El libro
por Antonio Polo

(En realidad nadie supo aclarar nunca la verdadera historia que surgió del taller de escultura de Pigmalión. Unos dicen que Galatea, su mujer, tenía un libro que a la sazón era un grimorio de rancias artes y de hálitos mágicos, un libro que un día fue semilla y luego carne, un libro que en realidad respiraba, mentía o soñaba y que un atardecer se cerró para siempre. Desde entonces Pigmalión vive al costado del cementerio Sur de Hermanauta mientras busca un nuevo ángel de piedra que le conjugue el verbo y decline el tiempo de todos sus jadeos)

Un hombre había escrito la que, en su opinión, era la mejor novela no publicada de todos los tiempos y, sin embargo, no pudo abandonar el desasosiego que arrastraba hasta que no consiguió deshacerse de ella. De este modo puso fin al tormento que le obligaba a pasear por la ciudad con su manuscrito bajo el brazo.

Aquello sucedió hace algunos años, cuando descubrió que los personajes de la novela estaban tomando vida y amenazaban con asesinarlo una noche de abril. Esto no constituyó para él ninguna sorpresa, porque recordaba exactamente la tarde en que decidió que el protagonista iba a cometer un crimen. Ese día estuvo dando vueltas al asunto hasta que encontró el momento más propicio, y al fin, una daga penetró silenciosamente en el cuerpo de la víctima. Recordó que aquella noche estaba lloviendo y apenas florecían los almendros. Después de eso se fijó un plazo para deshacerse de la novela. Antes de la primavera -pensó- volvería a ser un hombre libre. Sabía también que la suya no representaba una empresa fácil. Era un escritor novel; jamás había publicado una sola línea y el invierno amenazaba con una cortedad inusual. Y sí el protagonista -ya con vida propia- decidía acometer su venganza, tal vez en febrero, durante una de esas lluviosas noches que preceden al Carnaval -se preguntaba-.

Así, sumido en una siniestra maquinación, comprendió que debía publicar la novela a toda costa. Sin embargo, evitaría enviar su manuscrito a cualquier editorial en la creencia de que todavía podía ejercer algún dominio sobre la trama. Entonces aprovechaba los actos culturales y las presentaciones de libros para atraer la atención de algún oscuro editor, de esos que publican grimorios y manuales de alquimia, un hombre aventurero, sin duda, pero alejado de las listas de ventas y alrededor de cuya sombra suelen rondar al acecho los inspectores de Hacienda.

Cada día en el universo que había creado se generaba una pequeña revolución mientras la línea argumental y el desarrollo mantenían una feroz lucha. A veces percibía cómo un hilo de sangre recorría el lomo de la burda encuadernación; en otras ocasiones se podía oír el lejano rumor de un duelo, y en tantas otras, la pasión suscitada por sus personajes era tan desmesurada que hacía imposible culminar cualquier empresa. Un día conoció a un bibliófilo cuyo desaforado interés por los libros y las literaturas laterales lo había llevado a organizar el Primer Encuentro de Escritores Sin Rumbo. Después de leer las diez primeras páginas de su novela, el librero quedó entusiasmado por la vitalidad contextual de su relato.

-No se hable más. Puedo ponerlo en circulación inmediatamente -afirmó con toda seguridad.

Vinieron luego noches de aquiescencias, de retoques hasta altas horas de la madrugada y, por fin una tarde, también lluviosa, se acercó a la librería y entregó su obra definitiva al librero.

-Se lo le ruego que lo saque a la luz bajo seudónimo -dijo el autor.
-Ya veremos, ya veremos...

Después de aquello, el hombre aparcó por algún tiempo su espíritu creativo. Se entregó a sus habituales ocupaciones, viajó por todo el país, acudió a fiestas que ya había olvidado, volvió a vivir la realidad de la que tan alejado había estado. Tal vez fuera probable que en la vida de las gentes que estaba ahora conociendo se fraguasen historias como la que él había vivido, “pero era tan improbable” -pensaba.

Varios meses más tarde, cuando su biblioteca se había cubierto por una capa de polvo, recibió una carta. La remitía una Asociación Cultural y le informaban que habían seleccionado su obra como finalista en las Justas Literarias. Ante su desconcierto revolvió papeles, cartas, relatos... No recordaba cuándo había enviado algún trabajo a aquel premio. Después de varias horas desistió. Fueron tantas veces las que decidió probar suerte en algún premio que ya había perdido la cuenta. Bien -pensó-, tampoco es tan extraño, al fin y al cabo mi esfuerzo ha sido recompensado.

El organizador del premio le informó que la selección había durado varios meses y que ahora -a mediados de diciembre- se organizaba una cena con asistencia de los ganadores.

-¡Enhorabuena, amigo! Le ruego encarecidamente que acuda a recoger su premio -le dijo el organizador.

El acto se celebraba en un lugar muy agradable. Todo el mundo parecía conocerse. Desde una esquina próxima observó cómo los asistentes comenzaban a entrar. Se echó mano al bolsillo de la chaqueta y tanteó la invitación en su interior. “Bueno -se dijo- voy a entrar en la sin par historia de los premios literarios”. Todo sucedió muy deprisa. Apenas se había acomodado cuando sonó su nombre ahogado por los aplausos de los asistentes. “Primer premio en las Justas Literarias...” no terminó de leer el diploma acreditativo cuando se acercó un oficial de policía.

-Queda usted detenido por el asesinato del librero de la calle Barceló -dijo secamente el oficial-. Esta es la orden de busca y captura -añadió.

Al momento se formó un revuelo en la sala. Al oficial le acompañaban dos agentes que daban muestras de satisfacción. Antes de que pudiera pronunciar una palabra ya lo habían esposado. El camino hacia la salida se le hizo eterno. Todo el mundo lo miraba con desconfianza. Ya a punto de cruzar la puerta, alguien se acercó.

-Disculpen, caballeros, el autor se olvida el diploma.

El hombre lo miró a los ojos y se estremeció profundamente. Aquella cara la había visto antes. No había duda. Aquel individuo era el personaje de su novela que habiendo tomado vida, logró escapar de las garras del viejo librero.

-Y no olviden que este diploma es la prueba concluyente -añadió.

A. Polo - Sirmione 2001 (Italia)

 

 

 

 

© ANTONIO POLO. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. Relatos "Perder a la familia" (2006) y "El frigorifico" (2007) en selección del Premio Patricia Sánchez Cuevas.

 

 

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