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La flauta mágica.
Carta desde China.
por Pedro Garrido
Bueno, sigo por las Chinas. Este pasado fin de semana me lié la manta a la cabeza y me fui con el coche a recorrer Mongolia Interior. Total, más de dos mil km a las espaldas de este pobre presto a jubilación retrasada. Puedo decir y digo, aunque no pueda prometer ni prometa, que en este viaje he salido con el doctorado de cómo conducir en este caótico país y sobrevivir al intento. Desde 50km de Beijing, ningún
cartel escrito en cristiano. Todo en chino mandarino. Nadie hablaba ni una palabra en román paladino. Me volví loco. Menos mal que los caracteres japoneses me son familiares e iba identificando los nombres referenciados al significado nipón o simplemente como dibujos-trazos a recordar.
Cuando llegué a la altura de la montaña de carbón de Daton, los gigantescos y destartalados camiones ocupaban el paisaje. La policía los iba parando a tramos, y en uno conté 610 camiones detenidos, es decir, 305 camiones a doble fila. Eso eran las tapas del almuerzo,
pues a la altura de Hohhot, la ciudad en donde un jefe de los guerreros Xiognu, los bárbaros Hunos hermanos de Atila, se casó con la bellísima Zhao Jun, candidata a concubina del emperador de la Dinastía Han del Oeste, antes de Cristo, los camiones con lonas verdes cubiertas de redes formaban una fila de 25km en reata. Allí campa la ley de la selva, y sobrevivir era la idea.
Para esta alma perdida, como me dijo un chino, pues nunca habían visto a un extranjero conducir por el Badan Jaran Shamo, entre el desierto y la estepa mongol, este viaje iba revestido de misterio, pues no en vano Gengis Khan, a caballo entre los siglos XII y XIII, hizo de este territorio uno de sus asentamientos. Fui siguiendo sus pasos hasta el Huang
He, el Río Amarillo, hasta más allá de Baotou, justo donde el Río forma la gran curva Norte hasta empezar a descender por el borde de Shan Xi. Y en las inmediaciones del Huang He murió y fue enterrado el Khan en lugar desconocido, como buen mongol. Cuando visité su mausoleo, cerca de Dongsheng, me dijeron que como las camellas son los animales de la tierra que más memoria olfativa tienen, enterraron a una cría recién nacida junto a la tumba de Gengis, una tumba sin señalizar. Y los guardadores de la camella madre, aunque estuviesen a cientos de km, todos los años la soltaban, y poco a poco les llevaba hasta el lugar de la tumba, el lugar donde estaba su cría. Pero la camella también murió y la tumba de Gengis es un misterio.

En las grutas de Yungang, la montaña de los budas, la gente acudía a ellos ofreciéndoles sus palillos de incienso clavados en la arena de las vasijas de bronce. Con las manos juntas y la mirada puesta en el buda sentado de 17 metros, todos musitaban alguna oración. La mayoría
eran mujeres con sus hijas. Pocos hombres. Y desde el S. IV de nuestra era, con el esfuerzo de 40.000 trabajadores, los Tangut de la Dinastía Wei del Norte dejaron estas esculturas que hoy se consideran un lugar sagrado y uno de los exponentes del arte budista en China, según las explicaciones de Xing Dong Ming, la cariñosa guía que me compañaba.
Siguiendo con el arte budista y las lamaserías, en Hohhot, que en un tiempo fue un campamento mongol, visité también el Templo de Dazhao. Armónico, y de gran colorido, aquí había pocas mujeres orando. La mayoría eran turistas chinos con la cámara digital y el vídeo Sony. Mi objetivo era más bien ver el buda de plata de dos metros y medio de altura que en su día fue a bendecir el tercer Dalai Lama. Los tesoros de la religión son así, fantánticos, pero salidos del pueblo llano, según dijo el monje cuidador de la estatua.
Pero el romanticismo y el misterio estaban en la tumba de Wang Zhao Jun. Según se cuenta, esta doncella, de una belleza sin par, en tiempos de la Dinastía Han del Oeste, poco antes de nuestra era, era candidata a concubina del emperador. Y el entonces pintor de la corte, al hacerle el retrato para presentarla al emperador, quiso sobornarla para pintarla guapa. Como ella se negó, el pintor la pintó fea y el emperador no la tomó. Cuando un jefe de los Xiognu, de la raza de los Hunos, pidió al emperador casarse con una princesa de la etnia Han, el emperador le entregó a Wang Zhao Jun. Y en el banquete de bodas, al descubrirse ella la cara, quedaron todos atónitos de la belleza tan increíble de Zhao Jun. Entonces se enteró el emperador de la jugada del retratista de la corte. Y como era inteligente, jugó un papel especial en el mantenimiento de las relaciones entre los jefes Xiognus y el emperador.
Ahora es una heroína que está en la mente y en la boca de todos los habitantes de Hohhot.
Todo esto nos lo contaron en una magnífica obra teatral que vi en Hohhot con ambientación de la época. Al final, subí hasta lo alto de la tumba de Zhao Jun, una montaña de tierra de 30 metros. Y cuando en el invierno toda la hierba de los alrededores está seca, la hierba del
montículo de Zhao Jun se mantiene misteriosamente verde, y la llaman la Tumba Verde.
Al apuntar la noche, con la bruma de la calima nadando en el cosmos, el recuerdo de Gengis montado en su corcel a orillas del Huang He, el olor del incienso en el templo Dazhao, las perfectas formas del gran Buda de Yungang, y la memoria de Wang Zhao Jun con su tumba verde, enderecé mi vuelta a Pekín por las praderas de hierba de Boutou y Hohhot cuando los pastores nómadas empezaban a encender sus hogueras. Atrás quedaban las sonrisas de sus numerosos grupos étnicos. A mi, me aguardaban treinta y seis horas sin dormir en mi cuerpo a cuerpo con los camioneros del carbón.
Pe’
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© Pedro Garrido
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