| El Gran Corcho
Íbamos a pasar el fin de semana en una preciosa casa rural muy cerca de Cañamero, en plena sierra de las Acebadillas. La primavera estaba en pleno apogeo y conforme nos acercábamos a nuestro destino el paisaje era cada vez más impresionante. Las encinas, los pinos, los robles y algún que otro castaño estaban resplandecientes. Los prados estaban verdes. Los brezos y las jaras florecían al borde de la carretera. Todo habría sido idílico si no fuera por mi alergia al polen, a los olivos, a las arizónicas y a un montón de cosas más. Estornudé un par de veces, me cagué en la jodida primavera y rápidamente subí la ventanilla del coche. Un cartel nos indicó que estábamos a dos kilómetros de la casa rural “Los Alcornocales”. Aceleré cansado del viaje. En el coche iba con mis amigos Carlos, Miguel y Charo. El mayor de todos era Miguel, más conocido entre nosotros por “El Merluzo” por las míticas tajadas que se cogía durante los años que estudiamos juntos en la Universidad. Miguel se había licenciado en Matemáticas y, como su carrera, era abstracto, tenía su propio mundo interior y cuando le hablabas, te contestaba después de un pequeño intervalo mientras te miraba fijamente, como si estuviera analizando todos tus pensamientos. Tenía 45 años, era tranquilo, un poco cabezón y se estaba quedando calvo. Miguel en la Facultad había sido un reconocido trotskista, apodado “Ricitos de Oro” por sus implacables enemigos, los maoístas. En la actualidad, sólo dos rizos canosos poblaban aquel inmenso cerebro. Charo era la espontaneidad hecha persona. Era capaz de decirte todo lo que pensaba sin dejarse nada en la cabeza. A pesar de los años, era una morena muy atractiva que siempre había huido de los convencionalismos, vestía informalmente y jamás llevaba sujetador. Se sentía muy orgullosa de sus tetas, las cuales bailaban alegremente debajo de su blusa. Con Charo viajaba su perro Canito, un singular mil razas, que no dejaba de husmear y babear los genitales a todo aquel que estuviera cerca. Charo lo adoraba y mientras lo acariciaba nos decia –Mirad, ¡qué bonito y cariñoso es! Nosotros la contemplábamos con indulgencia mientras protegíamos nuestras partes y, en cuanto se daba la vuelta, mi amigo Carlos decía irónico: –¡Este perro sarnoso está más cachondo que su dueña! Todos habíamos coincidido en la universidad, pero Carlos y yo éramos amigos desde la infancia. Nuestra amistad se había forjado a la salida del colegio, donde durante un año nos atizábamos todos los días; espectáculo que atraía a numerosos compañeros. Hasta que un día Carlos, en vez de golpearme, me dijo con su incipiente vozarrón: –¿No te parece que ya está bien de dar espectáculo a todos estos marranosss? A mí, me pareció perfecto y entre los dos, que éramos unos muchachotes aguerridos, dimos una tunda a los habituales espectadores, fraguando el comienzo de una hermosa amistad. Carlos, había hecho de todo en la vida, pero a los cuarenta había alcanzado un gran éxito profesional como crítico de vinos. La profesión le iba como un guante y después de unos duros años de formación en los bares de Malasaña, sin escatimar esfuerzos practicando día y noche y trasegando miles de cañas y cientos y cientos de litros de vino, emitía su docta opinión en los suplementos dominicales de los periódicos de mayor tirada con el seudónimo de “el Gran Corcho”. Su cintura se había ido ensanchando con los años y lucía una respetable barriguita, resultado de los múltiples festejos y maridajes a los que asistía. Era de carácter socarrón, bonachón y un poco histriónico. Siempre hablaba como si estuviera en un escenario. Primero se ajustaba las gafas, se subía los pantalones, se palpaba el estómago y, en vez de hablar, declamaba con un tono alto , remarcando las últimas palabras. –¡Como siga asistiendo a maridajes, voy a alcanzar una obesidad mórbidaaaaaa! Abandonamos el asfalto y tomamos una pista de tierra divisando a los pocos metros la casa rural. Estaba en medio de un valle muy abierto y con pocos árboles. Los más notables eran unos alcornoques centenarios que estaban muy próximos a la casa. Unas praderas de un verde intenso bordeaban la casona. En la puerta estaba Faustino, su dueño. Descargamos nuestro equipaje y le saludamos. Tomó nuestros datos y nos mostró los dormitorios, el salón principal y la cocina. Faustino, muy amablemente, glosó las excelencias de los alrededores, nos dio unos folletos de los principales monumentos de la zona y nos contó la historia del Monasterio de Guadalupe y de la central nuclear fantasma de Valdecaballeros, increíble monumento a la estupidez del ser humano, donde se habían enterrado cientos de millones de euros. Charo y Miguel estaban encantados con las sugerencias que nos hacía Faustino para pasar un fin de semana repleto de actividades campestres y culturales. Intercambiamos conocimientos sobre los sitios típicos de la zona. Carlos llevaba una completa documentación gastronómica en la maleta con la que apabulló a Faustino y, rápidamente, cambió nuestros planes organizando nuestras actividades para el fin de semana en torno al faro gastronómico que siempre enarbolaba. Nuestro casero, mientras se protegía sus partes acosadas por Canito, nos informó de que había una senda muy bonita conocida como el Camino Viejo que unía Cañamero con Guadalupe, en tiempos usada por los peregrinos y también por los Reyes Católicos cuando iban a descansar al palacio de Mirabel. Carlos sacó un mapa de la zona y comprobó con alegría que muy cerca del final del camino se encontraba el restaurante “Bellota Fusion’s”. Faustino nos contó que el restaurante estaba en un emplazamiento paradisíaco de la sierra. Los propietarios eran un matrimonio catalán, Jusep Lluis y Nuri, que hartos del estrés de la gran ciudad habían decidido cambiar de aires y montar un restaurante con encanto y con una cocina muy elaborada en un bucólico lugar. Faustino nos aseguró que él se encargaría de hacer la reserva y nos animó a hacer el camino a pie. Tardaríamos unas dos horas y media en hacer los nueve kilómetros mientras seguíamos la vereda del río Ruecas y la sierra del Castañar del Abuelo. A mitad del camino había una pequeña cascada con unas badinas que permitían bañarse. Y como el “Bellota Fusion’s” estaba muy cerca de Guadalupe, podríamos volver en taxi. –Es un local con fundamento, comida sencilla, honrada pero sólida, con platos auténticos que te llegan muy adentrooo, como las migas extremeñas, la morcilla del bierzo, la caldereta o las perrunillas. Todo esto regado con el recio vino típico de la zona : ¡el vino de pitarraaaaa! Con este programa, nuestros jugos gástricos se pusieron en ebullición y para calmarlos nos tomamos unos pelotazos, llenamos la mesa con los folletos y mapas y empezamos a preparar la ruta. Pero Charo manifestó su discrepancia con el plan elaborado. No estaba conforme con el cambio filosófico-gastronómico del viaje y entendía que ir al monte a pagar sesenta euros por comida, no era lo que se dice una idea muy montañera. “El Merluzo” como buen trotskista se puso de su parte intentando boicotear nuestras propuestas, pero Carlos acabó la discusión con una frase contundente: –Merluzo, no te preocupes, que seguro que para los indocumentados y no creyentes, el “Bellota Fusion’s” tiene menúuuuuu. Aquello les tranquilizó y alcanzamos un acuerdo. Dormimos plácidamente, nos levantamos temprano y nos preparamos para la excursión al mítico restaurante. Carlos y yo habíamos preparado una frugal colación para el camino: unas míseras lonchas de jamón de jabugo, unas rodajillas de lomo y chorizo del pueblo del Merluzo, unos tomatillos y una hogaza de pan que nos había traído Faustino por la mañana. Metimos todas las viandas en una mochila y preparamos nuestra neverita portátil con seis latas de cerveza que Carlos llevaba a todas las excursiones como si del mismo Santo Grial se tratase. ¡Los hábitos de tantas horas de estudio son difícilmente olvidables! Tan importante era la ruta como la manduca y de acuerdo con la tradición, en medio del campo o en el monte, siempre había que trasegarse una buena cerveza acompañada de alguna cosilla. Bordeamos la presa del Cancho del Fresno, ascendimos entre alisos y álamos hasta la cabecera de la presa, llegamos a la Cruz de Andrade, siempre entorpecidos por Canito que, fiel a su costumbre, no dejaba de enredarse entre nuestras piernas y husmear en nuestros pantalones. Y por fin llegamos a la pequeña cascada que nos había indicado Faustino. El sitio era fantástico, rodeado de pinos, fresnos y algún que otro roble. El agua caía abundantemente desde unos veinte metros sobre una poceta delimitada por grandes rocas y después discurría plácidamente hacia el cauce normal del río. Carlos depositó cuidadosamente la nevera en el suelo, se subió los pantalones, se ajustó las gafas y dijo, dirigiéndose a mí: –Esto es el paraíso, Sánchez -le encantaba llamarnos por nuestros apellidos-. ¡Una buena cervecita, un poco de jamón y un cigarrillo! ¿Qué más se puede pediiiiiiir? El Merluzo mientras tanto, pensativo, observaba la cascada, parecía que estaba valorando su caudal, la profundidad de la poceta y la temperatura del agua. Charo, por su parte, había empezado a desnudarse. Siempre se bañaba en pelotas en toda charca, poza o río por pequeña y mísera que fuera. Alegremente se introdujo en el agua junto a su fiel Canito. –Está buenísima, animaros. Charo, entre chapuzón y chapuzón nos explicaba las maravillas de bañarse en agua helada y lo bueno que era para la circulación y para tener una piel sana, nosotros la mirábamos con escepticismo mientras empezábamos a preparar el refrigerio. En el otro lado de la poceta estaba una familia compuesta por los padres y dos hijos. El padre era clavado a Acebes y la madre tenia aspecto de mujer de sólidos principios morales, educada en las ursulinas. Ambos miraban a Charo retozar y a sus tetas flotar en el agua y no daban crédito a lo que veían sus ojos. Sin embargo, los dos chavales estaban encantados con el espectáculo. Ajenos a todo, nosotros estábamos a lo nuestro: dando cuenta del jamón, del chorizo y del lomo y escuchando sabios comentarios de Carlos sobre la vida del cerdo ibérico, “Ese noble animal”. Mientras tanto, la familia recogía todas sus cosas y se iba a toda prisa, no sin antes dar un par de collejas a los chavales que volvían constantemente la cabeza para ver la desnudez de Charo, que estaba tomando el sol sobre una gran roca. Al poco rato continuamos la marcha y, por fin, después de perdernos dos veces gracias a las indicaciones de Faustino y de acordarnos de su familia muchas más, llegamos al famoso Castañar del Abuelo, espléndido bosque con algunos claros desde donde vislumbramos el Monasterio de Guadalupe. Continuamos caminando y a las tres horas llegamos al “Bellota Fusion’s”, que se encontraba a kilómetro y medio del Monasterio. La casa era rústica, pero con mucho encanto, rodeada de una cerca y con un pequeño jardín cuidado con mucho esmero. Nuestra excursión gastronómica alcanzaba la primera de sus metas. Mientras entrábamos, Carlos nos instruyó con una charla sobre las especialidades de la casa, mezcla de cocina local y “nouvelle cousine”. Cansado, me acerqué a un expositor donde estaba la carta: “Manitas de cerdo ibérico con cigalas, vainilla y patatas confitadas” (24€), “Perdíz al modo de Guadalupe en vino de oporto” (26€), “Venado estofado con trigueros y cristales de miel “(24€). Estaba absorto estudiando la carta, cuando oí unos ladridos y vi al Merluzo sujetando a Canito que intentaba desesperadamente husmear en las partes de un señor vestido de negro y con una concha de peregrino en el cuello que, con gesto nervioso, le estaba señalando la puerta mientras hablaba sin parar: –Señor, el restaurante no admite perros. Haga usted el favor de sacar a este chucho salido de mi local. Charo comenzó a discutir y se negó a abandonar el restaurante. Carlos rápidamente, se acercó y se identificó. –No sé si usted me conoce. Soy Carlos del Pino, más conocido como “el Gran Corcho”, gastrónomo y enólogo reputado, -le dijo, entregándole una tarjeta-. Hemos venido de muy lejos a disfrutar de su magnífica cocina y, no se preocupe, que de este perro lujurioso nos ocupamos enseguida. Jusep Lluis, ante la identificación de Carlos, cambió de cara y nos permitió atarlo a la cerca. Charo, histérica, se negaba a abandonar a Canito, mientras, Carlos contemplaba al chucho sarnoso con desesperación. ¡Tres horas para llegar al “Bellota Fusion’s” y no podemos entrar! Aspiró profundamente e hizo uso de todo su poder de convicción, que era mucho, hasta conseguir que el dueño accediera a sacar una mesa al jardín y pudiéramos comer. Carlos y yo estudiamos la carta. Charo, terca como una mula, pidió el menú y el Merluzo, debilitado por la bronca y el cansancio de la marcha, y porque ya no era aquel trotskista convencido, cedió y se apuntó con nosotros al menú de degustación. Por fin llegó el gran momento de la selección de los vinos. Una camarera jovencita muy simpática, trajo la carta de vinos. Treinta páginas que incluían las denominaciones de origen de toda la Península Ibérica. Rápidamente apareció Jusep Lluis y nos informó de la dedicación y cariño que había puesto en su elaboración. La carta estaba especializada en Prioratos, Riojas y Riberas del Duero. Carlos se ajustó las gafas mientras le mirábamos expectantes. Por una parte, por la decisión que tomara nuestro afamado gurú y, por otra, por el precio de la joya enológica que seleccionara y que íbamos a pagar entre todos. Caerían dos botellas como mínimo y el incremento en la factura podría ser más doloroso de lo habitual. Por fin habló: –Creo que nos vamos a decidir por éste: “Luberry Monje Amestoy, 2001”. Es un vino complejo y poderoso. No es muy conocido, pero es una maravillaaaa. Rápidamente la camarera nos sustituyó las copas habituales por otras mucho más elegantes. Aquel vino las merecía. Nuestro anfitrión enseñó la botella a Carlos que asintió con la cabeza, la abrió con gran habilidad, dejó el corcho encina de la mesa y sirvió en la copa de Carlos una pequeña cantidad para que degustara el caldo. Carlos haciendo honor a su apodo se llevó el corcho a la nariz y lo olió reiteradamente. –Anda, deja ya de esnifar el corcho, - le dijo Charo, beligerante desde que el Merluzo la había dejado sola con el menú. “El Gran Corcho”, impertérrito y muy orondo, cogió la copa, la observó, la olió y nos dijo: –Rojo intenso, típico de la tempranillo, es todo fruta, flores, bayas silvestres, picotas, lilas, gominolasss. Se acercó otra vez el vino a la nariz, una pausa. –… Por ahora, redondooooo. Y sorbió una pequeña cantidad. Empezamos a ver como el líquido se movía por la boca e iba pasando de carrillo a carrillo. Todo era armonía entre el hombre y la uva. Lo acercó a la garganta y empezó a emitir esos ruidos guturales típicos de los sommeliers de fama: grog, grog, grog… grog, ggruug. Cuando, de repente, su cara se crispó. Su rostro se desencajó y escupió el precioso vino por el césped del jardín. –¡Corcho! ¡Este vino tiene corcho! ¡Sabe a corchooooo! La camarera asustada se volvió hacia el dueño y le dijo. –¡Se ha “añurgao”, el señor se ha “añurgao”¡-, al ver el rictus de desagrado de la cara de Carlos. Más tarde, nos enteramos que “añurgao” significa “atragantao”. Sin entender nada nos miramos sorprendidos. El dueño solícito, cogió la copa, miró, la olió y le dijo: –No se ve nada. No sé. A veces los corchos fallan. Se sirvió una pequeña cantidad en otra copa, ningún resto del fatídico corcho navegaba en aquel mar rojo. Se acercó la copa a sus labios y sorbió un poco. –No sé. No noto nada especial- dijo, mirando con recelo a Carlos. Carlos sostuvo la mirada y luego le fulminó y, con la seguridad que sus altísimos y doctos conocimientos le daban, le comunicó que casi con toda seguridad el resto de las botellas de la misma marca e igual añada que almacenara en su bodega estarían contaminadas. Jusep Lluis se quedó horrorizado ante la buena nueva y sólo acertó a decir: –¡Cullons, tengo cincuenta botellas! –Pero reaccionó con rapidez; “el Gran Corcho” podía hundirlo con una mala crítica. Perdonen, ahora mismo les traigo la carta de vinos. El resto de la comida transcurrió con normalidad, degustamos la cocina del “Bellota Fusion’s”, nos bebimos dos botellas de un espléndido Barón de Chirel del mismo año y le dimos a probar a la militante del menú un poco de nuestros platos que, a su vez, le iba dando los suyos a su fiel Canito. La tragedia del corcho ya sólo era un pequeño recuerdo en nuestras mentes aturdidas por la pitanza y los licores de la sobremesa. Los clientes del restaurante hacía tiempo que lo habían abandonado y nosotros, en nuestra mesa del jardín, habíamos ido despidiéndolos. A las seis menos cuarto comenté que ya era hora de que fuéramos pensando en retirarnos y que habría que llamar a un taxi. Pagamos la nota, muy moderada, porque al vino nos habían invitado, y cuando el dueño trajo el cambio, se disculpó de nuevo por el incidente del corcho. Aprovechando que estaba entregado, le pedí educadamente: –¿Podría llamar a un taxi que nos acercara a Cañamero? Jusep Lluis nos miró sorprendido. –En Guadalupe sólo hay un taxi, que suele aparcar delante de mi casa y esta mañana no lo he visto. Perdonen, voy a ver si lo localizo por teléfono. Cinco minutos después fuimos informados de que el taxista se había ido a Madrid a pasar el fin de semana y no disponíamos de transporte. La perspectiva de volver andando a nuestra encantadora casa rural después de la comida que nos habíamos metido era terrible, pero no parecía haber otra posibilidad. El Merluzo y Charo, mucho más sacrificados y de campo que nosotros, se levantaron dispuestos a volver de la misma manera que habíamos llegado. Pero Carlos estaba horrorizado y tocándose sutilmente el bolsillo de la cartera . Se volvió hacia Jusep Lluis y le dijo utilizando una de sus frases mágicas: –Si usted nos resuelve la vuelta en coche, tenga la seguridad de que se lo sabremos agradecerrrr. El dueño ignoró la sutileza de Carlos, pero deseoso de agradar al “Gran Corcho” y pensando en la magnífica crítica que se iba a ganar, se retiró al interior de su local y volvió con un chaval ayudante de cocina, que nos dijo que con mucho gusto nos acercaría. Nos metimos como pudimos en un cuatro latas que olía a mierda que tiraba para atrás, acondicionado para llevar lecheras, aparejos y todo tipo de animales; y así, dando tumbos, volvimos por la pista por la que habíamos venido hasta nuestra casa rural. Cuarenta euros fueron agradecimiento suficiente para todos, excepto para Charo que le parecía una barbaridad, darle mas del doble de lo que le había costado el menú . por fin pudimos descansar en nuestra residencia, no sin antes haber degustado en el coche alguna flatulencia de Canito, provocada por las sobras del delicioso arroz con conejo que su ama le había dado para comer. Por la noche, recordamos la degustación de los vinos por Carlos y todos coincidimos en lo apropiado de su apodo. Al día siguiente, dimos una vuelta por el valle y, a la hora de comer, nos dirigimos al restaurante de Cañamero, “El cochino extremeño”. Nos tomamos nuestras cañas de aperitivo , Charo pidió vino de pitarra que era más barato y nos sentamos a la mesa, en un comedor rústico, adornado con aperos de labranza. Pedimos patatas revolconas, migas de la zona y una buena caldereta de cabrito. El local no tenía muchas pretensiones, pero respiraba honradez culinaria por cada poro de los manteles a cuadros que cubrían las mesas. El “Gran Corcho”, fiel a sus convicciones, le pidió la carta de vinos a la mujer que nos atendía. La señora nos miró sorprendida y dijo: –Me barrunto que no tenemos nosotros eso, pero esperen, que llamo a mi marido. El marido salió de la cocina limpiándose las manos. –¿Quieren ustedes saber qué vinos tenemos? Pues aquí nosotros sólo tenemos vinos de pitarra que son los típicos de la zona. Les puedo ofrecer dos del pueblo: “el pitarra garrucho” a tres euros la botella o el “pitarra de la raña”que vale cuatro. Carlos tuvo que reconocer, muy a su pesar, que no conocía ninguno y le pidió al honrado mesonero que nos aconsejara. –Aquí, la gente del pueblo, toma el “Cerro Labrero”, que es el normal. Para los señoritos están los dos que le he dicho, el mejor es el “Pitarra de la Raña”. Carlos consideró juiciosa la elección del mesonero y le pidió una botella de aquella joya enológica desconocida. Mientras nos descorchaban la botella, no perdió tiempo en aleccionarnos sobre la forma natural de elaboración de estos vinos en una vasija de barro o pitarra que se cierra herméticamente y donde maduran al cabo de unas cuantas semanas. Estaba “el Gran Corcho” en pleno discurso, cuando se acercó el mesonero y, sin más preámbulos, le escanció una buena cantidad de vino en su vaso. Esta vez no hubo que esperar sesudas deducciones para que todos al unísono gritáramos: –¡Corcho! ¡Este vino tiene corchoooooo! Trocitos de corcho flotaban en el vaso de Carlos, que lo levantó y se lo mostró al mesonero. La prueba del delito era evidente, pero el mesonero, lejos de disculparse, nos dijo con gran naturalidad , mientras limpiaba el borde de la botella con el trapo con el que se había limpiado las manos: –Alguna vez me ocurre. Se me ha roto un poco el corcho al descorcharlo, pero nunca se me ha “añurgao” nadie. Al ver la cara de Carlos, que más que nunca ejercía de “Gran Corcho”, el mesonero enfurruñado cogió la botella y se dirigió a la cocina. Mientras entraba, oímos cómo le decía a su mujer: –Me barrunto que estos son unos señoritingos. El Merluzo, mientras tanto, cató el vino y le dio su aprobación, diciendo: –Carlos, eres un pijo, ¿qué quieres a cuatro euros la botella? apartemos los trozos y bebámoslo. En este momento, el mesonero abrió la puerta de la cocina y vimos que se acercaba a la mesa con la botella en una mano y un objeto grande en la otra. “El Gran Corcho” levantó la vista y no pudo disimular su horror ante el sacrilegio del que íbamos a ser testigos. El mesonero cogió la botella, puso un colador grande encima del vaso de Carlos y le dijo alegremente: –Si quiere, se lo filtro Carlos abrió la boca pero no pudo articular palabra . El atasco en la carretera de Extremadura era monumental , Miguel cansado propuso parar , repostar gasolina y aprovechar para tomar una cervecita . Carlos prostático perdido se fue corriendo a los lavabos , nosotros nos dirigimos a la barra ,el bar estaba lleno pero al final conseguimos abrirnos hueco . –Carlos- le grité- Estamos aquí. En ese momento le estaban sirviendo una pepsi-cola a Charo, que miraba fijamente a su vaso; levantó los ojos, nos miró, sonreímos y nos volvimos todos hacia “El Gran Corcho” gritando: –Corcho, tiene corchooooo.
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