Hot edad/Atonal/Antropofagia
por Osvaldo Navarro

 

HOT EDAD

La soledad que asumo es tan divina
Que de tanto ignorarla somos dos:
Uno en el comedor traga su arroz
Y el otro lava el plato en la cocina.

Navarro es un buen hombre que se inclina
Y conjuga los verbos siempre en nos.
Osvaldo es quien se yergue frente Dios,
Y es una débil sombra que ilumina.

A veces somos más, y somos tantos
Que no alcanza la tierra para cuantos
Habitan esta estricta soledad.

Hablo conmigo, que es decir nosotros,
Pero no entablan diálogo los otros:
Los demás son yo mismo en su hot edad.

 

ATONAL

Hijos, indíquenme el tono,
Que me he quedado sin música.
Sordo de mí mismo, escucho
sólo lamentos y súplicas,
el ruido de las almas
y ciertas notas estúpidas
que repiten y repiten
en un vacío de acústica.
Ya no escucho los acordes
de aquellas mañanas fúlgidas,
con su vértigo de pájaros
y estruendo de alas alúminas.
De las primaveras no
recuerdo su risa última,
ni el compás de las estrellas
en aquellas noches únicas,
y tú, mujer, que vibrabas
como una cítara púdica.
No oigo sonar las campanas
el re de mi abeja lúdica,
ni a mi madre que tañía
ésta mi lira tan rústica.
Hijos, indíquenme el tono,
que me he quedado sin música.

 

ANTROPOFAGIA

Adobada con zumo de limón y asada a la parrilla
en forma de arrachera o de churrasco –a la argentina–,
la carne humana es un manjar de lujo
en las mesas de las clases altas,
restoranes gourmet, hoteles cinco estrellas.

También se la prepara encebollada y con curry –estilo indio–
para las fiestas patrias y los banquetes
a los que asisten dignatarios, obispos, grandes inversionistas.

Los Estados Unidos –importadores de rebaños en pie–,
tienen mataderos muy desarrollados
donde el descuartizamiento se realiza en forma automática.
Utilizan hasta la recortería,
a la que agregan soya y otros ingredientes –fórmula secreta–,
y forman una masa con la que moldean hamburguesas y nuggets,
cuyas franquicias venden a las cadenas internacionales de fast food.
Es una industria eficiente y productiva
que se inspira en la escuela clásica alemana:
fabrican telas con el pelo, botones con los huesos y jabón con la grasa.

La publicidad sobre la carne humana en la televisión es sensacional.
Presentan fisiculturistas, bailarinas, artistas de cine
reconstruidas por los bisturís estéticos.
El mensaje subliminal es que la carne no sólo sirve para fornicar,
sino que contiene altos poderes nutricionales.

En los mercados populares del mundo,
se expende salada, en forma de cecina –a la mexicana– para freír,
o seca, para cocer entomatada como tasajo de caballo –a la uruguaya.
En los ganchos de las carnicerías cuelgan las piernas,
los brazos y los costillares, entre las moscas y el olor de las especias.
También se venden los ojos, las tetas, las vísceras, los testículos
cocidos de las formas más diversas y servidos como antojitos,
salpicados con cilantro, cebolla cruda bien rebanada y algo de picante, envueltos en pan árabe o en tortillas de maíz.

En Cuba –país tan especial– la matazón se realiza por fusilamiento,
por prurito militar y por apego a la tradición de las guerras de independencia.
La carne es sometida a un proceso parecido al de Estados Unidos,
pero con influencia de los indios caribes (caníbales),
que adobaban sus presas con ajo de montaña, ají cachucha y culantro.
El contenido se aumenta con soya y con harina de trigo,
y se fabrica un engrudo insípido y fofo (sin envoltura)
llamado masa cárnica.
(Como la distribución está racionada,
los hambrientos han saqueado las criptas de los cementerios).
El pelo se desperdicia por falta de tecnología,
pero la grasa –si la hubiera– se aprovecha en las salsas
(“Échale salsita”, dice el son),
y los huesos, en suculentas caldosas
y en la brujería industrial, gran productora de divisas.
Los dirigentes y los jefes prefieren la carne de cañón
y la lengua estofada de poetas.

Los españoles son fanáticos de la sangre y de las vísceras,
para hacer butifarra,
y ahuman un jamón de pierna serrano
que nada tiene que envidiarle al de cerdo.

Francia es algo aparte.
Allá hornean unos racionales pasteles de seso,
extraídos de los artistas naif de Haití y los inmigrantes árabes,
cuyo olor cartesiano se percibe hasta en lo alto de la torre Eiffel,
y cenan frugalmente con buen vino de mesa.

En África, donde existen costumbres muy extrañas,
dejan pudrir la carne, y se la comen, con las manos,
mezclada con mandioca,
también en estado de putrefacción.

Los japoneses –de paladar tan exquisito–
prefieren las manos y los pies de mujer, porque,
según los exigentes consumidores,
tienen un sabor más refinado que las aletas de tiburón.

Los chinos han desarrollado una novedosa industria,
que consiste en aplicar la tortura china en forma productiva:
cortan pedazos a los disidentes, sin matarlos,
y han invadido el mundo con esas rebanadas,
como si fueran tilapia congelada;
así, han aumentado en dos en por ciento el producto interno bruto.

Yo, que soy un tanto melindroso y tengo escrúpulos,
me he vuelto vegetariano,
y me voy con las vacas y los caballos
a ramonear la magra hierba que aún verdea en los campos.

 

 

 

 

© Osvaldo Navarro (Santo Domingo, Cuba, 1946) estudió filología en la Universidad de La Habana. Considerado por algunos críticos como el poeta más descollante de su generación, es además un exitoso narrador, ensayista, periodista y animador cultural. En su país natal recibió tres premios nacionales de poesía e importantes reconocimientos por su labor literaria. Reside en México desde 1993. Otras obras del autor: Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poemas: De regreso a la tierra (1974), Los días y los hombres (1975), Espejo de conciencia (1980), Las manos en el fuego (1981), Nosotros dos (1984), Combustión interna (antología, 1985), Clarividencia (1989), Xabaneras (1996), Catarsis (1999), Hijos de Saturno. Y es autor de la novela testimonio El Caballo de Mayaguara (1984), con la cual obtuvo, en Cuba, el Premio Nacional de la Crítica 1984.

 

v e r s i ó n   p a r a  i m p r i m i r