EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

 

[número treinta y nueve edición primavera 2008]

J U N I O

 

PRIMAVERA

Se nos está haciendo tarde para todo, eso lo saben las flores cuyo reloj tiene engañado a los pájaros. Para escribir algunos poemas no existen lápices a mano y hay que agarrarlos cuando pasan fugaces ante los ojos, como solía hacer Raúl Rivero mientras paseaba a la sombra del muro en una cárcel que había sido ya devorada por el tiempo. ¡Más madera! Oímos gritar al enloquecido maquinista que va tirando de las estaciones una tras otra. ¡Más madera! reclama mientras los viajeros aguardan leyendo horarios delirantes bajo las marquesinas. Solo la poesía puede devolvernos el tiempo arrebatado, distorsionado; mirar un cuadro en una pinacoteca vacía o escuchar una pieza de Boccherini cuando se echan encima las noches de Madrid. Se nos está haciendo tarde para recuperar del adobe podrido esa iglesia que ahora se despeja de un pantano vacío, tarde para rescatar la agradable sensación de bailar sin pisarse, tarde para saborear el encanto de descubrir una nueva palabra esdrújula. Solo la poesía o la música, y acaso sentarse al borde de una alberca para pelar una naranja podrían disuadirnos de caer en los equívocos del reloj.

 

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


Súplica del extranjero
por Amada Hernández

He vuelto a este lugar
como el venado vuelve…
oteando el sitio en donde fue espantado.

Osvaldo Navarro

Se abre la puerta

y el testigo está adentro.

Los ojos del cuerpo alimentan la ceguera del tiempo.

No son caricias las hormigas que me trepan la espalda.

Una bofetada es caricia,

una traición,

un improperio.

La luz desvirtúa la estampa del convencimiento.

El ombligo se inflama con la soledad del misterio,

el abdomen crece

y lento se hace el cuerpo en su torpeza.

Estoy aquí

para recordar que he muerto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Amada Hernández Velázquez (Tamaulipas, México, 1984). Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Encargada del área de Comunicación Social en la Secretaría de Marina de la Armada de México, Ciudad Madero, Tamaulipas. Sus poemas y reportajes han aparecido en diferentes revistas de México y el extranjero. Próximamente la editorial La Torre de Papel, en Miami, EE. UU., publicará su poemario Encima dela nada .


Plantar una conversación
por Pepa Ortiz Moreno

 

Ella le hablaba
de que nunca se hicieron una foto
del lagarto que compraron juntos
y aún vive con ellos
de bailar sin pisarse
de la cicatriz de niña
que la falta no recuerda
Él le hablaba
de no importarle
la forma del árbol
ni hacia donde crece
de retratar la calle
robando sonrisas
Ella le hablaba
de que le arrojara migas
de entusiasmo
en una conversación de tres
o de que le pisara los pies
por debajo de la mesa
de su tendencia a mirarse
en los espejos de los retrovisores
Él le hablaba
del tiempo
le repetía
lo que había aprendido en los libros
del niño bueno que no mata hormigas
y corría calculando el tiempo
y cocinaba para matar el tiempo
Ella le hablaba
del árbol
si encontraría su raíz
de su forma abandonada
a merced de la naturaleza
de si crecía torcido
y si era necesario volverlo a plantar
y él le hablaba
de que hablaba por hablar
y el silencio llegó como un rayo
que hubieran estado fabricando
todo este tiempo
y que el lagarto
que compraron juntos
no recuerda
Ella le hablaba
del tiempo
de ocuparlo con él
de no darle la nuca
y correr deprisa
a llenarlo de montes
y baños en los ríos de ciénaga
a beber vino con melocotón
y encontrar las cosquillas
que le suben por la nariz
de su infancia
y se derraman
en el temblor de su vulva
Ella le hablaba
mientras él decía
que hablaba por hablar
y ellos
que amándose
cayeron en la cuenta
del cansancio
que se levantó como un árbol en forma de muro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Pepa Ortiz Moreno (Barcelona, 1972). Pedagoga y poeta las dos personalidades al mismo tiempo aunque predomina más la de poeta. Postgrado de Escritura Narrativa por la Universidad de Barcelona. Profesora de Secundaria del Departamento de Educación de la Generalitat de Cataluña. Ha sido publicada en diversas revistas digitales de Literatura: Letralia (Venezuela), Remolinos (Perú). Herederos del Caos (California), Yoescribo.com, El Recreo.com. Colaboración mensual para el Diario siglo XXI (Magazine siglo XXI) desde octubre del 2006 y actualmente.


A la mañana siguiente
por Luis Amézaga

 

El contacto del albornoz
denuncia la presencia de tres granos
en la espalda grasienta.

No soy dama de finas estéticas
ni amiga de dietas sanas
Me froto los ojos
para arrancar las legañas y las pesadillas
inacabadas.

La luz de una vela se apaga
para dejar sitio a otra. Despunte.
Consumen la penumbra de habitación
en emboscada de cerumen.

Arrastro los pies
como si me sobrara altura
En el fregadero se amontonan
los fósiles de la cena.

Me dejó un preámbulo
de mentiras convenientes,
un rastro de semen en la pierna
y soledad para dormir
Se llevó sexo frío
servido bien caliente,
y media botella de whisky en las venas.

Sobre la vitro
moquean las cazuelas
Suena el despertador del microondas
Aún ronca la nevera
Me sirvo café con leche,
vaso ancho,
mucha azúcar.
Meto al amigo mestizo en mi cuerpo
Me levanto las tetas
Las poso sobre la mesa
que descansen…

Un taconeo de cristales
viene del ordenador
Un mensaje
Es él
Dice que se acabó,
que será lo mejor
¡Cómo se nota que tiene vacíos los huevos!

Estoy harta de los sentimientos
Me sublevan con sus caprichos
El tipo se cree diferente
Me aburre.

Algunos pretenden ser distintos
como si eso les sirviera para escapar
de la muerte
No quieren oler en sí
la mierda que tan claramente distinguen en otros
En mi caso, soy global,
no entendería mi desgracia si no fuera como la de los demás.

Ya voy despertando
al cálido trote de la cocina
La silla se rasca contra el suelo
Sin amante
Sin familia
sufro el domingo de resaca.

En mí sobrevive una mujer;
nadie lo dude.

Del libro “A pesar de todo… Adelante”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Luis Amézaga


Centro histórico
por Luis Marina

 

Quién no Después de pasear una mañana cualquiera
Por Francisco I. Madero
Ha entendido que la Lengua de los mendigos
No admite traducciones Que ni siquiera la ce nos separa
Oída en ellos tan similar a la nuestra
Que los dialectos que la habitan no son los de las razas
Ni blanco ni indio ni mestizo

Cómo desconocer Que su suciedad No es de este mundo
Que su derrota no humilla porque tú la compartes

Quién a la vista de sus pies purulentos
De sus garras de águila calva
No sueña con una operación de estética
Anunciada a todo color en una enorme pantalla de plasma
Sobre la fachada modernista de Radio Nowhere

Qué ojos son capaces de renunciar a la codicia de su atavío

Cómo no arrodillarse ante su santidad alcohólica
su desnuda demencia

Atento


 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Luis María Marina Bravo. Nació en Cáceres (España), el 15 de julio de 1978. Soy Licenciado en Derecho por la Universidad de Extremadura. Ingresé en la Carrera Diplomática en 2002 y desde septiembre de 2006 vive en la Ciudad de México, donde ocupa el puesto de Consejero en la Embajada de España.


Diario de un parado a golpe de tanka
por Alfonso Aguado

 

1

Abro los ojos
que tenía pegados.
Durmiendo filtro
el día que ha pasado.
Son estos los residuos.

 

2

Me lavo. Peino
el pelo escaso. Luz
en mis entrañas.
Los ojos transparentes.
Las ideas opacas.

 

3

El café está
más amargo y pesado
que las noticias.
Estoy solo en mi casa.
¿Qué hacer con este día?

 

4

Hago la cama,
friego, ordeno los trastos,
limpio el cristal
de las turbias ideas
y me dejo llevar.

 

5

Cojo papel
y bolígrafo. Vierto
la indiferencia,
las ganas de vivir,
la frustración (mis señas).

 

6

Salgo a la calle.
el sol hiere y acompaña
como la gente.
Sombra en la biblioteca.
Los libros resplandecen.

 

7

Regreso a casa.
Leo un rato. Me leo
las manos. Voy
a la cocina. Como.
Me pregunto quién soy.

 

8

Hago la siesta.
Sueño que soy un poeta.
Como un sonámbulo
me levanto. En mi cuello
agua. Camino. Marcho.

 

9

Voy a la playa
a enterrar en la arena
los pensamientos
y la eme de mis manos.
Sentir sólo deseo.

 

10

Vuelvo. Me ducho.
Un dulce. Pinto. Un poema.
Cae el sol conmigo.
Cierro los ojos. Sueño
que estoy siempre contigo.

 

11

Sobresaltado
me despierto. ¿Qué hora es?
Las doce. ¿Ceno?
Mejor un cigarrillo.
Con el humo te espero.

 

12

Me estoy durmiendo.
Es enorme la cama.
Mi alma, pequeña.
No quisiera acostarme
y perderme tu vuelta.


 

 

 

 

 

 

 

 

© Alfonso Aguado. Natural de Picassent (Valencia), desde que se reconoce pinta acuarelas, óleos y escribe poemas. Más tarde se enrola en la fotografía y con la llegada de las nuevas tecnologías retoca las imágenes fotográficas para darles un aire más artístico y diseña. Gana el primer premio de poesía en 1º de Bachiller, allá por el año... En 1980 expone 37 obras pictóricas en la Sala Municipal de Exposiciones del Ayuntamiento de Torrent. En 1986 es preseleccionado en el premio Prometeo de poesía nueva. En ese mismo año expone pinturas al óleo y esculturas en la Casa de Cultura de Mislata. Y en 1998, 24 fotografías en B/N en F. Domingo de Valencia. Al año siguiente se le selecciona obra al óleo en el 2º concurso D’Art. de la Biblioteca Pública de Valencia, aparece como finalista en el concurso fotográfico del Centro Comercial Ademuz y es contratado por Ibalart (Galería de Arte Virtual) para la venta de óleos, acuarelas e infografía. En el 2000 entra en el programa del SARC de la Diputación de Valencia, para la difusión de las artes plásticas, en el apartado de Infografía, con 20 obras. En la actualidad está a la espera de la publicación de su segundo libro de poemas por Ediciones Frutos del Tiempo. Ha quedado finalista en el certamen de relatos eróticos de Expoeroszgz-2007 con “La sesión”. La revista digital Almiar le expone 15 fotografías en su web. La revista escrita Vulture publica en su nº 45 “Poemas del hogar”. La revista Contratiempo publica los poemas de las “Poetisas”. La revista escrita Fábula, en su nº 23, publica el poemario “Mi querido Modi”. Multimagen acaba de colgar un portafolio con 12 acuarelas suyas. Las revistas digitales “almargen” y “Palabras diversas” están a punto de colgar en su web su obra más reciente y, varios poemas en la revista escrita Cuadernos del Matemático aparecerán en su próximo número.


Atardecer en la llanura
por Mario Martín

Cae la noche como pétalo de lirio
y se difuminan los arreboles últimos del sol
desde una carretera sobria y solitaria
como río sin orillas
se ven las tierras cenicientas
de las que brotan vides de alegres pámpanos
y tristes olivos torturados
que lloran ceniza por sus hojas
al fondo álzase la larga tapia blanca
del amplio cementerio
tras la que se disparan las saetas
orgullosas de los cipreses
vegetal catedral gótica
con cimiento de cadáveres
lugar donde la muerte sirve
de alimento resignado de la vida
donde la ceniza fertiliza
el aceite y el vino de los hombres
el agua cautiva de los canales
a los ya rubios maizales
el agua libre del regato
a los árboles de ribera
mi soledad se estremece
no quiero ser pasto
del incendio de rosas marchitas
que asola mi pueblo en lontananza



 

 

 

 

 

 

 

 

© Mario Martín. Nació en Villanueva de la Serena (Badajoz), en 1979. Estudió Filología Hispánica en Cáceres, Orléans y Marburg (Alemania). Actualmente reside en Frankfurt. En 2002 obtuve el Tercer Premio de Poesía Regional Extremeña. Algunos de sus poemas han aparecido en revistas Extramuros, Avuelapluma o Nueva Letra.


Kacho pan
por Kostas Kamaki

25 cms de sangrante odio no subterráneo
una mano cangrenada de dedos asesinos
unos esquizofrénicos ojos que se clavan en sí mismos
una mente de guerra que asalta cualquier vida

Iban a defender lo defendible
iban a parar a quien no quiere pararse
iban caminando con una sonrisa entre los labios
que de esperanza llenaba toda la ciudad

Unas puertas se abrieron oscuramente
y en primer lugar salió la muerte
un corazón quebrado fue al instante
un pulmón casi dejó de respirar

el cobarde veneno que se escapa
la ponzoña acechada que ya huye
unos perros que defienden al asesino
impidiendo que la oscura parca se le lleve

Lo viste con tus propios ojos
y, sin dudar, a por él fuiste
te subieron tus amigos apremiadamente
y, kacho pan, tumbado en el suelo,
no dudaste ni un momento en decirles
“primero al otro que seguro está muy mal”.

(Kostas Kamaki, el navajero. XI/07)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Kostas Kamaki


Hacia el ser universal (de la República)
por Antonio Justel Rodríguez

“... yo soy el corazón del viajero, su Flor de Lis y honor, yo, la república;”
[… porque, aunque hondo y alto silbe y cruja el viento,
pensad que sólo arrastra viejos gritos, viejos dolores, viejos perfumes;
deteneos, pues, a escuchadlo y sentidlo; no lo dudéis, es el vuestro]
... porque ¿ quién será la república, su pálpito y aliento ?
¿ quién buscará una estrella oscura y frotará y frotará hasta que
             el mundo
en ella se incendie y fulja libre ?
¿ … recordáis a aquél, vuestro íntimo guerrero, el que herido de
             ilusión y muerte
desapareció en batalla porque bebió y juró los cálices divinos y civiles
             de los hombres ?
vendrá muy pronto;
¡ ... y qué ha de hacer en tanto con tanta soledad y la sensación terrible
que en su alma instruyen la espera y la tristeza !
[... miro a lo lejos y, muy lentamente, se aproxima la noche;
... entraré en su corazón y, frente a sangres duras de pulsión eterna,
con otro sol y otras rosas lucharé y lucharé por la república;
... no en vano yo soy su ley, yo soy su príncipe]

[… de “El Libro de Ahab”]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Antonio Justel Rodríguez


A los niños que corren por el recreo
por Carolina Contino

A los niños que corren por las zanjas del colegio
les envidio la risa y la gracia, el cabello dorado
y su donaire de gacelitas
y reconozco que les mordería los riñones si pudiera
tanta inicua imbecilidad de gnomo
desparramada en las praderas de zafiro
por las que ahora paso descalza
¿me escuchan los niños-perro que corren?
¿de qué huyen los niños?
¿a qué le tienen miedo?
el cuento que les cuento en la mañana habla de viajes
y de víboras aladas
¿morderán las víboras a los niños
los dejarán si habla?

Vienen a verme desde ciudades lejanas
y no tengo ánimo en el viento para decirles nada.
Vienen de día cantando en caravana
y traen en sus regazos regalos fabulosos
como mujeres preñadas o piedras que hablan
Yo no hablo sus lenguas
no he gozado sus mujeres
ni bebido de sus vasos el licor amargo de la
inmortal Locura
tras cuyos pasos de gacela crecen flores deliciosas
No entiendo sus rostros
ni a sus enemigos
y cuando vienen de noche
y llegan cansados no les compadezco
si besan mis manos
u oran por mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Carolina Contino. Argentina. Mar del Plata/Argentina


De dioses y de sueños
por Raúl Ortega

El hombre necesita
dentro del trozo de pan que desayuna diariamente
colocar una lasca de su dios preferido
para ocultar su mezquindad
sus miedos
para creer que alguna vez rozará la nobleza.
Hasta ahí podríamos justificar esa obsesión
porque un hombre sin dios es un sillón de ruedas
que florece en los jardines de un hospicio.
La aberración nos llega
cuando es el hombre mismo el que se cree Dios.
Su cinismo averigua cómo es la vestimenta que utilizan los dioses.
Se disfraza.
Y empieza a repartirle caramelos a todos los demás
a quienes (por decreto) ya considera siervos.
Si aun así no somos nada / sin sueños seríamos la nada.
Y este impostor de dios
Inteligentemente
casi siempre inaugura su academia de sueños.
Pocos se han dado cuenta que quien regala un sueño
se siente con todos los derechos de pisotearte la cabeza.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Raúl Ortega. Poeta cubano. Reside en México DF. El poema seleccionado pertenece a su libro “La memoria del queso”.


Tindouff (Dos variaciones)
por Manuel Moya

 

[variación de un poema de Alí Salem Iselmu]

Si alguna vez cruzas la raya de mi tierra,
recuerda que su dueño no está allí,
sino al otro lado de esas dunas que avanzan,
como camello que espera
cobijado de la tormenta.


[variación de un poema de Mohamed Alí Alí Salem]

Me sé atrapado, compañera,
por eso debo masticar cada mañana
la sal y el cuerpo sin sombra del exilio,
las nubes que a la demencia me empujan,
el viejo sueño de despertar en Dakhla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Manuel Moya. [… de “El Libro de Ahab”] Escritor, traductor y crítico literario, nació en Fuenteheridos (Huelva) en 1960. Se define como un viajero incansable que en la actualidad reside en su pueblo natal y desde donde dinamiza la vida cultural de la comarca serrana, llevando adelante proyectos como la Asociación Literaria Huebra o la revista electrónica de literatura: Hwebra. Ha recibido diversos premios de poesía, figurando en diversas antologías y estudios sobre poesía de los 90. Entre sus obras destacan: Tardes extranjeras, Memoria del desierto : La noche extranjera, Las horas expropiadas, Las islas sumergidas, Salario, Habitación con islas: (antología, 1984-1998), Lección de Sombras. Pese al combate, Taller de máscaras, Años de servicio : antología 1978-2005, Interior con islas, Jerruje, (Málaga : Rafael Inglada, 2006)
En prosa: Regreso al tigre, La Mano en el Fuego, La sombra del caimán y otros cuentos. Bajo el pseudónimo de Violeta C. Rangel ha publidcado diversas obras.


Cantarte a ti, que no eres bella
por Félix Luis Viera

 

Seamos justos: también has existido tú, de vientre laxo, flácidos senos, nalgas en ciernes. Es la verdad. Aunque finalmente optemos por cantar únicamente a la belleza e intentemos ocultarte como al Pecado, o peor: como al Ridículo. Tus labios eran finos y resecos, de modo que no insinuaban fruta alguna, ni servían para una postal ni convidaban al beso. Es la verdad. Aunque nos empeñemos en olvidarlo. O peor aún: nos empeñemos en recordar que no has existido. (Mas, aunque se desbarranque, tu poema, el poema por ti, para ti, debe quedar escrito: el poema de la dama que no inspira nada, o acaso conmiseración; y que sólo ha sido el puente para cruzar el río.) Y para colmo era tu sexo enjuto y como arrasado por la tormenta, débiles tus muslos cual heridos soldados de caramelo. Habremos de cuidarnos de no ir a dar a la escatología al describirte, con cierto rencor. Habremos de esgrimir la metáfora etérea al referirnos al despilfarro de tu voz, al doblez depresivo de tu bajo vientre y a la atersura de tu rostro, moneda en cero. Grave es el mundo, dama adversaria de la plástica; excepción que confirma las reglas de la euritmia; pájaro sin ramas; rama sin pájaro. Pero de ti también hay que escribir, de lo contrario el Gran Poema quedaría inconcluso. Grave es la vida: podríamos decir que, sin embargo, tu alma es una endecha. Pero no. Tampoco. No lo es. Nada muestras que haga sentir que tu alma va navegando entre plumajes azules; contigo la noche es simplemente la noche y la luna un astro, nada más. O sea, ni eso. Ni tu aroma. Tantos poemas y canciones que se han cantado a los aromas. Pero tú ni siquiera revelas un aroma que pudiera borrar la insipidez total de tu presencia. Es una lástima. Pobre mujer. Pero has existido; nadie te escribe el poema y mucho menos lo publica, pero has existido. Ningún poeta te inscribe en su inventario, pero has existido aunque fuera un instante; y has servido al menos para llegar hasta el agua de la orilla. Grave es la vida: podríamos afirmar que en ti sobre todo tiene su valer la inteligencia. Pero tampoco. Es falso, no eres inteligente; no sabes mirar a través de una roca. Ni eres sensitiva. No interpretas el arrullo de los árboles de los cementerios. Pobre mujer. Quedaría la posibilidad de que fueses ardiente, o de que los interiores de tu sexo fueran abrasivos, o ambas partituras. O que tu sexo, en acción, resultara una pinza. Pero tampoco. Ni eres aquello. Ni tu sexo es así. Pobre mujer. Desposeída. Nunca irás en una carroza de carnaval y en los certámenes de belleza ni siquiera tendrás derecho a estar entre el público. Grave es la vida. Pero falaz quien no te nombra, quien esconde las tarjetas donde está tu foto. Podríamos proclamar que, sin embargo, eres buena, que son tus manos las que guían las manos de los panaderos y las de los fabricantes de piñatas. Pero tampoco es exactamente así. Tu bondad no sobrepasa el límite de aquellas bellas bondadosas. Tu bondad no alcanza para obviar los infortunios de forma y contenido. Grave, grave es la vida, dama olvidada por los poetas, escondida por ellos en la trastienda de los versos.


 

 

 

 

 

© Félix Luis Viera: Santa Clara, Cuba, 19 de agosto de 1945. Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (1976, Ediciones Unión, Cuba. Premio David de Poesía de la UNEAC), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuentos Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). Reside actualmente en México, D.F.


Alphabeti Ultima Littera
por Juan Carlos Barros Jódar

 

 


Nous conduisons la grande dance,
La seule où chacun ait son tour,
Et nul ne peut, tant soit-il lourd,
Ne suivre pas nostre cadance.

Sí. Hoy he sabido que mi vuelta en la danza está más próxima de lo que imaginaba. No tengo miedo. Desde la ventana puedo ver, abajo en la calle, los signos de la vida: vehículos relucientes como luciérnagas, amas de casa que regresan de la compra, muchachas sonrientes, saludables, que dentro de pocos años serán tal vez madres o amantes, eficientes doctoras, qué sé yo. Lo miro desde mi habitación de hospital. Pienso que me gustaría abrir la ventana, notar el aire fresco otra vez, el sol.

El médico vino hoy más temprano que de costumbre. No había reparado antes en lo mucho que se parece a mí mismo cuando todavía era joven. Me miró desde detrás de sus lentes de concha de tal modo que no hicieron falta las palabras. Luego hizo un comentario trivial. No le presté atención. Creo que esperaba que yo respondiera algo. No estoy seguro. Ahora pienso que debería haber contestado. Antes no me preocupaban esas cosas. La enfermedad ha exacerbado mi sensibilidad. En fin, eso ya no tiene remedio.

Ayer no recibí visitas. Francamente, me alegré de que así fuera. Tenía dolor de cabeza y era agradable permanecer acomodado en la butaca sin tener que hablar, sin tener que responder, sin tener que pensar siquiera, mirando sencillamente las cosas tras el cristal de la ventana.

He dejado de escribir en el diario. Para qué. No creo que tenga sentido. Nadie puede comprender lo que yo siento. No se puede comunicar el dolor, el miedo, la rabia. Además, siempre me pareció un poco obsceno transmitir mis sentimientos, convertirlos en espectáculo, arroparlos incluso con las ridículas galas de la poesía. Ya de pequeño me lo decían. Este niño es demasiado introvertido. Se lo guarda todo dentro. Y eso no es bueno. A lo mejor no. De todas formas, cada uno es como es. Y no creo que el mal me haya ganado la partida por eso. No. No tiene nada que ver.

Ya se escucha acercarse por el pasillo el carrito con la merienda. La enfermera es muy simpática. Es la única persona que me sigue tratando igual que antes de los resultados. Por eso espero este momento con algo parecido a la ilusión. Desde el primer chirrido amortiguado, muy lejos, en el ala opuesta de la planta, hasta que se abra la puerta de mi habitación, transcurre media hora. Minuto más o menos. El café es muy malo, pero da igual. No es más que café.

Así pues, me quedan aún treinta minutos de silencio, de blanda soledad. Es agradable porque sé que, transcurrido ese modesto lapso de tiempo, ella girará el pomo de la puerta y entrará con la bandeja de la merienda. Me mirará a los ojos como a un amigo, como a un compañero, como a una persona. No como a un enfermo terminal.

Certum est quod morieris, et incertum quando aut quomodo aut ubi, quoniam ubique te mors expectat.

A esta hora la penumbra invade la habitación y llena el aire de una extraña complicidad. Hace calor, la calefacción está siempre demasiado fuerte. Sin embargo, se adivina un frío cortante en la calle.

Recuerdo que hace unas semanas miraba la cartelera de espectáculos en un diario y pensé que quería ver cierta película. La crítica era alentadora. Pensé que era mejor esperar un poco para no tener que soportar las colas en la taquilla. Entonces no me parecía un problema. Sólo tenía que aguardar. Creía disponer de un tiempo ilimitado para ir al cine, para pasear, para visitar un monumento que me espera desde hace muchos siglos, que seguramente ya no podré ver nunca.

Por extraño que parezca, ahora me siento como si acabara de nacer. No quiero acordarme de los años que se fueron. En realidad es como si sólo hubieran pasado unos pocos minutos de existencia. Apenas puedo recordar más de cuatro o cinco atardeceres contando el de hoy. Apenas conservo la imagen de un cielo estrellado en una noche de agosto. Apenas unos ojos quietos en los míos. No. Los números no me sirven para comprender lo que he dejado atrás. Tengo la impresión de que hablar de veinte años es caer en las trampas de la memoria, dejarse llevar por una corriente plácida, engañosa. No ha podido pasar tanto tiempo. ¿O sí? A lo mejor es que no estoy dispuesto a echar cuenta de nada. Qué más da. Al fin y al cabo estoy en mi derecho. Sólo sé que moriré. Lo demás es retórica.

Ce sera ton ultime ivresse,
L'ivresse du vin de la Mort.

Siempre hace demasiado calor. Anoche tuve fiebre. Una enfermera pinchó en la goma del suero una jeringuilla. No tardé en quedarme dormido. En mis sueños veo un muro construido con enormes bloques de granito. Puedo moverlos con gran facilidad, como si no pesaran nada. Caen lentamente uno tras otro. Pero en ese instante comprendo que realmente son pesadísimos. No puedo dejar de mover aquellos bloques ciclópeos. Siento una angustia infinita. Por fin no es preciso ningún esfuerzo, ni siquiera el contacto de mis manos. Los cubos se precipitan entonces impulsados tan sólo por mi pensamiento.

Cuando era pequeño y caía enfermo, me sucedía algo parecido. A lo mejor eran esferas en lugar de bloques cúbicos. Esferas gigantescas que resbalaban por una pendiente y se acumulaban, una sobre otra, formando una espantosa muralla que me oprimía el pecho y me golpeaba las sienes hasta que la fiebre remitía.

Ahora me parece que aquello era como una borrachera. También lo de anoche. Como un veneno dulzón que adormeciera los sentidos despacio, muy despacio, quizá para siempre. Lo podía sentir: notaba cómo se deslizaba cada gota a través del tubo y entraba en las venas. Yo no podía hacer nada. No podía detener la caída de los bloques sobre mis párpados semicerrados. ¿O eran esferas?

 

Alphabeti ultima littera

 

Hoy he escrito una carta importante. No quiero marcharme sin dejar resueltos mis asuntos. Nada importante, pero hay que cuidar los gestos. Después de todo, los demás lo merecen. Cuando he escrito la última letra sobre el papel con la estilográfica que ella me regaló por nuestro aniver­sario, he experimentado una paz infinita. Ahora todo está en orden.

El doctor ha vuelto esta mañana. Me ha dicho que me envía a casa. En su voz no había jovialidad. En realidad era la misma voz de siempre, fría, carente de modulación y de sentimiento. Yo he escuchado en silencio. Sé exactamente lo que significa esa decisión.
Le enfermera que me sirve la merienda cada tarde se ha entretenido hoy algo más de lo habitual. Sólo entonces me he percatado de que en mi taza había un excelente café de Colombia. Se me han saltado las lágrimas. A ella también. Entonces he recuperado durante unos minutos una imagen que daba por perdida en los sótanos de la memoria. Con creciente nitidez se han reconstruido sobre un escenario de naufragio el viejo aparador con su gran espejo sobre la piedra de mármol, las pobres sillas de anea, el quicio de la puerta sin puerta, tan sólo una humilde cortina, la ventana sobre el ala del tejado cubierto de jaramagos. También las lluvias torrenciales de aquellos tiempos. Y la imagen de una mujer reflejada en la luna del mueble renegrido. Era hermosa. Muy hermosa. Entonces, mirando a aquella enfermera que perdía un poco de su valioso tiempo conmigo, que me traía un café que era un pequeño milagro en aquella triste sala de hospital, he comprendido que esta mujer era de algún modo aquella otra que mi memoria conservó inmovilizada frente a un espejo antiquísimo.

No tengo prisa. Pronto regresaré a casa. Será grato reconocer de nuevo los ángulos familiares de los objetos, los mandos de los grifos, los brazos del sillón, los pomos de las puertas. Será grato volver aunque sólo sea por algún tiempo. Después de todo, cualquier espacio de tiempo es una forma de eternidad. Ahora lo sé. Debo aprender a respirar otra vez, sin urgencias, sin angustia. Cada cosa sigue su camino. Yo también.

Llueve. Yo había olvidado casi la lluvia. Y es hermosa. Hace muchos años era un fenómeno relacionado con relatos sobrenaturales. Luego es como si hubiera olvidado que puede llover así, igual que ahora lo hace, a raudales, horas y horas. Lluvia, la de entonces. Como cuando la riada reventó los puentes y se los llevó en volandas en busca de un mar tan lejano. Hubo después una época en que llovía todas las tardes. A las cinco en punto. Bueno, más o menos. Entonces el mundo era distinto. Más grande, más limpio. A lo mejor por la lluvia. Uno podía sentarse por la noche en el escalón de la puerta para conversar con la gente. Se compartía todo: la alegría, el dolor, el misterio, la ilusión. Para bien, para mal, no se estaba solo. Luego se acabó. Llegó la sequía y con ella la desolación. Las calles antiguas se despoblaron para siempre. Los niños se hicieron mayores y olvidaron. En los escalones creció la hierba y las piedras que el uso no había desmoronado fueron reducidas al polvo por la soledad. No, ya nada es igual.

Esto no es un ejercicio deliberado de nostalgia. Viene a propósito de la lluvia que sigue cayendo afuera. Que seguirá cayendo seguramente toda la noche. O lo que es lo mismo, que seguirá cayendo por toda la eternidad.

 

 

 

 

 

© Juan Carlos Barros Jódar


Muñeca triste
por María Aixa Sanz

Muñeca triste quién te roba a ti los momentos. Muñeca triste de apariencia embustera. Quién se cree dueño de quitarte los instantes que te pertenecen, y ese viento que te da de cara, que roza tus pómulos, ¿acaso tiene permiso?

Te gustaría ir a Alaska: a contemplar la aurora boreal, eso lo sé desde tiempo, y pretendes conseguirlo en tu caminar con tacón de aguja. Muñeca triste cargada de miedo. Podrías alzar la voz para que alguien te oyera desde ese orificio en que andas metida. El presente es absurdo pero es lo único que tienes.

¿Por qué te gustan tanto los hombres? ¿Por que te dan de comer? A parte de al estómago, también te alimentan el alma. Andas triste porque una vez te enamoraste como una estúpida y te salió mal, y ya no has querido volverlo hacer. Lo de enamorarte digo. Y vas por la vida luchando y como arma tu cuerpo. Piensas que lo que sienten es cariño por ti y luego te das cuenta de que no sienten nada, y te restriegas la piel con la esponja, tan dolorosamente para quitarle el asco, que te deja rojeces como marcas.

Muñeca triste dime que aún sigues ahorrando para hacer un día ese largo viaje. Solo un billete de ida, por favor. La vuelta no la quieres, no quieres volver. Y te preguntas si alguien se cuestionará donde te has metido, si a alguien le importará que te largues, que desaparezcas. Sabes que no es tarde, que siempre existirá el día oportuno, el señalado, el marcado. Sabes que sólo nunca sería demasiado tarde. Porque nunca es no existir y lo que no existe no se añora, no se extraña. ¿Muñeca triste seguirás luchando hasta conseguirlo? Vengo a pedirte perdón, no me gusta verte llorar, si quieres llorar hazlo en mi compañía. Nunca has tenido algo tuyo, ni un querer que quisiera decir tu nombre verdadero. Vas andando por la vida con un nombre falso que no quieres que yo pronuncie, prefieres que te llame muñeca triste. Te gusta así más. No tienes delante de mi que seguir con la farsa. Aunque debes contentarte con lo que tienes, con este pequeño ratito, en que dejas que yo piense por ti. Y tú silenciosa puedes dejar de pensar sin cerrar los ojos, cansados los tienes ya de tanto cerrarlos para no ver lo que te rodea, pero tus esfuerzos son en vano, alguien te lo sigue susurrando al oído y el olor, ese olor que te acompaña desde el primer día, que no te abandona, que te da asco, el olor sucio de ese dinero, se mete por tu nariz ofendiéndote las entrañas. Pero todo lo haces recuerda por la aurora boreal, que te aguarda en Alaska.

Prométeme muñeca triste que te vas a secar las lágrimas, que no valen la pena. Atúsate el cabello, píntate los labios y vuelve a sonreír, eso, así, colócate la máscara y sal de nuevo a patear las calles.

Persigue tu sueño.

 

 

 

 

 

 

 

© MARIA AIXA SANZ (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires.
Escritora: Novelista y Articulista
http://www.blogs.ya.com/mariaaixasanz/
Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual de Castellón (España) con el número: 1892 de fecha 13 de Abril de 2000.


El libro
por Antonio Polo

(En realidad nadie supo aclarar nunca la verdadera historia que surgió del taller de escultura de Pigmalión. Unos dicen que Galatea, su mujer, tenía un libro que a la sazón era un grimorio de rancias artes y de hálitos mágicos, un libro que un día fue semilla y luego carne, un libro que en realidad respiraba, mentía o soñaba y que un atardecer se cerró para siempre. Desde entonces Pigmalión vive al costado del cementerio Sur de Hermanauta mientras busca un nuevo ángel de piedra que le conjugue el verbo y decline el tiempo de todos sus jadeos)

Un hombre había escrito la que, en su opinión, era la mejor novela no publicada de todos los tiempos y, sin embargo, no pudo abandonar el desasosiego que arrastraba hasta que no consiguió deshacerse de ella. De este modo puso fin al tormento que le obligaba a pasear por la ciudad con su manuscrito bajo el brazo.

Aquello sucedió hace algunos años, cuando descubrió que los personajes de la novela estaban tomando vida y amenazaban con asesinarlo una noche de abril. Esto no constituyó para él ninguna sorpresa, porque recordaba exactamente la tarde en que decidió que el protagonista iba a cometer un crimen. Ese día estuvo dando vueltas al asunto hasta que encontró el momento más propicio, y al fin, una daga penetró silenciosamente en el cuerpo de la víctima. Recordó que aquella noche estaba lloviendo y apenas florecían los almendros. Después de eso se fijó un plazo para deshacerse de la novela. Antes de la primavera -pensó- volvería a ser un hombre libre. Sabía también que la suya no representaba una empresa fácil. Era un escritor novel; jamás había publicado una sola línea y el invierno amenazaba con una cortedad inusual. Y sí el protagonista -ya con vida propia- decidía acometer su venganza, tal vez en febrero, durante una de esas lluviosas noches que preceden al Carnaval -se preguntaba-.

Así, sumido en una siniestra maquinación, comprendió que debía publicar la novela a toda costa. Sin embargo, evitaría enviar su manuscrito a cualquier editorial en la creencia de que todavía podía ejercer algún dominio sobre la trama. Entonces aprovechaba los actos culturales y las presentaciones de libros para atraer la atención de algún oscuro editor, de esos que publican grimorios y manuales de alquimia, un hombre aventurero, sin duda, pero alejado de las listas de ventas y alrededor de cuya sombra suelen rondar al acecho los inspectores de Hacienda.

Cada día en el universo que había creado se generaba una pequeña revolución mientras la línea argumental y el desarrollo mantenían una feroz lucha. A veces percibía cómo un hilo de sangre recorría el lomo de la burda encuadernación; en otras ocasiones se podía oír el lejano rumor de un duelo, y en tantas otras, la pasión suscitada por sus personajes era tan desmesurada que hacía imposible culminar cualquier empresa. Un día conoció a un bibliófilo cuyo desaforado interés por los libros y las literaturas laterales lo había llevado a organizar el Primer Encuentro de Escritores Sin Rumbo. Después de leer las diez primeras páginas de su novela, el librero quedó entusiasmado por la vitalidad contextual de su relato.

-No se hable más. Puedo ponerlo en circulación inmediatamente -afirmó con toda seguridad.

Vinieron luego noches de aquiescencias, de retoques hasta altas horas de la madrugada y, por fin una tarde, también lluviosa, se acercó a la librería y entregó su obra definitiva al librero.

-Se lo le ruego que lo saque a la luz bajo seudónimo -dijo el autor.
-Ya veremos, ya veremos...

Después de aquello, el hombre aparcó por algún tiempo su espíritu creativo. Se entregó a sus habituales ocupaciones, viajó por todo el país, acudió a fiestas que ya había olvidado, volvió a vivir la realidad de la que tan alejado había estado. Tal vez fuera probable que en la vida de las gentes que estaba ahora conociendo se fraguasen historias como la que él había vivido, “pero era tan improbable” -pensaba.

Varios meses más tarde, cuando su biblioteca se había cubierto por una capa de polvo, recibió una carta. La remitía una Asociación Cultural y le informaban que habían seleccionado su obra como finalista en las Justas Literarias. Ante su desconcierto revolvió papeles, cartas, relatos... No recordaba cuándo había enviado algún trabajo a aquel premio. Después de varias horas desistió. Fueron tantas veces las que decidió probar suerte en algún premio que ya había perdido la cuenta. Bien -pensó-, tampoco es tan extraño, al fin y al cabo mi esfuerzo ha sido recompensado.

El organizador del premio le informó que la selección había durado varios meses y que ahora -a mediados de diciembre- se organizaba una cena con asistencia de los ganadores.

-¡Enhorabuena, amigo! Le ruego encarecidamente que acuda a recoger su premio -le dijo el organizador.

El acto se celebraba en un lugar muy agradable. Todo el mundo parecía conocerse. Desde una esquina próxima observó cómo los asistentes comenzaban a entrar. Se echó mano al bolsillo de la chaqueta y tanteó la invitación en su interior. “Bueno -se dijo- voy a entrar en la sin par historia de los premios literarios”. Todo sucedió muy deprisa. Apenas se había acomodado cuando sonó su nombre ahogado por los aplausos de los asistentes. “Primer premio en las Justas Literarias...” no terminó de leer el diploma acreditativo cuando se acercó un oficial de policía.

-Queda usted detenido por el asesinato del librero de la calle Barceló -dijo secamente el oficial-. Esta es la orden de busca y captura -añadió.

Al momento se formó un revuelo en la sala. Al oficial le acompañaban dos agentes que daban muestras de satisfacción. Antes de que pudiera pronunciar una palabra ya lo habían esposado. El camino hacia la salida se le hizo eterno. Todo el mundo lo miraba con desconfianza. Ya a punto de cruzar la puerta, alguien se acercó.

-Disculpen, caballeros, el autor se olvida el diploma.

El hombre lo miró a los ojos y se estremeció profundamente. Aquella cara la había visto antes. No había duda. Aquel individuo era el personaje de su novela que habiendo tomado vida, logró escapar de las garras del viejo librero.

-Y no olviden que este diploma es la prueba concluyente -añadió.

A. Polo - Sirmione 2001 (Italia)

 

 

 

 

© ANTONIO POLO. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. Relatos "Perder a la familia" (2006) y "El frigorifico" (2007) en selección del Premio Patricia Sánchez Cuevas.


 


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