Guerracivilismo
por Gonzalo Grandes


Es él, el muy cabrón. Has olvidado su nombre de pila, pero recuerdas sin dificultad la aberración que desde siempre se te antojó el hecho de que llevase el mismo apellido que Antonio y Manuel, como les llamaba tu padre. Ese es el hijo de puta del Machado.

Mírale, pero mírale bien y asegúrate de que es él. No hay duda; avejentado, canijo y escurrido, continúa exhibiendo el mismo gesto desapacible, a la vez arrogante e insolente, con que parecía contemplar la vida, allá en los tiempos del colegio. Ni su barriga incipiente ni su corta estatura parecen haber registrado grandes cambios, pero la cabeza, esa testa injustamente huérfana de unos merecidísimos cuernos luciferinos, no es la misma, tan poblada de manchas, pobre de cabello y vencida hacia adelante. Pero no te precipites y prolonga el examen, porque parece que estás de suerte; la barba rala y suspendidos los mofletes, conserva sin embargo unas patillas lo bastante frondosas como para que sus cumplidos de antaño puedan ser correspondidos. ¿A qué esperas, entonces? ¿O es que crees que vas disponer de muchas oportunidades como esta? ¡Vamos, hazlo, no pierdas un segundo!

¿Pero qué escrúpulo barato te atormenta y te retiene, infeliz? ¿Qué desvarío insinúa que si lo hicieras incurrirías en una ignominia o en un abuso repugnante y comenzarías a apestar a azufre, tú también? ¿Qué ha sido de aquel joven resuelto que se ufanaba de proclamar que había que limpiar el mundo de mala gente por las bravas ya que por las buenas resultaba imposible? Estamos hablando del Machado, chaval; no de una persona normal y corriente con un mal día o unas copas de más. No había nada bueno en él, ningún indicio de fragilidad, humanidad o conmiseración. Tiene gracia que seas precisamente tú el que ande preguntándose por la clase de satisfacción que te depararía un resarcimiento que a estas alturas podríamos calificar como anacrónico. Ocurre que no tienes cojones, y no hay más.

¿Cómo que tampoco puede afirmarse que su gruesa ironía o sus tirones de los pelos de las patillas te ocasionasen trauma alguno o te procurasen una humillación insoportable? ¿Y qué tiene que ver que fueran las patillas de los más antes que las de los menos las que se entretuvo mancillando sin piedad? ¿Acaso piensas que estamos contemplando la posibilidad de ejecutar una venganza innecesaria o rastrera? Es un acto de justicia natural lo que te propongo, lo que te exijo, lo que te conmino a culminar de inmediato.

Sírvete de las máximas o de los refranes que prefieras, alude a la inmortalidad de la mala hierba o a la eficacia con que prospera el regreso de la cabra al monte. Refina, si así lo quieres, tus argumentos o los epítetos que mejor le definan, trata de escapar de ti mismo. Nunca lo conseguirás, porque sabes que el Machado siempre fue una mala persona, y era mucho más capullo que ningún otro -¡y mira que era chulo el Prieto, y cruel, y mala gente!-, aunque no tenía porqué. Precisamente porque no tenía ninguna necesidad de serlo. El Prieto o el “Fifí” eran profesores de matemáticas, lo que por sí solo bastaría para explicar su ausencia de misericordia, pero el Machado... el Machado no era más que un profesor de dibujo -una de las marías, casi una anécdota, una de esas asignaturas a cuyo suspenso otorgaban los padres una importancia decididamente menor y cuya consecuencia se agotaba en un perezoso fruncimiento del ceño-, lo que jamás le impidió ser el campeón de los cabrones.

Aguarda, se detiene y entra en el Vip’s de Serrano. ¿Qué vas a hacer, maricona? ¿Te quedas a esperarlo ahí afuera o continúas de largo y que le den dos duros? ¡Qué dispendio, qué altura moral te arrogarías entones! ¿eh, fantoche? Lo malo -o lo bueno, según se mire- es que no tienes prisa y puedes esperar. Tómate tu tiempo, todo el que necesites. ¿Cómo que esperar a qué? ¿Y cómo que en qué tonterías estás pensando? “No me jodas, Grandes, no me jodas; que nos conocemos” han venido repitiéndote unos cuantos machados a lo largo de tu vida. Desconfiados, tiesos, encantados de haberse conocido. Ignorantes. Vale, tienes casi cuarenta años, un porrón de hijos e infinidad de cosas mucho más importantes que hacer antes que dedicarte a tirar de las patillas a un carcamal. ¿Y qué? ¿Qué pretendes decirme con eso? ¿O ahora va a resultar que te has convertido en un tipo satisfecho de ti mismo, de esos que tanto te repugnaban? No me jodas, Grandes, no me jodas -te digo yo, aunque no sea uno de ellos, aunque me repugne servirme de uno de sus timitos- que nos conocemos.

Te has representado una escena como esta tantas veces que ya presientes que si no lo haces te arrepentirás para el resto de tu vida. Y ya estás harto de cargar con tanto remordimiento y tanto error; con tantas palabras calladas, dichas o a medio decir; con esa aprensión grotesca que te ha convertido en un picapleitos de mierda. La vida es algunas veces injusta, manifestaban algunos de tus profesores cuando la arbitrariedad llamaba a la puerta... ¡pues concede una oportunidad a su facundia e invierte la tendencia de una vez! ¿No recuerdas que alguien te aseguró que al Machado le tocó la lotería y se largó del colegio a vivir de las rentas? ¡Pues recuérdale lo injusta que es a veces la vida, refréscale la memoria para que aprenda a no confiarse, y dale su merecido de una santa vez! Desde luego, eso del azar tiene su guasa, porque mira que habría gente necesitada de un poquito de suerte como para que fuese y le tocase la lotería a un perro como ese... ¡Es un acto de justicia natural, te repito, y en ningún caso una vulgar revancha!

Yo también guardo un buen recuerdo del colegio, chico. ¿O qué crees, que no tengo sentimientos? Claro que no resultaba tan dramático que hubiese profesores que de repente te soltaran un guantazo -así, de frente, o de refilón, como si se sintiesen Mc Enroe ejecutando un revés demoledor en la red-, o profesoras que te dieran un capón con una sortija o energúmenos que te estamparan en donde pudieran lo primero que encontraran a mano -una tiza, un borrador, el mechero o incluso un libro-, pero convendrás conmigo en que había que ser muy perverso para subir a un alumno a la tarima, aprisionar su patilla entre el dedo gordo y el anverso del dedo índice, arrearle un tirón severo y dejar caer lentamente los pelos arrancados; así, contándolos y numerándolos en voz alta, sonriendo mientras descendían hasta el suelo ejecutando un vals despacioso, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, su Ducados -que por eso creo yo que fumas rubio, porque no puedes dejar de asociar el tabaco negro a la nauseabunda imagen del Machado- bailoteando en las comisuras de unos labios venenosos y guarecidos tras la espesa selva de su barba. Claro que nosotros tampoco éramos angelitos y se lo hacíamos pasar mal a cuantos profesores nos lo permitían. Pero nosotros éramos un chiquillos. Y además, nosotros cobrábamos abnegadamente cuando nos pasábamos de la raya. Pero es que con el Machado no existían límites que sobrepasar, porque ni la aptitud ni el esfuerzo ni el comportamiento resultaban extremos decisivos para él, en ningún sentido. Los malos creen disponer de todas las excusas, por eso son tan malos. Y aquella chusma con barbas y apellido literario ignoraba cualquier significado de la compasión, de la caridad cristiana o de la empatía, y arrancaba los pelos de las patillas en cualquier caso; poco importaba que te hubiese pillado hablando en clase, te hubiera sorprendido en un renuncio en el patio o simplemente hubieras osado presentarle un lámina deficiente.

Las láminas de dibujo técnico. Cuando ibas a comprarlas a la papelería del colegio, en el recreo de la mañana, te las ingeniabas para que no te acompañase ningún amigo porque, frente a la unidad que necesitaba la casi totalidad de la clase para realizar el ejercicio de rigor, cargabas tú con la vergüenza de tener que adquirir no menos de diez láminas, y aún lo hacías temeroso de poder quedarte corto. El dibujo técnico fue desde siempre un suplicio para ti; recuerda cuánto odiabas los rotring, y las escuadras y los cartabones, y las antipáticas formas geométricas, tan frías y consumidas y perfectas, y la perspectiva caballera, y los indómitos cartuchos de tinta, y las yemas de los dedos siempre sucias, y las cuchillas de afeitar con que intentabas remediar los rutinarios desaguisados que provocabas sin excepción al empeñarte en apoyar la punta inclinada del rotring en el espacio mínimo y existente entre el filo de la regla y la superficie de la lámina DIN A-4. ¡Cabezón, que siempre has sido un cabezón, y un atontado, y un quisquilloso y un tiquismiquis más que soberbio...! ¿Qué fuerza oculta, quién te impedía dejar de hacer las cosas mal? ¡Mira que te hubiera resultado sencillo dejar de sesgar la punta del rotring, como si quisieras hurgar bajo la superficie de la regla, para limitarte a disponerlo en paralelo a su canto y ahorrarte tantos borrones, tantos suspensos y tantos malos tragos! Pero, acabáramos, el niño no podía sustraerse a ese altivo y erróneo prurito de perfección que desde siempre ha caracterizado a los suyos. El genio de los Grandes.

Había algo dentro de ti que, desde pequeño, te obligaba a perseguir una excelencia imposible y absurda, que es la única que eres capaz de concebir. Y claro, esa propensión a tan particular y estéril perfección -esa puta y estúpida manía que tenéis de pretender pasear vuestros cojones por el sol, para expresarlo con precisión distinta y, si bien ordinaria, mucho más categórica- resultaba a la postre tan obtusa que ahí te las veías tú, sofocado, casi agonizante y habiendo malgastado nada más y nada menos que las diez láminas compradas a costa de la integridad de tu paguilla semanal, telefoneando descorazonado a José María, o a Pedro, o a Alfonso, con la vana esperanza de que tuviesen a mano alguna lámina en la que se hubiesen salido o equivocado un poco, o algún borrador, o lo que fuera, que pudiera conducirte al cinco raspadillo o, cuando menos, a un cuatro aseado. Pero no, querido, recuerda que la mayoría de las veces ellos no habían necesitado más que de la primera y única lámina para hacer el ejercicio. Entonces tú ya sabías lo que te aguardaba al día siguiente, aunque ahora parezcas capaz de olvidar tan fácilmente.

De entre todas las frases sardónicas y pretendidamente ingeniosas con que aquel miserable recompensaba tu cotidiana torpeza, recuerdas dos con especial rencor. Porque en lugar de limitarse a celebrar tus ceros peloteros melodiosamente, como hubiera hecho el Prieto -que acostumbraba a cantar como un tenor el dónut administrado, que más adelante podía convertirse en una bicicleta, y luego en un triciclo, y más tarde un minikart y finalmente en un trailer, en función de los ceros, perfectamente redondos, que cosechabais los jóvenes de letras en clase de matemáticas-; el Machado entonaba tus ceros, y tus unos, y tus doses y tus treses y medio con un desprecio más cansino que soberano y sin apenas prestarte la menor atención, casi con languidez, después de haberse pronunciado en términos tan desagradables -e hilarantes para el resto de la clase- como los que siguen: “Grandes ¿usted hace las láminas con los rotring o con los dedos?” o “Grandes, hágame el favor de no comer bocadillos de chorizo mientras hace las láminas, que luego me deja las marcas de los dedos llenos de grasa en estas basuras de ejercicios que no sé cómo tiene la desfachatez de presentar”. Eso era lo que más dolía; ese desdén con que te convertía en una causa perdida y sin remedio, pero que sin embargo no era bastante como para que aquel mal nacido dejase pasar la oportunidad de mofarse de ti. Y no era lo peor que entre las opíparas merendolas que te metías entre pecho y espalda se encontrasen efectivamente los bocadillos de chorizo, sino la conciencia de que siempre intentabas hacerlo bien, aunque el resultado final desdijera sin excepción la virtualidad de tu propósito. Total, los pelos de las patillas que te arrancaba ese perro te provocaban un dolor intenso pero efímero, pero las vejaciones públicas que perseguían sus improperios, esa ausencia total de categoría, esa burla ruin y elemental..., esas se hundían en tu vehemente orgullo como las garras de un águila en un pedazo de carme tierna, y su dolor puntiagudo se multiplicaba hasta el infinito. Claro que todo aquello es lo que hoy podríamos denominar como agua pasada, ¿no es cierto? ¿O no es eso lo que pretende insinuar ese rictus nostálgico y a la vez consolador con que guardas silencio?

Sí, cagueta de tres al cuarto, ya estás sirviéndote de la melancolía para tratar de hacerme enmudecer. Supongo que a continuación te remitirás a los cocidos de los sábados, o a la paella de los domingos o a los picatostes que freía tu madre para que acompañaran al café. Siempre andas en la luna, Grandes, a vueltas con el pasado y con lo que fue o pudo haber sido. ¡A ver si iba a tener razón ese capullo y nunca vas a dejar de escribir los toscos renglones de tu vida con los dedos manchados de tinta o de grasa!

Pero mírale, ahí está otra vez. Vuestras miradas se han cruzado y no te ha reconocido, el muy gilipollas. Aunque es normal; no creo que diera clase de dibujo a menos de dos mil alumnos. Mira qué despacio camina, el indeseable. ¿Te cuesta andar, eh, hijo de puta? ¡Espero que tengas jodidas el mayor número posible de articulaciones! Claro que aquí tengo a un mamarracho, muy parecido a mí, que parece inclinarse por alguna de esas sentencias vulgares, televisivas y tautológicas que establecen que lo que está pasado, pasado está. ¡Y una mierda! Joder... ¡pues no estoy nerviosísimo! Me siento, salvando las distancias y con el debido respeto, como el antiguo preso de un campo de extermino que se cruza con su verdugo.

¿Que no diga burradas? Bueno, vale, seguro que estoy exagerando..., pero digo yo que el sentimiento, aún incomparable, podrá parecerse un poco. ¿Qué se yo? Claro que, bien mirado, también puede que tengas tu parte de razón y que si ellos fueron capaces de mantener la calma, y las formas, y la cabeza lo bastante fría como para no masacrar a quienes pretendieron aniquilarlos, lo menos que quepa esperar de ti sea la capacidad de sustraerte a este bárbaro afán de desquite que vengo alentando desde hace rato. Tal vez estés en lo cierto y sea esa la mejor manera de demostrar el respeto que sientes por ti mismo como ser humano... ¡Y ya has echado a perder la función, aguafiestas, que mira que te gusta dar la vuelta a la tortilla y hacerme sentir culpable! No, si en el fondo va a resultar que eres un buen tipo y todo.

¿Qué? ¿Cómo que no hay dios que me entienda? ¿Cómo que no venga ahora a tocarte los cojones con mis escrúpulos y que no hay derecho a que lleve un cuarto de hora poniéndote la cabeza como un bombo para acabar rajándome? Pero ¿de qué hay que rajarse, animal? ¿Es que hacíamos otra cosa que entretenernos, que divagar? ¡Si has sido tú el que ha reventado el pasatiempo, cuando has reprendido mi alusión al campo de exterminio! Lo único que yo digo es que... no sé, quizás no fuera para tanto, después de todo. Te va más o menos bien en la vida, ¿no? Entonces puede que ni el Machado ni todos los machados del mundo lleguen a pesar tanto como una vez creímos.

No, no estoy tratando de dar marcha atrás, no tergiverses mis palabras ni confundas mis propósitos. He dicho las barbaridades que he dicho, pero ocurre que ya sabes lo bocazas que soy. Y que tienes toda la razón. ¿Cómo que tú no has dicho nada? ¿Y qué hay de tus expresiones y de tus silencios? No hay secretos entre nosotros, no lo olvides. Te repito que nos conocemos.

¿Cómo que le mire otra vez, desde cuando eres tú quien da las órdenes? Vale, vale, ya lo hago; no te sulfures. Está estudiando el escaparate de una tienda de arte que exhibe unos lienzos hermosísimos. Es curioso, ¿recuerdas cuánto odiabas el dibujo técnico, y qué bien se te daba, sin embargo, el dibujo artístico? Imagino que para pintar resultan imprescindibles determinadas nociones técnicas relacionadas con los volúmenes, la luz o la perspectiva, pero es que cuando a ti te dio clase el Machado querías ser poeta y no pintor. Dibujar caricaturas, paisajes o cualquier cosa con el lápiz o el bolígrafo es algo para lo que desde pequeño gozaste de un don innato, que no obstante se esfumaba cuando de aplicar la cruda lógica de la escuadra y el cartabón se trataba. Y a la hora del dibujo técnico, la lógica, y diría yo que incluso las matemáticas, resultan imprescindibles. Pero tú dibujabas por puro instinto -lo que por aquél entonces calificabas ya como una indiscutible predisposición al humanismo- y fiado al instinto, obtenías unos resultados más que aceptables. De hecho, se dio la paradoja de que, el año en que el Machado te suspendió la asignatura de dibujo para septiembre, contabas con tres insuficientes o muy deficientes y un sobresaliente que obtuviste en la tercera evaluación -la única que no se nutrió exclusivamente de dibujo técnico- y que condujo tu reproducción en témpera de la “Cabeza humana” de Picasso a la exposición de final de curso en la secretaría del centro. ¡Qué cosas tiene la vida, a septiembre con un sobresaliente! ¿No es gracioso? ¿A que lo es? ¿Y si eres capaz de recordar ese extremo exhibiendo una sonrisa, no podrías esbozar otra y consentir que el pobre vejestorio siguiera su camino tranquilo -que estás empezando a ponerme nervioso, que te estoy viendo venir-? Si no hablaba en serio, hombre... ¿o es que no sabes cómo soy y lo poco que me cuesta arrepentirme de mis excesos?

¿Cómo que te tengo hasta los huevos? ¿Cómo que vas a cortarme el micrófono para que no continúe jodiéndote la marrana? ¡Pero si no puedes hacerlo, querido cónsul! ¡Si tú y yo somos una misma cosa! ¡Es del mismo jardín del que tenemos que cuidar, tú y yo!

Ya callo, ya. Y ya observo. No te enciendas, que no es para tanto. Parece que continúa su camino..., pero ¿qué hace el tío éste? ¿Pues no viene hacia ti? Ahora sólo faltaba que, después de todo el tiempo que hemos perdido a lo largo de la mañana, te saliese con algo así como “Grandes, no tenga usted tan malos pensamientos”. Nada, nada; no me hagas ni caso. Tú mantén la calma y déjalo estar. ¿Que si tienes hora? -Dásela y sigue de largo; recuerda que estás muy por encima de tipejos como él- Cómo no, capullo; son las doce y veinticinco del mediodía, pero es también la hora de mi venganza. Verá, yo tengo treinta y nueve años y usted ya no cumple los sesenta y cinco; yo ahora mido casi dos metros y usted continua siendo un puto enano, sólo que ahora un poco más encorvado y achacoso; yo tengo fuerza bastante como para levantarle del suelo tirando de una de sus patillas y usted necesitaría de una banqueta para llegar a darme un cachete -¡Ves cómo no puedo dejarte solo, ves como por ahí vamos mal! Pero no pienses esas cosas, hombre, que no es momento de...- “Es la una y veinte pero, perdone ¿no era usted profesor de dibujo en el colegio San José del Parque, hará unos veintitantos años?”. ¿Duda, eh, tío mierda? ¿A ver dónde están ahora su fina ironía y su mal vino? ¿O es que sin el cigarrito entre los labios y sin tener enfrente a un pobre chaval no somos tan machotes, ni tenemos tan mala leche, ni nos importan un pepino los sentimientos del destinatario de nuestras vejatorias metáforas? -¿Pero no has visto cómo ha sonreído, el infeliz, al contestar afirmativamente...?- “Ya sabía yo que sí lo era, aunque es normal que no se acuerde de mí; así, trajeado y encorbatado de arriba abajo como voy, mucho más alto y más delgado, convertido en un hombre hecho y derecho gracias a su magisterio y al del resto de profesores. Y, dígame ¿sigue teniendo alguna relación con el colegio? ¿No? ¿Así que era cierto que le tocó la lotería?” -¿Y a qué ha venido eso, tío retorcido, qué necesidad, qué oscuro y mafioso placer insinúa la necesidad de que se confíe...- Pues hay otra cosa que ha cambiado y no he mencionado antes; verá, aunque probablemente yo antes era un buen chico y usted era ya un hijo de puta, en este momento acabo de convertirme en un hijo de puta tan grande como lo era usted y, mire, mire la cara de mala bestia que también yo soy capaz de poner ahora, mire cómo le cojo de la patilla y, todavía sin tirar, le llamo por su nombre y apellidos. “Qué hijo de puta eres, Machado” -No hombre, no, no te rindas ¿no ves cómo yo sigo aquí y puedo controlarme? ¿Qué te costaría hacer lo mismo?- ¿Qué cree? ¿Qué no seré capaz de hacerle una cosa así a un abuelete o que me conformaré con la satisfacción de no ponerme a su altura? No sé, no sé, señor Machado, porque, total, usted siempre decía que aquella práctica carecía de importancia. “Pero, hombre, no griten tanto, que no les estoy matando, sólo estoy arreglándoles el pelo” se ufanaba. -¡Suéltale, animal, que vas a hacerle daño! ¡Ya está bien de tonterías! ¿No entiendes que era a la vida y no a él a la que tratábamos de ajustar las cuentas?- ¿No era algo parecido a eso lo que nos decía usted? Pues, mire usted por dónde, tampoco yo voy a matarle, sino tan sólo a atusarle esas patillas de cabronazo que conserva a duras penas. No creo que tenga que explicarle el mecanismo, de modo que lo mejor será que deje de dar esos saltitos ridículos y suelte la muñeca ejecutora que trata de retener patéticamente. ¡Resígnese con un poco de gallardía, que no se diga! ¿Preparado? ¡Pues ahí va! ¿A ver cuántos hemos conseguido? Sólo cinco pelos, no está mal, teniendo en cuenta el poco cabello que le queda. “!Ahí te quedas, hijo de puta, que no sabes el gusto que acabas de proporcionarme! ¡Ah, y por cierto, deja de babear un cerdo, que no he hecho otra cosa que arreglarte el pelo! ¡Ni que te murieses de ganas de comerte un bocadillo de chorizo!”.

¡Estarás orgulloso! ¡Parece mentira! Me avergüenzo de ti, chico, qué quieres que te diga... ¿Has tratado de ponerte en su lugar, en algún momento? ¿De verdad pretendes convencerme de que esta es otra historia de buenos y malos? ¿Y quiénes le pincharon las ruedas al coche del Prieto? ¿Y quiénes proclamaban a los cuatro vientos que el “Fifí” era maricón? ¿Y quiénes embadurnaban de tinta y témpera las chaquetas del hermano Valeriano? ¿Y quiénes hacían llorar en clase al hermano Pedro Luis? ¿Y quienes escribían en la pizarra que doña Esmeralda era una puta o en las paredes del colegio que al Mariano le faltaba un huevo? ¿Y quién sabe qué pudieron hacerle al mismísimo Machado? ¿Y quiénes abusaban de otros compañeros más débiles? ¿Y quién sabe cuándo, cómo empezó todo aquello? ¿O cuánto les debes a ellos, que al fin y al cabo te educaron? ¿Cómo que nada de eso tiene que ver con lo que estamos hablando? ¿No te gusta escuchar lo que digo, eh? ¡Ni se te ocurra amenazar con desenchufarme, porque no he terminado! ¿Y quiénes.................................................................................?

El Machado, cuyo nombre de pila continúo ignorando, aturdido todavía, ha encajado su punición con pasmo y un gemido apenas audible, antes de que yo dé media vuelta y, ante la mirada estupefacta de una señora -sin duda sorprendida por la absoluta falta de correlación existente entre mi incalificable proceder y mi elegante indumentaria- y los tímidos reproches del encargado de un quiosco, me cruce a la acera de enfrente a toda velocidad -más nervioso por la posible aparición de cualquier responsable del orden público que abochornado por cuanto acaba de ocurrir-, detenga un taxi a gritos y, una vez en su interior, sonría para mis adentros, lamentando haber incurrido en una acción que, llenándome de gozo y rebosando justicia por los cuatro costados, no podré relatar en casa ni a mi mujer ni a mis hijos. No escucho ninguna voz, ya; aunque estoy seguro de que volveré a hacerlo en poco tiempo. Lo único que me pesa es que, extraño a este tipo de conductas y raudo como me he apresurado a poner los pies en polvorosa -un poco cobardica sí que he estado, esa es la verdad-, no he conseguido registrar la expresión concreta de su rostro después del escarmiento. Pero ya me la referirá, ya, ese cenizo al que he conseguido desconectar y pugna por volver a abrir el pico. Y cuando lo haga, será, como siempre, para revelarme una anécdota mucho más truculenta de la que he protagonizado en realidad. Y más trágica. Y más sucia. Pero ya nos conocemos, el cenizo y yo. Tratará de atormentarme por unos días y luego conseguiré olvidarlo todo sin esfuerzo. O, si me cuesta algún trabajo, me serviré de un montón de excusas con que poder justificarme. O simplemente conseguiré distorsionar las realidad de las cosas y me confeccionaré otra nueva, a mi exclusivo gusto y a medida de mis recuerdos y mis sentimientos, que terminaran por desvirtuarlo todo hasta procurarme un consuelo plano pero confortable.

Total, el cenizo y yo vamos y venimos del mismo jardín al que ha aludido hace un rato. Es un jardín hermoso y feo al mismo tiempo, pero es de ambos, de eso no cabe duda. Como tampoco de que en él tiene imposible cabida el olvido, por lo visto. Es una pena, aunque... supongo que nuestro jardín no es muy distinto a los del resto. Y que así funcionan las cosas en todos lados. Y que la vida es algunas veces injusta. De modo que, bien mirado... ¡que se joda el Machado, por hijo puta, que poco castigo ha recibido para el mucho que merecía! ¡Y que, si no el malo, era desde luego el menos bueno! ¿No era una cuestión de justicia natural, la de ajustarle las cuentas? ¡Tampoco es que le haya propinado una paliza mortal, qué coño; no he hecho más que devolverle una dosis precisa de su propia medicina! No, decididamente no creo que persuadir al cenizo de lo ajustado de mi reacción me cueste algún trabajo.

No tengo más remedio que pensar en estos términos, a estas alturas. Ni ganas de hacerlo de otra manera, tampoco.
El taxista, ajeno a mis disquisiciones, sube el volumen de la radio y sintoniza una emisora en el curso de cuya tertulia política de turno alguien apunta que se le antoja peligrosísimo despertar el espíritu preguerracivilista -ese es el término con que se expresa- y establecer una clasificación entre los buenos y los malos, a lo que otro aduce que, a su juicio, la cosa no tiene remedio, porque éste es un país cainita por naturaleza donde nadie es capaz ni parece dispuesto a superar el pasado.

Telefoneo a mi casa, ¿qué hay para comer? ¿Cocido? Eso es magnífico, tardaré unos diez minutos. Por favor, que, en lugar de fideos, le echen arroz a la sopa, como cuando era pequeño y todos los sábados mi madre depositaba sobre la mesa una sopera rebosante de sopa de arroz y otra de sopa de fideos, y yo siempre elegía la primera, y me ponía morado de sopa, y de garbanzos, y de gallina, y de chorizo, apurando aquellos minutos de glorioso placer, antes de comenzar a pelearme con la enésima lámina de dibujo técnico.

© Gonzalo Grandes

 

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