EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

 

[número treinta y ocho edición invierno 2008]

M A R Z O

 

I N V I E R N O 
D I E Z  A Ñ O S  D E S P U É S

“Quien lee deja de vivir” dice un verso de Pessoa, aunque al fin y al cabo qué es la salud sino un estado transitorio que no augura nada bueno. Tres mil quinientos sesenta y cinco días nos autorizan a transgredir una declaración en esos términos. Durante estos diez años hemos intentado quemar la bruma, llenar los corredores y los laberintos con el hilo que la inspiración antoja a dejarnos en mitad del dilúculo, ese último pétalo tras el cual se deshoja la noche. Abrir las puertas, adentrarse sin espanto en la imbricada morada del Minotauro, regresar invictos para llenar el aire de recuerdos, es lo que ha estado siempre en nuestro ánimo. Y sin embargo, nunca hay batalla incruenta, como en el recuerdo sucinto de Juan Gelman: “a pesar de todo la palabra es la primera herida que sufrimos”.

De palabras, de eso está compuesta la materia de los sueños. Las mismas palabras que llenaron los huecos de noviembre durante la Cartografía de una espera; las mismas que se subieron a una partitura para amenizar el tránsito de los aeropuertos, las que embelesaron a las muchachas enamoradas de los zancudos de Cebralia. Unas palabras que llenaron el espacio de sonidos metálicos en la Soledad del Cosmonauta; palabras que inundaron Armilla, esa ciudad en la que el agua goza de inusual pericia para anegar los rincones más yermos del alma. Las mismas palabras que pusieron un reguero de té a los miles de saharauis que todavía conciben la memoria como el oficio de devolver a las aldeas su soberanía. De palabras se reconstruyeron las torres que sirven para otear los armisticios, palabras que latieron cuando Foucault nos mostró que un beso iniciado en Parma bien podía concluir bajo el cielo apelotonado de Verona.

“Quien lee deja de vivir” es el verso definitivo, la conjugación infinitiva de un verbo cuya naturaleza tiene la misma raíz que el silencio. Palabras que se callan o se desbocan. Y si no que le pregunten a Octavio Paz, que le pregunten ¿cómo domesticar la palabra? ¿Cómo eludir el estuario inmensurable de los ecos y las mentiras? Y como todavía no lo hemos averiguado vamos a intentarlo durante otros tres mil seiscientos cincuenta días más.

 

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


Encontrarme ante las paredes de piedra
por Pilar Adón


Encontrarme ante las paredes de piedra
de una casa invadida por las madreselvas.

¿y si el viento?
El viento altera los colores. Susurra catástrofes.
El viento desequilibra.

El fiero viento es un invertebrado irracional,
antropófago.





Del poemario “Mar de Weddell”

 

 

 

 

 

 

 

© Pilar Adón. nació en 1971 enMadrid y estudió Derecho. Se inicia en el mundo literario ganando varios certámenes, entre os que destacan el Premio de Novela Breve Ategua (Córdoba, 1997) y el Premio de Ensayo Regenta (Salamanca, 1998). En 1998 publica el poemario Poems Nipples, en 1999 la novela El hombre de espaldas –que fue primer preimo öpera Prima de Nuevos Narradores- y en el año 2001 la plaquette Alimento en la colección AEDO de poesía. Ha publicado, entre otros, el libro de relatos Viajes Inocentes (Editorial Páginas de Espuma), por el que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2005, y la novela Las hijas de Sara (Alianza Editorial). Ha sido incluida en diversos volúmenes de relato: Ni Ariadnas ni Penélopes (Editorial Castalia), Todo un placer (Editorial Berenice) o Contar las olas (Ediciones Lengua de Trapo). Ha publicado relatos y poesía en distintas revistas y suplementos literarios: Babelia, Eñe, Turia, Müsu… Ha traducido el libro de relatos Parecidos razonables , de Christina Rossetti (Editorial Funambulista, 2006) y la novela El mentiroso , de Henry James (Editorial Funambulista, 2005). En 2006 publica el poemario Con nubes y animales y fantasmas (EH Editores), y forma parte de distintas antologías poéticas: Los jueves poéticos (Ediciones Hiperión), La voz y la escritura (Sial Ediciones), Hilanderas (Ediciones Amargord) o Todo es poesía menos la poesía (Editorial Eneida).


La memoria donde ardía (2)
por Olga Gudalupe

 

y el rostro pertenece al sueño puro
cuando tú no eres tú, aunque lo seas.

¿Es que existes, si yo no te imagino?
¡Paz en mí, te borré, ya no te veo!

Carmen Conde

Restallándome memorias
aún puedo figurarte.
Sí, eres tú, cuando tú no eres tú
aunque también exactamente lo seas.
Pero ¿es que existes
si yo no te dibujo tu retrato?

Ya no te veo, te borro.
Restaño tu derramamiento.
Tu rostro ahora, en la lejanía,
tu regazo, tu guardada guarida,
los guardados pliegues de tu abrazo,
alcanzan tan sólo al látigo del sueño.

 

Se acerca sujeto a mi sonrisa.
Pronto será
una silenciosa emboscada de amor,
una furtiva cacería de mi cuerpo
que visible comenzó en los ojos,
curvó el abrazo ungidor,
y domó dócil la mano con blando acento
como restaurando eslabones perdidos.

Pronto advertiremos
la afilada ausencia de su cuerpo,
la apretada pena, la maraña oscura
como enramada fronda apenas,
su espesura de abatido dolor.

 

Aún no vence el olvido
aquella blandura dulce del encuentro
emboscándome el sentido
con todo lo esencial del amor certificándose,
repitiendo su ritual de goce abandonado.

Aún no vence el olvido, ni debe,
cuando el recuerdo se enseñorea y unge
como soleada mañana
y ensoñarse no hace mal
y nos esplende el alma sin sitiarla.

 

Sí, sucedió, aquello fue,
no sólo como yo lo recuerdo,
imborrable fue, surgió
y aún es, sin borrarse nunca,
aquella floración de insólita ternura,
aquella tiernísima dulcedumbre
que era, quedamente, amadamente,
como un izarse sedativo de todas las cosas.

Y todo se dio así, como yo lo recuerdo,
que así se sobrepone
a lo que me quitaste
cuanto de mí ambicionaras
con impetuoso afán
transido y dulce.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid (1986), escribe en la actualidad su tesis doctoral para la University of Pennsylvannia (Filadelfia, EEUU) sobre el género epistolar en el Siglo de Oro y es Profesora Asociada de Lengua y Comunicación en la Universidad Antonio de Nebrija de Madrid desde el año 2002. También es traductora free-lance (Inglés-Español).Toda su carrera académica previa se ha desarrollado en EEUU: University of Pennsylvannia (Filadelphia, Pennsylvania); Bucknell University (Pennsylvannia) y University of Wisconsin (Milwaukee, Wisconsin). Igualmente ha impartido la asignatura de Literatura y Cine en la New York University de Madrid (2002-2004). Sus publicaciones incluyen reseñas en la Hispanic Review y artículos en publicaciones universitarias de EEUU y España en el ámbito de la filología y la pedagogía de lenguas extranjeras. Antes de regresar a España, residió un año y medio en Haití, donde impartió clases en una universidad privada y colaboró como corresponsal extranjera con la agencia EFE (1999-2000).Su incursión en el terreno de la creación literaria es muy reciente: su primer libro de poemas, De amor tan solo, se inicia el verano pasado y se concluye en el otoño. Siete de los poemas de dicho poemario han sido recientemente finalistas en dos concursos poéticos y publicados en respectivas antologías :”De amor tan solo”. I Certamen de poesía erótica internacional Buho Rojo. Madrid: GrupoBuho, 2006. “De tan alta marea”. Antología poética. Desde mi ventana: Soledad y Vértigo. Madrid: Editorial Ábaco, 2006. Y varios poemas más de De amor tan solo saldrán en noviembre en Nueva poesía hispanoamericana (Perú: LordByron Ediciones, 2006). Así mismo hay edición digital reciente de otro poemario “Haití: El lenguaje y la flor”. Nebrija Digital Digital . (Revista Digital de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Antonio de Nebrija  n° 014-Ene-Mar, 2006. Y de cuatro poemas de un nuevo libro en preparación en la revista digital Claustro poético (número 6, Otoño 2006).


Alto es el cielo/Si así lo quieres
por Manuel Moya

 

 

[ALTO ES EL CIELO]


Para Rafael Vargas

Alto es el cielo
no para el que vuela más allá de las nubes,
ni para el que en él encubre su miedo o su arrogancia,
sino para quien se atreve a mirarlo
con ojos de inocencia, como acabado de hornear.
Alto no es quien desde el promontorio mira
a quienes pasan por debajo
o el que desde la gran muralla observa el horizonte
y juzga que todo está a sus pies,
sino el que nunca baja la mirada ante los hombres
y jamás halla fango en sus manos;
alto es quien por la calle va dejando vivas
y frescas amapolas y la luz de sus ojos
reparte entre los hombres;
no quien habla alto, ni el que a muchos habla,
ni el que imparte doctrina,
sino el que en la sucia taberna
escucha al extranjero o al sin voz,
el que duda y no halla nada sólido,
sino movimiento, tránsito.
Alto no es quien irrumpe en el templo
con voces estridentes,
sino el que en él, ensimismado,
escucha su voz que surge de una grieta;
no es alto el músico porque al sonar el instrumento
a todos complazca y de todos se sepa admirado,
sino el que al tomarlo siente cómo en él vibra el mundo
y en sus dedos la nada del aire se llena de sentido,
pájaros que vuelan hacia el norte,
nimbos tejiéndose en la aurora.
Alto el que se entrega, el que se da,
el que lleva siempre a un niño
arrullado en sus ojos, el que se rinde por amor,
el que por amor destruye el palacio,
el que perdona, el que al llegar a casa,
secándose el sudor, exclama,
bien estuvo el día, lo he vivido.


[SI ASÍ LO QUIERES]


Si así lo quieres,
cubre el cielo de tinieblas
y azota las cumbres y enfurece a los ríos,
pero apiádate de esta casa
que he alzado por tres veces
de la furia y la sevicia de los hombres.
Nada conozco más frágil que estos muros
donde un mísero fuego cada noche
me calienta y me da luz,
así que hazme el favor, pasa de largo
y de castigar castiga las murallas del alcázar,
que se alzaron para desafiar al mundo,
y no a mí, que a nadie desafío.

 

 

 

 

 

 

 

        © Manolo Moya


Tres poemas
por Alberto Jiménez

 

(15)

algunos días
me gusta esta vida…
me da por ahí, como si no tuviese
otra cosa en la que pensar.

Desde mi cocina
veo árboles, tengo esa suerte.
Y un jardín.

Cocino y miro entre la celosía,
miro la gente que pasea,
los que se sientan sin nada que hacer.

Hoy vi una pareja de mujeres
y un perro negro,
una de ellas le enseñaba a recoger
los excrementos de su perro,
pero la mujer que tenía
la bolsa negra de plástico
en la mano, palpaba y palpaba
el césped del jardín… sin dejar
que su acompañante la ayudase
a encontrarlo…
al final,
encontró lo que buscaba.

Una ciega
aprendiendo a recoger
los excrementos de su perro…

así de simple
es algunos días la vida, llega
y zas, te hace sonreír como un idiota.

Siento una profundo respeto
por esa mujer… un respeto grandísimo,
tanto como el que ella me tiene a mí
al aprender eso tan sencillo.

Y me siento muy afortunado antes de ponerme a cenar
me siento afortunado por poder ver la vida
a su paso, pisoteando
el asco que algunas veces
me da el mero hecho de contemplar la vida
detrás de la celosía
mientras preparo la cena.

 

(16)

 

al y yo estamos echando
impuestos al depósito
de combustible
del coche,
donde el estado
nos cobra a precio
de oro el caldo
para que nos podamos mover…
para que ellos luego,
los muy hijos de puta
lo repartan
entre otros cuatro hijos de puta
para que otros a su vez
luego lo den
para que un tío, que quiere
ser una una tía
se opere la polla,
y esto lo digo sin querer
molestar a nadie,
lo digo porque me jode
el sistema,
solo porque mi madre
no tiene dientes
y la puta seguridad social
no le ha pagado
ninguna de las dentaduras
con las que lleva malcomiendo
desde hace un montón de años.

Se acerca septiembre
y mañana me voy de vacaciones,
siempre procuro irme
cuando todo esta de vuelta
y los sitios a donde quiero ir
no están atestados de gente,

una pareja se acerca
sendos carros de la compra sin la bolsa,
únicamente
para llevar el embase vacío
del calor de los pobres…
no sé cuanto
puede costar una bombona
de butano, y tengo miedo
de la insana curiosidad que me acompaña
a todas partes…


cuando me lo dicen,
al me pregunta por qué
se me ha puesto tan mala cara…

me quedo de plástico
y me doy cuenta
que yo también soy pobre…

no dejamos de soltar dinero
a una vaca
que lo único que nos da
a los que nos levantamos
a las 5:30 de la mañana,
son unas hermosas
putas cagadas
de una mierda apestosa
que para lo único
que nos vale
es para morirnos
en el pasillo
de un hospital,

y lo más cojonudo
es que lo más probable
es que en ese mismo hospital
donde seguro que me voy
a morir de puto asco
hay un tío
queriéndose quitar la polla,
y lo peor
es que yo se lo estoy pagando.

Y esto no lo digo sin ánimo de ofender,
lo digo
para que el que lo lea
y se quiera operar la polla
sepa que mi madre
seguirá teniendo que ahorrar
para ponerse una dentadura postiza
y unas gafas,
y a él le pagaré su puta operación,
lo digo para
ver si así se te cae la cara
de vergüenza
pedazo de hijo de la grandísima puta,

y al que le joda…
que le dé más gusto.

Cuando pago la gasolina
voy de la mano de mi hijo
pensando en comprar
una caja de cerillas
y a ver que cojones pasa…

 

(17)

me gusta planchar
temprano,
cuando la humedad
de la tristeza de la noche
aun se abraza a la tela
del pantalón,
me gusta hacerlo
despacio
acariciando
apenas
la tela
con el acero
ardiendo.
Sin hacerla daño,
despacio
pasando el hierro
muy despacio,
acariciando
con la misma
levedad
con que se dibuja
el vapor
en mis ojos.
Lentamente
para que no se queje…
ahora…
simplemente
me dedico a aporrear
las teclas
de la computadora.
Son las mañanas
de domingo
de insomnio.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Alberto Jiménez


No busques más
por Diego Vaya

No busques más. La calle está desierta,
Vacíos los cajones y el espejo
Es una herida abierta de río que se raja
Para arrojar a un pueblo. Estás a ciegas: tientas tanta lágrima,
Tanta desdicha dicha en el silencio, tanto
Tanto y tanto de nada
Que lo cierto es un ciervo que huye y lleva
Algo de ti, un temblor que no conoces.

La calle está desierta. Te despierta
Tantas noches un grillo, un grifo, un grito
Que no se cierra y sale como sangre,
No lo distingues bien. En el cajón
Descansa tu cansancio. ¿Te das cuenta?
¿Te das cuenta de todo cuanto pierdes,
Del tiempo puesto a plazo fijo, que
Sería más fácil dormir?

Alguien o algo tiene que haber,
Alguien o algo, ¿verdad? ¿Quién no te dice
Que huyó con tu certeza? Si vieses... Pero solo sabes
De ti por un reflejo,
Por esta clara caridad de azogue.
¿Y todo cuanto tocas con la voz?
¿Y todo cuanto envuelves con la piel?
¿Y todo cuanto extrañan tus entrañas y tu alma tiritándote de nada?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Diego Vaya


El hilo de Ariadna
por Josefa Parra

(Chipiona, 1997)

De aquel tiempo no quedan más que los ademanes:
las ruinas del castillo, las murallas en sombra
donde la buganvilla acapara a los pájaros,
los nombres de las plazas cuyos árboles fueron
devorados del musgo y del salitre.
Apenas el esbozo de lo pasado, un trazo
que vuelve a la memoria las estampas doradas,
que nos pone en los ojos los colores y el vivo
perfil.
Hasta aquel tiempo nos llevará el deseo
ayudado de hilo celeste de Ariadna.

 

Del libro Tratado de cicatrices (Calambur, 2006)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Josefa Parra


Nico Bleutge vs. Frida Khalo
por Vicente Luis Mora

 

Fregadero, grifo, ventana, calle. Los arañazos
de los cables de la luz en la pared
de enfrente. El brazo en el agua,
el derecho. Movido de un lado al otro,
hacia la izquierda una bola suave en la palma,
a la derecha frío en el dorso de la mano.
Pasillo, ascensor, calle. Rectas en el suelo
y por el aire curvas, farolas, árboles, semáforos.
Suelo recto y respaldo redondeado del banco
del parque. Y sol en todo. Y la mano
relajada, hacia arriba. El calor
sostenido en la palma, regando entre
los dedos. El frío de la loza,
erizando el vello,
por el dorso.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Vicente Luis Mora (Nuevo México – USA) Nacido en Córdoba (España) en 1970, es gestor cultural, escritor y crítico literario. En la actualidad dirige el Centro del Instituto Cervantes en Albuquerque (Estados Unidos). Licenciado en Derecho por la Universidad de Córdoba en 1993. Ha hecho los cursos de doctorado en Literatura Hispánica. Cursa estudios de Filosofía Pura. Prepara una tesis doctoral sobre disolución del sujeto en narrativa y poesía actuales en castellano. Ha desarrollado varios talleres de creación literaria, tanto en narrativa como en poesía. Es columnista de opinión en Diario Córdoba desde 1990. Ha recibido los premios Andalucía Joven de Narrativa, Arcipreste de Hita de Poesía, y acaba de recibir el I Premio Málaga de Ensayo por su libro Topomaquias. Espacios simbólicos entre arte y literatura (próxima edición en Páginas de Espuma). Lbros: Texto Refundido de la Ley del Sueño (Córdoba, 1999); Mester de cibervía (Premio Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2000); Circular (Plurabelle, 2003); Nova (Pre-Textos, 2003); Autobiografía. Novela de terror (Universidad de Sevilla, 2003); Construcción (Pre-Textos, Valencia, 2005); Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual (Bartleby, 2006); Subterráneos (DVD, Barcelona, 2006); Pangea. Internet, blogs y comunicación en un mundo nuevo (F. J. M. Lara, 2006); La luz nueva. Singularidades en la narrativa española actual (Berenice, 2007);  Circular 07. Las afueras (Berenice, Córdoba, 2007)


Huye
por Juan Díaz Cuenca

I


Huye.
Evita contar los pasos.
Borra tus huellas, disuádete de nunca volver.

Hacia el mar, los océanos. El candil del olvido no prende en los charcos.
Las tierras que distan de esta tierra
son el único refugio a esta nube que atesora flechas.
No les regales tu cuello. Piensa. Huye.
La muesca de tu pescuezo, poeta,
marcaría el súmmum que ansían para su carcomido yugo.

En cuba, un malecón herido de duende se entrega a tus versos.
Sobre un catre, piel de ron, un joven se acaricia afligido el sexo,
su cintura criolla añora el peso muerto de tus brazos atenazados.
Desde Chile, la Xirgú te reclama, la violencia de su grito atesora
el triste augurio de convertirse en tu voz exiliada.

II

Si la presientes, Huye.
Sin pedir la cuenta de lo vivido, sin simular nostalgia.

Ella trae el silencio, el clamor, el susurro.
Ella se lleva la curiosidad, las letras, la algarabía.
La virtud de pasar inadvertido, el aplauso, el público.

La mediocridad y la grandeza son subjetivas pero humanas.

Huye.
Huye te digo, si al cerrar los ojos, ves la ciudad deseada.
¿Puede que esta pesadilla resuelva en la amada rutina?. Puede.
Pero entretanto obedece irracionalmente a esta anónima voz y huye.

III

Hablan en círculos de a tres de la ciudad que te vio nacer.
El pulso de sus facciones, salpicado de babas, nos condena en la zona franca
de un mapa político malpintado con tiza en un banco de un parque.

No necesito escucharles, yo sí estuve allí.

En el barrio de tu niñez, las calles de entramados oxidados.
En las aceras, desmembradas manos, bocas, confesiones.
Puertas con tufo de parca.
Y fue ella, la última voz lo gritaba.
Con su vómito de cloaca cumplió los oídos volubles,
mientras su marcial dicción reventaba los tímpanos del personal insomne.

Del mismo diablo avanza tomada de la mano. Con paso atroz.

Huye Federico, huye.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Juan Díaz Cuenca


La patria es una naranja
por Félix Luis Viera

Del poemario inédito La patria es una naranja

 

—22—

Un día te fuiste de la patria sin llorar
le dijiste adiós sin llorar al mar de la patria
pensando que su ausencia habría de matarte.
El mar allí suele ser azul añil,
beligerante,
pero sabe besar a las muchachas
y sería esto es lo que más extrañarías.
Si no lloraste al irte
sería porque te llevabas la patria
en cierto ojal de una camisa,
te la llevabas asimismo en una foto de tus hijos.

Aún tienes el polvo de aquel camino en la suela de ese zapato.

Luego, has llorado.

—31—

 

“Morir por la patria es vivir”
sólo porque desde el hueso del muerto una abuela
podrá seguir colando el café de las tres de la tarde,
pero también es falso:
la patria no le pide a nadie que muera por ella
la patria siempre se está muriendo por uno
si bien ella nunca morirá y uno sí,
aunque “morir por la patria” no sea siempre exactamente vivir.
La patria es el jugo de naranja
o esa dama que con el poeta se fugó para siempre en un tren cuyo destino
desconocían,
si bien, ya, lejos, uno llore en la distancia
porque ese charco de agua en una calle
recordada
sea la inalcanzable patria ahora
y la saudade acuchille, interminable.

—36—

 

Estoy hablando de mi madre
quien tampoco ha tenido jamás una pecera.
Mi madre se muere todos los días en mis pesadillas de despierto.
Mi madre con 85 años sin haber tenido nunca
una pecera
sin haber tenido un pececito anaranjado.
En estos mismos momentos
ella recorre las calles
que ahora son la patria para mí
pero que para ella son sólo sus calles.
Cualquier día mi madre muere de verdad
en carne física
fuera de mis pesadillas de despierto
y yo no podré cerrarle los ojos
y ella no podrá cerrar los ojos definitivamente
mirándome
como si pudo cerrarlos mirándome mi padre
quien tampoco tuvo una pecera
y dio por cierto que la patria era la naranja
que le calmaba la sed.

—42—

 

Mi hijo una vez se uniformó con el uniforme de la patria
y estuvo dispuesto a darlo todo por ella por ella haciendo estallar la pólvora hasta la muerte,
los generales también estaban dispuestos a morir por la patria
pero rara vez un general muere por la patria:
son los soldados los fieles clientes de la muerte.
Mi hijo se dio cuenta de que nunca había tenido una pecera
mientras los generales se enremansaban en ellas
luego de examinar los complicados planos
de la defensa de la patria.
He visto tanto generales y patriotas
engordar pegados a las tetas de la patria.
Mi hijo comprendió que sólo
moriría por la patria
el día que alguien o álguienes quisieran robarle una naranja
y las calles y el parque donde se sentaba en las tardes
y el recuerdo del primer amor o del penúltimo
o tratara de ponerle el polvo de otras patrias o el color de otra naranja
en la suya.
Hay quienes han aumentado 100 kilogramos de peso
defendiendo a la patria desde lo podios
–pero de todas formas la patria necesita generales y presidentes y patriotas
estetas,
mas éstos deberían morirse un día obligatoriamente por la patria
que entonces podría ser no más que la mujer que amaron
o una rama de la albahaca sembrada por mi abuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor a favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. Su más reciente novela, Un ciervo herido –que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.*Unión de Escritores y Artistas de Cuba. (Colaboración. La Nueva Cuba)


En la orilla
por Milagros Román

 

El Hombre necesita siempre, el apoyo de Hombre…

Te veo perdida
entre el bello remanso de paz
que bajo el Cielo hoy amanece.

Leve calma…
Lentitud que acaricia…
Tintineante insinúas tus puntillas
entre la inmensidad del Océano.

Sola vienes a besar tu orilla.

Llegas…

Retrocedes…

Apenas permaneces,
y tu blanca espuma antes risueña
calma su risa que hasta tus brazos la empuja
y que con leve tropiezo
se diluye suavemente
para de nuevo empezar.

Esto fue ayer.
Hoy no te encuentro.
Hoy te confundo.
No eres aquella que tranquila navegaba.
Eres distinta y muchas más.

No insinúas.
Arremetes con tu fuerza arrolladora
para dar paso a tu ímpetu,
que hoy no es júbilo,
es arrebato que surge de tus entrañas.
Y te arrastra y te golpea.
Y te hiere y te remueve
para herir tú a los demás.

Pero, ¡ah…!
Al final está tu orilla
que te besa, te acaricia
que recoge, como a tus risas de ayer
la furia que arrastras hoy.

En tu orilla…
Casi pareces la misma.

Ella te ofrece el sosiego,
y en tu alma se perfila, cuando navega perdida
arropándose en el manto de la vida
salpicado de violencia,
de amarguras,
de frenesí, de pasiones…

Al final está tu orilla…

Ella calma tu inquietud.
Ella absorbe el desenfreno
y te convierte en remanso
Ella advierte tu ansiedad
y la empapa con su arena de experiencia
y queda la transparencia
de tu espíritu entregado.

Es tu orilla salvadora
Eso eres tú Amor…

El Amor es una orilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Milagros Román (España)


El desierto de las plazas/Lejos de la tarde
por Daniela Gregorio

 

El desierto de las plazas

 

He caminado
Por la plaza
Recién abierta
Como brazos
Como venas
Arterias
Donde corre
El polvo
Y su rigor de nubes
Armadas de cal
Plaza desierta
Que se abre
Como brazos
Como ramas de árbol
Debajo de los cuales
Otros mordieron los labios
Y no éramos ni tú ni yo
He caminado por ella
Por ti
Por la plaza
Recién inaugurada
Para recibir
Mis huellas
Mis pasos
Mi camino
Sobre la piedra
El cemento
Como si tocara
Tus manos
Otra vez
La última
Como si mirara
El fondo
De todo
Recién inaugurada
Como las flores que se abren
En una mañana
Para siempre
He caminado
Como si pasara por ti
Como si te reconocieran mis pasos
Como si mi camino fuera el tuyo
Hecho otra vez
Como la primera
Como en el desierto
Cubierto por la arena
Borrado

Lejos de la tarde

  Y me voy, y me alejo, y corro el riesgo de que no me alcancen las alas.
De que no me baste el cuerpo para alejarme.
Para huir del territorio de tu sangre.
El territorio de las horas y su espera.
El de la médula de los días.
   Porque necesito estar a fuera, inventando una orilla.
Me alejo de la tarde que se acerca.
Que se aproxima con su peso de vieja ola.
Con su silencio de lluvia y todas sus pausas.
   Me voy de la tarde, me voy del viento, del fuego.
De la luz, la luz callada y mineral de tus ojos.
Luz que arrastra, subterránea, la ondulación de tu incendio.
   Y quisiera, en las manos, preservar tu contorno germinado.
Quisiera, en los brazos, refugiar tu tiempo de legumbre.
Quisiera, en los huesos, soportar tu peso de perdida roca.
Sobreviviente de la avalancha de las estaciones.
Quisiera, de tus cantos, sustentar su muchedumbre.
   Se propaga la luz hasta inundar el sonido.
La misma luz que excava en las minas de tu boca.
La misma que penetra los surcos de tu alma.
Porque quiero pardear y atardecer igual que tu vista.
Y los ecos del viento no pueden girar.
Porque en las tardes, pronunciadas, las sílabas de tu fuego me llaman.
Y me alejo.
   Perduran tus escombros que el sol cultiva y que su herrumbre canta.
                          Y también tu sombra parece estar a mi lado, aunque te siga.


 

 

 

 

 

 

 

 

© )Nació en México, DF, en enero de 1986. Desde que era púber ha sido una asidua lectora y desde entonces se ha dedicado a escribir poemas y cuentos. Varias de sus creaciones han visto la luz en diversas publicaciones de México y el extranjero y han sido alabadas por la crítica, que ha destacado su precocidad literaria. Actualmente trabaja en un poemario, un libro de cuentos y tiene en proyecto su primera novela. Ha formado parte del Taller de Creación Literaria del Centro Cultural José Martí, del DF.


La tumba de Keats (Fragmento)
por Juan Carlos Mestre

En la vida de un hombre siempre hay una mañana para la calamidad,
una mañana regida por las multiplicaciones del símbolo y la idolatría
   / órfica de la perduración.
En la vida de un hombre hay almacenes llenos de objetos y maderas
   / con insectos,
hay tensos mundos artificiales y canales por los que discurre la sangre
   / hasta los vasos,
hay fósforo y sonido del delirio del fósforo,
la respiración de un tigre y la mano del desobediente cortada,
hay calor entre un semejante y otro y hay destrucción
porque existe en ellos la proximidad y el imán que la ahuyenta.
En la vida de un hombre hay zapatos usados por un padre,
hay profusas noches que luego nos darán temor, hay cuerpos de adivina,
cuerpos por primera vez, espantosos labios con rencor, la voz que nos conoce
y se queda ahí mirándonos como una res moribunda en el estanque helado.
En la vida de un hombre lo que tiene importancia y lo que no tiene importancia,
lo que se resiste a desaparecer, la aparición de una ciudad, el cansancio
   /de los viajeros,
lo que favorece la ambición y lo que elogia la idea de abstenerse,
la duda moral de una vida solitaria, el descargo de multiplicarse en otros.

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Ese día vas a dejar flores a la tumba de Keats,
y allí el centinela silvestre, el vigilante mísero bajo la lengua de los hombres,
el que escribió su nombre en el agua como un culpable en la piedra,
el que en su vértice vacío está tumbado hacia arriba,
tocado por las raíces de los árboles como animal entre víboras,
el que sellado con cera abre de noche sus feroces pupilas de amante,
el transtornado por los elementos, el jinete viudo de las luciérnagas,
John Keats en el ácido alimento de los que escarban la tierra con el
   / tenedor y la brújula,
los espectadores encadenados al argumento como la verdad al suicida,
la transfiguración de la Osa Mayor en estrella marina,
el hilo que entra por una oreja y descifra el cautiverio de lo oído en la otra,
el enigma de lo salvaje en la máquina del árbol,
el agitado ciervo que cruza la campiña de un sueño donde hay sangre,
la edad del centinela, la lengua del centinela, los ojos del centinela,
el método de los enamorados y las nubes, el método terrestre de
   / las catástrofes,
lo que el hombre sabe del hombre, los frutos de la inocencia y la clave
   / del pánico,
lo que diserta sobre las mareas el transparente ahogado en la espiral del éter,
lo que el turbulento de las tabernas y el descendiente de la pesadilla de Adán
saben de la iluminación de los cinco sentidos,
la ruina del hombre y el perfume de los burdeles, la alcoba iluminada
   / por la lujuria.
Oscuréceme videncia, une al condenado con el error y su coro,
que respire frenético en su rotación de polvo, que lo abrigue el trueno,
que lo abrigue el resplandor de las rosas, las lechuzas hijas del panadero,
que nada hiera su atmósfera de ciego ni el carbón que en él silba.
Venga el rayo y la boca del vaticinio del rayo con su estridente cascada
   / de cuchillos,
venga Jonás a sacarlo del húmedo cartílago,
reviente en su mina el mineral, abra la llave,
pues aquéllos son los ojos en los que llorarán los míos.


 

 

© Juan Carlos Mestre (España). poeta y artista visual, nace el 15 de abril de 1957 en Villafranca del Bierzo (León). En 1982 publica su primer libro, Siete poemas escritos junto a la lluvia, al que seguirán, en 1983, La visita de Safo y Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo, poemario con el que obtiene el PREMIO ADONAIS de poesía en 1985.
En 1987, durante su estancia de varios años en Chile, publica Las páginas del fuego y, ya de regreso a España, La poesía ha caído en desgracia (Editorial Visor), libro por el que se le otorga en 1992 el PREMIO JAIME GIL DE BIEDMA.Como artista visual ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de Europa, EE. UU. y América Latina, así como editado numerosos libros de artista en colaboración con otros artistas y poetas como José María Parreño, Amancio Prada o Rafael Pérez Estrada. Con La tumba de Keats, editado por Hiperión y escrito durante su estancia en Italia como becario de la Academia de España en Roma, obtuvo el PREMIO JAÉN de poesía 1999, año en el que se le concede una Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional, semejante distinción que obtiene en la VII Bienal Internacional de Grabado Caixanova 2002.
Las estrellas para quien las trabaja, su publicación más reciente, apareció en la colección Cuadernos de la Borrachería, Zamora, en el 2001


Las mujeres fabrican a los locos
por Raúl Ortega


Las Mujeres fabrican a los locos
nos mantienen gorditos
con los trasplantes de los vellos del pubis al bigote
con la historia de pechos blanquecinos tras la tela mohosa
Sacamos el cuerpo por la ventanilla para verlas pasar
y un camión nos arranca la cabeza
Algunas te envían un carnicero a trabajar dentro del corazón
otras te alimentan con una cucharada de sal
después te llevan a correr por el desierto hasta llegar la noche
y prenden entre sus piernas un farol del que gotea agua

A ellas les debemos
la humedad más perfecta derretida en la cara
las únicas vacaciones tranquilas que se pueden pasar en esta época
nueve meses en el hotel más confortable

Adoro las que habitan los prostíbulos
algún día me iré a vivir con ellas
les fregaré los platos para que puedan menstruar plácidamente
copularemos en el aire
y los niños caerán a la tierra con los dientes afuera

Vino a buscarme la pandilla de los libidinosos
les dije
ya habrá tiempo de llenar los colchones de espuma
es hora de cambiar el miembro por algún extintor que las proteja
porque nos vamos quedando sin piezas de repuesto
No basta antologar la boca en numerosas pelvis
ni agradecer el sabor a cobre y peces adobados
si a veces parecemos esquimales sin poder derretirnos sobre ellas
por temor a enterrarnos una esquirla en las nalgas

Me llora un ojo
el otro habita en sus rodillas vigilando la altura
Cuándo podré tirar los espejuelos que tienen amputada mi memoria
Con caderas me funciona el cerebro
pero me falta fondo donde anclarlas

La eyaculación pide el último de los desempleados
sus guerreros añoran las costas de sol gelatinoso
Todo el aire de la noche cabe en una botella de vinagre
Se aburre la lengua de su propia saliva
mientras que la demencia hace guardia en las esquinas por donde asoma el muslo
Sólo aparece el muñón sobre la rueda
sólo aparece el fémur sin la envoltura

Las Mujeres fabrican a los locos
y preparado estoy para un encierro interminable detrás de cada pierna
pero hay otros gritos en el aire
que no me dejan concentrarme

Del poemario: Las mujeres fabrican a los locos

 

 

 

 

© Raúl Ortega Alfonso, La Habana, Cuba, 1960. Publicación del poemario Las mujeres fabrican a los locos , Editorial Abril, La Habana, Cuba, 1992. Publicación del poemario Acta común de nacimiento , Editorial Praxis, México, D. F., 1998. Publicación del poemario Con mi voz de mujer , Editorial Arlequín, Fonca, Guadalajara, México, 1998. Segunda edición del poemario Las mujeres fabrican a los locos , Editorial Praxis, México, D. F., 2003. Publicación del poemario La memoria de queso , Editorial La Torre de Papel, Miami, Florida, 2006. Incluido en diferentes antologías de poesía cubana en Cuba y en el extranjero. Traducido al alemán.


Hot edad/Atonal/Antropofagia
por Osvaldo Navarro

 

HOT EDAD

La soledad que asumo es tan divina
Que de tanto ignorarla somos dos:
Uno en el comedor traga su arroz
Y el otro lava el plato en la cocina.

Navarro es un buen hombre que se inclina
Y conjuga los verbos siempre en nos.
Osvaldo es quien se yergue frente Dios,
Y es una débil sombra que ilumina.

A veces somos más, y somos tantos
Que no alcanza la tierra para cuantos
Habitan esta estricta soledad.

Hablo conmigo, que es decir nosotros,
Pero no entablan diálogo los otros:
Los demás son yo mismo en su hot edad.

 

ATONAL

Hijos, indíquenme el tono,
Que me he quedado sin música.
Sordo de mí mismo, escucho
sólo lamentos y súplicas,
el ruido de las almas
y ciertas notas estúpidas
que repiten y repiten
en un vacío de acústica.
Ya no escucho los acordes
de aquellas mañanas fúlgidas,
con su vértigo de pájaros
y estruendo de alas alúminas.
De las primaveras no
recuerdo su risa última,
ni el compás de las estrellas
en aquellas noches únicas,
y tú, mujer, que vibrabas
como una cítara púdica.
No oigo sonar las campanas
el re de mi abeja lúdica,
ni a mi madre que tañía
ésta mi lira tan rústica.
Hijos, indíquenme el tono,
que me he quedado sin música.

 

ANTROPOFAGIA

Adobada con zumo de limón y asada a la parrilla
en forma de arrachera o de churrasco –a la argentina–,
la carne humana es un manjar de lujo
en las mesas de las clases altas,
restoranes gourmet, hoteles cinco estrellas.

También se la prepara encebollada y con curry –estilo indio–
para las fiestas patrias y los banquetes
a los que asisten dignatarios, obispos, grandes inversionistas.

Los Estados Unidos –importadores de rebaños en pie–,
tienen mataderos muy desarrollados
donde el descuartizamiento se realiza en forma automática.
Utilizan hasta la recortería,
a la que agregan soya y otros ingredientes –fórmula secreta–,
y forman una masa con la que moldean hamburguesas y nuggets,
cuyas franquicias venden a las cadenas internacionales de fast food.
Es una industria eficiente y productiva
que se inspira en la escuela clásica alemana:
fabrican telas con el pelo, botones con los huesos y jabón con la grasa.

La publicidad sobre la carne humana en la televisión es sensacional.
Presentan fisiculturistas, bailarinas, artistas de cine
reconstruidas por los bisturís estéticos.
El mensaje subliminal es que la carne no sólo sirve para fornicar,
sino que contiene altos poderes nutricionales.

En los mercados populares del mundo,
se expende salada, en forma de cecina –a la mexicana– para freír,
o seca, para cocer entomatada como tasajo de caballo –a la uruguaya.
En los ganchos de las carnicerías cuelgan las piernas,
los brazos y los costillares, entre las moscas y el olor de las especias.
También se venden los ojos, las tetas, las vísceras, los testículos
cocidos de las formas más diversas y servidos como antojitos,
salpicados con cilantro, cebolla cruda bien rebanada y algo de picante, envueltos en pan árabe o en tortillas de maíz.

En Cuba –país tan especial– la matazón se realiza por fusilamiento,
por prurito militar y por apego a la tradición de las guerras de independencia.
La carne es sometida a un proceso parecido al de Estados Unidos,
pero con influencia de los indios caribes (caníbales),
que adobaban sus presas con ajo de montaña, ají cachucha y culantro.
El contenido se aumenta con soya y con harina de trigo,
y se fabrica un engrudo insípido y fofo (sin envoltura)
llamado masa cárnica.
(Como la distribución está racionada,
los hambrientos han saqueado las criptas de los cementerios).
El pelo se desperdicia por falta de tecnología,
pero la grasa –si la hubiera– se aprovecha en las salsas
(“Échale salsita”, dice el son),
y los huesos, en suculentas caldosas
y en la brujería industrial, gran productora de divisas.
Los dirigentes y los jefes prefieren la carne de cañón
y la lengua estofada de poetas.

Los españoles son fanáticos de la sangre y de las vísceras,
para hacer butifarra,
y ahuman un jamón de pierna serrano
que nada tiene que envidiarle al de cerdo.

Francia es algo aparte.
Allá hornean unos racionales pasteles de seso,
extraídos de los artistas naif de Haití y los inmigrantes árabes,
cuyo olor cartesiano se percibe hasta en lo alto de la torre Eiffel,
y cenan frugalmente con buen vino de mesa.

En África, donde existen costumbres muy extrañas,
dejan pudrir la carne, y se la comen, con las manos,
mezclada con mandioca,
también en estado de putrefacción.

Los japoneses –de paladar tan exquisito–
prefieren las manos y los pies de mujer, porque,
según los exigentes consumidores,
tienen un sabor más refinado que las aletas de tiburón.

Los chinos han desarrollado una novedosa industria,
que consiste en aplicar la tortura china en forma productiva:
cortan pedazos a los disidentes, sin matarlos,
y han invadido el mundo con esas rebanadas,
como si fueran tilapia congelada;
así, han aumentado en dos en por ciento el producto interno bruto.

Yo, que soy un tanto melindroso y tengo escrúpulos,
me he vuelto vegetariano,
y me voy con las vacas y los caballos
a ramonear la magra hierba que aún verdea en los campos.

 

 

 

 

© Osvaldo Navarro (Santo Domingo, Cuba, 1946) estudió filología en la Universidad de La Habana. Considerado por algunos críticos como el poeta más descollante de su generación, es además un exitoso narrador, ensayista, periodista y animador cultural. En su país natal recibió tres premios nacionales de poesía e importantes reconocimientos por su labor literaria. Reside en México desde 1993. Otras obras del autor: Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poemas: De regreso a la tierra (1974), Los días y los hombres (1975), Espejo de conciencia (1980), Las manos en el fuego (1981), Nosotros dos (1984), Combustión interna (antología, 1985), Clarividencia (1989), Xabaneras (1996), Catarsis (1999), Hijos de Saturno. Y es autor de la novela testimonio El Caballo de Mayaguara (1984), con la cual obtuvo, en Cuba, el Premio Nacional de la Crítica 1984.


Llegaron en tres caravanas
por Juan Manuel Navas

 

LLEGARON EN TRES CARAVANAS,

          o eran tres carros grandes,

          quizás llegaron en enormes coches del color que tiene la
          miel cuando se endurece.

Pero llegaron como llegan los circos o las expediciones

          que se han cansado antes de decidir si al final del viaje regresarán

          a sus casas a medio cerrar.

Los niños saltaron primero,

          brincaban casi desnudos alrededor de las ruedas con sus enormes

          radios de madera sucia, o neumáticos de tractor gigante.

Sin recordar muy bien cuándo

          me fijé en las mujeres gordas como las vacaciones de un ciego,

          rancias en las caderas que han protegido la fertilidad

          para más ser y

                                 tener que, ¿bajarse de los carromatos?

¿Eran roulottes?

Dos adolescentes de sexo indeciso se acariciaban bajo el techado

          lluvioso de todo el hambre del mundo,

          gemían con el aburrimiento de quien conoce

          las propiedades curativas del insomnio.

Te arqueas, negra de ojos verdes, cuando baja el patriarca del primer

          taxi londinense que no ha tenido tiempo para

          ir al lavabo,

                                  se aparta y contra un poste telefónico,

o es la porra donde ataban a los chicos malos,

no mearás como un perro.

 

Y ahora es cuando lo montan todo,

          destartalado como los dientes de mi tío alcohólico,

          que un día se me apareció, tantos años después de muerto,

          que ya no recordaba mi nombre:

          IESUS CHRISTI me llamaba, invocando un trago más,

          un trago más, IESUS CHRISTI.

El del bigote más grande participa, invitado claro,

          en el amor de los adolescentes, ¿por dónde?

Y se acerca a mí tras repartir pescozones y órdenes,

          caricias y billetes sudados entre las mujeres que ya

          están cocinando el olor tranquilo del cerdo más septentrional

          que han podido preservar del calor.

Y se acerca a mí para pedirme indicaciones o fuego o

          nada porque yo soy un niño que nunca ha visto

          un circo ni una familia que llega en tres

          caravanas al desierto de mi barrio.

Y se acerca a mí antes de que pueda salir corriendo,

          sin más miedo del que ya tenía en mi casa.

Y me huele mientras los niños también se acercan a mí.

Y me duele que los niños no hayan llegado a rozarme siquiera.

Y huyo sin saber si eran caravanas o carros grandes

          o coches del color que la miel tenía

                    en el más oscuro armario de mi cocina.

 

Madrid, 20 de julio de 2005

 

 

 

© Juan Manuel Navas. Madrid, España (1971), Cursa estudios de Derecho y Filología Española en Madrid. Dirigió la revista Poeta de Cabra, y el proyecto editorial del mismo nombre, hasta su desaparición. También codirigió la revista de creación y reflexión literarias Anónima. Ha publicado los libros de poesía “La sonrisa del saltador”, Colección Poesía nº 293, Ediciones Endymion, Madrid, 2002 y “El cáncer de las mariposas”, Colección El Árbol Espiral, lf ediciones, Béjar (Salamanca), 2002. Sus poemas han aparecido en antologías como “Aula CEU de Poesía”, Universidad San Pablo CEU, Madrid, 2000 o “Al aire nuevo. Antología de poesía española actual”, Ediciones Desierto, San Luis Potosí, S.L.P., México, 2001. Ha colaborado como crítico en las revistas Prima Littera, Poeta de Cabra, Anónima y Literaturas.com.
También textos suyos han aparecido en las revistas Poeta de Cabra, Anónima y Ariadna-RC. (jmnavas@telefonica.net)


Mi primer cuarto de baño (selección)
por María José Mora

 

Miope

Alguien espera detrás de la puerta del baño
con los ojos en blanco, mirando el reloj.
Lavo con jabón
una y dos manos,
y me miro al espejo.

Me unto una lentilla y
atrapo el instante,
de una vida borrosa y miope.

Y todo vuelve a su estado,
a la calma, al subsidio,
a la torpeza que me toca alrededor.

Miro con ojos recién pintados
la gruesa línea que separa
la cordura del efecto.

Sin saber, que es otra
la que se acerca al pomo de la puerta.
Quien dice lo siento,
coge el abrigo y
toca tu mano.

 

El acosador

Esta es la historia de una mujer
y de un acosador
que se mete en su ducha,
raspando paredes.

Una mujer
con piernas de araña y
risa torcida
que tiene miedo.

Y odia, mordisqueando
palabras de jabón
y ventanas cerradas.

Esta es la historia de una mujer
en su cuarto de baño
mascando la cortina de plástico,
sus dedos, el agua
y los pinchazos.

La historia de sus calcetines mojados,
de la toalla sin uso y
su apéndice.

 

El pelo húmedo

Me gustaría tener el pelo leónico de la Turner,
los pechos redondos de Scarlett y
la sonrisa de la Robert.

Paso una página y otra
y sentada en el water,
me pruebo el último modelito de Christian Dior.


 

 

 

 

© Mª José Mora, Maijo Mora (Huelva 1977) es periodista y fotógrafa. Tras sus primeros pasos en el colectivo onubense Madera Húmeda, ha colaborado en diversos espacios culturales madrileños Less is More, Espejo5 y La Fábrica de Lycors de Mallorca. Actualmente reside en las pitiusas donde trabaja en varios proyectos.
“Mi primer cuarto de baño” (Béjar, 2006) es su primera plaquette.


Trova del pecador
por Raúl Rivero

Es verdad que mordí la manzana
pero lo que recuerdo
es el sabor de la fruta
sus jugos frescos
el tejido de su carne presuntuosa
el rojo intenso de la piel
y el olor sustancial del paraíso.

Es verdad que mordí la manzana
y cumplo ahora el castigo
es mi tiempo de sufrir
y sufro
porque se ha dicho también
que he mordido el polvo de la derrota
y aquí, más cerca de la tierra
con el polvo en la boca
y en los dientes
estoy al mismo tiempo
en mi origen y mi destino.

Dios mío, esa manzana.

En mi cabeza de supliciado
prevalece la noción de la fruta
y el desafío de la mordida
que me hizo libre.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Raúl Rivero Castañeda . (Morón, Cuba. 1945). “Periodista de estirpe y autor de poemas cubanísimos” según Eliseo Alberto, “el primer popeta cubano” según Guillermo Cabrera Infante. Ha publicado numerosos libros de poesía y varios de reportajes. Trabajó durante años en los principales periódicos y revistas de la isla, así como en Prensa Latina (agencia oficial de noticias) y en la UNEAC (Universidad de Escritores y Artistas de Cuba) como asesor de Nicolás Guillén. En 1991 firmó la Carta de los 10, carta abierta al gobierno cubano pidiendo reformas y espacios para todos, por lo que fue condenado al ostracismo y se le prohibió viajar. El 4 de abril de 2003, en juicio sumario, fue condenado a 20 años de cárcel, que cumplió, en el penal de Ciego de Ávila en condiciones infrahumanas, hasta su excarcelación el 30 de noviembre de 2004. Desde primeros de abril de 2005 vive en España. Ha publicado “Sin pan y sin palabras” Ed. Península. Este poema lo escribió en la carcel, junto a otros que hoy conforman el libro “Vidas y Oficios” Poemas de la cárcel. Ed. Península 2006. “Casi todos en una celda de castigo donde solo podía caminar seis pasos”. Ese fue su hogar durante un año, entre la primavera del 2003 y el inviernillo cubano del 2004, cuando ya estaba seguro de que es era el lugar donde iba a buscar la muerte. Ariadna publicó varios poemas y artículos en el verano del 2003, junto al relato titulado “La cuartilla” que le dedicó su amigo y periodista cubano Rafael Alcides.


Antología de drink river
por Francis Vaz

Todo tiene grietas
todo está agrietado
así es como la luz logra entrar
Leonard Cohen


Sus espíritus chocaban contra el mío
como las alas de mil mariposas.
Yo cerraba los ojos, y sentía sus espíritus vibrar.
Edgar Lee Masters

Ya no se qué coño es esto de la vida
si me seduce la nuca suave del conejo
el golpe la rabia o mordedura
o seguir tenso a la espera de que el alcohol
encharque los pulmones

estoy harto cansado y duele tanto
este rictus de sonrisa despiadada
esa mirada obscena y egocéntrica
analizar desde lejos las grietas del derrumbe
como seres superiores de la nada

qué patético el deseo la esperanza
la lucha la hucha el beneplácito
que prenda ya la llama en estos huesos
y os alcance el ardor de mi desprecio
que muera ya la noche que no amanezca

.../...

El policía no lo quiere reconocer
pero está enganchado de la Susi
cuando aparece por aquí todos se ponen firmes
y sin embargo no nos odia
se identifica en parte con nosotros
prefiere la compañía de miserables
a la de señores que le ordenan vasallaje
pero no puede
no puede reconocer
que el uniforme es su disfraz
que su vida no le gusta
que no es feliz
que su señora ya le aburre
y su trabajo es un infierno
que le gustaría
pegarle dos tiros al chulo de la Susi
y llevársela al mar
a una isla tan perdida como ellos
y comenzar de nuevo
como dos náufragos renacidos

 


 

 

 

© Francis Vaz


Selección (Si un día me oyes/Escojo.../Cuando voy al fútbol)
por Ana Pérez Cañamares

 

Si un día me oyes
-después de una noche
en la que he resultado ser
encantadora:
de esas mujeres que beben
y se ponen graciosas
contando anécdotas
de bares y ácidos y viajes
y camas y cabrones
con el pelo despeinado
para mejor
y el carmín corrido
como si viniera
de morrearme en el baño
con el tío más guapo
del garito-
si un día
después de una de estas noches
en las que ejerzo
de encantadora de serpientes
al despedirme
me oyes decir
que sólo soy un fraude

compadéceme:
los adictos a los aplausos
también necesitamos testigos
cuando nos quitamos
el maquillaje.

 

Cuando veo fútbol, tenis
carreras de fórmula 1
no olvido que en otras cadenas
siguen los telediarios.
Mientras gritamos gol
otro coche bomba explota
en un mercado; antes
de que acabe el set
habrá diez palestinos menos;
se apaga el semáforo
y una vida más en Guantánamo.

Mis padres llamaban
partes a los telediarios.
Ellos sabían que la guerra
no había terminado:
mientras en el salón la tele
vomitaba metralla,
la radio en la cocina
escupía recuentos de muertos.

Perdonadme que ahora juegue:
el dolor fue una institutriz severa.

 


Con pulso de artificiero
escojo las palabras.
Manejo con tacto
la nitroglicerina de cada sílaba.

Por culpa de palabras mal usadas
a mi corazón lo cruza
un alfabeto de cicatrices.

 

 

 


 

 

© Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968). Ha publicado el libro de relatos En días idénticos a nubes (Mileto) y el poemario La alambrada de mi boca (Ed. Baile del Sol). Sus relatos y poemas aparecen en antologías tanto en papel como en Internet y desde su blog http::/elalmadisponible.blogspot.com intenta difundir su pasión por la poesía


Tequila con Pandora
por Rebeca Tabales

 

 

No hay un alma en esta ciudad (pude sospechar),
que no conozca el secreto y que no haya jurado guardarlo.

J. L Borges. El Aleph.


I.

Narradoras

 

Señorías:

no den crédito a nuestros uniformes
en su religiosa pulcritud, al brillo angelical de la luz
en nuestros rizos, al ruidoso descuido con que trotamos
bajo el balcón de la indultada, tapándonos la risa con las manos
y susurrándonos en los oídos.

No piensen que crecemos tan ingenuas
en nuestro cobertizo de satisfacción
y urbanidad, de las dos ignorancias
tenemos sólo una. Sí, por jóvenes, ya,
pero hemos visto todos
los pájaros.
El búho de Minerva,
las golondrinas fieles, la paloma
que siempre es paloma, el ruiseñor del honorable
Wilde, su sacrificio... oh,
el cóndor que planea
sobre la amada y hasta en la misma, el solitario
cuervo con su tenaz versículo, y sobre todo
hemos visto las ciudades
sobre las que su sombra se proyecta.

El corazón persiste en el centro del carámbano,
así nuestra ciudad habita entre las piernas del secreto,

y como Scherezades que sospechan
que morirán a manos de su público
nos empeñamos en contar el cuento
por si acaso nos vuelve

necesarias.

 

Rebeca Tabales 2005

 

 

 

© Rebeca Tabales. Madrid, España (1981)
Nació el 3 de junio de 1981 en Madrid. Licenciada en psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. Corresponsal en Madrid de la sección de poesía de la revista Alhucema (Granada).
En el año 2003 resultó finalista en la II edición del Premio de Poesía Joven Radio 3, convocado por el programa La estación azul, con el poemario: Llanto por el descenso de J. J. Ha publicado en: Periféricos. Quince poetas (Antología). Ignacio Elguero. Univ. P. José Hierro, Madrid, 2004. Alhucema. Revista de teatro y literatura, editada por Asociación Cultural Alhaja. Colaboran Ediciones Dauro y ayuntamientos de Albolote, Peligros, Maracena, Noalejo y Arriate, en: nº 11, enero–junio del 2004 y nº 12, julio–diciembre del 2004.
Mombaça. Revista universitaria. Universidad de Salamanca. Noviembre 2007.


Refutación de la elegía / Don del vuelo / Casa en el árbol
por Eduardo García

 

REFUTACIÓN DE LA ELEGÍA

Disculpen la imprudencia, voy de paso,
me caí en esta página, no supe
medir mis fuerzas, apurar la brisa,
resistir su imperiosa invitación,
la página pedía un desaliento
a la altura del llanto y los zapatos,
pero no estaba yo para difuntos,
me brotó una sonora carcajada,
una encina colgada de un trapecio,
un tigre amamantando a una gacela,
un ciempiés saludando innumerable,
nada hay seguro aquí, ya me hago cargo,
a lo peor la página está inquieta,
reclama ya su hastío inmemorial,
y yo en las musarañas, tan contento,
acorazado, en fin, feliz, ya ven,
poco propenso a la melancolía,
convocando el deseo en la figura
de una mujer al término del goce,
sin tristeza post-coitum, no se apuren,
espléndido animal, fruta sin dueño,
deslumbrante en la página, sensual,
una refutación de la elegía,
una celebración de la alegría,
cuerpo fugaz, materia derramada,
se ríe de la página, transpira,
les dejo con su gozo, no sin antes
invitarles a arder por las raíces,
a vivir por la piel a contramano,
no me hago responsable si la página
persiste por inercia en su congoja,
si le gusta sufrir es su problema,
nosotros a lo nuestro, hacia alta mar.

 



DON DEL VUELO

Y ahora que desperté sin calendario
a las puertas de un cielo terrenal
qué vas a hacer conmigo si no atiendo a razones,
si me entregué sin más a la algarada
de esta felicidad sin qué ni fundamento,
si el saludo se me vuelve pájaro en la mano
y los ciento volando
hacen cola para posarse en mi ventana,
si me declaro en fuga
tras la eléctrica chispa que aguarda en el instante,
si hablo como quien canta
en las crines del pulso secreto de las olas,
amenazo arrastrarte en un alud de espuma
y mis dedos te cercan, antorchas navegantes,
y se te caen las hojas amarillas,
y al contacto tu piel prende en mi abrazo,
qué vas a hacer conmigo sino entregarte entera,
desarraigarte toda
hasta que a las raíces les brote el don del vuelo,
levar anclas, surcar la ingravidez
preñada de centellas, con las manos
tendidas al encuentro, ven conmigo,
con rumor de campanas sobrevolemos los jardines,
ha llegado la hora, vamos, ven
a conocer la risa de los ángeles.

 


CASA EN EL ÁRBOL

En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
con tablones y clavos e ilusión y un martillo
alzaré entre las ramas suelos, techos, paredes,
cuartos en espiral, secretos pasadizos
donde obra el azar el don de los encuentros
y de pronto amanece si me miras al fondo
por donde el viento corre a refugiarse,
madera en la madera, crujen las estaciones,
pasan a visitarnos los amigos,
huele a café, huele al árbol en que nos acogemos,
al rumor de las hojas, a la tierra
donde brota su impulso, su sed de los espacios,
se siente allí el verdor de las promesas,
casa y árbol fundidos, una sola criatura,
se es feliz de algún modo impreciso y vital,
con los años al árbol le van creciendo ramas,
gana cuerpo, se inclina hacia las nubes
y de pronto la casa ha ascendido unos metros
y hasta el aire es más puro, más ancho el horizonte,
las estrellas fugaces proliferan, ahora
vigila la espesura, hay luz en la ventana,
a cubierto de todo, suspendida,
luz de hogar en la noche, resplandor,
y una escala de cuerda entre las ramas,
si subes por la escala no hay retorno,
en la cima del viento hallarás nuestra casa.

 

 

 

© Eduardo García nace en São Paulo en 1965, hijo de españoles. Vive pues su primera infancia a caballo entre dos lenguas. Permanece en Brasil hasta los siete años, edad en la que su familia decide regresar a España. Se traslada entonces a Madrid, ciudad donde transcurre su adlescencia y primera juventud. Cursa allí la Licenciatura de Filosofía, especializándose en Estética. Profesor de Filosofía, obtiene en 1991 una plaza en Córdoba, donde reside en la actualidad. Como poeta es autor de los libros “Las cartas marcadas” (1965), “No se trata de un juego” (1998, 2ª edición 2004), “Horizonte o frontera” (Hiperión, 2003) y “Refutación de la elegía” (Generación del 27, 2006). Por “No se trata de un juego” recibió el Premio Hispanoamericano de Poesía “JUAN RAMÓN JIMÑENEZ”, así como el premio “OJO CRÍTICO” de Radio Nacional al mejor libro de poesía joven del año. “Horizonte o frontera” obtuvo el Premio Internacional de Poesía “ANTONIO MACHADO EN BAEZA”. Su obra ha sido recogida en las principales antologías de poesía última española: “La generación del 99” (José Luis García Martín, 1999), “Pasar la página” (Manuel Rico, 2000), la bilingüe “Poesía espanhola, anos 90” (Joaquím Mª Magalhães, Lisboa, 2000), “Yo es otro, autorretratos de la nueva poesía” (Josep Mª Rodríguez, DVD, 2001), “La lógica de Orfeo”, (Luis Antonio de Villena, Visor, 2003) y “Ultima poesía española” (1990-2005) (Rafael Morales Barba, Clasicos Marenostrum, 2006) entre otras. Ha cultivado el ensayo sobre el fenómeno poético en sus libros “Escribir un poema” (Fuentetaja, 2000; 2ª edición ampliada y corregida, 2003) y “Una poética del límite” (Pre-Textos, 2005), donde propone una epistemología de la escritura desde una visión integradora. En abierto diálogo con su propia aventura creativa. “Una poética del límite” ofrece una puesta al día en profundidad de nuestra actual concepción de la poesía a la luz de las aportaciones de las ciencias humanas, la estética y el psicoanálisis contemporáneos.


Acorralado
por Rafael Pérez Castells

 

Las piernas pesan
cuando llega el fracaso,
negra y silenciosa aurora
que con mil toneladas de escombros
oprime el pecho
y da al fracasado
ese aire de eslabón perdido
entre el hombre
y el hombre rendido.

El fluir del pensamiento cesa
cuando llega el fracaso,
se estanca
y las ideas se posan
sobre un fondo enlodado.
Sólo las huellas de los dinosaurios
darían sentido a ese limo,
alma de barro del fracasado.

Ya no siente.
De no querer sentir,
el fracasado ya no siente.
Se entera de su vida
cuando se la cuentan en la radio
mientras friega,
mientras suda,
mientras fracasa.

Pero en la negra y silenciosa aurora,
aún queda el hombre,
un samurai acorralado
que duda
en qué dirección
desenvainar su katana.

 

 

 

© Rafael Pérez Castells. Rafael Pérez Castells nace en Madrid en 1955, es Doctor en Ciencias Químicas y ha dedicado su vida profesional a la investigación y a la empresa privada. Ha publicado La Torre Dinamitada (1997), Diccionario de días Premio SIAL de poesía en 1999 y Poesía (2000-2006) en el año 2007. Desde entonces han aparecido poemas suyos en revistas como Cuadernos del Matemático, Luces y Sombras, Poeta de Cabra, Prima Littera, y en "Ariadna-rc" de la que es miembro fundador. También aparecen poemas suyos en las antologías "Aula CEU de Poesía", Ed. Universidad S.Pablo CEU 2000, "La voz y la Escritura", Ed. Comunidad de Madrid 2000 y "Entonces y ahora", Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid 2003. Ha sido co-director de los ciclos de poesía de la Universidad San Pablo CEU desde 1998 a 2001.


Los muertos en el tajo
por Pedro Sevylla de Junana

 

Uno, dos, siete, treinta y cinco,
seis mil ochocientos cuatro,
doscientos treinta mil trece.
Es la estadística incompleta de los obreros muertos en el tajo
el sumario de la necesidad humana
la prueba del nueve de la sumisión.

Las funciones lineales, los índices y los promedios
nacen de un pacto entre el poder y los números,
y los obreros muertos en el tajo
pueblan la realidad bastarda de los análisis cuantitativos,
de los diagramas de flujo, de las hojas de cálculo
y de la probabilidad elemental.

Pero dónde están los huérfanos
y las viudas de los obreros muertos en el tajo,
qué ocurre con los padres y hermanos
qué hay de los familiares, de los amigos y compañeros,
y de todos aquellos que aman
a los obreros muertos en el tajo.

Multitud dispersa,
ellos no forman estadística;
se quedan fuera del cómputo de mutilados,
de los gráficos aritméticos,
de las hojas de cálculo y de las previsiones excedidas.

Yo, Pedro Sevylla
miembro activo de esta sociedad desnivelada
trabajador de la pluma y de la difusión de ideas,
solidario con el segmento de población más desprotegido,
exijo mi entrada en el recuento de perjudicados,
en las curvas de frecuencias, en las fluctuaciones
y en el inventario de cifras
-uno, dos, siete, treinta y cinco
seis mil ochocientos cuatro
doscientos treinta mil trece-
junto a los obreros muertos en el tajo.


 

 

 

 

 

 

 

 

© Pedro Sevylla de Juana
Nacido en Valdepero (Palencia) España, el año 1946. Reside en C/ Principal, 64 / 28280 El Escorial (Madrid). Publicitario, conferenciante, articulista, poeta y narrador
Premios: 1997- Relatos de la Mar., 1999- Ciudad de Toledo de Novela., 2000- Internacional de Novela “Vargas Llosa”, 2001- Paradores de Turismo de Relatos., 2005- Finalista del premio de novela Ateneo-Ciudad de Valladolid. Narrativa: Los increíbles sucesos ocurridos en el Principado (1982). Pedro Demonio y otros relatos (1990). En defensa de Paulino (1999). El dulce calvario de la señorita Salus (2001). En torno a Valdepero (2003). La musa de Picasso (2007). Poesía: El hombre en el camino (1978). Relatos de Piel y de palabra (1979). Poemas de ida y vuelta (1981). Mil versos de amor a Aipa (1982). Somera investigación sobre una enfermedad muy extendida (1988). El hombre fue primero la soledad vino después (1989). Madrid, 1985 (1989). Aiñara (1993). La deriva del hombre (2006). Ensayo: Ad memoriam (2007). Ediciones colectivas: Premios de narraciones "Miguel Cabrera" (1997). Premios "Relatos de la Mar" (1999). Premios "Paradores" de Relatos (2002).

Página Web del autor: www.sevylla.com
E-mail: valdepero@hotmail.com

 


Lágrimas de sangre
por Daniel Laneri

 

Ni los heraldos negros ni los versos más tristes esta noche
Ni la pena tiznada, ni tres heridas, ni setenta balcones
Ni el peor de los pecados cometidos, ni frac o insomnio bien llorado
Ni Antonito el Camborio con su sangre en la arena
Ni la copla doliente para el padre dormido ni suicidados cánceres de mar
Ni el ayudarte a no pedir ayuda, ni los veinte centavos, ni luna con gatillo
No el Orozco país de madre ausente ni la samba en preludio
No andaluz testamento, no Zubia luna y greda, ni lo fatal, ni la princesa triste
No heterónimo fiebre, destellos de locura, no la Viola Chilencis
No soldado negrísimo que no aprendió a tirar ni a bailar sones
No rosa Martillada, no Daltónicas patrias ni Azules Nicaraguas
Ni colgarnos Unamúnicamente, ni estelas en la mar nuestro camino
O soliloquios que ya nadie oye. No marinos en tierra porque esta tierra traga
No inventarios del sur aunque éste exista, ni Huidóbricos tajos, ni la
                                                                                                               Virginia loba
Saber todos los cuentos y todas las Españas resulta insuficiente.
Las cartas encerradas tan Hikméticas, las otoñales hojas Withmanianas
No, ni ellas, ni el Romero olvidado, ni así la Idea de todas las veces,
No acusadores necios de mujeres, ni la Ciega venganza ni Profecías niñas
No los toritos negros en todos los sentidos ni las flores de mal
No Éluard de los maderos y los fusilamientos, no Gimferrer tan sabio
Ni siquiera los Gelmanianos duelos o los Hierros tardíos
No las tumbas Poéticas, no la Paz Octaviana ni toda vida sueño de una Barca
No los medicinales Pedro Alma en la furia, ni griegas sutilezas Konstantinas
No los Dantescos mundos ni aquél comendador escarmentado
Y, por supuesto, no los triunfales himnos nacionales de las guerras de nada
Ni troyanas tragedias, ni Shakespeareanas muertes,
Ni los sacrales cantos, ni muro de lamentos, ni ningún universo de la lástima.
Hablo del gran desgarro, de todas esas víctimas que fueron y que aguardan
Por la cruel insanía de no poder amarnos ni aún en el intento.


 

 

 

 

 

 

 

 

© Daniel Laneri nace en Bánfield, provincia de Buenos Aires, en la misma fecha y a la misma hora que el poeta Pablo Neruda, pero en la Argentina del 64. Acaso un sino, vaya uno a saber. En 1988 trabaja como redactor de la revista Metáfora del Arte, de editorial Urano, y participa de la primera antología poética de la misma editorial. Ese mismo año comienza su creación radial Poemúsica, a la que se sucederán otros programa. Desde entonces ha participado en la elaboración de muy diversas obras para el mundo audiovisual en las que integra música y poesía. Escribe y estrena las obras poético-musicales Ausencias y Esperanzas, Del corazón y los pájaros, Antigüedades y Haciendo el verso. Animador cultural incansable en el 97 crea y dirige el proyecto cultural Arte Javier Villafañe, en el 2002 crea el Club de Escritores Isla Negra y en el 2004 decide crear la editorial Ediciones Argentina Escribe. Este año (2008) se editará y presentará su obra “El Libro del Gran Amor” , libro del cual se publican algunos de sus poemas en el boletín de hoy de Ariadna-rc.


Tres poemas
por Chema Barredo

 

Minuto extra

    

Nunca será tarde del todo
para el viejo proyecto inacabado,
sabremos encontrar la última hora
    en el rincón final del día,
    la magia del imprevisto minuto,
    los sesenta segundos de otro tiempo
    que alguien concede sin cobrarlos.

Un rayo más de sol, el pie en el estribo
del vagón para soñar el viaje
    que nunca iniciaremos, la calle que va
a ninguna parte, pero por la que siempre
quisimos caminar, loco capricho
en un minuto interminable.
Respirar por respirar, bendito aire.

Sólo un minuto, feliz, inesperado.

Nunca será del todo tarde
para explorar el ángulo secreto
que oculta el desorden de la vida.


Nombres

No sé de quién se trata,
viejas fotos que habitan la pared
y la pregunta sobre un nombre,
que no me dice nada,
no descorre ningún velo, ignoro todo
de sus vidas, fantasmas sumergidos
en un sueño que ya nadie lo sueña.

Las fotos suspendidas sobre un mueble,
vaga memoria de familia,
marcos ovalados en un muro,
o en la sombra del pasillo
donde apenas se les ve, figuras
que no aparentan ser distintas
a cualquiera de nosotros
y están allí, en grupo, o por parejas,
de pie o sentados, satisfechos
y sus rostros son el eco, la historia de unos años
que ya es niebla en el recuerdo,
apenas siluetas, nombres de los antepasados
que no reconocemos y sin embargo
hay vida en esas caras,
en ese jardín que les acoge, el espacio
donde se aposentan, en el falso decorado
en que sonríen, ufanos, tal vez aguardan
que recordemos sus precisos nombres,
o acechan contra el tiempo
y hasta puede que hablen entre ellos.

Quizás es que sólo esperan, pacientes,
con la certeza del que sabe
que el tiempo no dura casi nada,
confían que la decrepitud
culmine su trabajo y el velo
que ha de ceñirse, lo saben,
se cierre sobre cada uno de nosotros.

 

Vorágine

La vorágine absurda de la calle,
el estruendo de una moto que no cede
su soberbia y el eco inapelable
de voces que taladran las ventanas.
También un grito que es ladrido
en la mañana rota por el dique
que desborda, que arroja un tráfico
implacable, sin horas que lo frenen,
o el vaivén de una masa irregular,
sombras que se mecen en el brazo
de un compás, siempre dibujo inacabado
cuando la brújula perfila un solo rumbo,
que gira, espiral de la vorágine.

Todos ellos roedores del silencio.
El mundo se desplaza y no lo hará
sin ti, sin ninguno de nosotros,
los émbolos, pistones, las bujías
que alientan el motor de cuatro tiempos,
rueda sin fin, circunferencia de furor,
interminable laberinto
donde labra la vorágine absurda de la calle.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

© José María Barredo Viudes, (Madrid) ha publicado poemas en las revistas “Poética digital” “Almiar” “Arrebato. Libros “ Es autor de las colecciones de relatos “Varios asuntos y alguna ocasión para el portento” (Edit.Virtualibro) y “El rito cotidiano”. Ganador de los Concursos de relatos Ayto. de Benferri , Júbilo. Ciudad de Getafe. Poemas seleccionados en Premio Poesía. Diputación de Alicante y Circulo de Bellas Artes de Palma de Mallorca.


Antología
por Pablo García Casado

 

PROFESIONAL

Llegó puntual a la sala de reuniones. Dibujó una curva descendente e hizo preguntas que nadie pudo responder. Confirmó todos los rumores, los planes para los que no contábamos. Habló muy claro y sin alzar la voz, no se detuvo en las valías personales, no dejó una puerta abierta. Rápido y limpio, mejor así. Teníamos dos horas para recogerlo todo, a la una se incorporaba el nuevo equipo.

 

SUMMERTIME

Fueron mis últimas vacaciones. Me habían encargado en exclusiva las ventas en la zona de Levante. Yo acudía a las citas con los clientes y tú me esperabas en el coche. Éramos un equipo. Encendías la radio, te ponías mis gafas y mi gorra de Ferrari y movías el volante. Guardo cada minuto que pasamos juntos: el deseo de volver al hotel, de ponerme la nariz de payaso y buscar tu sonrisa.

Mamá necesitaba un descanso para rehacer su vida. Había conocido a un médico en el hospital y ensayaba cómo contarte que tenías un nuevo papá, una casa grande y bonita y unas hermanas nuevas. Tenemos que acabar con esta farsa, decía, tenemos que pensar en nuestra hija. Mamá te quiere mucho y Antonio es una buena persona. En cuanto a mí, quiero que sepas que fuiste el único amor de mi vida. Y que he vivido estos años sólo con la ilusión de volver otra vez a ese hotel, encontrarte dormida y acariciar tu pelo.

 

TRAMPAS

Dice que no está, que se fue de viaje. Está nerviosa, me ofrece un café, no gracias, deben mucho dinero y yo he venido a cobrarlo. La hija mayor está viendo dibujos animados, El Rey León, a mi hijo le encanta, se sabe todas las canciones. Los niños aprenden rápido. El pequeño me mira desde la trona con la boca llena de papilla, muy serio, con los ojos azules de su padre. Mi marido es quien lleva las cuentas, dice, yo no sé nada de papeles. Le entrego un documento firmado por los dos, sí, ésta es mi firma, dice, él me dijo que no me preocupara, que era bueno para los dos, bueno para los niños, que todo se arreglaría. Él y su negocio de barcas de recreo. Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá, y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien, señora, pero ahora hablemos de dinero.

 

PRÓDIGO

¿Has traído el dinero? Escribió la cantidad y mi nombre en el beneficiario, las manos le temblaban al firmar. Pienso devolverlo, dije sin convicción. Mi mujer esperaba en el coche con los niños, las maletas y todas nuestras cosas. ¿Cómo está mi madre?, le pregunté. Nos despedimos dándonos la mano como socios.

Al cobrar el cheque pensé en él, en lo que había trabajado para ganar ese dinero. Las horas extras, los domingos, aquellas reuniones hasta la madrugada. Pero también los viajes, largos viajes a lugares desconocidos, como aquella vez, cuando no volvió en toda la semana. No sabíamos nada de ti, mi madre no ha dejado de llorar, no vuelvas a marcharte de ese modo. Prometió que no volvería a pasar, y cumplió su palabra, pero algo dentro de mi madre se había roto para siempre.

Han pasado dos años desde entonces. Al principio llamábamos cada semana, mi mujer mediaba entre nosotros y los niños hacían su trabajo. Pero un día encontré un mensaje en el buzón de voz: tu madre está mal, nos hace falta el dinero, queremos llevarla a un médico, y ella por detrás, ¡cuelga, cuelga, qué estás haciendo, cuelga ese teléfono! Hace meses que no tengo noticias.

 

SUPERVIVENCIA

Devora en silencio las sobras del día anterior. Patatas frías que no comió el niño, pan, un poco de agua, es suficiente. No has vendido nada, ¿verdad? El eco de las palabras rebota en los electrodomésticos. Hace años habría temblado de pánico sólo con escuchar esas palabras, pero el tiempo cubre las cosas de una espesa capa de normalidad.

 

SEVILLA ESTE

Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica entre lágrimas, perdónanos, Señor, perdónanos.

 


 

 

 

© Pablo García Casado nació en Córdoba el 13 de mayo de 1972. Ha publicado Las afueras (DVD Ediciones, Barcelona, 1997), por el que fue I Premio Ojo Crítico de RNE 1997 y finalista del Premio Nacional de Poesía de ese año, y El mapa de América (DVD Ediciones, Barcelona, 2001). Ha sido incluido en diversas antologías de poesía española, como La Generación del 99, de José Luis García Martín, Feroces, de Isla Correyero o 25 poetas jóvenes españoles, publicada recientemente por Ediciones Hiperión. Ha sido traducido, entre otros idiomas, al portugués por Joaquim Manuel Magalhaes, o al inglés, por el crítico y antólogo norteamericano Chris Michalski, que recientemente incluyó sus poemas en la revista neoyorkina de traducción Circumference. Pablo García Casado muestra gran parte de su obra literaria en la página web www.casadosolis.com.
Pablo García Casado son colaboradores habituales de El Día de Córdoba (Grupo Joly), así como de diferentes revistas literarias. Recientemente, estos autores han sido incluidos en el Diccionario de Literatura Española publicado por la editorial Espasa Calpe.


Vasos comunicantes
por David Torres

Al cambiarse en la sacristía, le pasaron por encima los jirones de un sueño tan negro como el forro de la sotana que le ahogaba los ojos, un sueño agobiante en el que bailaba pegado a hombres recios y brutales que olían a máquina y a tabaco, y que se frotaban obscenamente contra su entrepierna, un sueño que el sacerdote intentó apartar de sí cerrando los ojos, pero que le persiguió durante todo el día con el olor vil y aparatoso del sudor, y la quemadura de los azotes en las nalgas, y la opresiva atmósfera de un infierno lleno hasta los topes de música, mujeres tristes y hombres solitarios; incluso después de cerrar la celosía del confesionario y dar la absolución a una mujer que, como cada semana, volvería a su casa para cambiarse de ropa, ceñirse un vestidito corto que le descubría los muslos y cuya tela sutil repasarían manos ávidas y fatigadas, mientras ella bailaba por dinero toda la noche, entrecerrando los ojos y recordando muerta de cansancio escenas de un extraño sueño donde los armarios estaban llenos de aceites y galletas blancas, y una luz que olía a madera y a incienso y vino dulce, y una fila de bocas que se abrían ante ella, sumisas y anhelantes.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

© David Torres (Madrid, 1966). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Desde sus inicios pertenece al nucleo de ariadna-rc. Nanga Parbat, ganadora del Premio Desnivel 1999 de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura, fue su primera novela. Ha sido galardonado también con el Premio de Narrativa convocado por la Editorial SIAL, por su relato "Donde no irán los navegantes". Ha sido finalista de la 59ª edición del Premio Nadal 2003 en España con su novela El gran silencio. Además ha escrito "Cuidado con el perro" 2003, "La sangre y el ámbar" 2006 y la novela "El mar en ruinas" seleccionada por diversos suplementos culturales entre las mejores novelas del 2003. Columnista del diario El Mundo y guionista del programa Al filo de lo imposible.


Rodillas
por María Eugenia Rodríguez

 

A Viviana le picaban las rodillas. Tenía una especie de sarpullido y fantaseaba con encontrar una especie de lija o algo con qué rascarse. Por supuesto, en el psiquiátrico no había lijas, así que se conformaba con sus uñas, que eran anchas y cortas.

Sentada en una silla de metal, en ángulo recto y sola en una habitación de paredes blancas que daba a un patio, Viviana se rascaba cada una de sus finas rodillas con la mano del lado que le correspondía. Tenía puesto un pantalón de gimnasia verde claro y un buzo con capucha del mismo color. En silencio, se rascaba rítmica y sistemáticamente.

Estaba en eso cuando entró Fermín, el enfermero. La miró sin interés, dejó un paquete de galletitas rellenas sobre una mesa y se paró al lado de la ventana. El era alto, moreno, de cara angulosa y nariz larga. Llevaba un ambo celeste con escote en ve. Le sobresalían algunos pelos del pecho, que formaban pequeños rulos. Todavía sin mirarla, le preguntó cómo andaba del sarpullido en las rodillas.

—Me tiene loca –ironizó ella.
—¿Los puntitos rojos te salieron solos o te los provocaste con el rascado?
—A mí me parece que vos estás asumiendo que yo me invento la picazón, que soy hipocondríaca —Viviana hizo una mueca parecida a una sonrisa. Medía 1.70 y era delgada, algo encorvada. Tenía el pelo castaño y ojos marrones, amarillentos. Algunas pecas le salpicaban la nariz, que era mediana y recta.

—¿Querés una galletita?
—Bueno.
—¿Y qué te trajo por acá, Viviana? Sos pendeja y estás bien. Encima, por lo que sé, tenés más plata que la dueña de este instituto. ¿Qué necesidad tuviste de tomarte esas pastillas?
—Te extralimitás en tu relación enfermero-paciente. Igual te voy a contar: no soporto mis rodillas.
—¿Qué tienen de malo tus rodillas?
—Sostienen demasiado. De sólo pensar que van a tener que caminar kilómetros y kilómetros durante décadas con mi cuerpo encima, de solo pensarlo, me dan ganas de acostarme a dormir.
—¿Y de dónde sacaste que vas a caminar tanto? Si te sobra para comprarte un auto…
—Es una metáfora. ¿Sabés lo que es una metáfora?
—Sí, y no te hagás la sabihonda. Te recuerdo que la que llegó acá por exceso de ansiolíticos fuiste vos.

Viviana bajó la vista y se tanteó la punta de la nariz con una mano. Fue la primera vez que la separó de la rodilla. Inmediatamente después siguió rascándosela.

—Me da miedo seguir viviendo. Ahí tenés.
—Eso es demasiado, no sé, grande. ¿De qué tenés miedo? ¿De fracasar en tu profesión, de que te falte vitamina C?
—Vos sos de los que creen que hay sólo dos tipos de problemas: los de plata y los de salud. El resto son pavadas que se inventa la gente con auto alemán como yo.
—Bueno, sí. Algo de eso hay.
—Pues te comento que hay otras cosas. Yo tengo miedo, Fermín. Y no a la muerte, sino al existir mismo. Algunos le llaman angustia existencialista. Es algo así.
—¿Y cómo es eso? ¿Te levantás y llorás porque tu cuerpo te pide hacer pis, porque tenés hambre, porque necesitás sexo?
—Todavía no entiendo cómo es que te dieron el título de enfermero.

Fermín se separó de la ventana, donde había estado apoyado hasta entonces. Puso una silla frente a Viviana, se sentó y empezó a rascarse las rodillas, también a ritmo parejo y constante y con la mano que le correspondía a cada lado.

—A ver, Viviana, contame qué hiciste hace tres días, cómo fue que te tomaste los ansiolíticos y tu mamá te trajo acá.
—Era sábado y no tenía que ir a la oficina, así que fui al baño, hice pis y pensé: “creo que tengo hambre y necesidad de sexo: evidentemente, tengo un problema existencial”.
—No te hagás la boluda. A mí no me pagan por escucharte, lo hago porque quiero, así que contame qué te pasó ese día.
—En determinado momento me acordé que me picaban las rodillas.
—Desarrollá eso, la metáfora, a ver…
Fermín soltó las rodillas y cruzó los brazos. Viviana bajó la voz y también dejó de rascarse. Entrelazó las manos y las puso sobre las piernas, en posición de rezo. Ahí clavó la mirada.
—Me levante temprano y no tenía nada que hacer. Y me puse a pensar, viste. Pensé que esa noche no tendría con quién salir. Que a la tarde me encontraría con una amiga en un shopping. Que me aburriría: a la tarde, a la noche, el lunes, el martes. Que seguiría aburrida en Navidad. Y el día que me jubilara.
—…
—Entonces me tragué las pastillas, que no fueron tantas, tres o cuatro… Y me tentó la cama, toda deshecha: parecía el paraíso con almohadones.
—Hasta que te encontró tu mamá medio desmayada y te trajo acá.
—Sí.
—Hoy es martes. ¿Estás aburrida?
—Mmmfff…

Viviana se comió otra galletita. De repente, empezó a reirse despacio. Tentada, contrabandeó un par de carcajadas, pero se tapó la boca para que no se le escaparan migas.

—¿Sabés qué, Fermín? Tengo los problemas que vos decís que tengo: ganas de hacer pis, de comer y de tener sexo violento. Con vos.
Fermín se tiró en la silla para atrás.
—Escuchame una cosa —dijo, y estiró la boca para el costado, pícaro—: sos inteligente, profesional, tenés vocabulario. Se nota que has leído. ¿Cómo se te puede ocurrir algo tan obvio, tan cliché como una historia de sexo entre un enfermero y una paciente de un psiquiátrico?
—Por eso me río, porque es típico. Los médicos me dan el alta mañana: creen que lo mío fue un pico de estrés. La verdad es que yo no tengo ganas de explicarle a ellos lo del aburrimiento existencial y lo exagerada que fue mi mamá al traerme acá.
—Ahora el que tiene miedo soy yo…
—Dale, si salimos te prometo que no me vuelvo a rascar las rodillas. Es más, me voy a poner una pollera corta para que puedas ver mis piernas lisitas, sin ningún sarpullido.

 

 


 

 

 

© María Eugenia Rodríguez. (Argentina) Argentina-España. Licenciada en Periodismo, Universidad del Salvador (USAL), facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social (2003). Analista en Medios de Comunicación, USAL (2000). Redacción en diario “La Nueva Provincia”, sección La Ciudad, Política y Gobierno (2005 a la fecha). Colaboración en diario “La Nueva Provincia”, secciones La Ciudad, Política y Gobierno y Vida Cotidiana (2003 a 2005). Conducción y producción de programa radial político en FM 98.9 (2002, Núñez, Buenos Aires)

 


Amor aéreo
por Ahmed Oubali

 

Hacía una mañana lúgubre y oscura. El avión rugió sobre la pista del aeropuerto de Barajas, despegó con un fuerte zumbido y ascendió oblicuamente hacia el cielo con destino a Marrakech.

Los viajeros desabrocharon sus cinturones para ponerse cómodos. Una joven que cubría su cabello con un pañuelo con monedas de oro que le caían sobre la frente, pidió disculpas para cambiar de sitio a un joven que aceptó afablemente. Le explicó que estar pegada a la ventanilla le producía vértigo y ambos se rieron del incidente y se dejaron caer sobre los respaldos cerrando un momento los ojos para descansar.

Ella era alta, delgada, cutis de maniquí pero sin cosméticos, cuerpo fino y cimbreante. Vestía ropa gris y rosa que le caía formando pliegues hasta los pies. Llevaba un brazalete con incrustaciones de brillantes en su muñeca izquierda y su aspecto general denotaba educación y opulencia. El era de ojos castaños, pelo negro como el azabache. Iba también bien ataviado y era suave en sus modales. En el asiento delantero, una mujer se puso a cambiar de posición al niño que no cesaba de llorar; lo puso en su regazo y, para acallarlo, tiró de la cremallera de su chilaba, sacó el seno izquierdo y acercó al bebé para que mamara. Su compañero de asiento, un hombro corpulento, con un grotesco bigote y pelo rizo, se quedó furtivamente mirando de reojo al seno erecto y opulento de la joven madre, sin pestañear. En el lado contiguo, a la derecha, otra mujer se arrellanó cómodamente en su asiento, desplegó el diario La Mañana y se enfrascó en su lectura, sin notar que el hombre sentado a su derecha la escudriñaba discretamente, impresionado visiblemente por los encantos con que la naturaleza obsequiaba magnánima y generosamente a ciertas criaturas femeninas. Era una mujer bellísima, de formas esculturales, rubia, de ojos azules y labios carmíneos. Llevaba cabello recogido en un gran moño en la nuca. Vestía una atrevida creación en azul marino y blanco que le daba un aspecto distinguido.

Ella parecía muy preocupada y tenía el ceño fruncido. El hombre miró los titulares del periódico y comprendió la preocupación de la joven: " Una mujer recién casada castra a su novio y se suicida"; "Una joven seropositiva logra contaminar a varias personas, por venganza". Desplegó su propio periódico y notó que aquellos títulos eran casos aislados y sensacionalistas, destinados a un público específico. Se interesó por la página de política nacional y no pudo contener su emoción: tras una larga e ingrata sequía, la situación volvía a su curso normal, con un rebrote general de la vegetación y el abastecimiento oportuno en recursos hidráulicos. En cuanto a los labradores e inversores extranjeros todos manifestaban su euforia y confianza en el porvenir.

Un fuerte codazo sacudió al hombre y le hizo volver la mirada hacia su compañera de asiento, quien se apresuró a disculparse:

—Lo siento, dijo con voz suplicante, me disponía a abrir el bolso para sacar caramelos cuando, debido a la sacudida del avión, le di a usted este golpe sin querer.
—No se preocupe, son cosas que ocurren, le dijo él tranquilizándola.
—¿quiere un caramelo?, invitó con acaloramiento.
—Gracias, aceptó el hombre, llevándose la golosina a la boca, mm, muy delicioso, prosiguió.
—Son de chocolate con anís, dijo orgullosa, luego agregó: me llamo Aurora Gómez y soy periodista.
—Encantado. Yo soy Adel Sekal. Acabo de terminar mi carrera de ingeniero de minas y vuelvo a casa definitivamente.

Miró al joven y, por primera vez, pudo recrearse en su contemplación, estudiándole a su antojo. Era también alto y de formas esculturales; pero moreno, de ojos castaños, cabellos y cejas de un negro profundo. Tenía también un aspecto pulcro y distinguido.

—¿Cómo se dice en árabe dialectal "perdone" y "Gracias"?
—"Smahli" y "Shukran".
—pues le digo Smahli por lo del codazo y Shukran por su indulgencia.
—Estupendo. Lo pronuncia muy bien.
—¿Otro caramelo?
Adel aceptó gustoso, engulló el bombón y preguntó:
— ¿Va usted en misión o de vacaciones?
—Ambas cosas, para serle franca. Me han elogiado mucho su país y pienso descubrirlo por mi cuenta.
—Si quiere, tendré mucho placer en ayudarle a visitar mi ciudad natal.
—Muy agradecida. Supongo que necesitaremos mucho tiempo…
—Por lo menos una semana para ver lo esencial.
Una azafata morena y sonriente se acercó e interrumpió su conversación, obsequiándoles con un suculento almuerzo con refrigerios.

La joven del brazalete y su compañero, que habían ya alcanzado una intima amistad, zamparon el pollo con arroz e insatisfechos, sacaron dos desbordantes bocadillos de sus bolsos de plástico y los engulleron también. El hombre del grosero bigote, que no dejaba de escudriñar a la joven y embelesada madre, se dejó finalmente guiar por su impulso e invitó a su compañera a compartir con él unos deliciosos pasteles madrileños, como postre. La joven aceptó, mientras un vivo rubor se extendía por sus mejillas que pronto empezaron a irradiar múltiples colores. Hasta sus orejitas se sonrojaron, cuando su compañero le dijo que no entendía cómo una bellísima criatura como ella viajaba sola.

Cuando hubieron terminado de almorzar, les proyectaron una película que resultó ser de violencia. Aurora se disculpó para echarse un momento y Adel hizo lo mismo. La joven cerró los ojos y la imagen de Pedro irrumpió en su mente. Recordó que empezaron a reñir tras el divorcio de los padres de ella. El joven empezó a distanciarse, luego a evitarla. Finalmente se separaron sin más. Al borde de una depresión nerviosa, fue a consultar a un psiquiatra que le aconsejó cambiar de vida viajando y descubriendo otros horizontes. “Viajar es morir un poco", pensó. Sus ojos, aunque cerrados, no pudieron detener dos grandes lágrimas que brotaron y resbalaron por sus mejillas.

En aquel preciso instante, por cambiar el avión de trayectoria, los viajeros se sacudieron y Adel se irguió en su asiento, miró a Aurora y descubrió que sus ojos estaban humedecidos.

—Si puedo hacer cualquier cosa, le dijo, solícito, entregándole un clínex.
—Lo siento, contestó con voz apagada, recordé cosas amargas de mi vida.
—A veces es bueno llorar para borrar cosas...
—Las mujeres somos tan sensibles y débiles...
—Usted tiene todo para ser feliz: juventud, belleza, salud, carrera, inteligencia…
—Alguien me abandonó cuando más necesitaba su ayuda...creí que me quería.
—¡Qué curioso! exclamó él, arqueando las cejas, a mí también me ocurrió lo mismo.
—¿qué le pasó exactamente?
—Una historia banal y ordinaria. Me enamoré de una española que estudiaba conmigo y cuando pensamos casarnos últimamente, su familia se opuso categóricamente a nuestra unión. Ella tuvo que elegir y prefirió a sus padres.
—Por incompatibilidad cultural, supongo...
—Sí. Rechazó la idea de venirse a vivir aquí conmigo.
—¡Qué barbaridad! La pobre no sabe que Marruecos ha evolucionado bastante durante estos últimos años y que es la mezcla de culturas que hasta ahora ha permitido que las civilizaciones progresen y se enriquezcan...
—Según comprendo, sus padres se mostraron opuestos al matrimonio mixto.
— ¿Y qué tiene de malo un matrimonio mixto? ¿Acaso en los demás matrimonios no hay divorcios, dramas y tragedias? No entiendo cómo puede una religión, una cultura o una nacionalidad separar a dos personas que se quieren de verdad...
—Aurora, le agradezco que me haya devuelto la confianza en la gente y en mí.
—¿Qué le parece si brindamos por los matrimonios mixtos? dijo ella, sacando una botella de zumo de melocotones y dos cubilotes.
— Buena idea.

En el asiento contiguo, el joven del pelo azabache y la bella del brazalete parecían absortos y sumidos en una conversación interesante. Ella hablaba con voz dulce y acariciadora. El escuchaba con radiante júbilo. Súbitamente se abrazaron y besaron con ardor. En el asiento delantero, la joven madre y su compañero mantenían también una conversación entretenida y enternecida. Sus miradas eran ansiosas, solícitas y lánguidas. Aurora y Adel veían que las dos parejas se comportaban como viejos enamorados. El hombre tenía al bebé en sus brazos y la madre le tarareaba en voz baja una canción de cuna para que se durmiera.

—Según los pocos fragmentos de conversación que he podido captar, aclaró Adel, la joven madre acaba de divorciarse y vuelve a casa de sus padres. Su compañero le propone casarse con ella y ocuparse del niño. En cuanto a la otra pareja, acaban de comprometerse individualmente y lo harán oficialmente cuando lleguen a Marrakech.
—Dios mío, exclamó Aurora, atónita, con qué facilidad se cruzan ciertas vidas… ¡Qué fácil es lograr aquí la felicidad! ¿Suele ocurrir así en su cultura o es pura magia del cielo en que volamos?
—Ambas cosas. Idilio aéreo y encanto bereber, musitó él enigmáticamente, luego agregó, cambiando de tema:
—¿Qué le gustaría hacer mañana, para empezar?
—¡Uy! Muchas cosas. Y antes que nada, un baño cultural: comer platos vuestros, beberme ese té delicioso con hierbabuena, pintarme los ojos con khul, tatuarme las manos y los pies con hena, comprarme estatuillas, vestirme con traje bereber y viajar por el sur profundo. En esto consiste mi reportaje etnográfico.
—¡Vaya programa! Tendré que avisar a mis hermanas para que la ayuden...
—¿Cree que al final me será posible aprender unas palabra en bereber?
—Por supuesto, apoyó él.
—Quisiera que me aclarara unos puntos. Es que me hago todo un lío: sois a la vez marroquíes, bereberes, árabes, musulmanes, moros, magrebíes...
—No es difícil. Los árabes (habitantes de Arabia Saudita), tras convertirse al Islam, conquistan e islamizan a Marruecos (palabra calcada sobre "Marrakech" y que significa "occidente"), antes inicialmente habitado por Imazighan (que significa "hombres libres") llamados "bereberes" por el invasor, a semejanza de los Griegos y romanos que llamaron " bárbaros" a sus protegidos. En cuanto a "moros", es una palabra que nos viene de nuestros vecinos mauros o Mauritanos con quienes tuvimos antiguamente lazos históricos, sin más. Por fin, la palabra " magrebí" es un adjetivo de "Magreb" (occidente también) pero región que abarca a los tres países que ya conoce.
—¿Cómo entró el Islam en el país?
—Difícilmente, tras setenta años de una lucha encarnecida. Anteriormente el país se judaizó y cristianizó sin problemas. Somos un país tolerante, pues hay iglesias y sinagogas también…
— ¿Y en cuanto al idioma bereber?
— Tenemos tres dialectos muy diferentes.
—Bueno, tomaré notas a su debido tiempo. A ver, cómo se dice "yo quiero beber agua" en rifeño, es sólo para escuchar los sonidos.
—Nash Jsagh adaswagh aman.
—¡Qué melódico pero difícil! Supongo que existe una gramática sistemática.
—Claro. La transcripción original se ha perdido, pero ahora se intenta recuperarla. Antiguamente el idioma se transcribía en púnico, luego en latín, en romano y ahora, indiferentemente en cualquier lengua internacional.

El avión empezó súbitamente a perder altitud y los viajeros pudieron paulatinamente vislumbrar las primeras palmeras, el color rojizo del relieve y la vegetación propia a la ciudad eterna. Aurora se inclinó hacia la derecha, deshizo su moño y echó la cabeza atrás. Sacó del bolso un pequeño espejo y se retocó los labios, pintados ligeramente de rosa. Luego sacó un perfumador y se aplicó unas gotitas detrás de las orejas. Percibió por el rabillo del ojo que Adel la estaba desnudando con la mirada.

Su cabellera rubia exhaló una fragancia embriagadora que no dejó indiferente al hombre. Una sensación de felicidad pareció reflejarse en sus facciones que no escapó a la mirada aguda de la pareja que ocupaba el asiento contiguo. Los dos jóvenes le lanzaron una sonrisa cómplice. Por su parte, Aurora intentaba analizar sus confusos sentimientos.

Curioso destino el suyo. Se creía desgraciada. Pensó que viajar era olvidar desdichas y morirse un poco. Creyó que nunca encontraría la felicidad. Sintió de repente una profunda sensación de triunfo. Había huido de aquella tenebrosa historia, de aquella insoportable niebla… para encontrarse con la luz…

Comprendió que el hombre que la acompañaba ahora la atraía irresistiblemente. La embargó súbitamente una sensación de euforia nunca experimentada antes. Sintió que debía besarle. Tenía que hacerlo. En su movimiento, dejó caer deliberadamente el capullo de rosa, que tenía en el ojal de la solapa, sobre las rodillas de Adel. Éste se agachó, aún aturdido por la fragancia de la joven, para recoger la rosa, aspiró su aroma y al erguirse sus rostros se rozaron, como ella había imaginado.
—Adel, yo…

La besó. Le correspondió ella, entregándose cuerpo y alma.

—¡Contigo ahora todo es mágico!, susurró él, luego miró por la ventanilla y añadió, ya llegamos. Bienvenida a tu nueva casa.

 


 

 

 

© Es catedrático de Semiótica de Textos en la Escuela Normal Superior de Tetuán. Licenciado en Filología, Traducción y Periodismo, es Doctor desde 1990 por la Universidad Rennes II de Haute Bretagne (Francia), en la que defendió su Tesis Doctoral titulada Les Avatars du Sens dans la Traduction du Quichotte, una crítica histórica sobre las traducciones francesas del Quijote. Actualmente es jefe del Departamento de Lengua y Literatura Españolas de la Escuela Normal Superior de Tetuán, en donde imparte docencia e investiga principalmente sobre lingüística y didáctica de la lengua y también sobre teoría y práctica de la traducción; temas éstos a los que ha dedicado la mayor parte de sus trabajos de investigación, publicados en diversas revistas de tirada internacional. Asimismo ha asistido a numerosos congresos, cursos y reuniones científicas, tanto nacionales como internacionales. Como profesor de universidad, su actividad investigadora ha sido muy variada y así, por ejemplo, ha participado en el proyecto: “Culture, langue et immigration”, de la Facultad de Letras de Tetuán, en el “Seminario sobre: Terminologie bilingüe des obligations et contrats en Français/Español”, de la Facultad de Traducción Rey Fahd de Tánger y en el “Seminario permanente para la formación de Profesorado”, en la Universidad de Granada. En este mismo sentido, es miembro del consejo de redacción de la Revue du Nord, y colabora en numerosas revistas electrónicas, como Pliegos de Opinión, etc . Ahmed Oubali es miembro de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española , pues desde 1993 lleva publicados unos cuarenta relatos en español y unos sesenta en francés, todos ellos dedicados al ambiente etnográfico marroquí. Los relatos aquí presentados fueron publicados en diferentes periódicos nacionales en los años 90 y muchos de ellos están en Internet. BP 1327 TETUAN MARRUECOS oubali47@hotmail.com

 


Poquito porque es pecado
por Rosy Palau

 

La despertaron los gatos pero se sentó en la cama y se volvió a acostar.
Un rayo de polvo atravesaba el aire y en el silencio, como una gota muy grande, se oyó caer una ciruela.
Entonces, como siempre, miró a lo lejos y entretenida en los cerros muy altos que humeaban de nubes, pensó también en el tiempo y en todas las cosas que luego se quedaron flotando en esa agua borrosa que no la dejó respirar.
Como la vez que la sacaron del cuarto de uno que la traía del brazo y le habló bonito.
Ni lloró ni nada.
Nomás entró corriendo en la casa y se escondió en el patio a esperar que se le apareciera la Virgen.
“Yo la vi Maria Rosa. Allá muy hondo, con esa capa de espejitos que la tapaba de luz”
Así le platicó la Luisa, recargada en la escoba con la que andaba barriendo.
Pero ese día vio lo mismo que otros. Un cielo que de tanto asomarse le ardía en los ojos.
Apenas oyó que la cercaban, echándose puños de tierra en la boca se desmayó del coraje.
Hasta ahí le llegó el olor de esa cosa que le untaron a gritos y la voz que ni viéndola ahí tirada se aguantó de decir: “Ya déjenla. Es puro teatro”.
Un relámpago de pájaros alumbró la ventana que se onduló en las paredes rayadas de sombra.
“Teatro”. Le repitieron antes de levantarse.
Comenzaba a ponerse oscuro cuando la encontró la Luisa, barajando los aros de sus pulseras, y acercándose despacito le juntó el pelo para hacerle una trenza.
Le gustaba meter sus manos en ese mar de olitas negras, en esa agua de seda, que la hacía imaginar que así era ella, arreglándose en un cuarto en el que la humedad y la lumbre de las velas, le ponían el perfume que la mandaba soñar una selva de estrellas donde aparecía de pronto el que la andaba buscando.
Pero no.
A ella le había tocado la vida nomás para tentarla, así de lejecitos, saboreándose de todo, hasta del amor que inventaba y le decía por dentro: “Luisa. Estoy enfermo de ti”.
“Soy buena pero no tonta”. Aseguraba. Coqueteándole a la cara que sin escucharla se le iba metiendo en el pelo y luego en la oreja, hasta encontrarla más allá, en el espacio donde ya no era más que la Luisa, hambrienta de esos deseos que se le hincaban para que se dejara tener.
A veces la levantaba el miedo y cosía. Cosía, como la noche que entre rezo y rezo amaneció dormida sobre un vestido bordado de lentejuela.
— Prende la luz. Dijo Maria Rosa de repente.
Ella se estiró para alcanzar la lámpara que parpadeó dos veces antes de prenderse bajito y como si ya se fuera, se sentó en la cama.
María Rosa la siguió por el espejo y la vio mirándola como miran las que ya quieren decir.
Se acordó de la mañana en que la divisó parada bajo la resolana que le adornaba lo prieto, esculcando lo que alcanzaba a ver desde la puerta y mientras le hablaban, sin decir nada más que mover la cabeza, entró cargando los trapos que había enredado en un bulto.
Hablaba a pedazos, pero de tanto ir y venir se dejó preguntar.
“¿Cómo es allá de dónde vienes Luisa?
“Como la tierra mojada. Pero tantito más”.
Le contestó mordiendo la guayaba que rellenó de olor lo lejos de sus palabras.
Luego le contó todo eso, tan de verdad, que por poco y creyó que hasta era cierto.
Por la ventana ya no se veían los cerros. Nomás la luna.
—El Cipriano le tiraba piedras. Dijo por fin la Luisa.
—¿A quién? Preguntó María Rosa, poniéndose un arete.
— A la luna.
—¿Estaba loco?
—Él decía que no.
—Mmmm. Dijo María Rosa que entraba y salía de otros pensamientos, tratando de adivinar allá afuera los chiflidos que la llamaban.
— Estaba lloviendo cuando se murió. Siguió contando.
—A de ser muy feo morirse.
—Que como un viento que levanta unas brazas y luego nada.
María Rosa volteó tropezándose con el vestido que colgaba de la silla astillado por un resplandor.
—¿Vamos? Le pidió la Luisa.
—¿A dónde?
—A tirarle piedras. Se alegró levantándose de un brinco.
A María Rosa le gustaba oírla, sentir que se la iba llevando por lo lisito de las palabras hasta dejarla en esos paisajes que luego rellenaba de inventos.
—Bueno. Dijo. Con ganas de andar allá afuera buscándolo sin que se notara y poniéndose el vestido que le regaló la Luisa, la acompañó a la noche del patio como envuelta en un incendio de brillos.
Ella la siguió detrás para mojarse aunque sea poquito de aquellas chispas que se alzaban y caían salpicándola de claridad.
“Dámelo. Tú para que lo quieres”
“Para verlo”
“Ándale. No seas mala”
“Está muy bonito”
“Por eso”
Era cierto. Para qué iba a quererlo, ahí, recordándole que además de largo le apretaba, pero sin apagarle el antojo del baile al que nunca iban a invitarla.
Entonces lo descolgó del ropero.
La vio salir con él en los brazos, caminando a pasitos, como si quisiera llegar porque de tantos adornos se le iba tirando.
—No hay. Dijo María Rosa agachada para buscar.
La Luisa corrió por un balde y lo llenó de ciruelas.
—Con esto dijo. Para aventarlas son iguales.
No les costó trabajo subirse a la barda por el cerro de ladrillos rotos y haciendo equilibrio se acomodaron en lo angosto, quitándose el estorbo de las ramas.
— No quiere que la alcancen. Se rió la Luisa de la luna que pareció moverse al tirar la que pasó rozando los mecates de un tendedero.
—Si. Dijo María Rosa por decir y revisó la calle, que además vacía le enseñó un anuncio.
Luego, como si le entrara en la mano un coraje, agarró el puño que se desparramó y cayó rebotando en el ruido de bolitas que hizo ladrar a los perros.
— Yo ya le di. Se burló.
Ella sin oírla, buscó la más grande y dándole vuelta entre los dedos, se la comió mientras le hablaba el recuerdo.
“Cuando me muera te voy a dejar todo el pueblo aunque no te lo den“. Le prometió un día el Cipriano antes que se le pusieran los ojos volteados, esos que hacían que todos corrieran del susto.
Pero ella no.
Se quedó ahí, esperando a que se le acabara el ataque que lo hacía revolcarse .
Luego le dio un pan.
Se le figuró como esos animalitos que se acercaban cuando nadie los correteaba y ahí se quedaban, tiraditos, en el camino de unos ojos, esperando que los vinieran a recoger. Nadie se animó con él.
Era tan feo estar solo.
Aunque creía que no.
Por eso vivía en un cerro, en esa casa de lodo, con las paredes sembradas de matas que el aire traía y luego secaba en un colgadero de espinas que al rato volvía a nacer.
Desde ahí vigilaba que llegara la tarde para bajar a la plaza por esas calles que le apuntaban la sombra con todo y la cruz hecha de palos chuecos que había cortado en el monte.
Que estaba así porque lo dejó una Hortensia.
Eso decía el rumor que se alzaba picoteado por el cucú de las palomas que se entretenían comiendo en el puro medio de la ociosidad.
¡Cómo le gustaba verlo!
Envuelto en aquellos trapos, todo empolvado, abriéndose paso con el misterio que nomás entrar y apagaba el habladero.
Los miraba derechito igual que a las culebras que cogía de un jalón apretándolas despacio hasta doblarles la lengua que traían estirada y como si los fuera a pelar para comérselos, les iba leyendo los pecados que no se lavaban ni con la cruz que los mandaba a un infierno más lejos que ese cielo muy ancho que los hervía de rojo.
Pero a ella no.
Por eso se ponía detrás, esperando a que acabara de decir lo que era cierto.
“La Hortencia”. Pensó.
Nunca la había visto, pero según era tan buena que no le gustaba lo pobre.
Se la imaginaba pidiendo, Diosito esto, Diosito lo otro, hasta que consiguió los oros que mejor se la llevaron, para allá, donde ya se terminan las palabras.
—Pobrecito. Se le salió decir.
— ¿Quién?
— El Cipriano. Repitió la Luisa.
Todavía cree que no se murió.
Yo lo he visto asomado por el hoyo de la sombra donde vive su espanto.
María Rosa la repasó desde arriba con el vestido enrollado para bajarse pero le dio tanta lástima que se volvió a sentar.
—A veces me das miedo Luisa.
.¿Por qué?
—Porque eres muy mentirosa.
Era la hora que pasaba el tren que pitó tres veces aventando el humo que se convirtió en un gigante que se deshilachó en el aire.
—Me gustaría estar loca. Dijo la Luisa.
—¿Para qué?
—Para que todo sea mío.
María Rosa miró a su alrededor como revisando el mundo.
Trataba de entender lo que le decía, pero el mundo se le escondió en un laberinto de ropa tendida y de ventanas que cuidaba la noche alborotada de grillos.
Ahí volvió a saber que lo único que ella quería era tirarse en los brazos del que haciéndole señas la llamó desde abajo.
Así era. Nomás la miraban se iba corriendo igual que si la mandara el espíritu a recoger su milagro.
Hacía tanto que ya la dejaban en paz.
“Ándale. Hasta que se te acaben los hombres que luego te dejan tirada”
¿Y qué?
A pájaros que no se podían dormir, a palitos tronando en la lumbre, le sonaron las hojas cuando la dejaron sola, tan sola divisó al Cipriano, allá en la torre de la iglesia donde andaba la luna.
“A ver ahora que me haces”. Gritaba con esas palabras que eran el viento que lo hizo tambalear y luego caer en la sombra que chorreó por las paredes para luego hundirse en la oscuridad.
Así se vino, enterito, cuando la lluvia le derritió su cerro.
Nomás quedó la cruz encajada en lo chicloso del lodo que a nadie dejó pasar.
A ella si.
Se quedó muchas horas oyendo el silencio que luego fue y trajo unos zopilotes muy negros.
“Ey tú. ¿Estoy muerto?
“A lo mejor si, a lo mejor no”
Bueno. Pareció que dijo. Pero era la tierra que lo andaba acomodando.
Ya iban muy lejos las risas cuando se bajó despacito con todo y el balde.
Si nada era de ella, a lo mejor la luna que la acompañó a su cuarto para ponerle aquel aire azul por donde entraba y salía el olor de los árboles.
“Luisa”. Le dijeron con un soplo que dobló la vela de un santo.
“Qué”
“No tienes coraje”
“Poquito porque es pecado”. Dijo, como mirando de reojo al diablo.
Luego mejor se acostó y se metió en la neblina de un sueño que primero se comenzó a ver mal pero luego se puso clarito como el río donde se bañaron en las estrellas.


 

 

 

© Rosy Palau. (Argentina)

 


Muerte en una página
por Daniel Alejandro Gómez

 

El hombre sonreía. Yo me preguntaba quién demonios era y qué escribía todos los días, allí en la biblioteca. Parecía tenerme predilección. Me preguntaba cosas. Yo le comenté lo mal que me sentía ante el hecho de que, en esa limitada biblioteca pública, no hubiera algún libro de William Faulkner. Podría resultar un hecho trivial: pero lo cierto es que un día, estando harto de las limitaciones de la biblioteca aunque más bien por el mero hecho de quejarme y despedir malhumores, fui a preguntar al mostrador por El ruido y la furia.

—Acá, señor—me dijo sin embargo la bibliotecaria—siempre tuvimos El ruido y la furia.

Y cuando volví, sumamente sorprendido y apoyando el libro en la mesa, el hombre que escribía me sonreía, por encima de su carpeta llena de tinta azul. Parecía decir: lo he hecho.
—A vos—me dijo entonces, junto a mí— te gustaría escribir. Pero no es cosa fácil. El gran poder no es cosa fácil de administrar.

Oh, páginas y páginas, viejas y amarillas páginas como corazones de tinta impresa y papel. Parecían respirar. Parecían vivir. Oh, misterioso poder, el de los libros y la escritura, murmuraba yo a veces. El hombre me miró, intensamente, como tomando una decisión. Un día efectivamente me dijo:

—Sí, sí, escribir es como dominar el mundo. Es un poder—decía—difícil de administrar. Pero todos merecemos nuestra oportunidad.

Continuó escribiendo, sin decir otra cosa; en ese momento sentí un poder inmenso, un poder inexplicable. Nunca voy a saber del todo, creo, por qué entonces abrí mi cuaderno y sintiendo como una electricidad en la mano, escribí:

Llueve.

Tras las ventanas vi caer, con no poca sorpresa, poco a poco una lenta, una apabullante, una increíble lluvia sobre Buenos Aires. Por encima de su carpeta, el hombre me sonreía… como el general que acabara de dar la venia a su coronel.

Me dije: soy el más dichoso de los mortales, tengo todas las posibilidades. Puedo obtener lo que quiera…

Pero entonces, igual de soberbio que ineficaz, escribí:

Soy el hombre más rico del mundo.

En ese momento el hombre se acercó.

Me dijo:

—No, no, eso no—explicó—. Ya veo que no merecés el poder…, como tantos otros.

Y a una señal suya lo seguí, por las mesas de la biblioteca, hasta llegar a ver en su cuaderno abierto la explicación de mis poderes, la explicación de quién soy—palabras— al leer precisamente, bajo mi nombre escrito, las siguientes palabras:

El soberbio morirá; pero diez minutos más le serán concedidos, para escribir esta historia.

Estoy a punto de morir, voy a morir. Acaso piensen que esta historia no es más que palabras, únicamente palabras. Pero un nombre no es otra cosa que una palabra. Y yo sé, al borde de la muerte, que una persona no es otra cosa que palabras.

El hombre sonríe; pero acaso, luego del punto final, me aguarde otra página en blanco.

La gran, la eterna página en blanco.

 

 

 

© Daniel Alejandro Gómez (Argentina) Poeta, escritor, ensayista y artista argentino. Nació en Buenos Aires, Argentina, el 11 de Septiembre de 1974; actualmente vive en Gijón, España. Estudió Análisis de Sistemas y luego Letras, en el Centro de Altos Estudios de Informática de Olivos, Buenos Aires, y en la Universidad de Buenos Aires respectivamente. Publicó el libro de relatos Muerte y Vida (Ediciones Mis Escritos, Argentina, 2006) y también la novela electrónica Sembrar Palabras (EBF Press Ediciones, España, 2002). Publicó cuentos y poemas en antologías impresas, y en periódicos y revistas especializadas de Argentina, España-como Revista Fábula, Universidad de La Rioja-, Estados Unidos-como Hispanic Culture Review, de la George Mason University, Georgia-, Brasil y Colombia. Su poesía fue traducida al italiano y publicó tres libros electrónicos y participó en varias antologías impresas de poesía y cuentos. Como antologado: Gotas de alma, poemas, 2000, Antología Libre, cuentos, 2000, Letras de seda, cuentos, 2004, Letras de cristal, poemas, 2004. Mención y medalla en Concurso Adolfo Bioy Casares, cuentos, Buenos Aires, 1999. También escribió varios artículos de Análisis Político Internacional para la revista mexicana Sufragio. Y ensayos musicales para las importantes revistas de música clásica Filomusica, Opusmusica y Sinfonía Virtual, en la que es integrante del Staff permanente. Sus trabajos plásticos se exhiben en varios sitios de la red y su obra artística está incluida en el Museo de arte contemporáneo ARTE GO, de Padua, Italia, en la región del Véneto. Suele publicar ensayos de carácter literario y filosófico para la revista. Konvergencias, de la Asociación de Estudios Filosóficos y Culturales de Córdoba;  


Resurrección
por Carlos Almira Picazo

 

El loro estaba muerto aunque no sangraba. Nautilus, nuestro perro, lo había sacado de la jaula de los Pérez, los dueños del jardín donde hacíamos la barbacoa. Emilio intentó reanimarlo con la manguera y yo regañé a Nautilus. Recogimos las cosas y nos marchamos.

Al día siguiente cuando la señora Pérez lo encontrara muerto en la jaula (donde lo habíamos depositado tras limpiarle bien las plumas llenas de barro), lo último que pensaría es que había sido nuestro perro. Sabíamos cuánto apreciaba a su loro y nos imaginábamos el disgusto que se iba a llevar, ¿pero qué otra cosa podíamos hacer?

Los Pérez eran unos vecinos estupendos. Los dos jubilados, cada vez que se marchaban nos dejaban al cuidado de la casa y nos permitían hacer una barbacoa. Especialmente ella era adorable. Pero tampoco podíamos ser demasiado severos con Nautilus, que era sólo un cachorro. El resto de los vecinos (que también tenían perros) se mostraban comprensivos con el engaño. Al fin y al cabo que hubiera sido nuestro perro y no otro había sido una cuestión de suerte.

Estábamos cenando cuando oímos llegar el coche. Cinco minutos después sonaba el timbre. Les invitamos a tomar algo pero estaban muy cansados y deseando coger la cama. Les devolvimos las llaves. A la pregunta de rigor les dijimos que no había habido ningún contratiempo y quedamos en vernos al día siguiente.

A las seis de la mañana estaba haciéndome un café. Había otras ventanas iluminadas en la urbanización. Todos habíamos oído el coche y sabíamos lo que iba a pasar. En nuestro caso además estaban los remordimientos.

De pronto se oyó un gritó y un golpe, como si algo pesado hubiese caído en la oscuridad. Sin pensármelo corrí a casa de los Pérez donde ya estaban esperando otros vecinos. Salió a abrirnos él: su mujer se había desmayado.

Mientras le ayudábamos a reanimarla miré de reojo la jaula caída en el suelo, con la portezuela abierta. El loro estaba un poco más allá, sobre la alfombra.

—¿está muerto?, pregunté.
—hace una semana que murió, respondió él, imperturbable, se murió de repente, lo enterramos en el jardín. Hablaba sin apartar los ojos del loro, cuyas plumas Emilio había limpiado a conciencia.

 

 

 

 

© Carlos Almira Picazo (España) Nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.


De ida y de vuelta
por Luis Amézaga

 

DE IDA


Siempre había permanecido a este lado, pero una atracción difícil de explicar me arrastró a conjeturas sobre la existencia de otra parte. Goloso, el picaporte pendía seductor, al alcance de las yemas ávidas. Abrí, traspasé el umbral y cerré el portón a mi espalda. Una frontera que se perdía en la altura y cuyo principio o final se manifestaban indefinibles, quedaba atrás. Adopté hechura de pelota arrugada con demasiado miedo para desenrollarme, con los músculos tensos, los rasgos de la cara mutando progresivamente. Un flagelante terror me impedía despegar los párpados, por lo que permanecí quieto y recogido durante los nueve meses que duró el experimento. Lloré sin compasión, sin descanso en aquella velada y hosca cueva (albergue de las originarias experiencias). Por suerte, al menos es como lo entendí en dichas circunstancias, una hendidura me asomó a la claridad y catapultó hacia el exterior.

Se me acerca un individuo vestido con larga bata blanca y gorro de idéntico color. Lo recibo inmóvil, apretando fuertemente los puños, pusilánime ante la imponente situación. El tipo corta el cordón que me une al picaporte, el picaporte al portón, y éste con el otro flanco. Aprehende con firmeza entre sus guantes pegajosos mi frágil organismo, y lo muestra orgulloso al público asistente. A continuación lo cachetea con la mano abierta. Entonces pierdo la quietud echándome a sollozar. Desvirgo la mirada no sin hacerme violencia. Contemplo la escena que me rodea con personajes de diversos tamaños y modulaciones. Son extraños. Observo al caballero de la bata blanca, gorro blanco, brazos ensangrentados. Parecen contentos de verme llorar. Alborozados se dan la noticia, la propagan: “¡Por fin ha llegado! ¡Mirar qué hermoso!”.

Fui macerado por las típicas pasiones del hombre que hicieron estragos en mi carácter. Las sensaciones de placer y dolor se me agolpaban con profusión, al igual que a la mayoría de los viajeros. Los deseos de regresar al origen aumentaron como una tentación encantadora. Las actuales vivencias me traían agotado, soñaba con el pasado comprobando que el portón se ubicaba lejos en el abismo. Partí en dirección a mi destino, inevitable desde el preciso instante en que una exagerada curiosidad por conocer había nacido. Lo procuré, hablé con los hombres, los hombres no me escucharon, y los escasos que eran porosos, aparentaban perplejidad. Describir un hogar sin calor, sin olor a estofado, un mundo libre de atmósferas, resultó ser una ardua tarea.

Porque todo se termina, esta labor no iba a ser una excepción. Me senté a la puerta de la clínica que en su día me vio salir ingenuo e ignorante. Lloré.

 

DE VUELTA

Descanso en los bancos de una plaza soleada, rodeado de palomas suplicando un alimento que no puedo brindar. Caminan a mi lado gentes a quienes conozco aunque ellos no lo sepan. Un niño, como un cero a la izquierda, sin ningún valor, lloriquea con aliento incansable; nadie es capaz de consolarlo. Me hallo cara a cara con el reloj de la plaza que sin piedad marca una hora impertinente, metiendo apremios en el cuerpo. Un cosquilleo en el pecho es el aviso de un viejo incidente. La vida desde entonces ha desplegado su auténtico rostro.

Sí, ocurrió hace una década. Me encontraba en posición supina sobre la camilla portátil, apuntando con los ojos el blanco del techo – mero reflejo de la sábana que me cubría –. Inmerso en estado de somnolencia escuché pasos acercándose. El médico, con la ayuda de una enfermera empezó a examinarme. Ellos también vestían de cande jugando al ambiente angelical. Era yo el exclusivo punto negro del panorama.

Recuerdo haber sido siempre un punto negro. Desde mi aparición en el planeta sin haber sido llamado – producto de una siesta de sexo juguetón -, hasta penetrar envuelto en abrigo dentro de esta plaza de eternidad histórica. De pequeño asombré a los mayores porque se me veía gemir por cualquier fruslería, después dejé estupefactos a los pequeños al no sonreír por motivo alguno. Baste con decir que la frase más habitual con que regalaban mis oídos era: “¿Siempre has de ser diferente?”

Salieron al pasillo. Escuché su conversación al otro lado de la puerta corredera. Pude entrever sus figuras sin distinguirlas. Se referían a mí, de eso no cabía la menor duda.

- Este paciente ha de ingresarse de inmediato.
- ¿En qué planta, doctor?
- Cardiología. Mañana el titular establecerá el puntual diagnóstico. En principio, esta noche que permanezca en constante vigilancia.

¿Creían acaso que me iba a escapar? Cambié la dirección de la mirada. La puerta no se descorrió hasta mucho más tarde; al hacerlo, fue para trasladarme a la quinta planta. Dormí escoltado por una enfermera de nobles rasgos, que no sólo me honró con su compañía, sino que se prodigó en ternuras durante mi prolongada estancia. Entre giros oníricos oía sus suaves sollozos y percibía su mano acariciarme la frente. Insólito que alguien se manifieste como ella en un amor desinteresado. No me conocía, ni siquiera pudo verme a la claridad del día, pero posó afecto en mi pesadez agónica.

Se ha levantado un aire muy molesto. Las agujas del reloj de la torre se mueven más por la fuerza del viento que del tiempo. Las palomas insisten en su petición. El niño eleva el tono de sus gemidos por miedo a que se olviden de él. Doy un paseo por los alrededores de la plaza viendo más de cerca a los andantes personajes.

A media mañana el doctor presentaba un extraño semblante; no por el resultado de su análisis médico, sino por el total desconocimiento del caso. Esa verdad ofendía su endiosamiento. “¿Qué narices sucede en el interior de este organismo?” – se cuestionaba estupefacto.

Sufría yo por la inoperancia y por una fuerte opresión sobre el pecho. Punzantes dagas recorrían mi espalda generando angustia. Con celeridad me suministraron una pastilla roja, y me apaciguaron basándose en palabras con olor a muerte anticipada. Al desaparecer los síntomas, los doctores y enfermeras se esfumaron. Seguía mirando, ahora, al nuevo techo de la quinientos tres. Ocupé el tiempo en atar los pensamientos revoltosos. Los trataba como a borregos que se escapan del redil, los perseguía de uno en uno empujándolos hacia el pelotón. Los reuní y apretujé para que no invadieran. Luego, con indiferencia me olvidé de ellos y dormí sueños sin hechura. Al despertar por culpa de los asépticos chirridos de hospital, fijé la atención en mi compañero de padecimientos: septuagenario, roto, arrugado. Nada especial a destacar en él. Nos soportamos sin complicaciones; él perpetuamente mudo y yo íntimamente solo.

Hoy estoy solo pese a la multitud de figurones que pululan por la plaza. Corren sin detenerse. Bajo los arcos se han instalado puestos de antigüedades, zapatos, colchones, e infinidad de futilidades que los aburridos paletos están encantados de adquirir. El aire trabaja de mensajero para los saludos a distancia, para los guiños y citas del sábado. En este jaleo no se sabe bien si vas o vienes, recibes empujones por doquier: involuntarios por supuesto, aunque en realidad quisiera prescindir de ellos. “¿Será que para palpitar vida necesitan del contacto físico?”. Los avatares tuve que afrontarlos aislado. Quizá los puntos negros deban estar solos, pero desconozco la razón. Entre el vocerío se escucha con nitidez el pertinaz llorar del niño. El reloj de la torre es exclusivo a la hora de suscitar interés por encima de la plantación de cabelleras. Mientras, las palomas desfilan al compás.

Mi acompañante, el viejo inocuo condenado al ostracismo, dejó de respirar en silencio. Me percaté de que no había sonado su voz. Comprendí que su muerte se manifestaba consecuente con su recatada tribulación. Mi final no se hizo esperar, agazapado en el volteo de una tarde de otoño. Abandoné la humanidad casi voluntariamente. El portón se abrió ante mí.

Alguien podría preguntar cuál es la razón de mi presencia al día de hoy si fallecí aquella tarde. He vuelto para hacer pública esta historia que nadie debe narrar en mi nombre, la historia de una enfermedad que todo lo rompe y ningún bullicio emite. Una enfermedad que calla, pero que callar no quiero. Una enfermedad que me fue carcomiendo despaciosamente, contra la que luché sin resultados. Me infringió pena sin tormento y llanto sin lágrimas. Curarme no pudieron ni médicos, ni oraciones. Nostalgia de mi iniciático hogar del otro lado. Fui un enfermo de evocaciones, y eso basta.

La opacidad cae sobre la plaza. Mañana los tenderetes recobrarán vida, ajetreo. Los ciudadanos en busca de sus refugios familiares. Echo de menos los berridos del mocoso que fueron disipados de un mamporro por la madre desesperada. Las palomas alzan el vuelo hacia los tejados donde quietas dormitan. La campana de la torre golpea una, dos, tres…, hasta doce veces. Es hora de que el difunto retorne a su nicho.


 

 

 

 

© Luis Amézaga


Tierras decolorantes. Informe de un viajante de comercio
por Antonio Polo

 

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Cuando el viajante llegue a la dilatada loma de Carmona, percibirá seguramente, la oleaginosa presencia de las almazaras, un olor pesado y dulzón se irá apoderando del aire y ya no lo abandonará hasta la desembocadura del Guadalquivir.

A medida que el camino se ondula y gira, comprobará que lleva una treintena de kilómetros viajando en completa soledad. Atrás habrá dejado un sarpullido de tolmeras, el barbecho de las tierras que sestean en sabático descanso y los puentes metálicos cuyas balaustradas cortan el paisaje en obleas. Un momento u otro le asaltará la duda al comprobar en el GPS que los satélites se han cegado ante el soberbio reflejo de los girasoles pero, al cabo de una curva de corto trazado, se alzarán los silos plateados de la factoría y sabrá entonces que la transición de unas pocas explotaciones agrícolas lo llevará inequívocamente hasta su destino.

Es un lugar tan solitario que nadie, salvo los escasos mayorales de las fincas cercanas o algún excéntrico turista, suele adentrarse en semejante opulencia de trigales.

En algún momento el viajante se detendrá para verificar las muestras de arcilla y tendrá la oportunidad de comprobar que el paisaje, como si de materia orgánica se tratara, va cambiando de aspecto mientras lo contempla en silencio desde el coche. Surgirán las jaras y el olivo, los varales severos del maíz, los tallos indecisos de la soja. Después se reunirán todos los matices del verde, y la tierra, en su generosa gama de ocres, se postulará entre la cerúlea polvareda de los secarrales y la cárdena penumbra de las zanjas. Entonces no sabrá con certeza si los campos se han tiznado con el orín ferroso de las limonitas o es que en realidad se trata de sangre.

Cuando a mediodía llegue a la almazara los jornaleros estarán, seguramente, descansando. Bajo un sol de justicia los encontrará tomando pan con aceite, unas rebanadas apelmazadas sobre las que soportan gruesas rodajas de tomate con sal. El que parece ser el jefe se adelantará y atenderá al viajante. Probablemente el de más edad, ajeno al almuerzo, seguirá prensando las olivas en filtros redondos de esparto. Una variedad de aceituna nueva y picuda, difícil de domar porque resbala entre las hojas del filtro. El hombre que trata de enderezarlos con un palo a modo de palanca sobre el bastidor se secará el sudor con las mangas de la camisa varias veces durante la operación. Es una tarea que requiere toda su concentración. Reinará, sin duda, un silencio expectante y los que descansan no quitarán la vista de él. Si no logra centrar la columna todo el trabajo será en balde. Como un animal herido, la vieja prensa de hierro fundido irá exprimiendo la aceituna y una sacudida sanguinolenta recorrerá toda la almazara que será algo así como el lamento de un cervatillo herido.

Hoy, como en otras ocasiones, la operación se desarrolla en silencio. No obstante, a veces, desde el fondo llega la punzada estridente de la prensa cuando otra muesca avanza en su camino. Por los laterales, como si fuera una torre de copas desbordadas, surge un líquido espeso, parecido a las de las coladas del oro rancio, un fluido sucio y pastoso. La inclinación de la torre de esparto, que cada vez es más acusada, requiere que el conjunto se riegue con agua caliente para ablandar su sufrimiento, entonces en el fondo de la cubeta que sirve de espuerta surgen a borbotones las primeras andanadas del aceite. Al viajante le llama la atención la pulcritud del depósito. Miles de litros a lo largo de los años habrán impedido que el más mínimo rasguño hiciera mella en sus paredes. De pronto la palanca resbala de entre sus manos y la torre de esparto se abomba a media altura. Un chorro de aceite que sale a presión le salpica de lleno en la cara. Nadie habla. Ninguno de los que contempla la escena quiere entorpecer en ese momento las maniobras que realiza con destreza. Por fin el operario encaja la torre en su posición y un chirrido anuncia el avance de otra muesca. Entretanto, los jornaleros retoman el descanso. Una rebanada de pan de centeno comienza a chamuscarse en la hoguera y el más joven de todos llama su atención para ofrecerle un buen pedazo.

—¡Tenga! ¡En la capital no saben lo que es esto! —le dice al tiempo que le entrega media porción de tomate.

La visita pronto se reanuda y el capataz lleva al viajante hasta el interior de la almazara.

—¿Y dice usted que esas arcillas quitan los colores del aceite? —pregunta distraídamente.

Antes de que pueda detallar las características de los decolorantes, un silbido agudo señala que el alpechín ha alcanzado el borde del decantador al tiempo que una rebaba de baldosines incomprensiblemente blancos impide que la mezcla se derrame.

—Perdone, ¿decía usted? —inquiere el capataz

—Las tierras decolorantes —prosigue el viajante— son productos minerales que proporcionan una tonalidad perfecta sin renunciar a la textura natural del aceite de oliva. Siglos atrás…

Antes de terminar su exposición un revuelo se produce en la zona en donde el viejo operario lucha con la torre de esparto, torre que ha liberado de golpe toda la presión y ha hecho volar los restos del orujo. Velozmente los hombres se abalanzan sobre él. El más joven trata de liberarlo del bastidor tirando de las mangas de su camisa. Un rastro de sangre que sobrenada en la cubeta tiñe el aceite de un rojo intenso. Una vez liberado, el que está más cerca descubre que una enorme astilla le ha atravesado el pecho. Las láminas de esparto quedan esparcidas por el suelo y los restos de la palanca quebrantada quedan en un extremo del molino en donde tratan de pasar desapercibidas entre unos cestos de olivas negras y picudas que esperan su turno a un lado de la prensa.

—¡A Écija! ¡Hay que llevarlo al hospital! —ordena el capataz. ¡Manuel, no hables! —suplica el más joven.

Pero Manuel no habla. Manuel apenas puede respirar, y su jadeo acompaña el rumor del motor cuando enfilan el primer repecho del camino. Atrás van quedando los silos plateados de la factoría, las explotaciones agrícolas disgregadas en algún descosido del campo y los tallos indecisos de la soja. Un momento u otro le asaltará la duda al comprobar en el GPS que Écija se ha oscurecido en su pantalla de la misma manera que se va apagando el hálito de Manuel. De pronto alcanzan un trigal que ha logrado acaparar todos los matices del oro, y que en un gesto de abandono se ha dejado seducir también por la apacible frescura de las jaras.

Viajan en silencio en medio de aquella abundancia de trigales, mientras el más joven intenta taponar la herida de Manuel. El capataz contempla sus manos ensangrentadas y comprueba que tienen el mismo tono que el orín ferroso de las limonitas. Entonces Manuel se apaga cuando alcanzan las tierras que en barbecho sestean en sabático descanso.

—¡Y luego dirán que el aceite es caro! —exclamará con rabia el capataz.

 



 

 

 

 

 

© Antonio Polo González. Ariadna-rc.com


Acerca de la divinidad
por Pedro Sevylla De Juana

 

En la sedosa pradera, vasta extensión cercada de arbolado y dividida por el curso en arco de un arroyuelo bien cebado; a principios de Otoño, cuando la Luna iba en pos de su plenitud circular; enigmático, chocante, apareció el Ente. El viejo Liparus Glabirostris, de la familia de los Curculiónidos, profundo pensador y maestro eximio, nunca las tuvo todas consigo. Desconfió del supuesto dios incluso en la época de general apasionamiento. No era para menos, la extraña apariencia -tamaño y forma- ayudaba lo suyo aportando brazados de suspicacia.

El Ser, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos, aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sones acompasados, sugestivos hasta para oídos insensibles a la cadencia. En su interior impenetrable albergaba, sin el menor asomo de duda, algún tipo de vida alejada de la convencional. Bien avenido con la temperatura ambiente, libre de hambre y de sed, a falta del gracioso braceo y del gesto cautivador, se conducía como cualquier recién nacido satisfecho. Permanecía en el lugar exacto de su aparición, se expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y acústicos y no manifestaba dependencia alguna del exterior. Resulta comprensible que cientos de conjeturas se tejieran alrededor de su privativa naturaleza.

El viejo Liparus llegó a reconocer en Él ciertos atributos de la condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo conocido. En efecto, difería de las peculiaridades esenciales de los tres reinos; no parecía piedra, no parecía planta, no parecía bicho. El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan remoto que no le precedió la noticia de su existencia. La aptitud para trasladarse al dictado de la voluntad le proporcionaba una independencia amplísima: rasgo que ha de distinguir a los seres superiores. Único, autónomo e inexplicable: esos eran los hilos que bordaban la perfección de su índole. Carecía, en cambio, de la primera de las cualidades que los dioses exhiben: la capacidad sin límites de influir en el entorno, generadora de los prodigios que escoltan su paso. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su obra, demostraba, en añadido, una inexcusable despreocupación por la hermosura de la verde floresta, por los inverosímiles rayos de sol que filtraba, por el rumor cantarín del agua al acometer los meandros y angosturas y hasta por los curiosos que le cercaban con ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del no, imposibilitada para desasirse, anclaba Liparus su duda.

Tal vez fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del sensible corazón, efectuaba extraños visajes a cada momento. Los reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus, perteneciente a la familia de los Carábidos, y su más directo colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que mudaba la forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos uno tras otro de crepúsculo a crepúsculo. Reiteración. Método

“¿Prodigios? Consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su venida hasta en los más escépticos”: argumentaban los partidarios, dirigidos por el electo coordinador de familias Prionus Coriarius, el mayor de los Longicornios.

“¿Dejadez ante la creación? Ha venido para permanecer a nuestro lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo egoísta”.

“Sí, su existencia es monótona y repetitiva, mas, hechos a su imagen y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de aparearnos, corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme”.

Los religiosos vincularon con ese argumento, más que con ningún otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la forma de ser atribuida a la Divinidad. “Aquilatemos el proceso de nutrición desterrando la gula. Limitemos la cópula a las escuetas exigencias de la propagación de la especie. Amiguémonos con nuestros enemigos. Sólo de esa manera seremos capaces de amansar nuestra agitación culpable”. Y sentenciaron: “La Calma es el bien y el Tumulto el mal; en la reducción de las necesidades estriba la Virtud”. Sorprende lo mudable de las convicciones: los Escolítidos, cavadores de galerías corticales -hasta entonces tachados de simples y cachazudos- pasaron a ser percibidos como armónicos y equilibrados.

El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de doctrina, dogma de obligado conocimiento e inmediata difusión. Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus posibilidades, momento en que echaba mano de la fe. “La Divinidad existía ya en el principio de los tiempos, y seguirá cuando todo se extinga; lo conocido y lo sospechado tienen en ella su origen. No engendra vástagos la Divinidad, porque siendo única al tiempo es eterna”.

Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, solía aparecer en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia solemne; le flanqueaban sus acólitos, dos luminosos Lampíridos. Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había fundado el Amovilismo Expectante, hermandad integrada por un creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia, y dueño de todas las respuestas, preguntaba: “¿Cómo y por qué, tomó cuerpo la Divinidad y vino a nosotros? Misterio. Misterio que las mentes corrientes como las nuestras no pueden comprender. Ha venido, y eso debe llenarnos de orgullo y regocijo; ha querido servirnos de guía y ejemplo, y eso debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría marcharse; debemos cumplir, al instante y hasta el último pormenor, los dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y difundir sus mensajes con la asistencia de mis discípulos más comprometidos. Ellos y yo renunciamos desde este preciso instante a aparearnos, y nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la Divinidad y pedirle dones. Asimismo contribuirán a nuestro parco sustento”.

Mientras tanto, el extravagante Ser, una cabeza redonda y plana de la que surgían dos grandes apéndices desparejos, amorosos brazos dispuestos a cerrarse en torno a cualquier elegido; la deidad encarnada de esa guisa, falta de tronco y extremidades traseras, indiferente al interés suscitado en su entorno, continuaba la sistemática reforma de los rasgos faciales y la entrecortada emisión de sonidos, audibles a considerable distancia.

Sin oposición digna de ser registrada, Carabus Coriaceus, cazador astuto y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en una ceremonia memorable. Al pie del altar recién erigido -arcilla recubierta de piedritas de colores- una charanga formada por Gryllus Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, batía sus élitros en honor de la Divinidad. Atacaba con brío marchas capaces de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus, desfilaba en estado de excitación combativa. Jefes, soldados y una buena parte de la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que tornaría respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas mandíbulas de sus individuos, de la vistosidad de las alas, de la funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida logrado. Por fin se presentaba la ocasión de someter a los pueblos vecinos, obligándolos con hinchados tributos. Tendrían la oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados

Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos y rápidos viajeros.
Dytiscus, Prionus y Carabus anduvieron distanciados durante una larga temporada por cuestiones de fondo: habían de dilucidar quien de los tres ostentaría la suprema jefatura. La fuerza proporcionaba argumento a Carabus, Prionus esgrimía su representatividad, la genuina voluntad del pueblo; mostraba Dytiscus en su mano la llave de la vida eterna. Reunidos en parlamento siendo ya noche ciega, tras encontradas discusiones se descubrieron compartiendo objetivos: la permanencia de la Divinidad, la protección de la identidad coleóptera y el establecimiento de una nueva organización social. Acordaron unir sus esfuerzos en un triunvirato de pares, y sopesaron las consecuencias de ilegalizar la investigación filosófica, actividad innecesaria cuando se conoce cada palmo de las profusas ramificaciones de la Verdad. Sólo el temor al rechazo de los puristas les inclinó a penar las conductas en vez de los principios. Al día siguiente, el tozudo perseguidor de la certeza, Calathus Melanocephalus, y Liparus Glabirostris, escrupuloso docente de los hechos probados, fueron acusados de intrigantes y confinados en su domicilio.

Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, Gran Sacerdote del aliado orden Heteróptero, con miras a introducir el nuevo culto entre los suyos, solicitó permiso para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las teorías que la explicaban. Locusta Migratoria, jefe de los Quelíferos, por el contrario, denunció que el contrafuerte añadido al ejército coleóptero –soldados, armas y bagaje- contravenía los acuerdos del pacto firmado tras la Gran Derrota. Se sumaron al reproche Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos; Blatta Orientalis, Gran Chaberlán de los Blatarios; y muchos otros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, quienes en el creciente belicismo de los Coleópteros veían un peligro para la paz entre los distintos Órdenes.

Calathus y Agonum, en su intento de escapar de una muerte cierta, burlaron el cerco impuesto a sus domicilios, se ocultaron en la dermis telúrica y siguiendo túneles larguísimos surgieron en el territorio dominado por el orden Himenóptero, vencedor de la Gran Guerra y tras un largo periodo de coexistencia pacífica, vuelto a considerar hostil a causa de la portentosa movilidad de sus individuos. Allí prosiguieron el estudio de los cuantiosos datos recogidos, ayudados por concienzudos investigadores locales: un equipo de Apis Mellifera y el controvertido Vespula Vulgaris, disidente himenóptero acogido al asilo de los coleópteros y retornado a su patria de modo encubierto. Tal escrutinio derivó en un mejor conocimiento de la substancia divina, de cuyas características podía derivarse utilidad práctica. Las rayas de cambiante forma dibujadas en el círculo capital, coincidentes una y otra vez en momentos semejantes de distintos días, servirían para dividir el tiempo en fracciones exactas y lograr la tan deseada simultaneidad de las actividades comunes.

Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión nocturna de los Lamia Textor, al servicio de Carabus Coriaceus, dio con el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los investigadores absortos. Sufrieron los opositores un duro revés, y la Divinidad fue adorada en cualquier lugar, pues los fieles reproducían ad líbitum la sagrada imagen, trazando el círculo capital y las dos rayas laterales de su emblema.

Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos, sincronizado el empeño común, el orden de los Coleópteros entró en la etapa más fructífera de su historia, plagada de motivos para dar las gracias a la Divinidad, madre protectora de los crédulos, que propiciaba el progreso con su sola presencia. Entre esto y aquello se desnudaron los árboles de hoja caediza, orgulloso de su fuerza paralizadora llegó el frío, y en un lapso breve fue expulsado por los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida estallaba de nuevo y un grupo de crías de Homo Sapiens se presentó en la explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles, medrosos, cautos, los insectos todos percibieron el interminable ajetreo de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez las siguientes palabras, cuyo significado desconocían: “Mirad, un nicho de barro adornado con piedrecitas de colores. Guarda un reloj de pulsera. ¡Ah!, la pila está ya en las últimas: los números cambian muy despacio y la música apenas se oye”.

Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la normalidad se aposentó en la pradera, en el arbolado circundante, en el arroyo que la cruza. Sólo entonces los insectos se atrevieron a salir de sus escondrijos: un pie y luego otro, recelosos, fisgones, temerarios; y todo para descubrir que la Divinidad se había ido dejando vacía la hornacina. El Jefe Religioso, Dytiscus Latissimus, recordó haber vaticinado no hace tanto lo que acababa de ocurrir. Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la penitencia podía favorecer su regreso. Comenzó entonces un reiterado ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades civiles, religiosas y militares. Aún quedaba alguna esperanza.

 



 

 

 

 

 

© Pedro Sevylla de Juana
El Escorial (Madrid)
www.sevylla.com
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