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Poquito porque es pecado
por Rosy Palau
La despertaron los gatos pero se sentó en la cama y se volvió a acostar.
Un rayo de polvo atravesaba el aire y en el silencio, como una gota muy grande, se oyó caer una ciruela.
Entonces, como siempre, miró a lo lejos y entretenida en los cerros muy altos que humeaban de nubes, pensó también en el tiempo y en todas las cosas que luego se quedaron flotando en esa agua borrosa que no la dejó respirar.
Como la vez que la sacaron del cuarto de uno que la traía del brazo y le habló bonito.
Ni lloró ni nada.
Nomás entró corriendo en la casa y se escondió en el patio a esperar que se le apareciera la Virgen.
“Yo la vi Maria Rosa. Allá muy hondo, con esa capa de espejitos que la tapaba de luz”
Así le platicó la Luisa, recargada en la escoba con la que andaba barriendo.
Pero ese día vio lo mismo que otros. Un cielo que de tanto asomarse le ardía en los ojos.
Apenas oyó que la cercaban, echándose puños de tierra en la boca se desmayó del coraje.
Hasta ahí le llegó el olor de esa cosa que le untaron a gritos y la voz que ni viéndola ahí tirada se aguantó de decir: “Ya déjenla. Es puro teatro”.
Un relámpago de pájaros alumbró la ventana que se onduló en las paredes rayadas de sombra.
“Teatro”. Le repitieron antes de levantarse.
Comenzaba a ponerse oscuro cuando la encontró la Luisa, barajando los aros de sus pulseras, y acercándose despacito le juntó el pelo para hacerle una trenza.
Le gustaba meter sus manos en ese mar de olitas negras, en esa agua de seda, que la hacía imaginar que así era ella, arreglándose en un cuarto en el que la humedad y la lumbre de las velas, le ponían el perfume que la mandaba soñar una selva de estrellas donde aparecía de pronto el que la andaba buscando.
Pero no.
A ella le había tocado la vida nomás para tentarla, así de lejecitos, saboreándose de todo, hasta del amor que inventaba y le decía por dentro: “Luisa. Estoy enfermo de ti”.
“Soy buena pero no tonta”. Aseguraba. Coqueteándole a la cara que sin escucharla se le iba metiendo en el pelo y luego en la oreja, hasta encontrarla más allá, en el espacio donde ya no era más que la Luisa, hambrienta de esos deseos que se le hincaban para que se dejara tener.
A veces la levantaba el miedo y cosía. Cosía, como la noche que entre rezo y rezo amaneció dormida sobre un vestido bordado de lentejuela.
— Prende la luz. Dijo Maria Rosa de repente.
Ella se estiró para alcanzar la lámpara que parpadeó dos veces antes de prenderse bajito y como si ya se fuera, se sentó en la cama.
María Rosa la siguió por el espejo y la vio mirándola como miran las que ya quieren decir.
Se acordó de la mañana en que la divisó parada bajo la resolana que le adornaba lo prieto, esculcando lo que alcanzaba a ver desde la puerta y mientras le hablaban, sin decir nada más que mover la cabeza, entró cargando los trapos que había enredado en un bulto.
Hablaba a pedazos, pero de tanto ir y venir se dejó preguntar.
“¿Cómo es allá de dónde vienes Luisa?
“Como la tierra mojada. Pero tantito más”.
Le contestó mordiendo la guayaba que rellenó de olor lo lejos de sus palabras.
Luego le contó todo eso, tan de verdad, que por poco y creyó que hasta era cierto.
Por la ventana ya no se veían los cerros. Nomás la luna.
—El Cipriano le tiraba piedras. Dijo por fin la Luisa.
—¿A quién? Preguntó María Rosa, poniéndose un arete.
— A la luna.
—¿Estaba loco?
—Él decía que no.
—Mmmm. Dijo María Rosa que entraba y salía de otros pensamientos, tratando de adivinar allá afuera los chiflidos que la llamaban.
— Estaba lloviendo cuando se murió. Siguió contando.
—A de ser muy feo morirse.
—Que como un viento que levanta unas brazas y luego nada.
María Rosa volteó tropezándose con el vestido que colgaba de la silla astillado por un resplandor.
—¿Vamos? Le pidió la Luisa.
—¿A dónde?
—A tirarle piedras. Se alegró levantándose de un brinco.
A María Rosa le gustaba oírla, sentir que se la iba llevando por lo lisito de las palabras hasta dejarla en esos paisajes que luego rellenaba de inventos.
—Bueno. Dijo. Con ganas de andar allá afuera buscándolo sin que se notara y poniéndose el vestido que le regaló la Luisa, la acompañó a la noche del patio como envuelta en un incendio de brillos.
Ella la siguió detrás para mojarse aunque sea poquito de aquellas chispas que se alzaban y caían salpicándola de claridad.
“Dámelo. Tú para que lo quieres”
“Para verlo”
“Ándale. No seas mala”
“Está muy bonito”
“Por eso”
Era cierto. Para qué iba a quererlo, ahí, recordándole que además de largo le apretaba, pero sin apagarle el antojo del baile al que nunca iban a invitarla.
Entonces lo descolgó del ropero.
La vio salir con él en los brazos, caminando a pasitos, como si quisiera llegar porque de tantos adornos se le iba tirando.
—No hay. Dijo María Rosa agachada para buscar.
La Luisa corrió por un balde y lo llenó de ciruelas.
—Con esto dijo. Para aventarlas son iguales.
No les costó trabajo subirse a la barda por el cerro de ladrillos rotos y haciendo equilibrio se acomodaron en lo angosto, quitándose el estorbo de las ramas.
— No quiere que la alcancen. Se rió la Luisa de la luna que pareció moverse al tirar la que pasó rozando los mecates de un tendedero.
—Si. Dijo María Rosa por decir y revisó la calle, que además vacía le enseñó un anuncio.
Luego, como si le entrara en la mano un coraje, agarró el puño que se desparramó y cayó rebotando en el ruido de bolitas que hizo ladrar a los perros.
— Yo ya le di. Se burló.
Ella sin oírla, buscó la más grande y dándole vuelta entre los dedos, se la comió mientras le hablaba el recuerdo.
“Cuando me muera te voy a dejar todo el pueblo aunque no te lo den“. Le prometió un día el Cipriano antes que se le pusieran los ojos volteados, esos que hacían que todos corrieran del susto.
Pero ella no.
Se quedó ahí, esperando a que se le acabara el ataque que lo hacía revolcarse .
Luego le dio un pan.
Se le figuró como esos animalitos que se acercaban cuando nadie los correteaba y ahí se quedaban, tiraditos, en el camino de unos ojos, esperando que los vinieran a recoger. Nadie se animó con él.
Era tan feo estar solo.
Aunque creía que no.
Por eso vivía en un cerro, en esa casa de lodo, con las paredes sembradas de matas que el aire traía y luego secaba en un colgadero de espinas que al rato volvía a nacer.
Desde ahí vigilaba que llegara la tarde para bajar a la plaza por esas calles que le apuntaban la sombra con todo y la cruz hecha de palos chuecos que había cortado en el monte.
Que estaba así porque lo dejó una Hortensia.
Eso decía el rumor que se alzaba picoteado por el cucú de las palomas que se entretenían comiendo en el puro medio de la ociosidad.
¡Cómo le gustaba verlo!
Envuelto en aquellos trapos, todo empolvado, abriéndose paso con el misterio que nomás entrar y apagaba el habladero.
Los miraba derechito igual que a las culebras que cogía de un jalón apretándolas despacio hasta doblarles la lengua que traían estirada y como si los fuera a pelar para comérselos, les iba leyendo los pecados que no se lavaban ni con la cruz que los mandaba a un infierno más lejos que ese cielo muy ancho que los hervía de rojo.
Pero a ella no.
Por eso se ponía detrás, esperando a que acabara de decir lo que era cierto.
“La Hortencia”. Pensó.
Nunca la había visto, pero según era tan buena que no le gustaba lo pobre.
Se la imaginaba pidiendo, Diosito esto, Diosito lo otro, hasta que consiguió los oros que mejor se la llevaron, para allá, donde ya se terminan las palabras.
—Pobrecito. Se le salió decir.
— ¿Quién?
— El Cipriano. Repitió la Luisa.
Todavía cree que no se murió.
Yo lo he visto asomado por el hoyo de la sombra donde vive su espanto.
María Rosa la repasó desde arriba con el vestido enrollado para bajarse pero le dio tanta lástima que se volvió a sentar.
—A veces me das miedo Luisa.
.¿Por qué?
—Porque eres muy mentirosa.
Era la hora que pasaba el tren que pitó tres veces aventando el humo que se convirtió en un gigante que se deshilachó en el aire.
—Me gustaría estar loca. Dijo la Luisa.
—¿Para qué?
—Para que todo sea mío.
María Rosa miró a su alrededor como revisando el mundo.
Trataba de entender lo que le decía, pero el mundo se le escondió en un laberinto de ropa tendida y de ventanas que cuidaba la noche alborotada de grillos.
Ahí volvió a saber que lo único que ella quería era tirarse en los brazos del que haciéndole señas la llamó desde abajo.
Así era. Nomás la miraban se iba corriendo igual que si la mandara el espíritu a recoger su milagro.
Hacía tanto que ya la dejaban en paz.
“Ándale. Hasta que se te acaben los hombres que luego te dejan tirada”
¿Y qué?
A pájaros que no se podían dormir, a palitos tronando en la lumbre, le sonaron las hojas cuando la dejaron sola, tan sola divisó al Cipriano, allá en la torre de la iglesia donde andaba la luna.
“A ver ahora que me haces”. Gritaba con esas palabras que eran el viento que lo hizo tambalear y luego caer en la sombra que chorreó por las paredes para luego hundirse en la oscuridad.
Así se vino, enterito, cuando la lluvia le derritió su cerro.
Nomás quedó la cruz encajada en lo chicloso del lodo que a nadie dejó pasar.
A ella si.
Se quedó muchas horas oyendo el silencio que luego fue y trajo unos zopilotes muy negros.
“Ey tú. ¿Estoy muerto?
“A lo mejor si, a lo mejor no”
Bueno. Pareció que dijo. Pero era la tierra que lo andaba acomodando.
Ya iban muy lejos las risas cuando se bajó despacito con todo y el balde.
Si nada era de ella, a lo mejor la luna que la acompañó a su cuarto para ponerle aquel aire azul por donde entraba y salía el olor de los árboles.
“Luisa”. Le dijeron con un soplo que dobló la vela de un santo.
“Qué”
“No tienes coraje”
“Poquito porque es pecado”. Dijo, como mirando de reojo al diablo.
Luego mejor se acostó y se metió en la neblina de un sueño que primero se comenzó a ver mal pero luego se puso clarito como el río donde se bañaron en las estrellas.
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© Rosy Palau. (Argentina)
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