Mi primer cigarro
por Luis García Montero



ilustración de P.Díaz Del Castillo

 

A Manuel Grandes

No sé cuando voy a dejar de fumar. Recuerdo muy bien mi primer cigarro, la mano temblorosa y la inquietud que me quemaba en el pecho antes incluso de que entrara el humo, pero soy incapaz de imaginar, de inventarme la situación en la que me fumaré el último. Por lo visto hay que ponerle día y hora al último cigarro. Los trucos para dejar de fumar, los parches, las pastillas de nicotina, valen de poco si uno no pone fecha al último cigarro. Eso es lo que me aconseja Edu. Mira, Luis, mañana después de comer, te tomas una copa, enciendes un cigarro, te lo fumas tranquilamente, tiras la colilla a la basura y dices que es tu último cigarro. Después sólo hace falta aguantar, una hora, una tarde, un día más, repitiendo una y otra vez en tu cabeza que ya te has fumado el último cigarro, y así hasta que se te olvide.

El problema ahora no es dejar de fumar, sino imaginarme el día y la hora del último cigarro. Consigo imaginarme los momentos heroicos de la resistencia, la angustia sofocada después de una comida, o de una copa, o de un polvo. Consigo verme a mí mismo trabajando sin un cenicero y un paquete de tabaco al lado. Llego al difícil convencimiento de que es posible concentrarse sin un cigarro encendido, que el gesto mecánico de coger el mechero y dar la primera calada no es imprescindible para calmar el mundo exterior y mantener el hilo de las meditaciones, la rutina interior que se despliega como un ovillo, y saca las cosas hacia fuera, y las deja poco a poco en su sitio. Lo que no puedo imaginarme es la dichosa escena en la que encenderé un cigarro, fumaré tranquilamente y luego diré, me diré, comentaré con alguien que es el último, que no voy a encender jamás otro. Edu dice que yo fumo para expulsar lo que tengo escondido en los pulmones, que a mí no me gusta aspirar el humo, sino expulsarlo. Y es verdad, el día que deje de fumar se me encharcarán los pulmones con todo lo que tengo dentro, no podré echar afuera el humo que sale por mi boca cuando enciendo un cigarro. Por eso no le doy la razón a las radiografías, ni al aparato de la tensión, ni al resultado de los análisis que tiemblan en las manos de Edu como el aviso de una catástrofe que está apunto de producirse.

- La verdad, Luis, es que estás haciendo el idiota. Deberías cuidarte más, llevar una vida un poco más tranquila, dejarte de tonterías.

Yo digo que sí, que es verdad, que de este mes no pasa, y pregunto por Carmen y por las niñas para cambiar de conversación. Las niñas son ya unas mujeres. Elvirita hace cuarto de medicina, quiere ser médico como su padre, y tiene novio formal, un hijo de Antonio García Pelayo, el notario de la Gran Vía. Sonsoles carece de tiempo para novios, estudia una carrera nueva, una mezcla de Derecho y Empresariales, se pasa las horas en la facultad o devorando apuntes y manuales en su habitación. Alfonso Jiménez Villar dice que hay posibilidades de que se quede en su Departamento. Y Carmen sigue como siempre, tan guapa, tan feliz como siempre, algo cansada de la tienda. Pero le pasa con la tienda lo mismo que a mí con el tabaco. Repite una y otra vez que va a dejar la tienda, que va a ponerlo todo en manos de la encargada, y después es incapaz de quedarse quieta, que si los trajes de primavera, que si la campaña de otoño, que si me voy a la Pasarela Cibeles, que si tengo que ir a Orense a hablar con un modisto... Nadie puede sospechar lo que sería la moda de la ciudad, el pozo en el que iba a hundirse, sin Carmen. Edu se ríe:

- Claro que contigo no importa, llevas todavía la camisa por fuera y los pantalones caídos, como si tuvieses doce años.

Edu es el hermano pequeño de mi madre, aunque tiene casi mi misma edad, año y medio mayor que yo. Los hermanos parecéis vosotros dos, decían mi madre y mi abuela cada vez que salíamos de tiendas para comprarnos el mismo jersey, los mismos pantalones o los mismos zapatos. A mí las cosas me duraban mucho, no por que las cuidara, que siempre he sido un desastre, sino porque lo comprábamos todo doble, y yo heredaba las cosas de Edu cuando se le quedaban pequeñas. Tenía jerseys y pantalones iguales, los mismos azules, amarillos, verdes y grises para dos años. Más que tío y sobrino, éramos hermanos, porque me encantaba pasar el día en casa de mi abuela, jugar con los coches y lo soldados de Edu, quedarme a dormir, desayunar los churros y los bollos suizos que traía Eduvigis de la plaza de Bibarrambla, subir a la terraza y a los tejados de las casas vecinas para ver por detrás el reloj del Ayuntamiento. Edu habla como un hermano, o como un amigo de la infancia, cuando me dice que debo dejar de fumar y me aconseja que cambie de vida. No esgrime sólo la autoridad de una bata de médico, utiliza y asume el cariño cómplice de alguien que me quiere, me conoce y sabe lo que me conviene.

- Estás haciendo últimamente muchas tonterías, no sé que interés tienes en complicarte la vida. Deja de fumar… Céntrate, dedícate a tus libros.

Mis abuelos maternos vivían en la calle Lepanto, muy cerca de la Plaza del Carmen y de la calle Reyes. Por la mañana nos despertaban el piano de mi abuelo y los ruidos de ciudad antigua, las campanas de la iglesia de San Matías o del reloj del Ayuntamiento, el temblor metálico de las ruedas de los tranvías, los gritos de la gente que iba al mercado o subía las persianas de un comercio. No tardaba yo en sumarme con Edu al ir y venir de la ciudad, las calles eran un campo de juego, una extensión de la casa que se dejaba caer escaleras abajo hasta la carbonería de Anita y el cuartel de la Cruz Roja. Éramos también los dueños de las alturas, de las posibilidades infinitas que nos deparaba el fregadero de la torre. Cuando no había ropa tendida, la terraza daba para todo. Lo mismo cabía un circuito de velocidad que un campo de fútbol. Las sábanas nos obligaban a cambiar el rumbo de los juegos y el sol se derramaba entonces sobre una selva blanca llena de rincones y humedades. Costaba poco cambiar nuestro corazón de deportistas por un papel de aventureros, o de soldados en una guerra tropical, o de espías en un laberinto.

Las tapias de la torre, blancas y fáciles del saltar, nos ayudaban a extender las aventuras hacia los tejados. Bastaba con ponerse a caballo sobre la tapia pequeña, subir desde allí a la tapia grande y encaramarse luego al tejado de la casa vecina. Después sólo había que tener cuidado de no resbalar y escoger los caminos más seguros, lejos de los abismos de las calles y los patios interiores. Los tejados desembocaban en terrazas y formaban pequeños descansillos, rincones de suelo plano en los que podíamos esconder tesoros o mirar la ciudad, que se extendía desprevenida y extraña ante nuestros ojos. Al esconder cualquier cosa entre las tejas, una libreta, una fotografía, un coche, un caballo, el territorio conquistado se convertía en propiedad particular, un lugar en el que se podía acampar, dejando tranquilamente que el tiempo pasara cerca de las nubes. El tiempo pasaba además de espaldas en aquellos tejados, ya que delante de nosotros se levantaba la parte trasera del reloj del Ayuntamiento. Viajar por el tiempo se convirtió en un juego, en otra manera de ir y venir por los tejados. Ya no éramos cazadores, o detectives, o náufragos. Éramos nosotros mismos, Edu y Luis, avanzando o retrocediendo en el reloj, muy serios a la hora de conocer lo que sería nuestro futuro o de recordar por dentro los mecanismos del pasado.

- Hola Luis, ¿cuándo has vuelto?
- Ayer, pero sólo me quedo dos días. Mañana tengo otro transplante de corazón.
- No sé cómo se opera la gente, todos acaban muriéndose…
- Se mueren los pacientes de ese cirujano de Sudáfrica que sale en las revistas. Mi hospital ha conseguido una técnica muy segura, los enfermos viven más de cien años con nuestros corazones.

Edu alababa entonces mis cualidades de cirujano, afirmaba que había hecho muy bien en dedicarme a la medicina, y yo contestaba que sí, que ya se estaba hablando de la concesión del premio Nobel a nuestro equipo. Porque no era yo sólo, había otros médicos y unas enfermeras guapísimas. En cuanto me dejaran tiempo los transplantes, iba a casarme con una rubia maravillosa que trabajaba conmigo en el quirófano y me acompañaba a los congresos internacionales. Mientras yo regresaba a Madrid para cumplir con la tarea científica de colocarle un corazón a la gente, Edu iba adquiriendo el semblante de un señor del siglo XIX, con bigote y reloj de oro en el bolsillo del chaleco. Apretaba los labios como si tuviese toda la solemnidad del tiempo pasado a punto de salirle por la boca.

- Me parece que tú eres el bisabuelo José.
- Sí, soy tu bisabuelo, y el abuelo de Edu. Por cierto, ¿dónde está?
- No sé, creo que tiene clase de piano en el conservatorio.
- Mejor, no quiero que se entere de lo bien que me lo he pasado en París. He triunfado con un concierto muy importante en la Exposición, en la Ex-po-si-ción, Internacional de París, de-Pa-rís.
- Ya lo sé, han llegado hasta Granada noticias del éxito que tuviste -El bisabuelo José ponía cara de satisfacción, pero en seguida arrugaba los gestos con una misteriosa complicidad-.
- Oye, no quiero que se entere Edu. En París hay muchas tentaciones, mujeres locas, dinero, tabernas que no cierran en toda la noche. Yo vuelvo derrotado después de un mes sin dormir. No quiero ese futuro para Edu, el mundo del arte está llenos de mujeres perdidas y hombres desgraciados. Si lo sabré, si lo sa-bré yo. Vosotros tenéis que quedaros en Granada, tranquilos, llevando la tienda de pianos que os dejé en herencia.
Edu iba a ser músico, un concertista internacional quemado en las hogueras más altas de la vida bohemia, y yo sería médico para curarle y cambiarle el corazón, un cirujano importante, casado con una rubia de Madrid. Las agujas del reloj del Ayuntamiento corrían vertiginosas hacia delante o hacia atrás, mientras nosotros rodábamos por los tejados del tiempo y de la ciudad, en busca de los secretos guardados en cualquier rincón, detrás de cualquier teja, y con mucho cuidado de no caernos. La ciudad era hermosa, extraña y virgen, no estaba acostumbrada a que la miraran desde aquella posición. La torre de la catedral parecía más grande y más gorda, dominaba como una vecina descomunal en su reino de campanarios secretos y tejados con antenas. El paisaje se llenaba de descubrimientos y de discusiones. ¿Qué es aquello? La torre de la iglesia de las Angustias. No, no puede ser, aquella torre será de los Padres Escolapios. Mira, allí está el hueco de la plaza Bibarrambla, un hueco lleno de tiendas de juguetes, y churrerías, y artículos de broma, y tilos con pájaros, y vendedores de colorines. A veces veíamos la silueta lejana de un hospital, o se nos perdía una iglesia en el apiñado y tornadizo paisaje de la ciudad a nuestros pies. Otras veces descubríamos algo tan raro como un paquete de tabaco.

Yo acababa de volver de Motril, de pasar en la playa el mes de agosto con mis padres y mis cuatro hermanos. Los primeros días de septiembre, vestidos de un azul todavía libre y despreocupado, regalaban una extensión de las vacaciones, que yo solía aprovechar en casa de mis abuelos. Eduvigis, la muchacha que asistía a mi abuela, había preparado un pollo serrano y una salsa espesa, con sabor a ajo y a vino, uno de los platos que más me han gustado en mi vida, y mi tía Pili había sustituido la jarra de agua por un botella de zarzaparrilla, que es como llamábamos a la casera de cola, imitando el lenguaje de las películas del oeste. Después de comer, cuando los mayores se encerraron en sus alcobas para dormir la siesta, Edu y yo saltamos la tapia de la torre y nos apoderamos de los tejados. Casi quemaban bajo el sol de la tarde. Los olores de las cocinas buscaban todavía el cielo y ascendían como secretos domésticos por los patios. Estábamos sentados en uno de los descansillos, mirando hacia un sitio y hacia otro con la indiferencia terca y minuciosa de la rutina, cuando descubrí a nuestros pies un paquete de tabaco. Estaba en una de las macetas que adornaban un balcón interior muy amplio, casi una terraza, camuflado entre los edificios vecinos. La maceta soportaba un pequeño pino, tal vez un recuerdo de alguna Navidad pasada, y el paquete de tabaco se veía allí, en la parte trasera del tronco. Sentimos en seguida la tentación de apoderarnos de él, de hacernos con el tesoro que la soledad de los tejados y la siesta nos ofrecía. No era difícil llegar, había que dar la vuelta, bajar con prudencia por una pequeña pendiente, comprobar a cada paso que las tejas estuviesen seguras, apoyarse en la tapia que separaba el balcón de otra terraza vecina y dejarse caer cerca de la presa.

No parecía que hubiese nadie con posibilidad de sorprendernos. El mundo estaba dormido, silencioso, desatento, incapaz de interferir en la aventura que dominaba la agilidad inmóvil de nuestras piernas, el tiempo detenido de nuestros pasos, la prudencia temeraria de cada uno de los movimientos, el hueco rebosante del estómago y el pecho. Se dejó caer Edu, le seguí yo, y cuando estábamos a punto de apoderarnos del paquete de tabaco, una voz nos detuvo en seco y nos cortó la retirada:

- Andar por los tejados resulta peligroso, y robarle el tabaco a un pobre viejo es una crueldad propia de mi hija Lola.
No salimos corriendo porque la voz conservaba un sosiego extraño, y daba el nombre de su hija, y contagiaba una misteriosa confianza, una resignación característica de la persona que no está enfadada, que no va a gritar, que no va a aprovecharse de la situación, que no tiene miedo, ni cólera, ni prisa, únicamente el aplomo de los que pasan muchas horas en silencio y se han acostumbrado a flotar sobre el hastío. Un anciano abrió de par en par la ventana entornada y nos hizo una pregunta extraña, casi amistosa, formulada para entablar una conversación larga y sincera:

- ¿Estáis jugando, o sois un comando de espionaje que envía mi hija?

Edu dejó claro en seguida que no éramos ladrones profesionales, que vivíamos en una casa cercana y solíamos jugar en los tejados. Después de dar el nombre de su padre y de su madre, y de especificar las coordenadas de la tienda de música, cuando empezaba a explicar nuestra confusión al creer que la casa estaba deshabitada, yo le interrumpí:

- ¿Qué le pasa a su hija?
- ¿A Mi hija? ¡A mi hija! -el viejo abrió la puerta y salió a la terraza con un pijama blanco y una dignidad maltratada.

Parecía muy enfadado, pero no con nosotros, intrusos en su siesta y en su casa, sino con su hija, y a través de ella, con el mundo, con el silencio hipócrita de una ciudad que había disecado hasta las campanadas del reloj del Ayuntamiento-. Mi hija se atreve a ordenarme que deje de fumar, se ha aliado con un médico cretino, me persigue, me espía, me quita los paquetes de tabaco. Así que no se os ocurra llevaros los pocos cigarros que me quedan.

Luego entró en la habitación. Por la ventana lo vimos acercarse a la puerta interior, la que daba a las otras habitaciones de la casa, y echar el cerrojo para que nadie pudiera molestarnos. Sin duda estaba dispuesto a mantener una conversación larga. Volvió a salir con una sonrisa victoriosa en los labios, seguro de sí mismo, dueño de la situación y tomando decisiones. Era mayor que mi abuelo, debía tener más de ochenta años. Con el pelo abundante y blanco, la cara marcada por unas arrugas poco hirientes y una luz muy orgullosa en los ojos azules, gobernaba con altivez un cuerpo más bien gordo, que conservaba en cada sílaba y en cada gesto el gusto por la vida, por los platos llenos de salsas de ajo y vino, los vasos de whisky y los ceniceros repletos de colillas.

- Estoy aún suficientemente vivo y me sobran fuerzas para aceptar con tranquilidad la muerte. Soy militar, he atacado mil veces las trincheras enemigas delante de mis soldados, he arriesgado mi pecho a las balas en mil batallas, y ahora Lolita y el cobarde de su marido quieren que me asuste ante una radiografía. La muerte nunca es un problema para un coronel del ejército de español.

Hablaba con una voz algo ronca y profunda, pasando de la complicidad sigilosa a la solemnidad del jefe que arenga a sus tropas antes de una batalla. De pronto le daban por culo al marido de Lolita, un calzonazos, un idiota amanerado, un Lolito, y de pronto ondeaban sus palabras como una bandera solemne al viento, como una declaración viril de amor nacional, de fe en el honor y la lealtad, de consignas cargadas de fuerza, pero también de melancolía, porque eran ya la memoria de un tiempo viejo, la nostalgia de su juventud en Marruecos y de sus gloriosas hazañas en la Cruzada. De pronto surgían los cojones que siempre han tenido los españoles verdaderos, y poco después desfilaban en formación los amores sacros, la Virgen del Pilar, las insignias de la patria, el sacrificio generoso, la sangre noble, con un lirismo impuro que siempre servía para unir los himnos de la vida y de la muerte. Aquel anciano, don Santiago Ros Galiana, coronel de infantería, no escondió ante nosotros sus ganas de hablar y de fumarse un cigarro. Conquistó el paquete de Habanos escondido detrás del pino, sacó un cigarro y un mechero, y encendió la mecha de sus recuerdos.

- Vosotros seréis comunistas, como los jóvenes que ahora se manifiestan por la calle Reyes pidiendo libertad. Desde esta terraza se oyen sus gritos, y las sirenas de la policía –no nos daba tiempo para contestar, no medía nuestra edad, no parecía dispuesto a aceptar las diferencias que hay entre saltar por los tejados y ser comunistas. Señalaba con la mano y el cigarro la dirección de la calle Reyes, y apretaba los labios después de cada palabra, como si estuviese seguro de todo, como si dominara los ruidos de la ciudad, las noticias del mundo, como si pudiera todavía conectar los acontecimientos de las mañanas, las tardes y las noches con sus recuerdos-. Os advierto que me caéis simpáticos los comunistas, mucho más simpáticos que los imbéciles de los Lolitos y las Lolitas que viven aborregados, sin rechistar, quejosos de todo, pero obedientes por falta de coraje. Hipócritas… Buenas caras y malas intenciones. Les falta valor para salir a la calle y ponerse delante de la policía, y arriesgarse a la cárcel, como nosotros nos arriesgamos cuando el Caudillo se levantó contra la República. Cojones nunca os faltaron a los comunistas, os ganamos porque tuvimos nosotros más, pero lo pusisteis difícil. Es mentira todo lo que se ha dicho luego de la cobardía de los rojos. Los masones no sé, pero los comunistas tuvieron dos cojones. Os lo digo yo, que estuve en la primera línea de fuego. Ya quisiera el Lolito tener la mitad del valor que vosotros. Ese ya ha dejado de fumar por orden de mi hija.

Santiago Ros, sargento en Marruecos con Primo de Rivera y Franco, capitán en la Cruzada de 1936, poseedor de la medalla de San Hermenegildo, jubilado como coronel del ejército español, no se resignaba a que los años, que lo habían retirado de los cuarteles y las guerras, lo dejasen también sin tabaco. En sus palabras imperiosas despuntaba un atardecer lento, una confusión de luces característica de los meses de septiembre y de la gente que vuelve al pasado desde la desolación de un tiempo incómodo, en el que los enemigos derrotados comienzan de nuevo a levantar la voz, mientras se secan las hojas de lo que parecía eterno y las consignas pasan poco a poco de la reserva activa a la soledad completa. El sol y sus historias enfermas caían en una terraza perdida dentro de una ciudad, una terraza a la que llegaban gritos, noticias del mundo, ruidos tan lejanos que ya no importaba su significado, sus mensajes, sino su condición de gritos, su capacidad de volar por encima de los tejados, de cruzar las nubes arrugadas, de romper la monotonía de una rutina marcada por la descomposición y la mediocridad de todo lo que ya se ha convertido en cartón piedra, en pasado impertinente, en mentira, en la derrota lenta de una victoria. Dos golpes en la puerta y una voz dulce, “Papa, ábreme”, interrumpieron las evocaciones fatigadas del coronel y desencadenaron nuestra retirada.

- Me he quedado sin tabaco. Este prisionero necesita un paquete de Habanos. No tengo dinero, me tienen a pan y agua, pero os juro que todavía estoy en condiciones de recompensaros. ¿Queréis una bala? ¿Una pistola? Seguro que vuestra madre no echa en falta el dinero de un paquete de tabaco. Hasta luego, camaradas...

Mientras saltábamos hasta nuestra terraza, Edu dio por descontado que no íbamos a volver, que el viejo estaba loco y que era además un fascista. Yo no había oído nunca esa palabra. Mi tío empezaba a tener una vida propia, un colegio en el que se hablaba de política, y mi abuela ya compraba ropa para él solo, ropa distinta a la que nos poníamos los dos desde niños. No sabía lo que significaba ser un facha, pero al volver de las vacaciones, había visto el armario de Edu lleno de pantalones y zapatos para el colegio, y me había sentido injustamente molesto por la sensación de que mi abuela no se hubiese acordado de mí, de que no me hubiera esperado para salir de compras a las Galerías Olmedo. No era difícil entender que tenía cuatro hermanos, que debía ir con ellos y con mi madre a comprar la ropa del nuevo curso, sin ventajas, sin privilegios impropios de la edad que ya íbamos teniendo. Pero un sentimiento de traición se había apoderado de mi cuerpo y mis bolsillos. Doce años yo, todo un muchacho. Así que le di la razón a Edu y me callé las intenciones de volver al día siguiente. Tardaría muy poco en comprar con mis ahorros dos paquetes de Habanos y en saltar a los tejados de la calle Lepanto para dejarme caer en la terraza del coronel Santiago Ros. Sólo tenía dudas sobre el valor necesario a la hora precisa y nerviosa de aceptar una pistola, o incluso una bala, dos tesoros perfectos para esconder en un lugar mío, en cualquier rincón que yo quisiese convertir en un paraíso secreto, en una posesión inseparable de mí mismo, sintiéndome fuerte, único, avergonzado y peligroso.

Dos días después, aprovechando que Edu había ido al Instituto para examinarse de Química, porque no llevaba bien los estudios, bajé a la calle, compré dos paquete de Habanos, explicándole a Juanita, la estanquera, que se trataba de un recado para un amigo de mi abuelo, y subí de nuevo al cielo, cruzando el desfiladero de las tejas más cuidadoso que nunca, con el tabaco en los bolsillos hinchados y la certeza, en mis piernas, mis oídos y mis ojos, de que las aventuras sobre las torres de la ciudad tenían un sentido real por primera vez, una razón que explicaba de manera distinta los ruidos de la calle, el aire limpio sorprendido entre las antenas y las chimeneas y el paisaje de una Granada sin pudores. Comprobé de manera cómplice que el paquete de tabaco había desaparecido de la maceta, me aseguré de que no hubiese enemigos en los alrededores, y me dejé caer sobre la terraza con la osadía de un guerrillero en misiones de enlace. El coronel se levantó de la cama en cuanto me vio, cerró el pestillo de la puerta y vino hacia mí con una alegría incontenible:

- Veo que llegan las provisiones. Ya era hora, menos mal, estaba a punto de claudicar y de rebajarme ante el enemigo. Gracias a ti, seguiré manteniendo la posición por unos días.
- No he podido venir antes -me disculpé, contento de ser recibido como un personaje indispensable, un soldado clave en el campo de operaciones que el azar me estaba deparando.
- Bienvenido, teniente, y no te disculpes. Ya veo que tu compañero ha desertado.
- Sí, he debido esperar a quedarme solo para venir a verlo.
- La soledad es compañera irremediable de los buenos militares. Cuando mandas un ejército, cuando das órdenes a cien hombres, te sientes solo, terriblemente solo. La vida de cada uno de los soldados depende de ti. Y cuando recibes órdenes, y obedeces, y saltas de la trinchera, también te sientes solo, aunque te veas rodeado de compañeros, de otros soldados que corren y gritan, porque tu vida es tuya, única, y te pertenece a ti solo lo mismo que tu muerte. No sé si has entrado alguna vez en combate. El mundo estalla, hay gritos, explosiones, pero uno corre a través de una soledad amortiguada, como por un túnel, casi dentro de una burbuja. Las balas pasan con un silbido lejano, suenan como gotas de un grifo mal cerrado por la noche.

Mientras hablaba de la soledad, el coronel movió en la pared un ladrillo suelto y sacó un mechero. Sus palabras impresionaban, eran conmovedoras por su trato real con la sangre, la vida y la muerte, pero agradecí mucho más la confianza con la que descubría ante mí sus escondites. Al margen de Edu, y de la hija del coronel, y de su marido Lolito, y de mis abuelos, y de mis padres, y de mis hermanos, me sentía partícipe de un mundo oculto, de una prestigiosa intimidad, aliado de un viejo coronel, ahora vencido, prisionero, que me arrancaba de la mano con una violencia tímida los dos paquetes de tabaco, y abría torpemente uno, y torpemente sacaba un cigarro, y lo encendía, y murmuraba maldiciones después de sofocar un ataque de tos, y así, con una sonrisa triste, herido por la necesidad y la ruina, me daba la oportunidad de demostrarle mi lealtad sin esperanza de recompensa, gratuita, por el puro deseo de ser útil y de cumplir con mi deber.

- Descubrí que iba a estar siempre solo en Marruecos -se había calmado. El placer del cigarro y las protestas de la tos parecían haber encontrado un equilibrio, y fumaba apoyado en la resignación de sus palabras-. Me hirieron en Xauen, sacaron la bala de la pierna, acabé en un hospital de Tetuán, y me vi solo, sin medicinas, sin higiene. No sabía si me iban a dejar cojo, porque un médico hablaba de cortarme la pierna. Por mucho que lo pensaba, no conseguía encontrar una razón convincente para haberme hundido en aquel nido de ratas. Estaba rodeado de ladrones, de sinvergüenzas, la comida era una bazofia, muchos oficiales estaban en África para hacerse ricos, faltaban alimentos y medicinas porque los más espabilados iban a Tetuán y a Ceuta para robar. Yo he estado cuarenta años en el ejército y nunca le he quitado nada a un soldado. Por eso me querían como a su padre. Los militares que se encargan de la intendencia suelen ser unos bribones. A todos se les llena la boca de España, de patria, de himnos, de banderas, pero todos estaban allí para hacerse una fortuna y retirarse lo antes posible. Yo me sentí muy sólo en el hospital de Tetuán. Desde entonces respondo de mi fe, de lo que llevo dentro. La patria y la dignidad sólo existen en el interior del corazón, y reconozco los corazones que sienten como el mío, cumpliendo con su deber. Me puse a las órdenes de Franco porque era un hombre de verdad, lo demostró en Marruecos, y lo volvió a demostrar en España, cuando la República y los rojos quisieron acabar con todo.

El coronel Santiago Ros se detuvo, me miró a los ojos preocupado, con miedo a perder una alianza de la que pensaba aprovecharse en los meses siguientes, y suavizó el tono de voz con un aire de confidencia y camaradería. Mientras apagaba el cigarro en la parte exterior de la baranda y lanzaba a los cielos de septiembre la colilla con un repentino aire de satisfacción y libertad, me propuso un pacto, un acuerdo de hombre a hombre que tenía también mucho de soliloquio, de esas confesiones que los solitarios se hacen a sí mismo cuando intentan negociar su futuro con la realidad:

- Con esos dos paquetes tengo para una semana. Antes me los fumaba en un día, pero no hay más remedio que controlarse. La próxima vez que vengas te enseñaré a manejar la pistola. Supongo que eres comunista, porque todos los jóvenes sois ahora comunistas. Ya os oigo gritar en la calle y pedir democracia. Pero yo te reconozco, tú tienes buen corazón. Mi Lola y su Lolito son también demócratas, tienen esa estupidez de la democracia, quieren la libertad y la tendrán, vendrán los políticos y os tratarán como borregos, obedeceréis como idiotas sin sospechar siquiera quién os manda. Vosotros los comunistas tenéis cojones y salís a la calle. Y a mí no me engañáis, porque en cuanto estéis en el poder se acabará la democracia. ¿Cómo vais a creer en la democracia? Lolita y Lolito son de derechas, van a misa, pero creen en la democracia. Ahí están, esperando a que cambien las cosas, sin gritar, sin exigir, pudriéndose en la casa. Sólo les preocupa que yo me muera sano, que deje de fumar, que sea un cadáver sin humo en los pulmones. ¡Viva el Príncipe! ¿Qué me dices, comunista? Un príncipe, no te jode...

Me he acordado muchas veces del coronel. Recordé su terraza y sus locuras cuando me hice comunista de verdad, años después, al matricularme en una Universidad llena de revoluciones pendientes, cargada de asambleas y reuniones que acababan con los ceniceros repletos de colillas y con las puertas abiertas para que el humo y los estudiantes salieran a correr delante de la policía. Me acordé sobre todo del coronel Santiago Ros cuando decidí alejarme del Partido. Ya se había prohibido fumar en las reuniones, pero flotaba sobre mi cabeza una atmósfera de descomposición, de derrota íntima, de mundo que cambia vertiginosamente y deja a mucha gente sin tierra bajo los pies, abandonada a una confusa sensación de lealtades amargas e inútiles, de rencores, una nobleza infecciosa y hundida que apenas puede esconder su terror al vacío. Recordé a aquel coronel enclaustrado que me esperaba como al Santo Advenimiento, y recibía mi aparición con los brazos de par en par, el pestillo cerrado y dos ojos cada vez más inquietos, más locos. Era fácil imaginárselo en las tardes del sábado y del domingo, saliendo a la terraza, oteando el horizonte y los pliegues silenciosos del cielo, ansiando un ruido, un temblor de tejas y de arenilla, un indicio de que algo iba a pasar, de yo estaba a punto de caer sobre la terraza, dispuesto a atravesar las barreras levantadas por los días de lluvia y de colegio, por la rutina hostil, o por las sospechas de mi tío Edu, para llenar de sentido sus envejecidas declaraciones de fe y sus recuerdos. “Ya sé a dónde vas –me advirtió Edu un día-. Como sigas llevándole tabaco a ese loco, te vas a meter en un lío”.

No tuve mucho tiempo para meterme en un lío. Un sábado por la tarde caí en la terraza y me encontré la habitación del coronel con todas las persianas cerradas. Me inquietó la soledad de nuestro rincón, estaba acostumbrado a la rutina de las citas, a sentir que me esperaban con una necesidad, como si fuese una certeza irrefutable que yo iba a aprovechar los huecos del fin de semana en casa de mi abuela y que el viejo iba a estar aguardando, advertido y solo, en su refugio. Volví a saltar la tapia y escondí los paquetes de tabaco en uno de los lugares secretos del tejado. Esa noche no me costó trabajo, mientras cenaba y me quedaba dormido viendo junto a Edu y mis abuelos un programa de televisión con cantantes, ventrílocuos y magos, convencerme de que era normal que el coronel no hubiese estado en su habitación. Cualquier cita familiar lo justificaba. A la mañana siguiente, después de misa, fui otra vez a la terraza. La habitación del coronel seguía cerrada, muda, triste, como si una ausencia terminante se hubiese apoderado de ella. Como debía volver a casa de mis padres después de comer y no iba a contar con oportunidades de acudir a la terraza hasta el fin de semana siguiente, decidí dejarle los paquetes de tabaco escondidos en la maceta grande del pino.

Entonces encontré la carta que no había visto desde el tejado.

Era un sobre con un membrete del Regimiento de Infantería Córdoba 10. Me lo guardé rápidamente en la camisa, como si la terraza se hubiese llenado de pronto de peligros, subí al tejado y busqué un lugar propicio para sentarme, dispuesto a recibir órdenes de la superioridad. Estaba dentro de una burbuja, ni los ruidos que llegaban de la calle, ni el paisaje inmenso de la ciudad abierta a mis pies, podían separarme de la intimidad encerrada en aquel sobre que me regalaba una carta, un cigarro y el mechero del coronel. La letra era redonda, extrañamente pulcra, sin ningún rastro de enfermedad o de vejez. Lo recuerdo porque sentí vergüenza de la caligrafía que con mucha insistencia me criticaban mi padre y mis profesores. “Querido comunista, mañana me llevan al Hospital Militar. Creo que de esta batalla no salgo, así que quiero dejarte un recuerdo. Ahí tienes mi mechero y el último cigarro que me quedaba. Fúmatelo a mi salud. Tu primer cigarro será mi último cigarro. Gracias por tu lealtad, muchacho. ¡Que la vida no te cambie! No te dejo la pistola porque nunca me la has pedido. Espero que no te haga falta”.

Fue mi primer cigarro. Lo que no sé todavía es cuándo me fumaré el último. Edu insiste en que deje de fumar, y tiene razón, aunque me molesta que mezcle los consejos sanitarios con sus preocupaciones morales y bienintencionadas sobre mi vida. “Deja de fumar. Estás haciendo últimamente muchas tonterías”. Es incapaz de preguntarme directamente por mi separación. Tal vez sospecha incluso que soy homosexual. Últimamente…, los últimos días… Acabo de participar en algunos actos sobre la ley de matrimonios del mismo sexo que va a debatir el congreso, y es fácil que haya unido mi separación y mi postura sobre los derechos democráticos de los homosexuales. Si no me pregunta, mantendré callada mi nueva historia de amor, la que ha caído sobre mí desde los tejados más imprevistos de una ciudad que consideraba podrida. He vuelto a la tierra, al mundo de los vivos, a una existencia que nada tiene que ver con la sensación de enclaustramiento y de hastío, de suciedad y pobreza que se había apoderado de mí en los últimos años. Se llama Lola.

Es curioso, se llama Lola, igual que la hija del coronel. Cuando le cuente esta noche el malestar de mis recuerdos y le hable de Santiago Ros, me repetirá que nosotros no tenemos nada que ver con los franquistas, que de esa gente mejor ni acordarse. Le responderé que no se trata de lo que pienso, ni de lo que soy, sino de lo que siento, del trabajo que cuesta acostumbrarse al vacío de un mundo perdido. Por fortuna será una escena de cocina, mientras preparamos una copa y algo de comer para sentarnos en el sofá del salón a ver una película de los años 50. Tendremos la noche, la vida por delante. Tal vez abrace a Lola y la bese ante la palabra fin de la pantalla, tal vez abra el paquete de tabaco y le enseñe de manera solemne y peliculera el último cigarro que voy a fumarme.

© Luis García Montero

 

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