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RESEÑAS Y ARTÍCULOS [número treinta y siete edición otoño 2007] n o v i e m b r e |
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Peter Young
Vaya por delante que no se entiende como una editorial a la que hasta este momento teníamos por ejemplar ha publicado un libro tan penosamente editado, plagado de faltas de ortografía y de errores de composición, a partir de una traducción a la que no le hubiera sobrado el repaso de un corrector. Que un editor tenga en sus manos un libro de memorias de uno de los fundadores de los comandos ingleses, uno de sus miembros legendarios, como lo fueron Lord Lovat, Jack Churchill o Gerald Montanaro, no le da derecho a tratarlo de la manera en que ha sido tratado el volumen que ahora nos ocupa. Viniendo de la editorial que viene, además de escandalizarnos nos extraña. Tampoco debemos alegrarnos por la capacidad del general Young como narrador. No lo salvaremos por su estilo, ni por su ritmo, ni por su organización del material; ni siquiera, y esto es imperdonable en un libro histórico, por la claridad o el rigor en la exposición, de los que carece por completo. ¿Por qué, entonces, leerlo? “Habíamos aprendido una lección (en Dunkerque): aunque eran muy buenos, estábamos sobevalorando a los alemanes. Si les cogías por sorpresa, salían corriendo; si abrías fuego sobre ellos, se ponían a cubierto; si les disparabas, sangraban. En una palabra, eran humanos.”Este libro nos cuenta una batalla de abuelo; de un abuelo que sabía que los suyos eran humanos, y que eso era todo con lo que contaban para enfrentarse a la peor pesadilla que la historia pudo concebir. Tipos estrafalarios que bebían té, comían canapés de pepino y disfrutaban con las operetas de Rodgers y Hammerstein, resistieron durante cuatro años porque eran humanos: Más tarde se juntaron con unos paletos que mascaban chicle y saltaron al agua para acabar con el monstruo en su guarida. Ellos y los expulsados de sus países, de sus ideas, de su tiempo. Por eso creo que debemos leer este ibro, y otros, como los de Michael Calvert, o Arthur Swinson, o Stephen Ambrose. Porque ante los tipos que aparecen en la foto de portada, no puedo sino pensar que todo lo demás son pamemas.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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La vida en estado puro
Las novelas de IRIS MURDOCH me gustan, tienen en común una cálida calidad que proporciona al lector la sensación de querer quedarse a vivir en ellas. Muchas de ellas, tienen un fondo marino como paisaje y el salitre, el sol, la dejadez y el sonido de la mar acompañan a las palabras. Los amantes de la mar nos sentimos en las novelas de Iris Murdoch como pez en el agua, nunca mejor dicho. Son novelas que sentimos que la escritora escribió para nosotros y pensamos que Iris Murdoch y nosotros nos parecíamos, tenemos la mar en común. Esa mar de fondo a la que respetamos y admiramos, que nos acompaña, calma, y transporta. ‘EL PRÍNCIPE NEGRO’ también posee la cantidad de salitre suficiente para sentirnos cómodos y a nuestro aire. Si alguien me preguntase con cúal de las novelas me quedo, de todas las que esta prolífica escritora escribió; yo le diría que con ‘ El punto de inflexión en la novela se produce cuando aparece en escena el príncipe vestido de negro, desde ese punto el personaje principal Bradley Pearson un escritor sexagenario cambia rotundamente de comportamiento y ahí es donde se ve a la autentica Iris Murdoch dominando la situación con el talento de los grandes, haciendo de la vida, de sus elementos más simples, de las situaciones y actitudes comunes en todos, el tema principal con la excelente, autentica y contenida maestría para que una novela resulte grande. La Editorial Lumen está reeditando las novelas de Iris Murdoch en una Biblioteca especial dedicada a la autora irlandesa que nació el 15 de julio de 1919 y falleció el 8 de febrero de 1999. ‘El Príncipe negro’, ‘El mar, el mar’, ‘El sueño de Bruno’, ‘Amigos y Amantes’, ‘La negra noche’, se pueden encontrar en este sello. |
© MARIA AIXA SANZ, (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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Un diálogo entre el amor y el desamor
Me acerqué a este libro esperando la llegada del estío. Recuerdo la reconfortante sensación de la lectura en una templada noche en La Coruña, una noche tan decidida como imprescidible mientras leía los primeros versos de uno de los poemas más decididos Arte de olvido: “Y llaman olvido/a esta quietud que se llena de tus otros nombres/que son los mismos nombres/conmás surcos, con más garras, que se colma de signos, de voces...” “De amor tan solo” es un espléndido diálogo y tras el que esperamos la aparición de un nuevo trabajo.
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© Antonio Polo González. ariadna-rc.com |
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María Antonia Ortega
Nuestro peor pecado es, quizás, haber perdido el aliento. Nos guste o no nos guste, tenemos que ir aceptando que nuestros poemas desfallecen, que el recorrido por los libros, las revistas y las páginas web nos deja un gusto a cansancio y salitre en el paladar, a adolescencia adulterada y a militancia macilenta. No es retórica, o creo que no lo es; conseguir algún libro del que piense que vale la pena investigar, leer, apropiarse de él al fin y al cabo, me cuesta hojear decenas de volúmenes que cada vez resisten menos segundos, como si se hubiera convocado una competición en pos del record del mundo de inanidad. Por supuesto, sé que mi criterio es subjetivo. No pretendo otra cosa. María Antonia Ortega comparte, quizás, la misma intuición; tras muchos envites, para mí afortunados, se ha detenido a considerar aquello de lo que ha escrito durante este tiempo. Ha supuesto un viaje del que rescatar párrafos de conocimiento, de nostalgia, párrafos en los que están los tópicos y las rarezas de nuestra sensibilidad. No era necesario el artificio, aunque lo respeto, desde luego. El salto indolente de una a otra página conviene más que el orden. Breves poemas, pequeños como el ojo de una cerradura tras la que están las hilachas que se nos han caído durante años sin darnos cuenta; las hilachas que conforman nuestra ternura, nuestro desasosiego, nuestra pequeña desnudez. Este libro no tendrá suerte. Y no la tendrá porque merece tenerla, y ya saben ustedes como funcionan estas cosas.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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Ignacio del Valle La geografía literaria es un hecho quizá poco casual. Si en los sesenta hubo una explosión de autores andaluces (los popularmente llamados narraluces) y en los 80, con la normalización lingüística, la hubo de escritores gallegos, vascos y catalanes, desde inicios de esta década estamos asistiendo a una proliferación de autores asturianos, la mayoría de los cuales escriben en castellano o han sido ampliamente traducidos de su lengua natal al español. Un caso singular sería el de Xuan Bello que, escribiendo directamente en una lengua aún incomprensiblemente maldita a nivel institucional, llegó a todo el país a través de su brillante “Historia universal de Paniceiros”. De un tiempo a esta parte han ido despuntando en el panorama escritores asturianos tan válidos como Pepe Monteserín, Rafael Reig, Eugenia Rico, Ricardo Menéndez Salmón, amén de un buen número de poetas jóvenes. A todos estos debe incluirse también al novelista Ignacio del Valle (Oviedo, 1971), que con cinco novelas a sus espaldas y varios premios se ha ido abriendo camino en el difícil ascenso literario. Su última obra, “El tiempo de los emperadores extraños” es una novela de corte más convencional que las anteriores, cocinada con los ingredientes necesarios para atrapar a muchos lectores, pero escrita con oficio y evidente solvencia, elementos que algunos autores han olvidado en aras de las millonarias cifras de ventas. Para ello, del Valle nos sitúa en un escenario cien por cien novelesco: el frente de Leningrado, en pleno crudo invierno del 43, cuando la División Azul andaba tirando tiros contra el ejército ruso en pago al apoyo de Hitler a Franco durante la guerra civil. En medio de la tormenta climatológica y humana se cometen varios crímenes con extraños indicios rituales y un gris soldado español debe investigarlos. Del Valle posee gran habilidad para perfilar aspectos psicológicos y describir escenas donde historia y ficción van de la mano. El absurdo de la contienda, la deshumanización de los personajes (que no excluye ni al mismo protagonista), y la sinrazón de los crímenes cometidos por una mente depravada envuelve toda la novela con un velo de misterio, al tiempo que preludia el inminente desastre. Un libro, en definitiva, bien escrito y bien contado, que es ya mucho decir en un panorama cada vez más cargado de novelas mediocres que, sin embargo, se nos venden poco menos que como obras maestras.
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© Diego Prado. (Mahón, Menorca, 1970) es escritor, poeta, actor teatral y otras cosas poco recomendables. Crítico literario y columnista en distintos medios ( Lateral, El Mundo de Baleares, Diario Menorca, La bolsa de pipas, Última Hora, etc.), ha visto recompensada esta labor con los premios Mateo Seguí Puntas de artículos (1994) y Casa de Andalucía de narrativa (1998). Ha publicado la novela corta En algún lugar te espero (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) así como los libros de relatos Las espigas de la imprudencia (2003) y Domingos buscando el mar (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Así mismo, ha merecido diversos galardones en certámenes de cuento y sus relatos figuran en varias antologías. Actualmente reside en Hospitalet de Llobregat. |
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Neruda y la privamera infinita Estamos en primavera, una estación que comienza a regalarnos sus mañanas más tibias, en tanto el verde extiende su fresco territorio hasta envolverlo todo. Hasta que todo renazca, hasta que todo germine. Pablo Neruda nació un 12 de Julio en Parral, allá por 1904, y pasó la mayor parte de su infancia en Temuco, rodeado del verde eterno, primaveralmente inextinguible de los bosques de su Chile natal. Allí, en medio de hojas repletas de sustancia, de piedras desbordantes de misterio y colores inéditos; entre coleópteros y obreros del ferrocarril que día a día le obsequiaban los más preciados tesoros de la selva, se encendió su poesía, se cargó la savia que nutrió sus versos, se potenció su fuerza creadora, sus ansias de descubrir y descubrir, hasta la última gota, hasta el último sorbo de fresca poesía. Así crecía Pablo, que por aquél entonces era sólo Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, hijo de don José del Carmen Reyes y doña Rosa Neftalí Basoalto de Reyes, quien fallece un mes después de dar a luz a su hijo. Don José del Carmen Reyes era un ser noble, de buen corazón, ferroviario por oficio y por naturaleza, pero carente por completo de sensibilidad poética, y sumando a ello un profundo temor por que su hijo le resultara un "jote", uno de esos extraños personajes ataviados con capas y trajes oscuros, a la usanza de los poetas de la época, conjurados con la noche y bebedores a destajo. A ello se debió, que en sus comienzos, estuviera obligado a emplear varios seudónimos, evitando fuera descubierta su autoría en los poemas publicados por las revistas estudiantiles de la década. Primero empleó el nombre heredado de su madre, es decir "Neftalí", más tarde el de "Sacha" para las críticas literarias, y tiempo después adoptó definitivamente el de Pablo Neruda, tomando como propio el apellido del célebre poeta checo Jan Neruda, y sin suponer que se tratara de un bardo de tanta trascendencia en esa nación. Muchos años después, en una visita a Checoslovaquia, depositó una ofrenda floral en la estatua del poeta checo. "...(Amo el amor de los marineros Dejan una promesa. En cada puerto una mujer espera; Una noche se acuestan con la muerte Amo el amor que se reparte Amor que puede ser eterno Amor que quiere libertarse Amor divinizado que se acerca. ("Farewell", Crepusculario-LOSADA) Bien, sin ser prolijo en la cronología debo contar que Pablo terminó sus estudios en el Liceo de Hombres de Temuco, en 1920, habiendo aprobado su 6to. año de Humanidades. Para ese entonces ya es merecedor de varios premios en concursos literarios, entre ellos el de la Fiesta de la Primavera en Temuco, haciéndose depositario del Primer Premio del concurso de la Federación de Estudiantes de Chile con su poema "La Canción de la Fiesta". En 1923, en Agosto de ese año, aparece la primera edición de "Crepusculario", perteneciente a la Editorial Juventud y con una portada de Juan Gandulfo, a lo que se debe que en las nuevas ediciones de Losada, la dedicatoria reza: "A Juan Gandulfo, este libro de otro tiempo." Un año después, en Junio de 1924, aparecerá su primera edición de "Veinte poemas de amor y una Canción desesperada", un libro con un alto grado de carga melancólica. El mismo Neruda dijo en una conferencia en 1945: "Es un libro que amo porque a pesar de su aguda melancolía está en él el goce de la existencia". (Universidad de Chile, 1945 "Neruda", Volodia Teiteilboim, Ed. Losada) En 1927 es nombrado Cónsul ad honorem en Rangún (Birmania) y de esa experiencia asiática surge otro libro particular, un documento de gran valor vivencial, testimonio de toda una época en la vida de su autor y el medio en que habita, un claro signo de su "Residencia en la tierra". "Oh, Maligna, ya habrás hallado la carta, Maligna, la verdad, que noche tan grande, Cuánta sombra de la que hay en mi alma Luego de haber sido cónsul en países de culturas exóticas, en territorios inhóspitos, se traslada a España. Allí conoce a Federico García Lorca y a Rafael Alberti, con quienes traba una gran amistad, y tiempo más tarde aparece la publicación "Caballo Verde para la Poesía", dada a luz por un grupo de los más selectos poetas unidos en jornadas de labor en la legendaria "Taberna del Caballo Verde" y al amparo de la guitarra de García Lorca. Por decisión unánime le es confiada a Neruda la dirección de esta revista. En 1936 se desata la Guerra Civil Española, en que la lumbre y el oscurantismo libran su más encarnizada batalla por la libertad de la península, y el 18 de Julio es asesinado Federico García Lorca. El corazón de la España libertaria había sido vulnerado. Algo se quiebra dentro de Neruda, y comienza a escribir un libro dedicado a España y a esa época de sangre y destrucción de la cual fue activo testimonio. Debido a esta obra es destituído de su cargo consular. Un hecho curioso se produjo con la edición de esta obra, y merece ser mencionado. Manuel Altolaguirre, amigo de Neruda e infatigable improvisador de imprentas, logra instalar una, sumamente precaria en un viejo monasterio al Este, cerca de Gerona. En esta humilde industria gráfica los soldados aprendieron lo esencial del oficio, y a falta de papel, decidieron instalarse en un molino cercano para fabricarlo. Este papel, dedicado a la impresión de "España en el corazón", fue concebido con una extraña mezcla de todo lo que podía ser rescatado del fuego, es decir, banderas del enemigo, trapos, uniformes ensangrentados y todo cuanto aportara consistencia a la insólita fusión con la que estos improvisados imprenteros darían luz al libro del poeta americano dedicado a España y sus luchas. Apenas terminada la primera edición, sobrevino la derrota de la República, y cuentan que en el éxodo, los hombres empujados al destierro, prefirieron cargar con los ejemplares de su libro, antes que sus provisiones de alimentos y abrigo. Este libro constituyó el orgullo de aquellos hombres y penosamente les fue arrebatado de las manos por la muerte, que se abalanzaba desde el aire con su carga de fuego y destrucción. El bombardeo esparció junto a la sangre joven los ejemplares de "España en el corazón", libro que fue considerado por quienes llegaron a conocerlo como una obra magnífica, un libro extraño en medio de una guerra fratricida. En la Biblioteca del Congreso, en Washington, hay un ejemplar de esta edición, dignamente preservado, y se lo expone como uno de los libros más extravagantes de nuestros tiempos. Para darle forma a este relato, desprolijo y salpicado, tiene por finalidad la pretensión de recordar al más grande poeta de América, algunas imágenes de sus últimos días, junto a su mujer, la más amada, la inspiradora de "Los Versos del Capitán", libro que Neruda publicara bajo el seudónimo Rosario de la Cerda, en medio de su secreto romance. Matilde Urrutia, destinataria de "La carta en el camino". Pablo se instala en la casa de Isla Negra, que ellos mismos diseñaron, una casa brotada del tiempo, del polvo y del mar. En 1971 había obtenido el Premio Nobel, lo que les permitió costear el final de la construcción, ya que los primeros pasos habían sido llevado a cabo con dinero que le adelantara su editor. Son días de felicidad, en una casa sencillamente hermosa, cargada de poesía y fragancia marina. Repleta de los objetos a los que tanto amaba, de sus "juguetes", en un hogar mecido por las olas subterráneas y el bramar del océano en la playa. En una "fortaleza" de puertas sin candado, una nave terrestre de corazón abierto. Las horas pasan también para el poeta, que siente dentro suyo la necesidad del esfuerzo superior por culminar su legado. Son horas de profunda creación, y sensaciones intensas. Con la ayuda del poeta Homero Arce, su secretario, su amigo, logra darle forma a sus dos tomos de Memorias, cuyo volumen último queda inconcluso en algunas de sus partes. Posteriormente fueron excelentemente editados por Losada y Bruguera. Neruda ya padecía un cáncer avanzado. El 11 de septiembre de 1973 se desata el golpe militar en Chile, y doce días más tarde, en medio de la convulsión y el dolor de su pueblo, se marchó. El 23 de septiembre de 1973, a las 22.30 horas, fallece en una clínica de Santiago el embajador poético de Chile, el padre de la más esencial poesía hispanoamericana. Quienes hayan leído sus obras coincidirán conmigo en que se trata de un poeta sencillo y profundo, infantil y terrible, pleno de luz y sombra. Un obrero de la poesía. Un navegante de la fertilidad. Sus versos seguirán brotando en un territorio celeste, en donde la libertad de crear y de pensar no sea abofeteada, y la muerte no esterilice la belleza. En donde el hombre conviva con el hombre, y con el lobo. Es ya la primavera, Pablo Neruda renace y canta.
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© Sergio Manganelli nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina,el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente en San Antonio de Padua, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en una importante cantidad de diarios argentinos, de México, Colombia y España. Asimismo en revistas culturales y literarias de Argentina, Brasil, España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Colombia, Venezuela, Chile, Italia, Cuba, Nicaragua, etc... Obtuvo entre 1991 y 1999 una treintena de premios y menciones en su país. Se encuentra trabajando en la edición de “Sangre de Toro” -poemas y banderillas-, que se editará inicialmente en Buenos Aires y posteriormente en España. |
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Viola Fischerová
Esposa del escritor checo Karen Michal, que se suicidó en 1984, emigrada a Suiza tras prohibir la censura de su país la edición de su libro La Caída en 1957, compañera de escritura y activismo de Vaclav Havel, Viola Fischerová volvió a escribir poesía en 1993, tras treinta años apartada de ella. Tanto hemos hablado de la poética del silencio, y nos hemos quedado tan anchos tras bautizarla, que, me temo, no sabemos muy bien, o al menos yo no lo sé, como tomar lo que el silencio, el verdadero silencio, ha escrito. No es edición bilingüe, por lo que no conozco el aspecto original de los poemas, y a veces su sólo aspecto, aún en una lengua indescifrable, como lo es para mí el checo, ayuda a intuirlos. De lo que he recibido al leerlos queda el dolor, y mi incapacidad para alcanzar el miedo que aún, tantos años después, persiste. Los leo y siento que contemplo la última imagen de una pesadilla, la que queda al despertar, y que es tan sólo una pequeña muestra de la angustia que ha supuesto toda la noche. Y, sin saber por qué, tengo la impresión que algo tengo que ver en la gestación y pervivencia de esa pesadilla. No podemos bromear con el silencio.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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Rafael Reig En este país se suele confundir con frecuencia humor con banalidad, ironía con chascarrillo graciosete, sarcasmo y sátira con chiste fácil. El humor inteligente está desprestigiado, sobre todo desde la proliferación (a la que no es inmune el mundo del libro) de productos televisivos de risa harto tonta. Sólo la cutrez que nos invade por todos los flancos podría explicar el éxito popular de algunos supuestos humoristas que destrozan el idioma o se las dan de genios del monólogo. Rafael Reig es un muy serio escritor irónico (me niego a utilizar la palabra humor por lo anteriormente comentado). La ironía ha salpicado desde siempre lo mejor de nuestra literatura, de Cervantes y Quevedo hasta llegar a Eduardo Mendoza o Lázaro Covadlo. Poco a poco, y sin estridencias publicitarias, Reig (Cangas de Onís, 1963) se ha ido haciendo un hueco en el panorama literario español con novelas tan celebradas como “Sangre a borbotones” o “Guapa de cara”, obras de corte policíaco aderezadas de humor negro y un cierto fondo melancólico. Su vena satírica, al tiempo que crítica, está presente en todo cuanto escribe, sello personal que se extiende incluso a sus muy divertidos artículos en el suplemento literario “El Cultural”. En “Manual de literatura para caníbales” ajusta cuentas nada menos que con toda la literatura española desde el XIX a nuestros días. Para ello se sirve de una saga de perdedores con aficiones plumíferas, los Belinchón, que generación tras generación ven pasar con sorpresa las respectivas corrientes literarias mientras ellos se quedan anclados en el pasado. Reig hace desfilar en su libro a personajes reales que van desde Larra a escritores actuales, mezclando historia e invención con frecuentes guiños a famosos pasajes literarios. De este modo la historia de la saga Belinchón se transforma en la historia de la literatura española de los dos últimos siglos. Con esta original mezcla de novela y ensayo disparatado, Reig logra la amenidad y la distancia necesaria, hasta desembocar en un desmadrado final, fijado ya en el futuro, donde no falta su vena más cínica y juguetona. “Manual de literatura para caníbales” es un festín literario en todos los sentidos y, al tiempo, un muy personal homenaje a la literatura.
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© Diego Prado. (Mahón, Menorca, 1970) es escritor, poeta, actor teatral y otras cosas poco recomendables. Crítico literario y columnista en distintos medios ( Lateral, El Mundo de Baleares, Diario Menorca, La bolsa de pipas, Última Hora, etc.), ha visto recompensada esta labor con los premios Mateo Seguí Puntas de artículos (1994) y Casa de Andalucía de narrativa (1998). Ha publicado la novela corta En algún lugar te espero (accésit del Premio Gabriel Sijé, 2000) así como los libros de relatos Las espigas de la imprudencia (2003) y Domingos buscando el mar (Premio Café Món de Narrativa, 2007). Así mismo, ha merecido diversos galardones en certámenes de cuento y sus relatos figuran en varias antologías. Actualmente reside en Hospitalet de Llobregat. |
Thor Vilhjálmsson: Un hombre y un nombre para recordar. La gran desconocida en el mundo literario dentro de la propia Europa es la literatura escandinava o nórdica. Pocas novelas se traducen de esa región. Los autores más conocidos o famosos son de otra época, como: el danés, Hans Christian Andersen del que todos hemos leído casi todos los cuentos: … "El soldadito de plomo", "La Reina de las nieves", "La pequeña cerillera"…, el noruego Henrik Ibsen con su "Casa de muñecas"…, la también danesa, Isak Dinesen con sus "Memorias de Africa", "Cuentos de Invierno", "El festín de Babette"… En la actualidad podemos encontrar en las librerías españolas novelas escandinavas o nórdicas escritas en este siglo XXI y que actualmente son éxito de ventas en sus países de origen, con el aval de las ventas y no de la calidad; la industria editorial española traduce algunos títulos, que a menudo resultan escasos al encontrar solamente un título traducido de cada autor, si paseamos por cualquier librería, sin problema, podremos encontrar alguna novela del finlandés Arto Paasilinna, la noruega Asne Seierstad, el danés Ib Michael, la sueca Camilla Läckberg, el noruego Per Petterson, el sueco Carl-Johan Vallgren… Todos ellos son contemporáneos nuestros y el lector español compra las novelas escandinavas o nórdicas con la expectativa de descubrir ‘algo' sin saber muy bien el qué. Quizás le atraiga el contraste del clima, de los nombres impronunciables, aunque sinceramente creo que lo que más nos atrae es la posibilidad de tener entre las manos algo que nos resulta completamente desconocido y nos proporciona el placer de aventurarnos en su interior. Es decir, nos ofrece: una literatura completamente nueva. Y ésta nos es realmente nueva y desconocida puesto que no tenemos memoria de ella, no hemos sabido nunca cuáles han sido los senderos o rumbos diferentes que la literatura escandinava o nórdica recorrió después de Hans Christian Andersen. Tristemente nos quedamos con ‘El soldadito de plomo' y poco más. A la literatura escandinava o nórdica alguien le robó la historia y nosotros ahora nos damos cuenta de que nadie nos la ha contado, cosa que nos convierte en unos neófitos. Desde Andersen hasta llegar a los nombres de hoy que podemos encontrar en las librerías, ahora que vivimos en la era de la globalización, pregunto: ¿Qué ha sido de todas las generaciones de escritores y escritoras de esos pagos de los que nada sabemos? La editorial madrileña: Nórdica Libros se propuso en el año 2006, como si de una misión de rescate se tratara, recuperar a autores nórdicos, a esos autores pertenecientes a esas generaciones que quedaron en el olvido. Ha recuperado para el beneficio de muchos lectores y para la suerte de la lengua castellana, a los suecos Torgny Lindgren, Lars Gustafsson, August Strindberg…
Sí. Realmente Thor Vilhjálmsson es un artista pues su novela refleja un soberano trabajo de escultor de palabras, que con la persistencia y la constancia de buscar la palabra adecuada, el adjetivo apropiado, de confeccionar la frase correcta para no decir más de lo que se quiere decir, construye con lentitud y firmeza una narración que conquista el corazón del lector con la persistencia de los pescadores islandeses, con la fe de quien cree por encima de todo en su oficio, con el propósito logrado de querer contar una difícil historia: la de un amor entre hermanos en el siglo diecinueve, entrelazada con los sentimientos, las sensaciones, el deseo y la vida de Ásmundur, el joven juez hijo de juez, que debe evaluar la causa. Todo ello mezclado con historias ancestrales de Islandia. Una historia delicada que con sus manos de artista, Thor Vilhjálmsson, la doblega y la convierte en suya sin dejar que los protagonistas tomen un camino diferente al que el escritor pretende. Sutilezas de artista, hilos que mueve con exquisitez para hilvanar y mezclar el amor con los tabúes, los paisajes islandeses con el mundo, el oficio con el placer, la sugerencia con la elegancia, la belleza con lo conciso, y la literatura con el descubrimiento. ‘Arde el musgo gris'; son palabras robadas al tiempo. Dádiva para el buen lector. Thor Vilhjálmsson; un hombre y un nombre para recordar. |
© MARIA AIXA SANZ, (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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Carlos Victoria (1950-2007)
El segundo guarismo que aparece entre paréntesis es falso, pues ya sabemos que un hombre, todo hombre, muere después –poco o mucho después, depende– de que ha sido declarado “técnicamente” muerto. Cada ser humano que abandona el territorio que llamamos de los “vivos”, aun el más anónimo, deja tras de sí una huella que perdura en un entorno específico. Algunos dejan una estela de más o menos luminosidad; otros, una secuela de amargura, desprecio, repulsión. En el caso de los escritores, no es ningún descubrimiento, en verdad mueren cuando desaparece su último lector sobreviviente, quién sabría cuándo. Así que, reitero, ese 2007 es apócrifo. De manera que, si te has ido a destiempo, como solemos decir, únicamente debemos lamentar que haya quedado interrumpida esa novela que estabas escribiendo, los libros que sin duda escribirías luego. Eso sí. Pero nos dejaste, si bien no todo lo que habrías podido, suficiente. Es el 1 de enero de 2007 y estamos en el apartamento 217 de la 107 avenida en el 8025 del SW, en Miami. Día de poco tránsito, ideal para cruzar prácticamente la ciudad hasta donde me hallo, me has hecho saber tres o cuatro días antes. En aproximadamente tres horas y media de charla, que no cesa ni siquiera cuando pasamos por el almuerzo, nos contamos casi todo lo que se nos había quedado trunco desde nuestra última conversación, desde el último mensaje electrónico, la última llamada por teléfono. Hace poco has tomado vacaciones en tu trabajo de “pan ganar” y has dedicado todo ese lapso a la novela que estás escribiendo; mas, sólo has logrado “una gota de agua en el océano”, es muy vasta esta obra. En el sofá, en la mesa, en la terraza, a todo lo largo de la conversación, ahí está conmigo, como antes, como siempre, la masa dura del estoico, la lanza dulce de quien, en el terreno de la creación, sufre sólo por ese afán de superarse a sí mismo, a lo ya escrito por sí mismo, no por superar al colega, al “otro” (ésta fue, es, una de tus virtudes insignias). Con la clarividencia que te caracteriza me regalas par de variantes para la posible resolución de una disyuntiva que se abre ante mí. “Por aquí, Félix Luis, por aquí. Ponte el casco de guerrero y dale por aquí, o por aquí”, cito textualmente. Y textualmente: “Bueno –dices mirando hacia el césped, o tal vez hacia la piscina que nos queda enfrente–, yo quisiera estar allá en Camagüey, escribiendo, pero no se puede”. Esa tarde, además, rememoramos todo el tiempo que supimos uno de la existencia del otro, que obrábamos para que el uno se encontrara con el otro, estrecharnos la mano, mirarnos a los ojos; hasta que esto fue posible en el año 2003. No voy a relatar lo que esa tarde en cuestión argumentaste para que, de tu parte, la empatía conmigo se estableciera como tiro de cañón y la amistad se sedimentara como ésas que han perdurado por veinte años o más. En definitiva, sólo los ilusos, y sobre todo los dogmáticos (que también son ilusos, claro), piensan que la confraternidad, o los grandes amores, necesitan de vasto tiempo para enraizarse. El ensamblaje de almas está en proporción directa con una acople, digamos, genético-espiritual. De lo contrario, la vida nos alcanzaría para contar sólo con dos o tres amigos, sólo con dos o tres amores del que fuera. “En diciembre nos vemos, me avisas tu llegada”, reafirmaste, cuando nos despedimos, esa tarde del 1 de diciembre de este año que va corriendo. Y lo reafirmaste, lo reafirmamos posteriormente en mensajes electrónicos, en alguna llamada telefónica. Ayer, 12 de octubre, llega la noticia de tu muerte –bueno, eso de tu muerte es un decir, pero aun así raja el hueso, escarba en el ojo, tuena en el hígado–, pero sigo pensando que, si en diciembre aún estoy del lado de acá y llego hasta aquel sitio, nos veremos. Estoy seguro de que nos veremos, no hay que ser un genio para concebir por qué lo afirmo. Yo sí puedo decir por qué fue la empatía de mí para ti. Esa paz del resignado a su suerte, o a la suerte que le impusieron; que eso indica valentía, no lo contrario. No diríamos que pusiste la otra mejilla, pero perdonaste a tus verdugos, o al menos los olvidaste (quizás el olvido duela más que el perdón y tal vez por eso no te perdonen), consta: no solías imprecarlos, no te valías de tus dolores pasados para solicitar prebendas en el presente. No te sumaste a tus colegas y compatriotas maldicientes del sistema imperante en la isla de Cuba que, unos hoy ya fallecidos, otros no, unos buenos escritores, otros no, sacaron buen provecho con esta postura para obtener fama extraliteraria en favor de la fama literaria y de la cuenta bancaria. Obviaste el camino de los disidentes cinco estrellas que fueron, que van, que han ido por el mundo echando en cada rincón en que le sea permitido un discurso furibundo en contra de aquel “sistema político” para, de este modo, tapar la tronera que fácilmente se advierte en sus pésimas novelas. Como algunos, como alguno, no te dedicaste a construir en vida una leyenda de víctima, de perseguido, de Jesucristo en tierra –y aun mentir en sus ficciones, porque no es una paradoja afirmar que en las obras de ficción también es posible mentir– para así lograr que tu obra fuera sobredimensionada post mórtem. Tu verdad estaba en tus libros. Consta: tú sólo escribías, si esperar a cambio nada material, ni la gloria, ni el reconocimiento de hoy o de mañana, ni por éstos luchaste cabildeando en las esferas del poder. Nunca te arredraste por esa especie de estigma –¿maldición?–, que nadie sabe qué, quiénes o quién inventó y que aplasta a “Los Escritores Cubanos de Miami”. Y en fin, consta: lo que tuviste, te llegó, no fuiste a buscarlo. “Ganado tengo el pan/ hágase el verso”, diría El Maestro. Eso hacías: trabajo “asalariado” a la par de la obra creadora, pagar la renta, comer lo necesario, ahorrar para sobrevivir, es decir, para seguir escribiendo. En silencio. Así ha sido. Vida de monje casi, con la diferencia de que los monjes no fuman dicen. El perdón, los perdones, deberían ser recíprocos. Pero no siempre resulta así. Y no ha sido así en el caso de tu muerte física. El único periódico diario nacional de Cuba no da fe de tu muerte. Menos el de tu natal Camagüey. Es decir, nunca exististe, no naciste en Cuba, no eras, eres, cubano, no escribiste una obra que enriquece la literatura de aquel país. Silencio. No ha pasado nada. No ha aparecido por allá una nota periodística que atestigüe, que llore un poquito por la partida del retraído, el solitario, el que enfrentó el fuego adversario con la sonrisa seráfica. Así es esto, amigo. Y ya lo hemos dicho en otra ocasión: dicen que el calle otorga; mas, también, el que en ciertas circunstancias calla, miente. Pero sólo alguien que fuera Dios podría hacer callar para siempre lo que desde la tierra grita. De la información difundida se infiere que la muerte te citó al combate y estableció ganarte por puntos, pero tú le fuiste encima y la venciste por nocaut. Bien hecho. Ahora podría cerrar diciendo “En paz descanses”, o “En paz Descanse”. Pero eso es una tontería: en ese otro lado nadie descansa. Es la nada física. La no existencia física. ¿Cómo podría alguien descansar cuando, “materialmente”, no es nada? Desde ayer, en el territorio de lo tangible, eres sólo cenizas, “polvo enamorado”. Mejor atenernos a que tú, tus libros, siguen en la pelea. Mejor confortarnos con que El salón del ciego –por sus altísimos recursos técnicos, por su tremenda carga humana, tu mejor libro en mi opinión, como dije, como escribí en su momento–, junto a los demás, seguirán sin descanso por mucho tiempo, guerreando por mucho tiempo. |
© Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. Su más reciente novela, Un ciervo herido -que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.*Unión de Escritores y Artistas de Cuba. (Colaboración. La Nueva Cuba) |
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UM DRIAGA
Um Draiga. Poesía saharaui contemporánea, editado por la Diputación Provincial de Zaragoza. Um Draiga es un libro dedicado a las víctimas del bombardeo de la ciudad sahraui del mismo nombre llevado a cabo por la aviación marroquí en febrero de 1976 contra la población civil saharaui que escapaba indefensa de la invasión ilegal de su tierra. Estos poemas son un grito de denuncia sobre el drama de su pueblo. Para solicitar dicho libro hay que entrar en contacto con: tienda@umdraiga.com . El precio del libro es de 10 euros y con el mismo se obtinene un bono de ayuda y solidaridad con el pueblo saharaui. Nota: el 30.10.07 el juez Baltasar Garzón se ha declarado competente para juzgar a los responsables marroquiés por la desaparición de más de quinientos saharauis.
Prólogo “Concibo la memoria como el oficio de devolver a las aldeas su soberanía”. “La Tumba de Keats”. Juan Carlos Mestre. Hay historias que merecen ser contadas, como hay poemas que abren sus agallas a los camaleones, también hay actos cuya trascendencia se hospedan en la extraordinaria estancia de los recuerdos. Todo tiene su origen en una descomunal mentira, en el engaño como la fuerza desabrida de los éxodos, en el exabrupto de la huida que deja en el viento un reguero de té. Treinta años han transcurrido desde entonces. Al cabo de treinta años ya no se odia. En eso consiste también la memoria.
Subieron todos, también Bahía M. H. Awah, que siempre pensó que “perdurará la paciencia del amigo” y Mohamed Ali Ali Salem que creció “soñando con un libro”. Subió Mohamed Salem Abdelfatah Ebnu, que soñaba ya cómo “un beduino se hizo a la mar”, y Saleh Abdalahi que nos adelantaba con su gesto que “los días también tienen ojos de águila”. Y por fin subió Ali Salem Iselmu, sabiendo ya que “la alegría es un remedio de cada instante”. Y así fueron transcurriendo las horas, hasta que a final de la tarde, nueve poetas firmaban un manifiesto con el que creaban un nuevo movimiento literario. Solo entonces, al anochecer, se doblegó el estío. Ahora todos ellos forman parte de este libro porque son poetas, poetas saharauis con memoria, poetas saharauis con memoria cuyas historias merecen ser oídas.
Quiero ahora dirigirme expresamente a los lectores de esta antología. Quiero decidles que si tuvieran la fortuna de encontrarse con algunos de los poetas que forman parte de ella, díganles que yo les he pedido que les lean un poema de este libro. Mírenles directamente a los ojos, luego esperen a que la pulpa fresca de su sonrisa deje paso franco a sus palabras. Escúchenlos atentamente, y verán como de entre cuyos versos y de entre cuyas manos surge, sin duda, la palabra “sueño”, esa que está escrita en el frontispicio amplio de una generación llamada, por derecho propio, Generación de la Amistad. Antonio Polo González. Madrid 2007
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© Antonio Polo González. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “ Quince líneas ” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “ La vida en Hermenauta ” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ” Cuadernos del matemático ”, “ Luces y Sombras ”, “ Arena y Cal ”, etc. Traducción del italiano “ Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. |
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Adela y yo El maestro Esteban Padrós de Palacios decía que existen dos tipos de escritores: los visibles y los invisibles. Él, pese a ser uno de los grandes autores de cuento de la segunda mitad del siglo XX, se consideraba de los segundos. En efecto, en literatura no es oro todo lo que reluce ni todo lo que publican los grandes sellos, cada vez más condicionados por un mercado que demanda literatura banal, de usar y tirar, y que a la larga está creando un tipo de lector poco exigente y mucho más manipulable. Lo mismo que en la música o en el cine, en ocasiones en la literatura sólo pequeñas editoriales independientes tienen agallas para apostar por la calidad sin reparar exclusivamente en los beneficios. Quizá por ello Francisco Marcos (Salamanca, 1940), afincado desde hace décadas en Barcelona, ha decidido publicar su nueva novela en una editorial de provincias como la también salmantina Amarú. Marcos lleva muchos años escribiendo, aunque ha publicado poco (este es, creo, su cuarto libro editado) y ha sido finalista en un puñado de prestigiosos premios de narrativa, como el Ciudad de Barbastro o el Planeta. “Adela y yo”, la nueva obra de Francisco Marcos, es la radiografía de una obsesión amorosa protagonizada por un joven llamado Julián y por el origen de su obsesión, la Adela del título. Cierto que el tema no es nuevo y nos remite a obras de obsesión enfermiza tan tremendas como “El Túnel” de Sabato, o más cercana a nuestros días como “La dama del viento sur” de Javier García Sánchez. Sin embargo, Marcos ha sabido dotar su historia de un estilo muy personal, limpio y ágil, donde no falta la acertada introspección que va originando la demencia progresiva de Julián ni los retazos de humor de sus disquisiciones. Cual Quijote, el protagonista es uno más de esos eternos solitarios que ha pasado años viviendo en un mundo de fantasías y cuyo contacto con la realidad (su relación con la persona idealizada) pone de manifiesto su incapacidad para aceptarla. Pero la realidad es esquiva, en ocasiones engañosa y aparente. En efecto, Julián es un ser introvertido, a través de cuyo flujo de conciencia se nos va narrando la historia, rematada con un final de cuento sorpresivo e inesperado. Con ello, Marcos nos desgrana lentamente el incubamiento de un mal que acaba trascendiendo el mero episodio individual para transformarse en una enfermedad social: la siempre compleja relación entre los seres humanos. A la luz de lo leído sólo resta afirmar que algo grave sucede en el mundo editorial cuando autores de la calidad de Marcos no obtienen la atención que merecen. |
© Diego Prado |
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Agresión La combinación de palabras tomada como expresión unitaria de una realidad suele generarme interrogantes. ¿El terrorista suicida es más un terrorista que busca la eficacia asesina con su ofrecimiento físico, o más un suicida que ya de paso me llevo por delante a unos cuantos “joputas”? A las víctimas igual les da. Las víctimas son eso, mudos números: diez, cien, mil, un millón. Cuanto mayor el número, mayor el impacto y menos recordaremos sus nombres. El asesinato selectivo nos salva a los demás. El ciego, nos hace replantearnos el sistema. Dicen que la violencia no logra sus objetivos. Mienten. La violencia es muy eficaz. Todos la entendemos y reaccionamos, afianzando los principios o cuestionándolos. La violencia es parte de la naturaleza, de nuestra esencia evolutiva de supervivientes. Al violentado le suele asaltar un sentimiento de culpa que el violento aprovecha para afianzarse en su postura. No hay héroes, hay miedos que huyen hacia adelante. Sí hay cobardes, aquellos que intentan negar la maldad del prójimo porque así niegan la propia. Y sí hay miserables, aquellos que consideran al asesino víctima de su víctima. Amplio es el percal, y nos movemos titubeantes por las líneas que algunos intentan hacer borrosas para camuflarse. Todos estamos expuestos a las diferentes tendencias, destructivas y constructivas. A nadie se le juzga por sus pensamientos repulsivos, que sin duda hemos tenido que dejar pasar de largo en más de una ocasión. Pero sí debemos ser implacables con quien toma libre elección por ellos, renunciando interesadamente al probo comportamiento que le hace vulnerable en una sociedad hostil. Todavía hay dioses irascibles en cuyo nombre se reivindica la agresión. Todavía hay imaginarios colectivos en cuyo nombre se sacrifica a los individuos. Todavía hay ideas en cuyo nombre se revienta el cerebro del otro. Esto parece deberse a que necesitamos entregarnos a causas que superen nuestra finitud. Buscamos el sentido en aquello que pueda sublimar esta limitada carrera que es nuestra vida. Ese terror silencioso que nos asalta ante una muerte infalible en una existencia que no hemos elegido. Pero el Amor y la Compasión también buscan reclutas capaces de inmolarse.
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© Luis Amézaga. Vitoria |
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Las historias más bonitas del mundo
EL DORADO, la tercera novela del francés Laurent Gaudé, publicada de nuevo en castellano por la editorial Salamandra, resulta ser una novela circular donde a pesar de la crueldad de la historia todo encaja, con ella nos llega a los occidentales la hora de conocer cuál es la verdad del día a día de la inmigración. Ésta es una novela que apuesta por contar la otra cara de la moneda. ¿Qué hay detrás de cada inmigrante que llega a nuestras costas con una patera, un cayuco o rescatado por algún barco? Por tanto es una historia desgarradora pero a la vez espléndida pues la prosa de Laurent Gaudé siempre es precisa y certera. Gaudé acierta con cada palabra como si de dardos se tratara en la diana y transmite al lector ya no la sensación que pretende sino consigue que vivamos a la par que los protagonistas de la historia la misma gesta que ellos. Laurent Gaudé logra a la perfección que los lectores estén por unas horas en el lugar del protagonista. Así que en ELDORADO, alcanza que sintamos los mismos sentimientos, sufrimientos y anhelos que hay en cada cara de cada inmigrante que vemos día tras día, en la voz de Soleimán, a la vez que nos hace sentir que es lo que les pasa por la mente a cada una de las personas (Guardias Civiles, Cruz Roja, Policía, Marinos) que atienden y rescatan del mar, muertos o vivos, a cada uno de los inmigrantes, esto lo hace desde la voz del Comándate de una Fragata de Salvamento: Salvatore Piracci. Las dos miradas que forman parte de la historia son estremecedoras, actuales y Gaudé hace que se fundan en la sombra de Massambalo…, recuperando así un poco de la dignidad que se han dejado por el camino. ELDORADO es una novela que quizás nos avergüence, es una novela que nos hace reconocer la capacidad que tenemos los humanos de girar la cabeza y la vista hacia otra parte más agradable. ELDORADO pone el dedo en la llaga. Laurent Gaudé con su prosa certera y precisa nos vuelve a encantar con otra historia completamente distinta a su anterior ‘El sol de los Scorta' (Premio Gouncort 2004) donde nos hacía adéntranos en una familia italiana, apegada a su pueblo, entonces nos convirtió en uno más de los Scorta y de su estanco, en sus más legítimos cómplices, o en su anterior novela: ‘El legado de Rey Tsongor' en que nos remontaba a otros tiempos de una forma bella y elegante, a Massaba, haciéndonos velar en el catafalco el cuerpo sin vida del Rey Tsongor con la compañía de Katabolonga.
Con cada novela Laurent Gaudé cambia de registro. Pero continua siendo el mismo mostrando el mismo estilo, su sello, Laurent Gaudé siempre consigue que sus novelas, cada una sean al final pese a sus durezas, historias bonitas. Convierte cada una de ellas en las historias más bonitas del mundo. Historias que se recuerdan en el tiempo, en los años. Recomendables para todos aquellos que en su ser llevan la riqueza de la literatura y el don de las preguntas. “El Dorado”, “El sol de los Scorta” y “El legado del Rey Tsongor” son tres novelas imprescindibles en nuestra biblioteca privada. Siempre dispuestas a ser releídas. Laurent Gaudé se ha convertido en un referente imprescindible en la literatura europea. |
© MARIA AIXA SANZ, (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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Fernando Quiñones
Hace años inicié uno de estos comentarios preguntando si alguien se acordaba de Fernando Quiñones. Ha pasado mucho tiempo, pero por fin hay una respuesta. Aquella nota daba cuenta de Las Crónicas Yugoslavas, último eslabón de una cadena capital en la poesía del siglo XX. De la poesía en cualquier idioma, que quede claro. Ahora vuelven Las Crónicas de Al-Andalus , rescatadas por la editorial EH de Jerez. Quiero pensar, aunque no tengo noticia de ello, que tan aguerridos caballeros no cejarán en el empeño de entregarnos la serie completa, cuya suerte fue, en su presente, desigual, pero siempre difícil, publicado cada título en una editorial distinta, a veces ilocalizable, sometidos todos a un silencio que no puedo entender, habida cuenta que hablamos del que se erigió como uno de los escritores fundamentales del siglo XX en España, uno de los pocos. Las crónicas de Al-Andalus forman una extraordinaria aventura, la de la intimidad. Es imposible no demorarse en cada poema, no sentir como cada pequeña inspiración al susurrar lo escrito atrapa aire lejano en el tiempo y en el espacio, pero presente en el mismo cuarto. El libro, como todos los que conozco de la serie, es uno de esos raros y privilegiados lugares desde los que se puede sentir el discurrir del mundo. No es recreación del pasado, sino convivencia con el poso de belleza que nos empeñamos en rescatar de la historia para hacer un poco menos invivible la vida. Quiñones sentía, o así lo siento yo al leerlo, que las viejas estrofas, los lugares olvidados o deformes tantos siglos después, los nombres de quién paseó y se emborrachó de vino y mujeres por esas callejas, son su casa, un recodo de ocho siglos de largo en el pasillo, en el contraluz del mediodía y los visillos. Del mismo modo que puede ser la nuestra. Sólo tenemos que dejar de lado a los imbéciles y venenciar un trago de estos zéjeles junto al mejor vino pajizo.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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Fernando Quiñones
Este libro, el último que publicó Williams, apenas dos años antes de morir, es, lo aviso, desesperante. Leerlo es poner la paciencia a prueba. Porque es lúcido hasta la exasperación, porque cada verso es lo bastante certero y preciso como para enfurecer a quien lo mastica con el esfuerzo del que no es capaz de descubrir el último condimento del bocado que le subyuga; porque es cabreante, y mucho, que un viejo médico estadounidense señale el muro que uno tiene ante los ojos y le diga, con la voz seca y poderosa del que lo ha descubierto, que ésa es la realidad, y sí, ésa es la realidad, y uno no se había dado cuenta porque la había ocultado con lienzos farragosos y andamios oxidados. Porque jode que un tipo huraño, no sé si lo era, pero nos lo mereceríamos, pregunte sin sorna, no la necesita, si no habíamos visto lo que teníamos delante y nosotros, agachando la cabeza, tengamos que reconocer que no, que no fuimos capaces de percibir el poema delante de nuestras narices durante años y años. Es usual, y no desacertado, hablar de antipoesía cuando se hace referencia a William Carlos Williams. También, y dada su profesión, suele mencionarse el bisturí de pocas palabras con el que abre el más nimio fragmento del mundo para exponerlo en toda su insoportable riqueza. Sí, pero el escalpelo del matasanos rasga, como aquella navaja de afeitar de nuestra mejor pesadilla, el ojo entelado por las cataratas de la más exquisita vulgaridad.
A.M.R. |
© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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Anne Sexton
Me da rabia comentar sus poemas. sigo escribiendo esta nota y pienso que no quiero hablar de ellos. Algo dentro de mí se resiste a aceptar que lo que nos llega desde el dolor extremo puede ser hermoso, tan hermoso como lo que hay tras el aspa desvaída y sucia de la portada, tras la pequeña fotografía de un mujer guapa de expresión forzada, víctima del lugar en que vivió, una Norteamérica llena de víctimas a pesar suyo y de verdugos a pesar suyo, en palabras de Vallejo que han acudido a mí una y otra vez mientras leía estos poemas. Intento imaginar cómo se sentiría Anne Sexton al contemplar como la exhibición de su necesidad, también la necesidad de exhibirse, era celebrada con los mismos elogios cansinos, sinceros y entusiasmados, con que eran recibidos los otros libros. Ella les mostraba las cámaras de gas en que se ahogaba su sociedad feliz, su cuerpo desmadejado, uno más en la ceremonia del miedo, la brutalidad del amor a nadie, la ansiedad de sentirse de carne y hueso hasta el asco. Norteamérica sentida como un cáncer de madres e hijos, de jardines y ángeles, de desayunos tras el insomnio. Un cáncer extendido por la piel y los órganos, que es al mismo tiempo el maquillaje que lo oculta. “Ni una palabra más; ahora un gesto”. Es la última anotación en el diario de Pavese. Yo enhebro frases mientras Sexton se mata harta de sus versos, de sus pechos, de su sudor y de su América. A pesar de Sexton, o de Cheever, o de Salinger, no comprendemos aún lo que significa realmente vivir en la locura colectiva de un país condenado a ser destruido y a destruir. Quizás nunca debiera haberse escrito un libro tan magnífico como éste, o los de Paul Celan, o los de Ana Ajmatova. Pero se escribieron. No pudimos evitarlo, como no podremos evitar los que aún han de venir. |
© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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Elia Barceló
Un tango hecho brillante novela Un tango. Un tango intenso, poderoso y añejo. Ésa es la mejor metáfora para describir la última novela de Elia Barceló, quien se reafirma en su gran calidad como narradora, por encima de géneros y registros. Corazón de tango es un tango hecho novela. La misma historia es un relato propio de una canción; una historia de pasiones, amores, engaños y fatalidad. La lograda atmósfera que crea es nostálgica, melancólica, como el baile que envuelve el texto. Los personajes se mueven por pasiones, por el instinto de supervivencia, rozando el arquetipo, como las figuras que pueblan el folklore. El tango aparece como fin en sí mismo y como motivo principal pero también sirve para crear, pues es quien abre el relato en un soberbio capítulo inicial, la atmósfera densa, de cierto misterio vago, de neblina, que desde el principio atrapa el libro. "El tango difumina las cosas, las desdibuja, como el alcohol", y con ello se origina esa atmósfera de irrealidad. Ésta se sostiene esencialmente en los episodios milongueros, pero su potencia hace que se mantengan durante muchas páginas, como un extraño eco. Es en ese juego precisamente donde se aprecia más la influencia de los narradores fantásticos latinoamericanos (no en vano, el último agradecimiento de la autora es: "Por supuesto, al maestro Julio Cortázar, siempre"), que no es una influencia imitativa sino genuina y original; de espíritu, textura y terrenos. Afortunadamente, Elia Barceló hace muchos años que mantiene una voz propia en sus obras, que se asienta cada vez más. En esa línea, de hecho, se pueden vislumbrar los hilos que comunican la presente obra tanto con El secreto del orfebre como Disfraces terribles , sus antecesoras inmediatas. Puede decirse que el ambiente nostálgico, de mañana pueblerina de El secreto del orfebre , ese aroma a primeras décadas del siglo XX, tremendamente evocador, igualmente rodeado de melancolía y sentimiento amoroso, es uno de los ejes de Corazón de tango . Del mismo modo, también encontramos aquí el periplo entre ciudades, que juega con el desarraigo de sus personajes emigrantes, que se va convirtiendo en una marca de esta segunda etapa narrativa de la autora (recordemos El vuelo del Hipogrifo ). Desde Innsbruck (su residencia habitual, a la cual despacha con un "una ciudad triste (...), una ciudad gris poblada por gentes grises, como si el peso de su historia, de tantos y tantos siglos, fuera una losa que no los dejara alzar la mirada, el alma, la voz") la trama nos lleva hasta, cómo no, Buenos Aires.
Ya desde el comienzo, el ritmo es marcado con firmeza e intensidad. El libro discurre con una enorme fluidez, con la resonancia más o menos audible de los tangos entre sus líneas. Por momentos, esa particular confluencia parece sugerir que la obra, efectivamente, avanza a golpe de tango: flexible, tensa, dinámica y mágica. Esos momentos de irrealidad, en esos bailes, van punteando la trama como momentos climáticos, que aumentan conforme pasan las páginas. Son episodios límites, de felicidad e intensidad extremas. El relato se enfoca desde el multiperspectivismo, con la alternancia de diferentes narradores en primera persona. Se cruzan entonces flashbacks y saltos temporales, lo que, sumado al cambio de narradores y a paralelismos narrativos y estructurales, da lugar a un juego de confusión con las identidades bien planificado. En el fondo, la escritora nos está contando una historia de seres empequeñecidos, solitarios, asfixiados, que buscan un asidero o una evasión: una promesa; el tango, que es la constante de casi todos los personajes; el amor correspondido apenas vivido y largamente ensoñado; la esposa en tierra del marinero... Todos los personajes, desde sus narraciones en primera persona, parecen personas desamparadas, bondadosas, aunque desde otras perspectivas se presenten severos y firmes, cuando no agresivos o distantes. Es una historia tremendamente triste, de seres que anhelan un sueño para mantenerse a flote, que lo buscan sin descanso pero que se van hundiendo cada vez más. Sin embargo, se abre una vía a la esperanza (simbolizada en el libro con un vestido), y esa vía está marcada, cómo no, por el tango. El tango, por tanto, es asociado con vitalidad, con energía. Se trata de la evasión de una sociedad triste, monótona y previsible. La intensidad, el sentimiento y el sabor del tango es lo que permite sobrevivir a varios de sus personajes, que se llegan a encontrar en ese mundo cotidiano viviendo dos vidas (combinando un "yo diurno" y un "yo nocturno, el tanguista, el milonguero") o procurando hacer convivir en sí mismos a dos pasiones incompatibles causadas por ello. Jugando con lo premonitorio, con que el lector intuye o sabe lo que va a pasar, Elia Barceló explota brillantemente la tensión. Hitchcock decía que, para crear mayor tensión y ansiedad en el espectador, no había que mostrar una cafetería donde explotara una bomba, sino una bomba dentro de una caja, con un reloj en marcha, a los pies de una mesa de una cafetería donde una pareja conversa animosamente mientras discurren los minutos y el paquete permanece a sus pies. La autora utiliza ese recurso. Retrasa los momentos de enfrentamiento (el multiperspectivismo es una herramienta clave para ello), que se le antojan inevitables al lector, para dejarle completamente a merced de la narración. Por otra parte, hay que añadir que la perspectiva de uno de los personajes femeninos da pie a una recreación, no exenta de crítica, del papel de la mujer en la sociedad y, sobre todo, en el ámbito doméstico y sentimental de principios del siglo pasado. La crítica se va haciendo más explícita conforme avanza la trama, y, finalmente, la escritora exalta que la mujer pueda decidir su vida en igualdad, que trate de ser feliz, de seguir sus pasiones e intereses y no doblegarse a los dictados sociales que la subordinan al varón. En ese sentido, debemos destacar también la espléndida progresión de la novela. Elia va cuidadosamente ahondando en los diferentes elementos y aspectos que se entreven, titubean, se asientan y finalmente se reafirman vigorosos del texto. El libro va excavando en su propia materia ficcional y filosófica en espiral, con un trabajo de planificación e indagación en las posibilidades del planteamiento verdaderamente notables.
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© Alberto García-Teresa (Madrid, 1980), licenciado en Filología Hispánica, es codirector de Jabberwock , antología anual de ensayos sobre literatura fantástica, coordina la revista de crítica sobre ficción especulativa Hélice (www.revistahelice.com), y ha sido redactor jefe de la revista Solaris . Es crítico literario en diferentes medios (las revistas Gigamesh , Prótesis , 2001 , el periódico Diagonal o las web Bibliópolis: Crítica en la red o C , entre otros) y coantólogo de Fabricantes de sueños 2004 y los volúmenes de relatos de terror Paura y Paura vol. 2 . |
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Ensayo breve de La Habana grande “El soñador ha visto que el mar se le ilumina, / El mar que bordea La Habana es visiblemente muy profundo. Esto le brinda a la Ciudad una visión de intensidad y justifica el color azul oscuro, el poderoso oleaje y el fuerte olor a salitre que impregna la ribera. La Habana no posee una plataforma submarina. La Habana se convierte de este modo en una ciudad oceánica que mira al norte, que es desde donde llegan cíclicamente las grandes marejadas y los frentes fríos de la estación tropical de la seca. A pesar de estar situada casi a la entrada del Estrecho de la Florida, su perfil marítimo es eminentemente atlántico, como no lo es el del resto de las ciudades ubicadas en el Golfo de México o en la costa oriental de meso América. Inclusive la Florida, en su costa atlántica, posee una versión del mar mucho menos intensa, de colores pálidos, opalescentes. El litoral de La Habana se extiende principalmente al Oeste de la profunda bahía que lleva su nombre; son casi 20 kilómetros de costa de arrecife o “diente de perro” ante la que se levanta la zona urbanizada. El Malecón es el muro que separa al mar de la Ciudad, de la amplia avenida, de las aceras laceradas por el oleaje; es la línea que separa a los viandantes de los arrecifes y del enorme piélago azul que al mediodía se pone a reverberar, creando en el ambiente una luz dorada, fúlgida que impresiona el resto colorido de la paleta visual. El Malecón fue construido en los años 20 del pasado siglo. Un dictador paternalista auspició su sólida construcción que desanda el norte limítrofe de la Ciudad, desde la bahía hasta el pequeño fuerte colonial de la Chorrera, cuyo sitio indica la desembocadura del más importante río citadino, el Almendares. El Almendares divide en dos a La Habana pero muy pocos lo toman en cuenta, los verdes meandros y pequeños puentes de hierro que lo cruzan se dibujan discretamente en las partes traseras de algunas de las casas del Vedado residencial. Se extiende sinuosamente del Sur hacia el Norte, siguiendo el curso de su corriente de aguas contaminadas, que desembocan justo donde termina Malecón, dividiendo el Vedado del viejo reparto aristocrático de Miramar, de la amplia Quinta Avenida y sus casonas de influencia española, mudéjar, pequeños balcones de columnas y techos adornados con palomares y ladrillos rojos; edificaciones en las que predominan los colores azul y blanco. Varias iglesias dotadas con hermosos campanarios y con líneas arquitectónicas, que recuerdan el antiguo estilo románico, aparecen a ambos lados del paseo central. Si se continúa en línea recta yendo hacia el Oeste se sobrepasará el barrio de Miramar, que crece a ambos lados de la Avenida, para llegar sin solución de continuidad a los pequeños poblados de pescadores de Jaimanita y Santa Fe, el primero conforma en la práctica los límites reales del casco urbano de la Ciudad. Jaimanita en el extremo Oeste como Cojímar en el extremo Este, son dos pueblos de grandes similitudes situados en la periferia de La Habana. Pequeñas casas de maderas de techos cónicos y viejos tejados de barro con portalones de columnas; casas estructuradas bajo la solución de alquitrabe; ventanas con enrejados y callecitas estrechas, algunas todavía empedradas. Hay mala sedimentación en las orillas marinas de ambos poblados, restos de tejas viejas, pedazos de lata y madera carcomidas por el oleaje, aparte de los desagües. Sus costas de piedra afilada, donde aún concurren bañistas, poseen abiertas pocetas como pequeños remansos de agua. Cojímar es un poblado de altas colinas donde hoy viven escritores y pintores que se entremezclan, con su estilo de vida, con el vivir cotidiano del resto de los pobladores. Ernest Hemingway escogió el sitio entre los años 40 y 50 del pasado siglo para tener allí su yate de pesca, y de hecho convertirlo en uno de sus lugares preferidos de solaz. Pocos sitios, entre las innumerables tierras que baña el océano Atlántico o el mar Caribe en esta zona del mundo, evocan con su geografía a las pobres aldehuelas del antiguo mar Mediterráneo. Algo primitivo, humilde y milenario se percibe entre los escombros de la playa, los restos de botes hundidos, los espacios anegados de sol y la oscuridad broncínea del horizonte. Allí a la vista de la ensenada donde el río Cojímar vierte hoy sus detritus y de una taberna de marineros que ya no existe, un célebre personaje literario, el viejo pescador Santiago, luego de su epopéyica lucha en la Corriente del Golfo contra un enorme pez que lo dejara maltrecho y más pobre que el día anterior, pronunció una de las frases más ilustres de la literatura universal: “El hombre puede ser destruido pero no vencido”. Cojímar está a 10 kilómetros al Este de la Capital. Se debe atravesar un largo túnel, que pasa por debajo de la estrecha entrada de la rada habanera, para llegar con rapidez al otro lado. Se cuenta que otro dictador, de triste recordación, en los años 50 del pasado siglo, vendió los derechos de construcción del túnel a una compañía francesa, pero abarató intencionalmente el proyecto, robándose parte de los fondos, afectando con ello el calado de la Bahía. Mientras que las tierras que emergían en el lado oriental del túnel subían estrepitosamente en el mercado de valores. Con la llegada de la Revolución de 1959 son las grandes barriadas obreras de Habana del Este y Alamar, las que se extienden por esa otra región del litoral, que permite al viajero contemplar, desde la carretera, al mar en lontananza. Si se continúa en esa dirección se llegará en escaso tiempo a las playas del oriente habanero, el Mégano, Guanabo, Santa María… Lugares concurridos para el descanso veraniego, alegres recuerdos para millares de personas de una próvida niñez o de una muy disfrutable juventud insular. En el otro extremo, en el Oeste, la carretera costeña, luego de avanzar casi 20 kilómetros y sobrepasar el pueblo de Santa Fe, despegándose del casco poblacional de La Habana, cruza el río San Ana en su pequeño delta de aguas cristalinas y límpidas que demarcan hidrográficamente su lejanía de la Urbe con la aparición de otra zona mucho menos maltratada por la sequía y la contaminación ambiental. En el reparto Vedado está la zona metropolitana de la Ciudad y los escasos altos hoteles y edificios que dominan el mar desde la acera opuesta a Malecón. Se nota cierta influencia francesa como norteamericana y española en la configuración de algunas de esas construcciones. El Hotel Nacional, su tradicional perfil, sus torres señoriales y sus jardines, que una vez fueron diseñados como remembranza de los jardines del Palacio de Versalles de la Francia imperial, invitan al visitante a permanecer en ellos sumido en una larga plática o contemplando desde el mirador el azul marino recurrente, para darnos de pronto cuenta que La Habana es un lugar, una ciudad en el mundo que ya perdió su inocencia. Los temas sempiternos del sexo y la existencia, de la palabra procaz son como cosas que se difuminan entre las sombras que proyectan las hojas del jardín neoclásico, la fresca brisa nocturna que llega del océano y en las conversaciones con personas dolorosamente extrañas, que han hecho de los diálogos un lugar ajeno donde sólo puede habitar el prosaísmo. “Bienvenido al Club de los poetas muertos”; así me previno en el autógrafo de uno de sus libros, cuando me vio llegar a su casa proveniente del extranjero, la esposa de un excelente amigo, la poetiza Caridad Atencio. Pero La Habana es una de las ciudades más bellas del mundo, su serio deterioro lejos de afearla, le posibilita existir en otra dimensión más humana en cuanto más intensa, como un lugar que emprende cada día la gigantesca tarea de sobrevivirse a sí mismo, tentando al Cielo que padece fuerza y a los hombres y mujeres que la habitan en su cotidiana pobreza. Una Ciudad que se quedó detenida en el tiempo junto al mar que la encierra y a la vez la ennoblece; acuclillada, sumida en su largo sueño profano y la gracia hiperestésica de su vivir desesperado. Extenuante es en realidad aprenderla a caminar para llegar a poseerla en cada esquina; en sus callejuelas inadvertidamente misteriosas y sensuales; en cada barrio habitado por jóvenes irreverentes y bulliciosos, secundados por ritmáticas músicas estruendosas, los cuales se sientan sempiternamente ociosos, y a veces sin camisa, en los quicios de las puertas, y en las deterioradas aceras, por las que por debajo se cierne una estancada agua albañal. La Habana es como un sudor promiscuo que se impregna y baña de sales la piel, y como una exuberante enredadera tropical donde sus lianas acarician el cuerpo mortal de la concupiscencia. En pocos lugares sobre la Tierra las gentes blasfeman tanto como en esa Ciudad. Casi no hay ningún barrio habanero que no esté subordinado a esta escena fundamental de lo popular desacralizador. La Ciudad es como un inmenso país mulato de inteligente gracia extrovertida, plagada de decires y refranes, movimientos espasmódicos de zambito, pródigas alegrías, resguardos benditos y regalos de alelíes de no me olvides. Hay una vieja y recurrente historia de un hombre largamente ausente que peregrinó hacia su ciudad natal, para buscar allí lo que le había profetizado hacía muchos años una sibila. La sibila vivía en la zona metropolitana, a sólo unas cuadras del Hotel Nacional, del clásico restaurante el Monseñor y frente al Salón Rojo del Capri. Obviamente el viajero no encontró la fortuna que buscaba, la había dejado atrás. Allí sólo encontró palabras, palabras irónicas en cuanto ubicuas, contradictoriamente puras con las que quizás se pudiera construir una futura escritura. Érase una vez una mujer desnuda frente a su espejo, sumida en el largo éxtasis que trae la contemplación de sí misma, una mujer como La Habana, como una virgen que yace fascinada ante la belleza de su imagen, ante su propia leyenda incomprendida. Un viejo retrato en sepia, como una apariencia de realidad, casi como una revelación en ciernes. Una verdad absolutamente pasional. Una mujer blanca y desnuda vislumbrada a medias en la derrota invertida del espejo. La Habana es uno de los paraísos del Art Decó, de lámparas coloridas que penden graciosas del techo y una doncella de trenzas rubias bajo su luz, cual una pintura de Fidelio Ponce. Es una Ciudad de decorados exteriores e interiores que implican un concepto más amplio de arquitectura y urbanización. Y como todo paraíso es un paraíso que se pierde, que se pone en crisis y se nos deshace, víctima del deterioro que hoy sacude a gran parte de las fachadas de los edificios. Pero La Habana es esencialmente una ciudad ecléctica. Neoclásicamente ecléctica. Abundan en ella los falsos estilos, los estilos tardíos. Las yuxtaposiciones de conjuntos y de órdenes. Hay incluso influencia de la arquitectura neoyorquina en esas casas hechas para un invierno que no existe, con portales de escalera para alejar de las puertas la acumulación de la nieve. Pueden verse abundar estos anacrónicos estilos en barrios con nombres tan llamativos como Santo Suárez y La Víbora. El antiguo Zoológico de La Habana se encuentra en la importante Avenida 26, en uno de los más grandes repartos residenciales, situada al Sur del Vedado. Hoy el parque es un lugar atendido a medias, donde los simios enjaulados resultan figuras balbucientes y estrafalarias que nos suplican detrás de las rejas sobreviviendo encima de su propio abandono. Mientras el gran cóndor parece taciturno ocupar el mismo lugar que ocupaba hace más de 30 años, cuando las personas de mi generación le visitaban cuando niños. La Ciudad carece de Amantes. Ya los enamorados no visitan los parques. Pero no nos engañemos, no es culpa de nadie. Es el tiempo. La culpa es del que subscribe este texto que se ha vuelto muy viejo para poder alzar la vista y ver los globos de colores o saborear el algodón de las nubes. Es una verdadera lástima que tan hermosa urbanización, tan inteligente diseño de callecitas, arboledas y merenderos no reciba la atención que merece. El Zoológico era un antiguo lugar para las aves, los flamencos de patas coloradas y las iguanas que desandaban libres por sus jardines. El Zoológico, casi me atrevo a suponer, era también como un importante ecosistema de la Ciudad hoy desatendida. Cercano a esta zona residencial pasa el río Almendares en viaje hacia su próxima desembocadura, cruzando un alto puente el cual vuelve a dividir a La Habana en dos. Por debajo de ese puente está el Parque que lleva el nombre del Río y un lugar boscoso formado por tupidos árboles que crecen libremente, como si fuesen helechos gigantes, a merced de la gran humedad que impregna esos valles; colinas y desfiladeros que conforman, en la práctica, un pequeño bosque lluvioso que funge como el pulmón verde de la Ciudad. Es difícil encontrar tantas tonalidades y matices de verde como en esos bosques que proliferan a la vera de los acuáticos meandros en esa zona citadina y paradójicamente tan agreste. Son las llamadas alturas del Nuevo Vedado. Todos los desagües de las calles colindantes corren hacia un mismo sitio, hacia el profundo ventisquero formado por altísimas paredes de canto, por las que por debajo se desliza el agua verdinegra, maloliente y cenagosa. Desde lo alto de las colinas se distinguen en la mañana brumosos paisajes de extensos pinares que crecen sobre un suelo arcilloso, rocoso, pródigo en húmedas cavernas y aguas subterráneas. Probablemente en tiempos de la Colonia debió existir allí algún tipo de asentamiento, cosa que es difícil de imaginar dado lo intrincado de la región. Pero pequeñas construcciones de piedra muy antigua cubiertas de lino, como pequeños anfiteatros al modo de hemiciclos griegos, se puede apreciar que se levantan sobre el amplio suelo de alta y mullida vegetación. En alguna ocasión me he preguntado, fiel a las rememoraciones ensoñativas de la adolescencia y puntuando el estribillo de una pegajosa canción pop inglesa de los años 60’, si desandando el río Almendares en su curso invertido no se ha de llegar al reino milenario de Katmandú, situado esta vez en tierras de la mítica Atlántida. El mismo utópos del que nos habla el griego Platón en sus diálogos del Fedro y el Cratilo. Si se sigue la pista del río Almendares desde esa zona se llegará muy pronto al viejo reparto de Puentes Grandes, que fiel a su nombre connotan sus paisajes con pintorescas pasarelas. Es un barrio pobre ubicado al Sur de La Habana por donde pasa el Río proveniente del sumidero de Batabanó. Puentes Grandes fue un lugar, a principios del siglo XX, muy visitado por pintores. Sus paisajes acuáticos tematizaron la pintura cubana de tendencia impresionista de ese entonces. Y existe allí aún un extraordinario lugar de solaz: Los Jardines de la Tropical construidos en los alrededores del Río, al lado de una antigua fabrica de cerveza de la que hoy queda sólo su inmenso casco arquitectónico de impresionante estilo modernista. Abundan en el lugar los emplazamientos en piedra, graves pasajes de columnas terminadas en cornisas que se funden con el follaje, integrándose orgánicamente con las extensas arboledas y vetustas escalinatas que descienden, desde las altas terrazas de granito, hasta las márgenes polucionadas del Almendares. Uno de los afamados cuadros que posee, en su notabilísima exposición permanente El Palacio de Bellas Artes de La Habana, es “La Siesta” de Guillermo Collazo, pintada en 1886. Una mujer joven duerme placidamente recostada en su diván, al borde de una abierta terraza que domina el mar y donde predominan los colores tierra; se ven hojas secas, otoñales, esparcidas sobre los amplios mosaicos del piso y bajo las grandes arcadas de una mansión sin dudas señorial. Es el sueño placentero de una burguesía criolla que tuvo, en algún momento de su historia, la innegable sensibilidad para propiciar la construcción de una las ciudades más bellas y originales del mundo. Hay una segunda pintura de Collazo tan hermosa y sugerente como la anterior “Mujer junto al mar”. El mar que se contempla es plomizo, crepuscular, tanto como el atuendo anacrónico de la mujer, una visión más típica de los paisajes nórdicos que de una región tropical. Era cuando aún nuestra pintura nacional no había definido su objeto y lo veía sólo a través de una educación y un prisma fundamentalmente europeos, desde una óptica y una tradición importadas, que tuvo su cristalización en el magisterio de la escuela de arte de San Alejandro. Lo mismo sucede y abunda a fines del siglo XIX con las ilustres marinas de Chartrad. Lo que quiero evidenciar con esto es que La Habana fue concebida para el lujo de nuestra burguesía histórica, la cual construyó en América, en la mestiza y arcaica región mediterránea del Caribe, una ciudad dotada de una ambientación esencialmente europea, española; una España Borbónica y Sarracena; español afrancesada; francés españolizada. Nuestra burguesía criolla, a principios del siglo XIX, fue la clase social más adinerada del continente latinoamericano. Las extensas plantaciones de azúcar permitieron el fenómeno económico, típico de la etapa industrial del desarrollo, de una gran concentración de tierras, mientras las máquinas importadas fomentaban una nueva división del trabajo. La pintura geométrica de Laplante, concebida sobre el tema de los ingenios azucareros, es casi como una pintura futurista que anticipó en nuestro país el geometrismo de Paul Cezanne. Puede decirse entonces que dinero, concepción del futuro y una extraordinaria sensibilidad, fueron en su momento coautoras de la ciudad de La Habana. La Ciudad posee dos importantes calzadas que haciendo la función de anillos la ciñen desde el Sur. La Calzada de 10 de Octubre y La Calzada de Zapata. La primera calzada se desplaza desde la antigua barriada de Santo Suárez, hacia las cercanías de la zona portuaria plagada de industrias, cuyas arquitecturas de hierro y ladrillo ofrecen imperativos perfiles modernistas. La segunda calzada comienza en los límites del suntuoso cementerio neoclásico de Colón, para convertirse después en la Avenida de Carlos III y finalmente en la calle Reina que desemboca en lo que fuera, en la primera mitad del siglo XX, el gran centro urbanístico de la Capital. Centro urbano conformado por los alrededores del Parque Central, el clásico Cine Pairet, los tradicionales hoteles Inglaterra y Telégrafo, la acera histórica, llena de remanentes culturales, del Louvre, y la alameda del Paseo del Prado que con sus esculturas de leones en mármol desciende gravemente hasta el mar. Como edificaciones centrales de este suntuoso complejo citadino, se levantan el Teatro Nacional y El Capitolio, esta última antigua sede legislativa de la República que fue diseñada a imagen y semejanza del edificio del congreso norteamericano en Washington. Original Capitolio que fuera construido como remembranza de la Piazza del Campidoglio de la antigua República Romana. Abundan mucho estos tipos de edificaciones parlamentarias en Estados Unidos y América Latina, aunque nuestra edificación capitolina, por sus magnificas proporciones monumentales, se convierte de hecho para mí, en la apoteosis del neoclásico cubano. Alejo Carpentier definió a La Habana como poseedora del estilo de esas ciudades que carecen de estilo propio (el estilo de las ciudades que no tienen estilo, dijo aproximadamente) e hizo demasiado énfasis en los largos paseos de columnas que la Ciudad en algunas partes poseía. La indefinición o la imposibilidad de establecer una definición arquitectónica clara, para una Ciudad conformada por constantes yuxtaposiciones, le hizo hablar al escritor de una patente falta de estilo que vendría a configurar, en la práctica, su particular modo de ser y de existir. Mas hay pocas ciudades en América que resuelvan sus dimensiones y sus conjuntos urbanos con la racionalidad con que los resuelve La Habana, nada más alejado de una anarquía de la distribución y el diseño se pueden apreciar en ella. Sus viejas calzadas son una obra maestra de la comunicación interior, concebidas para el tráfico automovilístico y al mismo tiempo para su mejor cosmovisión de índole estética. Eso es lo único que puede explicar que la Urbe siga siendo, hoy en día, una ciudad carente de grandes estancamientos de tráfico, a pesar de la agresividad con que se maneja y la evidente falta de un buen sistema operativo y permanente de señalizaciones. El barrio colonial de La Habana Vieja es colindante con la zona del Parque Central y la Avenida del Puerto, por la que continúa la sólida línea de Malecón. Es un conjunto casi homogéneo de edificaciones que fueron levantadas antes del siglo XX. Sus hermosas plazas son hijas de un concepto italiano y renacentista de diseño y urbanización, y hay quienes afirman que sus callejuelas recuerdan algunos barrios de París. Sus iglesias, sus conventos, sus abundantes sitios de referencia cultural y literaria, más que ofrecer una sobria unicidad de concepción, lo que nos brindan es una elaborada poética del entorno. El actual historiador de la Ciudad me recuerda, en su enorme afán patrocinador, al viejo Obispo de la Colonia de apellido de Espada, a quien lo único malo que le asigna la tradición nacional fue su furia iconoclasta emprendida contra todos los altares barrocos de la Capital. El historiador de la Ciudad ha realizado, con apoyo gubernamental, una misión extraordinaria de remozamiento, preservación y culta ambientación para un lugar, a todas luces, único en América. Pero hoy en día el turismo ha decaído significativamente, sería conveniente emprender una nueva ronda de negociaciones con el Parlamento de Europa, con sede en Bruselas, para propiciar un flujo de turismo tan necesario para una Ciudad, no sólo falta de visitantes, sino de nuevas y mejor dirigidas inversiones de capital extranjero. La Habana es la capital, debo decirlo, de una nación a la cual todo el mundo le presta atención. Continúa siendo el paradigma político que era desde los años 60’. Y hay algo que se llama opinión, auspiciada por la comunidad internacional de naciones. En la medida que el país se ha ido integrando cada vez más a la vida internacional, esa opinión ha ido cobrando mayor sentido político. A Cuba hoy la sacude el impacto galopante de la Modernidad en su doble vertiente práctica y gnoseológica: La del reconocimiento de la autonomía del sujeto que habla y en la negativa a clausurar, mediante el discurso opresivo de ese mismo sujeto, al objeto de sus designaciones. En términos políticos esto debería traducirse como el reconocimiento explícito del Otro que somos por parte de la comunidad internacional, y, en un sentido social, como el reconocimiento implícito, por el principal sujeto enunciante, de una diversidad que nos sacude de raíz. La Modernidad debe ser entendida así como una verdad histórica que se ha vuelto esencialmente dialógica, práctica, viviente, inclusive circunstancial. Una de las grandes batallas que puede estar librando ahora el pensamiento cultural nacional, en la acepción más amplia del término, es el de poder acceder a los grandes medios de comunicación, tanto en su espacio local como internacional. Esto exige en primer lugar, gran responsabilidad social, y en segundo, claridad de ideas. Incluso una verdadera metodología de exposición. Los marcos político institucionales que deben nacer de un restablecimiento gnoseológico (de un conocimiento socio - históricamente dañado) deben ser múltiples aunque al mismo tiempo proceder de una verdad unitaria en cuanto consensuada. Consensuada no sólo en términos democráticos, sino por la propia historia y el diálogo intercultural. Una nación moderna, si se construye al margen del consenso universal, deviene en una caricatura de Modernidad, pero un criterio internacional, si carece de parámetros morales, degenera en un designio, la mayor parte de las veces, imperial. Cuba es de este modo, ante los otros que la miran, el otro mundo político formado, que la propia realidad política formada por intereses ajenos pugna muchas veces por no reconocer. Aunque si no existe Ethos no hay Modernidad viable. El dilema de las naciones modernas, si no se resuelve en términos políticamente consensuados, puede disolver el proyecto histórico de cualquier nación. Mas la irresolución del Estado político puede ser el sumidero histórico de una nación. Por ende, la Modernidad no puede ser la regalía que nos concede el Sistema Político del Mundo y es que a la Modernidad política, como a la Modernidad social, no se accede, sino que se construye laboriosamente entre todos. La mejor película cubana que pude ver en La Habana fue “La noche de los inocentes” del realizador Arturo Soto. Fue el único argumento que no vi descender al mal llamado vernáculo de la exposición; como mero clisé o pintoresquismo de las situaciones, dado en el modo preconcebido de actuar de los personajes. Una comedia de equívocos, un juego irónico de los sentidos y una nevada final sobre las calles atestadas de tráfico de una Habana contemporánea, conformaron el meta discurso del milagro verificado, en el que conceptúo el poderoso latido en ciernes de una añoranza: La participación nacional (siempre pospuesta) en una Modernidad, hoy por hoy, dramáticamente soslayada. La Habana, con todos sus problemas, vive hoy para sí su propia pulsión moderna en gestación. Una Modernidad que debe ser entendida como hija de un proceso histórico, cabe insistir. No una panacea que nos ofrece el pensamiento liberal. Esas pulsiones encuentran también expresión en el arte y en el pensamiento. Muchas veces las formas de expresión más visibles en cuanto mejor sintetizadas. La plástica cubana ha comenzado a comportarse desde hace años como un sistema de ideas que pide una reinstalación del arte en el entramado social, en la funcionalidad, en la eficacia social de sus presupuestos estéticos. Y a veces el artista quiere regresar a su antiguo puesto de artesano en el mercado del trabajo, reubicado para pensar y decir como un gestor más de la vida económica y política de la Ciudad. Entonces se pide volver a pensar el papel de las instituciones del arte reubicadas, concebidas, más allá del habitual espacio físico y burocrático, en cualquier articulación social en que se pueda realizar y verificar una gestión cultural. La Habana es una ciudad sometida al impacto cotidiano de la cultura, pero también al impacto que el mercado global viene realizando sobre la cultura, lacerándola. Es además en el arte donde se perciben esos efectos devastadores. Una transgresión de la franqueza original, de las razones originales de un arte concebido en principio como vía para la participación y la solidaridad. La más distintiva de las construcciones habaneras es el Morro, colocado, como su nombre lo indica, a la entrada de la Bahía, en su lado Este. La idea general de su construcción es organicista pues se integra plenamente al paisaje de rocas sobre las cuales se levanta, entregándole con esto un aspecto formidable. Es una vieja fortaleza militar del siglo XVII, edificada cuando ya la pólvora había sido inventada, por tanto sus murallas no son tan altas como tan sólidas, hechas para resistir el embate de los cañonazos enemigos. Desde lo altos de sus viejas almenas se nos entrega una visión muy especial del mar y de La Habana. Se puede contemplar desde su cima, de un modo completamente privilegiado, la profunda Bahía con sus buques mercantes estacionados y las edificaciones que integran, en el lado Oeste, la zona de La Habana Vieja y el Paseo del Prado, las hermosas cúpulas del antiguo Palacio presidencial y del Capitolio. Mientras que en lontananza se distinguen, bajo una luz fina y dorada, emborronada por la cálida brisa que difumina suavemente las perspectivas, las altas construcciones del Vedado siempre delineado por el espumoso mar de color azul oscuro que lo abraza. Una de las cosas más curiosas que se percibe en La Habana, sobre todo para una persona habituada a vivir en el mundo desarrollado, es lo elástico que resulta allí el concepto de seguridad personal. No hay una visión clara, concreta, sobre la idea de la muerte y el finiquitar irreversible de la vida. Los cubanos disfrutan de la vida como si fuesen inmortales. Allí la muerte sorprende siempre porque nunca se espera. Sin embargo, el culto a los antepasados es real, como lo es en todas las viejas sociedades agrarias. Los cubanos tienen su propio libro de los muertos y encuentran en la vida, y en las relaciones con los fantasmas del pasado, su propio y especial significado. Hay así casas impregnadas de recuerdos, llenas de olor a viejo, a cosas empolvadas y gastadas. En esos paisajes de gasas y de sombras se yergue paradójicamente la vida fácil, despreocupada, escandalosa y alegre. Como si la brisa tenue, el tintinear de las luces y el practicísmo que imponen las agobiantes jornadas, hicieran fracasar todo argumento filosófico. La Habana, como la Isla en peso, no es telúrica sino marítima, oceánica. Pero el mar no es solo un camino, es también una soledad y una asombrosa lejanía. Una promesa. Y la muerte se vuelve ingrávida y azul, generalmente fantasiosa como el mar que eternamente reverbera a su lado. La muerte se viste como un pordiosero que se agacha, en los oscuros zaguanes de las casas, a recoger los centavos prietos como el pago de una extraña bienaventuranza. La muerte es escuálida y esconde con vergüenza su mano tísica, y le pide permiso a la dueña del cementerio para poder entrar con el difunto en brazos. Si la Dueña no quiere la muerte tiene que regresar el difunto a casa. Del mismo modo que para el artista el hada verde se esconde en el delirio del Ajenjo. Hay ciertos estados límites que el hombre racional, culto y sensible puede, en raras ocasiones, usufructuar, en oscuras vísperas de Noche Buena y en esas calurosas tardes religiosas de los suburbios habaneros en que los santos salen a peregrinar. Poco antes de salir de La Habana visité el Convento de Santo Domingo de Guanabacoa. Un antiguo amigo me había hablado de sus impresionantes espacios interiores que predisponen al visitante al recogimiento interior y a la meditación. Me impresionaron vivamente no sólo las grandes arcadas de los techos, sino la vetusta fachada exterior. Fue como un viaje al pasado. Mi ex amigo había vivido allí, en el pueblo de Guanabacoa, hacía casi cincuenta años, muy cerca del Liceo donde predicó José Martí. Toqué a la puerta del Convento un domingo en la tarde, un fraile franciscano acudió a abrirme, fue él quien me explicó las razones de mi confusión, aunque el nombre del lugar hacia referencia a los Dominicos, este era un Convento de Franciscanos desde el siglo XIX. Mi antiguo conocido tenía otra vez razón. Los Franciscanos, la Orden del “cándido y diminuto” San Francisco de Asís, el compañero de Santa Clara, no sólo era la vía de la legítima pobreza sino que era el camino al lejano Oriente que los peregrinos de la Orden adelantaron con sus misiones. Fue una especie de despedida. El anciano fraile me despidió afectuosamente en la puerta. Guanabacoa, una de las ciudades más antiguas de Cuba, se encuentra muy cerca de los pintorescos pueblitos de Regla y Casablanca, situados en las inmediaciones de La Habana, en el lado Este de la Bahía. Pocos lugares dejan en el visitante la intensa experiencia de la fuerza abisal que posee la tierra como en ese lugar, como si fuese un sitio, una región sagrada. Pero de lo que no sé, y mi razón inhibe, es mejor no hablar. Lo que puedo decir, quizás llevado a ello por una intelección personal de la idea de la Providencia, es que los procesos históricos jamás fracasan. Podría fracasar un dirigente, una dirección política, pero la mecánica social de los acontecimientos, trabaja siempre para el mejoramiento humano. Hay que saber dejar hacer al peso irrefutable de los años mientras nos entregamos a las labores cotidianas. No se puede violentar la historia, pero tampoco perder el ritmo que nos hace movernos a su paso. Eso que los hombres de religión de tiempos antiguos llamaban fe, no es otra cosa que una profunda convicción. Una actitud de paciente espera; “de ardiente paciencia.” “¿Para qué hace Dios llover sobre el desierto donde no crece poro vegetal?” Para probar la fe de Job.
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© JULIO PINO MIYAR. 1959,Cuba. Autor de los dos libros de ensayos: Ensayos acerca de un Texto Imposible y Escritos en la Modernidad; la novela, Oración por el Tiempo de las Amigas; las narraciones “Habaneros”; y el poemario Días enteros en Agrigento. En 1995 fundó en Miami la revista literaria Los Conjurados. Colabora asiduamente en calidad de ensayista con prensa internacional. Desde 1987 radica en Estados Unidos |
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