Huye
por Juan Díaz Cuenca

I


Huye.
Evita contar los pasos.
Borra tus huellas, disuádete de nunca volver.

Hacia el mar, los océanos. El candil del olvido no prende en los charcos.
Las tierras que distan de esta tierra
son el único refugio a esta nube que atesora flechas.
No les regales tu cuello. Piensa. Huye.
La muesca de tu pescuezo, poeta,
marcaría el súmmum que ansían para su carcomido yugo.

En cuba, un malecón herido de duende se entrega a tus versos.
Sobre un catre, piel de ron, un joven se acaricia afligido el sexo,
su cintura criolla añora el peso muerto de tus brazos atenazados.
Desde Chile, la Xirgú te reclama, la violencia de su grito atesora
el triste augurio de convertirse en tu voz exiliada.

II

Si la presientes, Huye.
Sin pedir la cuenta de lo vivido, sin simular nostalgia.

Ella trae el silencio, el clamor, el susurro.
Ella se lleva la curiosidad, las letras, la algarabía.
La virtud de pasar inadvertido, el aplauso, el público.

La mediocridad y la grandeza son subjetivas pero humanas.

Huye.
Huye te digo, si al cerrar los ojos, ves la ciudad deseada.
¿Puede que esta pesadilla resuelva en la amada rutina?. Puede.
Pero entretanto obedece irracionalmente a esta anónima voz y huye.

III

Hablan en círculos de a tres de la ciudad que te vio nacer.
El pulso de sus facciones, salpicado de babas, nos condena en la zona franca
de un mapa político malpintado con tiza en un banco de un parque.

No necesito escucharles, yo sí estuve allí.

En el barrio de tu niñez, las calles de entramados oxidados.
En las aceras, desmembradas manos, bocas, confesiones.
Puertas con tufo de parca.
Y fue ella, la última voz lo gritaba.
Con su vómito de cloaca cumplió los oídos volubles,
mientras su marcial dicción reventaba los tímpanos del personal insomne.

Del mismo diablo avanza tomada de la mano. Con paso atroz.

Huye Federico, huye.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Juan Díaz Cuenca

 

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