alguna, tenía en la fachada principal, un pequeño porche orientado hacia el mar. Bajé del coche y caminé a lo largo del embarcadero, en el extremo del cual estaba sentado un anciano que sostenía entre las manos una larga caña de pescar.

El sol se mostraba como una gran esfera roja que comenzaba a apoyarse sobre el horizonte. Pregunté al pescador dónde podía encontrar algo de beber para mi garganta sedienta. Él alzó una mano y señaló una casa a la derecha de la playa. En el patio, sentada bajo la sombra de la tarde, había una muchacha que tenía entre las manos una bandeja. Me ofrecía una bebida que parecía fresca y sugerente, tanto como ella. La muchacha era muy bonita, de cabellos negros recogidos en la nuca, dos labios rojo fuego y un pequeño traje que se ajustaba a su cuerpo. La joven me miró fijamente con sus ojos negros y después con una amplia sonrisa, mi sirvió en un pequeño vaso. Acepté su ofrecimiento distraídamente, embelesado ante la fascinación de aquella muchacha. En aquel lugar lucía un sol espléndido que reinaba durante el día de forma decidida e inclemente, y que sin embargo, dejaba en el aire un aroma dulce. Casi una promesa que, acompañada de la brisa fresca que emanaba del mar, creó una extraña y dulcísima atmósfera. La muchacha que mostraba su más dulce sonrisa, agitaba lentamente las manos delante de mí cara, pero la cabeza me daba vueltas y vueltas.

Me despertó una luz acerante acompañada de un fuerte dolor al mismo tiempo. Lentamente creí estar cayendo dentro de un foso en el que estaba desnudo. No estaba herido, sin embargo, me encontraba ciertamente humillado y muy confuso. Me habían drogado y atracado del todo. Después de algunos minutos utilicé toda mi voluntad para encontrar fuerzas con las que levantarme y comenzar a caminar. Pocos pasos pude dar al principio. Evidentemente la droga que me había hecho beber, todavía circulaba por mi sangre. Pude aún realizar algunos giros, debía estar pasando el tiempo porque el sol estaba cada vez más alto en el cielo. No sabía dónde ir y maldecía mi propia inconsciencia. Estaba rodeado por una extraña vegetación. Parecía un tipo de jungla poco espesa y cuyas plantas no superaban más de los dos metros de altura. Tenía una sed infinita. Todo ello, sumado a la falta de equilibrio y a que las sienes continuaban martilleando mi cabeza, impedían que pudiera orientarme adecuadamente. Cada paso era un tormento para mis pies que no estaban habituados a un terreno desconocido y lleno de obstáculos. La sed resultaba un gran tormento, buscaba agua por todas partes, y llegué a cortar algunas hojas que me parecieron más húmedas. Después de algunas horas de camino, cansadísimo y siempre sediento, temí estar vagando en una especie de carrusel. De pronto sentí, a lo lejos, un sonido diferente del viento cálido que sonaba tras las hojas.

Me pareció oír el timbre de una bicicleta. Pasaron algunos minutos y el sonido se fue haciendo más próximo y claro, era sin duda, el timbre de una bicicleta. Me dirigí hacia aquel sonido y vi, solo a pocos metros de donde me encontraba, una carretera. Era de tierra blanca, un tipo de tierra batida pero ya era un claro signo de civilización. Me paré en medio de la vía, con los brazos levantados, decidido a parar al ciclista que avanzaba velozmente hacia mí. Recuerdo una figura al contraluz. Era un muchacho que llevaba en el cestillo de la bicicleta una gran sandía. Fui presto de la alegría cuando salí finalmente de mi estado de somnolencia, sin embargo, aquella figura me remontó a un recuerdo lejano y una fuerte sensación de náuseas acentuó mi dolor de cabeza. Las piernas me cedieron y perdí nuevamente el conocimiento...

...Tenía una edad difícil entonces, no era todavía un hombre. Fui recogido por otros paisanos de mi ciudad que iban a ingresar en los batallones de las milicias republicanas. Eran las últimas víctimas de una locura homicida. Una parte de la ciudad no se rendía a la evidencia de la derrota, dispuesta a sacrificar a sus hijos más jóvenes. Amontonados sobre los camiones militares llegaron a un pequeño pueblo de una provincia del norte. Aquella pequeña ciudad debía representar el lugar de nuestra zona de instrucción. “Instrucción para las armas” aquello era necesario primeramente antes de asignarlos a las operaciones de guerra. Nos reagrupamos en aquel lugar cuando ya oscurecía en lo que parecía un patio porticado de un antiguo palacio. De pie, todos formados en aquel pequeño palacio nos mantuvimos durante un corto periodo de tiempo, después fuimos amontonados en las enormes estancias de altos techos, de alguna manera también más refrescantes. Nuestro local estaba despojado de muebles y las paredes no habían sido pintadas en mucho tiempo. Una docena de catres de hierro estaban dispuestos en una única fila. Éramos diez, asustados, cansados y dormimos vestidos sobre el somier de los catres.

A la mañana siguiente la luz del sol aparecía filtrada por una ventanuca de las dos que había en el sollado. Menos cansados que la noche anterior fuimos presos de la angustia sobre lo que el destino nos había reservado. Entre nosotros formulábamos miles de hipótesis pero “el más informado” daba por cierta nuestra inminente participación como verdaderos combatientes.

Hacia las siete de la mañana sentimos las primeras voces que llegaban de la calle, desde la única ventana que daba al exterior. En realidad se trataba de un ventanal de dos metros por tres, cerrado por una reja de hierro. Afuera una pequeña plaza, atravesada por una calle, tapizada de edificios todos iguales y con portones y ventanas cerradas. Debajo de nosotros, nacía a nuestros ojos el cuerpo de guardia que daba la entrada al cuartel. Tan solo podíamos oír la charla de los soldados que hacían de centinelas. Pasamos toda la mañana asomados, de un extremo al otro a aquel ventanal. A las doce llegó un cabo que de manera poco militar ordenó que bajáramos por el rancho. Fue una comida escasa y frugal y luego nos ordenaron volver a nuestra estancia y esperar allí hasta nueva orden. Solo hacía la tarde la temperatura nos permitió de nuevo asomarnos a la ventana. Aquella abertura era la única vía de escape de aquel terrible aburrimiento.

Pasamos así más de una hora mirando la nada y sin que ninguno de nosotros dijese una palabra. Puesto el sol se encendieron un par de faroles que parcialmente iluminaban la plaza mientras dejábamos correr en medio de aquella imprevista espera. Oímos el sonido de una campana y apareció un muchacho en una vieja bicicleta que lentamente atravesó la plaza. El ciclista, llegó frente a nuestra casa e hizo un saludo a los dos centinelas. Sabíamos que aquel no iba dirigido a nosotros pero, como obedientes tal cual comando, respondimos al unísono a aquel saludo. Fue una cosa imprevista y tan espontánea nuestra reacción que el muchacho sorprendido se paró de golpe y casi pierde el equilibro ante su sorpresa.

Después miró hacia nuestra ventana. Era poco menos que un niño de rostro barbilampiño, con las mejillas amoratadas por el calor y la fatiga del pedaleo. Estaba contento y eso se notaba en sus pequeños ojos negros y vivaces. Los dos soldados de guardia se desplazaron hasta el centro de la plaza. A la vista de los centinelas le asaltó el miedo de haber hecho alguna cosa prohibida. En cambio, los dos veteranos, lo miraron con una sonrisa y un aire de suficiencia, después saludaron al muchacho y giraron hacia otro lado. El ciclista les dirigió una gran sonrisa y con un gesto les pidió un cigarrillo. Teníamos un hambre enorme pero un par de compañeros tenía todavía alguna reserva de cigarrillos. De pronto uno de ellos lanzó uno hacia abajo. Nuestro nuevo amigo los recogió con una amplia sonrisa y desapareció por el ángulo derecho de la plaza. Transcurrió de modo exactamente igual durante los tres días siguientes. El calor a lo largo del cuarto día, resultó ser insoportable en cuanto a la incertidumbre de nuestro destino y de la fastidiosa inactividad. Habíamos creído que pasaríamos en semejante situación el resto de nuestras vidas. Éramos prisioneros, raptados de nuestras familias, asustados y encerrados en una violenta abulia mortal. Los muchachos buscaban, también en la profunda desesperación, una razón vital y de alegría y la encontrábamos únicamente en la pantalla de nuestra película privada en la que se había convertido aquel gran ventanal. Desgraciadamente era un film monótono. El único protagonista era aquel muchacho en bicicleta.

Gozábamos de algunos pequeños movimientos o rumores pero el toque de queda era permanente. Estábamos casi felices e impacientes por poder asomarnos nuevamente a aquella plaza, mientras el sol se colaba lentamente hasta que aparecía nuestro amigo. La noche de aquella jornada, posiblemente, fue todavía más calurosa que las precedentes y el muchacho llegó jadeante, con la cara roja, sudando, dando gritos, entonces todos nosotros le respondíamos a coro. Aquella noche, después de dar una vuelta a la plaza, el muchacho se paró delante de la puerta de guardia y los dos centinelas salieron a su paso. Ambos militares se asustaron ante nuestra reacción y comenzaron a insultarnos y a amenazarnos con terribles castigos si no cesaba nuestro griterío.

Apenas los militares regresaron a sus puestos, el muchacho hizo un gesto llevándose dos dedos de su mano a la boca, abierta en una gran sonrisa y desde nuestra ventana volaron dos cigarrillos. Nuestro nuevo amigo se agachó para recogerlos y escapó a toda velocidad bajo la luz de las linternas. Estaba seguro que aquella figura para algunos de nosotros, representaba la libertad... nuestra esperanza de escapar. Escapar decididamente como hacía él con la bicicleta y poder volver a casa, lejos de aquella guerra y de aquella hambre.

El quinto día en aquel lugar fue terrible. Nuestros negreros hicieron que echáramos de menos el ocio de los días anteriores. Con el estómago vacío, apenas con un trozo de pan por alimento y una extraña sopa de sabor ácido, fuimos cargados en un camión junto a una decena de soldados que nos llevaron a campo abierto. En aquel lugar, bajo las órdenes dadas a gritos por dos confusos tenientes, recibimos nuestro primer día de instrucción militar. Cargados con una mochila llena de piedras y de un viejo mosquetón oxidado y el cañón bloqueado, nos infligieron una marcha terrible hasta desfallecer. Volvimos a nuestra prisión de hambre, calor y cansancio hasta que caímos desfallecidos en nuestros catres.

Bajo la vertical del sol, parados y en ayunas, nos encontrábamos todos arremolinados y abrazados a la pantalla de nuestra especial sala de cine. Aquellos pocos días fueron suficientes para transformar a un pequeño grupo solidario ya que las diferencias sociales y la timidez no existían ya. Hablábamos poquísimo entre nosotros y, sin embargo, convivíamos como viejos amigos. De pronto el sonido de la sirena laceró el silencio de la noche. Esta vez el muchacho no expresó su habitual saludo sino que se paró directamente bajo nuestra ventana. La novedad en aquella noche estaba en el pequeño cesto de la bicicleta. El cesto del manillar estaba coronado por una sandía..., una enorme y redonda sandía. El muchacho miró sonriente y se llevó los dos dedos a la boca. Nosotros, que habíamos preparado ya los dos cigarrillos, en vez de lanzarlos nos fijamos en sus ojos e inmediatamente todos, a la vez, comenzamos a hacer amplios gestos acompañados de susurros por miedo de alertar a los centinelas. Obviamente pedimos, a cambio del tabaco, disfrutar de aquella sandía que habría podido calmar a semejantes muertos de hambre.

El muchacho no entendía o no hacía nada por entender y continuó gesticulando por los cigarrillos. Aquella breve situación fue bruscamente interrumpida por el sonido de un motor. De pronto apareció en la plaza un auto. No recuerdo ahora el tipo ni la marca y por supuesto el color pero recuerdo bien la ráfaga de metralleta que salió de una de las ventanillas. Parecía el ruido de un tren que de pronto corta el silencio de la noche. En el suelo, en medio de la plaza, quedaron los dos centinelas tendidos mortalmente.

Bajo nuestros pies, la bicicleta quedó tumbada sobre uno de los pedales que giraba lentamente. Nuestro amigo estaba tendido boca abajo, con los brazos abiertos y la cara cubierta de sangre, roto, con la boca abierta y en la que se podían ver sus pequeños dientes blancos. El vendedor de sandías, cayó desgajado exactamente en dos mitades. Una parte, burla del destino, estaba flanqueado por lo que casi parecía las dos caras de una sandía...

... Todavía una vez me despertaron las luces, pero aquella fue tenue y apacible. No sentí dolor pero me asaltó una indescriptible sensación de sequedad en la boca, aunque seguramente, sería el recuerdo de aquella noche que me asaltaría durante muchos años. Ahora me encontraba en una habitación, acaso creía que fuera un lujoso Hotel pero, pronto comprendí que estaba en un hospital. Podía moverme pero sentía mi cuerpo como aplastado contra el cándido y perfumado lecho sobre el que descansaba. Durante algún tiempo traté de tomar consciencia de mi propio cuerpo moviéndose, aunque en realidad eran pequeños gestos que realizaba con gran esfuerzo. Estaba vivo y también sano, al menos así me lo parecía.

Entraron en la habitación dos personas. Una llevaba una bata blanca y reconocí en la otra al director de mi Hotel.

- Está vivo de milagro.

- Ya... Así no lo encontrábamos.

- Su cliente ha tenido suerte.

- Malditamente estúpido pero afortunado. Le habíamos avisado que no fuera hacia el sur. Oía sus palabras pero no podía hablar, evidentemente por efecto de los sedantes.

- La policía militar lo ha traído esta noche. Estaba entre los heridos sobrevivientes del atentado de esta noche.

- ¿Está herido también él?

- No... él no presenta heridas de arma de fuego, sorprendentemente... aunque no creo.

- ¿Cómo está?

- Drogado... Probablemente fue narcotizado y después abandonado en medio de la plaza

.- ¿Estaba solo?

- No... A su lado encontraron a un joven con una enorme herida en la cabeza, y que murió pocas horas más tarde en el hospital.

- ¿Quién era ese muchacho?

- ¡Pobre!... Era solo un vendedor de sandías.


 

 

 

 

© Paolo Barsanti. Nacido en Génova (Italia) en Septiembre de 1949, es de sangre toscana. Empeñado profesionalmente en el campo de la Química, escribe por el solo placer del deleite. Ha publicado en 1992 el libro titulado “Racconti tra il cielo e la terra “ (Cuentos entre el cielo y la tierra) [editado por la 4Elle di Genova]. Después ha dado a la imprenta otros cuentos siempre bajo el sello de la misma editorial. Paolo Barsanti ha obtenido más de cuarenta premios literarios, así como reconocimientos nacionales e internacionales. Acaba de recopilar algunos de sus relatos en un reciente CD titulado “Paure, Speranze ed Eroi” [Miedos, esperanzas y héroes], editado por la Edit. M.P. de Génova para distribuirlo entre las personas que más quiere.

© De la traducción Antonio Polo González. Madrid 2008.


Madre
por Raquel Blasco

 

Madre…

He regresado al pueblo, después de tantos años, de pensar que nunca volvería. Tal vez por eso me siento extraño, tal vez porque nada está como lo recuerdo. Ni el río, ni las casas, ni siquiera los rostros que se cruzan conmigo son los que dejé. Hasta la iglesia se me antoja diferente, más chica, como si el agua que ha caído en mi ausencia hubiera encogido sus losas. Ni tan siquiera su campana repica como antaño, cuando llamaba a misa a la viejas, a las beatas y santurrones de este lugar.

No me he atrevido a ir a la casa de Anselmo, aunque me prometí hacerlo si regresaba. ¿Qué decirle? En cambio, sí me acerqué a la nuestra. Madre…, ¿qué sucedió…?

**
Un viento desapacible recorre la plaza en remolino, levanta las hojas del otoño y el polvo de las calles. Huele a noche cerrada, a pisadas que cantan el tecolote, y el pueblo estalla en alaridos. Siento su miedo, sus pasos desorientados que acaban convertidos en una carrera de dolor. Gritan mi nombre y mi razón se nubla.

Veo a Anselmo. Pasea nervioso, sin dejar de frotarse las manos, de recomponerse el nudo del corbatín que parece ahogarle. A su lado, algunos del pueblo, compañeros de siempre.

La señal de peligro sigue balanceándose en el aire, en el recuerdo del grito que llevaba mi nombre, en la cara de todos ellos, en la noche negro azabache que se niega a abandonarme.

Siento a Padre a mis espaldas. Huelo a flores marchitas, a madera vieja, a piedras marmóreas. Siento la humedad de la tierra sobre mi cara.

 

Madre…

He debido caminar en el recuerdo hasta la casa de Anselmo, iluminada. La de Padre, la nuestra, permanece a oscuras, con los pórticos cerrados y las contraventanas. ¿Qué fue de ustedes…?

**
El pueblo se proyecta como una sombra sobre el mismo. Un aire desapacible mueve las ramas de los árboles, vuela las pocas hojas que cuelgan secas, remueve el polvo de esta tierra árida que se adhiere a la garganta.

Oigo pisadas que abandonan la casa de Anselmo y crecen hacia la nuestra. Escucho su voz, madre, su negativa. Siento su miedo y sus pasos desorientados que acaban convertidos en una carrera de dolor. Grita mi nombre y un destello plateado atraviesa el torso de un hombre escondido en una callejuela.

**
Anselmo no deja de recomponerse el nudo de la corbata que parece ahogarle. A su lado, los del pueblo, compañeros de juegos hasta que los ideales nos truncaron. Sé a padre a mis espaldas, aunque no puedo verlo. A usted, madre desconsolada, llorar sobre mi féretro.



 

 

 

 

© Raquel Blasco. Cuentista y minificcionista de nacionalidad española (Valencia, 1968). Tiene publicados bajo diferentes pseudónimos cuentos y minificciones en diversas páginas web (Ficticia.com, Letralia.com, Ababolia.com...). En la actualidad trata de dar forma a una novela y colabora como tallerista en el portal mexicano de literatura Ficticia.
Finalista en el Concurso 'El Tiempo' en Ficticia con el relato Caliente, caliente. Publicado bajo el pseudónimo Dreamsmakers. Fallo del jurado Agosto de 2003. Mención en el Concurso 'El Tiempo' en Ficticia con el relato Cuestión de tiempo. Publicado bajo el pseudónimo Dreamsmakers. Fallo del jurado Agosto de 2003. Ganadora del Concurso 'Aventuras' con dos relatos: La casa de Muñecas (Publicado bajo el pseudónimo nube negra) / Trucco, Paco, Floppy y Bimbo (Publicado bajo el pseudónimo Pepito grillo). Fallo del Jurado Diciembre de 2003.



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