Agresión
por Luis Amezaga

La combinación de palabras tomada como expresión unitaria de una realidad suele generarme interrogantes. ¿El terrorista suicida es más un terrorista que busca la eficacia asesina con su ofrecimiento físico, o más un suicida que ya de paso me llevo por delante a unos cuantos “joputas”? A las víctimas igual les da. Las víctimas son eso, mudos números: diez, cien, mil, un millón. Cuanto mayor el número, mayor el impacto y menos recordaremos sus nombres. El asesinato selectivo nos salva a los demás. El ciego, nos hace replantearnos el sistema. Dicen que la violencia no logra sus objetivos. Mienten. La violencia es muy eficaz. Todos la entendemos y reaccionamos, afianzando los principios o cuestionándolos. La violencia es parte de la naturaleza, de nuestra esencia evolutiva de supervivientes. Al violentado le suele asaltar un sentimiento de culpa que el violento aprovecha para afianzarse en su postura. No hay héroes, hay miedos que huyen hacia adelante. Sí hay cobardes, aquellos que intentan negar la maldad del prójimo porque así niegan la propia. Y sí hay miserables, aquellos que consideran al asesino víctima de su víctima. Amplio es el percal, y nos movemos titubeantes por las líneas que algunos intentan hacer borrosas para camuflarse. Todos estamos expuestos a las diferentes tendencias, destructivas y constructivas. A nadie se le juzga por sus pensamientos repulsivos, que sin duda hemos tenido que dejar pasar de largo en más de una ocasión. Pero sí debemos ser implacables con quien toma libre elección por ellos, renunciando interesadamente al probo comportamiento que le hace vulnerable en una sociedad hostil. Todavía hay dioses irascibles en cuyo nombre se reivindica la agresión. Todavía hay imaginarios colectivos en cuyo nombre se sacrifica a los individuos. Todavía hay ideas en cuyo nombre se revienta el cerebro del otro. Esto parece deberse a que necesitamos entregarnos a causas que superen nuestra finitud. Buscamos el sentido en aquello que pueda sublimar esta limitada carrera que es nuestra vida. Ese terror silencioso que nos asalta ante una muerte infalible en una existencia que no hemos elegido. Pero el Amor y la Compasión también buscan reclutas capaces de inmolarse.


 

© Luis Amézaga. Vitoria
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