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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número treinta y nueve edición primavera 2008] J U N I O
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Súplica del extranjero
He vuelto a este lugar Se abre la puerta y el testigo está adentro. Los ojos del cuerpo alimentan la ceguera del tiempo. No son caricias las hormigas que me trepan la espalda. Una bofetada es caricia, una traición, un improperio. La luz desvirtúa la estampa del convencimiento. El ombligo se inflama con la soledad del misterio, el abdomen crece y lento se hace el cuerpo en su torpeza. Estoy aquí para recordar que he muerto.
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© Amada Hernández Velázquez (Tamaulipas, México, 1984). Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Encargada del área de Comunicación Social en la Secretaría de Marina de la Armada de México, Ciudad Madero, Tamaulipas. Sus poemas y reportajes han aparecido en diferentes revistas de México y el extranjero. Próximamente la editorial La Torre de Papel, en Miami, EE. UU., publicará su poemario Encima dela nada . |
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Plantar una conversación
Ella le hablaba
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© Pepa Ortiz Moreno (Barcelona, 1972). Pedagoga y poeta las dos personalidades al mismo tiempo aunque predomina más la de poeta. Postgrado de Escritura Narrativa por la Universidad de Barcelona. Profesora de Secundaria del Departamento de Educación de la Generalitat de Cataluña. Ha sido publicada en diversas revistas digitales de Literatura: Letralia (Venezuela), Remolinos (Perú). Herederos del Caos (California), Yoescribo.com, El Recreo.com. Colaboración mensual para el Diario siglo XXI (Magazine siglo XXI) desde octubre del 2006 y actualmente. |
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A la mañana siguiente
El contacto del albornoz No soy dama de finas estéticas La luz de una vela se apaga Arrastro los pies Me dejó un preámbulo Sobre la vitro Un taconeo de cristales Estoy harta de los sentimientos Algunos pretenden ser distintos Ya voy despertando En mí sobrevive una mujer; Del libro “A pesar de todo… Adelante”
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© Luis Amézaga |
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Centro histórico
Quién no Después de pasear una mañana cualquiera Cómo desconocer Que su suciedad No es de este mundo Quién a la vista de sus pies purulentos Qué ojos son capaces de renunciar a la codicia de su atavío Cómo no arrodillarse ante su santidad alcohólica Atento
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© Luis María Marina Bravo. Nació en Cáceres (España), el 15 de julio de 1978. Soy Licenciado en Derecho por la Universidad de Extremadura. Ingresé en la Carrera Diplomática en 2002 y desde septiembre de 2006 vive en la Ciudad de México, donde ocupa el puesto de Consejero en la Embajada de España. |
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Diario de un parado a golpe de tanka
1 Abro los ojos
2 Me lavo. Peino
3 El café está
4 Hago la cama,
5 Cojo papel
6 Salgo a la calle.
7 Regreso a casa.
8 Hago la siesta.
9 Voy a la playa
10 Vuelvo. Me ducho.
11 Sobresaltado
12 Me estoy durmiendo.
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© Alfonso Aguado. Natural de Picassent (Valencia), desde que se reconoce pinta acuarelas, óleos y escribe poemas. Más tarde se enrola en la fotografía y con la llegada de las nuevas tecnologías retoca las imágenes fotográficas para darles un aire más artístico y diseña. Gana el primer premio de poesía en 1º de Bachiller, allá por el año... En 1980 expone 37 obras pictóricas en la Sala Municipal de Exposiciones del Ayuntamiento de Torrent. En 1986 es preseleccionado en el premio Prometeo de poesía nueva. En ese mismo año expone pinturas al óleo y esculturas en la Casa de Cultura de Mislata. Y en 1998, 24 fotografías en B/N en F. Domingo de Valencia. Al año siguiente se le selecciona obra al óleo en el 2º concurso D’Art. de la Biblioteca Pública de Valencia, aparece como finalista en el concurso fotográfico del Centro Comercial Ademuz y es contratado por Ibalart (Galería de Arte Virtual) para la venta de óleos, acuarelas e infografía. En el 2000 entra en el programa del SARC de la Diputación de Valencia, para la difusión de las artes plásticas, en el apartado de Infografía, con 20 obras. En la actualidad está a la espera de la publicación de su segundo libro de poemas por Ediciones Frutos del Tiempo. Ha quedado finalista en el certamen de relatos eróticos de Expoeroszgz-2007 con “La sesión”. La revista digital Almiar le expone 15 fotografías en su web. La revista escrita Vulture publica en su nº 45 “Poemas del hogar”. La revista Contratiempo publica los poemas de las “Poetisas”. La revista escrita Fábula, en su nº 23, publica el poemario “Mi querido Modi”. Multimagen acaba de colgar un portafolio con 12 acuarelas suyas. Las revistas digitales “almargen” y “Palabras diversas” están a punto de colgar en su web su obra más reciente y, varios poemas en la revista escrita Cuadernos del Matemático aparecerán en su próximo número. |
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Atardecer en la llanura
Cae la noche como pétalo de lirio
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© Mario Martín. Nació en Villanueva de la Serena (Badajoz), en 1979. Estudió Filología Hispánica en Cáceres, Orléans y Marburg (Alemania). Actualmente reside en Frankfurt. En 2002 obtuve el Tercer Premio de Poesía Regional Extremeña. Algunos de sus poemas han aparecido en revistas Extramuros, Avuelapluma o Nueva Letra. |
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Kacho pan 25 cms de sangrante odio no subterráneo Iban a defender lo defendible Unas puertas se abrieron oscuramente el cobarde veneno que se escapa Lo viste con tus propios ojos (Kostas Kamaki, el navajero. XI/07)
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© Kostas Kamaki |
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Hacia el ser universal (de la República) “... yo soy el corazón del viajero, su Flor de Lis y honor, yo, la república;” [… de “El Libro de Ahab”]
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© Antonio Justel Rodríguez |
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A los niños que corren por el recreo A los niños que corren por las zanjas del colegio Vienen a verme desde ciudades lejanas
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© Carolina Contino. Argentina. Mar del Plata/Argentina |
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De dioses y de sueños El hombre necesita
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© Raúl Ortega. Poeta cubano. Reside en México DF. El poema seleccionado pertenece a su libro “La memoria del queso”. |
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Tindouff (Dos variaciones)
[variación de un poema de Alí Salem Iselmu] Si alguna vez cruzas la raya de mi tierra, [variación de un poema de Mohamed Alí Alí Salem] Me sé atrapado, compañera,
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© Manuel Moya. [… de “El Libro de Ahab”] Escritor, traductor y crítico literario, nació en Fuenteheridos (Huelva) en 1960. Se define como un viajero incansable que en la actualidad reside en su pueblo natal y desde donde dinamiza la vida cultural de la comarca serrana, llevando adelante proyectos como la Asociación Literaria Huebra o la revista electrónica de literatura: Hwebra. Ha recibido diversos premios de poesía, figurando en diversas antologías y estudios sobre poesía de los 90. Entre sus obras destacan: Tardes extranjeras, Memoria del desierto : La noche extranjera, Las horas expropiadas, Las islas sumergidas, Salario, Habitación con islas: (antología, 1984-1998), Lección de Sombras. Pese al combate, Taller de máscaras, Años de servicio : antología 1978-2005, Interior con islas, Jerruje, (Málaga : Rafael Inglada, 2006) |
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Cantarte a ti, que no eres bella
Seamos justos: también has existido tú, de vientre laxo, flácidos senos, nalgas en ciernes. Es la verdad. Aunque finalmente optemos por cantar únicamente a la belleza e intentemos ocultarte como al Pecado, o peor: como al Ridículo. Tus labios eran finos y resecos, de modo que no insinuaban fruta alguna, ni servían para una postal ni convidaban al beso. Es la verdad. Aunque nos empeñemos en olvidarlo. O peor aún: nos empeñemos en recordar que no has existido. (Mas, aunque se desbarranque, tu poema, el poema por ti, para ti, debe quedar escrito: el poema de la dama que no inspira nada, o acaso conmiseración; y que sólo ha sido el puente para cruzar el río.) Y para colmo era tu sexo enjuto y como arrasado por la tormenta, débiles tus muslos cual heridos soldados de caramelo. Habremos de cuidarnos de no ir a dar a la escatología al describirte, con cierto rencor. Habremos de esgrimir la metáfora etérea al referirnos al despilfarro de tu voz, al doblez depresivo de tu bajo vientre y a la atersura de tu rostro, moneda en cero. Grave es el mundo, dama adversaria de la plástica; excepción que confirma las reglas de la euritmia; pájaro sin ramas; rama sin pájaro. Pero de ti también hay que escribir, de lo contrario el Gran Poema quedaría inconcluso. Grave es la vida: podríamos decir que, sin embargo, tu alma es una endecha. Pero no. Tampoco. No lo es. Nada muestras que haga sentir que tu alma va navegando entre plumajes azules; contigo la noche es simplemente la noche y la luna un astro, nada más. O sea, ni eso. Ni tu aroma. Tantos poemas y canciones que se han cantado a los aromas. Pero tú ni siquiera revelas un aroma que pudiera borrar la insipidez total de tu presencia. Es una lástima. Pobre mujer. Pero has existido; nadie te escribe el poema y mucho menos lo publica, pero has existido. Ningún poeta te inscribe en su inventario, pero has existido aunque fuera un instante; y has servido al menos para llegar hasta el agua de la orilla. Grave es la vida: podríamos afirmar que en ti sobre todo tiene su valer la inteligencia. Pero tampoco. Es falso, no eres inteligente; no sabes mirar a través de una roca. Ni eres sensitiva. No interpretas el arrullo de los árboles de los cementerios. Pobre mujer. Quedaría la posibilidad de que fueses ardiente, o de que los interiores de tu sexo fueran abrasivos, o ambas partituras. O que tu sexo, en acción, resultara una pinza. Pero tampoco. Ni eres aquello. Ni tu sexo es así. Pobre mujer. Desposeída. Nunca irás en una carroza de carnaval y en los certámenes de belleza ni siquiera tendrás derecho a estar entre el público. Grave es la vida. Pero falaz quien no te nombra, quien esconde las tarjetas donde está tu foto. Podríamos proclamar que, sin embargo, eres buena, que son tus manos las que guían las manos de los panaderos y las de los fabricantes de piñatas. Pero tampoco es exactamente así. Tu bondad no sobrepasa el límite de aquellas bellas bondadosas. Tu bondad no alcanza para obviar los infortunios de forma y contenido. Grave, grave es la vida, dama olvidada por los poetas, escondida por ellos en la trastienda de los versos.
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© Félix Luis Viera: Santa Clara, Cuba, 19 de agosto de 1945. Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (1976, Ediciones Unión, Cuba. Premio David de Poesía de la UNEAC), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuentos Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). Reside actualmente en México, D.F. |
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Alphabeti Ultima Littera
Sí. Hoy he sabido que mi vuelta en la danza está más próxima de lo que imaginaba. No tengo miedo. Desde la ventana puedo ver, abajo en la calle, los signos de la vida: vehículos relucientes como luciérnagas, amas de casa que regresan de la compra, muchachas sonrientes, saludables, que dentro de pocos años serán tal vez madres o amantes, eficientes doctoras, qué sé yo. Lo miro desde mi habitación de hospital. Pienso que me gustaría abrir la ventana, notar el aire fresco otra vez, el sol. El médico vino hoy más temprano que de costumbre. No había reparado antes en lo mucho que se parece a mí mismo cuando todavía era joven. Me miró desde detrás de sus lentes de concha de tal modo que no hicieron falta las palabras. Luego hizo un comentario trivial. No le presté atención. Creo que esperaba que yo respondiera algo. No estoy seguro. Ahora pienso que debería haber contestado. Antes no me preocupaban esas cosas. La enfermedad ha exacerbado mi sensibilidad. En fin, eso ya no tiene remedio. Ayer no recibí visitas. Francamente, me alegré de que así fuera. Tenía dolor de cabeza y era agradable permanecer acomodado en la butaca sin tener que hablar, sin tener que responder, sin tener que pensar siquiera, mirando sencillamente las cosas tras el cristal de la ventana. He dejado de escribir en el diario. Para qué. No creo que tenga sentido. Nadie puede comprender lo que yo siento. No se puede comunicar el dolor, el miedo, la rabia. Además, siempre me pareció un poco obsceno transmitir mis sentimientos, convertirlos en espectáculo, arroparlos incluso con las ridículas galas de la poesía. Ya de pequeño me lo decían. Este niño es demasiado introvertido. Se lo guarda todo dentro. Y eso no es bueno. A lo mejor no. De todas formas, cada uno es como es. Y no creo que el mal me haya ganado la partida por eso. No. No tiene nada que ver. Ya se escucha acercarse por el pasillo el carrito con la merienda. La enfermera es muy simpática. Es la única persona que me sigue tratando igual que antes de los resultados. Por eso espero este momento con algo parecido a la ilusión. Desde el primer chirrido amortiguado, muy lejos, en el ala opuesta de la planta, hasta que se abra la puerta de mi habitación, transcurre media hora. Minuto más o menos. El café es muy malo, pero da igual. No es más que café. Así pues, me quedan aún treinta minutos de silencio, de blanda soledad. Es agradable porque sé que, transcurrido ese modesto lapso de tiempo, ella girará el pomo de la puerta y entrará con la bandeja de la merienda. Me mirará a los ojos como a un amigo, como a un compañero, como a una persona. No como a un enfermo terminal.
A esta hora la penumbra invade la habitación y llena el aire de una extraña complicidad. Hace calor, la calefacción está siempre demasiado fuerte. Sin embargo, se adivina un frío cortante en la calle. Recuerdo que hace unas semanas miraba la cartelera de espectáculos en un diario y pensé que quería ver cierta película. La crítica era alentadora. Pensé que era mejor esperar un poco para no tener que soportar las colas en la taquilla. Entonces no me parecía un problema. Sólo tenía que aguardar. Creía disponer de un tiempo ilimitado para ir al cine, para pasear, para visitar un monumento que me espera desde hace muchos siglos, que seguramente ya no podré ver nunca. Por extraño que parezca, ahora me siento como si acabara de nacer. No quiero acordarme de los años que se fueron. En realidad es como si sólo hubieran pasado unos pocos minutos de existencia. Apenas puedo recordar más de cuatro o cinco atardeceres contando el de hoy. Apenas conservo la imagen de un cielo estrellado en una noche de agosto. Apenas unos ojos quietos en los míos. No. Los números no me sirven para comprender lo que he dejado atrás. Tengo la impresión de que hablar de veinte años es caer en las trampas de la memoria, dejarse llevar por una corriente plácida, engañosa. No ha podido pasar tanto tiempo. ¿O sí? A lo mejor es que no estoy dispuesto a echar cuenta de nada. Qué más da. Al fin y al cabo estoy en mi derecho. Sólo sé que moriré. Lo demás es retórica.
Siempre hace demasiado calor. Anoche tuve fiebre. Una enfermera pinchó en la goma del suero una jeringuilla. No tardé en quedarme dormido. En mis sueños veo un muro construido con enormes bloques de granito. Puedo moverlos con gran facilidad, como si no pesaran nada. Caen lentamente uno tras otro. Pero en ese instante comprendo que realmente son pesadísimos. No puedo dejar de mover aquellos bloques ciclópeos. Siento una angustia infinita. Por fin no es preciso ningún esfuerzo, ni siquiera el contacto de mis manos. Los cubos se precipitan entonces impulsados tan sólo por mi pensamiento. Cuando era pequeño y caía enfermo, me sucedía algo parecido. A lo mejor eran esferas en lugar de bloques cúbicos. Esferas gigantescas que resbalaban por una pendiente y se acumulaban, una sobre otra, formando una espantosa muralla que me oprimía el pecho y me golpeaba las sienes hasta que la fiebre remitía. Ahora me parece que aquello era como una borrachera. También lo de anoche. Como un veneno dulzón que adormeciera los sentidos despacio, muy despacio, quizá para siempre. Lo podía sentir: notaba cómo se deslizaba cada gota a través del tubo y entraba en las venas. Yo no podía hacer nada. No podía detener la caída de los bloques sobre mis párpados semicerrados. ¿O eran esferas?
Hoy he escrito una carta importante. No quiero marcharme sin dejar resueltos mis asuntos. Nada importante, pero hay que cuidar los gestos. Después de todo, los demás lo merecen. Cuando he escrito la última letra sobre el papel con la estilográfica que ella me regaló por nuestro aniversario, he experimentado una paz infinita. Ahora todo está en orden. El doctor ha vuelto esta mañana. Me ha dicho que me envía a casa. En su voz no había jovialidad. En realidad era la misma voz de siempre, fría, carente de modulación y de sentimiento. Yo he escuchado en silencio. Sé exactamente lo que significa esa decisión. No tengo prisa. Pronto regresaré a casa. Será grato reconocer de nuevo los ángulos familiares de los objetos, los mandos de los grifos, los brazos del sillón, los pomos de las puertas. Será grato volver aunque sólo sea por algún tiempo. Después de todo, cualquier espacio de tiempo es una forma de eternidad. Ahora lo sé. Debo aprender a respirar otra vez, sin urgencias, sin angustia. Cada cosa sigue su camino. Yo también. Llueve. Yo había olvidado casi la lluvia. Y es hermosa. Hace muchos años era un fenómeno relacionado con relatos sobrenaturales. Luego es como si hubiera olvidado que puede llover así, igual que ahora lo hace, a raudales, horas y horas. Lluvia, la de entonces. Como cuando la riada reventó los puentes y se los llevó en volandas en busca de un mar tan lejano. Hubo después una época en que llovía todas las tardes. A las cinco en punto. Bueno, más o menos. Entonces el mundo era distinto. Más grande, más limpio. A lo mejor por la lluvia. Uno podía sentarse por la noche en el escalón de la puerta para conversar con la gente. Se compartía todo: la alegría, el dolor, el misterio, la ilusión. Para bien, para mal, no se estaba solo. Luego se acabó. Llegó la sequía y con ella la desolación. Las calles antiguas se despoblaron para siempre. Los niños se hicieron mayores y olvidaron. En los escalones creció la hierba y las piedras que el uso no había desmoronado fueron reducidas al polvo por la soledad. No, ya nada es igual. Esto no es un ejercicio deliberado de nostalgia. Viene a propósito de la lluvia que sigue cayendo afuera. Que seguirá cayendo seguramente toda la noche. O lo que es lo mismo, que seguirá cayendo por toda la eternidad.
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© Juan Carlos Barros Jódar |
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Muñeca triste
Muñeca triste quién te roba a ti los momentos. Muñeca triste de apariencia embustera. Quién se cree dueño de quitarte los instantes que te pertenecen, y ese viento que te da de cara, que roza tus pómulos, ¿acaso tiene permiso? Te gustaría ir a Alaska: a contemplar la aurora boreal, eso lo sé desde tiempo, y pretendes conseguirlo en tu caminar con tacón de aguja. Muñeca triste cargada de miedo. Podrías alzar la voz para que alguien te oyera desde ese orificio en que andas metida. El presente es absurdo pero es lo único que tienes. ¿Por qué te gustan tanto los hombres? ¿Por que te dan de comer? A parte de al estómago, también te alimentan el alma. Andas triste porque una vez te enamoraste como una estúpida y te salió mal, y ya no has querido volverlo hacer. Lo de enamorarte digo. Y vas por la vida luchando y como arma tu cuerpo. Piensas que lo que sienten es cariño por ti y luego te das cuenta de que no sienten nada, y te restriegas la piel con la esponja, tan dolorosamente para quitarle el asco, que te deja rojeces como marcas. Muñeca triste dime que aún sigues ahorrando para hacer un día ese largo viaje. Solo un billete de ida, por favor. La vuelta no la quieres, no quieres volver. Y te preguntas si alguien se cuestionará donde te has metido, si a alguien le importará que te largues, que desaparezcas. Sabes que no es tarde, que siempre existirá el día oportuno, el señalado, el marcado. Sabes que sólo nunca sería demasiado tarde. Porque nunca es no existir y lo que no existe no se añora, no se extraña. ¿Muñeca triste seguirás luchando hasta conseguirlo? Vengo a pedirte perdón, no me gusta verte llorar, si quieres llorar hazlo en mi compañía. Nunca has tenido algo tuyo, ni un querer que quisiera decir tu nombre verdadero. Vas andando por la vida con un nombre falso que no quieres que yo pronuncie, prefieres que te llame muñeca triste. Te gusta así más. No tienes delante de mi que seguir con la farsa. Aunque debes contentarte con lo que tienes, con este pequeño ratito, en que dejas que yo piense por ti. Y tú silenciosa puedes dejar de pensar sin cerrar los ojos, cansados los tienes ya de tanto cerrarlos para no ver lo que te rodea, pero tus esfuerzos son en vano, alguien te lo sigue susurrando al oído y el olor, ese olor que te acompaña desde el primer día, que no te abandona, que te da asco, el olor sucio de ese dinero, se mete por tu nariz ofendiéndote las entrañas. Pero todo lo haces recuerda por la aurora boreal, que te aguarda en Alaska. Prométeme muñeca triste que te vas a secar las lágrimas, que no valen la pena. Atúsate el cabello, píntate los labios y vuelve a sonreír, eso, así, colócate la máscara y sal de nuevo a patear las calles. Persigue tu sueño.
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© MARIA AIXA SANZ (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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El libro
Un hombre había escrito la que, en su opinión, era la mejor novela no publicada de todos los tiempos y, sin embargo, no pudo abandonar el desasosiego que arrastraba hasta que no consiguió deshacerse de ella. De este modo puso fin al tormento que le obligaba a pasear por la ciudad con su manuscrito bajo el brazo. Aquello sucedió hace algunos años, cuando descubrió que los personajes de la novela estaban tomando vida y amenazaban con asesinarlo una noche de abril. Esto no constituyó para él ninguna sorpresa, porque recordaba exactamente la tarde en que decidió que el protagonista iba a cometer un crimen. Ese día estuvo dando vueltas al asunto hasta que encontró el momento más propicio, y al fin, una daga penetró silenciosamente en el cuerpo de la víctima. Recordó que aquella noche estaba lloviendo y apenas florecían los almendros. Después de eso se fijó un plazo para deshacerse de la novela. Antes de la primavera -pensó- volvería a ser un hombre libre. Sabía también que la suya no representaba una empresa fácil. Era un escritor novel; jamás había publicado una sola línea y el invierno amenazaba con una cortedad inusual. Y sí el protagonista -ya con vida propia- decidía acometer su venganza, tal vez en febrero, durante una de esas lluviosas noches que preceden al Carnaval -se preguntaba-. Así, sumido en una siniestra maquinación, comprendió que debía publicar la novela a toda costa. Sin embargo, evitaría enviar su manuscrito a cualquier editorial en la creencia de que todavía podía ejercer algún dominio sobre la trama. Entonces aprovechaba los actos culturales y las presentaciones de libros para atraer la atención de algún oscuro editor, de esos que publican grimorios y manuales de alquimia, un hombre aventurero, sin duda, pero alejado de las listas de ventas y alrededor de cuya sombra suelen rondar al acecho los inspectores de Hacienda. Cada día en el universo que había creado se generaba una pequeña revolución mientras la línea argumental y el desarrollo mantenían una feroz lucha. A veces percibía cómo un hilo de sangre recorría el lomo de la burda encuadernación; en otras ocasiones se podía oír el lejano rumor de un duelo, y en tantas otras, la pasión suscitada por sus personajes era tan desmesurada que hacía imposible culminar cualquier empresa. Un día conoció a un bibliófilo cuyo desaforado interés por los libros y las literaturas laterales lo había llevado a organizar el Primer Encuentro de Escritores Sin Rumbo. Después de leer las diez primeras páginas de su novela, el librero quedó entusiasmado por la vitalidad contextual de su relato. -No se hable más. Puedo ponerlo en circulación inmediatamente -afirmó con toda seguridad. Vinieron luego noches de aquiescencias, de retoques hasta altas horas de la madrugada y, por fin una tarde, también lluviosa, se acercó a la librería y entregó su obra definitiva al librero. -Se lo le ruego que lo saque a la luz bajo seudónimo -dijo el autor. Después de aquello, el hombre aparcó por algún tiempo su espíritu creativo. Se entregó a sus habituales ocupaciones, viajó por todo el país, acudió a fiestas que ya había olvidado, volvió a vivir la realidad de la que tan alejado había estado. Tal vez fuera probable que en la vida de las gentes que estaba ahora conociendo se fraguasen historias como la que él había vivido, “pero era tan improbable” -pensaba. Varios meses más tarde, cuando su biblioteca se había cubierto por una capa de polvo, recibió una carta. La remitía una Asociación Cultural y le informaban que habían seleccionado su obra como finalista en las Justas Literarias. Ante su desconcierto revolvió papeles, cartas, relatos... No recordaba cuándo había enviado algún trabajo a aquel premio. Después de varias horas desistió. Fueron tantas veces las que decidió probar suerte en algún premio que ya había perdido la cuenta. Bien -pensó-, tampoco es tan extraño, al fin y al cabo mi esfuerzo ha sido recompensado. El organizador del premio le informó que la selección había durado varios meses y que ahora -a mediados de diciembre- se organizaba una cena con asistencia de los ganadores. -¡Enhorabuena, amigo! Le ruego encarecidamente que acuda a recoger su premio -le dijo el organizador. El acto se celebraba en un lugar muy agradable. Todo el mundo parecía conocerse. Desde una esquina próxima observó cómo los asistentes comenzaban a entrar. Se echó mano al bolsillo de la chaqueta y tanteó la invitación en su interior. “Bueno -se dijo- voy a entrar en la sin par historia de los premios literarios”. Todo sucedió muy deprisa. Apenas se había acomodado cuando sonó su nombre ahogado por los aplausos de los asistentes. “Primer premio en las Justas Literarias...” no terminó de leer el diploma acreditativo cuando se acercó un oficial de policía. -Queda usted detenido por el asesinato del librero de la calle Barceló -dijo secamente el oficial-. Esta es la orden de busca y captura -añadió. Al momento se formó un revuelo en la sala. Al oficial le acompañaban dos agentes que daban muestras de satisfacción. Antes de que pudiera pronunciar una palabra ya lo habían esposado. El camino hacia la salida se le hizo eterno. Todo el mundo lo miraba con desconfianza. Ya a punto de cruzar la puerta, alguien se acercó. -Disculpen, caballeros, el autor se olvida el diploma. El hombre lo miró a los ojos y se estremeció profundamente. Aquella cara la había visto antes. No había duda. Aquel individuo era el personaje de su novela que habiendo tomado vida, logró escapar de las garras del viejo librero. -Y no olviden que este diploma es la prueba concluyente -añadió. A. Polo - Sirmione 2001 (Italia) |
© ANTONIO POLO. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. Relatos "Perder a la familia" (2006) y "El frigorifico" (2007) en selección del Premio Patricia Sánchez Cuevas. |
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