| Coge el Tren
Todos tenemos una canción de nuestra vida… Bueno, una o varias. El caso es, que aunque suene a “peli” americana, hay canciones que por los motivos que sean, tienen sus “momentos de gloria“ en nuestras vidas. Esto pensaba Javier, mientras bailaba, mejilla con mejilla y estrechaba la mano de María en la suya. El escenario, la enésima fiesta de los 80 organizada por su primo “Pololo” ( Leopoldo Alfredo) quien habiendo tocado el cielo en esa década, se resistía a aceptar que el tiempo había pasado y que veintitantos años más tarde nada, o casi nada, era igual… -¿Quieres tomar algo María? Mientras Javier iba por las copas, comenzó a fijarse en los presentes “Manolín más calvo, Fernando más gordo, Silvia (¡con lo que era esta chica!) como un trullo… Sus hermanos…, bien. La mayor, Elisa, como siempre, impecable en su indumentaria (Loewe puro), el mediano, Rodrigo, con los vaqueros ajustados y apuntando a toda hembra que se moviera, y la pequeña, Francisca –¡los próximos cuarenta!–, rodeada de “moscones“ ávidos de compartir copa con una de las escritoras de moda del país pese a ser una “borde” de cuidado. ¿Y los que faltaban?. Eran ya muchos los que faltaban, los que ya no iban a volver a las fiestas de Pololo el “incansable” y sobre todo faltaba ELLA… Le dio su copa a María mientras se sentaba a su lado, y una sonrisa se dibujó en su cara. -¿Porqué sonríes ? –le preguntó ella. El sabía que no se le olvidaría ningún detalle. Había sido la primera noche “mágica” de su vida, y esas son difíciles de olvidar… Verano de 1978 Javier había aprobado COU y selectividad y se preparaba para pasar su último gran verano. Se había matriculado en Empresariales, no sabía muy bien porqué, y lo único que realmente le preocupaba era si a Claudia, su padre la iba a dejar asistir al concierto de Rock (¡bendito Rock’n’Roll!) del “sábado a la noche”como cantaba Morís. Se habían conocido ese mismo verano. Claudia iba por primera vez a “veranear” en la sierra de Madrid, con su padre y su hermano Julián. Su madre se había separado, unos meses antes de su padre y los hijos habían cerrado filas alrededor del progenitor. Por este motivo Don Fernando, así se llamaba, había decidido cambiar el destino de sus vacaciones y Claudia, aprovechando la presencia de una amiga del colegio en Becerril de la Sierra, pueblo del veraneo en cuestión, rápidamente se integró en la pandilla en la que tanto ella como Javier eran de los “pequeños”. Su integración fue muy fácil. El interés que Javier mostró por ella, hizo que la hermana mayor de éste, Elisa, a quién Claudia había caído en”gracia”, y que era uno de los pilares de la pandilla, hiciese saber que “la nueva” le gustaba a su hermano y que ojito con molestarla. Por si esto fuera poco, el líder de los chicos Pololo se manifestó en los mismos términos. La verdad es que Claudia era distinta. No se pintaba la cara, no llevaba ropa especialmente llamativa, no hablaba con el “que pasa, tronco” ni el “osea”, era guapa sin ser espectacular, usaba bañadores de una pieza (¡que tipazo y que piernas!), y no permitía ligerezas a los que la rodeaban. Aparte de eso, era muy sencilla, alegre, bromista, simpática, o sea “lo tenía todo“ como Elisa le decía a su hermano: –¡Y tu en la higuera!, que como no espabiles te la van a pisar ¡idiota! Don Fernando accedió ¡por fin!, y Claudia pudo ir al concierto. A Javier le pareció que aquella noche estaba especialmente guapa. Se tenía que decidir, y pedirle de una vez que “saliese” con él. Según Elisa, ella misma se había encargado de sondear a Claudia y según citó textualmente “Claudia está por la labor” y como había pregonado, porque aquello fue un pregón, en la comida ese mismo sábado (¡cocido en pleno Julio como le gustaba a padre!), o Javier se decidía y se “declaraba”, porque entonces ese paso correspondía darlo a los chicos, o Claudia se iba a cansar de esperar y a lo mejor Currito” que ha dado el estirón”, o Victor” que se ha comprado una Yamaha” se le iban a adelantar. Javier había mandado a la mierda a su hermana, con el alborozo de los pequeños y el disgusto de su madre -¡Díle algo Manolo!- y Manolo mandó a Javier a su cuarto sin comer. Tumbado en su cama, escuchando un viejo disco de Peter, Paul and Mary, Javier se propuso vencer la vergüenza, miedo, pánico, TERROR, que le producía declararse por primera vez a una chica.-¿Cómo se lo digo?, ¿Y si me dice que no?. El momento se acercaba inexorablemente, Moris ya había subido al escenario a cantar su “blues de Madrid” con su inconfundible acento porteño y Claudia se movía al ritmo del rock de unos Tequila ya famosos. Javier echó mano del único recurso que conocía para armarse de valor “¡Dos whiskys, solos!” y una vez tragados, que no bebidos, se acercó hacia donde estaba ella. -¿Querías algo? Le soltó Claudia aleccionada por su “incondicional” Elisa. Cuando, por fin se atrevió a vocalizar, fue como si de repente la tierra le tragase, todo su discurso se desmoronó. En fin, como sería, que ella le preguntó: -¿Te encuentras bien? Salió huyendo como el cobarde que en esos momentos era y no paró hasta llegar al callejón de la Plaza de toros donde se desarrollaba el concierto. Estaba apoyado en el burladero cuando su primo Galaxias le dijo: ¡Joder tío, pareces Joselito Calderón después de banderillear lo de Albaserrada! ¡Estás pálido, coño! -No es nada, no es nada. Tequila había terminado su actuación y el presentador comentaba que ante la ausencia de “ASFALTO” iban a actuar los “MERMELADA” otro grupo con mucha “marcha”, como se decía entonces. Javier buscó a Claudia con la mirada y la encontró rodeada del “baboso” de Victor que estaba intentado rodear su cintura mientras movía la cadera con poca gracia, la verdad. MERMELADA se había arrancado con “Coge el tren “ su gran éxito, cuando Elisa se acercó a su hermano y le dijó: -Tu si que debías coger el tren porque, como diría Papá “te están quitando la cartera”, Javierito. Oír esa frase y ponerse en marcha fue todo uno. Se había refugiado en tablas como un peón asustado y sin embargo volvía al ruedo como Ruiz Miguel dispuesto a comerse seis Miuras. Llegó hasta Claudia, empujó sin querer a Victor, haciéndole perder pie y tomándola de nuevo del brazo la llevó al burladero del que había salido como un “valiente” y haciendo acopio de todo su valor le dijo: -¿Quieres …lir conmigo? A veces dos segundos pueden parecernos una eternidad. Eso le sucedió al “matador” mientras esperaba la respuesta de Claudia. -¡Pues claro, tonto! Contestó ella mientras la banda apuraba los últimos acordes y ambos cogían el “tren de las tres y diez” que les llevaría juntos durante muchos años. “Coger el cielo con las manos debe ser muy parecido a esto” pensaba Javier mientras por fin se atrevía a coger a Claudia por la cintura y susurraba a su oído el primer “te quiero” de los muchos que le diría a lo largo de su vida. La vida les dio ese y luego otros muchos momentos de felicidad en los años siguientes. Como cualquier pareja tuvieron sus buenas y malas rachas. Llegó la familia, tres hijos preciosos, la muerte empezó a dejar su tarjeta de visita (la madre de Javier fue la primera y luego seguirían otros..)En fin, la vida. O eso pensaba Javier hasta que un día una llamada de la Guardia Civil le avisó de que su mujer había sufrido un grave accidente y que la llevaban de urgencia a un hospital de Madrid. Los tres días que Claudia permaneció en coma Javier no se apartó de su lado y en cuanto se quedaba sólo junto a ella le susurraba al oído :”Tienes que vivir, tienes que vivir, ¿te acuerdas Claudia?, tienes que vivir…” Javier se aferraba a esa frase “tienes que vivir” al igual que Claudia se había aferrado a ella años antes. Concretamente en el embarazo de su primer hijo a Claudia le dijeron al mes, que el feto no se desarrollaba lo suficiente y que probablemente se trataba de un “aborto diferido” y que se fuera haciendo a la idea de que habría que practicarle un legrado. Aquella tarde Javier se acercaba a su dormitorio cuando escuchó a Claudia que en voz baja y con los ojos llenos de lágrimas, pronunciaba una frase como una letanía “tienes que vivir, chiquitín, tienes que vivir, por favor, vive..” al tiempo que se acariciaba el vientre con las manos. El se acercó y le limpió las lágrimas y ella tomándole de las manos las llevó junto a las suyas posándolas sobre la tripa al tiempo que le decía a un Javier muy impresionado: ¡Vivirá! ¿verdad, Javier? Ocho meses más tarde, teniendo a su primer hijo en brazos, Javier tuvo la certeza de que si ese niño había conseguido venir a este mundo había sido por la inconmovible fe de Claudia que había obrado el “milagro”. Por eso, Javier viendo como la vida de ella se le iba de las manos, no cesaba de repetir la frase esperando inútilmente que de nuevo se produjese un milagro. Al tercer día ella dejó de sufrir e inició el camino que tarde o temprano iniciaremos todos. Como dijo su hermana Elisa, mujer religiosa, “ Claudia nos ha precedido”. ¡Triste consuelo! pensó Javier, ¿Y ahora que hago yo con mi “puta vida”? ¿Y mis hijos?. El panorama no podía ser más desalentador para Javier. En apenas cuatro días había pasado de una felicidad, que a veces ni el mismo valoraba, a caer por un abismo del que no veía el final… Todos hemos visto alguna “peli” de gladiadores. Invariablemente surge la escena del gladiador que perdidas sus armas queda a merced del rival. El pueblo levantando o bajando el pulgar, incita al César para que respete o arrebate la vida al perdedor. Javier era ese gladiador. Como se dice vulgarmente, la vida “se la sudaba”. Estaba desarmado y en ese momento sólo le mantuvieron en pie su fe maltrecha y herida, pero fe al fin y a la postre, en el “de arriba” y su sentido del deber para con sus hijos tal y como le habían inculcado de pequeño sus padres, y cómo el le había prometido a Claudia cuando la dijo adiós. Y la vida decidió levantar el pulgar y dejar a Javier que iniciara su particular travesía del desierto. Fue dura, pero le sirvió para descubrir aspectos ignorados de la vida y…personas. Sobre todo personas. Su familia, su viejo padre, sus hermanos, sus pobres suegros reconciliados tres años antes (con gran alegría de su hija..) les arroparon a él y a sus hijos con todo el cariño que fueron capaces de entregar. Nunca estuvo tan rodeado de gente. Nunca tan sólo… Cuando sus hijos se acostaban por la noche y se quedaba sólo, se cercioraba de que estuviesen dormidos y se encerraba en su despacho. En realidad más que despacho se había convertido en un templo del recuerdo. Allí pitillo tras pitillo, miraba y miraba los viejos álbumes de fotos de ella, mientras sonaban una detrás de otra todas sus canciones favoritas. La vida le había dado una tregua pero él quería rendirse. Pasó el tiempo y se fue acomodando al nuevo escenario. Sus hijos llenaban la vida que Javier dejaba que se llenase y en lo demás, iba camino del blindaje sentimental. Ahí seguía, solo. Nunca le habían presentado tantas mujeres, algunas muy notables, y nunca había manifestado tanta desidia por el sexo opuesto. Había decidido que “ya había sido feliz” y que si no volvía a querer no volvería a sufrir… Y solo, tremendamente rodeado y tremendamente sólo. Si había algo capaz de sacar de quicio a Javier era ir a los grandes almacenes a comprar.Aquel día le daba igual todo, hasta eso. Ese viernes de mayo, temprano, había recibido una llamada. Era Nieves, la mujer de su amigo Regino. -¿Javi? Del resto de la conversación prácticamente ni se enteró Javier. Mientras hablaba con ella no conseguía borrar la imagen de su amigo de su cabeza. Era probablemente la persona más vitalista y alegre que conocía, y aquello no era justo… Durante el resto del día deambuló como un zombi. Cuando entró en los almacenes era un hombre a la deriva, y sin embargo a la salida… El caso es que estaba allí para comprar el regalo de comunión de su sobrino Gonzalo, hijo de su hermano Rodrigo y de su ex cuñada Carolina (se separó de él por faldero) y recoger unos pantalones de sus dos hijos mayores Javier y Alvaro cuando se produjo el ¿milagro? Bajaba cargado por las escaleras mecánicas absolutamente despistado y de repente, la ley de Murphy, comenzó a sonar el móvil. Al intentar cogerlo con las manos ocupadas, empezó a moverse como un bailarín de breakdance sin darse cuenta de que la escalera llegaba a su fin y terminó perdiendo el equilibrio y arrollando a una pobre víctima, otro accidente debido a los móviles. El “bulto sospechoso” sobre el que se precipitó resultó ser mujer con traje de chaqueta (buen nombre para un cuadro) que rodó por los suelos todo lo larga que era mientras el maletín que llevaba se estrellaba contra la frente de Javier produciéndole un chichón. -Perdona, ha sido sin querer. El puto móvil ha sonado y… ¿por cierto donde está el maldito aparato? –gritó mientras se apresuraba a ayudar a levantar a la desconocida apreciando “sin querer” que tenía un par de piernas de las que quitan el hipo. Mientras ella se lamentaba, a Javier, cerebro espeso, corazón frío, y reflejos de boxeador sonado, se le encendió la “bombilla” y apreció tres detalles. Los tres primeros detalles en muchísimo tiempo. El primero era que la mujer en cuestión estaba francamente bien. El segundo que esa mujer sabía decir los tacos (ese “joder” se le había quedado muy grabado). Y el tercero que tenía que moverse rápido. Acabó de recoger los restos del móvil y mientras murmuraba –ya los juntaré más tarde- ensayó una sonrisa de las suyas, de las que usaba desde pequeño para camuflar su timidez, y tomándole del codo le dijó: -Perdona otra vez, estoy gilipollas, de verdad, ¿te has hecho daño? Tomándola de nuevo del brazo “aquí me pega una torta” pensó para sí Javier, inició el camino hacia la sección de señoras mientras le decía: -Me llamo Javier y otra cosa no me enseñaron mis padres, pero de educación voy sobrado. Es lo menos que puedo hacer y no hay más que hablar. Ella pensó durante unos instantes en mandarle... efectivamente allí mismo, pero también que dada la falta de tiempo sería más practico no discutir. Además el “pollo” no estaba nada mal, veterano si, con más canas que Blake Carrington, pero no tenía mala facha y además esa sonrisa… -De acuerdo pero vamos rápido, por favor. Dentro de veinte minutos tengo que estar en la otra punta de Madrid y no hay ni un taxi. Cuando de pequeños nos jugamos a elegir a cara o cruz el elegir la “peli” que vamos a ver o fumarnos el último pitillo que nos queda es una sensación muy parecida a la que sintió Javier en ese momento al preguntar-¿No será en el 69, verdad? La cara que se le puso a ella fue todo un poema. -¿Y tu como lo sabes? Dicho y hecho. Los aficionados a los toros sabemos que durante la Feria de San Isidro dos o tres tardes se suspende la corrida por causa de la lluvia. Aquella fue una de esas tardes y curiosamente Javier se alegró. Lo hizo porque la tromba de agua que cayó sobre Madrid convirtió a la ciudad en una auténtica ratonera y le permitió a Javier conocer algo más a María. Durante esa hora y cuarto, ella le comentó a él que era funcionaria de la CEE especializada en derecho comunitario, que trabajaba en Bruselas en un organismo de defensa de la competencia, que tenia una hija de dos años que se llamaba María –que original ¿verdad?- que era madre soltera (tardía pues la había tenido con 37) y que el padre nunca había querido saber nada de la niña. ¡Ah! y que lo de Pilar, era porque nació en Zaragoza, donde su padre, militar estuvo destinado, pero ella se sentía granadina pues fue en Granada donde había pasado infancia y adolescencia. -¿Y vive contigo en Bruselas? Tu hija, me refiero. Con una soltura y un dominio propios de quien se va creciendo por momentos Javier no sólo disculpó a María ante Pololo por la tardanza sino que cambió la fría sala de reuniones por el bar de la esquina como lugar de celebración de la entrevista. Le toco el turno a Javier. Le explicó a María de un modo resumido sus 15 años de matrimonio, sus tres hijos, su trabajo en la empresa familiar (FONTANEROS ¡Y a mucha honra!) y ante la sorpresa de ella dijo –¡y hacía años que no lo pasaba tan bien con una chica! -Con poco te conformas chico. La conversación no es para tanto. Ella incomprensiblemente -¿seré tonta ? pensó para si misma- se puso colorada y por salir del paso tomó de la guantera el primer CD que pilló y sin mirar si quiera de quien se trataba se lo largó a él. -¿Oímos música? María no sabía que Javier llevaba sin escuchar ese CD desde el día antes que Claudia sufriera el accidente. Se lo había regalado a ella porque Los Secretos eran también de los favoritos de Claudia y concretamente esa canción les gustaba mucho a ambos y la habían escuchado varias veces. Javier no sabía que el día que el padre de la hija de María le dijo -¡Ahí te quedas!- sonaba esta canción en el “pub” en el que habían quedado para hablar. El caso es que ambos comenzaron a mirar por sus ventanillas respectivas para que el otro no viera las lágrimas que por motivos distintos les habían empezado a caer. Cuando poco tiempo después se miraron, comprendieron al verse los dos con los ojos rojos como tomates, que ahí podía haber “algo”, se sonrieron y siguieron escuchando la música en silencio como si nada hubiera pasado… La entrevista fue un éxito. Pololo se sorprendió de ver a su primo tan locuaz, interrumpiendo, gastando bromas -“Parece el de antes” pensó-, y aparte de gustarle lo que veía lo cierto es que el currículo de ella era inmejorable. De repente Javier soltó un sonoro ¡coño! y añadió que tenía que marcharse a recoger a su hija Claudia al entrenamiento de baloncesto. -¡Hablamos! Dijo por toda despedida. Cuando al cuarto de hora estaba aparcando para recoger a su hija sonó el móvil: -A ver “espabilao” Aquella noche cenaron juntos y tomaron unas copas. No fue la única, simplemente la primera de muchas citas. Él, día a día, se iba descubriendo eligiendo de nuevo la ropa a ponerse, preocupándose de su aspecto, comprando algún detalle para ella… y se sentía feliz los ratos que pasaba en su compañía. Hasta volvió a canturrear por las mañanas al afeitarse. Ella por su parte, acostumbrada a que le propusieran planes tipo -¿en tu cama o en la mía?- que no le apetecían nada, estaba a gusto con ese tipo que en aspectos –“me recuerdas a mi padre”- estaba un poco fuera de la onda pero que por otro lado era divertido y simpático. Además era distinto a lo que podía encontrar cualquier noche en el circuito madrileño de los “corazones solitario”. Pasaron tres semanas, muy prometedoras, pero María empezó a notar algo raro en Javier. Era como si de repente, se hubiera desinflado. Había perdido esa espontaneidad, esas ganas de agradar, que tenía al principio y se mostraba más pensativo, más taciturno.. Ella inicialmente lo achacó al trabajo, al cansancio, quizá algún problema con los niños… El caso es que empezaba a sospechar que algo le sucedía a él. El sabía lo que le pasaba. Era un traidor. Estaba siendo capaz de pensar en otra que no era Claudia y eso le pesaba. Y mucho. ¡Cuantas veces le había susurrado que no podría haber nunca otra en su vida! ¡Como se enfadaba , cuando en broma, ella le decía que era un romántico incurable y que si algún día ella faltaba él encontraría a otra! Y ahora de repente, cuando creía haber encontrado la coraza ideal para no volver a sentir, cuando había decidido cerrar las ventanas de su corazón para que se mantuvieran en penumbra el resto de su vida y sólo abrirlas en los hitos que la vida de sus hijos marcaran… ahora, ahora, aparecía María inundándolo todo de luz. Javier había vuelto a reír, a sentir, a desvelarse, incluso a escribir poemas como su padre, había vuelto a la vida de la que desertó un día y que como el padre del hijo pródigo le recibía de nuevo con los brazos abiertos, pero… María comenzó a intuir el origen del problema pero con buen criterio decidió que ese “viaje” debía hacerlo él en solitario y poco a poco se fueron apartando. El verano había empezado con buenas noticias. ¡Cero cates! Sus hijos se habían portado un año más y eso simplificaba bastante el verano. Estaban en un campus de baloncesto cuando a Javier le llegó la noticia. Su AMIGO (no es una errata, es que era un tipo excepcional) Regino, estaba a punto de “perder el partido”. La voz de Nieves, ¡Que mujer tan valiente! no admitía dudas – Javi, esto se acaba y quiere verte. -Mañana estoy allí, dile que aguante a que llegue o le pego dos ostias –dijo Javier intentando bromear. Al día siguiente, temprano, se había presentado en Valencia para verle. Nieves le esperaba en la puerta para darle una recomendación “sobre todo que no hable, si fuerza se asfixia” Después de las bromas de rigor, siempre bromeaban, los dos amigos se quedaron solos y antes de que Regino se lanzara a hablar (era un conversador infatigable) Javier ya había empezado a contarle su historia con María ante la cara de sorpresa y de interés de su amigo que estaba comenzando a disfrutar de lo que sería la última charla entre ambos. Durante una hora Javier fue desgranando los pormenores de la historia. De repente Regino alzó la mano y obligándole a callar preguntó: -¿Y donde esta el problema? Porque te conozco y aquí algo falla. Comenzó a toser y Javier asustado pulsó el timbre de la habitación y al momento aparecieron Nieves junto a una enfermera que al poco le estabilizó. Javier se despidió de su amigo dándole un beso en la frente. Aquella noche la “de negro” creyó haber ganado una batalla más. Lo que no sabía es que esa noche Regino había alcanzado la Victoria. Tras el entierro, Javier se acercó a Nieves para despedirse y brindarle todo el cariño y el apoyo de quien ya se consideraba un “veterano” en esas lides de la muerte. La besó y cuando ya se daba la vuelta para marcharse ella le llamó. -Esto es para ti. Me dijo que te lo diera…Y que te dijera que no se te ocurriera llevarle la contraria. El ensayó una mueca para evitar ponerse a llorar y guardó el papel doblado que le acababan de entregar. Durante días estuvo el papel doblado dentro de su cartera. No se atrevía a abrirlo, pues se imaginaba lo que su amigo había escrito. A los pocos días le llamo María. Estaba desmontando el apartamento de Bruselas. -Me he enterado de lo de tu amigo, no te digo nada… * * * * * * –Amiguitos, ha llegado el momento de las “piezas agarradas” –proclamó ufano Pololo mientras tomaba por la cintura a su última conquista, una periodista de la COPE de impronunciable apellido. Manolín, su hermano, dos metros de tío y ciento diez kilos de peso, pero siempre Manolín, se arrancó con el Hey Jude (casi 10 minutos de canción) al tiempo que apagaba las luces para recrear el clima de aquellos guateques de la adolescencia. María le propuso bailar a Javier pero este se excusó diciendo que iba a fumar un cigarro, hacer una llamada de control a los niños y que la siguiente canción la “pinchaba”él. En realidad, quería aspirar ese olor de la sierra, a césped recién regado, a pino, a jara que se disfrutaba desde ese jardín. Buscando el mechero descubrió en uno de los bolsillos el papel doblado del que tanto tiempo llevaba huyendo. Encendió un cigarro y le pegó un par de profundas caladas mientras pensaba en los que ya no estaban y en lo que su amigo le sugería en su último mensaje. Lentamente, volvió a la fiesta y le susurró a Manolín algo al oído. Se dirigió a María y cogiéndola de la mano le dijo repitiendo la vieja fórmula: -¿Bailas? Los primeros acordes de “Starman” de David Bowie, comenzaron a sonar. Su primo había cumplido, y el se disponía a bailar su canción favorita con su chica favorita… Le sudaban las manos, cuando inclinando la cabeza buscó con sus labios los de ella, Estaba como un flan, los pensamientos se arremolinaban en su cabeza… Pero los encontró. Fue un beso suave, lento, lleno de ternura. Mientras se besaban con los ojos cerrados fuera comenzó a llover, lenta, suavemente también. Ella, aún besándole, pensaba que quizá Javier había roto por fin ese candado que tenía encerrado a su corazón. El después del beso, que le había resultado maravilloso, volvió a ponerse la venda negra delante de su alma y empezó a balbucir. -Lo siento, María, no puedo, yo… en realidad querría decirte, pero…de verdad no puedo, no va a funcionar… Ella recogió su bolso y se despidió rápidamente de los demás, alegando una llamada de sus padres y una repentina gastroenteritis de su hija. Al tiempo que esto sucedía,.su hermano se había situado a los mandos de la música y empezaba a rebuscar entre los CD´S… Todo ocurrió muy deprisa. Mientras María procuraba zafarse del siempre pertinaz Pololo, que inútilmente intentaba que cambiase de opinión y permaneciera en la fiesta, se encendieron las luces y resonó la voz de Rodrigo que proclamaba que se habían acabado las “mariconadas” y que “larga vida al Rock&roll”. De repente empezaron a sonar los viejos acordes del no menos viejo “COGE EL TREN“ que fue acogido con gritos de alborozo por el respetable. Javier entendió. Fue como si le tirasen un cubo de agua helada a la cara, Vació de un trago su copa, le hizo un guiño lleno de complicidad a Rodrigo, el pequeño como siempre mostrándole el camino al mayor, y se dirigió hacia la puerta que María acababa de cerrar. Mientras recorría el camino que le separaba de ella, la música empezó a sonar más baja en su cabeza y una vieja frase iba subiendo los decibelios en su corazón: tienes que vivir, TIENES QUE VIVIR.¡¡TIENES QUE VIVIR!! ¡¡¡TIENES QUE VIVIR!!! Conocía la frase, conocía la voz que la pronunciaba... La alcanzó cuando iba abrir la puerta del coche. Apoyó la mano en su hombro, cuando ella se giró, él tomó su cara entre las manos le dijo : Estoy aquí para quedarme. Y cerrando los ojos LAS BESÓ. Treinta años antes Javier había “cogido” un tren que durante todo ese tiempo le condujo a la felicidad. Ahora se presentaba otro que no sabía donde le conduciría. Lo que si sabía ahora es que merecía la pena probar. Todos tenemos una canción de nuestra vida…y un tren que para en nuestra puerta. ¿O son dos?
Madrid Octubre de 2007
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