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Antología
PROFESIONAL Llegó puntual a la sala de reuniones. Dibujó una curva descendente e hizo preguntas que nadie pudo responder. Confirmó todos los rumores, los planes para los que no contábamos. Habló muy claro y sin alzar la voz, no se detuvo en las valías personales, no dejó una puerta abierta. Rápido y limpio, mejor así. Teníamos dos horas para recogerlo todo, a la una se incorporaba el nuevo equipo.
SUMMERTIME Fueron mis últimas vacaciones. Me habían encargado en exclusiva las ventas en la zona de Levante. Yo acudía a las citas con los clientes y tú me esperabas en el coche. Éramos un equipo. Encendías la radio, te ponías mis gafas y mi gorra de Ferrari y movías el volante. Guardo cada minuto que pasamos juntos: el deseo de volver al hotel, de ponerme la nariz de payaso y buscar tu sonrisa. Mamá necesitaba un descanso para rehacer su vida. Había conocido a un médico en el hospital y ensayaba cómo contarte que tenías un nuevo papá, una casa grande y bonita y unas hermanas nuevas. Tenemos que acabar con esta farsa, decía, tenemos que pensar en nuestra hija. Mamá te quiere mucho y Antonio es una buena persona. En cuanto a mí, quiero que sepas que fuiste el único amor de mi vida. Y que he vivido estos años sólo con la ilusión de volver otra vez a ese hotel, encontrarte dormida y acariciar tu pelo.
TRAMPAS Dice que no está, que se fue de viaje. Está nerviosa, me ofrece un café, no gracias, deben mucho dinero y yo he venido a cobrarlo. La hija mayor está viendo dibujos animados, El Rey León, a mi hijo le encanta, se sabe todas las canciones. Los niños aprenden rápido. El pequeño me mira desde la trona con la boca llena de papilla, muy serio, con los ojos azules de su padre. Mi marido es quien lleva las cuentas, dice, yo no sé nada de papeles. Le entrego un documento firmado por los dos, sí, ésta es mi firma, dice, él me dijo que no me preocupara, que era bueno para los dos, bueno para los niños, que todo se arreglaría. Él y su negocio de barcas de recreo. Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá, y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien, señora, pero ahora hablemos de dinero.
PRÓDIGO ¿Has traído el dinero? Escribió la cantidad y mi nombre en el beneficiario, las manos le temblaban al firmar. Pienso devolverlo, dije sin convicción. Mi mujer esperaba en el coche con los niños, las maletas y todas nuestras cosas. ¿Cómo está mi madre?, le pregunté. Nos despedimos dándonos la mano como socios. Al cobrar el cheque pensé en él, en lo que había trabajado para ganar ese dinero. Las horas extras, los domingos, aquellas reuniones hasta la madrugada. Pero también los viajes, largos viajes a lugares desconocidos, como aquella vez, cuando no volvió en toda la semana. No sabíamos nada de ti, mi madre no ha dejado de llorar, no vuelvas a marcharte de ese modo. Prometió que no volvería a pasar, y cumplió su palabra, pero algo dentro de mi madre se había roto para siempre. Han pasado dos años desde entonces. Al principio llamábamos cada semana, mi mujer mediaba entre nosotros y los niños hacían su trabajo. Pero un día encontré un mensaje en el buzón de voz: tu madre está mal, nos hace falta el dinero, queremos llevarla a un médico, y ella por detrás, ¡cuelga, cuelga, qué estás haciendo, cuelga ese teléfono! Hace meses que no tengo noticias.
SUPERVIVENCIA Devora en silencio las sobras del día anterior. Patatas frías que no comió el niño, pan, un poco de agua, es suficiente. No has vendido nada, ¿verdad? El eco de las palabras rebota en los electrodomésticos. Hace años habría temblado de pánico sólo con escuchar esas palabras, pero el tiempo cubre las cosas de una espesa capa de normalidad.
SEVILLA ESTE Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica entre lágrimas, perdónanos, Señor, perdónanos.
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© Pablo García Casado nació en Córdoba el 13 de mayo de 1972. Ha publicado Las afueras (DVD Ediciones, Barcelona, 1997), por el que fue I Premio Ojo Crítico de RNE 1997 y finalista del Premio Nacional de Poesía de ese año, y El mapa de América (DVD Ediciones, Barcelona, 2001). Ha sido incluido en diversas antologías de poesía española, como La Generación del 99, de José Luis García Martín, Feroces, de Isla Correyero o 25 poetas jóvenes españoles, publicada recientemente por Ediciones Hiperión. Ha sido traducido, entre otros idiomas, al portugués por Joaquim Manuel Magalhaes, o al inglés, por el crítico y antólogo norteamericano Chris Michalski, que recientemente incluyó sus poemas en la revista neoyorkina de traducción Circumference. Pablo García Casado muestra gran parte de su obra literaria en la página web www.casadosolis.com. |