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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número treinta y ocho edición invierno 2008] M A R Z O
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Encontrarme ante las paredes de piedra Encontrarme ante las paredes de piedra ¿y si el viento? El fiero viento es un invertebrado irracional,
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© Pilar Adón. nació en 1971 enMadrid y estudió Derecho. Se inicia en el mundo literario ganando varios certámenes, entre os que destacan el Premio de Novela Breve Ategua (Córdoba, 1997) y el Premio de Ensayo Regenta (Salamanca, 1998). En 1998 publica el poemario Poems Nipples, en 1999 la novela El hombre de espaldas –que fue primer preimo öpera Prima de Nuevos Narradores- y en el año 2001 la plaquette Alimento en la colección AEDO de poesía. Ha publicado, entre otros, el libro de relatos Viajes Inocentes (Editorial Páginas de Espuma), por el que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2005, y la novela Las hijas de Sara (Alianza Editorial). Ha sido incluida en diversos volúmenes de relato: Ni Ariadnas ni Penélopes (Editorial Castalia), Todo un placer (Editorial Berenice) o Contar las olas (Ediciones Lengua de Trapo). Ha publicado relatos y poesía en distintas revistas y suplementos literarios: Babelia, Eñe, Turia, Müsu… Ha traducido el libro de relatos Parecidos razonables , de Christina Rossetti (Editorial Funambulista, 2006) y la novela El mentiroso , de Henry James (Editorial Funambulista, 2005). En 2006 publica el poemario Con nubes y animales y fantasmas (EH Editores), y forma parte de distintas antologías poéticas: Los jueves poéticos (Ediciones Hiperión), La voz y la escritura (Sial Ediciones), Hilanderas (Ediciones Amargord) o Todo es poesía menos la poesía (Editorial Eneida). |
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La memoria donde ardía (2)
y el rostro pertenece al sueño puro Restallándome memorias Ya no te veo, te borro.
Se acerca sujeto a mi sonrisa. Pronto advertiremos
Aún no vence el olvido Aún no vence el olvido, ni debe,
Sí, sucedió, aquello fue, Y todo se dio así, como yo lo recuerdo,
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© Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid (1986), escribe en la actualidad su tesis doctoral para la University of Pennsylvannia (Filadelfia, EEUU) sobre el género epistolar en el Siglo de Oro y es Profesora Asociada de Lengua y Comunicación en la Universidad Antonio de Nebrija de Madrid desde el año 2002. También es traductora free-lance (Inglés-Español).Toda su carrera académica previa se ha desarrollado en EEUU: University of Pennsylvannia (Filadelphia, Pennsylvania); Bucknell University (Pennsylvannia) y University of Wisconsin (Milwaukee, Wisconsin). Igualmente ha impartido la asignatura de Literatura y Cine en la New York University de Madrid (2002-2004). Sus publicaciones incluyen reseñas en la Hispanic Review y artículos en publicaciones universitarias de EEUU y España en el ámbito de la filología y la pedagogía de lenguas extranjeras. Antes de regresar a España, residió un año y medio en Haití, donde impartió clases en una universidad privada y colaboró como corresponsal extranjera con la agencia EFE (1999-2000).Su incursión en el terreno de la creación literaria es muy reciente: su primer libro de poemas, De amor tan solo, se inicia el verano pasado y se concluye en el otoño. Siete de los poemas de dicho poemario han sido recientemente finalistas en dos concursos poéticos y publicados en respectivas antologías :”De amor tan solo”. I Certamen de poesía erótica internacional Buho Rojo. Madrid: GrupoBuho, 2006. “De tan alta marea”. Antología poética. Desde mi ventana: Soledad y Vértigo. Madrid: Editorial Ábaco, 2006. Y varios poemas más de De amor tan solo saldrán en noviembre en Nueva poesía hispanoamericana (Perú: LordByron Ediciones, 2006). Así mismo hay edición digital reciente de otro poemario “Haití: El lenguaje y la flor”. Nebrija Digital Digital . (Revista Digital de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Antonio de Nebrija n° 014-Ene-Mar, 2006. Y de cuatro poemas de un nuevo libro en preparación en la revista digital Claustro poético (número 6, Otoño 2006). |
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Alto es el cielo/Si así lo quieres
Alto es el cielo
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© Manolo Moya |
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Tres poemas
algunos días
al y yo estamos echando
me gusta planchar
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© Alberto Jiménez |
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No busques más No busques más. La calle está desierta, La calle está desierta. Te despierta Alguien o algo tiene que haber,
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© Diego Vaya |
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El hilo de Ariadna
De aquel tiempo no quedan más que los ademanes:
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© Josefa Parra |
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Nico Bleutge vs. Frida Khalo
Fregadero, grifo, ventana, calle. Los arañazos
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© Vicente Luis Mora (Nuevo México – USA) Nacido en Córdoba (España) en 1970, es gestor cultural, escritor y crítico literario. En la actualidad dirige el Centro del Instituto Cervantes en Albuquerque (Estados Unidos). Licenciado en Derecho por la Universidad de Córdoba en 1993. Ha hecho los cursos de doctorado en Literatura Hispánica. Cursa estudios de Filosofía Pura. Prepara una tesis doctoral sobre disolución del sujeto en narrativa y poesía actuales en castellano. Ha desarrollado varios talleres de creación literaria, tanto en narrativa como en poesía. Es columnista de opinión en Diario Córdoba desde 1990. Ha recibido los premios Andalucía Joven de Narrativa, Arcipreste de Hita de Poesía, y acaba de recibir el I Premio Málaga de Ensayo por su libro Topomaquias. Espacios simbólicos entre arte y literatura (próxima edición en Páginas de Espuma). Lbros: Texto Refundido de la Ley del Sueño (Córdoba, 1999); Mester de cibervía (Premio Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2000); Circular (Plurabelle, 2003); Nova (Pre-Textos, 2003); Autobiografía. Novela de terror (Universidad de Sevilla, 2003); Construcción (Pre-Textos, Valencia, 2005); Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual (Bartleby, 2006); Subterráneos (DVD, Barcelona, 2006); Pangea. Internet, blogs y comunicación en un mundo nuevo (F. J. M. Lara, 2006); La luz nueva. Singularidades en la narrativa española actual (Berenice, 2007); Circular 07. Las afueras (Berenice, Córdoba, 2007) |
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Huye
Hacia el mar, los océanos. El candil del olvido no prende en los charcos. En cuba, un malecón herido de duende se entrega a tus versos.
Si la presientes, Huye. Ella trae el silencio, el clamor, el susurro. La mediocridad y la grandeza son subjetivas pero humanas. Huye.
Hablan en círculos de a tres de la ciudad que te vio nacer. No necesito escucharles, yo sí estuve allí. En el barrio de tu niñez, las calles de entramados oxidados. Del mismo diablo avanza tomada de la mano. Con paso atroz. Huye Federico, huye.
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© Juan Díaz Cuenca |
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La patria es una naranja
Un día te fuiste de la patria sin llorar Aún tienes el polvo de aquel camino en la suela de ese zapato. Luego, has llorado.
“Morir por la patria es vivir”
Estoy hablando de mi madre
Mi hijo una vez se uniformó con el uniforme de la patria
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© Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor a favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. Su más reciente novela, Un ciervo herido –que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.*Unión de Escritores y Artistas de Cuba. (Colaboración. La Nueva Cuba) |
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En la orilla
Te veo perdida Leve calma… Sola vienes a besar tu orilla. Llegas… Retrocedes… Apenas permaneces, Esto fue ayer. No insinúas. Pero, ¡ah…! En tu orilla… Ella te ofrece el sosiego, Al final está tu orilla… Ella calma tu inquietud. Es tu orilla salvadora El Amor es una orilla.
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© Milagros Román (España) |
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El desierto de las plazas/Lejos de la tarde
He caminado
Y me voy, y me alejo, y corro el riesgo de que no me alcancen las alas.
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© )Nació en México, DF, en enero de 1986. Desde que era púber ha sido una asidua lectora y desde entonces se ha dedicado a escribir poemas y cuentos. Varias de sus creaciones han visto la luz en diversas publicaciones de México y el extranjero y han sido alabadas por la crítica, que ha destacado su precocidad literaria. Actualmente trabaja en un poemario, un libro de cuentos y tiene en proyecto su primera novela. Ha formado parte del Taller de Creación Literaria del Centro Cultural José Martí, del DF. |
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La tumba de Keats (Fragmento) En la vida de un hombre siempre hay una mañana para la calamidad,
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© Juan Carlos Mestre (España). poeta y artista visual, nace el 15 de abril de 1957 en Villafranca del Bierzo (León). En 1982 publica su primer libro, Siete poemas escritos junto a la lluvia, al que seguirán, en 1983, La visita de Safo y Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo, poemario con el que obtiene el PREMIO ADONAIS de poesía en 1985. |
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Las mujeres fabrican a los locos Las Mujeres fabrican a los locos A ellas les debemos Adoro las que habitan los prostíbulos Vino a buscarme la pandilla de los libidinosos Me llora un ojo La eyaculación pide el último de los desempleados Las Mujeres fabrican a los locos Del poemario: Las mujeres fabrican a los locos
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© Raúl Ortega Alfonso, La Habana, Cuba, 1960. Publicación del poemario Las mujeres fabrican a los locos , Editorial Abril, La Habana, Cuba, 1992. Publicación del poemario Acta común de nacimiento , Editorial Praxis, México, D. F., 1998. Publicación del poemario Con mi voz de mujer , Editorial Arlequín, Fonca, Guadalajara, México, 1998. Segunda edición del poemario Las mujeres fabrican a los locos , Editorial Praxis, México, D. F., 2003. Publicación del poemario La memoria de queso , Editorial La Torre de Papel, Miami, Florida, 2006. Incluido en diferentes antologías de poesía cubana en Cuba y en el extranjero. Traducido al alemán. |
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Hot edad/Atonal/Antropofagia
La soledad que asumo es tan divina Navarro es un buen hombre que se inclina A veces somos más, y somos tantos Hablo conmigo, que es decir nosotros,
Hijos, indíquenme el tono,
Adobada con zumo de limón y asada a la parrilla También se la prepara encebollada y con curry –estilo indio– Los Estados Unidos –importadores de rebaños en pie–, La publicidad sobre la carne humana en la televisión es sensacional. En los mercados populares del mundo, En Cuba –país tan especial– la matazón se realiza por fusilamiento, Los españoles son fanáticos de la sangre y de las vísceras, Francia es algo aparte. En África, donde existen costumbres muy extrañas, Los japoneses –de paladar tan exquisito– Los chinos han desarrollado una novedosa industria, Yo, que soy un tanto melindroso y tengo escrúpulos,
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© Osvaldo Navarro (Santo Domingo, Cuba, 1946) estudió filología en la Universidad de La Habana. Considerado por algunos críticos como el poeta más descollante de su generación, es además un exitoso narrador, ensayista, periodista y animador cultural. En su país natal recibió tres premios nacionales de poesía e importantes reconocimientos por su labor literaria. Reside en México desde 1993. Otras obras del autor: Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poemas: De regreso a la tierra (1974), Los días y los hombres (1975), Espejo de conciencia (1980), Las manos en el fuego (1981), Nosotros dos (1984), Combustión interna (antología, 1985), Clarividencia (1989), Xabaneras (1996), Catarsis (1999), Hijos de Saturno. Y es autor de la novela testimonio El Caballo de Mayaguara (1984), con la cual obtuvo, en Cuba, el Premio Nacional de la Crítica 1984. |
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Llegaron en tres caravanas
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© Juan Manuel Navas. Madrid, España (1971), Cursa estudios de Derecho y Filología Española en Madrid. Dirigió la revista Poeta de Cabra, y el proyecto editorial del mismo nombre, hasta su desaparición. También codirigió la revista de creación y reflexión literarias Anónima. Ha publicado los libros de poesía “La sonrisa del saltador”, Colección Poesía nº 293, Ediciones Endymion, Madrid, 2002 y “El cáncer de las mariposas”, Colección El Árbol Espiral, lf ediciones, Béjar (Salamanca), 2002. Sus poemas han aparecido en antologías como “Aula CEU de Poesía”, Universidad San Pablo CEU, Madrid, 2000 o “Al aire nuevo. Antología de poesía española actual”, Ediciones Desierto, San Luis Potosí, S.L.P., México, 2001. Ha colaborado como crítico en las revistas Prima Littera, Poeta de Cabra, Anónima y Literaturas.com. |
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Mi primer cuarto de baño (selección)
Alguien espera detrás de la puerta del baño Me unto una lentilla y Y todo vuelve a su estado, Miro con ojos recién pintados Sin saber, que es otra
Esta es la historia de una mujer Una mujer Y odia, mordisqueando Esta es la historia de una mujer La historia de sus calcetines mojados,
Me gustaría tener el pelo leónico de la Turner, Paso una página y otra
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© Mª José Mora, Maijo Mora (Huelva 1977) es periodista y fotógrafa. Tras sus primeros pasos en el colectivo onubense Madera Húmeda, ha colaborado en diversos espacios culturales madrileños Less is More, Espejo5 y La Fábrica de Lycors de Mallorca. Actualmente reside en las pitiusas donde trabaja en varios proyectos. |
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Trova del pecador Es verdad que mordí la manzana Es verdad que mordí la manzana Dios mío, esa manzana. En mi cabeza de supliciado |
© Raúl Rivero Castañeda . (Morón, Cuba. 1945). “Periodista de estirpe y autor de poemas cubanísimos” según Eliseo Alberto, “el primer popeta cubano” según Guillermo Cabrera Infante. Ha publicado numerosos libros de poesía y varios de reportajes. Trabajó durante años en los principales periódicos y revistas de la isla, así como en Prensa Latina (agencia oficial de noticias) y en la UNEAC (Universidad de Escritores y Artistas de Cuba) como asesor de Nicolás Guillén. En 1991 firmó la Carta de los 10, carta abierta al gobierno cubano pidiendo reformas y espacios para todos, por lo que fue condenado al ostracismo y se le prohibió viajar. El 4 de abril de 2003, en juicio sumario, fue condenado a 20 años de cárcel, que cumplió, en el penal de Ciego de Ávila en condiciones infrahumanas, hasta su excarcelación el 30 de noviembre de 2004. Desde primeros de abril de 2005 vive en España. Ha publicado “Sin pan y sin palabras” Ed. Península. Este poema lo escribió en la carcel, junto a otros que hoy conforman el libro “Vidas y Oficios” Poemas de la cárcel. Ed. Península 2006. “Casi todos en una celda de castigo donde solo podía caminar seis pasos”. Ese fue su hogar durante un año, entre la primavera del 2003 y el inviernillo cubano del 2004, cuando ya estaba seguro de que es era el lugar donde iba a buscar la muerte. Ariadna publicó varios poemas y artículos en el verano del 2003, junto al relato titulado “La cuartilla” que le dedicó su amigo y periodista cubano Rafael Alcides. |
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Antología de drink river
Ya no se qué coño es esto de la vida estoy harto cansado y duele tanto qué patético el deseo la esperanza .../... El policía no lo quiere reconocer
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© Francis Vaz |
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Selección (Si un día me oyes/Escojo.../Cuando voy al fútbol)
Si un día me oyes compadéceme:
Cuando veo fútbol, tenis Mis padres llamaban Perdonadme que ahora juegue:
Por culpa de palabras mal usadas
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© Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968). Ha publicado el libro de relatos En días idénticos a nubes (Mileto) y el poemario La alambrada de mi boca (Ed. Baile del Sol). Sus relatos y poemas aparecen en antologías tanto en papel como en Internet y desde su blog http::/elalmadisponible.blogspot.com intenta difundir su pasión por la poesía |
Tequila con Pandora
Narradoras
Señorías: no den crédito a nuestros uniformes No piensen que crecemos tan ingenuas El corazón persiste en el centro del carámbano, y como Scherezades que sospechan necesarias.
Rebeca Tabales 2005 |
© Rebeca Tabales. Madrid, España (1981) |
Refutación de la elegía / Don del vuelo / Casa en el árbol
Disculpen la imprudencia, voy de paso,
Y ahora que desperté sin calendario
En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
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© Eduardo García nace en São Paulo en 1965, hijo de españoles. Vive pues su primera infancia a caballo entre dos lenguas. Permanece en Brasil hasta los siete años, edad en la que su familia decide regresar a España. Se traslada entonces a Madrid, ciudad donde transcurre su adlescencia y primera juventud. Cursa allí la Licenciatura de Filosofía, especializándose en Estética. Profesor de Filosofía, obtiene en 1991 una plaza en Córdoba, donde reside en la actualidad. Como poeta es autor de los libros “Las cartas marcadas” (1965), “No se trata de un juego” (1998, 2ª edición 2004), “Horizonte o frontera” (Hiperión, 2003) y “Refutación de la elegía” (Generación del 27, 2006). Por “No se trata de un juego” recibió el Premio Hispanoamericano de Poesía “JUAN RAMÓN JIMÑENEZ”, así como el premio “OJO CRÍTICO” de Radio Nacional al mejor libro de poesía joven del año. “Horizonte o frontera” obtuvo el Premio Internacional de Poesía “ANTONIO MACHADO EN BAEZA”. Su obra ha sido recogida en las principales antologías de poesía última española: “La generación del 99” (José Luis García Martín, 1999), “Pasar la página” (Manuel Rico, 2000), la bilingüe “Poesía espanhola, anos 90” (Joaquím Mª Magalhães, Lisboa, 2000), “Yo es otro, autorretratos de la nueva poesía” (Josep Mª Rodríguez, DVD, 2001), “La lógica de Orfeo”, (Luis Antonio de Villena, Visor, 2003) y “Ultima poesía española” (1990-2005) (Rafael Morales Barba, Clasicos Marenostrum, 2006) entre otras. Ha cultivado el ensayo sobre el fenómeno poético en sus libros “Escribir un poema” (Fuentetaja, 2000; 2ª edición ampliada y corregida, 2003) y “Una poética del límite” (Pre-Textos, 2005), donde propone una epistemología de la escritura desde una visión integradora. En abierto diálogo con su propia aventura creativa. “Una poética del límite” ofrece una puesta al día en profundidad de nuestra actual concepción de la poesía a la luz de las aportaciones de las ciencias humanas, la estética y el psicoanálisis contemporáneos. |
Acorralado
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© Rafael Pérez Castells. Rafael Pérez Castells nace en Madrid en 1955, es Doctor en Ciencias Químicas y ha dedicado su vida profesional a la investigación y a la empresa privada. Ha publicado La Torre Dinamitada (1997), Diccionario de días Premio SIAL de poesía en 1999 y Poesía (2000-2006) en el año 2007. Desde entonces han aparecido poemas suyos en revistas como Cuadernos del Matemático, Luces y Sombras, Poeta de Cabra, Prima Littera, y en "Ariadna-rc" de la que es miembro fundador. También aparecen poemas suyos en las antologías "Aula CEU de Poesía", Ed. Universidad S.Pablo CEU 2000, "La voz y la Escritura", Ed. Comunidad de Madrid 2000 y "Entonces y ahora", Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid 2003. Ha sido co-director de los ciclos de poesía de la Universidad San Pablo CEU desde 1998 a 2001. |
Los muertos en el tajo
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© Pedro Sevylla de Juana Página Web del autor: www.sevylla.com
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Lágrimas de sangre
Ni los heraldos negros ni los versos más tristes esta noche |
© Daniel Laneri nace en Bánfield, provincia de Buenos Aires, en la misma fecha y a la misma hora que el poeta Pablo Neruda, pero en la Argentina del 64. Acaso un sino, vaya uno a saber. En 1988 trabaja como redactor de la revista Metáfora del Arte, de editorial Urano, y participa de la primera antología poética de la misma editorial. Ese mismo año comienza su creación radial Poemúsica, a la que se sucederán otros programa. Desde entonces ha participado en la elaboración de muy diversas obras para el mundo audiovisual en las que integra música y poesía. Escribe y estrena las obras poético-musicales Ausencias y Esperanzas, Del corazón y los pájaros, Antigüedades y Haciendo el verso. Animador cultural incansable en el 97 crea y dirige el proyecto cultural Arte Javier Villafañe, en el 2002 crea el Club de Escritores Isla Negra y en el 2004 decide crear la editorial Ediciones Argentina Escribe. Este año (2008) se editará y presentará su obra “El Libro del Gran Amor” , libro del cual se publican algunos de sus poemas en el boletín de hoy de Ariadna-rc. |
Tres poemas
Nunca será tarde del todo Sólo un minuto, feliz, inesperado. Nunca será del todo tarde
No sé de quién se trata, Las fotos suspendidas sobre un mueble, Quizás es que sólo esperan, pacientes,
La vorágine absurda de la calle, Todos ellos roedores del silencio.
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© José María Barredo Viudes, (Madrid) ha publicado poemas en las revistas “Poética digital” “Almiar” “Arrebato. Libros “ Es autor de las colecciones de relatos “Varios asuntos y alguna ocasión para el portento” (Edit.Virtualibro) y “El rito cotidiano”. Ganador de los Concursos de relatos Ayto. de Benferri , Júbilo. Ciudad de Getafe. Poemas seleccionados en Premio Poesía. Diputación de Alicante y Circulo de Bellas Artes de Palma de Mallorca. |
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Antología
PROFESIONAL Llegó puntual a la sala de reuniones. Dibujó una curva descendente e hizo preguntas que nadie pudo responder. Confirmó todos los rumores, los planes para los que no contábamos. Habló muy claro y sin alzar la voz, no se detuvo en las valías personales, no dejó una puerta abierta. Rápido y limpio, mejor así. Teníamos dos horas para recogerlo todo, a la una se incorporaba el nuevo equipo.
SUMMERTIME Fueron mis últimas vacaciones. Me habían encargado en exclusiva las ventas en la zona de Levante. Yo acudía a las citas con los clientes y tú me esperabas en el coche. Éramos un equipo. Encendías la radio, te ponías mis gafas y mi gorra de Ferrari y movías el volante. Guardo cada minuto que pasamos juntos: el deseo de volver al hotel, de ponerme la nariz de payaso y buscar tu sonrisa. Mamá necesitaba un descanso para rehacer su vida. Había conocido a un médico en el hospital y ensayaba cómo contarte que tenías un nuevo papá, una casa grande y bonita y unas hermanas nuevas. Tenemos que acabar con esta farsa, decía, tenemos que pensar en nuestra hija. Mamá te quiere mucho y Antonio es una buena persona. En cuanto a mí, quiero que sepas que fuiste el único amor de mi vida. Y que he vivido estos años sólo con la ilusión de volver otra vez a ese hotel, encontrarte dormida y acariciar tu pelo.
TRAMPAS Dice que no está, que se fue de viaje. Está nerviosa, me ofrece un café, no gracias, deben mucho dinero y yo he venido a cobrarlo. La hija mayor está viendo dibujos animados, El Rey León, a mi hijo le encanta, se sabe todas las canciones. Los niños aprenden rápido. El pequeño me mira desde la trona con la boca llena de papilla, muy serio, con los ojos azules de su padre. Mi marido es quien lleva las cuentas, dice, yo no sé nada de papeles. Le entrego un documento firmado por los dos, sí, ésta es mi firma, dice, él me dijo que no me preocupara, que era bueno para los dos, bueno para los niños, que todo se arreglaría. Él y su negocio de barcas de recreo. Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá, y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien, señora, pero ahora hablemos de dinero.
PRÓDIGO ¿Has traído el dinero? Escribió la cantidad y mi nombre en el beneficiario, las manos le temblaban al firmar. Pienso devolverlo, dije sin convicción. Mi mujer esperaba en el coche con los niños, las maletas y todas nuestras cosas. ¿Cómo está mi madre?, le pregunté. Nos despedimos dándonos la mano como socios. Al cobrar el cheque pensé en él, en lo que había trabajado para ganar ese dinero. Las horas extras, los domingos, aquellas reuniones hasta la madrugada. Pero también los viajes, largos viajes a lugares desconocidos, como aquella vez, cuando no volvió en toda la semana. No sabíamos nada de ti, mi madre no ha dejado de llorar, no vuelvas a marcharte de ese modo. Prometió que no volvería a pasar, y cumplió su palabra, pero algo dentro de mi madre se había roto para siempre. Han pasado dos años desde entonces. Al principio llamábamos cada semana, mi mujer mediaba entre nosotros y los niños hacían su trabajo. Pero un día encontré un mensaje en el buzón de voz: tu madre está mal, nos hace falta el dinero, queremos llevarla a un médico, y ella por detrás, ¡cuelga, cuelga, qué estás haciendo, cuelga ese teléfono! Hace meses que no tengo noticias.
SUPERVIVENCIA Devora en silencio las sobras del día anterior. Patatas frías que no comió el niño, pan, un poco de agua, es suficiente. No has vendido nada, ¿verdad? El eco de las palabras rebota en los electrodomésticos. Hace años habría temblado de pánico sólo con escuchar esas palabras, pero el tiempo cubre las cosas de una espesa capa de normalidad.
SEVILLA ESTE Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica entre lágrimas, perdónanos, Señor, perdónanos.
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© Pablo García Casado nació en Córdoba el 13 de mayo de 1972. Ha publicado Las afueras (DVD Ediciones, Barcelona, 1997), por el que fue I Premio Ojo Crítico de RNE 1997 y finalista del Premio Nacional de Poesía de ese año, y El mapa de América (DVD Ediciones, Barcelona, 2001). Ha sido incluido en diversas antologías de poesía española, como La Generación del 99, de José Luis García Martín, Feroces, de Isla Correyero o 25 poetas jóvenes españoles, publicada recientemente por Ediciones Hiperión. Ha sido traducido, entre otros idiomas, al portugués por Joaquim Manuel Magalhaes, o al inglés, por el crítico y antólogo norteamericano Chris Michalski, que recientemente incluyó sus poemas en la revista neoyorkina de traducción Circumference. Pablo García Casado muestra gran parte de su obra literaria en la página web www.casadosolis.com. |
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Vasos comunicantes Al cambiarse en la sacristía, le pasaron por encima los jirones de un sueño tan negro como el forro de la sotana que le ahogaba los ojos, un sueño agobiante en el que bailaba pegado a hombres recios y brutales que olían a máquina y a tabaco, y que se frotaban obscenamente contra su entrepierna, un sueño que el sacerdote intentó apartar de sí cerrando los ojos, pero que le persiguió durante todo el día con el olor vil y aparatoso del sudor, y la quemadura de los azotes en las nalgas, y la opresiva atmósfera de un infierno lleno hasta los topes de música, mujeres tristes y hombres solitarios; incluso después de cerrar la celosía del confesionario y dar la absolución a una mujer que, como cada semana, volvería a su casa para cambiarse de ropa, ceñirse un vestidito corto que le descubría los muslos y cuya tela sutil repasarían manos ávidas y fatigadas, mientras ella bailaba por dinero toda la noche, entrecerrando los ojos y recordando muerta de cansancio escenas de un extraño sueño donde los armarios estaban llenos de aceites y galletas blancas, y una luz que olía a madera y a incienso y vino dulce, y una fila de bocas que se abrían ante ella, sumisas y anhelantes.
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© David Torres (Madrid, 1966). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Desde sus inicios pertenece al nucleo de ariadna-rc. Nanga Parbat, ganadora del Premio Desnivel 1999 de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura, fue su primera novela. Ha sido galardonado también con el Premio de Narrativa convocado por la Editorial SIAL, por su relato "Donde no irán los navegantes". Ha sido finalista de la 59ª edición del Premio Nadal 2003 en España con su novela El gran silencio. Además ha escrito "Cuidado con el perro" 2003, "La sangre y el ámbar" 2006 y la novela "El mar en ruinas" seleccionada por diversos suplementos culturales entre las mejores novelas del 2003. Columnista del diario El Mundo y guionista del programa Al filo de lo imposible. |
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Rodillas
A Viviana le picaban las rodillas. Tenía una especie de sarpullido y fantaseaba con encontrar una especie de lija o algo con qué rascarse. Por supuesto, en el psiquiátrico no había lijas, así que se conformaba con sus uñas, que eran anchas y cortas. Sentada en una silla de metal, en ángulo recto y sola en una habitación de paredes blancas que daba a un patio, Viviana se rascaba cada una de sus finas rodillas con la mano del lado que le correspondía. Tenía puesto un pantalón de gimnasia verde claro y un buzo con capucha del mismo color. En silencio, se rascaba rítmica y sistemáticamente. Estaba en eso cuando entró Fermín, el enfermero. La miró sin interés, dejó un paquete de galletitas rellenas sobre una mesa y se paró al lado de la ventana. El era alto, moreno, de cara angulosa y nariz larga. Llevaba un ambo celeste con escote en ve. Le sobresalían algunos pelos del pecho, que formaban pequeños rulos. Todavía sin mirarla, le preguntó cómo andaba del sarpullido en las rodillas. —Me tiene loca –ironizó ella. —¿Querés una galletita? Viviana bajó la vista y se tanteó la punta de la nariz con una mano. Fue la primera vez que la separó de la rodilla. Inmediatamente después siguió rascándosela. —Me da miedo seguir viviendo. Ahí tenés. Fermín se separó de la ventana, donde había estado apoyado hasta entonces. Puso una silla frente a Viviana, se sentó y empezó a rascarse las rodillas, también a ritmo parejo y constante y con la mano que le correspondía a cada lado. —A ver, Viviana, contame qué hiciste hace tres días, cómo fue que te tomaste los ansiolíticos y tu mamá te trajo acá. Viviana se comió otra galletita. De repente, empezó a reirse despacio. Tentada, contrabandeó un par de carcajadas, pero se tapó la boca para que no se le escaparan migas. —¿Sabés qué, Fermín? Tengo los problemas que vos decís que tengo: ganas de hacer pis, de comer y de tener sexo violento. Con vos.
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© María Eugenia Rodríguez. (Argentina) Argentina-España. Licenciada en Periodismo, Universidad del Salvador (USAL), facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social (2003). Analista en Medios de Comunicación, USAL (2000). Redacción en diario “La Nueva Provincia”, sección La Ciudad, Política y Gobierno (2005 a la fecha). Colaboración en diario “La Nueva Provincia”, secciones La Ciudad, Política y Gobierno y Vida Cotidiana (2003 a 2005). Conducción y producción de programa radial político en FM 98.9 (2002, Núñez, Buenos Aires)
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Amor aéreo
Hacía una mañana lúgubre y oscura. El avión rugió sobre la pista del aeropuerto de Barajas, despegó con un fuerte zumbido y ascendió oblicuamente hacia el cielo con destino a Marrakech. Los viajeros desabrocharon sus cinturones para ponerse cómodos. Una joven que cubría su cabello con un pañuelo con monedas de oro que le caían sobre la frente, pidió disculpas para cambiar de sitio a un joven que aceptó afablemente. Le explicó que estar pegada a la ventanilla le producía vértigo y ambos se rieron del incidente y se dejaron caer sobre los respaldos cerrando un momento los ojos para descansar. Ella era alta, delgada, cutis de maniquí pero sin cosméticos, cuerpo fino y cimbreante. Vestía ropa gris y rosa que le caía formando pliegues hasta los pies. Llevaba un brazalete con incrustaciones de brillantes en su muñeca izquierda y su aspecto general denotaba educación y opulencia. El era de ojos castaños, pelo negro como el azabache. Iba también bien ataviado y era suave en sus modales. En el asiento delantero, una mujer se puso a cambiar de posición al niño que no cesaba de llorar; lo puso en su regazo y, para acallarlo, tiró de la cremallera de su chilaba, sacó el seno izquierdo y acercó al bebé para que mamara. Su compañero de asiento, un hombro corpulento, con un grotesco bigote y pelo rizo, se quedó furtivamente mirando de reojo al seno erecto y opulento de la joven madre, sin pestañear. En el lado contiguo, a la derecha, otra mujer se arrellanó cómodamente en su asiento, desplegó el diario La Mañana y se enfrascó en su lectura, sin notar que el hombre sentado a su derecha la escudriñaba discretamente, impresionado visiblemente por los encantos con que la naturaleza obsequiaba magnánima y generosamente a ciertas criaturas femeninas. Era una mujer bellísima, de formas esculturales, rubia, de ojos azules y labios carmíneos. Llevaba cabello recogido en un gran moño en la nuca. Vestía una atrevida creación en azul marino y blanco que le daba un aspecto distinguido. Ella parecía muy preocupada y tenía el ceño fruncido. El hombre miró los titulares del periódico y comprendió la preocupación de la joven: " Una mujer recién casada castra a su novio y se suicida"; "Una joven seropositiva logra contaminar a varias personas, por venganza". Desplegó su propio periódico y notó que aquellos títulos eran casos aislados y sensacionalistas, destinados a un público específico. Se interesó por la página de política nacional y no pudo contener su emoción: tras una larga e ingrata sequía, la situación volvía a su curso normal, con un rebrote general de la vegetación y el abastecimiento oportuno en recursos hidráulicos. En cuanto a los labradores e inversores extranjeros todos manifestaban su euforia y confianza en el porvenir. Un fuerte codazo sacudió al hombre y le hizo volver la mirada hacia su compañera de asiento, quien se apresuró a disculparse: —Lo siento, dijo con voz suplicante, me disponía a abrir el bolso para sacar caramelos cuando, debido a la sacudida del avión, le di a usted este golpe sin querer. Miró al joven y, por primera vez, pudo recrearse en su contemplación, estudiándole a su antojo. Era también alto y de formas esculturales; pero moreno, de ojos castaños, cabellos y cejas de un negro profundo. Tenía también un aspecto pulcro y distinguido. —¿Cómo se dice en árabe dialectal "perdone" y "Gracias"? La joven del brazalete y su compañero, que habían ya alcanzado una intima amistad, zamparon el pollo con arroz e insatisfechos, sacaron dos desbordantes bocadillos de sus bolsos de plástico y los engulleron también. El hombre del grosero bigote, que no dejaba de escudriñar a la joven y embelesada madre, se dejó finalmente guiar por su impulso e invitó a su compañera a compartir con él unos deliciosos pasteles madrileños, como postre. La joven aceptó, mientras un vivo rubor se extendía por sus mejillas que pronto empezaron a irradiar múltiples colores. Hasta sus orejitas se sonrojaron, cuando su compañero le dijo que no entendía cómo una bellísima criatura como ella viajaba sola. Cuando hubieron terminado de almorzar, les proyectaron una película que resultó ser de violencia. Aurora se disculpó para echarse un momento y Adel hizo lo mismo. La joven cerró los ojos y la imagen de Pedro irrumpió en su mente. Recordó que empezaron a reñir tras el divorcio de los padres de ella. El joven empezó a distanciarse, luego a evitarla. Finalmente se separaron sin más. Al borde de una depresión nerviosa, fue a consultar a un psiquiatra que le aconsejó cambiar de vida viajando y descubriendo otros horizontes. “Viajar es morir un poco", pensó. Sus ojos, aunque cerrados, no pudieron detener dos grandes lágrimas que brotaron y resbalaron por sus mejillas. En aquel preciso instante, por cambiar el avión de trayectoria, los viajeros se sacudieron y Adel se irguió en su asiento, miró a Aurora y descubrió que sus ojos estaban humedecidos. —Si puedo hacer cualquier cosa, le dijo, solícito, entregándole un clínex. En el asiento contiguo, el joven del pelo azabache y la bella del brazalete parecían absortos y sumidos en una conversación interesante. Ella hablaba con voz dulce y acariciadora. El escuchaba con radiante júbilo. Súbitamente se abrazaron y besaron con ardor. En el asiento delantero, la joven madre y su compañero mantenían también una conversación entretenida y enternecida. Sus miradas eran ansiosas, solícitas y lánguidas. Aurora y Adel veían que las dos parejas se comportaban como viejos enamorados. El hombre tenía al bebé en sus brazos y la madre le tarareaba en voz baja una canción de cuna para que se durmiera. —Según los pocos fragmentos de conversación que he podido captar, aclaró Adel, la joven madre acaba de divorciarse y vuelve a casa de sus padres. Su compañero le propone casarse con ella y ocuparse del niño. En cuanto a la otra pareja, acaban de comprometerse individualmente y lo harán oficialmente cuando lleguen a Marrakech. El avión empezó súbitamente a perder altitud y los viajeros pudieron paulatinamente vislumbrar las primeras palmeras, el color rojizo del relieve y la vegetación propia a la ciudad eterna. Aurora se inclinó hacia la derecha, deshizo su moño y echó la cabeza atrás. Sacó del bolso un pequeño espejo y se retocó los labios, pintados ligeramente de rosa. Luego sacó un perfumador y se aplicó unas gotitas detrás de las orejas. Percibió por el rabillo del ojo que Adel la estaba desnudando con la mirada. Su cabellera rubia exhaló una fragancia embriagadora que no dejó indiferente al hombre. Una sensación de felicidad pareció reflejarse en sus facciones que no escapó a la mirada aguda de la pareja que ocupaba el asiento contiguo. Los dos jóvenes le lanzaron una sonrisa cómplice. Por su parte, Aurora intentaba analizar sus confusos sentimientos. Curioso destino el suyo. Se creía desgraciada. Pensó que viajar era olvidar desdichas y morirse un poco. Creyó que nunca encontraría la felicidad. Sintió de repente una profunda sensación de triunfo. Había huido de aquella tenebrosa historia, de aquella insoportable niebla… para encontrarse con la luz… Comprendió que el hombre que la acompañaba ahora la atraía irresistiblemente. La embargó súbitamente una sensación de euforia nunca experimentada antes. Sintió que debía besarle. Tenía que hacerlo. En su movimiento, dejó caer deliberadamente el capullo de rosa, que tenía en el ojal de la solapa, sobre las rodillas de Adel. Éste se agachó, aún aturdido por la fragancia de la joven, para recoger la rosa, aspiró su aroma y al erguirse sus rostros se rozaron, como ella había imaginado. La besó. Le correspondió ella, entregándose cuerpo y alma. —¡Contigo ahora todo es mágico!, susurró él, luego miró por la ventanilla y añadió, ya llegamos. Bienvenida a tu nueva casa.
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© Es catedrático de Semiótica de Textos en la Escuela Normal Superior de Tetuán. Licenciado en Filología, Traducción y Periodismo, es Doctor desde 1990 por la Universidad Rennes II de Haute Bretagne (Francia), en la que defendió su Tesis Doctoral titulada Les Avatars du Sens dans la Traduction du Quichotte, una crítica histórica sobre las traducciones francesas del Quijote. Actualmente es jefe del Departamento de Lengua y Literatura Españolas de la Escuela Normal Superior de Tetuán, en donde imparte docencia e investiga principalmente sobre lingüística y didáctica de la lengua y también sobre teoría y práctica de la traducción; temas éstos a los que ha dedicado la mayor parte de sus trabajos de investigación, publicados en diversas revistas de tirada internacional. Asimismo ha asistido a numerosos congresos, cursos y reuniones científicas, tanto nacionales como internacionales. Como profesor de universidad, su actividad investigadora ha sido muy variada y así, por ejemplo, ha participado en el proyecto: “Culture, langue et immigration”, de la Facultad de Letras de Tetuán, en el “Seminario sobre: Terminologie bilingüe des obligations et contrats en Français/Español”, de la Facultad de Traducción Rey Fahd de Tánger y en el “Seminario permanente para la formación de Profesorado”, en la Universidad de Granada. En este mismo sentido, es miembro del consejo de redacción de la Revue du Nord, y colabora en numerosas revistas electrónicas, como Pliegos de Opinión, etc . Ahmed Oubali es miembro de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española , pues desde 1993 lleva publicados unos cuarenta relatos en español y unos sesenta en francés, todos ellos dedicados al ambiente etnográfico marroquí. Los relatos aquí presentados fueron publicados en diferentes periódicos nacionales en los años 90 y muchos de ellos están en Internet. BP 1327 TETUAN MARRUECOS oubali47@hotmail.com
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Poquito porque es pecado
La despertaron los gatos pero se sentó en la cama y se volvió a acostar.
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© Rosy Palau. (Argentina)
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Muerte en una página
El hombre sonreía. Yo me preguntaba quién demonios era y qué escribía todos los días, allí en la biblioteca. Parecía tenerme predilección. Me preguntaba cosas. Yo le comenté lo mal que me sentía ante el hecho de que, en esa limitada biblioteca pública, no hubiera algún libro de William Faulkner. Podría resultar un hecho trivial: pero lo cierto es que un día, estando harto de las limitaciones de la biblioteca aunque más bien por el mero hecho de quejarme y despedir malhumores, fui a preguntar al mostrador por El ruido y la furia. —Acá, señor—me dijo sin embargo la bibliotecaria—siempre tuvimos El ruido y la furia. Y cuando volví, sumamente sorprendido y apoyando el libro en la mesa, el hombre que escribía me sonreía, por encima de su carpeta llena de tinta azul. Parecía decir: lo he hecho. Oh, páginas y páginas, viejas y amarillas páginas como corazones de tinta impresa y papel. Parecían respirar. Parecían vivir. Oh, misterioso poder, el de los libros y la escritura, murmuraba yo a veces. El hombre me miró, intensamente, como tomando una decisión. Un día efectivamente me dijo: —Sí, sí, escribir es como dominar el mundo. Es un poder—decía—difícil de administrar. Pero todos merecemos nuestra oportunidad. Continuó escribiendo, sin decir otra cosa; en ese momento sentí un poder inmenso, un poder inexplicable. Nunca voy a saber del todo, creo, por qué entonces abrí mi cuaderno y sintiendo como una electricidad en la mano, escribí: Llueve. Tras las ventanas vi caer, con no poca sorpresa, poco a poco una lenta, una apabullante, una increíble lluvia sobre Buenos Aires. Por encima de su carpeta, el hombre me sonreía… como el general que acabara de dar la venia a su coronel. Me dije: soy el más dichoso de los mortales, tengo todas las posibilidades. Puedo obtener lo que quiera… Pero entonces, igual de soberbio que ineficaz, escribí: Soy el hombre más rico del mundo. En ese momento el hombre se acercó. Me dijo: —No, no, eso no—explicó—. Ya veo que no merecés el poder…, como tantos otros. Y a una señal suya lo seguí, por las mesas de la biblioteca, hasta llegar a ver en su cuaderno abierto la explicación de mis poderes, la explicación de quién soy—palabras— al leer precisamente, bajo mi nombre escrito, las siguientes palabras: El soberbio morirá; pero diez minutos más le serán concedidos, para escribir esta historia. Estoy a punto de morir, voy a morir. Acaso piensen que esta historia no es más que palabras, únicamente palabras. Pero un nombre no es otra cosa que una palabra. Y yo sé, al borde de la muerte, que una persona no es otra cosa que palabras. El hombre sonríe; pero acaso, luego del punto final, me aguarde otra página en blanco. La gran, la eterna página en blanco. |
© Daniel Alejandro Gómez (Argentina) Poeta, escritor, ensayista y artista argentino. Nació en Buenos Aires, Argentina, el 11 de Septiembre de 1974; actualmente vive en Gijón, España. Estudió Análisis de Sistemas y luego Letras, en el Centro de Altos Estudios de Informática de Olivos, Buenos Aires, y en la Universidad de Buenos Aires respectivamente. Publicó el libro de relatos Muerte y Vida (Ediciones Mis Escritos, Argentina, 2006) y también la novela electrónica Sembrar Palabras (EBF Press Ediciones, España, 2002). Publicó cuentos y poemas en antologías impresas, y en periódicos y revistas especializadas de Argentina, España-como Revista Fábula, Universidad de La Rioja-, Estados Unidos-como Hispanic Culture Review, de la George Mason University, Georgia-, Brasil y Colombia. Su poesía fue traducida al italiano y publicó tres libros electrónicos y participó en varias antologías impresas de poesía y cuentos. Como antologado: Gotas de alma, poemas, 2000, Antología Libre, cuentos, 2000, Letras de seda, cuentos, 2004, Letras de cristal, poemas, 2004. Mención y medalla en Concurso Adolfo Bioy Casares, cuentos, Buenos Aires, 1999. También escribió varios artículos de Análisis Político Internacional para la revista mexicana Sufragio. Y ensayos musicales para las importantes revistas de música clásica Filomusica, Opusmusica y Sinfonía Virtual, en la que es integrante del Staff permanente. Sus trabajos plásticos se exhiben en varios sitios de la red y su obra artística está incluida en el Museo de arte contemporáneo ARTE GO, de Padua, Italia, en la región del Véneto. Suele publicar ensayos de carácter literario y filosófico para la revista. Konvergencias, de la Asociación de Estudios Filosóficos y Culturales de Córdoba; |
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Resurrección
El loro estaba muerto aunque no sangraba. Nautilus, nuestro perro, lo había sacado de la jaula de los Pérez, los dueños del jardín donde hacíamos la barbacoa. Emilio intentó reanimarlo con la manguera y yo regañé a Nautilus. Recogimos las cosas y nos marchamos. Al día siguiente cuando la señora Pérez lo encontrara muerto en la jaula (donde lo habíamos depositado tras limpiarle bien las plumas llenas de barro), lo último que pensaría es que había sido nuestro perro. Sabíamos cuánto apreciaba a su loro y nos imaginábamos el disgusto que se iba a llevar, ¿pero qué otra cosa podíamos hacer? Los Pérez eran unos vecinos estupendos. Los dos jubilados, cada vez que se marchaban nos dejaban al cuidado de la casa y nos permitían hacer una barbacoa. Especialmente ella era adorable. Pero tampoco podíamos ser demasiado severos con Nautilus, que era sólo un cachorro. El resto de los vecinos (que también tenían perros) se mostraban comprensivos con el engaño. Al fin y al cabo que hubiera sido nuestro perro y no otro había sido una cuestión de suerte. Estábamos cenando cuando oímos llegar el coche. Cinco minutos después sonaba el timbre. Les invitamos a tomar algo pero estaban muy cansados y deseando coger la cama. Les devolvimos las llaves. A la pregunta de rigor les dijimos que no había habido ningún contratiempo y quedamos en vernos al día siguiente. A las seis de la mañana estaba haciéndome un café. Había otras ventanas iluminadas en la urbanización. Todos habíamos oído el coche y sabíamos lo que iba a pasar. En nuestro caso además estaban los remordimientos. De pronto se oyó un gritó y un golpe, como si algo pesado hubiese caído en la oscuridad. Sin pensármelo corrí a casa de los Pérez donde ya estaban esperando otros vecinos. Salió a abrirnos él: su mujer se había desmayado. Mientras le ayudábamos a reanimarla miré de reojo la jaula caída en el suelo, con la portezuela abierta. El loro estaba un poco más allá, sobre la alfombra. —¿está muerto?, pregunté.
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© Carlos Almira Picazo (España) Nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma. |
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De ida y de vuelta
Se me acerca un individuo vestido con larga bata blanca y gorro de idéntico color. Lo recibo inmóvil, apretando fuertemente los puños, pusilánime ante la imponente situación. El tipo corta el cordón que me une al picaporte, el picaporte al portón, y éste con el otro flanco. Aprehende con firmeza entre sus guantes pegajosos mi frágil organismo, y lo muestra orgulloso al público asistente. A continuación lo cachetea con la mano abierta. Entonces pierdo la quietud echándome a sollozar. Desvirgo la mirada no sin hacerme violencia. Contemplo la escena que me rodea con personajes de diversos tamaños y modulaciones. Son extraños. Observo al caballero de la bata blanca, gorro blanco, brazos ensangrentados. Parecen contentos de verme llorar. Alborozados se dan la noticia, la propagan: “¡Por fin ha llegado! ¡Mirar qué hermoso!”. Fui macerado por las típicas pasiones del hombre que hicieron estragos en mi carácter. Las sensaciones de placer y dolor se me agolpaban con profusión, al igual que a la mayoría de los viajeros. Los deseos de regresar al origen aumentaron como una tentación encantadora. Las actuales vivencias me traían agotado, soñaba con el pasado comprobando que el portón se ubicaba lejos en el abismo. Partí en dirección a mi destino, inevitable desde el preciso instante en que una exagerada curiosidad por conocer había nacido. Lo procuré, hablé con los hombres, los hombres no me escucharon, y los escasos que eran porosos, aparentaban perplejidad. Describir un hogar sin calor, sin olor a estofado, un mundo libre de atmósferas, resultó ser una ardua tarea. Porque todo se termina, esta labor no iba a ser una excepción. Me senté a la puerta de la clínica que en su día me vio salir ingenuo e ignorante. Lloré.
Descanso en los bancos de una plaza soleada, rodeado de palomas suplicando un alimento que no puedo brindar. Caminan a mi lado gentes a quienes conozco aunque ellos no lo sepan. Un niño, como un cero a la izquierda, sin ningún valor, lloriquea con aliento incansable; nadie es capaz de consolarlo. Me hallo cara a cara con el reloj de la plaza que sin piedad marca una hora impertinente, metiendo apremios en el cuerpo. Un cosquilleo en el pecho es el aviso de un viejo incidente. La vida desde entonces ha desplegado su auténtico rostro. Sí, ocurrió hace una década. Me encontraba en posición supina sobre la camilla portátil, apuntando con los ojos el blanco del techo – mero reflejo de la sábana que me cubría –. Inmerso en estado de somnolencia escuché pasos acercándose. El médico, con la ayuda de una enfermera empezó a examinarme. Ellos también vestían de cande jugando al ambiente angelical. Era yo el exclusivo punto negro del panorama. Recuerdo haber sido siempre un punto negro. Desde mi aparición en el planeta sin haber sido llamado – producto de una siesta de sexo juguetón -, hasta penetrar envuelto en abrigo dentro de esta plaza de eternidad histórica. De pequeño asombré a los mayores porque se me veía gemir por cualquier fruslería, después dejé estupefactos a los pequeños al no sonreír por motivo alguno. Baste con decir que la frase más habitual con que regalaban mis oídos era: “¿Siempre has de ser diferente?” Salieron al pasillo. Escuché su conversación al otro lado de la puerta corredera. Pude entrever sus figuras sin distinguirlas. Se referían a mí, de eso no cabía la menor duda. - Este paciente ha de ingresarse de inmediato. ¿Creían acaso que me iba a escapar? Cambié la dirección de la mirada. La puerta no se descorrió hasta mucho más tarde; al hacerlo, fue para trasladarme a la quinta planta. Dormí escoltado por una enfermera de nobles rasgos, que no sólo me honró con su compañía, sino que se prodigó en ternuras durante mi prolongada estancia. Entre giros oníricos oía sus suaves sollozos y percibía su mano acariciarme la frente. Insólito que alguien se manifieste como ella en un amor desinteresado. No me conocía, ni siquiera pudo verme a la claridad del día, pero posó afecto en mi pesadez agónica. Se ha levantado un aire muy molesto. Las agujas del reloj de la torre se mueven más por la fuerza del viento que del tiempo. Las palomas insisten en su petición. El niño eleva el tono de sus gemidos por miedo a que se olviden de él. Doy un paseo por los alrededores de la plaza viendo más de cerca a los andantes personajes. A media mañana el doctor presentaba un extraño semblante; no por el resultado de su análisis médico, sino por el total desconocimiento del caso. Esa verdad ofendía su endiosamiento. “¿Qué narices sucede en el interior de este organismo?” – se cuestionaba estupefacto. Sufría yo por la inoperancia y por una fuerte opresión sobre el pecho. Punzantes dagas recorrían mi espalda generando angustia. Con celeridad me suministraron una pastilla roja, y me apaciguaron basándose en palabras con olor a muerte anticipada. Al desaparecer los síntomas, los doctores y enfermeras se esfumaron. Seguía mirando, ahora, al nuevo techo de la quinientos tres. Ocupé el tiempo en atar los pensamientos revoltosos. Los trataba como a borregos que se escapan del redil, los perseguía de uno en uno empujándolos hacia el pelotón. Los reuní y apretujé para que no invadieran. Luego, con indiferencia me olvidé de ellos y dormí sueños sin hechura. Al despertar por culpa de los asépticos chirridos de hospital, fijé la atención en mi compañero de padecimientos: septuagenario, roto, arrugado. Nada especial a destacar en él. Nos soportamos sin complicaciones; él perpetuamente mudo y yo íntimamente solo. Hoy estoy solo pese a la multitud de figurones que pululan por la plaza. Corren sin detenerse. Bajo los arcos se han instalado puestos de antigüedades, zapatos, colchones, e infinidad de futilidades que los aburridos paletos están encantados de adquirir. El aire trabaja de mensajero para los saludos a distancia, para los guiños y citas del sábado. En este jaleo no se sabe bien si vas o vienes, recibes empujones por doquier: involuntarios por supuesto, aunque en realidad quisiera prescindir de ellos. “¿Será que para palpitar vida necesitan del contacto físico?”. Los avatares tuve que afrontarlos aislado. Quizá los puntos negros deban estar solos, pero desconozco la razón. Entre el vocerío se escucha con nitidez el pertinaz llorar del niño. El reloj de la torre es exclusivo a la hora de suscitar interés por encima de la plantación de cabelleras. Mientras, las palomas desfilan al compás. Mi acompañante, el viejo inocuo condenado al ostracismo, dejó de respirar en silencio. Me percaté de que no había sonado su voz. Comprendí que su muerte se manifestaba consecuente con su recatada tribulación. Mi final no se hizo esperar, agazapado en el volteo de una tarde de otoño. Abandoné la humanidad casi voluntariamente. El portón se abrió ante mí. Alguien podría preguntar cuál es la razón de mi presencia al día de hoy si fallecí aquella tarde. He vuelto para hacer pública esta historia que nadie debe narrar en mi nombre, la historia de una enfermedad que todo lo rompe y ningún bullicio emite. Una enfermedad que calla, pero que callar no quiero. Una enfermedad que me fue carcomiendo despaciosamente, contra la que luché sin resultados. Me infringió pena sin tormento y llanto sin lágrimas. Curarme no pudieron ni médicos, ni oraciones. Nostalgia de mi iniciático hogar del otro lado. Fui un enfermo de evocaciones, y eso basta. La opacidad cae sobre la plaza. Mañana los tenderetes recobrarán vida, ajetreo. Los ciudadanos en busca de sus refugios familiares. Echo de menos los berridos del mocoso que fueron disipados de un mamporro por la madre desesperada. Las palomas alzan el vuelo hacia los tejados donde quietas dormitan. La campana de la torre golpea una, dos, tres…, hasta doce veces. Es hora de que el difunto retorne a su nicho.
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© Luis Amézaga |
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Tierras decolorantes. Informe de un viajante de comercio
Cuando el viajante llegue a la dilatada loma de Carmona, percibirá seguramente, la oleaginosa presencia de las almazaras, un olor pesado y dulzón se irá apoderando del aire y ya no lo abandonará hasta la desembocadura del Guadalquivir. A medida que el camino se ondula y gira, comprobará que lleva una treintena de kilómetros viajando en completa soledad. Atrás habrá dejado un sarpullido de tolmeras, el barbecho de las tierras que sestean en sabático descanso y los puentes metálicos cuyas balaustradas cortan el paisaje en obleas. Un momento u otro le asaltará la duda al comprobar en el GPS que los satélites se han cegado ante el soberbio reflejo de los girasoles pero, al cabo de una curva de corto trazado, se alzarán los silos plateados de la factoría y sabrá entonces que la transición de unas pocas explotaciones agrícolas lo llevará inequívocamente hasta su destino. Es un lugar tan solitario que nadie, salvo los escasos mayorales de las fincas cercanas o algún excéntrico turista, suele adentrarse en semejante opulencia de trigales. En algún momento el viajante se detendrá para verificar las muestras de arcilla y tendrá la oportunidad de comprobar que el paisaje, como si de materia orgánica se tratara, va cambiando de aspecto mientras lo contempla en silencio desde el coche. Surgirán las jaras y el olivo, los varales severos del maíz, los tallos indecisos de la soja. Después se reunirán todos los matices del verde, y la tierra, en su generosa gama de ocres, se postulará entre la cerúlea polvareda de los secarrales y la cárdena penumbra de las zanjas. Entonces no sabrá con certeza si los campos se han tiznado con el orín ferroso de las limonitas o es que en realidad se trata de sangre. Cuando a mediodía llegue a la almazara los jornaleros estarán, seguramente, descansando. Bajo un sol de justicia los encontrará tomando pan con aceite, unas rebanadas apelmazadas sobre las que soportan gruesas rodajas de tomate con sal. El que parece ser el jefe se adelantará y atenderá al viajante. Probablemente el de más edad, ajeno al almuerzo, seguirá prensando las olivas en filtros redondos de esparto. Una variedad de aceituna nueva y picuda, difícil de domar porque resbala entre las hojas del filtro. El hombre que trata de enderezarlos con un palo a modo de palanca sobre el bastidor se secará el sudor con las mangas de la camisa varias veces durante la operación. Es una tarea que requiere toda su concentración. Reinará, sin duda, un silencio expectante y los que descansan no quitarán la vista de él. Si no logra centrar la columna todo el trabajo será en balde. Como un animal herido, la vieja prensa de hierro fundido irá exprimiendo la aceituna y una sacudida sanguinolenta recorrerá toda la almazara que será algo así como el lamento de un cervatillo herido. Hoy, como en otras ocasiones, la operación se desarrolla en silencio. No obstante, a veces, desde el fondo llega la punzada estridente de la prensa cuando otra muesca avanza en su camino. Por los laterales, como si fuera una torre de copas desbordadas, surge un líquido espeso, parecido a las de las coladas del oro rancio, un fluido sucio y pastoso. La inclinación de la torre de esparto, que cada vez es más acusada, requiere que el conjunto se riegue con agua caliente para ablandar su sufrimiento, entonces en el fondo de la cubeta que sirve de espuerta surgen a borbotones las primeras andanadas del aceite. Al viajante le llama la atención la pulcritud del depósito. Miles de litros a lo largo de los años habrán impedido que el más mínimo rasguño hiciera mella en sus paredes. De pronto la palanca resbala de entre sus manos y la torre de esparto se abomba a media altura. Un chorro de aceite que sale a presión le salpica de lleno en la cara. Nadie habla. Ninguno de los que contempla la escena quiere entorpecer en ese momento las maniobras que realiza con destreza. Por fin el operario encaja la torre en su posición y un chirrido anuncia el avance de otra muesca. Entretanto, los jornaleros retoman el descanso. Una rebanada de pan de centeno comienza a chamuscarse en la hoguera y el más joven de todos llama su atención para ofrecerle un buen pedazo. —¡Tenga! ¡En la capital no saben lo que es esto! —le dice al tiempo que le entrega media porción de tomate. La visita pronto se reanuda y el capataz lleva al viajante hasta el interior de la almazara. —¿Y dice usted que esas arcillas quitan los colores del aceite? —pregunta distraídamente. Antes de que pueda detallar las características de los decolorantes, un silbido agudo señala que el alpechín ha alcanzado el borde del decantador al tiempo que una rebaba de baldosines incomprensiblemente blancos impide que la mezcla se derrame. —Perdone, ¿decía usted? —inquiere el capataz —Las tierras decolorantes —prosigue el viajante— son productos minerales que proporcionan una tonalidad perfecta sin renunciar a la textura natural del aceite de oliva. Siglos atrás… Antes de terminar su exposición un revuelo se produce en la zona en donde el viejo operario lucha con la torre de esparto, torre que ha liberado de golpe toda la presión y ha hecho volar los restos del orujo. Velozmente los hombres se abalanzan sobre él. El más joven trata de liberarlo del bastidor tirando de las mangas de su camisa. Un rastro de sangre que sobrenada en la cubeta tiñe el aceite de un rojo intenso. Una vez liberado, el que está más cerca descubre que una enorme astilla le ha atravesado el pecho. Las láminas de esparto quedan esparcidas por el suelo y los restos de la palanca quebrantada quedan en un extremo del molino en donde tratan de pasar desapercibidas entre unos cestos de olivas negras y picudas que esperan su turno a un lado de la prensa. —¡A Écija! ¡Hay que llevarlo al hospital! —ordena el capataz. ¡Manuel, no hables! —suplica el más joven. Pero Manuel no habla. Manuel apenas puede respirar, y su jadeo acompaña el rumor del motor cuando enfilan el primer repecho del camino. Atrás van quedando los silos plateados de la factoría, las explotaciones agrícolas disgregadas en algún descosido del campo y los tallos indecisos de la soja. Un momento u otro le asaltará la duda al comprobar en el GPS que Écija se ha oscurecido en su pantalla de la misma manera que se va apagando el hálito de Manuel. De pronto alcanzan un trigal que ha logrado acaparar todos los matices del oro, y que en un gesto de abandono se ha dejado seducir también por la apacible frescura de las jaras. Viajan en silencio en medio de aquella abundancia de trigales, mientras el más joven intenta taponar la herida de Manuel. El capataz contempla sus manos ensangrentadas y comprueba que tienen el mismo tono que el orín ferroso de las limonitas. Entonces Manuel se apaga cuando alcanzan las tierras que en barbecho sestean en sabático descanso. —¡Y luego dirán que el aceite es caro! —exclamará con rabia el capataz.
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© Antonio Polo González. Ariadna-rc.com |
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Acerca de la divinidad
En la sedosa pradera, vasta extensión cercada de arbolado y dividida por el curso en arco de un arroyuelo bien cebado; a principios de Otoño, cuando la Luna iba en pos de su plenitud circular; enigmático, chocante, apareció el Ente. El viejo Liparus Glabirostris, de la familia de los Curculiónidos, profundo pensador y maestro eximio, nunca las tuvo todas consigo. Desconfió del supuesto dios incluso en la época de general apasionamiento. No era para menos, la extraña apariencia -tamaño y forma- ayudaba lo suyo aportando brazados de suspicacia. El Ser, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos, aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sones acompasados, sugestivos hasta para oídos insensibles a la cadencia. En su interior impenetrable albergaba, sin el menor asomo de duda, algún tipo de vida alejada de la convencional. Bien avenido con la temperatura ambiente, libre de hambre y de sed, a falta del gracioso braceo y del gesto cautivador, se conducía como cualquier recién nacido satisfecho. Permanecía en el lugar exacto de su aparición, se expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y acústicos y no manifestaba dependencia alguna del exterior. Resulta comprensible que cientos de conjeturas se tejieran alrededor de su privativa naturaleza. El viejo Liparus llegó a reconocer en Él ciertos atributos de la condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo conocido. En efecto, difería de las peculiaridades esenciales de los tres reinos; no parecía piedra, no parecía planta, no parecía bicho. El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan remoto que no le precedió la noticia de su existencia. La aptitud para trasladarse al dictado de la voluntad le proporcionaba una independencia amplísima: rasgo que ha de distinguir a los seres superiores. Único, autónomo e inexplicable: esos eran los hilos que bordaban la perfección de su índole. Carecía, en cambio, de la primera de las cualidades que los dioses exhiben: la capacidad sin límites de influir en el entorno, generadora de los prodigios que escoltan su paso. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su obra, demostraba, en añadido, una inexcusable despreocupación por la hermosura de la verde floresta, por los inverosímiles rayos de sol que filtraba, por el rumor cantarín del agua al acometer los meandros y angosturas y hasta por los curiosos que le cercaban con ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del no, imposibilitada para desasirse, anclaba Liparus su duda. Tal vez fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del sensible corazón, efectuaba extraños visajes a cada momento. Los reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus, perteneciente a la familia de los Carábidos, y su más directo colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que mudaba la forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos uno tras otro de crepúsculo a crepúsculo. Reiteración. Método “¿Prodigios? Consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su venida hasta en los más escépticos”: argumentaban los partidarios, dirigidos por el electo coordinador de familias Prionus Coriarius, el mayor de los Longicornios. “¿Dejadez ante la creación? Ha venido para permanecer a nuestro lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo egoísta”. “Sí, su existencia es monótona y repetitiva, mas, hechos a su imagen y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de aparearnos, corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme”. Los religiosos vincularon con ese argumento, más que con ningún otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la forma de ser atribuida a la Divinidad. “Aquilatemos el proceso de nutrición desterrando la gula. Limitemos la cópula a las escuetas exigencias de la propagación de la especie. Amiguémonos con nuestros enemigos. Sólo de esa manera seremos capaces de amansar nuestra agitación culpable”. Y sentenciaron: “La Calma es el bien y el Tumulto el mal; en la reducción de las necesidades estriba la Virtud”. Sorprende lo mudable de las convicciones: los Escolítidos, cavadores de galerías corticales -hasta entonces tachados de simples y cachazudos- pasaron a ser percibidos como armónicos y equilibrados. El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de doctrina, dogma de obligado conocimiento e inmediata difusión. Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus posibilidades, momento en que echaba mano de la fe. “La Divinidad existía ya en el principio de los tiempos, y seguirá cuando todo se extinga; lo conocido y lo sospechado tienen en ella su origen. No engendra vástagos la Divinidad, porque siendo única al tiempo es eterna”. Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, solía aparecer en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia solemne; le flanqueaban sus acólitos, dos luminosos Lampíridos. Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había fundado el Amovilismo Expectante, hermandad integrada por un creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia, y dueño de todas las respuestas, preguntaba: “¿Cómo y por qué, tomó cuerpo la Divinidad y vino a nosotros? Misterio. Misterio que las mentes corrientes como las nuestras no pueden comprender. Ha venido, y eso debe llenarnos de orgullo y regocijo; ha querido servirnos de guía y ejemplo, y eso debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría marcharse; debemos cumplir, al instante y hasta el último pormenor, los dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y difundir sus mensajes con la asistencia de mis discípulos más comprometidos. Ellos y yo renunciamos desde este preciso instante a aparearnos, y nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la Divinidad y pedirle dones. Asimismo contribuirán a nuestro parco sustento”. Mientras tanto, el extravagante Ser, una cabeza redonda y plana de la que surgían dos grandes apéndices desparejos, amorosos brazos dispuestos a cerrarse en torno a cualquier elegido; la deidad encarnada de esa guisa, falta de tronco y extremidades traseras, indiferente al interés suscitado en su entorno, continuaba la sistemática reforma de los rasgos faciales y la entrecortada emisión de sonidos, audibles a considerable distancia. Sin oposición digna de ser registrada, Carabus Coriaceus, cazador astuto y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en una ceremonia memorable. Al pie del altar recién erigido -arcilla recubierta de piedritas de colores- una charanga formada por Gryllus Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, batía sus élitros en honor de la Divinidad. Atacaba con brío marchas capaces de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus, desfilaba en estado de excitación combativa. Jefes, soldados y una buena parte de la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que tornaría respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas mandíbulas de sus individuos, de la vistosidad de las alas, de la funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida logrado. Por fin se presentaba la ocasión de someter a los pueblos vecinos, obligándolos con hinchados tributos. Tendrían la oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos y rápidos viajeros. Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, Gran Sacerdote del aliado orden Heteróptero, con miras a introducir el nuevo culto entre los suyos, solicitó permiso para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las teorías que la explicaban. Locusta Migratoria, jefe de los Quelíferos, por el contrario, denunció que el contrafuerte añadido al ejército coleóptero –soldados, armas y bagaje- contravenía los acuerdos del pacto firmado tras la Gran Derrota. Se sumaron al reproche Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos; Blatta Orientalis, Gran Chaberlán de los Blatarios; y muchos otros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, quienes en el creciente belicismo de los Coleópteros veían un peligro para la paz entre los distintos Órdenes. Calathus y Agonum, en su intento de escapar de una muerte cierta, burlaron el cerco impuesto a sus domicilios, se ocultaron en la dermis telúrica y siguiendo túneles larguísimos surgieron en el territorio dominado por el orden Himenóptero, vencedor de la Gran Guerra y tras un largo periodo de coexistencia pacífica, vuelto a considerar hostil a causa de la portentosa movilidad de sus individuos. Allí prosiguieron el estudio de los cuantiosos datos recogidos, ayudados por concienzudos investigadores locales: un equipo de Apis Mellifera y el controvertido Vespula Vulgaris, disidente himenóptero acogido al asilo de los coleópteros y retornado a su patria de modo encubierto. Tal escrutinio derivó en un mejor conocimiento de la substancia divina, de cuyas características podía derivarse utilidad práctica. Las rayas de cambiante forma dibujadas en el círculo capital, coincidentes una y otra vez en momentos semejantes de distintos días, servirían para dividir el tiempo en fracciones exactas y lograr la tan deseada simultaneidad de las actividades comunes. Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión nocturna de los Lamia Textor, al servicio de Carabus Coriaceus, dio con el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los investigadores absortos. Sufrieron los opositores un duro revés, y la Divinidad fue adorada en cualquier lugar, pues los fieles reproducían ad líbitum la sagrada imagen, trazando el círculo capital y las dos rayas laterales de su emblema. Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos, sincronizado el empeño común, el orden de los Coleópteros entró en la etapa más fructífera de su historia, plagada de motivos para dar las gracias a la Divinidad, madre protectora de los crédulos, que propiciaba el progreso con su sola presencia. Entre esto y aquello se desnudaron los árboles de hoja caediza, orgulloso de su fuerza paralizadora llegó el frío, y en un lapso breve fue expulsado por los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida estallaba de nuevo y un grupo de crías de Homo Sapiens se presentó en la explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles, medrosos, cautos, los insectos todos percibieron el interminable ajetreo de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez las siguientes palabras, cuyo significado desconocían: “Mirad, un nicho de barro adornado con piedrecitas de colores. Guarda un reloj de pulsera. ¡Ah!, la pila está ya en las últimas: los números cambian muy despacio y la música apenas se oye”. Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la normalidad se aposentó en la pradera, en el arbolado circundante, en el arroyo que la cruza. Sólo entonces los insectos se atrevieron a salir de sus escondrijos: un pie y luego otro, recelosos, fisgones, temerarios; y todo para descubrir que la Divinidad se había ido dejando vacía la hornacina. El Jefe Religioso, Dytiscus Latissimus, recordó haber vaticinado no hace tanto lo que acababa de ocurrir. Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la penitencia podía favorecer su regreso. Comenzó entonces un reiterado ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades civiles, religiosas y militares. Aún quedaba alguna esperanza.
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© Pedro Sevylla de Juana |
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