Me asomo a la ventana. Miro el cielo
encapotado y -por común- hoy triste:
La tarde transeúnte que nos viste
las horas con su ajado violonchelo.
Se hace tarde esta tarde sin consuelo,
sin ti, sin rumbo su ecuación no cabe:
Este mundo no existe, ya lo sabe
mi mano sin la entrega de su pelo.
.
En el reflejo del arcén me avala
mi propia imagen que me mira ausente,
sus pies que cruzan y me pisan. Cala
la lluvia, sangre ajena o decadente
sobre el capó de un coche, o bajo el ala
de un pájaro sin vuelo. Es suficiente.