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Cantarte a ti, que no eres bella
Seamos justos: también has existido tú, de vientre laxo, flácidos senos, nalgas en ciernes. Es la verdad. Aunque finalmente optemos por cantar únicamente a la belleza e intentemos ocultarte como al Pecado, o peor: como al Ridículo. Tus labios eran finos y resecos, de modo que no insinuaban fruta alguna, ni servían para una postal ni convidaban al beso. Es la verdad. Aunque nos empeñemos en olvidarlo. O peor aún: nos empeñemos en recordar que no has existido. (Mas, aunque se desbarranque, tu poema, el poema por ti, para ti, debe quedar escrito: el poema de la dama que no inspira nada, o acaso conmiseración; y que sólo ha sido el puente para cruzar el río.) Y para colmo era tu sexo enjuto y como arrasado por la tormenta, débiles tus muslos cual heridos soldados de caramelo. Habremos de cuidarnos de no ir a dar a la escatología al describirte, con cierto rencor. Habremos de esgrimir la metáfora etérea al referirnos al despilfarro de tu voz, al doblez depresivo de tu bajo vientre y a la atersura de tu rostro, moneda en cero. Grave es el mundo, dama adversaria de la plástica; excepción que confirma las reglas de la euritmia; pájaro sin ramas; rama sin pájaro. Pero de ti también hay que escribir, de lo contrario el Gran Poema quedaría inconcluso. Grave es la vida: podríamos decir que, sin embargo, tu alma es una endecha. Pero no. Tampoco. No lo es. Nada muestras que haga sentir que tu alma va navegando entre plumajes azules; contigo la noche es simplemente la noche y la luna un astro, nada más. O sea, ni eso. Ni tu aroma. Tantos poemas y canciones que se han cantado a los aromas. Pero tú ni siquiera revelas un aroma que pudiera borrar la insipidez total de tu presencia. Es una lástima. Pobre mujer. Pero has existido; nadie te escribe el poema y mucho menos lo publica, pero has existido. Ningún poeta te inscribe en su inventario, pero has existido aunque fuera un instante; y has servido al menos para llegar hasta el agua de la orilla. Grave es la vida: podríamos afirmar que en ti sobre todo tiene su valer la inteligencia. Pero tampoco. Es falso, no eres inteligente; no sabes mirar a través de una roca. Ni eres sensitiva. No interpretas el arrullo de los árboles de los cementerios. Pobre mujer. Quedaría la posibilidad de que fueses ardiente, o de que los interiores de tu sexo fueran abrasivos, o ambas partituras. O que tu sexo, en acción, resultara una pinza. Pero tampoco. Ni eres aquello. Ni tu sexo es así. Pobre mujer. Desposeída. Nunca irás en una carroza de carnaval y en los certámenes de belleza ni siquiera tendrás derecho a estar entre el público. Grave es la vida. Pero falaz quien no te nombra, quien esconde las tarjetas donde está tu foto. Podríamos proclamar que, sin embargo, eres buena, que son tus manos las que guían las manos de los panaderos y las de los fabricantes de piñatas. Pero tampoco es exactamente así. Tu bondad no sobrepasa el límite de aquellas bellas bondadosas. Tu bondad no alcanza para obviar los infortunios de forma y contenido. Grave, grave es la vida, dama olvidada por los poetas, escondida por ellos en la trastienda de los versos.
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© Félix Luis Viera: Santa Clara, Cuba, 19 de agosto de 1945. Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (1976, Ediciones Unión, Cuba. Premio David de Poesía de la UNEAC), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuentos Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). Reside actualmente en México, D.F. |