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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número treinta y siete edición otoño 2007] n o v i e m b r e
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Haikú para las aves
Sombra del sueño, Tu nombre canta Ahora el aire Si el viento calla, Te vi desnuda: Aunque no muera, El frío cae, Hoy lo presiento, La rama añeja Nada es tan fácil Las nubes solas, Hoy estoy solo: Busco secretos Aspiro lienzos Las estaciones: Si el cielo calla La suave lluvia El árbol roto Las verdes ramas Los nidos viejos La noche viene. Cuando descansan,
El viento sopla. Si nadie aguarda, En la mañana Veo pájaros
del poemario inédito El espejo y la memoria
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© Gustavo Solórzano Alfaro (Costa Rica, 1975) Poeta, ensayista, profesor y editor. Creador de la revista de teoría y crítica de literatura y artes Fijezas. Actualmente es el editor de la editorial EUNED. |
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La casa cerrada A Lautaro Chavez, por su plática Entonces fue Neruda. Fue el eco Entonces fue Neruda. Fue la casa Entonces fue Neruda. Fue la piedra Entonces fue Neruda, el último,
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© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. |
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Ando por estas calles y el ruido Antes, Y la luz también era innecesaria. Fui embrión. buscando
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© Julio César Toledo (Chicontepec, Veracruz 1977) Estudió la licenciatura en en Ciencias de la Cultura en el Claustro de Sor Juana. Es egresado de la escuela dinámica de escritores. Obtuvo el premio nacional de poesía “el búho”; el premio nacional de dramaturgia joven UDEM, la beca de la “Latin american performer artist foundation” en Nueva York y fue finalista del premio internacional de poesía joven LAGARUA 2007. Tiene publicados los poemarios “Del silencio” y “Nombres propios”, así como la obra de teatro “Hombre, mujer y perro”.Aparece en varias antologías del país, Sudamérica y España. |
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Del aprendizaje del aire y otros poemas ¿Para dónde estamos yendo?
Del aprendizaje del aire imaginemos el aire suelto en la atmósfera imaginemos el amor
De la poesía el canto de los pájaros la promesa del amor el miedo del mundo el malabarista el ojo del tigre el ojo del tigre Sobre el oficio escribir dejarse ir di/lu/ir/se la piel secar al sol a/bis/mar/se espanto y entregarse al de/sis/tir/se no resistir di/sol/VER-SE
Invitación ellos llegan ríos caminos carreteras ellos llegan mis muertos óvulo II con cada poema “silencio antes de nacer, silencio Isabel Allende
Para Luiz Ruffato I por que todos los misterios son santos IV cuando caminábamos VI ¿quién nos lleva en los hombros? VIII vivimos dentro de nosotros. XI es que
fiat lux para Cristina da Costa Pereira el tiempo el tiempo viene de la seda de las abejas el tiempo de los relámpagos que iluminan los cabellos
el tiempo el tiempo solos y humanos ejercicio de la mirada el ojo cortado del perro andaluz el ojo que circunda el ojo claro del miedo el ojo de la muerte anunciada el ojo de la ciudad fragmentada el ojo de Clarice el ojo como acto de destrucción el ojo en la desnudez escondida el ojo que ilumina
el ojo el ojo del verbo ser el ojo de la carne dentro de la piel el ojo del verso en transe y en tránsito el ojo de la serpiente tragando el mar el ojo del sonido de Cage el ojo en el ojo del poema la mirada nuestra de cada día Notas y un comentario Los poemas presentados han sido extraídos del libro “Exercício do olhar” poemas de Tanussi Cardoso, publicado por editora Fivestar en la ciudad de Rio de Janeiro, Brasil el año 2006. Un comentario que me parece imprescindible, claro está conociendo los otros muchos meritos que esta poesía me merece, es en relación a la tradición literaria de Brasil, referida en el verso del poema que da el título al libro de la edición brasileña Ejercicio de la Mirada - Exercício do olhar.
Tanussi nos presenta, como diría Hölderlin, su selecta cosmología de la poesía brasileña contemporánea y lo he querido comentar precisamente por esta razón, la reiteración y énfasis que creo es necesario hacer para divulgar los nombres de insignes poetas y maestros de la escritura del Brasil contemporáneo que ciertamente deberíamos conocer. Autores tan desconocidos en Chile, salvo para eruditos, poetas verdaderos y personas de una cultura sobre la media: Ferreira Gullar, Cecilia Meirelles, Manoel Bandeira, Joao Cabral de Melo Netto y Carlos Drummond de Andrade el poeta más influyente de la literatura brasileña contemporánea. Brillante selección de destacados escritores, artistas e intelectuales brasileños que han sabido dar continuidad viva a la lengua portuguesa del siglo XX. Hace referencia también el poema de Tanussi a Clarice Lispector, la hermosa y mítica escritora brasileña de origen húngaro:
Tanussi Cardoso es carioca. Formado en periodismo (PUC/RJ) y derecho (Bennet), licenciado en inglés (BBC). Poeta, cuentista, crítico literario y escribe letras de canciones. Además de ser activo colaborador de diversas publicaciones literarias en Brasil. Ha editado los libros Desintegración (1979); Boca maldita (1982), Viaje en torno de (2000); La medida del desierto y otros poemas (2003). Tiene poemas publicados en Argentina, Chile, Colombia, Estados Unidos, Italia, Portugal, y Uruguay, y ha sido traducido al francés, español e italiano. Es columnista del periódico carioca RIO LETRAS. Es miembro de la asociación de poetas del Estado de Rio de Janeiro (APPERJ) y presidente del sindicato de los escritores del Estado de Rio de Janeiro (SEERJ). El año 2006, representó a Brasil en el Segundo Festival Latino-Americano de Poesía “Ser al fin una palabra”, realizado en México, Distrito Federal, invitado por los poetas mexicanos Federico Corral Vallejo y Angélica García Santa Olaya entre otros intelectuales, académicos y artistas mexicanos. Sobre su poesía Gilberto Mendoca Teles ha dicho: “No tengo dudas en escribir que Tanussi Cardoso es el poeta que más admiro actualmente en Rio de Janeiro. Poder demostrar los motivos de esta admiración que se extienden de los poemas al poeta -al hombre cordial, dócil, educado, talentoso y humilde, que sabe ser. Humildad orgullosa -digamos así- de quien conoce sus fuerzas y vive continuamente procurando superar sus limites”. El poeta Affonso Romano de Sant´Anna ha dicho de su trabajo: “Su poesía es de la mejor calidad: densa, creativa, funcionando oral o escrituralmente, reinventándose continuamente”. Carlos Nejar ha dicho:”Poemas fuertes, con tono personal -cosa que va escaseando en el mercado. Sabe del oro del silencio y de la plata de la revelación”.
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© Leo Lobos (Santiago de Chile, 1966) es poeta, ensayista, traductor y artista visual. La selección, notas y traducción de poemas de Tanussi Cardoso ha sido realizada en las comunas de Puente Alto, Macul, Ñuñoa, Santiago de Chile entre los meses de septiembre de 2006 y marzo de 2007. |
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Parte de guerra y otros poemas
Te lancé al vendaval de las pasiones Instantes de exaltación Otros poemas El cielo baja sobre los árboles El cielo baja sobre _____________________________ Me has dejado sin una gota _____________________________ Tienes golondrinas ______________________________ Las llagas. __________________________ Tienes golondrinas
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© PAOLA LASKARIS. (Pavía - Italia, 1975). Licenciada en Lenguas extranjeras por la Universidad de Pavía. Doctora en Iberística por la Universidad de Bolonia. Actualmente es investigadora de Literatura española en la Universidad de Bari. Sus investigaciones se centran en poesía y teatro del Siglo de Oro y del siglo XX. |
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Consejos
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© Rafael Pérez Castells. Nace en Madrid en 1955, es Doctor en Ciencias Químicas y ha dedicado su vida profesional a la investigación y la empresa privada. Ha publicado “La Torre Dinamitada” (1997), “Diccionario de días” (1999), y desde entonces han aparecido algunos poemas suyos en revistas como Cuadernos del Matemático, Luces y Sombras, Poeta de Cabra, etc. Desde 1997 es coordinador del ciclo “La Universidad y la poesía” del Colegio Universitario San Pablo CEU y es miembro de la revista cultural Ariadna. Acaba de publicar "Poesia 2000-2006" |
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Pasando lista
Entonces esto es vivir a crédito,
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© C. A. Campos, 2007. L_tmartin@hotmail.com Nueva York, EE UU. Es colaborador habitual en la revista Ariadna-rc.com |
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Alguien observando Te he observado espiar tras las cortinas,
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© GUSTAVO MARCELO GALLIANO. Nacido en la localidad de Gödeken (Santa Fe) y residente en la ciudad de Rosario (Santa Fe, Argentina). Escritor, Poeta, Docente e Investigador Universitario. Ha incursionado en el campo de las letras hace solo unos años obteniendo numerosos premios y reconocimientos. Ha sido seleccionado para participar en numerosas Antologías Literarias Internacionales y sus escritos se han publicado en prestigiosas revistas literarias nacionales e internacionales, tales como la Revista Nueva Época - Cultura de VerazcruZ (México), El País Literario (España), Revista Sinalefa (New York - USA), Revista Diez Dedos (Tuluá, Colombia), La Zorra y el Cuervo (Washington - USA), Amalgama (Cádiz, ESPAÑA), Cañasanta (Toronto, CANADÁ), La Buhardilla (Rosario, ARGENTINA), Espacio Latino (Montevideo, URUGUAY), LinterNet.Bg (BULGARIA) y muchas más, recibiendo muy buenas críticas, que elogian su particular estilo de escritura, que realza el romanticismo, las emociones y los valores, plagándolos de metáforas. Ha obtenido importantes premios literarios internacionales, tanto en género Poesía, como en Narrativa y Cuento Breve |
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El candidato Al fin y al cabo él se debía a sus votantes. “Aquí nací y os conozco a todos por vuestros nombres y apellidos” –gritó el candidato desde la tribuna. ¡Anastasio! –señaló al fondo del patio del colegio en donde se celebraba el mitin– ¡Anastasio Minglanilla, por fin vamos hacer realidad el sueño de tener una biblioteca como Dios manda, bueno como querría don Antonio, don Antonio Machado, claro!” –dijo esperando la aprobación del auditorio. ¡Una biblioteca! ¡Una biblioteca para leer poemas! –añadió exultante. “Poemas que son más peligrosos que un arma cargada” –sentenció esperando que en el patio subiera la temperatura como en las antiguas gradas del campo de fútbol de Chamartín. ¡Una biblioteca, y una Casa para la Tercera Edad! Nada. Ni el mísero aleteo del gorrión que dormitaba sobre el aro de la canasta se produjo en el auditorio. ¡Una biblioteca, con su bibliotecaria diplomada, una Casa para la Tercera Edad y un Concesionario de Tractores! ¿Te acuerdas Anastasio, las veces que teníamos que ir a la capital para que viniera un técnico de John Deere y te arreglara el viejo tractor?” Entonces si que se produjo algún movimiento entre la asistencia. En realidad fue un movimiento mecánico, algo tan familiar también para el candidato que todos miraron al cielo mientras el gorrión somnoliento levantaba el vuelo hasta el campanario de la torre. ¡Esta es una tierra dura! –prosiguió. ¡El invierno es tan largo que la primavera sigue siendo toda una sorpresa! –añadió en tono poético. ¡El Alcalde que ahora os gobierna vive en una primavera permanente, como si este pueblo de hombres y mujeres trabajadoras fuera en realidad Disneylandia! –tragó saliva entonces el candidato esperando cualquier gesto del público, del gorrión o de algún trueno que anunciara la ansiada lluvia del otoño. ¡Pocos saben fuera de aquí lo que es una nevada de verdad! ¿Te acuerdas Anastasio cuando tu hijo vino al mundo ayudado por el veterinario? ¿Te acuerdas que tuvimos que llevar a tu mujer en un coche del Icona a la capital para que le quitaran los puntos? Pues eso tiene que acabar. ¡Vamos a ponerle una casa gratis al médico del valle para que se quede aquí desde Octubre a Febrero! ¡Una casa y un repetidor de wi-fi para que todo el pueblo tenga Internet! Entonces, como traída por el viento que empezaba a levantarse, apareció una nube gris como la historia de aquel pueblo y se plantó sobre el campo de baloncesto que entonces se le antojaba al político como la Gran Corte de los Milagros instalada en mitad de Los Monegros. ¡Un médico permanente, y... –titubeó entonces– y... una estación de esquí en los terrenos del Ambrosio, que en paz descanse. ¿Imagináis la vida que le daría al pueblo una estación de esquí con su hotel de tres o de cuatro estrellas en los prados del Ambrosio? ¿Os imagináis la gente de la “beatiful people” y del “Tomate” que podrían venir a este pueblo si en el sembrado del Ambrosio instaláramos el telesilla? –añadió ya embalado. ¿Os imagináis a los turistas gastándose su dinero en el hotel, descansando en los jardines de la biblioteca mientras pueden releer los versos del maestro, contemplar apacibles los quitanieves del MOPU, y a los menos aventureros, mientras se echan un mus en el Hogar del Pensionista? –sentenció ya como poseído por esa onírica contabilidad basada en la gallina de los huevos de oro. ¡Una estación de esquí! ¡Sí señor! ¡Una bofetada a los años de mangoneo político del partido de la Oposición que tuvo la peregrina idea de gastarse la mitad del presupuesto en convertir el viejo cuartel de la Guardia Civil en un tentadero de toros! ¡Bárbaros! ¡Yo me debo a este pueblo y a mis votantes! – dijo cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a doblegar la paciencia de los habitantes del pueblo. ¡Una biblioteca, una Casa del Pensionista, un Concesionario de tractores y una estación de esquí! ¡Ya hemos hecho los cálculos y hemos hablado con los promotores! ¡Y... –titubeó entonces el candidato consciente como era de que se había gastado ya la mitad del presupuesto de la comarca con el objeto de levantar un párpado a semejante caterva de esfinges! ¡Y un... un... un...”, y ya no pudo acabar la frase, cuando desde algún rincón del fondo, Anastasio, Anastasio Minglanilla miró de soslayo al canditado poseído por esa abulia que le habían proporcionado tantos años de promesas incumplidas, pero con una claridad que todos oyeron a pesar del fuerte aguacero, le dijo: “Candidato, mejor dicho –añadió con desgana– Compañero, aquí lo que se te ha olvidado es aliviar a tanto turista estresado de la capital que se va a dejar caer por estos pagos y poner un Club de Carreteras. Pero lo que a mí y a mi Ambrosia nos interesa de verdad es que nos pongas un Tanatorio. ¡Un digno Tanatorio junto al Cementerio!
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© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. |
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Veinte años no es nada Volví a verla meses después de haber regresado a la vecindad, de volver a vivir con mi madre, cuando me reacostumbraba a la soledad, a la libertad que los presos temen, cuando volvía de vuelta a mis caminatas por el parque que el barrio circundaba como la cintura de una adolescente, dejándome llevar y guiar por mi lazarillo, por mis miedos y aspiraciones, mis dudas y supersticiones. Ella estaba sentada y le daba de comer a un niño de dos o tres abriles, a un niño que de seguro era suyo mientras volvía la vista de cuando en cuando hacia los otros niños que jugaban no muy lejos, que corrían y caían, subían y bajaban, la volvía como si también en ese grupo de risas y chirridos, de contiendas, concesiones y amistades hubiese otro hijo, —el mayor, pensé—, como cerciorándose de que ese otro hijo se encontrase bien. No era la misma, claro, como tampoco yo ya era el mismo, había engordado un poco, lo notaba en su sombra, en su cara; ya no era la chiquilla que me había vuelto loco cuando íbamos a la escuela, que me había hecho llorar cuando era flaca y su cuerpo aún no se daba por vencido. Era más mujer ahora, más alcanzable y en su mirada notaba menos luz: unos ojos empañados por el dolor y la lágrima, —supuse—, por el ir y venir de las estaciones. No sé cómo son las cosas en otros lugares pero por estos lindes las mujeres tienden a engordar en el curso de la procesión y nosotros los hombres tendemos a perder el pelo, el pelo y otras facultades que quizás sí vienen al caso. Pero estas observaciones nuevas no podían competir con las que me llegaban del pasado remoto, de un recuerdo que me imponía a rever o a reencontrar en ella lo que me había hechizado, un recuerdo que impedía que me acercase a ella no sin antes volver a verla con los ojos de un colegial, un enamorado. Claro, esto es explicable porque yo prefería las fotografías donde yo había participado en su vida, aunque no en el papel que me hubiese gustado jugar; las prefería, además, porque las de ese día no las había procesado, revelado, porque lo desconocido tiende a dar miedo, a crear titubeos, no confianza. Miré hacia su izquierda y derecha y respiré con alivio cuando no encontré hombre a su lado; con alegría, es decir, porque imaginaba, —hombre, al fin—, que ella estaba disponible, que esta vez ella sí iba a ser mía. Y me alegraba, ¿por qué negar que a veces me comporto como un desgraciado?, de que lo suyo con el comemierda aquel hubiese fracasado, de que ella hubiese sufrido y se atuviese, por consecuencia, a su presente situación, a una soledad que por los hijos y la expectativa de tener que lidiar con el exmarido no atraía ni a una mosca. Ella ahora era solamente madre, —como la mía—, se había o la habían despojado de su rol de mujer y solamente inspiraba lástima. Inspiraba lástima como yo la inspiraba en ojos de otras mujeres que sabían de mi aventura y mi regreso. La inspiraba porque un regreso hacia la casa de tu madre siempre es la confirmación de un fracaso, una señal de que no te fue bien con la mujer que te parió un hijo. La inspiraba porque a mí también me habían despojado de un rol de primer reparto. Yo era ahora en mis propios ojos lo peor, era ahora lo que había sido mi padre: un degenerado, desertor, un hombre que había abandonado a su pequeño. Era lo peor porque me veía con los ojos del hijo que yo fui y no me perdonaba porque eso le correspondía a mi hijo que apenas cumplía los tres años; era su derecho y ahora yo tenía que acostumbrarme a respetar lo poco que de mí le proporcionaba. Así que yo la miraba desde mi fracaso, mi gran dolor de hijo y de padre, veía desde mi gran situación a una mujer que en su juventud había vuelto loco a más de un hombre, que había vuelto loco a un chico que ella no correspondió, que no correspondió porque no se había enamorado de él, a una mujer que todavía lo trastornaba porque mirando hacía atrás, ¿hay otra forma de mirar?, ella ha sido el amor de su vida, un amor que ha continuado latente acaso porque no se dio, porque no había llegado a la práctica, a la realización, porque solamente de ella había obtenido un beso, un beso que todavía saborea, lo atormenta, un beso que a veces lo transporta a la escena de Judas y de Cristo, a esa mea culpa o pesadilla que lo despierta y lo empuja a escribir poesía. Me encaminé hacia ella como fingiendo que no la había visto, como fingiendo que no la reconocía. Fingir, uno siempre suele fingir cuando se enamora, a ser demasiado franco ya que uno no halla qué hacer con el encantamiento, con lo que está sucediendo dentro de la oscuridad que nos conlleva. Pasé por su lado y me di vuelta pero ella se me adelantó: Juan, ¿verdad? Si el tiempo carcome el rostro de alguien en nuestra memoria, imaginemos lo que hace con la voz de esa persona, con esa música que es menos duradera y menos perceptible que la luz, que esa luz de la cual todo rostro está compuesto. Imaginemos ya que es la voz lo que en realidad nos devuelve lo perdido, lo que nos confirma la vida o la muerte de alguien, su ausencia o presencia, como me sucedió en aquella ocasión cuando volví a escuchar su voz, resucitándome un recuerdo, revistiéndolo de carne y de hueso, un recuerdo que ahora ya no es inanimidad sino hálito, corriente, sangre, una voz que estaba reviviendo lo que yo había sido, lo que había querido ser, que advertía sin amenazarme yo seré menos duradera y menos perceptible que la luz pero tengo aliento; soy el aire con el que soñaron los que se ahogaron. Con mi sí, soy él, entonces ella y yo pasamos a otro plano, a una tercera o cuarta dimensión, dejamos de ser imágenes o siluetas y brincamos del pasado a lo presente, dejamos de ser nostalgia y melancolía y dimos bienvenida a la ansiedad recuperando la incertidumbre del futuro, esa fe o dependencia o ese uno nunca sabe que explotan los políticos y las iglesias, los riferos y las loterías. Nos dijimos lo típico: el cuánto tiempo que es signo a la vez de pregunta y exclamación en los reencuentros, el qué ha sido de tu vida, el pero si tú no has cambiado (como si el cambiar fuese negativo, fuese sinónimo de envejecer) y el qué grata sorpresa verte de nuevo que puede ser verdad o mentira y que uno sólo llega a distinguir cuando el tiempo ha hecho de la suya; es decir, cuando ya lo hemos procesado, cuando ya la escena hemos archivado. Ahora sentado a su lado y posándome de vuelta en los ojos de Rosana o Roxana, —nombre que no he compartido hasta ahora por vergüenza, porque nunca he sabido cómo ella lo escribe, si con ese o con equis; sin saber, incluso, si también éste requiere otra ene—, pensaba, decía, en mi exmujer, en la madre de mi hijo que aunque me doliese se encontraba mejor sola que en mi compañía; me lo admitía porque ella era otro tipo de persona, no era como mi madre ni como Rosana o Roxana, porque yo no la había querido ni querré como quiero a mi madre, a la Rosana o Roxana de la cual hoy hablamos, divisaba a mi ex de vuelta a la felicidad quizás para así también lenificar mi culpa, —el dolor que le causé—, para no sentirme más culpable, en fin, por lo que me estaba sucediendo con Roxana (me he decido por la equis tal vez por la matemática, por lo que representa: lo que no se sabe, pero también lo que uno anhela llegar a conocer). Ella me habló de Marcos y de Javier, sus hijos, y me los presentó; yo le mostré una foto de Carlos, el hijo que ahora crece lejos de mis brazos y me excusé con la esperanza de que sus chicos y el mío llegasen muy pronto a conocerse, a jugar juntos. Ella me resumió su fracaso sonriendo de cuando en cuando como siempre se hace cuando no queremos dar a conocer la agudeza del dolor, el sufrimiento, cuando no sabemos si nos importa o no la persona con quien se habla. Yo, por mi parte, le conté también sonriendo de cuando en cuando mi caída, le hablé de mi casamiento y mi divorcio, y del regreso a la casa de mi madre. Cabe decir que hubiese dado un dedo o dos por saber lo que nuestro reencuentro le estaba causando, por saber lo que ella estaba sintiendo en cuanto a mi persona, por saber si como yo ella estaba reviviendo lo pasado, por saber si en mi yo de hoy ella volvía a ver al muchacho que le escribió poesía, cartas de amor; por saber cosas, en fin, que sólo con el paso del tiempo se intuyen si uno sigue viéndose de vez en cuando, compartiendo un refresco o un café o el juego de los niños, los de ella y el mío. Hablamos, sobre todo, —padres, al fin—, de los hijos, de sus virtudes, talentos y habilidades, de lo bueno que son y serán cuando crezcan y no de lo malo ni del sinvergüenza que acaso también llevaban por dentro, que acaso crecía a la par de lo bueno como la maleza, como lo que no necesita del cuidado de nadie para darse, para multiplicarse y lo bueno marchitar. Era explicable, claro, que no habláramos de nuestras personae non gratae ni habláramos del pasado que habíamos compartido, de ese tú te acuerdas ya que esa tarde ninguno de los dos esperaba tropezarse con el otro, ya que las travesuras de los hijos la hacían que se quedara en el presente y que suspendiera cualquier viaje que implicase perder de vista al parque, la escenografía que tenía ante sí, ya que para mí por ese día su reconocimiento bastaba y sobraba, ya que no quería volver a asustarla con mi palabreo, mi desenfreno, ya que yo sabía que no volvería a hablarle de mi antiguo amor si ella no lo mencionaba primero. Así que antes de echar a perder lo ganado, otra primera y mejor impresión, yo me inventé un compromiso y me despedí con la seguridad de una cita ya que si es verdad que un hijo a veces te echa a perder un amor, también es verdad que éste puede ser la mejor excusa para ver de vuelta a alguien que te gusta. Hice todo lo posible para no volver la vista, por retomar la caminata naturalmente, por no dejarle saber ni a ella ni a nadie la alegría que me poseía, por protegerla de los males de ojos, —incluso hasta de los míos—, pues estaba muy excitado y necesitaba calmarme y olvidar por unos días lo que había ocurrido para así revisitar la experiencia desde otro punto de vista, desde otro estado de ánimo y sopesarla como el que escribe algo y lo echa a un lado y sólo vuelve a releerlo cuando ya gana cierta distancia, cierto olvido que le permite editar o juzgar, maldecirse o perdonase por lo que ha llevado a cabo. No sé si es por la experiencia que uno va almacenando o porque la bestia que nace con uno pierde fuerza con los años, no lo sé, lo cierto es que días después me encontré recitando al poeta granadino, recitándome en voz alta Ni tú ni yo estamos en disposición de encontrarnos, añadiéndole en silencio mi propia variación: Ni tú ni yo, Roxana, tampoco estamos en disposición de reencontrarnos. Me lo recitaba porque ni ella ni yo estábamos listos para una noche de amor, mucho menos para una larga o seria intimidad, —como si lo breve careciese de seriedad—, me lo recalcaba porque antes de que se pudiese dar algo parecido al amor se necesitaba navegar mucho mar, mucha agua salada e inquieta que había que tragarse y agradecer. Pero a lo mejor yo me estaba adelantando a los hechos, a la obra de manos o al futuro que uno anhela siempre descifrar para así prepararse con anticipación y aguantar mejor los golpes que el tramposo, el azar o ese boxeador te arremete; a lo mejor lo que nos había sucedido en el pasado remoto no era para tanto, a lo mejor lo que acababa de pasarnos tampoco, a lo mejor no lo eran lo uno ni lo otro porque yo no contaba con el conocimiento de Roxana ni mucho menos con su consentimiento. Cuando volvimos a vernos, ella con sus hijos y yo con el mío y en el mismo lugar, hablamos de nuestras vidas después de que los hijos se acostaban o cuando dormían fuera de la casa, con el padre en su caso o con la madre en el mío, charlamos, es decir, de los pasatiempos que te ayudan a torear con el tiempo, a sobrellevar lo poquito que somos o lo más pesado según el autor de Así habló el hijueputa, perdón, Zaratustra; así que hablamos de películas y de música, de lecturas, programas de televisión y béisbol, de pelota porque yo sabía que a ella le gustaba, porque en nuestro pasado remoto ella había jugado softball, detalle que la hizo reír ya que no me pude contener y la transporté al play de la escuela, a la primera base donde ella se destacaba no por su flexibilidad sino por el amor que le tenía al juego. En lo que negociábamos con los niños para que dejasen de pelear por una pelota y la compartieran entre sí, misión que a veces resulta imposible, que en otras ocasiones requiere hasta del uso del chantaje, de un chantaje que en la mayoría de los casos beneficia al niño o la niña solamente y no al padre ni a la madre ya que en estas susodichas negociaciones el padre o la madre promete casi siempre la compra de otro juguete si él o ella se comportan, si paran de llorar, si se duermen tempranito, si él o ella le prestan la pelota a su hermanito o amiguito, si echan a un lado su gusto y se toman la medicina para que se mejoren y vuelvan a hacerle la vida imposible al padre o la madre, etcétera, etcétera. Decía que cuando los separábamos ella y yo nos acercamos lo bastante como para apreciar los detalles que la distancia suele a no echar de menos, que ésta en su afán por captar una totalidad sacrifica, pasa por alto; pudimos apreciar esos detalles que opacan o exaltan el resto de lo que forman parte, de lo que representan, esos gestos o particularidades que te atraen o dan miedo, que te invitan o el paso cierran; es decir, pudimos apreciar de cerca nuestras caras, renovando cada uno así los recuerdos, la cara que conservábamos del otro. Lo hicimos sin arriesgarnos, sin echar a perder lo que se estaba cocinando en el inconsciente, sin dejar saber que cada uno olía la fragancia del otro, como compartiendo una intimidad sin testigo, sin culpa, sin pudor, con la sana excusa de que solamente estábamos desapartando a los niños. Y es que el amor es un juego de acercamientos y distanciamientos, un juego que depende de cómo se administre la confianza, de cómo ésta se administre ya que contrario a lo que se piensa no es la curiosidad lo que mata al gato sino la confianza. No sé si viene al cuento el hecho de que cuando ella terminó con lo nuestro en aquel pasado remoto, sólo días después de darme el sí, ella no me dio explicaciones, no me explicó el porqué se arrepintió despidiéndome solamente con un lo nuestro no puede ser. Tampoco sé si viene al caso el hecho de que no se las pedí, de que quizás por inexperiencia u orgullo, por el shock o por no querer creer lo que me estaba sucediendo yo nunca quise enterarme de sus razones, de la verdad que ella se ahorró acaso por nuestra amistad. O sea, no sé si importa ahora mucho el miedo que produce la posibilidad de saber de boca de la persona que uno más quiere impresionar la razón por la cual a uno lo despiden, lo declaran persona non grata. Lo digo porque siempre he creído que lo que tememos no es necesariamente la mentira sino la verdad, esa verdad que tiene que ver con uno y cual no le importa un comino si su contenido promueve el bien o el mal, si proporciona amor o dolor, sufrimiento o felicidad. Lo digo porque la esperanza a veces me parece la más noble de las mentiras, la más considerada. Lo digo porque en aquellos instantes mi amor era mucho más fuerte que la verdad que lo negaba, porque me convencí de que no todo estaba perdido, de que ella en un futuro no lejano podría volver a cambiar de mente y que mientras tanto yo debía jugar un rol secundario en su vida ya que me quedaba un recurso: la amistad. Lo confieso, finalmente, porque esta madrugada después de casi quince años yo he hecho las paces con ese muchacho, con ese yo que tanto he maldecido. En los meses siguientes continuaron sucediéndonos cosas, durante esos encuentros que a veces se daban sin hijos fuimos disimuladamente armándonos de coraje, voluntad, deshaciéndonos como quien se va desnudando poco a poco de los miedos y el que dirán, de la culpa y el dolor; a veces compartiendo un café ella se arrepentía y se paraba de la silla y sin más ni más desaparecía, se marchaba, huía como intuyendo en lo que terminaríamos; otras era yo quien buscaba de la distancia para escudarse, quien le hablaba de la precariedad de su presente y su futuro como tratándola de convencer de que yo no era un buen partido, como tratando de no volver a comprometer el poquito tiempo libre que el diario vivir me proporcionaba. Y así jugamos por un tiempo, un día ella quería pero yo me abstenía, otro día era yo quien quería y ella la que se resistía; jugamos así sin coincidir hasta que en el parque su hijo mayor me preguntó en su presencia si era yo el novio de su madre, delicada situación de la cual Roxana hábilmente me rescató: No, Marcos, Juan es mi amigo y él es el padre de Carlito. Pero si su pregunta me heló la sangre en las venas lo que oí de la boca de Roxana después de que Marcos volviera a los columpios me sobrecogió, me anonadó: Casi nos descubre, ¿no? Más que una declaración aquello fue una confirmación de que yo le interesaba, de que pensando en mí mientras le preparaba la leche a los hijos ella se había dicho para sí ¿y por qué, no?, como también aquello me hacía saber que ella no quería involucrar ni a mi hijo ni a los suyos en lo nuestro, un nuestro que todavía no habíamos definido pero que si llegaba a concretarse tendría que tomar lugar a escondidas. A escondidas, conclusión que me hizo reír, que me hizo sentir más joven de la cuenta, más libre, que morigeró un tanto la zozobra del ten cuidado, ¿sabes tú en lo que te estás metiendo? ya que lo nuestro sólo existiría para ella y para mí, porque el esconderse significaba, en fin, que no había que darle cuenta a nadie, ni al mundo ni a nosotros mismos. No obstante, antes de continuar con esto que parece que no ha de terminar, que ya hasta a su autor está sacando de quicio, que delata su inexperiencia con la prosa o su desconfianza en ésta, debo retirar lo que dije con respecto a mi otro yo ya que no es que hayamos hecho las paces esta madrugada, sino más bien lo que ha sucedido es que yo le he pedido perdón, lo que ha sucedido es que yo ya no lo culpo por haber perdido a Roxana; al contrario, gracias a lo que me ha vuelto a pasar con Roxana ahora sé que él es lo poquito del bien que me ha sobrevivido, que me sobrevivirá porque él ha sido en verdad la persona que ha escrito los dos o tres poemas que me llenan de orgullo, no de vergüenza, que me permiten continuar y no reparar en la vanidad de mi empresa. Recuerdo que hubo un verano durante el cual yo pasaba por el frente de su casa después de que salía del trabajito que desempeñaba cuando la escuela estaba en receso y aprovechaba el tiempo libre, las vacaciones para ayudar a mi madre a cubrir los gastos de la casa, verano que había tomado lugar meses después del sí, del beso y el no que pudo más que nuestra amistad, recuerdo que pasaba con la caída del sol y que aflojaba el paso para darme la oportunidad de tropezar con ella en la calle sin darle a entrever que lo había premeditado, que eso era lo que yo buscaba, lo recuerdo porque nunca esa suerte se me dio, porque en aquel tiempo solamente me bastaba con volverla a ver, me conformaba con verla de lejos, hasta con sólo divisar su silueta, esa sombra cual de luz también está compuesta. Acciones que inspiran burla, lástima, por supuesto, que por tales razones yo nunca he compartido con aquellos que todavía siguen en mi vida, que apunto aquí porque en realidad los pocos que me leen son desconocidos; gente que, incluso, no me reconocerían si me viesen en la calle pues en mis libros nunca incluyo foto de autor. Un caso que te hace pensar en lo que un hombre es capaz de hacer por un culo que le gusta, —seguro lo que no haría ni por su madre—, que te hace pensar en la ridiculez, en esa ridiculez que el enamorado pasa por alto cuando la experimenta, esa misma que el poeta de las mil y una máscaras, —Pessoa—, identifica con el amor. Pero ahora que reparo en el orden de las tres cosas que me pasaron con Roxana, —en el sí, el beso y el no—, me doy cuenta de que quizá fue el orden de las dos primeras la cual precipitó no la continuación del sí o del beso sino su final; es decir, me doy cuenta de que si el beso hubiese venido primero ni el sí ni el no hubiesen sido necesarios ya que esto significaría que ella sí me quería, significaría esto por el simple hecho de que cuando las palabras no se necesitan para entenderse o hay amor o hay odio, una mezcla existe o una variación de éste o aquél; porque en ocasiones he pensado que uno recurre a la palabra solamente cuando no sabe cómo se siente con respecto a alguien, a alguna cosa, que hablamos o escribimos para ver si llegamos a aclarar nuestros sentimientos, para ver si alguien o algo nos gusta, nos agrada o disgusta. Lo cierto es que después de su casi nos descubre, ¿no? enfrentamos dificultades, no sabíamos comportarnos ya que tanto ella como yo intuimos el significado de la frase, —su falta de discreción—, enfrentamos dificultades porque tal declaración no fue seguida por un cuerpo a cuerpo, un beso a beso, porque nuestro próximo encuentro tomó lugar semanas después, porque esa oportunidad de romper el hielo no se aprovechó, porque no podía aprovecharse debido a que entre Roxana y yo jugaban tres angelitos, porque hay libros, —para seguir con este dédalo o enredo que espero que concluya con la aparición de la aurora, con la llegada de esa luz que ya no veo la hora de que llegue—, que si no se leen de una tirada nunca llegan a retomarse y tanto ella como yo en nuestros próximos encuentros temía esta posibilidad, temía que todo se hubiese ido al traste y por tal no sabíamos qué decir, qué hacer, cómo saludarnos, cómo despedirnos, cómo mirarnos y qué dejar que tomase lugar. Y es que a partir de cierta edad a uno se le hace más difícil creer, actuar, cerrar los ojos y tantear la oscuridad, o cerrarlos y esperar el beso, el anhelado beso o el dolor que siempre trata de imponerse; y es que si había mucho deseo, lo cierto es que también había mucho miedo. Entonces yo decidí llevarla a un punto clave de mis caminatas, a un lugar del parque que da a un río y otro condado, decidí llevarla porque desde allí se apreciaba el perfil de nuestra antigua escuela, un lugar donde el pasado y el presente se juntaban conmigo, —ritual vespertino—, para dialogar sobre la ausencia del futuro. O sea, la llevé a mi axis mundi y mientras tirábamos piedras al Harlem nos besamos, nos besamos y fue como si el mundo se parase para contemplarnos; sí, fue como si el mundo se parase para contemplarnos, lo repito porque sé que de mí se esperaba un símil más original, menos común, incluso yo también hasta lo esperaba de mí mismo. Pero si es o era justa la expectativa lo cierto es que yo tampoco estoy acostumbrado a escribir sobre la alegría, el amor, y menos en prosa; lo cierto es que como casi nunca he sido feliz me resulta dificilísimo hablar de este estado de ánimo; incluso, las pocas veces que lo he tratado me he sentido falso. No obstante, si es verdad lo que dice Mahler sobre la sinfonía, que ésta ha de ser un mundo, debe abarcarlo todo, puedo decir que durante ese beso yo experimenté algo parecido, puedo decir que éste me proporcionó todo un mundo de sensaciones, de emociones que todavía me dan escalofríos cuando la memoria revive ese atardecer, ese ámbar que tanto la memoria como yo admiramos y conservamos como si fuese un trabajo de orfebrería. Así que nos besamos y con el tiempo y con la ayuda de los espacios no aptos para menores, —algo en mí siente y no siente dejar saberlo de esta forma—, pasó lo que tenía que pasar, lo que no es difícil adivinar ni hace falta que se cuente. Lo que sí hace falta dejar saber, —ya sin más preámbulos—, son las presentes circunstancias con respecto a Roxana y esta prosa, con respecto a esta empresa que a veces me hace decir Dios mío, cuántas palabras, cuántas palabras que en vez de conducirme hacia un final, una catarsis, lo que hacen es que me alejan de éste, que me recalca esto te pasa por no saber desde un principio hacia donde ibas, que me lo recalca aunque yo sabía desde un principio que no iba a llegar a sitio alguno puesto que yo ya me encontraba en el sitio que quería estar, ya que sabía que no iba a poder proveer algún final debido a que lo de Roxana y lo mío todavía desconoce de final, de un final dichoso o lamentoso; ya que yo, en fin, no sé adónde va a parar lo nuestro. Dependiendo de quien juzgue, entonces, este porque no ha ocurrido en la vida real o este porque esto no es un trabajo de ficción resultan mi excusa o razón, mi razón o excusa por la cual esto ha de carecer de final, desenlace, por la cual esto ha de terminar con un continuará, con un continuará que yo no puedo ni prometer. Incluso, ahora que ya la luz se cuela por las ventanas creo que ha sido este no saber en qué van a parar estas escondidas lo que me ha impulsado esta noche a no pegar los ojos mientras Roxana descansaba en mi cama, —a veces se queda a dormir después de que charlamos o hacemos el amor—, esta falta de definición que busca, ahora lo sé, definirse, o lo anhela y tanto Roxana como yo lo ignora aposta o lo posterga con razón de más ya que nuestra relación o lo que he llamado así por falta de magín está basada en un no definirse, en un no saber cómo ella escribe su nombre, en un presente sin su mano derecha e izquierda, o en un río sin su aquende y allende. Una relación, en fin, que ha trabajado tanto para ella como para mí por el simple hecho de no ser relación, atadura, interrogatorio, compromiso, expectativa; una relación que si solamente se estudiase de lejos podría hasta achacarse de libidinosa cuando lo cierto es que lo nuestro está basado en la comprensión sobre todo, en la amistad, en un amor postergado y en otro que apenas comienza a sentirse, a vivirse; cuando lo cierto es que nos queremos y punto, que respetamos las vidas que desempeñamos fuera de nosotros. Pero debo parar. Lo nuestro no necesita de justificación ni aprobación; si termina mal o bien esto que va casi ya cumpliendo un año de seguro no ha de ser por respaldo o su falta, de seguro no ha de ser por algo tan público y tan pueril. No obstante, debo antes de achacar y firmar, —como dice el único amigo que me queda, Polo Moro, hombre que en su apogeo hasta llegó a ser presidente de la esdrújula, de la América con tilde, es decir—, debo antes pedir al lector, a quien he acostumbrado a la precisión y la concisión, a la suma de estos dos recursos, —la profundidad—, que me dispense por mis meandros y tergiversaciones, debo antes por igual comunicar que necesito una pausa, la cual no será presentada por ningún anuncio, por ningún jabón Candado ni ningún Fortimal, para llegar al baño y mojarme la cara, llegar a la cocina y colar el café, ese negrito que siempre te ayuda con la luz, con lo que volvemos a enfrentar, para estirar las piernas y los brazos, cerrar los ojos y bajar la cabeza, ese ancla que desde que el hombre es hombre su destino ha resistido, ha alabado y maldecido y hasta ha tratado de reestructurar, para volver de vuelta y regresar ya con la certeza de que otra noche ha pasado y uno sigue vivito y coleando, vivito y coleando para continuar con nuevos ánimos esta empresa pero esta vez no ya en la página ni en este espejo, no ya en la soledad ni en este idioma, sino para continuarla esta vez en la cama donde la compañía de Roxana me espera, su elixir, esa melodía o veinte años no es nada que me han deparado esta improvisación, esta continuación en prosa de un poema, debo antes comunicar que yo no sé decir adiós, —acaso cuando lo aprenda todo esto carecerá ya de menester—, así que terminemos esta hazaña de ligas menores con un poco de optimismo, con un poco de optimismo pero sin decirlo, sin contarlo, para que esta vez no se nos vaya echar a perder. Música, maestro…
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© C. A. Campos, 2007. L_tmartin@hotmail.com Nueva York, EE UU. Es colaborador habitual en la revista Ariadna-rc.com |
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Natalia Aquello parecía el fin del mundo. De repente se hizo de noche. Decía una vieja: los truenos son de Satán y el agua es una bendición de Dios. No cae así desde el noventa, dijo el tabernero. Llovía con una violencia inusual en aquella tierra de sequía. Se refugiaron en una taberna de la Plaza de Castro. Los dos estaban empapados. Ella llevaba un libro de Ernesto Sabato, El Túnel. Ella tenía la mirada ausente y franca, y un lunar irrenunciable sobre la comisura de los labios que me atrapó desde el principio. Sus ojos tenían el color verde de las aguas de los estanques. Nos enamoramos y nos quisimos como si fuéramos los únicos habitantes del planeta. Viajamos juntos por Europa en un viejo Chevrolet. En Praga habló de sus intenciones de hacerme feliz cada uno de los días del resto de mi vida. Lo vamos a conseguir pequeña, le dije yo. En Ámsterdam tomamos un vuelo directo a Delhi. En Lodi Gardens nos abrazamos con vigor, y unos niños que volaban cometas nos rodearon y nos sonrieron con nitidez, con una transparencia, sinceridad y pureza más atípica en Occidente. Apenas tenían nada. Esto no se ve todos los días, pensé yo. Aquello era la síntesis de la renovación del espíritu. Teníamos el viento a favor. Navegábamos sin rumbo, sin imprevistos, sin condiciones adversas. Yo escribí un relato muy corto, Todo: Natalia, el mar y yo. Nunca fui tan consciente de la existencia de la desgracia como en aquella época. La desdicha que no acudía, pero que formaba parte de la realidad y acabaría apareciendo. Siempre lo hace. La felicidad es frágil, y yo tenía miedo de que se derrumbaran sus vulnerables muros. Sabía que la tragedia era dura como el acero. Después Natalia tuvo que marcharse al lugar de sus orígenes, Donostia. Pasé tiempo sin verla, y hasta busqué el olvido como un loco, pues era punzante el daño de la ausencia. Pero vanas fueron mis intenciones y sincero el dolor. De vez en cuando nos escribíamos. Las cartas comenzaban con anhelos, luego había una exposición de los hábitos, rutinas, y finalizaban todas de la misma manera. Te quiero, cuídate, hasta la próxima. Un día recibí una carta diferente.
No había transcurrido una semana cuando cogí un martes, el primer vuelo rumbo a Londres. Como no me abordaban las urgencias, me di una vuelta por Hyde Park, antes de ir a Covent Garden, donde compré un gorrito de tweed y una pulsera de eslabones de nácar y ébano, para Natalia. Luego aparecí en Chicheley Gardens. Me senté en un parque, observé a dos ardillas, a una au-pair italiana y a una criatura de tres años con ideas diabólicas y cara de persona mayor. Fumé un cigarrillo y me dirigí a la casa. Me recibió un hindú gordo, que debía comer en un día lo mismo que dieciocho niños de Lodi Gardens. Tenía los ojos hinchados, la cara inflada y hablaba con pesadez y cansancio. Dijo que me descalzara y esperara a Natalia en una salita con moqueta negra y un par de muebles coloniales. Apenas había un par de libros y unas cuantas fotos del Taj Mahal y del mercado de Chandni Chowk. De repente vi a Natalia. Ella me abrazó con más cautela de la que hubiera deseado y me dio un beso en la frente con algo de lástima. A pesar de ello, las cosas no fueron mal. Nos fuimos a comer a un restaurante portugués de Wembley, y los días siguientes los dedicamos a caminar por el Soho, visitar el British Museum, National Gallery, hacer excursiones a Oxford, Cambridge, Brighton y sus playas de piedras redondas, ver películas, leer en Hyde Park y hacer el amor en la casa de Chicheley Gardens. Yo ya sabía la respuesta a la proposición de que se viniera a vivir conmigo, pero aún así, aproveché el reposo de su cabeza en mi pecho para lanzarme al vacío. Inmediatamente se reincorporó, habló de imposibilidad y se puso a fumar nerviosa, andando de un lado a otro de la habitación. Un día después yo estaba de regreso. Al poco tiempo, Natalia me envió una carta dura como las noticias amargas, unas palabras previsibles, y punzantes como un estilete, las palabras del adiós, de los imposibles, de la búsqueda de su lugar. Contesté con nostalgia y abatimiento al principio, pero mi carta fue tomando matices más agresivos y audaces, y aludí sin reparos a algo que llamé lado oscuro, egoísmo, frialdad y desamor. Después pasaron dos años. A mi me había ido bien en los negocios, y en la literatura tuve más publicaciones de las que preví. Un día la llamé desde París. Había terminado antes de lo previsto mis compras en Rue du Caire, y caminé con su recuerdo hacia al hotel. Su vida era suya y no me debía explicaciones ni retazos de su mundo durante mi ausencia, pero aún así, aquella tarde gané la pelea a los temores y llevé a cabo lo que otras veces intenté y se desvaneció porque temía incordiar. Probé con el número de Chicheley Gardens, que era el único que tenía. Lo cogió ella. Tenía la voz triste. Había trabajado en Harrods, en el pub Rain & Moon, en el Hotel Victoria y en una compañía de seguros. Poco después de mi marcha, empezó a salir con siciliano de Catania, un tal Stefano, que era muy halagador y en las floristerías se frotaban las manos cuando le veían entrar. Después regresó a Donostia y se casó con el italiano, que era el encargado de un restaurante de cocina mediterránea, en Harrow on the Hill, a una parada de autobús de Chicheley. Estuvieron un par de noches en San Juan de Luz y una en Biarritz, pero llovía mucho por allí y bajaron al sur. Recorrieron Vejer de la Frontera, Grazalema, Tarifa, e incluso se montaron en un ferry rumbo a Tánger. De vuelta a Londres retomaron su convivencia y las cosas empezaron a torcerse. El tipo tenía peligro, el restaurante iba mal, en el Hotel Victoria hicieron una reducción de plantilla, Natalia se fue a la calle y empezó a beber. En cuanto al hindú, aquejado de fuertes jaquecas y dolores estomacales, se fue a vivir una temporada al hospital de Saint Charles y luego a Edgware, a casa de un pariente de Jaipur. Una noche volvía el catanes maldiciendo desde sus adentros la competencia de los restaurantes japoneses y mexicanos, y aborreciendo la tendencia de muchos habitantes de Londres a ir a cenar al Soho y aledaños. Cuando traspasó el umbral de la puerta, vio un par de botellas de bourbon rodando por el suelo, y la escena de Natalia tambaleándose, tratando de ir a la cocina a por un vaso de agua, quien sabe si para suavizar el bourbon o calmar la sed. Luego los hechos se suceden con rapidez y son algo borrosos. Primero hay insultos, después Stefano le planta sus ojos sicilianos en la frente y resopla con violencia. Interviene ella con un grito ahogado. Hay golpes. Natalia termina la noche en una sala de urgencias con la mandíbula desencajada, dos rasguños casi simétricos en los pómulos y una cicatriz en la ceja derecha. Me vinieron muchas imágenes en la cabeza. Pensé en los boxeadores, en los hospitales, en las botellas de bourbon, en los restaurantes mediterráneos, en el elefante de Catania esculpido en piedra de lava, en una reunión de alcohólicos anónimos, en los tribunales de justicia, en nuestro viaje a Praga, en el hotel Victoria, en la mirada vidriosa de los borrachos y en el lunar irrenunciable. Luego Natalia se separó y el tipo volvió a Sicilia con el áspero sabor del fracaso y el rostro enfermizo. Estaba inmersa en la época de las recaídas y los juramentos. Se emborrachaba, lloraba, decía nunca más y a los pocos días estaba agarrada al cuello de la botella. Desconozco como le llegaron a Ibon, un médico donostiarra establecido en South Kensington, las noticias de su lamentable estado, pero no dudó en acudir a la casa de Chicheley Gardens y ofrecerle su ayuda. Se interesó por ella, le dio apoyo médico, psicológico, y se hizo su amante, y se la llevó a vivir a su apartamento. Ella parecía ir recuperando autoestima y armonía, y hasta logró volver a trabajar, en una compañía de seguros. Un trabajo creativo, me dijo Natalia con evidente ironía. Ibon era un hombre leído. Tenía una biblioteca interesante. Dostoievski, Kafka, Wilde, Joyce, Zweig, Bioy Casares, Stevenson, eran algunos de los autores presentes en las estanterías. Natalia me dijo que era honesto, y también un buen cocinero, y un tipo de conversación fluida y buenas maneras. Tenía paciencia con ella, la trataba bien y la escuchaba incluso hasta los albores del amanecer, sin importarle demasiado que Natalia siempre estuviera hablando de si misma. Al cabo de un tiempo, Ibon se dio cuenta de que ella poco a poco dejaba de ser feliz con la armonía, que tal vez había una tendencia innata al desequilibrio, y con la ausencia de fármacos, renacían los problemas. Se mostraba arisca y susceptible en exceso. Un día cualquiera del otoño, ordenaba meticuloso el médico sus discos de música clásica, cuando Natalia explotó. No puedo más, me aburre tu rostro apagado, tan lleno de sensatez, necesito aire, necesito aventuras, necesito a Daniel. El hombre tranquilo pegó una patada al paragüero, rompió un espejo, maldijo su destino y sus buenas intenciones, y se fue a emborrachar al primer pub que le saliera al paso. Luego optó por no volver a dirigirle la palabra durante algún tiempo, y seguir con su vida de medicina, literatura y música. Ella le ofreció disculpas. El las aceptó, pero ya nada iba a ser igual. Cuídate, suerte, adiós. Natalia se tuvo que ir a buscar la tercera vivienda, una alcoba cerca de Seymour Street. Siguió trabajando en la compañía de seguros, y aparentemente había dejado de beber, pero a las pocas semanas sufrió una depresión. Tenía sueños raros, como ella misma desnuda tratando de salvar las brasas incandescentes en una tierra árida, o unas malditas culebras de agua deslizándose por una barquita de madera a la orilla de un pantano. También aparecían cucarachas, cementerios, estaciones de metro, ratas. Hasta aquí la conversación que establecí desde París. Luego fui a verla. Cuando aparecí por allí, se puso a llorar y me dio un abrazo violento. Dijo: te quiero, mi vida es una ruina. Los fármacos tenían un efecto inhibidor en las relaciones sexuales. A pesar de ello nos acostamos juntos y fuimos los protagonistas de una escena desastrosa, con muchos miedos por su parte y mucha prudencia por la mía. Mis temores principales radicaban en encontrármela muerta al volver a casa. Salía a comprar cosas de primera necesidad, y tomaba urgencias en estos cometidos, pues no hacía más que pensar en la posibilidad del suicidio. Sabía que no sería demasiada sorpresa ver su cuerpo inerte en la salita o en el pasillo, rodeada de pastillas, o descubrirla muerta en medio de un charco de sangre en la acera, frente al portal. Respiraba al ver que vivía. Un día miré hacia atrás y me costó reconocerla. Estaba engordando, tenía la cara y las manos hinchadas, y hacía cualquier actividad con torpeza y una preocupante lentitud. La mirada la tenía muy perdida, y a veces deliraba. En su rostro había manifestaciones de dolor, de rabia, de frustración, había grietas prematuras, y hasta algo de maldad, de egoísmo, de envidia. Sentí tanta pena que deje de amarla. Decidí llamar a Ibon. Le conté la historia con algunos añadidos que el desconocía y vino a verla. Me pareció un buen tipo, bastante sensato y desinteresado. Nos saludamos como si hubiéramos estado siempre destinados a conocernos, no con mucha efusión, pero con interés y viveza. - ¿Cómo estás? – le preguntó Natalia. A mi me gustó ese rostro de timidez de Ibon. No me pregunten porqué. Es un misterio, pero me fío de las caras de los tímidos. Luego ella se quedó dormida. Yo veía el lunar irrenunciable y lamentaba el paso del tiempo. Cuando despertó, Ibon dijo que iba a comentar el caso a un amigo psiquiatra. Natalia no pareció incómoda con el comentario. Estoy jodida, susurró. El y yo nos miramos y supongo que teníamos la misma cara, de corderos degollados. A mi me hubiera gustado irme con el tipo a emborracharnos por los pubs del Soho, brindar diez o doce veces, y decirle al final de la noche: eres un gran hombre Ibon, uno de esos tipos a los que se podría confiar la salvación del mundo. Pero nos pusimos a resoplar y a lamentar como dos imbéciles. Dos días después, Natalia fue hospitalizada en una clínica ubicada en Grosvenor Road. Ibon siguió el proceso y poco a poco fue recuperándose, y volvió a recaer, y regresó otra vez la recuperación, y así sucesivamente durante el último año. La víspera de la última vez que la vi, Ibon y yo fuimos a cenar al restaurante mediterráneo de Harrow on the Hill – no se comía mal- y bebimos bastante en los pubs de los alrededores. Hablamos de libros, de ciudades, de trayectorias profesionales y de Natalia. Cada uno tenía su imagen y poco tenía que ver con la que vimos después en Seymour Street. El caminar lento, la obesidad, el rostro dolido con el mundo, el aura de odio en la mirada, las grietas de la piel bordeando el lunar irrenunciable. Nos pusimos a llorar sin querer como ya anticipó el poeta, Rubén Darío. A su lado iba un tipo con uniforme de bedel o algo similar que le hablaba sin tomar conciencia de que ella parecía ausente. Yo maldije al duende.
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© Javier Guerrero |
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La flauta mágica.
Bueno, sigo por las Chinas. Este pasado fin de semana me lié la manta a la cabeza y me fui con el coche a recorrer Mongolia Interior. Total, más de dos mil km a las espaldas de este pobre presto a jubilación retrasada. Puedo decir y digo, aunque no pueda prometer ni prometa, que en este viaje he salido con el doctorado de cómo conducir en este caótico país y sobrevivir al intento. Desde 50km de Beijing, ningún cartel escrito en cristiano. Todo en chino mandarino. Nadie hablaba ni una palabra en román paladino. Me volví loco. Menos mal que los caracteres japoneses me son familiares e iba identificando los nombres referenciados al significado nipón o simplemente como dibujos-trazos a recordar. Todo esto nos lo contaron en una magnífica obra teatral que vi en Hohhot con ambientación de la época. Al final, subí hasta lo alto de la tumba de Zhao Jun, una montaña de tierra de 30 metros. Y cuando en el invierno toda la hierba de los alrededores está seca, la hierba del montículo de Zhao Jun se mantiene misteriosamente verde, y la llaman la Tumba Verde.
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© Pedro Garrido |
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Los diarios de Lem: Newton el mago
Llueve en París. La lluvia, menuda y fría, extiende su velo turbio sobre la ciudad. Al sur del río, las calles angostas que ascienden hacia la colina Saint Genevive, están convertidas en lodazales inmundos por los que ruedan con lentitud los carruajes. Gentes miserables, envueltas en harapos, van de un lado a otro arrastrando los pies por el fango, o se agrupan frente a pequeñas hogueras, en las que arden los objetos más dispares. La posada donde me alojo se encuentra en la esquina de una plaza formada por viejas casas con tejados de pizarra negra. Suelen hospedarse aquí viajeros que permanecen unos días en la ciudad. Hay comerciantes de peluca empolvada, un buhonero fachoso cargado con su arcón de baratijas y algún militar de baja graduación que cambia de destino. A veces se ven tipos extraños, como un viejo alto y flaco, con el que suelo cruzarme al salir por las mañanas. Va vestido de riguroso luto y se diría que es un buitre al acecho de sus presas. Hace unos días apareció un grupo de estudiantes extranjeros, creo que son alemanes. No he conocido gente más ruidosa. Se reúnen algunas tardes junto a la chimenea y, en medio de un alboroto indescriptible, vacían, una tras otra, las botellas de aguardiente que les sirve Arlette, la camarera. Arlette es pelirroja y tiene un cuerpo esbelto. Se mueve con agilidad entre las mesas con su bandeja en alto y trata de complacer a todo el mundo. Suele estar de buen humor, pero si algún patán sin modales abusa de su paciencia, se pone hecha una furia y le contesta con descaro. Cuando está irritada, sus grandes ojos verdes relampaguean como los de un felino. Conmigo siempre se muestra amable, incluso yo creo que está demasiado pendiente de mí. Cuando llegué a la posada se las arregló para que pudiera ocupar una de las mejores habitaciones; un cuarto amplio, provisto de chimenea, con una cama grande y mullida. Por fin ha cesado la lluvia. Al caer la tarde, cruzaban el cielo grandes jirones de nubes que parecían los restos de un inmenso ejército en desbandada. Durante la noche, mientras deambulaba por las proximidades del Sena, el aire había recuperado su transparencia. Una gran luna brillaba contra el cielo limpio, cuajado de estrellas. Su luz helada, al derramarse sobre la ciudad, producía la ilusión de un mundo lleno de perfiles cristalinos, un lugar mágico, del que había desaparecido la fealdad de las paredes, oscurecidas por la humedad, y la inmundicia de las calles. Caminaba yo abstraído, cuando al doblar un callejón solitario, pude distinguir a un grupo de individuos, armados con grandes garrotes, que impedían el paso a un carruaje, sujetando las bridas de los caballos. Me aproximé con sigilo, ocultándome en las sombras, y alcancé a ver a varios hombres con elegantes libreas, sin duda sirvientes del vehículo, que yacían maltrechos en el suelo. Uno de ellos sangraba profusamente por una herida en la frente y suplicaba que no le matasen. El cabecilla de la banda se abalanzó al interior del carruaje, y después de hacer salir de su interior a una vieja dama de aspecto aristocrático, la conminó a que le entregara sus joyas. Aunque tenemos órdenes terminantes de evitar situaciones comprometidas, no pude permanecer impasible ante aquella escena. Sin pensármelo dos veces, me acerqué con paso decidido hasta situarme junto a los malhechores, quienes, tras un momento de sorpresa, se lanzaron sobre mí. No me fue difícil reducirlos, mejor dicho apenas tuve que hacer nada. Ni siquiera sentía el impacto de los garrotazos que llovían sobre mí. Los dejé durante unos minutos que se esforzaran en vano y, cuando los pobres diablos se hallaban jadeantes y confundidos, bastó algún que otro empujón para hacerlos rodar por el suelo embarrado. Un momento después, toda la cuadrilla salió corriendo presa del terror, como si se hubieran topado con el mismísimo diablo, y desaparecieron en la oscuridad. La pasajera resultó llamarse Madame Geoffrin. Una mujer de edad avanzada y, por lo que pude comprobar bastante miope, que se mostró tan agradecida por mi oportuna intervención como admirada de la facilidad con que puse en fuga a sus asaltantes. Al oírme hablar, Madame Geoffrin me tomó por inglés y yo decidí seguirla la corriente, presentándome como un joven profesor de Cambridge, de paso por la ciudad. Mi nueva amiga, es un personaje singular. Se trata de una vieja aristócrata apasionada por la cultura. En los salones de su palacio se organizan tertulias literarias a las que acude lo más granado del mundillo intelectual. Ha insistido tanto, que la he prometido asistir a una de estas reuniones en cuanto mis obligaciones me lo permitan.
Madame Geoffrin suele invitar a jóvenes autores deseosos de darse a conocer en la alta sociedad. Tras una breve presentación, el poeta de turno prepara sus cuartillas, aclara la garganta y, en medio de un silencio expectante, comienza a declamar sus versos. Apenas entiendo el sentido de esos largos poemas en los que se repiten frases ampulosas sobre el amor, la búsqueda de la libertad y el fatal destino. Me resulta casi imposible prestar atención a esos pedantes. Cuando ya no aguanto más tanta simpleza, me dedico a observar a la audiencia con disimulo, sobre todo a las damas; algunas son de una elegancia insuperable: trajes suntuosos bordados con hilo de plata, collares de perlas, grandes pelucas blancas adornadas con lazos de seda… nunca había visto nada parecido. He notado que ellas también me observan a mí. A veces, cuando nuestras miradas se cruzan, arquean levemente las cejas y me sonríen con la mayor naturalidad, mientras juegan a abrir y cerrar sus abanicos. Me parece asombroso que se muestren tan amables con un desconocido. Seguro que los superiores no aprobarían mi asistencia a las reuniones que celebra Madame Geoffrin en sus salones; para ellos, cualquier cosa sin relación directa con nuestros objetivos es una frivolidad, una pérdida de tiempo sin justificación posible. Claro que, no tienen por qué enterarse de todo lo que hago. Además, no es el mejor momento para complicarse la vida; bastante agitación hay ya en las altas esferas. En los últimos comunicados difundidos por el Consejo Supremo, se asegura que el continente se encamina hacia una nueva guerra. Por lo visto es ya un hecho innegable que la firma de la Triple Alianza por Francia, Inglaterra y Holanda fue sólo una componenda de la que no se puede esperar una paz duradera. Para mí, las alianzas y tratados que estas gentes hacen y deshacen con tanta facilidad, son un embrollo imposible de entender, pero allá los honorables miembros del Consejo con sus conclusiones. Según ellos, esas naciones sólo buscan el modo de aumentar su área de influencia para imponerse a las demás y erigirse en árbitros de un equilibrio imposible. En fin, pintan un panorama bastante sombrío. No es raro que algunos compañeros aseguren que estamos preparando una operación a escala mundial. Pero sólo son rumores. Ayer, al finalizar la velada literaria, se me acercó un hombre joven con aire de intelectual. Tras una leve inclinación de cabeza, se presentó: No me esperaba una pregunta tan directa y, durante un momento, sentí que se me quedaba la mente en blanco. En seguida me recuperé e hice un rápido análisis de la cuestión: newtoniano… seguidor de las teorías de Isaac Newton. Sí, recordaba haber leído algo al respecto en los archivos del Consejo . Lucien se refería a un gran matemático que en el siglo anterior revolucionó el estudio de los fenómenos naturales. - Desde luego –respondí-. Sir Isaac Newton fue un sabio eminente por el que siento la mayor admiración. Y se alejó de mí tras hacer una nueva inclinación de cabeza. Llevo varios días sintiendo hormigueos por todo el cuerpo. Muchos compañeros describen sensaciones parecidas. Es lo mismo de otras veces. Según dicen los sabihondos del Consejo, las radiaciones que atraviesan esta atmósfera pueden producirnos ciertos efectos que deben controlarse. Sobre todo, hay que evitar que nuestra apariencia humana sufra algún cambio imprevisto. Ayer no me encontraba de humor para ir a ninguna parte y pasé la mayor parte del día encerrado en mi cuarto, esforzándome en descifrar los últimos informes. A última hora de la tarde sonaron unos golpecitos tenues en la puerta y, apenas había tenido tiempo de decir nada, cuando entró Arlette con una gran bandeja , en la que había dispuesto algunas viandas y una jarra de agua. -Señor -dijo con su voz cantarina- pasáis mucho tiempo encerrado aquí y apenas coméis. Deberías ocuparos más de vuestra salud. La miré con expresión agradecida y ella me dedicó una dulce sonrisa. Después de dejar la bandeja sobre la mesa, se quedó mirándome con sus grandes ojos, como si esperara que yo hiciese algo. Al ver que yo seguía a lo mío, empezó a dar vueltas por la habitación, poniéndolo todo en orden. Alisó la colcha y cambió algunos objetos de lugar. Se movía sin cesar de un lado para otro y estaba empezando a ponerme nervioso. Hice un esfuerzo por ignorarla y volví sobre mis informes con intenci&oac |