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Toni Manero, In Memoriam
En 2007 se han cumplido treinta años del estreno de la película Fiebre del Sábado Noche, aunque, si la memoria no me falla, a España llegó en 1978, con lo cual, hasta este año que empieza ahora no disfrutaremos de tan señalada efemérides como es debido. Es decir, del trigésimo aniversario de nuestra más absoluta derrota. Porque, reconozcámoslo, aquel año de nuestros desvelos, en que todos éramos tan demócratas y tan ejemplares, hicimos colas de horas ante las taquillas para contemplar uno de los más sórdidos retratos de la clase trabajadora plasmado nunca en la pantalla. Pero, a diferencia de sus ilustres antecesores Tom Joad o Rocco, cuya presencia despertaba en nosotros ira, compasión, sed de justicia, hambre de fraternidad y auténtica lucidez revolucionaria, la aparición de Toni Manero cimbreando las caderas por una calle de Brooklyn con un bote de pintura en cada mano, al ritmo de la más célebre canción disco que jamás se escribió, nos hacía aplaudir y ponernos de pie en la sala, tan satisfechos de habernos conocido y, sobre todo, de habernos reconocido en semejante despojo. ¿O no es un despojo el chaval que no sirve para nada, como todo el mundo, desde su jefe a sus padres, le recuerda, mozo en una droguería, sin más perspectivas laborales y sociales, cuya única habilidad es contarle una milonga a una vieja para sacarle un par de dólares más por la pintura que le ha traído, y al que se le concede, a regañadientes y sin perder la oportunidad de insultarle, como premio a su hazaña, un par de horas libres para llegar antes a la discoteca? Ya está, ya se hizo la revolución. Proletarios de todos los países, poneos la camisa de raso y vuestros mejores y más puntiagudos botines. Aquella discoteca, el paraíso prometido a la clase obrera por el sueño americano, era digna de una pesadilla del Bosco; un local desangelado en una calle perdida, en el que las mesas estaban vestidas con manteles de cuadros propios de una pizzería. Allí, Toni Manero bebía, se magreaba con las chicas, se tiraba a una, no se tiraba a otra, pero daba igual, lo importante era que lo pareciera, exhibía todo su machismo, toda su animalidad, toda la saña guardada durante seis días en las tripas, y los pocos billetes que le convertían en rey de su alcantarilla por unas horas. No pienso contar la película, ni me meteré en la falsa redención de la grotesca historia de amor con que aderezaron el estofado. Sí, al final Toni cruzaba el puente hacia Manhatan, sin que ningún avispado de entre los que bullíamos en nuestros asientos le gritara que no fuera memo, que a un tipo como él nunca le dejarían entrar en Studio 54. Tan sólo queríamos salir del cine para correr hacia la discoteca de nuestro barrio, pantalones de pana de pinzas y los zapatos de ir al instituto, más un paquete de ducados en lugar del More prohibido a los no iniciados. Joder, si el presupuesto no nos daba más que para un par de cervezas y seguíamos esperando a las bodas de los primos mayores para ir a lugares de moda, protegidos por el traje y la corbata de las grandes ocasiones, el mismo que, un par de años después y convenientemente recosido, pasaría a ser nuestra ropa de faena. Y qué esperábamos, si, como a Manero, nuestros hermanos mayores nos habían dejado tirados a un lado del camino enarbolando las banderitas que nos endosaron. El suyo era cura, el orgullo de la familia, la seña de identidad, el destino cumplido. Tras abandonar el sacerdocio y marcharse de la ciudad, dejó a Toni su alzacuellos. Éste, en una escena que Bertolucci hubiera matado por escribir (si hubiera sido capaz, que ésa es otra) se lo colocaba ante el espejo, y, con un rápido movimiento de la mano, lo transformaba en una soga de la que quedaba ahorcado. Eso fue lo que nuestros benditos hermanos mayores nos dejaron para nuestro solaz, nuestra propia horca, mientras ellos descubrían que debajo del asfalto había suelo urbanizable. Y claras instrucciones para no pretender ser Al Pacino, sino conformarnos con parecernos a él por un rato. Y el encargo de ser nuestro propio cuerpo represivo, ya que tan indignos nos habíamos mostrado de la vida esplendorosa que nos prometían desde la universidad. También creíamos que éramos invencibles, que éramos hermosos. También creíamos que valía la pena.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |