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De ida y de vuelta
Se me acerca un individuo vestido con larga bata blanca y gorro de idéntico color. Lo recibo inmóvil, apretando fuertemente los puños, pusilánime ante la imponente situación. El tipo corta el cordón que me une al picaporte, el picaporte al portón, y éste con el otro flanco. Aprehende con firmeza entre sus guantes pegajosos mi frágil organismo, y lo muestra orgulloso al público asistente. A continuación lo cachetea con la mano abierta. Entonces pierdo la quietud echándome a sollozar. Desvirgo la mirada no sin hacerme violencia. Contemplo la escena que me rodea con personajes de diversos tamaños y modulaciones. Son extraños. Observo al caballero de la bata blanca, gorro blanco, brazos ensangrentados. Parecen contentos de verme llorar. Alborozados se dan la noticia, la propagan: “¡Por fin ha llegado! ¡Mirar qué hermoso!”. Fui macerado por las típicas pasiones del hombre que hicieron estragos en mi carácter. Las sensaciones de placer y dolor se me agolpaban con profusión, al igual que a la mayoría de los viajeros. Los deseos de regresar al origen aumentaron como una tentación encantadora. Las actuales vivencias me traían agotado, soñaba con el pasado comprobando que el portón se ubicaba lejos en el abismo. Partí en dirección a mi destino, inevitable desde el preciso instante en que una exagerada curiosidad por conocer había nacido. Lo procuré, hablé con los hombres, los hombres no me escucharon, y los escasos que eran porosos, aparentaban perplejidad. Describir un hogar sin calor, sin olor a estofado, un mundo libre de atmósferas, resultó ser una ardua tarea. Porque todo se termina, esta labor no iba a ser una excepción. Me senté a la puerta de la clínica que en su día me vio salir ingenuo e ignorante. Lloré.
Descanso en los bancos de una plaza soleada, rodeado de palomas suplicando un alimento que no puedo brindar. Caminan a mi lado gentes a quienes conozco aunque ellos no lo sepan. Un niño, como un cero a la izquierda, sin ningún valor, lloriquea con aliento incansable; nadie es capaz de consolarlo. Me hallo cara a cara con el reloj de la plaza que sin piedad marca una hora impertinente, metiendo apremios en el cuerpo. Un cosquilleo en el pecho es el aviso de un viejo incidente. La vida desde entonces ha desplegado su auténtico rostro. Sí, ocurrió hace una década. Me encontraba en posición supina sobre la camilla portátil, apuntando con los ojos el blanco del techo – mero reflejo de la sábana que me cubría –. Inmerso en estado de somnolencia escuché pasos acercándose. El médico, con la ayuda de una enfermera empezó a examinarme. Ellos también vestían de cande jugando al ambiente angelical. Era yo el exclusivo punto negro del panorama. Recuerdo haber sido siempre un punto negro. Desde mi aparición en el planeta sin haber sido llamado – producto de una siesta de sexo juguetón -, hasta penetrar envuelto en abrigo dentro de esta plaza de eternidad histórica. De pequeño asombré a los mayores porque se me veía gemir por cualquier fruslería, después dejé estupefactos a los pequeños al no sonreír por motivo alguno. Baste con decir que la frase más habitual con que regalaban mis oídos era: “¿Siempre has de ser diferente?” Salieron al pasillo. Escuché su conversación al otro lado de la puerta corredera. Pude entrever sus figuras sin distinguirlas. Se referían a mí, de eso no cabía la menor duda. - Este paciente ha de ingresarse de inmediato. ¿Creían acaso que me iba a escapar? Cambié la dirección de la mirada. La puerta no se descorrió hasta mucho más tarde; al hacerlo, fue para trasladarme a la quinta planta. Dormí escoltado por una enfermera de nobles rasgos, que no sólo me honró con su compañía, sino que se prodigó en ternuras durante mi prolongada estancia. Entre giros oníricos oía sus suaves sollozos y percibía su mano acariciarme la frente. Insólito que alguien se manifieste como ella en un amor desinteresado. No me conocía, ni siquiera pudo verme a la claridad del día, pero posó afecto en mi pesadez agónica. Se ha levantado un aire muy molesto. Las agujas del reloj de la torre se mueven más por la fuerza del viento que del tiempo. Las palomas insisten en su petición. El niño eleva el tono de sus gemidos por miedo a que se olviden de él. Doy un paseo por los alrededores de la plaza viendo más de cerca a los andantes personajes. A media mañana el doctor presentaba un extraño semblante; no por el resultado de su análisis médico, sino por el total desconocimiento del caso. Esa verdad ofendía su endiosamiento. “¿Qué narices sucede en el interior de este organismo?” – se cuestionaba estupefacto. Sufría yo por la inoperancia y por una fuerte opresión sobre el pecho. Punzantes dagas recorrían mi espalda generando angustia. Con celeridad me suministraron una pastilla roja, y me apaciguaron basándose en palabras con olor a muerte anticipada. Al desaparecer los síntomas, los doctores y enfermeras se esfumaron. Seguía mirando, ahora, al nuevo techo de la quinientos tres. Ocupé el tiempo en atar los pensamientos revoltosos. Los trataba como a borregos que se escapan del redil, los perseguía de uno en uno empujándolos hacia el pelotón. Los reuní y apretujé para que no invadieran. Luego, con indiferencia me olvidé de ellos y dormí sueños sin hechura. Al despertar por culpa de los asépticos chirridos de hospital, fijé la atención en mi compañero de padecimientos: septuagenario, roto, arrugado. Nada especial a destacar en él. Nos soportamos sin complicaciones; él perpetuamente mudo y yo íntimamente solo. Hoy estoy solo pese a la multitud de figurones que pululan por la plaza. Corren sin detenerse. Bajo los arcos se han instalado puestos de antigüedades, zapatos, colchones, e infinidad de futilidades que los aburridos paletos están encantados de adquirir. El aire trabaja de mensajero para los saludos a distancia, para los guiños y citas del sábado. En este jaleo no se sabe bien si vas o vienes, recibes empujones por doquier: involuntarios por supuesto, aunque en realidad quisiera prescindir de ellos. “¿Será que para palpitar vida necesitan del contacto físico?”. Los avatares tuve que afrontarlos aislado. Quizá los puntos negros deban estar solos, pero desconozco la razón. Entre el vocerío se escucha con nitidez el pertinaz llorar del niño. El reloj de la torre es exclusivo a la hora de suscitar interés por encima de la plantación de cabelleras. Mientras, las palomas desfilan al compás. Mi acompañante, el viejo inocuo condenado al ostracismo, dejó de respirar en silencio. Me percaté de que no había sonado su voz. Comprendí que su muerte se manifestaba consecuente con su recatada tribulación. Mi final no se hizo esperar, agazapado en el volteo de una tarde de otoño. Abandoné la humanidad casi voluntariamente. El portón se abrió ante mí. Alguien podría preguntar cuál es la razón de mi presencia al día de hoy si fallecí aquella tarde. He vuelto para hacer pública esta historia que nadie debe narrar en mi nombre, la historia de una enfermedad que todo lo rompe y ningún bullicio emite. Una enfermedad que calla, pero que callar no quiero. Una enfermedad que me fue carcomiendo despaciosamente, contra la que luché sin resultados. Me infringió pena sin tormento y llanto sin lágrimas. Curarme no pudieron ni médicos, ni oraciones. Nostalgia de mi iniciático hogar del otro lado. Fui un enfermo de evocaciones, y eso basta. La opacidad cae sobre la plaza. Mañana los tenderetes recobrarán vida, ajetreo. Los ciudadanos en busca de sus refugios familiares. Echo de menos los berridos del mocoso que fueron disipados de un mamporro por la madre desesperada. Las palomas alzan el vuelo hacia los tejados donde quietas dormitan. La campana de la torre golpea una, dos, tres…, hasta doce veces. Es hora de que el difunto retorne a su nicho.
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© Luis Amézaga |